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Full text of "Memorias de la Real Academia de la Historia"

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MEMORIAS 



SINO. 



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DE l.A 



REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 



TOMO IX. 




MADRID. 

IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE MANUEL TEU.O, 

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. 

Tsabel la Católica, 23. 

1879. 



MEMORIAS 



DE LA. 



REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 



MEMORIAS 



DE LA 



REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 



TOMO IX. 







MADRID. 

IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE MANUEL TELLO, 

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Isabel la Católica,' 23.' ' 

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NOTICIA HISTÓRICA 



DE LA ACADEMIA 



DESDE EL AÑO 1852 HASTA EL PRESENTE. 



Los cincuenta y seis volúmenes que con el presente ha dado á luz la 
Academia desde el año 1852, en que se publicó el tomo vin de sus Me- 
morias, demuestran sobradamente que si ha tardado en salir el íx, no ha 
sido por falta de actividad, ni de necesaria atención á las tareas propias 
de su instituto. 

La Corporación, deseosa de impulsar principalmente las publicacio- 
nes que ponen al alcance de los literatos los documentos menos conoci- 
dos de nuestra historia, se dedicó á continuar sin descanso la impresión 
del Memorial histórico, confiada al cuidado del Académico de número 
D. Pascual de Gayangos, la cual desde el tomo iv, á que iba llegando 
en la expresada fecha de 1852, alcanzó en 1865 á completar hasta diez 
y nueve volúmenes. En ellos se han dado á la estampa, con oportunas 
ilustraciones, obras tan importantes como la Historia de Chile, del Ca- 
pitán Alonso de Góngora Marmolejo; los Tratados de legislación musul- 
mana; los Hechos de D. Alonso de Monroy; las Hazañas del primer. Duque 
de Nájera; la Vida del Cardenal Mendoza; la Crónica de los Barbarro- 
jas; las Memorias de Garibay; la Crónica del Condestable Miguel Lucas 
de Iranzo; las Ilustraciones de la Casa de Niebla, por Pedro Barrantes 



Vi NOTICIA HISTÓRICA 

Maldonado; la Miscelánea de Zapata; la Vida de D. Diego Duque de Es- 
trada, y las Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús, con otras 
memorias y noticias de menor extensión. No ha mostrado menos afán la 
Academia en proseguir la grande obra de la España Sagrada, ideada pri- 
mitivamente en su seno, y cometida al cabo á su dirección á consecuen- 
cia de la supresión de las órdenes monásticas. Mientras la Comisión nom- 
brada per muerte de Baranda y de Cueto, dignos sucesores del P. La Ca- 
nal, preparaba los materiales necesarios para cumplir su encargo, aten- 
dió á reimprimir los tomos ya agotados, y desde 1859 hasta el dia se 
han hecho nuevas ediciones, algunas con notables mejoras, del l.°, 4.°, 
5.°, C.°, 8.°, 9.°, 25, 29, 30, 31, 32 y 42, así como de la Disertación 
sobre la Cantabria, del P. Flórez, y de la Vida de este eminente autor, es- 
crita por su amanuense el P. Méndez. En 1862 se pudo ya imprimir el 
tomo 48, correspondiente á la iglesia de Barbastro, que dejara preparado 
D. Pedro Sainz de Baranda, y á D. Vicente de la Fuente se deben los 
tomos 49 y 50, correspondientes á las iglesias de Tarazona y Tudela, 
y el 51 que contiene la serie de los Obispos auxiliares é in partibus, for- 
mado con los apuntes de nuestro último Bibliotecario D. Carlos Bamon 
Fort, y repartido en los dias mismos en que se escribe esta Noticia. 

En la que encabezaba el tomo anterior de Memorias se daba cuenta 
de haberse ya impreso los dos primeros de la Historia general y natural 
de las Indias, por el Capitán Gonzalo Fernandez de Oviedo. Nuestro inol- 
vidable compañero D. José Amador de los Bios, ocupado en tan ardua 
empresa sin levantar mano, pudo darla por terminada con la impresión 
del tomo iv en el año de 1855, produciendo con ello universal satisfac- 
ción en los amantes de nuestra historia y literatura. Las Batallas y Quin- 
quagenas del mismo autor, que con tanto afán esperan los eruditos, y que 
con el más vivo deseo quiso ilustrar el Sr. Bios, han empezado ya á im- 
primirse por cuidado del Sr. D. Vicente de la Fuente. 

Otra empresa que la Academia miró siempre con predilección espe- 
cial, es la publicación de las Corles de los antiguos Reinos de León y de 
Castilla. Los cuarenta y tres ordenamientos, que en cuadernos sueltos se 



DE LA ACADEMIA vil 

habían impreso, dejaban mucho que desear, ya por la escasez de medios 
para el objeto, ya por la turbulencia del tiempo en que se dio principio á 
la obra. Sacóla de su larga paralización el acuerdo del Gobierno, encar- 
gando á la Academia, por Real orden de 8 de Octubre de 1850, la for- 
mación de dos colecciones, una de las antiguas Cortes y otra de Fueros 
y Cartas-pueblas. Conforme se dijo ya en la noticia del tomo anterior, la 
Academia estimó conveniente empezar por la publicación de los índices y 
Catálogos de las Cortes y Fueros de que hay noticia, lo cual tuvo cum- 
plido efecto en 1852 para el de la Colección de Fueros y Cartas-pueblas, y 
en 1855 para el de la Colección de Cortes de los antiguos Reinos de España. 
Más adelante, la decisión tomada por el Congreso de los Diputados el 
año 1859, de dar á luz las Actas de Cortes que se conservan en su 
archivo y empiezan por las de 1563, fué una razón más para que la Aca- 
demia prescindiera resueltamente de todo lo hecho y decidiera adoptar 
para la Colección de Cortes nueva disposición y tamaño, armonizando su 
propia publicación con la del Congreso. De este modo salieron á luz con 
general aplauso, desde 1861 hasta 1866, los tres magníficos tomos que 
comprenden desde las Cortes de León de 1020 hasta las de Santa María 
de Nieva, celebradas en 1473. El tomo iv y último está ya coordinado. 

Encargada por el Gobierno', hacia la misma fecha de 1850, del arre- 
glo y custodia de los diplomas y documentos procedentes de los monas- 
terios y conventos suprimidos, la Academia cuidó de publicar los catálo- 
gos de tan precioso depósito, lo cual tuvo efecto en 1861 para el índice 
de los documentos procedentes de Nuestra Señora de la Vid y de San Millan 
de la Cogulla, y ya tenia más que mediado el de San Salvador de Oña 
cuando la orden de entregar el Archivo Histórico al cuidado del Cuerpo 
de Archiveros y Bibliotecarios, cortó la empresa al tiempo que más vue- 
lo iba tomando. 

En su calidad de Cronista, otorgada en 1744, la Academia formó es- 
pecial empeño en publicar y completar las Crónicas de nuestros Reyes 
y de los sucesos más memorables para la patria. A este plan responde la 
impresión que de las Memorias de Don Fernando IV de Castilla, anotadas 



vni NOTICIA HISTÓRICA 

y ampliamente ilustradas, hizo en 1860 nuestro actual Director D. An- 
tonio Benavides, coronando así una obra en que la Academia venia 
trabajando desde principios de este siglo. Las Décadas de Alfonso de Fa- 
lencia, cuya edición prepara D. Antonio María Fabié, van á realizar un 
propósito nacido hace más de cincuenta años. Y otro nuevo género de 
trabajos históricos, cuya primera idea se señaló desde 1849, ha tenido 
principio en 1867, con la publicación del Ajbar Machmúa, crónica árabe 
del siglo xi, traducida y anotada por nuestro malogrado compañero Don 
Emilio de Lafuente Alcántara; primer tomo de la Colección de Obras ará- 
bigas, al cual seguirá muy pronto el segundo, cuyo texto original está 
ya impreso por D. Pascual de Gayangos. 

Una novedad introducida en este período, ensayada antes sin éxito, 
ha enriquecido nuestro catálogo con obras de verdadero mérito, produc- 
to de los hombres estudiosos de fuera de la Corporación, á quienes la 
Academia ha llamado á tomar parte en sus tareas por medio de los pro- 
gramas anuales de premios. De tal manera, han salido á luz sucesiva- 
mente la Historia del combate naval de Lepanto, por D. Cayetano Eosell, 
en 1855; el Examen del influjo que tuvo en España su dominación en Amé- 
rica, por D. José Arias y Miranda, en 1854; el Examen de los sucesos y 
circunstancias que motivaron el Compromiso de Caspe, por D. Florencio 
Janer, en 1855; el Juicio critico del Feudalismo en España, por D. Antonio 
de la Escosura y Hevia, en 1856; la Condición social de los Moriscos en Es- 
paña, por el citado D. Florencio Janer, en 1857; la Memoria sobreBlunda 
Pompeyana , por D. José y D. Manuel Oliver y Hurtado, en 1861; el Juicio 
critico de D. Alvaro de Luna, por D. Juan Eizzo y Ramírez, en 1865; el 
Estado social y político de los Mudejares de Castilla, por D. Francisco Fer- 
nandez y González, en 1866; la Historia crítica de los falsos cronicones, por 
D. José Godoy y Alcántara, en 1868; y en este mismo año de 1879,1a No- 
ticia histórica y arqueológica de la antigua ciudad de Emporion, por D. Joa- 
quín Botet y Sisó; debiendo advertir que si la Memoria de D. León Ga- 
lindo y de Vera sobre la Política tradicional de España en África, premiada 
en 1862, y la de D. Francisco Javier Simonet sobre la Historia de los Mo- 



DE LA ACADEMIA ix 

zárabes, que lo fué en 1867, no han visto ya la luz priblica, no ha sido por 
falta de voluntad de la Academia. Sin previo concurso, y atendiendo sólo á 
su mérito é interés, también imprimió la Academia en 1862 la Memoria 
arqueológico-descriptiva del Anfiteatro de Itálica, escrita por su correspon- 
diente D. Demetrio de los Eios. 

Desde su primera instalación fué constante deseo de la Academia dar 
conocimiento de sus tareas al público por medio de una revista espe- 
cial, donde tuvieran cabida artículos de corta extensión y noticias de 
actualidad. A este fin correspondian los Fastos, cuya publicación cesó 
en 1741, á los tres años de empezada, y menos fortuna tuvieron aún los 
Anales, para los que se llegó tan solo á imprimir en 1866 un erudito In- 
forme sobre la situación de Munda, por D. Aureliano Fernández- Guerra, 
y el Viaje arqueológico á la misma región, que por encargo de la Acade- 
mia emprendió D. José Oliver y Hurtado. Por eso debemos contar como 
gran fortuna, que adoptado para nuestra publicación el nombre de Bole- 
tín de la Real Academia de la Historia, y encargado de ella D. Cayetano 
Eosell, hayamos podido leer en estos dias el núm. 4.° 

No caben en esta Noticia las relaciones, que se daban en las anterio- 
res, de libros, documentos y objetos de antigüedad recibidos por la Aca- 
demia; de trabajos é informes leídos por los señores Académicos ó comu- 
nicados por los Correspondientes de provincias; así como de los acuerdos 
relativos á la conservación de monumentos y á los planes para nuevas 
publicaciones y empresas. La grande actividad que ha tenido nuestro 
Instituto en la época presente, con relación á las anteriores, impide re- 
ducir el asunto á pocas páginas; y lo excusan, por otra parte, los minu- 
ciosos pormenores contenidos, así en los Discursos trienales de los Direc- 
tores, leídos en 1852 por ü. Luis López Ballesteros, en 1858 y 1861 por 
el Duque de San Miguel, y en 1868 por nuestro actual Director D. An- 
tonio Benavides, como en las extensas Noticias de Actas, con sus co- 
piosos apéndices, leídas en las Juntas públicas de 1854, 1855, 1857, 
1858, 1860, 1862, 1866 y 1870 por D. Pedro Sabau, cuya reciente 
pérdida lloramos todavía. A causa de los prolongados padecimientos que 

Tomo IX B 



x NOTICIA HISTÓRICA 

llevaron al sepulcro á nuestro digno Secretario, hubo de encargarse Don 
Cayetano Eosell de este trabajo en 1876, y en 1879 lo bizo D. Manuel 
Oliver, en la sesión que S. M. el Rey se dignó bonrar con su asistencia. 
Sin embargo de lo dicbo, no se ba de pasar por alto la adquisición 
por compra de los dos magníficos sepulcros cristianos primitivos deBur- 
guillos y de Hellin, ornamento valioso de nuestro Museo, la cual por 
mucbos conceptos merece especial mención en este sitio. Tampoco debe 
faltar el recuerdo de la deferencia con que en 1859 atendió el Gobierno 
á las instancias que bizo la Academia para conseguir la conservación y 
restauración del puente romano de Alcántara, llevada á cabo con es- 
tricta sujeción á las indicaciones de este Cuerpo, por el Ingeniero Don 
Alejandro Millán, boy Inspector general de Caminos y Correspondien- 
te nuestro. Ni se ba de omitir la resolución importantísima tomada al 
publicar, en 3 de Abril de 1858, un programa permanente de premios por 
descubrimientos de vías romanas y de inscripciones antiguas, legítimas 
ó inéditas, que fijen el nombre de un pueblo desconocido, ó desfigurado 
por los escritores antiguos, ó que resuelvan definitivamente un punto 
geográfico ó bistórico controvertido. A este programa acompañaba un 
catálogo de las vías romanas del Itinerario de Antonino, preparado con 
las correspondencias más conocidas por el Académico D. Aureliano Fer- 
nández-Guerra, individuo de la Comisión promovedora del concurso. Los 
resultados de esa innovación fueron inmediatos, y á principios de 1860 
se adjudicaban dos premios por importantes inscripciones descubiertas 
en Cástulo y su comarca por D. Manuel de Góngora, quien en 1867 ob- 
tuvo nuevo lauro por presentar una inscripción que fija en Úbeda la 
Vieja el sitio de la Colonia Salaria. Premio análogo obtuvo en 1861 
D. Manuel de Cueto y Rivero por una inscripción existente en el Cortijo 
de la Torre, á dos leguas y media de Loja, que contiene un nombre geo- 
gráfico nuevo, y descubre los de varios adornos y alhajas femeniles, con 
el valor que ciertas joyas y piedras preciosas tenían en el siglo n de nues- 
tra Era. Por último, en 1872 fué premiado el Ingeniero D. Ricardo Saenz 
de Santa María por el descubrimiento de una hermosa lápida que de- 



DE LA ACADEMIA XI 

muestra la disputada situación de la antigua Murgi, límite de la Bética, 
en el Campo de Dalias, cerca de Almería, donde existen las ruinas cuyo 
plano delineó su colega D. José Ezcurdia. Tampoco fué desoído el llama- 
miento de la Academia en lo tocante á la descripción de las vías roma- 
nas. D. Eafael Martínez del Carnero obtuvo en el mismo año de 1859 un 
premio por su plano del trozo de camino de Cástulo á Libisosa; D. Ramón 
Barros Sivelo lo mereció por su Plano y Memoria de un trozo de la segun- 
da vía de Braga á Astorga, en 1861; y en el mismo año fué otorgado otro 
al Ingeniero Don Eduardo Saavedra por su Memoria, planos é ilustracio- 
nes de la vía romana de Úxama á Augustobriga, por Numancia famosa, cu- 
yas ruinas habia sacado del olvido años antes, y continuó después desen- 
terrando el que es boy nuestro compañero. Reformado el programa en 
1873, se consiguió que vinieran nuevos estudios, que practicó el Ingenie- 
ro D. Cipriano Martínez y González en las calzadas cuyos restos se con- 
servan de Astorga á Carrion de los Condes, del Castro de Villasabariego 
á León, de León á Astorga y de Astorga á Palencia por Benavente; al 
mismo tiempo que otro Ingeniero, D. Enrique Gadea y Vilardebó, en- 
viaba los planos de la calzada comprendida entre Astorga y el Portillo de 
San Pedro, en la provincia de Zamora y en dirección á Portugal. 

El levantamiento de los planos de las vías romanas y su medición 
exacta sobre el terreno, ban dado mucba luz para aclarar la situación de 
antiguas ciudades, ya confirmando bipótesis propuestas sin demostración 
suficiente, ya conduciendo á resultados nunca anteriormente previstos. 
El trabajo de D. Rafael Martínez ofrece en toda su extensión el trozo de 
camino romano que comprende, notando en los mismos sitios que ya les 
tenia asignados el Sr. Fernández-Guerra, las ruinas de Mentesa, cerca de 
Villanueva de la Fuente; de Mariana, en Nuestra Señora de Maryena; de 
Solaría junto á la Aldea de los Santos, y de la parada Ad Morum contigua 
á las Navas de San Juan. En los planos del Sr. Barros Sivelo se encuen- 
tra la situación de mucbas piedras miliarias con cuyo auxilio se podrán 
fijar con mayor seguridad las mansiones del segundo camino de Braga 
á Astorga; y los estudios de D. Eduardo Saavedra disipan la duda que 



xit NOTICIA HISTÓRICA 

pudiera quedar acerca de la correspondencia de Vóluce, Numancia y 
Augustobriga, á Calatañazor, Garray y Muro de Agreda. 

El nuevo sistema de reducciones y trazados propuesto por este Inge- 
niero en el discurso leido al tomar posesión de su plaza de Académico de 
número, sirvió de base para otros estudios no menos importantes que los 
anteriores. D. Cipriano Martínez y González, en su primera Memoria, 
deshizo la confusión que reinaba acerca de las vías que desde Astorga y 
León iban á reunirse en Lacobriga; demostrando que las tres del Itinera- 
rio eran una sola, con una desviación que, entre el Órbigo y el Porma, 
pasaba por León; Haciendo observar que el conocido camino de Peregri- 
nos se apartaba en varios trecbos de estas vías. Vallata viene á resultar 
en unas ruinas cerca del Villar de Mazarife, donde la babia supuesto 
D. Miguel Cortés y López; Interamnium corresponde á la orilla del Ber- 
nesga, cerca de Villa de Soto; Palantia aparece en el despoblado de Es- 
carabajosa, á la entrada del páramo; y Viminatium, en las grandes ruinas 
de la loma de Castro Muza. Confírmase la conocida reducción de Lancia 
al Castro de Villasabariego; así como las distancias y las ruinas com- 
prueban las que propuso el Sr. Saavedra para Camala, cerca de Sabagun; 
y para Lacobriga, en Carrion de los Condes. También se confirma en el 
otro trabajo del Sr. Martínez la correspondencia de Bedunia á las ruinas 
de San Martin de Torres, cerca de la Bañeza; y la de ínter catia en las 
cercanías de Villanueva del Campo; como también la existencia de una 
vía romana que desde Benavente se dirigía á Palencia por las llanuras de 
Campos. En cambio, el Sr. Martínez pudo cerciorarse de que no se des- 
cubren en Villabrázaro las ruinas que allí se suponían. D. Enrique 
Gadea ha descubierto el trazado, de tan difícil explicación, de la prime- 
ra vía de Braga á Astorga, en la parte de España, señalando la situación 
de Veniatia en las ruinas romanas del despoblado de la Peña del Casti- 
llo, en término de Boya, provincia de Zamora, poco antes del paso de la 
Sierra de la Culebra por el portillo de San Pedro; coloca la mansión de 
Argentiolum en unas ruinas próximas á Villamontán, cerca del Duer- 
na, en la provincia de León, y confirma la reducción de Petavonium 



DE LA ACADEMIA Xin 

al despoblado de Sansueña, ó San Miguel de Ciudadeja, en el término 
de Santibañez de Vidríales. De esperar es que el reconocimiento efec- 
tivo y la medición directa de las vías romanas pongan en claro muchos 
puntos asaz controvertidos de la geografía antigua de España; y la Aca- 
demia no perdonará medio de llegar lo antes posible á conseguir tan útil 
resultado. 

Conforme á Estatutos, se leyeron en las sesiones solemnes, destina- 
das á conmemorar los aniversarios de la Academia, Discursos llenos de 
erudición y buena doctrina, que escribieron D. Francisco Martínez de la 
Eosa sobre la Política de España en tiempo de la Casa de Austria; D. José 
Caveda sobre el Desarrollo de los estudios históricos en España desde el 
reinado de Felipe V hasta el de Fernando Vil; así como el mismo asunto 
durante el reinado de Carlos II, tocó desarrollarlo á D. Garlos Ramón Fort. 
Gomo materia preferente de estas fiestas literarias^ hizo el mismo Acadé- 
mico el Elogio de D. José Cornide; el del Arzobispo D. Rodrigo Jiménez 
de Rada, D. Vicente de la Fuente; el del Doctor Alonso Diaz de Montal- 
vo, D. Fermin Caballero; el deD. Diego Saavedra Fajardo, D. Fernando 
Gorradi, y el de D. José Amador de los Rios, D. Juan de Dios de la Rada 
y Delgado. 

En los veintisiete años á que se refiere esta Noticia, el personal de 
los Académicos se ha renovado casi por completo y más de una vez. De 
los treinta y seis individuos que figuraban en la lista de 1852, sólo te- 
nemos la fortuna de contar ahora entre nosotros á cinco, que son los 
Sres. D. Pascual de Gayangos, D. Valentín Garderera, D. Antonio Be- 
navides, D. José Caveda y el Duque de Osuna. Para renovar el hueco 
de los treinta y un ilustres nombres restantes fueron elegidos, y arre- 
batados ya por la muerte, los Sres. D. Juan de Cueto, D. Carlos Ramón 
Fort, D. Pedro Gómez de la Serna, D. Tomás Muñoz, D. Emilio Lafuen- 
te Alcántara, D. Antonio Alcalá Galiano, D. Fernando de Castro, D. Fer- 
min Caballero, D. José María Huet y D. José Godoy, quedando aún para 
lustre y fortuna de la Academia los demás individuos que constan en el 
catálogo inserto al final de esta Noticia. Todos los Académicos que to- 



XIV NOTICIA HISTÓRICA 

marón posesión de sus plazas de número desde 1852, han aumentado 
nuestro caudal literario leyendo en su recepción discursos impresos so- 
bre puntos históricos de grande interés, trabajos que empezó á coleccio- 
nar la Academia por su cuenta en 1858, dando á luz el primer tomo de 
Discursos de recepción. Abandonada esta publicación durante muchos 
años, se ha comisionado al Sr. D. Víctor Balaguer para que la reanude. 

La Eeal orden de 24 de Noviembre de 1865, al aprobar el nuevo Be- 
glamento de las Comisiones provinciales de Monumentos, no sólo ha 
hermanado en sus esfuerzos á esta Academia con la de Bellas Artes, 
sino que ha extendido por todas las provincias sus medios de acción, or- 
ganizando conforme á nuevo sistema los trabajos históricos y arqueoló- 
gicos. Este cambio ha originado considerable aumento en el número de 
Correspondientes de las provincias, alteración importante, que abriendo 
los honores académicos para toda persona aficionada á nuestras tareas, 
en cualquier punto en que se encuentre, aleja de esta Corporación toda 
falsa idea de monopolios y recelosos privilegios, que está muy distante de 
abrigar en su marcha y sus propósitos. 

Suceso notable, que no puede menos de ocupar algún lugar en esta 
Noticia, es la definitiva instalación de la Academia en el local que dis- 
fruta. Desde el año 1736 tenía sus sesiones en la Real Biblioteca, hasta 
que en 1773 se le concedió el cuarto principal de la Eeal Casa llamada 
la Panadería, en la Plaza Mayor; pero el extraordinario incremento que 
tomaron su Archivo y Biblioteca fué causa de que ya Fernando VII dis- 
pusiera en 18 de Marzo de 1833 que se buscase nuevo local, objeto con- 
seguido al fin por la Eeal orden de 11 de Julio de 1837, que le concedió 
el edificio llamado del Nuevo Rezado, en la calle del León. Después de 
muchas y singulares dificultades, de que dieron cuenta los Directores en 
sus Discursos trienales, desposeída del todo la Academia por Eeal orden 
de 27 de Setiembre de 1849, y autorizada su permanencia en los sótanos 
y entresuelos por S. M. la Eeina en 25 de Mayo de 1850, pudo quedar 
instalada allí la Biblioteca con el Archivo y el Depósito de libros. Así las 
cosas, y tras nuevas contrariedades, consiguió la Academia que le 



DE LA ACADEMIA xv 

fuera concedido el local en su totalidad, por Eeal orden de 12 de Abril 
de 1871, y obtenidos también del Gobierno los recursos para efectuar 
las reformas necesarias en el edificio, que importaron más de cien mil 
pesetas, tuvo allí la Academia su primera Junta ordinaria el viernes 12 
de Enero de 1872, y su primera sesión pública en 21 de Junio de 1874, 
en cuyo acto leyó D. Vicente Barrantes un extenso Discurso acerca del 
origen y trabajos de la Academia y su actual estado, así como el de sus 
publicaciones y principales dependencias, y noticia de las obras de gran 
consideración que habían hecho de aquella antigua casa el más decoroso 
alojamiento de una Corporación científica. Entonces quedó abandonada 
definitivamente, á los cien años de residencia, la Casa-Panadería. La 
Academia, que nunca es avara de los beneficios que goza, no ha te- 
nido reparo en hacer partícipe de ellos á otras Corporaciones que se 
dedican con fruto al estudio, siendo esta la causa de que la Sociedad Geo- 
gráfica de Madrid celebre sus sesiones en la misma casa de la Academia. 
Eazon es que por fin y término de esta Noticia se dé cuenta de la 
composición del presente tomo de Memorias. La primera, relativa al Tra- 
je de los Españoles desde los tiempos más remotos hasta el reinado de los 
Reyes Católicos, fué leida por su autor, el Conde de Clonard, en diversas 
Juntas ordinarias desde el año' 1834 en adelante. La Memoria sale en 
realidad incompleta, porque la muerte de tan distinguido Académico 
impidió la impresión de los apéndices de documentos que ofrece en la 
última página, así como la estampación de las figuras que ya tenia di- 
bujadas; pero así y todo, la utilidad de la Memoria es indisputable y 
podrá servir, cuando menos, como base y guía de más completas pro- 
ducciones. La larga discusión sobre la pérdida y restauración de Es- 
paña, que ocupó la mayor parte de las sesiones en el año 1858, dio 
ocasión á que L\ José Caveda escribiera el Examen crítico de la restau- 
ración de la Monarquía Visigoda en el siglo yin , que forma el objeto de 
la segunda Memoria de este tomo. La Memoria tercera, Descripción de 
la via romana entre Úxama y Augustobriga, por D. Eduardo Saavedra, 
debiera en rigor haber sido impresa aparte, como premiada en el con- 



xvi NOTICIA HISTÓRICA DE LA ACADEMIA 

curso de 1861; pero la consideración de que su autor fué á muy poco 
tiempo nombrado Académico de número, la ha hecho incluir entre las 
obras propias de la Academia. Sigue la Memoria histórico- crítica sobre 
las treguas celebradas en 1439 entre los lieyes de Castilla y de Granada, 
leida en varias sesiones por D. José Amador de los Eios en 1860; y por 
fin se incluye el profundo y erudito Informe, escrito en el pasado año 
por nuestro Censor D. Manuel Golmeiro, en nombre y representación de 
la Academia, sobre el ruidoso asunto del supuesto hallazgo de los verda- 
deros restos de Cristóbal Colon en la Iglesia catedral de Santo Domingo . 
No obstante la gran tirada de ejemplares que se hizo y distribuyó por 
cuenta del Ministerio de Fomento, la Academia ha querido que conste 
de una manera permanente en sus colecciones un trabajo que tanto éxi- 
to ha obtenido dentro y fuera de España; previa la competente autoriza- 
ción oficial. Es de esperar que regularizadas las consignaciones que la 
Academia recibe del Estado, y con la nunca desmentida cooperación de 
sus dignos individuos, no experimenten ya tan largas suspensiones las 
Memorias que han de formar parte de los tomos sucesivos. 



CATALOGO 

DE LOS INDIVIDUOS 

DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 

EN 1." DE DICIEMBRE DE 1879. 



SEÑORES ACADÉMICOS DE NUMERO POR ORDEN DE ANTIGÜEDAD, 

CON EXPRESIÓN DE LAS FECHAS EN QUE TOMARON POSESIÓN DE SUS PLAZAS. 

Sr. D. Pascual de Gayangos y Arce: supernumerario en 6 de Abril de 1344: de 

número en 5 de Marzo de 1 5Í 47 . 
Excmo. Sr. D. Valentín Carderera y Solano: supernumerario en 26 de Abril 

de 1344: de número en 5 de Marzo de 1347. 
Excmo. Sr. D. Antonio Benavides y Navarrete, Director: supernumerario cu 22 de 

Marzo de 1845: de número en 5 de Marzo de 1847. 
Excmo. Sr. D. José Caveda y ¡Nava: 9 de Julio de 1847. 
Excmo. Sr. Duque de Osuna y del Infantado: 4 de Febrero de 1348. 
Excmo. Sr. D. Aureliano Fernandez-Guerra y Orbe, Anticuario: 4 de Mavo 

de 1856. 
Excmo. Sr. D. Manuel Colmeiro y Penido, Censor: 26 de Abril de 1857. 
Excmo. Sr. D. Cayetano Rosell y López, Bibliotecario: 51 de Mayo de 1857. 
Excmo. Sr. D. Juan Manuel Montalbau y Ilernanz: 20 de Junio de 1858. 
Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo: 20 de Mayo de 1300. 
limo. Sr. D. Pedro de Madrazo y Kunlz, Secretario interino: 15 de Enero 

de 1861. 
limo. Sr. D. Vicente de la Fuente y Bueno: 10 de Marzo de 1861 . 
Excmo. Sr. D. Vicente Vázquez Queipo: 27 de Octubre de 1361. 
Excmo. Sr. D. Eduardo Saavedra y Moragas, Tesorero: 28 de Diciembre de 1862. 
limo. Sr. D. José Oliver y Hurtado, Obispo de Pamplona: 18 de Enero de 1865. 
limo. Sr. D. José Moreno ¡Nieto: 20 de Mayo de 1364. 

Tomo IX c 



xvill CATÁLOGO DE LOS INDIVIDUOS 

Sr. D. Manuel Oliver y Hurtado: 8 de Abril de 18G6. 

Excmo. Sr. D. Jacobo de la Pezuela y Lobo: 21 de Mayo de 1866. 

Excmo. Sr. D. Francisco Fernandez y González: 10 de Noviembre de 1867. 

Excmo. Sr. D. Francisco Javier de Salas y Rodríguez: 1.° de Marzo de 1868. 

Excmo. Sr. D. Mariano Roca de Togores, Marqués de Molins: 29 de Junio 

de 1869. 
Sr. D. Juan Facundo Riaño y Montero: 10 de Octubre de 1869. 
Excmo. Sr. D. Vicente Barrantes: 14 de Enero de 1872. 
Excmo. Sr. D. José Gómez de Arteche: 12 de Mayo de 1872. 
Excmo. Sr. D. Francisco de Cárdenas: 5 de Noviembre de 1872. 
Excmo. Sr. D. Alejandro Llórente: 21 de Junio de 1874. 
Excmo. Sr. D. Francisco Coello y Quesada: 27 de Diciembre de 1874. 
Excmo. Sr. ü. Fernando Corradi: 14 de Febrero de 1875. 
Excmo. Sr. D. Antonio María Fabié: 4 de Abril de 1875. 
limo. Sr. D. Juan de Dios de la Rada y Delgado: 27 de Junio de 1875. 
Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer: 10 de Octubre de 1875. 
Sr. D. Francisco Codera y Zaidin: 20 de Abril de 1879. 
Sr. D. Fidel Fita y Colomé: 6 de Julio de 1879. 
Sr. D. Jacobo Zobel y Zangroniz: electo en 10 de Mayo de 1878. 
Sr. D. 
Sr. D. 

SEÑORES ACADÉMICOS CORRESPONDIENTES , 

ESPAÑOLES Y EXTRANJEROS, 

CON EXPRESIÓN DE LA FECHA DE SU NOMBRAMIENTO. 
CORRESPONDIENTES EN LAS PROVINCIAS. 

ÁLAVA. 

Sr. D. Ramón Ortiz de Zarate: 2C de Enero de 1866. 

Sr. D. José Antonio de Vallmena: 14 de Diciembre de 1866. 

Sr. D. Sotero Manteli: 51 de Mayo de 1867. 

Sr. D. Ladislao de Velasco: 5 de Noviembre de 1869. 

Sr. D. Fermin Herran: 51 de Enero de 1875. 

ALBACETE. 

Sr. D. Pedro Tomás Guillen: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Antonio González: 4 de Abril de 1874. 



DE LA ACADEMIA xiX 

Sr. D. José María Sevilla: 4 de Abril de 1874. 

Sr. D. Rafael Serrano: 4 de Abril de 1874. 

Sr. D. Antonio Rentero y Villota: 5 de Febrero de 1877. 

Sr. ü. Juan Alcázar: 5 de Febrero de 1877. 

ALICANTE. 

Sr. D. Aureliano Ibarra yManzoni: 21 de Marzo de 18G2. 

Excmo. Sr. D. Pedro Cubero y López Padilla, Obispo de Orihuela: 20 de Enero 

de 1866. 
Sr. D. Manuel Señante: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Juan Vila y Blanco: 20 de Marzo de 1868. 
Sr. D. Nicasio Camilo Jover: 20 de Marzo de 1868. 
Sr. D. Roque Cbabás, Denia: 25 de Marzo de 1877. 

ALMERÍA. 

Sr. I). Cristóbal Espinosa: 30 de Junio de 1866. 

Sr. D. Gaspar Amat y Aguilar: 18 de Diciembre de 1874. 

limo. Sr. D. Miguel Huiz de Villanueva: 18 de Diciembre de 1874. 

ÁVILA. 

Sr. D. Enrique Aboin: 30 de Jimio de 1866. 

Sr. D. Juan Guerras Valseca: 19 de Octubre de 1866. 

Sr. D. Pedro Aguado del Castillo: 21 de Jimio de 1878. 

BADAJOZ. 

Sr. I). Luis Villanueva, Barearrota: 8 de Enero de 1847. 

Sr. D. Antonio de Zafra y Cantero: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Fernando Bernaldez: 15 de Abril de 1866. 

Sr. D. Tomás Romero de Castilla: 15 de Abril de 1866. 

Sr. D. Alonso Pacheco y Blanes, Mérida: l.°de Febrero de 1867. 

Sr. D. Carlos Botello del Castillo: 14 de Febrero de 1879. 

BALEARES. 

Sr. D. José María Quadrado, Palma: 51 de Diciembre de 1847. 
Sr. D. Bartolomé Mimlaner, ídem: 26 de Enero de 1866. 



XX CATÁLOGO DE LOS INDIVIDUOS 

Excrao. Sr. D. Manuel Stárico y Ruiz, Palma: 15 de Abril de 1866. 

Sr. D. Alvaro Campaner y Fuertes, Manacor: 19 de Mayo de 1871. 

Sr. D. Tomás Aguiló, Palma: 10 de Junio de 1375. 

Excmo. Sr. D. Manuel Mercader y Arroyo, Obispo de Menorca, Cindadela: 21 de 

Febrero de 1879. 
Sr. D. Jerónimo Roselló, Palma: 12 de Abril de 1379. 

BARCELONA. 

Sr. D. Manuel Bofarull y Sartorio: 7 de Diciembre de 1358. 

Sr. ü. Juan Codina: 24 de Setiembre de 1847. 

Sr. D. Mariano Aguiló y Fuster: 6 de Mayo de 1855. 

Excmo. Sr. D. Manuel Milá y Fontanals: 5 de Mayo de 1801. 

Sr. D. José Puiggari: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Pablo Parassols y Pí: 26 de Enero de 1366. 

Sr. D. Arístides de Artiñano: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Cayetano Vidal y Valenciano: 50 de Junio de 1866. 

Sr. D. Antonio de Bofarull y Broca: 20 de Marzo de 1368. 

Sr. D. Joaquín Riera y Bertrán: 15 de Enero de 1869. 

Sr. ü. Cosme Blasco y Val: 17 de Marzo de 1371. 

Sr. ü. Víctor Gebhart: 24 de Abril de 1874. 

Sr. D. Francisco Miguel y Badía: 24 de Abril de 1874. 

Sr. D. José Pella y Porgas: 8 de Enero de 1875. 

Sr. D. Antonio Elias de Molins: 8 de Enero de 1875. 

Sr. D. Pedro Nanot Renart: 18 de Junio de 1875. 

Sr. D. Joaquín Rubio y Ors: 12 de Noviembre de 1875. 

Sr. D. José Coroleu: 20 de Octubre de 1876. 

Sr. D. Luis Culchet: 15 de Febrero de 1378. 

Sr. D. Francisco Ubacb y Vinyeta: 15 de Diciembre de 1878. 

Sr. D. Salvador Sanpere y Miguel: 27 de Junio de 1379. 

Sr. D. Andrés Balaguer y Merino: 27 de Junio de 1879. 

BURGOS. 

Excmo. Sr. D. Anastasio Rodrigo Yusto, Arzobispo de Burgos: 26 de Enero de 1366. 

Sr. D. José Martínez Rives: 50 de Junio de 1866. 

Sr. D. Juan Miguel Sánchez de la Campa: 15 de Enero de 1869. 

Sr. D. Manuel Martínez y Añibarro Rives: 18 de Mayo de 1877. 

Sr. D. Arturo Arnaiz y Bobigas: 15 de Junio de 1879. 

Sr. D. Miguel Pujana y Smit: 15 de Junio de 1879. 



DE LA ACADEMIA xxi 

CÁCERES. 

Sr. D. Jerónimo de Sánele Olivares, Garr •ovillas de Alconétar: 19 de Junio de 1868. 

CÁDIZ. 

Excmo. é limo. Sr. D. Adolfo de Castro: 23 de Abril de 1852. 

Sr. D. Mariano Pardo de Figueroa, Medinasidonia: 22 de Marzo de 1861. 

Sr. D. Carlos Camerino, Jerez de la Frontera: 26 de Enero de 1866. 

Sr. I). Manuel üertemati, ídem: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Francisco María Montero, San Roque: 19 de Octubre de 1866. 

Sr. D. Modesto de Castro, Jerez de la Frontera: 20 de Marzo de 1868. 

Sr. D. Fernando Hilé y Gutiérrez: 5 de Noviembre de 1869. 

Sr. D. Francisco de Lara: 5 de Noviembre de 1869. 

Sr. D. Francisco de Asis de Vera: 15 de Marzo de 1878. 

CANARIAS. 

Sr. D. Juan María de León y Joven: 50 de Junio de 1866. 
Sr. I!, "regorio Chil y Morales: 15 de Diciembre de 1867. 
Sr. D. Santiago Ramírez Rocha, Las Palmas: 25 de Abril de 1879. 

CASTELLÓN. 

Sr. D. Francisco Llorca: 26 de Enero de 1866. . . 

Sr. D. Juan Cardona: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. José de España y Lledó: 14 de Febrero de 1879. 

CIUDAD-REAL. 

Sr. D. Genaro López: 50 de Junio de 1866. 

CÓRDOBA. 

Sr. D. Domingo de Portefaix: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. José de Morales, Baena: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Antonio .Morales y de Rivas, Puente Genil: 20 de Marzo de 1868. 

Sr. D. Antonio Aguilar y Cano, ídem: 20 de Marzo de 1868. 

Sr. D, Ignacio García de Lobera: 19 de Junio de 1868. 



xxn CATÁLOGO DE LOS INDIVIDUOS 

Sr. D. José de Guzraan el Bueno y Padilla, Montilla: 19 de Junio de 18(111. 

Sr. D. Rafael Sierra y Ramírez: 8 de Abril de 1870. 

Sr. D. Manuel González Guevara: 8 de Abril de 1870. 

Sr. D. Luis Herrera, Cabra: 10 de Mayo de 1872. 

Sr. D. Alberto Alvarez de Sotomayor, Puente Genil: 17 de Enero de 1875. 

Sr. D. Patricio Palacio: 50 de Enero de 1874. 

Sr. D. Teodomiro Ramirez de Arellano: 20 de Marzo de 1874. 

Sr. D. Victoriano Rivera Romero: 2 de Abril de 1875. 

limo. Sr. D. Enrique de Leguina: 6 de Octubre de 1876. 

Sr. 1). Rafael Romero y Barros: 8 de Noviembre de 1878. 

limo. Sr. D. Fr. Zeferino González, Obispo de Córdoba: 28 de Marzo de 1879. 

Sr. D. Antonio Domínguez, Cabra: 14 de Noviembre de 1879. 

CORUÑA. 

Sr. D. José Montero y Aróstegui, Ferrol: 13 de Abril de 1360. 

Sr. D. Antonio García Magaz: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Benigno Rebellón: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Ramón Pereiro y Rey, Santiago: 26 de Enero de 1366. 

Sr. D. José López Amarante, ídem: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Gumersindo Lávenle y Ruiz, ídem: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Ramón Barros Sivelo: 26 de Enero de 1366. 

Sr. D. Antonio de la Iglesia: 1 ." de Marzo de 1867. 

Sr. D. Justo Gayoso, Ferrol: 5 de Noviembre de 1369. 

R. P. Fr. Manuel Pablo Castellanos, Santiago: 18 de Octubre de 1373. 

Sr. D. Antonio López Ferreiro, ídem: 24 de Enero de 1879. 

CUENCA. 

Sr. D. Mariano Sancbez Almonacid: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. José Antonio Secret: 26 de Enero de 1866. 

Sr. I). Joaquín María Girón y Font: 9 de Diciembre de 1870. 

Sr. I). Demingo Soria: 17 de Enero de 1873. 

Sr. D. Francisco Peñalver y Sebastian: 17 de Enero de 1875. 

GERONA. 

Sr. D. Joaquín Pujol y Santo: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Ignacio de Aloy, Figueras: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Celestino Pujol: 50 de Junio de 1866. 



DE LA ACADEMIA xxui 

Sr. D. Martin Sureda: 15 de Enero de 1869. 

Sr. D. Enrique Claudio Girbal: 15 de Enero de 1869. 

Sr. D. Joaquín Bolet y Sisó: 17 de Enero de 1375. 

Sr. D. José María Pellicer y Pajes, Ripoll: 19 de Diciembre de 1375. 

Sr. D. Pedro Alsius y Torrent, Batiólas: 25 de Setiembre de 1374. 

GRANADA. 

limo. Sr. 1). Nicolás de Paso y Delgado: 25 de Mayo de 1851. 

limo. Sr. D. Francisco Javier Torres López, Guadix: 25 de Abril de 1856. 

Sr. D. Manuel de Góngora: 25 de Marzo de 1860. 

Sr. D. Francisco Javier Simonet: 23 de Febrero de 1862. 

Sr. D. Leopoldo Eguílaz y Yanguas: 16 de Diciembre de 1864. 

Sr. D. José de Lara y Orbe, Guadix: 26 de Enero de 1366. 

Sr. D. Manuel de Cueto y Rivero: 26 de Enero de 1366. 

Sr. D. Joaquín Pérez Comoto: 50 de Junio de 1866. 

Sr. D. Juan Pedro de Abarrálegui: 16 de Abril de 1869. 

Sr. D. Joaquín Lisbona: 17 de Mayo de 1872. 

Sr. D. Manuel Gómez Moreno: 1." de Octubre de 1875. 

Sr. D. Fabio de la Rada y Delgado: 14 de Enero de 1876. 

GUADALAJARA. 

Sr. D. José Julio de la Fuente: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Román Atienza y Baltueña: 14 de Febrero de 1379. 

Sr. D. Carlos Rodríguez Tierno, Sigüenza: 14 de Febrero de 1379. 

GUIPÚZCOA. 

Sr. D. Nicolás Soraluce, San Sebastian: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Telesforo Monzón, Vergara: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Tadeo Ruiz de Ogarrío, San Sebastian: 26 de Enero de 1866. 

HUELVA. 

Sr. D. Justo Garrido: 15 de Diciembre de 1867. 

Sr. D. Antonio Fernandez García: 15 de Diciembre de 1367. 

Sr. D. Braulio Santamaría: 12 de Abril de 1879. 



xxiv CATÁLOGO DE LOS INDIVIDUOS 



HUESCA. 

Sr. D. Saturnino López Novoa: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Vicente Carderera: 5 de Enero de 1872. 

Sr. D. Mauricio María Martínez: 5 de Enero de 1872. 

Sr. D. Antonio Gasós: 4 de Abril de 1874. 

Sr. D. Luis Vidal: 4 de Abril de 1 874. 

Sr. D. Mariano Paño, Monzón: 24 de Octubre de 187!). 

JAÉN. 

Sr. D. Elias García Tuñoii y Quirós, Bailen: 26 de Enero de 1866. 
Excnio. Sr. D. Alonso Coello y Conlreras: 1." de Marzo de 1867. 
Sr. I). Federico de Palma y Caraacho: 1.° de Marzo de 1867. 
Sr. D. José Rodrigo Taracena: 5 de Febrero de 1877. 
Sr. D. Luis Muñoz Cobo: 24 de Octubre de 1879. 

LEÓN. 

Sr. D. Patricio de Azcárate: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Juan López Castrillon: 17 de Enero de 187o. 

Sr. D. Ramón Alvarez de la Braña: 17 de Enero de 1875. 

limo. Sr. D. Autonio Medina y Cañáis: 2 de Marzo de 1877. 

Sr. D. Hipólito Casas y Gómez de Andino: 18 de Mayo de 1877. 

Sr. D. Hipólito Carroño y Hernández: 13 de Junio de 1879. 

LÉRIDA. 

Sr. D. Luis Roca y Florejachs: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Miguel Ferrer y Garcés: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Manuel La Rosa y Ascaso: 1." de Marzo de 1867. 
Sr. D. Luis Jené y Gimbert: 17 de Marzo de 1876. 

LOGROÑO. 

Sr. D. Pedro Tercero Urquiano, Calahorra: 26 de Enero de 1866. 

Excmo. Sr. I). Tadeo Salvador: 17 de Enero de 1875. 

Sr. I). Ignacio Alonso Martínez, Sanio Domingo de la Calzada: 21 de Junio de 1878. 



DE LA ACADEMIA 



LUGO. 



Sr. D. Félix Alvarez Villaamil; Mondoñedo; 19 de Junio de 1868. 

Sr. D. Manuel Soto Freyre: 1.° de Abril de 1870. 

Excmo. Sr. ü. Manuel Vázquez de Parga, Conde de Pallares: 1.° de Abril de 1870. 

Sr. D. Bernardo Valcarce de la Peña: 17 de Marzo de 1876. 

Sr. D. Antonio Teijeiro: 17 de Marzo de 1876. 

MADRID. 

Sr. D. Manuel González Hernández: 16 de Abril de 1830. 

Excmo. Sr. ü. Plácido Jove y Hevia, Vizconde de Campo-Grande: 4 de Marzo 

de 1855. 
limo. Sr. D. Demetrio de los Rios: 20 de Junio de 1856. 
Excmo. Sr. D. Luis Estrada: 11 de Abril de 1857. 
Sr. D. Manuel de Assas: 5 de Junio de 1857. 
Sr. D. Alejandro Millan: 16 de Setiembre de 185!). 
Eramo. Sr. D. Francisco de Paula Benavides, Cardenal Patriarca de las Indias: 

16 de Mayo de 1865. 
Sr. D. Rafael Chamorro: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Carlos Soler: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Félix Ponzoa y Cebrian: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Luis iMaraver y All'aro: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Manuel Murguia: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Evaristo de la Cuba: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Román Andrés de la Pastora: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. José Villaamil y Castro: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Pedro López Sánchez: 26 de Enero de 1866. 
Excmo. Sr. D. Manuel Diaz Pedregal: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Luis López de Ayala, Alvarez de Toledo, Conde de Codillo: 26 de Enero 

de 1866. 
limo. Sr. D. Ángel Guirao: 15 de Abril de 1866. 
Sr. D. Pedro González Marrón: 50 de Junio de 1866. 
Sr. D. José Velazquez y Sánchez: 28 de Setiembre de 1866. 
Sr. D. Salvador Arpa: 19 de Octubre de 1866. 
Sr. D. Francisco de Pisa y Pajares: 10 de Octubre de 1866. 
Sr. D. Juan Vicente Benito: 14 de Diciembre de 1866. 
Sr. D. Manuel Mamerto de Heras: 1.° de Marzo de 1867. 

Tomo IX d 



xxvi CATÁLOGO DE LOS INDIVIDUOS 

limo. Sr. D. Antonio Bngallal y Muñoz: 1.° de Marzo de 1867. 

Sr. D. Salvador de Torres Aguilar: 15 de Diciembre de 1867. 

Sr. D. Jerónimo Martin Sánchez: 15 de Diciembre de 1867. 

Sr. D. Antonio María García Blanco: 15 de Diciembre de 1867. 

Sr. D. Pedro de la Garza: 20 de Marzo de 1868. 

Excmo. Sr. D. Alejandro Groizard: 20 de Marzo de 1868. 

Sr. D. Mariano Juderías: 19 de Junio de 1868. 

Excmo. Sr. D. Mariano Vergara y Pérez de Aranda: 16 de Abril de 1860. 

limo. Sr. D. Cesáreo Fernandez Duro: 26 de Noviembre de 1860. 

Sr. D. José Conde y Souleret: 8 de Abril de 1870. 

Sr. D. Juan Catalina García: 22 de Abril de 1870. 

Sr. D. Primitivo José de Soria: 12 de Mayo de 1871. 

Sr. D. Bienvenido Oliver.y Esteller: 50 de Junio de 1871. 

Sr. D. José Fernandez Montaña: 12 de Enero de 1872. 

Sr. D. Martin Ferreiro: 14 de Junio de 1872. 

Sr. D. Indalecio Martínez Alcubilla: 22 de Noviembre de 1872. 

Sr. D. Adolfo Bodriguez y Gamez: 17 de Enero de 1875. 

Sr. D. Bernardo Monreal y Ascaso: 9 de Mayo de 1875. 

Excmo. Sr. D. Miguel Bodriguez Ferrer: 15 de Marzo de 1874. 

Sr. D. Leopoldo Marlinez Beguera: 5 de Junio de 1874. 

Excmo. Sr. D. José Almirante y Torroella: 26 de Junio de 1874. 

Sr. D. Manuel Pérez Villamil: 7 de Mayo de 1875. 

Sr. D. Acisclo Fernandez Vallin: 17 de Marzo de 1876. 

Sr. D. José María Escudero de la Peña, Alcalá de Henares: 29 de Setiembre 

de 1876. 
Sr. D. Francisco Fernandez de Bétbenrourt: 12 de Abril de 1879. 
Sr. D. Andrés Baquero y Almansa: 27 de Junio de 1879. 

MÁLAGA. 

Sr. D. Bafael Atienza, Ronda: 1.° de Abril de 1855. 

Sr. D. Manuel Bodriguez de Berlanga: 26 de Junio de 1857 

Excmo. Sr. D. Jorge Loring, Marqués de Casa-Loring: 21 de Octubre de 1864. 

Sr. D. Manuel Casado: 26 de Enero de 1866. 

limo. Sr. D. Manuel Gómez Salazar y Luna Villegas, Obispo de Málaga: 26 de Enero 

de 1866. 
Sr. D. Trinidad de Bojas y Bojas, Antequera: 20 de Marzo de 1868 
Sr. D. Francisco Guillen y Bobles: 50 de Octubre de 1874. 
Sr. D. Mariano Pérez Olmedo: 5 de Noviembre de 1876. 



DE LA ACADEMIA xxvn 

MURCIA. 

Sr. D. Agustín Juan Maurandi, Mazarron: 7 de Noviembre de 1828. 

Sr. D. Zacarías Acosta y Lozano: 20 de Enero de 1866. 

Sr. D. Manuel Martínez, Cartagena: 15 de Abril de 1866. 

Sr. D. Simón García y García: 50 de Junio de 1866. 

Sr. D. Vicente Martínez Villa: 15 de Diciembre de 1867. 

Sr. D. Carlos García Clemencin: 16 de Abril de 1869. 

Sr. D. Federico de Atienza: 18 de Marzo de 1870. 

Sr. D. Javier Fuentes y Ponte: 18 de Marzo de 1870. 

Sr. D. Félix Martínez de Espinosa: 18 de Octubre de 1878. 

NAVARRA. 

Sr. D. Esteban Obanos, Pamplona: i." de Marzo de 1867. 
Sr. ü. Víctor Sainz de Robles, ídem: l.° de Marzo de 1807. 
Sr. 1). Nicasio Landa, ídem: 28 de Junio de 1867. 
Sr. 1). Rafael Gaztelu, ídem: 15 de Febrero de 1874. 
Sr. D. Hipólito Estatuet, ídem: 26 de Junio de 187-4. 
Sr. D. Gabino Abadía, ídem: 17 de Marzo de 1876. 

ORENSE. 

Sr. D. Joaquín Gaite: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Venancio Moreno: 1.° de Marzo de 1867. 

OVIEDO. 

Sr. 1). José María Cavanilles, Vülaviciosa: 25 de Mayo de 1851. 

Sr. D. Julián García San Miguel: 50 de Junio de 1866. 

Sr. D. Ciriaco Miguel Vigil: 20 de Marzo de 1868. 

Sr. D. Roberlo Frassinelli, Coran (Cangas de Onís): 19 de Junio de 1868. 

Sr. D. José Arias de Miranda, Grado: 19 de Junio de 1868. 

Sr. D. Fermín Canella y Secades: 28 de Abril de 1871. 

Sr. D. Armando González Rúa: 27 de Octubre de 1871. 

Sr. D. Sebastian de Soto y Cortés, Posada (Llanes): 18 de Mayo de 1877. 

PALENCIA. 

Sr. D. Juan Martínez Merino: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Fernando Mateo Collantesro de Noviembre de 1869. 

Sr. D. Ricardo Decerro de Rengoa: 27 de Octubre de 1871. 



xxviii CATÁLOGO DE LOS INDIVIDUOS 

PONTEVEDRA. 

Sr. U. Manuel García Maceira, Tuy: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Nicolás Taboaday Leal: 26 de Enero de 1366. 
Sr. 1). José de Urrutia y Caballero: 1." de Marzo de 1367. 
Sr. D. Emilio Alvarez Jiménez: 16 de Mayo de 1363. 

SALAMANCA. 

Sr. D. Camilo Alvarez de Castro: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Ramón Losada y Campero: 14 de Diciembre de 1866. 
Sr. D. Pedro Manobel y Prida: 14 de Diciembre de 1366. 
Sr. D. Manuel Gil Maestre: 5 de Noviembre de 1369. 

SANTANDER. 

Sr. I). Marcelino Sauz de Sautuola: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Gervasio Eguaras y Fernandez: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Ángel de los Ríos y Rios, Reinosa: 26 de Enero de 1366. 

Excmo. Sr. D. Ignacio Fernandez de Henestrosa, Conde de la Moriana del Rio, 

Marqués de Cilleruelo: 5 de Enero de 1372. 
Sr. D. Amos de Escalante: 12 de Enero de 1872. 
Sr. D. Gervasio González de Linares, Valle (Valle de Cabuérniga): 21 de Junio 

de 1378. 
limo. Sr. D. Máximo de Solano Viel: 21 de Febrero de 1879. 
Sr. D. Eduardo de la Pedraja Fernandez Samaniego: 21 de Febrero de 1879. 

SEGOVIA. 

Sr. D. Andrés Gómez de Somorroslro: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Ramón Depret: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Juan Rivas Orozco: 19 de Octubre de 1866. 

Sr. D. Carlos de Lecea y García: 19 de Octubre de 1866. 

Sr. D. Francisco García de Castro: 19 de Octubre de 1866. 

Sr. D. Tomás Baeza y González: 15 de Junio de 1879. 

Sr. D. Anacleto Pérez Rubio: 15 de Junio de 1879. 

SEVILLA. 

Excuio. Sr. D. Fernando de Gabriel y Ruiz de Apodaca: 15 de Noviembre de 1857. 



DE LA ACADEMIA xxix 1 

limo. Sr. D. Juan José Bueno: 24 de Enero de 1862. 

Sr. D. José María Quesada, Eslepa: 11 de Noviembre de 18G4. 

Sr. D. Fernando Belmonte y Clemente: 26 de Enero de 13(56. 

Sr. D. Vicente Rodríguez García: 26 de Enero de 1866. 

Sr. 1). Vicente Manterola: 19 de Octubre de 1866. 

Excmo. Sr. D. Fr. Joaquín Lluch, Arzobispo de Sevilla: 28 de Junio de 1867. 

Sr. D. Manuel Merry y Colon: 16 de Abril de 1869. 

limo. Sr. D. Servando Arboli: 28 de Abril de 1871. 

Excmo. Sr. D. José Lamarque de Novoa: 18 de Diciembre de 1874. 

Sr. ü. Francisco de Paula Collantes de Teran: 50 de Junio de 1877. 

limo. Sr. D. Antonio María de Ariza y Montero Coracho: 50 de Junio de 1877. 

Sr. D. Francisco de Borja Palomo: 22 de Marzo de 1878. 

Sr. D. Antonio Calvo y Cassini, Carmona: 8 de Noviembre de 1878. 

SORIA. 

Sr. D. Lorenzo Aguirre: 5 de Febrero de 1864. 

Sr. I). Domingo Hevia: 1.° de Marzo de 1867. 

Sr. D. Francisco de Paula Abad: 5 de Febrero de 1877. 

Sr. D. Eduardo Peña y Guerra: 5 de Febrero de 1377. 

Sr. D. Aniceto Hinojar y Leal: 5 de Febrero de 1877. 



TARRAGONA. 

Sr. D. Buenaventura Hernández Sanabuja: 19 de Setiembre de 1851. 

Sr. D. Juan Fernandez: 7 de Octubre de 1855. 

Sr. D. Francisco Morera: 15 de Abril de 1866. 

Sr. D. Pablo Forés y Pallas: 14 de Diciembre de 1866. 

Sr. D. José Nasarre y Larruga: 4 de Abril de 1874. 

Sr. D. Juan Mirel: 5 de Mayo de 1876. 

Sr. D. Antonio Satorras y Vilanova: 5 de Mayo de 1876. 

Sr. D. Plácido María de Montoliu: 12 de Mayo de 1876. 

TERUEL. 

Sr. I). Juan Navarro y Rodríguez: 26 de Junio de 1874. 

Sr. D. Pedro Andrés y Catalán: 26 de Junio de 1874. 

Sr. D. Prudencio Cabañero y Temprado, Hijar: 26 de Junio de 1874. 

Sr. D. Nicolás Sancho, Álcañiz: 50 de Octubre de 1874. 



CATÁLOGO DE LOS INDIVIDUOS 



TOLEDO. 






Sr. D. Luis Jiménez de la Llave, Talavera de la Reina: 18 de Mayo de 1060. 

Sr. D. Rafael üiaz y Jurado: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. José Antonio Parrilla: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Juan Antonio Gallardo: 16 de Abril de 1869. 

Sr. D. Celedonio Velazquez y Longoria: 1.° de Abril de 1870. 

VALENCIA. 

Sr. D. Vicente Roix: 6 de Mayo de 1855. 

Sr. D. Miguel Velasco y Santos: 21 de Marzo de 1862. 

Exorno. Sr. D. Eduardo Pérez Pujol: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Francisco Caballero Infante y Süazo: 6 de Diciembre de 1872. 

Sr. D. Antonio María de Cossio: 17 de Enero de 1873. 

Sr. D. Manuel Polo y Peyrolon: 26 de Junio de 1874. 

Sr. D. José Vilano va: 26 de Junio de 1874. 

Sr. D. Salvador María de Fabregues: 26 de Octubre de 1877. 

VALLADOLID. 

Sr. D. Antonio Iturralde: 26 de Enero de 1866. 

Sr. U. César Alva: 50 de Jimio de 1866. 

Sr. D. Venancio María Fernandez de Castro: 19 de Octubre de 1866. 

Sr. D. Rafael Cano: 4 de Mayo de 1877. 

Sr. D. Juan Ortega y Rubio: 18 de Mayo de 1877. 

Sr. D. Eustaquio Gante: 24 de Mayo de 1878. 

Sr. D. Julián Arribas y Raraya: 14 de Febrero de 1879. 

Sr. D. Tomás Acero y Abad: 15 de Junio de 1879. 

VIZCAYA. 

Sr. D. Antonio de Trueba, Bilbao: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Alejo Novia de Salcedo, ídem: 26 de Enero de 1866. 
Sr. D. Juan E. Delmas, ídem: 15 de Diciembre de 1867. 

ZAMORA. 

Sr. D. Pedro Cabello y Septien: 50 de Junio de 1866, 



. DE LA ACADEMIA xxsi 

Sr. D. Juan Pujadas: 1.° de Marzo de 1367. 

Sr. D. Juan María Ferreiro y Rodríguez: 17 de Enero de 1375. 

Sr. D. Luís Rodríguez y Miguel: 26 de Enero de 1877. 

Sr. D. Tomás M. Garnacho: 23 de Marzo de 1879. 

ZARAGOZA. 

Sr. D. PaMo Gil y Gil: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. José María Huici, Mores: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Juan Federico Muntadas: 26 de Enero de 1866. 

Sr. D. Francisco Roch, Calalorao: 14 de Diciembre de 1866. 

Sr. D. Antonio Sánchez de Moguel: 5 de Febrero de 1869. 

Sr. D. Narciso Ena: 4 de Junio de 1369. 

Sr. D. Ángel María de Pozas: 4 de Junio de 1369. 

Sr. I). Viceule Larrea, Calaíayud: 1° de Abril de 1870. 

Sr. D. Faustino Sancho y Gil, Mores: 26 de Enero de 1877. 

Sr. D. Tomás Ximenez de Embun: 14 de Febrero de 1879. 

EN ULTRAMAR. 

Sr. D. Alvaro Reinoso, Habana: 19 de Octubre de 1866. 

Sr. D. José Julián de Acosla y Calvo, Puerlo-Rico: 22 de Febrero de 1867. 

Sr. f). Domingo Sánchez del Arco, Manila: 5 de Noviembre de 1369. 

Sr. D. Leandro de Saralegui y Medina, ídem: 5 de Noviembre de 1869. 

Sr. D. Francisco Zapater y Gómez, ídem: 17 de Enero de 1373. 

Sr. D. Paulino Alvarez Aeuiñiga, Habana: 50 de Enero de 1874. 

Sr. D. Martin González del Valle, ídem: 7 de Diciembre de 1377. 

Sr. D. Fermín Lacaci y Diaz, ídem: 21 de Junio de 1878. 

Sr. D. Antonio López Prieto, ídem: 13 de Octubre de 1873. 

RESIDENTES FUERA DE ESPAÑA. 

Sr. D. Fernando López de Lara, Londres: 51 de Marzo de 1845. 

Sr. D. Carlos Calvo, París: 9 de Diciembre de 1365. 

Sr. D. Guillermo Estrada, Passy (París): 26 de Enero de 1366. 

Sr. D. Adolfo Rivadeneyra, Mogador: 1 1 de Febrero de 1870. 

Sr. D. José María de Gaona y Pifia, Buenos- Aires: 19 de Mayo de 1871. 

P. Fr. José de Lerchundi, Tánger: 15 de Noviembre de 1874. 

Sr. D. Juan Víctor Abargues de Sostén, Cairo: 27 de Junio de 1379. 

Sr. D. Juan Bautista Enseñat, París: 7 de Noviembre de 1879. 



xxxil CATÁLOGO DE LOS INDIVIDUOS 

CORRESPONDIENTES EXTRANJEROS. 

Sr. Dr. Witenbach, Tréveris: 16 de Marzo de 1358. 

Sr. Salvador Belti, Roma: 8 de Febrero de 1859. 

Sr. Dr. Jorge Helmedorfer, Offenbach: 17 de Mayo de 1359. 

Sr. Eugenio Duflot de Mofras, París: 13 de Setiembre de 1839. 

Sr. Luis Próspero Gachard, Bruselas: 11 de Octubre de 1359. 

Sr. Orestes Brizzi, Arezzo: 20 de Noviembre de 1840. 

Sr. Severa Teakle Wallis, Baltimore: 7 de Enero de 1345. 

Sr. Dr. Reinhart Dozy, Leyden: 14 de Marzo de 1851. 

Sr. Dr. Andrés David Mordtmann, Conslanlinopla: 4 de Marzo de 1855. 

Sr. Rosseeuw Saint-Hilaire, Versaües: 1.° de Abril de 1855. 

Sr. Paulino París, París: 6 de Mayo de 1855. 

Sr. Pablo Chaix, Ginebra: 25 de Diciembre de 1355. 

Sr. Raron de Shak, Berlín: 20 de Enero de 1354. 

Sr. Dr. Guillermo Schaeffner, Francfort sobre el Mein: 25 de Abril de 1856. 

Sr. Enrique Rrugscb, Berlín: 25 de Abril de 1856. 

Sr. Juan Bautista Alberdi, Buenos-Aires: 5 de Junio de 1857. 

Sr. P. A. Muncb, Cristiania: 26 de Junio de 1857. 

Sr. D. Alejandro Arango y Escandon, Méjico: 27 de Noviembre de 1857. 

Sr. Gustavo Básele de Lagréze, Pau: 15 de Enero de 1358. 

Excmo. Sr. D. Antonio de Latour, París: 25 de Abril de 1358. 

Sr. Eugenio Baret, París: 25 de Abril de 1853. 

Sr. Juan Bautista Adriani, Tarín: 25 de Abril de 1358. 

Sr. Eduardo de la Barre Duparcq, Versaües: 12 de Noviembre de 1858. 

Sr. Emilio Hildebrand, Stockolmo: 12 de Noviembre de 1858. 

Sr. M. Koch de Vienne, Shdtgart: 7 de Junio de 1861. 

Sr. José G. Magnabal, París: 28 de Junio de 1361. 

Sr. Hermes Pierotti, Florencia: 12 de Diciembre de 1362. 

Sr. Joaquín Menant, Havre: 50 de Enero de 1865. 

Sr. Ignacio Pillito, Caller: 1.° de Mayo de 1365. 

Sr. Carlos de Tourtoulon, Monlpeller: 16 de Octubre de 1363. 

Sr. Vizconde Teófilo Puymaigre, París: 11 de Noviembre de 1864. 

Sr. Gaudencio Claretta, Turin: 9 de Marzo de 1866. 

Sr. Miguel D' Antas, Madrid: 20 de Abril de 1866. 

Honor. Sr. Enrique Stanley, Londres: 11 de Mayo de 1866. 

Sr. Dr. Alfredo Demersay, Bailas (Loiret): 17 de Mayo de 1367. 

Sr. Carlos Guarmani, Liorna: 28 de Junio de 1367. 

Sr. Ismail-Ivanovitcb Sreznefskii, San Pelersburrjo: 17 de Enero de 1863. 



DE LA ACADEMIA xxxm 

Sr. C. Leemans, Leyden: 17 de Enero de 1863. 
Sr. Carlos José de Hefele, Obispo de Rotlenburg: 17 de Enero de 1868. 
Sr. Conde de Circourt, París: 17 de Enero de 1868. 
Sr. Juan José Ignacio Dóllinger, Munich: 17 de Enero de 1868. 
Sr. Carlos de Linas, Arras: 17 de Enero de 1868. 
Sr. Eugenio 31. 0. Dognée, Lieja: 17 de Enero de 1868. 
P. Rafael Garrucci, Roma: 17 de Enero de 1868. 
Sr. Patricio Murray, Maynooíh (Irlanda): 17 de Enero de 1868. 
Sr. Federico Brome, Gibrallar: 16 de Mayo de 1868. 
Sr. Dr. J. C. Fernando Pinheiro, Brasil: 5 de Junio de 1868. 
Sr. Comendador Crisloforo Ne'gri, Florencia: 26 de Junio de 1868. 
Sr. Carlos Russell, Maynooíh (Irlanda): 12 de Marzo de 1869. 
Sr. Barón de Ñervo, París: 15 de Octubre de 1869. 
Sr. Emilio Chasles, ídem: 15 de Octubre de 1869. 
Sr. Tito Visino, Londres: 17 de Diciembre de 1869. 
Sr. José María Torres Caicedo, Nueva-Granada: 7 de Enero de 1870. 
Sr. Pedro Arend Leupe, Utrecht: 11 de Febrero de 1870. 
Sr. Juan Fastenrath, Colonia: 8 de Abril de 1870. 
Sr. Luis L. Domínguez, República Argentina: 9 de Junio de 1871. 
Sr. Federico Quarauta, Ñapóles: 50 de Jimio de 1871. 
Sr. Alfredo de Arnelb, Viena: 50 de Junio de 1871. 
Sr. D. Joaquín García Icazbalceta, Méjico: 9 de Febrero de 1872. 
Sr. Coronel Bernardo Pereira de Chaby, Lisboa: 22 de Noviembre de 1872. 
Sr. Ezequiel Uricoecbea, Bruselas: 22 de Noviembre de 1872. 
Sr. Teófilo Braga, Lisboa: 6 de Diciembre de 1872. 
Sr. Hermann Baumgarten, Strasburgo: 24 de Enero de 1875. 
Sr. Miguel Antonio Caro, Bogotá: 51 de Enero de 1875. 
Sr. Juan Correia Ayres de Campos, Coimbra: 51 de Enero de 1873. 
Sr. Arturo De Marsy, Compiégne: 5 de Mayo de 1875. 
Sr. Dr. Guillermo Lausser, Viena: 3 de Mayo de 1875. 
Sr. Augusto Carlos Teixeira d'Aragáo, Lisboa: 5 de Mayo de 1875. 
Sr. Domingo García Peres, Selúbal: 6 de Febrero de 1874. 
Sr. Francisco Javier Plasse, Clermonl-Ferrant: 12 de Noviembre de 1875. 
Sr. Lorenzo Montufar, Cosla-Rica: 17 de Marzo de 1876. 
Sr. James Stevenson, Quebec: 2 de Junio de 1876. 
Sr. Ricardo Guimaraes, Lisboa: 22 de Setiembre de 1876. 
Sr. D. Manuel Orozco y Berra, Méjico: 22 de Diciembre de 1876. 
Sr. Gregorio Marti, Buenos-Aires: 2 de Marzo de 1877. 
Sr. León de Rosny, París: 1.° de Junio de 1877. 
Sr. Francisco de Barghon Fort-Rion, Versalles: 30 de Junio de 1877. 
Tomo IX E 



XXX i V CATÁLOGO DE LOS INDIVIDUOS 

R. P. Fidel da Fanna, Florencia: 7 de Diciembre de 1877. 

Sr. Dr. Constantino de Hófler, Praga: 24 de Enero de 1379. 

Sr. Dr. Juan Janssen, Francfort sobre el Mein: 24 de Enero de 1879. 

Sr. Dr. José de Ascbbach, Viena: 24 de Enero de 1879. 

Sr. Alfredo Morel-Fatio, París: 5 de Mayo de 1879. 

Sr. D. José María Heredia, Méjico: 27 de Junio de 1879. 

Sr. Dr. D. Jourdanet, París: 7 de Noviembre, de 1879. 

Sr. Dario Bertolini, Portogruaro: 14 de Noviembre de 1879. 

SEÑORES ACADÉMICOS HONORARIOS. 

Sr. Andrés de Lamas, en el Brasil: 25 de Abril de 1852. 

Sr. J. J. A. Worsaae, en Copenhague: 17 de Enero de 1868. 

Sr. Teodoro Mommsen, en Berlín: 17 de Enero de 18b'8. 

Sr. Guillermo Henzen, en Boma: 17 de Enero de 1863. 

Sr. Emilio Hübner, en Berlín: 17 de Enero de 1868. 

Sr. Juan Bautista de Rossi, en Boma: 17 de Enero de 1868. 

R. P. Pió Bonifacio Gams, en Munich: 17 de Enero de 1868. 

Sr. Fr. Bowk, en Aquisgran: 17 de Enero de 1863. 

Sr. Adrián de Longperier, en París: 17 de Enero de 1868. 

limo. Sr. Juan Bautista Scandella, Obispo de Antinoe, en Gibraltar: 16 de Mayo 

de 1368. 
Lord Talbot de Malahide, en Dublin: 28 de Mayo de 1369. 
Honor. Agustín Enrique Layare!, en Conslaníinopla: 18 de Marzo de 1870. 
Excmo. Sr. José da Silva Mendes Leal, en París: 9 de Febrero de 1872. 
Sr. Augusto Pécoul, en París: 10 de Mayo de 1872. 

Excmo. Sr. Antonio José d' Avila, Duque d'Avila y Bolama, en Lisboa: 7 de Fe- 
brero de 1873. 
Excmo. Sr. D. Francisco de Paula Arrangoiz, en Madrid: 7 de Febrero de 1873. 
Sr. Vivien de Saint Martin, en París: 29 de Octubre de 1875. 
Sr. Alolss Heiss, en Sceaux: 29 de Octubre de 1875. 
Sr. Julio Oppert, en París: 1." de Junio de 1877. 
Sr. César Cantú, en Milán: 25 de Abril de 1879. 
Emmo. Sr. Dr. José de Hergenrother, en Boma: 30 de Mayo de 1879. 
Sr. Alfredo de Beumont, Barón de Beumont, en Aquisgran: 27 de Junio de 1879. 
R. P. Julio Tailhan, en París: 51 de Octubre de 1879. 



DISCURSO HISTÓRICO 



SOBRE 



EL TRAGE DE LOS ESPAÑOLES, 



DESDE LOS TIEMPOS MAS REMOTOS 



REINADO DE LOS REYES CATÓLICOS, 



POR EL ACADÉMICO DE NUMERO 



EL EXCMO. SR. D. SERAFÍN MARÍA DE SOTTO, 



CONDE DE CLOXAUD , ETC. , ETC. , ETC. 



SEÑORES: 



Vamos á presentar por primera vez al examen de la crítica literaria el 
cuadro sintético indumentario de la parle occidental de la Europa 
donde la tradición y la mitología habían inscrito en las columnas de Hér- 
cules el non plus ultra que Américo Vespucio y Colon hicieron variar des- 
pués con sus nunca bien apreciados descubrimientos. 

En la simplicidad de los siglos primitivos, aquellas generaciones, cuya 
memoria se pierde en la noche de los tiempos y que se remonta hasta la 
inundación universal, no se habían cuidado del órnalo personal, sino en 
tanto en cuanto les sirviera para ponerse á cubierto de los rigores de los 
climas que habitaban. Mas el refinamiento de la inteligencia tomó gradual- 
mente tan grandes proporciones en la vida de los pueblos, que se vieron 
envueltos casi sin sentir y dominados quizá sin apercibirse de ello por 
todos los delirios que nacen del corazón cuando se agita en grande escala, 
aunque no se satisfaga jamás. 

La fuerza material primero, y el conocimiento ideológico del poder 
correlativo de las facultades del alma después , contribuyeron á dar á la 
sociedad una nueva existencia. Con esta vida nueva y racional la sociedad 
marchó al objeto del Supremo Creador, no solo por los senderos de la 
química y la mecánica, sino por los deletéreos de la física y astronomía, 
rasgando de una vez el velo que le ocultaba la posibilidad de conmensu- 

# 



IV 



rarlo todo. Pero no obstante de comprender el valor intrínseco de esta 
luz que la acompañaba , no hubo exceso en que el hombre no se sumer- 
giera, ni pasión que no le dominara bajo los poderosos incentivos del 
lujo y de los placeres, creciendo portentosamente el afán de proporcionár- 
selos por cualquier medio. 

En la vida patriarcal, primera asociación civil del mundo, cumplido 
el precepto del soberano autor del universo de creced y multiplicaos, ha- 
llamos ya la raíz y el origen de las distinciones indumentarias de la raza 
humana. En esa existencia política, hija del primer deber de la concien- 
cia pública, que se comprende con todas sus reglas sin explicarlas, para 
asegurar los vínculos de la consanguinidad y de la amistad hubo de pres- 
cribirse el justo tributo de obediencia á la ancianidad: y patriarcas y sa- 
cerdotes tuvieron que mostrarse delante de sus aduares con signos exte- 
riores para imprimir un carácter indeleble en sus personas y oficios. 

Pero la discordia de las tribus nómadas con las de domicilio perma- 
nente produjeron la guerra. La guerra, el orden jerárquico y potestativo 
de los caudillos principales y subalternos, y la diferencia de todos para 
no confundirse , se comprendió por medio de divisas externas en sus armas 
y vestidos. 

Consumido el mecanismo de la vida patriarcal por su propia impoten- 
cia, aumentada la sociedad y alimentada de la guerra, brotó la pasión de 
la gloria con la ambición , su inseparable compañera. Inmediata y forzosa era 
ya la conveniencia de dividirse en naciones vigorosas, no solo para des- 
lumhrar, sino para resistir el poder creciente de las unas con las otras. 

En este tiempo cabalmente aparecieron los reyes en la tierra, elegidos 
entre los mas valerosos y mas inteligentes de cada territorio independiente. 
El soberano necesitaba de signos que, enalteciendo su autoridad, le dieran 
á conocer á la simple vista; y á su vez todos los magnates de la monar- 
quía adquirieron relativamente idéntico derecho según su representación 
oficial. 

De este modo elevada en la sociedad la esfera de sus necesidades por 
la acción de la guerra y de la política , era también preciso satisfacerlas 
con los mismos elementos que la constituían; y el comercio, protejido pol- 
las armas y los tratados internacionales, comenzó á desarrollarse, primero 
con el trueque de los frutos y mas adelante con el incremento manufactu- 
rero perfeccionado por las ciencia? y las artes. 

Pero este aumento asombroso de necesidades, dispertó así en las anti-. 



guas como en las modernas civilizaciones el orgullo, que mató las primeras 
y destruirá por consecuencia lógica las segundas. Ningún hombre se cree 
inferior á su semejante en el mero hecho de haber comprendido la identi- 
ficación de su origen; y la vanidad , que le sigue á todas partes, arrastra 
á los unos á compensar las dotes físicas que le faltan por las intelectuales 
que han recibido y cultivado los otros; viniendo al fin la astucia y la 
fuerza á constituir la ley inevitable del poderoso contra el débil. De este 
modo, pues, ha sido condenada la sociedad, por causas que no son del caso 
enumerar, á permanecer con este flujo y reflujo de ideas y de poder hasta 
la consumación de los siglos; alternando la riqueza con el pauperismo, la 
holganza con el trabajo, y el placer con el dolor, como ha sido también 
una ley de la condición humana que el lujo, producto no inmediatamente 
genuino de las ciencias y las artes, sea el regulador de la vida para con- 
temporizar ó contener la revolución tomada la idea abstractamente. 

En los siglos anteriores al cristianismo, el poder arbitrario de los reyes 
no conocía freno de ningún género; y esto no obstante para evitar y con- 
jurar los peligros de la evocación de las masas al elegirlos en la primera 
necesidad y en su primer instinto de salvación, hubo de convertirse la 
institución de la monarquía de electiva en hereditaria. Entonces fue tam- 
bién una necesidad el maridaje del trono con la religión para dominar 
la multitud; y el fanatismo fue un medio engañoso, pero una ficción eficaz 
con que el paganismo logró extinguir la luz de la razón en el pueblo. 

No se tardó mucho tiempo, por este medio, en someter las turbas al 
indujo de la astrología judiciaria y en conseguir que escucharan convulsi- 
vas y aterradas la voz de los oráculos, de ese panteón mítico de dioses 
fabulosos de la gentilidad. Aun resuenan en nuestros oidos los lamentos 
de las víctimas humanas sacrificadas en las terribles hecatombes del anti- 
guo mundo, adornadas con el oro y con la púrpura. 

Condolido al fin el cielo de la vergonzosa esclavitud y degradación de 
la mas bella de las obras que salieron de las manos del creador, envió al 
Salvador que habia prometido á los patriarcas para quebrantar el poder y 
sumergir en el abismo al ángel rebelde, á aquel Magog que pretendiera 
luchar altivo con el divino Jehová. El mundo debia recibirlo en paz, como 
debían enmudecer á su voz p:-ira siempre los oráculos del paganismo. Au- 
gusto ordena cesar las hostilidades en la tierra y nace el Unigénito del 
Padre en un pobre pesebre de Belén. 

Esta nueva era evangélica, anunciada por los profetas, hizo desaparecer 



VI 



los antiguos imperios con su lujo, sus emporios, sus abusos y sus cruelda- 
des, y una docena de rústicos pescadores de los bordes del Tiberiades. 
cubiertos con groseras túnicas, bastaron para emancipar á la humanidad 
de la conculcación en que vivia por el despotismo de los poderes arbitrarios. 
La parsimonia de las costumbres de los primeros siglos del cristianis- 
mo, aseguraron el fruto de las saludables reformas en el porvenir. Los 
hijos del Calvario no necesitaban del lujo indumentario, toda vez que la 
modestia era la gala con que se adornaban para dar ejemplo á los idóla- 
tras : el sagum y el palio albo era el trage del catecúmeno , que trocaba 
con júbilo por el sanguíneo para dormir después del martirio en las cata- 
cumbas. 

En vano los Césares, sentados bajo las alas del águila de oro y ufanos 
por tener encadenados á sus pies los destronados reyes del Oriente, pre- 
tendían poner coto al rápido progreso del Evangelio. Roma y Constantino- 
polis se hundieron , y con ellas las dinastías de los gemelos de la loba del 
Capitolio. 

La inundación de los bárbaros del Norte aniquiló para siempre los úl- 
timos restos de las antiguas civilizaciones del Oriente y Occidente; y des- 
pués que su espada cumplió la terrible misión que Dios les diera, se so- 
metieron á la religión del Crucificado. 

De este modo las ciencias, la industria y el comercio, desaparecieron 
otra vez bajo el poder nivelador de los habitantes de las costas de los 
mares polares ; y fue necesario esperar que la acción lenta del tiempo se 
encargara de descortezar la rusticidad de estas hordas selváticas que habi a n 
ocupado toda la Europa y dominaban parte del Asia y del África. 

A duras penas se consiguió, con el transcurso de los años, que los 
godos españoles admitieran la cultura indispensable para dar al país un 
ser gubernativo que hiciera progresar la industria y el comercio, pues su 
índole cuasi indómita y los vicios que adquirieron con la templanza del 
clima los llegó á incapacitar , no obstante los esfuerzos que hizo el clero 
católico desde que en tiempo de Recaredo se verificó la abjuración del 
arrianismo en la monarquía gótica. 

Algunos de los reyes que le sucedieron llevaron á la nación española 
el caos mas indefinible por efecto de sus crímenes , dando lugar á la en- 
trada de los árabes. 

Sin embargo, la Providencia habia reservado un oscuro rincón para 
conservar la sangre de los descendientes del mártir Hermenegildo, y 



VII 



después de setecientos sesenta y ocho años de combates el poder colosal 
de la media luna sucumbió en Granada. 

Hemos querido consignar esta breve reseña histórica para dar á en- 
tender las alternativas y vicisitudes por que ha tenido que pasar el ornato 
personal y domiciliario de los españoles , y por consiguiente las ciencias 
y la industria, con el fin de explicarlas en esta Memoria que hemos di- 
vidido en seis épocas. 

Comprenderá la primera desde la entrada de los celtas hasta la total 
dominación de los romanos: la segunda, desde la invasión de los godos 
en el V siglo hasta la muerte de su último rey en la batalla del Guadalete: 
la tercera, desde la incursión de los árabes en el siglo VIII hasta el sitio 
de Toledo por don Alfonso VI: la cuarta, desde el siglo XII hasta la re- 
conquista de Sevilla por San Fernando III: la quinta, desde mediados del 
siglo XIII hasta la reconquista de Algeciras por don Alonso XI; y la sexta 
desde mediados del siglo XIV hasta los Reyes Católicos. 

Réstanos manifestar á nuestros lectores los medios de que nos hemos 
valido para dejar estos apuntamientos á nuestro país. 

Desde que terminó la lucha titánica con el vecino imperio, y tan luego 
como tuvimos la honra de que la Real Academia de la Historia se dignara 
admitirnos en su seno; autorizados con una regia licencia, emprendimos 
varios viajes literarios y pintorescos á las provincias de nuestra penínsu- 
la , y recorrimos detenidamente los archivos generales del reino , los de 
las santas iglesias catedrales,, las parroquiales, los conventos monacales, 
y demás órdenes regulares; ayuntamientos de ciudades y villas, y aun 
muchas de las casas de los antiguos ricos-hombres , por el espacio de al- 
gunos años. El resultado de estas expediciones será el fruto de las presen- 
tes Memorias, elaboradas bajo la dirección de nuestros respetables maes- 
tros, á quienes humildemente consultamos para poner en orden tanta ri- 
queza como se encerraba en aquellos venerandos depósitos. 

Hemos cuidado con esmero, en las diferentes épocas en que van distri- 
buidas, de la cronología, de la nomenclatura y aun de la etimología pro- 
bable de los objetos de lujo gradual y progresivo de los españoles , así 
como de lo demás necesario para la vida civil y militar. 

La explicación ó interpretación de los nombres de las cosas no dejará 
de prestar luz á la historia y podrá sobre todo dar una idea del comercio 
que nuestros antiguos compatricios hacían con los emporios de mayor 
fama en el extranjero. 



VIH 

Forzoso nos ha sido guiarnos en nuestra empresa por el hilo circuns- 
pecto de la prudencia , para no perdernos en el laberinto tenebroso de la 
edad media. Hemos consultado, además de lo examinado en los mas acre- 
ditados códices y colecciones diplomáticas inéditas , las mejores obras de 
crítica y de cuantos glosarios hemos conocido de reconocida erudición, au- 
toridad y filosofía. 

Si no hemos acertado á llenar nuestra misión, el mal no estará cier- 
tamente en los documentos que hemos manejado; la censura deberá recaer 
infaliblemente sobre la poca pericia del investigador. Sin embargo, á pesar 
de nuestra pequenez, creemos haber prestado algún servicio á las letras 
en la ciencia arqueológica y filológica, y si así lo conseguimos nos satis- 
fará esta lisonja sin faltar ni traspasar los límites de la modestia. 



MEMORIAS 



PARA 



LA HISTORIA DEL TRAGE ESPAÑOL. 



PRIMERA ÉPOCA. 



La mayor parte de los historiadores, asi antiguos como modernos, han 
descrito la Península española como una de las partes mas fértiles del 
globo; y con efecto, parece que la mano del Creador derramó con libera- 
lidad sus dones sobre este venturoso país. Libre de los ardores del austro 
y de los frios del septentrión, dice Drapanio, goza de una temperatura 
bonancible que le hace multiplicar sus frutos, no solo con el cultivo, sino 
hasta en los terrenos eriales, donde pacen innumerables rebaños: los rios 
se deslizan por campos de esmeraldas y los peñascos yacen sobre montes 
de metales (1). 

Esta verdad la confirma con no menos oportunidad Justino, porque 
añade que los labradores, al arar la tierra, solían sacar partículas de oro: 
que en los confines de Galicia estaba el Monte Sacro, al que no era permi- 
tido roturar con el hierro; pero que si tal vez se abria el suelo por la 
acción del rayo, se recogían los terrones de aquel metal como un don en- 

(1) Pacatus, Panegir, Theodos., pag. 3)2, edit. ad usura Delphin. 

TOMO IX. 1 



2 Memorias de la Real 

viado por Dios. El mismo Plinio, conviniendo en que pueden hallarse algu- 
nos terrenos áridos para la vegetación, son tan feraces en oro (añade), 
que según algunos daban en Asturias, Galicia y Lusitania veinte mil 
libras; de forma que toda la Península hasta el Pirineo estaba llena de 
oro , plata, hierro y plomo blanco y negro (1 ). 

Solino también asegura que la España puede compararse con las me- 
jores provincias del mundo, porque todo lo dá en abundancia; asi lo ne- 
cesario para la vida , como por lo estimable de sus productos: que tiene 
minas de oro y plata; inagotables las de hierro; abundantísima en viñedos y 
olivares, y hasta lo estéril produce materiales para la jarcia de los buques (2) 

Pero tantos bienes reunidos en un terreno ceñido por los dos mares 
y cerrado por la larga cordillera del Pirineo, parece á primera vista que 
aseguraba á sus primeros pobladores una vida tranquila semejante á la 
pacífica sociedad de los Campos Elíseos. 

Difícil seria acertar si antes de la venida de los celtas se introdujeron 
algunas gentes extrañas que nos oculta el denso velo de lejanos siglos; 
pero los historiadores dan por supuesto que su invasión es indudable. 

Los PP. Monédanos, en su apreciable Hi toña literaria, son de sentir 
que «la venida de los celtas á España se remonta á una grande antigüe- 
dad: los que mas han hablado sobre esta materia son Strabon, Diodoro 
Sículo y Apiano Alejandrino; pero conforman todos que, cuando vinieron, 
hallaron poblada la nación. Strabon dice que si los españoles, unidas sus 
fuerzas , se hubiesen querido defender de los extranjeros que venían á es- 
tablecerse en su tierra, jamás hubieran podido los tirios y los celtas y 
después los cartagineses y romanos. Diodoro Sículo dice que los celtas vi- 
niendo á España tuvieron guerra con los iberos sobre los confines de sus 
campos , y después hecho alianza por concierto amistoso se mezclaron todos, 
formando desde entonces una misma nación. También habla de esta unión 
de celtas é iberos Appiano Alejandrino. 

» Aunque no se pueda fijar la época de la venida de los celtas á Es- 
paña, hay vestigios y congeturas que nos dan alguna idea de su antigüe- 
dad. Herodoto , que floreció en el siglo V antes de Jesucristo, hace ya men- 
ción de los celtas establecidos en lo mas occidental de España, y esto 
supone que los había en los países mas orientales ó inmediatos á las Ga- 
lias. Todo esto pide mas de un siglo de precedencia desde los primeros es- 

(í) Lib. 33, cap. 4 — Lib. i, cap. 20 (2) Cap. 26 al 36. 



Academia de la Historia. 3 

tablecimientos de los celtas en España hasta el tiempo de Herodoto. Así 
retrocediendo llegamos hasta los principios del siglo VII, cerca de seiscien- 
tos aü^s antes de Jesucristo, que es con corta diferencia el tiempo de la 
venida de los focenses á Marsella. Por entonces, según Tito Livio, estaha 
muy floreciente la nación de los celtas: reinaba en ella Arobigale, príncipe 
valeroso y guerrero. Los celtas que habían invadido la España pasaron el 
Ebro y juntamente con los iberos ó españoles se establecieron al lado acá 
de su ribera occidental, en el famoso país que de la unión de las dos na- 
ción es se llamó Celtiberia. 

»No permanecieron los celtas mucho tiempo encerrados en los térmi- 
nos de la Celtiberia. De tiempo inmemorial habia celtas en el país vecino 
de los verones y carpetanos. Diodoro Sículo y Plinio reconocen pueblos 
celtíberos ó célticos en la Lusitania: lo mismo Mela y Ptolomeo; y aun 
Strabon dice que una gran parte de esta provincia era habitada de cel- 
tas en Tarteso , cerca de las columnas de Hércules. Finalmente, en Galicia 
eran famosos los pueblos célticos cerca del promontorio Nerio ó Finisterre. 

»La única parte de España donde no se hallan colonias célticas es la 
del Norte, desde el cabo de Finisterre hasta los Pirineos. Ningún geógrafo 
ó historiador antiguo coloca celtas en este lado septentrional de España, 
que comprende parte de la Galicia, Asturias, Vizcaya y Navarra, quizá 
por ser país montuoso y lleno de selvas impenetrables, ó ya porque los 
galos confinantes no eran celtas sino aquitanos, gente de raza distinta en 
límites , lengua y costumbres. 

»En estos vestigios geográficos es fácil conocer por dónde entraron en 
España. Por la parte oriental , desde la Céltica ó Galia Narbonense pene- 
traron en Cataluña y Aragón; pasaron el Ebro cerca del Mediterráneo y 
ocuparon la Celtiberia, cuyos límites son bien conocidos. Esta es la re- 
unión de los celtas y el centro desde donde, tirando varias líneas, in- 
sensiblemente se extendieron inclinándose algo al Norte , y se establecieron 
entre los carpetanos y verones. Desde la Carpetaniay aun de la Celtiberia, 
tomando hacia el Occidente, ocuparon parte de la Lusitania entre el Tajo 
y el Anas, pues Diodoro, Plinio y otros mencionan célticos ó celtíberos en 
esta provincia. Desde la Lusitania pasaron á la Bética, primero en la Betu- 
na, entre el Anas y Betis, y después en Tarteso y cercanías de Ronda. 

«Los célticos de la Bética ó Lusitania (porque Strabon no distingué si 
eran del lado acá ó de allá del Anas), unidos con los túrdulos, hicieron 
una expedición á Galicia; y habiendo tenido una discordia, que al fin se 



4 Memorias de la Real 

compuso amigablemente, pasaron el rio Limia ó Lethe, esto es, del olvido, 
porque habían borrado la memoria de sus discordias, y poblaron juntos en 
el país de los ártabros , cerca del promontorio Nerio ó Finisterre. Así estos 
célticos gallegos eran oriundos de los que habitaban las riberas del Gua- 
diana. Desde aquella punta hacia el Norte y Oriente desaparecen del todo 
las colonias célticas. » Hasta aquí los Monédanos. 

Posteriormente los griegos empezaron á visitar las costas de España y 
fundaron varias colonias, contándose indudablemente como la mas prin- 
cipal á Gades entre los años 4 500 y 1400 antes de Jesucristo, estoes, 
cerca de los tiempos de Josué. Sin embargo , Diodoro Sículo (1 ) y Stra- 
bon (2) la atribuyen á los fenicios; y que Tiro fué muy célebre por sus 
establecimientos en África y España mas allá de las columnas de Hércu- 
les , es una verdad demostrada , pues consta por Pomponio Mela , Plinio, 
Veleyo Patérculo , Quinto Curcio, San Isidoro, Lucano y Silio Itálico que 
los tirios fueron los fundadores de Eritrea , Tarteso ó Gades. Strabon 
también asegura que los focenses fundaron á Rhódope , Empurias, Dénia, 
Ulisea y Ménaco (3). 

Sentada la base de que desde la entrada de los celtas, los indígenas 
recibieron varias modificaciones en sus costumbres, que fueron alteradas 
por el tráfico de los fenicios, focenses, peños y demás razas que se in- 
trodujeron sucesivamente, fácil nos será venir en conocimiento que aque- 
llas no eran universales en toda la nación. Los pueblos septentrionales y 
occidentales tenían cuasi los mismos usos, los mismos defectos y virtudes, 
mientras que los orientales y meridionales se inclinaban roas á la cultura 
y al comercio por estar en contacto con las colonias griegas. En unos 
predominaba el espíritu belicoso é independiente y en los otros la molicie 
que se engendra en un clima templado y delicioso. 

Cuál fuese el idioma que los primitivos españoles hablasen , es materia 
tan controvertida que cuasi es imposible fijar una verdadera crítica en 
principios de pura erudición. Lo cierto es que las medallas antiguas, cla- 
sificadas por los numismáticos mas acreditados en celtibéricas y turdeta- 
nas, dan una escasa luz para creer que fuesen dos distintos lenguajes los 
que se usaban en la Península : quizá podría calcularse que los habitantes 
del Norte y Occidente hubiesen admitido la escritura céltica y los de 
Oriente y Mediodía la fenicia ó griega. 

(1) Lib. 5. (3) .Lib. 3. 

(2) Lib. 3. 



Academia de la Historia. 5 

Velazguez (1) procuró probar el origen de nuestro antiguo idioma 
recapitulando ios trabajos y aun el dictamen de muchos sabios que se de- 
dicaron á esta investigación; pero don Juan Bautista Erro (2) fué tan 
ingenioso en querer demostrar que lo era el euscarano , que no puede 
mirarse con indiferencia su obra escrita con buena filosofía y criterio; y 
á la verdad no repugna á la razón que al menos uno de los principales 
dialectos de la antigüedad fuese el vascuence. 

Strabon, deteniéndose en pintar el carácter de los lusitanos, gallegos, 
astures y cántabros, dice que la agricultura estaba cuasi abandonada á las 
mugeres, porque los varones se ejercitaban en los robos, recorriendo los 
montes en pos de las fieras y aun molestando á sus vecinos con continuas 
correrías. (3) 

Ciertamente, los que habitaban la parle montuosa eran marciales, ge- 
nerosos, constantes, robustos y duros para la fatiga, porque eran frugales 
y no se disipaban con los placeres; tan fieles en sus juramentos, como que 
jamás habian cometido el atentado de quitar la vida á sus jefes aun cuando 
experimentasen su tiranía ó injusticia. 

El país era á propósito para sostener la guerra por su población nu- 
merosa y llena de bosques; así con ventaja burlaban con celadas y sorpre- 
sas al enemigo. 

No tenian otra delicia que los caballos y armas , pero si alguna vez 
se les obligaba á dejarlas, se daban á sí propios la muerte antes que verse 
en el trance vergonzoso de rendirlas. Cuéntase que en sus sepulcros eri- 
gían tantos obeliscos como enemigos habian hecho morder la tierra por su 
mano en campaña; que en los entierros ó pompas funerales guardaban 
cierto fausto y aun magnificencia; y para pedir la paz se ponian coronas 
y ramos de oliva, como sucedió á los habitantes de Complega, Coca, Tur- 
detania y Numancia. (4). 

Tenian como los galos sus clientes que llamaban solduros ó embudos 
los cuales hacian juramento de sacrificarse por su señor, y cuando perecia» 
se daban voluntariamente la muerte. 

A los que condenaban al último suplicio eran arrojados desde los pe- 
ñascos, y á los parricidas sacábanlos fuera de poblado para morir ape- 
dreados. Los matrimonios se practicaban al uso griego, y á los enfermos 



(1) Ensayo sobre los alf. da letr. deseo». (3) Lib. 3. 

(2) Alfab. euscar. (4) Appian., in Iver. 



6 Memorias de la Real 

poníanlos en la calle ó en los caminos por si los pasajeros, conociendo la 
dolencia , querían aplicarles el remedio. 

Los habitantes de las costas tenian embarcaciones hechas de cueros ó 
de troncos de árboles, que -vaciaban y daban la figura competente para 
navegar. 

En medio de su ferocidad y barbarie se abstenian del vino, y cuando 
lo bebían era en los convites, pues por lo común hacían dos licores; el 
uno parecido á la cerveza, que llamaban celia, hecho de la cebadad trigo 
fermentado, y el segundo de la infusión del panal de miel en agua. Se 
alimentaban de carnes y con especialidad del cabrito por ser bocado re- 
galado, y en vez de aceite se servían de manteca. 

Comían sentados en poyos construidos contra la pared : tomaban las 
bebidas en vasos de cera como los celtas, y á los ancianos ó huéspedes 
agasajaban con la mejor porción del manjar. Durante el banquete y al 
pasar las copas danzaban en señal de regocijo. 

Tenian las camas en el suelo y se acostaban sobre jergones ó yerba 
seca: al principio su comercio estaba reducido á trocar los bastimentos y 
demás efectos, pero alguna vez pagaban en pedazos de plata que cortaban 
de una plancha. 

Cuidábanse poco del ornato personal: hombres y mugeres llevaban el 
pelo suelto y solo los primeros para combatir lo aseguraban con una venda. 
El trage se acomodaba á su sencillo modo de vivir; esto es, bracas ó cal- 
zones al símil de los galos, y sagos tejidos de lana áspera y vellosa 
como el pelo de la cabra, aunque los régulos y magistrados traían ciertas 
bordaduras de oro. Las mugeres se cubrían con vestidos floridos, y tanto 
un sexo como el otro se adornaban con bálteos y brazaletes de oro ó 
plata (1). 

Floro llama á la nación española la guerrera , la batalladora , la ilus- 
tre en armas y soldados, la fomentadora de los ejércitos enemigos, la 
-maestra de Aníbal ; y Livio hace un cumplido elogio de sus habitantes, 
porque habiendo sido los primeros que fueron invadidos por los romanos 
en el continente, fueron también los últimos que se sujetaron después de 
mas de dos siglos de continua guerra , obligando á Roma á pactos de- 
nigrantes. 

(1) Valer. Máxim- ; Piulare. , in Sertor.-; Iver.-; Appian. Alex.-; Diod. Sícul. -; Alhe- 
Anmian.-; Cesar, de bell. Gall.-\ Strab.-; Tit. na?-; Arislót. , Polít.-; Polib. 
Liv.-; Jnstin.-; Paul. Oros. -; Cesar. , in 



Academia de la Historia. 7 

Los autores de buen crédito que examinaron de cerca las costumbres 
de los españoles, nos dan alguna luz acerca de la índole de varias 
provincias. 

Los cántabros unian á su fortaleza , la crueldad y aun el furor: eran 
terribles con sus enemigos , á quienes solian cortar la mano derecha para 
consagrarla á sus dioses, pero al propio tiempo protejian con humanidad 
á los forasteros y peregrinos. Ejercitábanse, tanto los jóvenes como los 
decrépitos , en arrojar piedras y hacer rodar cantos y peñascos de las 
sierras. Las mugeres tenian fortaleza no solo de varones sino de fieras. En 
la guerra, por un efecto de desesperación, daban la muerte á sus propios 
hijos por librarlos del cautiverio. Se encargaban de la agricultura mientras 
que los hombres combatían con las armas en la mano, y aun cuando parian 
no dejaban el cultivo de los campos, obligando á los maridos á meterse en 
la cama representando el papel de pacientes. El varón llevaba el dote al 
matrimonio; las hijas heredaban y cuidaban de dar estado á sus hermanos; 
pero en compensación de estas extravagancias, los cántabros peleaban 
con el hacha, por costumbre inmemorial, con el dardo y la espada, que 
manejaban con suma destreza , y morían en la guerra entonando cánticos 
triunfales. 

Su policía no era á la verdad muy pulcra , supuesto que asi los hom- 
bres como las mugeres se lavaban el cuerpo y frotaban la dentadura con 
orines que depositaban en cisternas. (1) 

Los gallegos, á quienes podemos atribuir cuasi las mismas costumbres, 
tenian sus adivinos y poetas que componían versos en su propio idioma, 
aunque con cierta falta de armonía por lo bárbaro de la lengua, y desde 
niños cantaban las proezas de sus mayores. 

Cuando entraban en batalla lo hacían al compás del poean ó himno de 
Apolo y aun de otras divinidades, golpeando alternativamente en las cetras 
ó escudos y con los pies en la tierra. Cubrían la cabeza con cascos de cobre 
adornados de crestas relumbrantes y colocaban sobre ellas penachos de 
diferentes colores. 

No conocian mas ejercicio que las armas y las mugeres se ocupaban 
también en cultivar los campos. Lavaban muchas veces á sus hijos en los 
arroyos , y después de vestidos los reclinaban á la orilla para quedar ex- 
peditas para el trabajo. Adoraban á un reducido número de dioses y al- 

(1) Strab.-; Diotl. Sicul. - ; üion Cas.-; Sil. Ilál. 



8 Memorias de la Real 

gunos eran puramente ateístas. Usaban ciertos capotes, llamados lacemas, 
que por su comodidad y colores rojo, cerúleo ó verdoso, tenian celebridad 
entre los romanos. (1) 

Los lusitanos sacrificaban á Marte el macho cabrío, el caballo y á los 
prisioneros, á quienes de la misma manera cortaban la mano derecha: 
tenian una especie de druidas que adivinaban por las entrañas de las víc- 
timas, á la manera de los arúspices; y después de examinar las venas 
y demás accidentes del cuerpo, anunciaban al pueblo su profecía. 

Eran aficionados á los agüeros y entre ellos fué también costumbre la 
hecatombe. Celebraban certámenes gimnásticos como los antiguos atletas. 
A imitación de los gallegos combatían cantando el himno de la guerra, lo 
que hace presumir que tenian en su hueste algunos poetas y músicos, á 
semejanza de los bardos celtas. 

Fueron muy diestros en la pelea con armas arrojadizas, tanto en dis- 
pararlas muy lejos como en el tino para herir el objeto. Marchaban al 
combate con los cabellos tendidos al modo como solian trenzarlos las mu- 
geres y cubrian sus cabezas con mitras de las que colgaba una visera que 
tapaba el rostro, llamada bácida: estos cascos los aseguraban debajo la bar- 
ba con correas y en la cimera tenian tres crestas con plumas de color rojo, 
El cuerpo lo defendían con perpuntes de lino blanquísimo y aun algunos 
con lorigas de cuero. Liaban en las piernas una especie de botines llamados 
ocreas. Cada soldado estaba provisto de un escudo construido de nervios 
con muchos dardos, á los que daban el nombre de sanniones ó sauniones, y 
otros con lanzas de punta de cobre y la espada celtíbera. 

Su alimento era el pan y en dos distintas estaciones lo hacían de ha- 
rina de bellota: bebian poco vino y en su lugar hacían frecuente uso de la 
celia ó zytho. (2) 

Con corta diferencia sucedía lo mismo á los celtíberos, gente guerre- 
ra, valerosa y hospitalaria, porque creían que ninguna virtud podia ser 
mas grata álos ojos de la Divinidad que pretejer al desvalido. Pasaban las 
noches del plenilunio bailando delante de las puertas de sus casas en ob- 
sequio de un dios sin nombre. 

El hábito era también el sago negro de lana burda , y el de las mugeres 
mas parecía varonil aunque liaban el pelo en forma de rodete y se las dis- 

(1 ) Justin.— ; Sil. Itál.— ; Marcial-; Slrab. Servio, ad Eneyd., lib. 4-; Appian. 
{%) Strab.-; Diod. Sícul.-; Sil. Itál.-; 



Academia de la Historia. 9 

tinguia por el velo. También tenían por honra morir en la lid, y su caba- 
llería é infantería pasaba por la mas superior de España. 

Los verones, pueblos vecinos de la Celtiberia, vestian como los galos: 
los aceítanos daban culto á un ídolo de Marte, llamado Nelton, cuya cabeza 
estaba rodeada de rayos, y los vetones usaban cascos de aspecto horroroso 
cubiertos con pieles de fieras y dardos , llamados espatos, de madera sola 
pero muy dura y algo encorvados (I). 

Los baleares desde niños los acostumbran á ejercitarse en el manejo 
de la honda y no les daban la comida hasta que no la derribaban del palo 
en donde sus padres la colocaban; asi, en confirmación de esta destreza, los 
griegos llamaron á sus islas Baleares, de baüoo tirar ó arrojar. De esta for- 
ma se hicieron sumamente certeros. Llevaban para la guerra tres clases 
de hondas; una rodeada en la cabeza, otra en la cintura y la última en la 
mano, construidas de nervios, melancrenas (2¡), pelo ó cerda, lino y es- 
parto. A las mas largas dieron el nombre de macrócolon y se servían de 
ellas para los tiros lejanos; á otras cortas brachícolon para herir de cerca, y 
las de mediana longitud, cuando el disparo ni era lejos ni muy inmediato. 

Las municiones de esta arma eran piedras y glandes de plomo que lle- 
vaban en un zurrón colgado al cuello en forma de alforjas, y antes de 
disparar daban algunas vueltas sobre la cabeza, tanto para tomar el aire 
coveniente como para calcular la puntería. El calibre de las piedras no 
tenia regularidad, pero llegaron á arrojarlas hasta de una libra de peso: 
así no habia casco ni armadura que resistiera al impulso del brazo de los 
baleares. 

A mayor abundamiento también se servían del escudo y del sannioíi: 
de los sueles, dardos de palo tostado por el extremo y aguzado; y por úl- 
timo, de los acudes, especie de clava de medio codo de larga, armada con 
puntas ó acúleos y en el extremo una cuerda ó correa para asegurarla en 
la mano. Plinio atribuye la invención de la honda á los fenicios , de los 
que pudieron aprender los mallorquines (3). 

Los habitantes de la Bética y Turdetania tenían menos pasión por la 
guerra que los del Norte de España. Conservaban escritas las Memorias 

(1) Flor.-; Paul. Oros.-; Slrab.-; Ar- gil.-; Just. Lips. Poliorcet.-; Plin.-; Strab.-; 
lemidor-; Sil. Ral.-; Diod. Sícul.-; Ma- Diod. Sícul.-; Lucio Flor.-; Sil. Itál.-; Ser- 
crob. , Satur. - ; Xilando in Strab. vio-; Tit. Liv.-; Polib.-; Appian.-; Cesar, 

(2) Cierto junco delgado. de bell. Gall. 
¡3) Vegecio-; Suid. apiul. Just.-; Vir- 

TOMO ix. 2 



40 Memorias de la Real 

ele la antigüedad , y tenían poemas y leyes en verso, de seis mil años , se- 
gún ellos mismos aseguraban. Su trage era también mas decoroso: las- 
túnicas, de lino delicado y blanco, llamadas lato-clavo, con guarniciones y 
matices de púrpura liria y del país, así como las lacernas ó clámides, de 
lana esquisita con su color dorado, habían fijado la atención de los ex- 
tranjeros. La gente pobre sabia preparar el esparto, del que se hacían 
calzado y aun vestidos, y cuidaban de recoger la grana de la coscoja, que 
vendían con mucha utilidad. Plinio es de sentir que los lusitanos introdu- 
geron á los celtas establecidos en la Bética mucha parte de sus costum- 
bres; pero Éforo, discípulo de Sócrates, que abrevió la historia de Hero- 
doto y floreció 330 años antes de Jesucristo, dice que en la Bética no se 
conocían en su tiempo templos dedicados á los dioses, ni sacrificios, y 
solo se veían piedras amontonadas de tres en tres ó de cuatro en 
cuatro (1). 

Los caballos españoles unian á su instinto y nobleza, la agilidad y 
fortaleza para la guerra. Justino alaba los caballos gallegos y lusitanos, 
añadiendo que formaban rebaños. Juan Xiphilino (2) asegura lo mismo, y 
que Cesar remontó con ellos su caballería. Silio Itálico cuenta que las jacas 
gallegas y asturianas eran veloces y de cómodo paso de andadura , por lo 
que las llamaban thieldones ó asturcones. La Celtiberia en fin y la Bé- 
tica producía en abundancia este animal , compañero de las fatigas del 
hombre (3). 

Las armas de que hemos hablado, y aun otras de que daremos noticia, 
se forjaban y acicalaban por los mismos españoles , con ventaja de las 
demás naciones, porque se valían del medio de enterrar el hierro para 
que, consumidas las partes mas débiles, quedase la mas fuerte, y en este 
estado las hojas adquirian un temple superior, en que sobresalían las fá- 
bricas de Bílbilis en la Celtiberia , y las de los pueblos calybes en Galicia 
por la bondad de sus aguas. 

La espada,, aunque corta , era ancha, con dos filos y punta aguda para 
herir rectamente y de corle; pero tenian otra llamada fálcala ó corva f 
cuyo filo estaba por la parle interior, como se reconoce en la columna 
trajana que trae Moreliano (i). 

Los romanos, conociendo la bondad y ventaja de nuestras espadas, 

(i) Tit.Liv.-; Marcial, Epigr.-; Plinio-; (3) Sil. Itál.-; Pita. 
Dion. Cas.-; Strab. (4) Tabl. M., lam. 2., segment. 52. 

(2) In exceptr. , Dionis. , lib. 37. 



Academia de la Historia. \\ 

dejaron las suyas muchos años antes de la segunda Guerra Púnica, y 
adoptaron la espada española; pues las que usaban los galos, largas y 
romas, tenian tan mal temple, que al dar el golpe necesitaban endere- 
2arla poniendo la punta en el suelo y aplicando el pié á la hoja (I ). 

La lanza fué otra arma peculiar de nuestra gente é inventada por 
ellos, poique, según los geógrafos antiguos, en Asturias estaba la ciudad 
de Laocia, y dos mas del mismo nombre en los Yetones, entre el Tajo y 
el Duero, en la Lusitania, cuyos pueblos tomaron el epíteto de lancienses 
oppidauos y lancienses transcudanos (2). 

El geso era una especie de dardo con que peleaban , arrojándole de 
lejos, y quizá seria con punta hamata (3). 

El sannion, de que queda hecha memoria anteriormente, venia á ser 
otro dardo compuesto en su totalidad de hierro, por lo que los antiguos 
historiadores le dieron el nombre de soliférrea, y de la misma especie pue- 
de considerarse la phalárica y semi-phal arica, astas torneadas menos en la 
extremidad, en donde se aseguraba una moharra de tres pies de longitud, 
y en ella liaban estopas embreadas para despedirlas después de hacerlas 
arder; y tenian tal tino, con especialidad los saguntinos, eñ arrojarlas, ya 
con la mano ó con la balista, que pasaban al soldado armado (i). 

Para defenderse de los asaltos tenian el bidente, reducido á un palo 
largo con una cuchilla en forma de media luna, que San Isidoro le da el 
nombre de trudes: el tridente, el horca y el lobo, con los que rechazaron en 
Oningi á los romanos cuando los asaltaron (5). 

A mas de estos dardos, de mayor y menor magnitud, tenian otro 
grande, llamado trágula, que cuando lo lanzaban penetraba la loriga y 
el escudo, y aun clavaba al hombre contra la tierra (6). 

A las tropas españolas, tanto de á pié como á caballo, les era muy 
común la machera, que, según Lipsio , debe entenderse por el puñal , y la 
rhamba, especie de estoque para lidiar cuerpo á cuerpo (7). 

(!) Diod. Sicul.- ; Marcial-; Claud. Qua- sal.-; Virgil.-; Aul. Gel.-; Appian., de bell 

driger. in Auli: gol. Altic, lib.9-; Suid., v. cit>it.-;Tit.L¡v.-; Vegecio- ; Servio, aíi£Vie?/£¿.^,- 

■j.v.'/.v.y ov. ¡nterpret. Iib. Judith-; Tit. Liv.-; Sil. Itál. 

Polib. (S) San Isid., Orig.-; Tit. Liv. 

(i) Paulo Oros.- ;Lucio Flor.- ; Dion. Cas.-; (6) Tit. Liv.-; Just. Lips. Poliorcet.-; Suid., 

Abrah Ortel. apud. Lips.-; Cesar, de bell. Gáll. 

(3) Alhen.-; Cesar , de bell. Gall. (7) Diod. Sícul.-; Appian.-; Polib.-; Mar- 

(i) Nonio, degen. amor.-; Fest. ver. Pha- cial, Epigr. 
laric.-; Vopisc. , Epist. Aarel.- :Lucan., Phar- 



12 Memokias de la Real 

El escudo que llevaban para defenderse de los tiros del enemigo se 
llamaba cetra , construido de cuero ó de nervios , y su diámetro ya hemos 
apuntado que tenia dos pies: á mas estaban provistos de odres para meter 
la ropa y poder pasar los rios , en cuya operación colocaban la cetra enci- 
ma; de este modo á nado, y sin necesidad de puentes, se trasladaban á la 
orilla opuesta (1). 

No carecían de insignias militares, pues desde tiempo inmemorial te- 
nían banderas con varios geroglíficos, tales como el parnaso, el océano 
y la nébride, y aun el jabalí , como se advierte en algunas monedas. 

Las obras de fortificación con que circunvalaban las grandes poblacio- 
nes eran suficientes para una defensa obstinada , según lo dan á conocer 
los sitios de Sagunto, Numancia, Cartagena, Cástulo y Oningi: los de Se- 
geda tenian cuarenta estadios de circunferencia, y aun .se conserva para 
eterna memoria la torre de Hércules en la Coruña. Nosotros hemos exa- 
minado detenidamente el primitivo muro de Tarragona, y le creemos 
anterior á la entrada de los cartagineses, porque está compuesto de enor- 
mes peñascos colocados unos encima de los. otros con cierta uniformidad, 
que supone que sus fundadores tenian conocimiento de la mecánica. Sobre 
estos venerables restos edificaron los púnicos y romanos los suyos, que 
repararon los godos y árabes, y posteriormente los modernos. 

En medio de la rusticidad de nuestros antiguos españoles, no dejaban 
de valerse de estratagemas para vencer la pericia de sus competidores. 
Cuando la caballería lograba derrotar á la enemiga, echaban pié á 
tierra , y usando de la espada y la rhamba peleaba con los infantes hasta 
que una vergonzosa fuga los salvaba de su saña; entonces, recobrando sus 
caballos, completaban la victoria (2). 

Habiendo puesto Aníbal sitio á Salmántica, los ciudadanos, temerosos 
de perder la vida, capitularon con el general cartaginés bajo la condi- 
ción de salir libres dejando sus armas; pero las mugeres, ocultando bajo 
su túnica las espadas de los maridos, levantaron el grito, y dándoselas á 
estos para vengar la injuria, pasaron á cuchillo la escolta que los guar- 
daba, y cogiendo desprevenidos á los cartagineses entraron en la ciudad, 
en donde los mataron ó hicieron huir los que pudieron salvarse de su 
furor: una de estas heroínas arrancando la lanza de las manos deHannon 



(1) Servio, ad Eneyd.-, Polib".-; Diod. Sí- (2) Diod. Sicul. 
cul.-; Strab.-; Tit. Liv. 



Academia de la Historia. 1 3 

le hirió, y sin duda le hubiera muerto si la cota de hierro no le re- 
servara (1). 

Mientras que el ejército cartaginés se ocupaba del sitio de Hélice y 
parte de sus tropas pasaban á invernar á Acra-Leuca, los españoles se 
reunieron y colocaron en la primera fila de su hueste muchos carros 
tirados por bueyes cargados de leña, azufre y otros combustibles. Dada 
la señal de avanzar sobre los sitiadores, dieron fuego á los carros, y los 
bueyes, arrojándose sobre el campo atrincherado, pusieron en desorden al 
ejército sitiador, y el mismo Amilcar fué muerto en la refriega (2). 

Tal es el estado en que vivió probablemente la sociedad española en 
el tiempo que la invadieron los cartagineses: pero debemos tener en 
cuenta que la parte litoral de la Península , y singularmente las costas del 
Mediterráneo hasta el cabo de Finisterre, tenían mas suavidad de cos- 
tumbres por el tráfico de los griegos y fenicios. Las ciudades de Ampurias, 
Cartagena, Málaga y Cádiz eran emporios en donde se depositaban los 
frutos del interior, y aun de la Bélica tuvieron fama Córdoba y Sevilla: 
multitud de embarcaciones, ya propias, ya extranjeras, llevaban carga- 
mentos á paises distantes, y su fama fué bien pronto conocida del Oriente, 
pues adquirió el renombre de Chíliopolis, esto es, nación de cien ciu- 
dades (3). 

Los cereales, vinos, aceites, miel, pez, cera, grana, bermellón, lino, 
cáñamo, lana, esparto, sal blanca y roja, púrpura de Carleya, higos y otros 
diferentes frutos; paño de Lusitania, llamado escudado por estar tejido á la 
manera del dibujo que forma la tela que labran en derredor de sus apo- 
sentos cierta clase de arañas silvestres; lienzos sáldalos, selabienses , car- 
bassos, zoélicos y empúntanos , con otra multitud de artefactos que consti- 
tuían la riqueza territorial, dan una idea no desventajosa de que los 
españoles tenian industria (4). 

Desde luego guardaban el trigo en silos ó pozos bien secos con cama de 
paja: recogían la sal, ya marina ó mineral, y aun de los pozos salobres 
la hacían artificial mezclándola con la que producía el leño quemado (5). 

Se atribuye á los indígenas y á los galos un modo particular de hacer 
la levadura disolviendo el grano hasta formar una masa líquida, cuya 

(1) PHn.-; Plut., devirt.mult. (4) Catull.-; Athenae-; Just.-; Vilrub.-; 

(2) Appian, in Iben estratag. Plin.-; Strab. 

(3) Ravennas annonim. , lib. 4, cap. 2-; (5) Varr., de re rust.-; Plin. 
Plin.-; Strab. 



1 4 Memorias de la Real 

espuma servia para el fermento del pan. Inventaron los cribos ó cedazos 
para cerner la harina , de crines de caballo y de lino. Tenían trillos, llama- 
dos plostelos pénicos, compuestos de tablas falca tas ó armadas de pedernal, 
con ruedas y tirados por caballerías (1). 

A mas de los vasos de cera, los labraban de barro saguntino y aun de 
cobre: sabían construir una especie de sillas portátiles llamadas durelas. 
tenían el secreto de adobar los jamones y la cecina, y los cordobeses ha- 
cían un salsamento para los cardos, que cultivaban con esmero, con la 
mezcla de la miel, vinagre, raiz de comino y otras yerbas olorosas que 
servían de regalo en las mesas mas delicadas (2). Finalmente, los que se 
preparaban en Melaría y Belo, ciudades asentadas en el estrecho Gadi- 
tano, Carteya, Exi ó Sexiflrmo, Abdera, Gades y Escombraría, eran ex- 
celentes, particularmente en la última, en donde se pescaba el escom- 
bro ó pejerey (3). 

En la Bélica supieron los naturales aprovecharse de la naturaleza del 
terreno y de las aguas del Guadalquivir; y de los esteros formaron ca- 
nales y ríos artificiales para el riego y transporte de los frutos (4). 

No podemos considerar á los primitivos españoles tan adelantados en 
la arquitectura civil que nos recuerde suntuosos edificios : sus casas por 
lo común eran de paredes de tierra, pero duras y fuertes para resistir la 
intemperie. El modo de labrarlas se reducía á colocar dos tablas del es- 
pesor que querían dar á la tapia , y entre ellas apisonaban la tierra. Tam- 
bién las edificaban de ladrillo elaborado de tierra esponjosa, de forma que 
después de cocido resistían al temporal, y eran tan ligeros que flotaban 
sobre el agua como la madera : así las fábricas que había de estos en las 
ciudades de Calente y Massia ó Maxilva en la España ulterior, fueron las 
de mayor crédito (5); y las atalayas que tenian en las alturas y en las 
costas para dar aviso, estaban edificadas con los mismos ladrillos ó ter- 
riza (6). 

Los cartagineses y romanos, durante sus guerras para disputarse el 
dominio de la nación española , tuvieron que abandonar el sistema de per- 

(() Don José García Caballero, Breve co- Descrip. de Esp.-; Orbasio, lib. 4, Colee, 

tejo de los pesos y medidas; Varr., de re rust.-; medie.-; Gallen., de appart. aliment. 

Plin. (4) Strab. 

(2) Strab.-; Sueton.-; Plin. (5) Plin.-; Aulio, Hirc.-; S.Md., Etimolog. 

(3) Strab.-; Pompón. Mel.- ; Plin.- ; Pto- (6) Vitrub.- ; Strab.-; Frenscken , supr. 
lom.-; Flores, Esp. Sagr., t. 37.-; Morales, Liv.- ; Ti!. Liv. 



Academia de la Historia. 15 

secucion á fuego y sangre contra los naturales, y apelar á la política de 
dividirlos por medio del halago y ganarse la alianza de las provincias ó 
de los pueblos. Conocieron que el genio feroz é independiente de los es- 
pañoles no estaba dispuesto al yugo de los extranjeros, y que solo cedian 
á la muerte. El engaño, la mala fé, la ingratitud y la perfidia, fueron las 
artes de que se valieron para desunirlos; pero antes de coger el fruto de 
estas combinaciones, pagaron su imperturbable constancia con torrentes 
de sangre. Al cabo lograron que los españoles, ligándose con pactos á los 
intereses de los romanos y cartagineses, debilitaran su propio esfuerzo, y 
la desunión vino á reducirlos á la esclavitud. 

Los que tanto valor mostraron en la tierra que los habia visto nacer, 
fueron á combatir á lejanos países: ellos asaltaron en Sicilia á Selinunte, 
Himera y Agrigento, y defendieron á Gela contra el tirano Dionisio. Der- 
rotados por este los cartagineses, los españoles quedaron en su servicio y 
fueron al socorro de los lacedemonios, en donde por su valor recibieron 
el premio de los griegos. 

Aníbal llevó á la conquista de Italia aquella hermosa infantería que 
describe Polibio (1) y Tito Livio (2), vestida de perpuntes de lino blan- 
quísimo, orlados y matizados de púrpura, y armados con las cetras y las 
espadas que tanto habian temido los extrangeros: las cohortes de honderos 
baleares, á cuyos soldados debió Aníbal las victorias de Trebia y Canas. Por 
último, los españoles guerreaban en el África , en la Galia y en España, gas- 
tando su sangre y su esfuerzo en provecho de sus mismos opresores (3). 

Concluiremos esta época con las palabras de un célebre escritor, por- 
que nadie mejor que su elocuencia puede expresar el concepto que mere- 
ció á Roma esta parte del mundo , célebre también por tantos siglos de 
vicisitudes. 

cLas Españas (dice Veleyo Patérculo (4) fueron al fin pacificadas y 
sujetas por Augusto y Agrippa después de varios y dudosos acontecimien- 
tos: á ellas vinieron al principio los dos Sci piones, tio y padre del Afri- 
cano: por dos siglos que duró esta guerra, se derramó mucha sangre ro- 
mana con afrenta y descrédito de sus generales y ejércitos: estas provincias 
quitaron la vida á los Scipiones y tuvieron en alarma las fuerzas del Im- 
perio, teniendo por capitán á Viriato, con una vergonzosa contienda de 

(1) Lib. 3, cap. 114. (3) Polib.-; App., hisp.-; Cesar, debelLGall. 

(2) T.ib. n , cap. 46 y 55. (4] Lib. 2. 



1 6 Memorias de la Real 

veinte años. Las mismas hicieron temblar á Roma con el terror de la 
guerra de Numancia y degradante tratado de Pompeyo y Mancino, que 
desechó el Senado para librarse de tanta ignominia. España consumió mu- 
chos ejércitos pretorios y consulares. En tiempo de nuestros abuelos las 
armas españolas elevaron á Sertorio á tan alto poderío, que por cinco 
años fué problema imposible de resolver, quiénes eran mas poderosos en 
las armas, los españoles ó los romanos; ó cuál de los dos pueblos, en fin, 
se habia de rendir y obedecer al otro. Estas provincias, pues, tan dilata- 
das, tan populosas, tan guerreras, fueron después de doscientos años pa- 
cificadas por Augusto y sus legados.» 

Excusado nos parece entretenernos en describir la dominación romana: 
el Senado y el pueblo llevaban por política establecer su Gobierno y cos- 
tumbres en pos de sus conquistas; así que nada adelantariamos en mo- 
lestar á nuestros lectores. 

Pero un pueblo belicoso, engendrado en los hielos polares, vino á 
derrocar para siempre el temido Imperio de los hijos del Lacio. 



Academia de la Historia. 17 



SEGUNDA ÉPOCA. 



!Seria ostentar una vana é inoportuna erudición el disertar sobre el orí- 
gen de los godos, cuando nuestras Memorias solo se limitan á describir 
algunas costumbres que guarden analogía con el lujo y las comodidades 
de su vida civil. 

Los escritores antiguos y modernos se han desvelado para investigar 
su verdadera patria, procurando demostrar con razones mas ó menos po- 
sitivas la cuna de unas hordas que , inundando el país de las ciencias, 
dejaron tras sí el espanto, la ruina y la muerte. Escusado seria, repetimos, 
detenernos en hacer una reseña de cuanto se ha dicho sobre este asunto, 
supuesto que por resultado no adelantaríamos otra cosa que molestar á 
nuestros lectores; pero no pudiendo prescindir de dar una idea de la tras- 
migración de aquellas gentes, se hace indispensable presentar un bosquejo 
de su irrupción , donde procuraremos demostrar en buena lógica que los 
godos no vinieron directamente á la Península desde el Norte, sin haber 
ocupado por algún tiempo las tierras del imperio romano en el Oriente: 
esta verdad nos hará conocer que , cuando llegaron á invadir la España, 
habían depuesto sus costumbres nómadas , que no venian en el estado de 
salvajes y que, acostumbrados al trato de los asiáticos, habían empezado 
á identificarse con el lujo que estos disfrutaban. 

Entre las Memorias que se han publicado relativas á la cuestión pre- 
sente , hemos examinado la «disertación sobre el origen y patria de los godos, 
de don Ignacio de Luzan,» contenida en el primer tomo de las de la Acá- 

TOMO IX. 3 



18 Memorias de la Real 

demia de la Historia, quien para formarla consultó todos los autores que 
directa ó indirectamente han referido sus hechos. Este docto académico r 
siguiendo la opinión de Jornandes, que escribió su libro de Rebus golhicis, 
por los años de 552 , dice que salieron como un enjambre de abejas de la 
Escandinavia ; esto es, de la Suecia y Noruega en el Océano septentrional 
é invadieron la Europa ocupando las costas del Báltico hasta la Tracia en 
las riberas del Ponto y la laguna Meotis (1). 

Ya en tiempo de los Emperadores Valeriano y Galieno, los godos, atra- 
vesando el Danubio, devastaron las provincias del Imperio, derramán- 
dose por la Grecia, Macedonia , las Tracias y el Asia Menor, según ha- 
cen memoria el mismo Jornandes , Trebelio Polion , Casiodoro y el Conde 
Zozimo. 

Imperando Claudio, Aureliano y Constantino, pasaron otra vez el rio 
é hicieron nuevas irrupciones en el Oriente , no sin dar muestras de su 
osadía y valor: asegurando Trevelio haberse avecindado muchos y aun 
tornado partido en los ejércitos romanos en tiempo de Claudio; así que, 
familiarizadas estas tribus con las repetidas invasiones á combatir con los 
romanos, bien pronto conocieron que sus ejércitos, afeminados y compues- 
tos la mayor parte de mercenarios, no resistirían al impulso de numero- 
sas masas, que si bien faltas de organización, sin embargo les auxiliaba 
la ferocidad , la intrepidez y el desprecio de la vida ; por manera que bajo 
el cetro de Valente, con quien habian estipulado pactos y aun admitido el 
cristianismo desfigurado por las doctrinas de Arrio, rompieron la barrera de 
sus límites, y acaudillados por Fridigernes y Atanárico, se hicieron due- 
ños de las provincias del Imperio; derrotaron las tropas romanas cerca 
d'e Andrinópolis y quemaron vivo al mismo Valente. Después de esta vic- 
toria los godos sitiaron á Constantinopla, hasta que ocupando la silla de 
los Césares Teodosio, domó su orgullo y les adjudicó terreno en que mo- 
rasen. Después de su muerte, Alárico con un ejército poderoso pasó á Ita- 
lia, puso sitio á Roma, y sucediéndole Ataúlfo, su cuñado, continuó la 
conquista de Francia y España. 

El Sr. Luzan nos da la idea de que el historiador Jornandes vivia en 



(\j Reinos leido, no sin admiración, las es obra que merece consultarse por su vasta 
Memorias sobre el origen y diversos estable- erudición sobre una materia de si tan con- 



cimientos de los scytas y godos, del Sr. J. trovertible. 
Pinkei ton . porque, á nuestro modo de ver, 



Academia de la Historia. 19 

tiempo de Teodorico, cuyo Monarca educado en Constantinopla y dirigido 
por los consejos del sabio Casiodoro, supo formar su corazón é inspirarle 
las virtudes que debian hacerle digno de la corona : de este modo introdujo 
en sus godos el buen orden , la justicia, el gusto de las artes y el estudio 
de las ciencias. No seria muy común al principio esta ilustración , ni de- 
bió hacer grandes progresos, porque los monumentos que nos quedan de 
ellos en España dan una idea poco ventajosa de su pericia: mas no tanto 
que podamos admitir la opinión de Ambrosio de Morales de que sus ves- 
tidos eran solo de pieles (1). 

Es cierto que Claudiano, célebre poeta latino del siglo IV, en la guer- 
ra de los getas llama á uua junta gótica asamblea de empellejados (2); 
pero es preciso advertir que cuando hace esta pintura se refiere á sus cos- 
tumbres primordiales y no á su estado después que estuvieron en aptitud 
de dictar leyes. 

Los godos generalmente, como lodos los habitantes del Norte, eran 
blancos de rostro, rubios, corpulentos y de aspecto agradable (3), 
Cuidaban con tal esmero de sus cabellos, que el cortarlos era signo 
de esclavitud, y de aquí trae su origen la tonsura monástica. Varias son 
las pruebas que podemos alegar de esta costumbre , conservada por 
tantos siglos. El mismo poeta, al describir una asamblea que tuvo 
Alárico, dice crinigeri sedere paires, sentáronse los consejeros cabellu- 
dos (4). El Cronicón del Biclarense al año 585 refiere, que cuando Leo- 
vigildo se apoderó de Andeca , usurpador del reino de los suevos, le 
cortó los cabellos; con cuya ceremonia abrazó el estado eclesiástico, y 
Chindasvinto, ambicioso de la corona que poseia Tulga, aceptó la pro- 
posición de destronarle que le hicieron los proceres, y para conseguirlo se 
apoderó de su persona y le mandó tonsurar (5); por último, cuando Wamba 
hizo prisionero á Paulo, le hizo cortar la cabellera y la barba, en se- 
ñal de traidor, y fué conducido descalzo y vestido de silicio sobre un 
carro (6). 

La continua lucha con las tropas imperiales fué habituando insensi- 



{\) Lib. { \ , cap. \ . (5) Fre-íegenarius chronir. , cap. 282, en 

(2) Vers. 48t , edic. de Amsterdam. Bouquet Recueil des historiens des gaules et de 

(3) Procop., de bello vatidal. , lib. ) , ca- la France, tomo 2. 

pitulo 2 , edic. de París, 1662. (6) San Julián de Toledo , Hist. de la re~ 

(4' Vers. 464. vel de Paulo, números 29 y 30. 



20 Memorias de la Real 

blemente á los godos á mirar con aprecio sus armas y vestidos, tanto 
por su propia utilidad ó defensa , cuanto por la sencillez y desemba- 
razo del trage de sus enemigos; y así Paulo Orosio nos informa que des- 
pués de la sangrienta batalla que dieron al Emperador Valente, usaban 
armas y caballos romanos , con lo cual hicieron frente al ejército de Teo- 
dosio (1). 

Las armas defensivas que, por lo común usaban, eran la loriga y el yel- 
mo: Procopio, historiador griego que floreció en tiempo del Emperador 
Justiniano y sirvió en sus legiones , hace mención de varios godos cubier- 
tos con ellas (2). 

La ley 9, título 2 , libro 9 del Fuero Juzgo , según el texto latino, des- 
cribe sus armas contando entre ellas las zabas, lorigas, escudos, espadas, 
scramas , lanzas y saetas: las zabas, según el sentir de Justo Lipsio (3), era 
el thoracómaco de lana y fieltro, largo hasta las piernas: de la misma opi- 
nión son Morales (4), el maestro Berganza (5) y Du Cange (6), el cual, re- 
firiéndose al Emperador León VI , previno se hicieran de cuero de bú- 
falo (7). 

La traducción del Fuero en castellano se expresa de lorigas é perpun- 
tes (8), y San Isidoro (9), que conoció estas armas, las describe diciendo 
que se componían de túnicas de silicio, cubiertas de láminas de hierro ó 
de bronce, trabadas entre sí á modo de escamas de pez. 

Es bien digno de notar el acierto de los traductores del Fuero para 
glosar la zaba por el perpunte, pues conviniendo Lipsio en que esta es ej 
thoracómaco , añadiremos la descripción que hace de él un autor anónimo 
del siglo VI en su tratado de Rebus bellicis, para confirmar la inteligencia 
de los que se emplearon en aquella versión (1 0). 

«Este género de vestido (dice hablando del thoracómaco) que se for- 
ma de fieltro á la medida y para resguardo del pecho, se compone de lana 
floja, con el objeto de que al vestirse la loriga, el olíbano ú otra armadura 



(1) Lib. 7, cap. 34, edic.de Leyden, 1738. (6) Arlic. Zaba. 

(2) De bello gothor., lib. 1 , cap. 22 y 23.-; (7) De Tactic. , lib. 6. 
Lib. 3, cap. 4, edic. de Paris, 1662. (8) Lib. 9, ti t. 2 , ley 8. 

(3) De MilH., lib. 3, dialogismo 6 , y en (9) Etimolog., lib. 18, cap. 13. 

las analectas. (10) Incluido entre los opúsculos del P.Fe- 

(4) Lib. 12 , cap. 31. lipe Labbe que siguen á la noticia de las elig- 
ió) Antig. de Esp., Catálog. de voces an- nidades del imperio romano. 

liguas, parle segunda. 



ACADRMIA DE 1A HlSTORIA. %\ 

semejante, no maltrate el cuerpo con su peso y aspereza, y que los miem- 
bros del que lo use queden al mismo tiempo desembarazados para el manejo 
de las armas. Para que el thoracómaco en tiempo de lluvia, recargado con 
el peso, no moleste al soldado, convendrá añadirle una cubierta de pieles 
líbicas bien trabajadas y apropiadas á su figura. Toma este nombre del 
griego porque sirve para defender el cuerpo; y á fin de que se presente 
armado completamente en la pelea , llevará también los soceos calzados, 
ocreas de hierro, galea, escudo, espada y lanza.» 

La misma ley latina hace mérito de las scramas, y si hemos de creer 
á Lindembrogio, en su glosario la interpreta por cuchillo pequeño y que 
de ella se deriva la palabra scrimer; pero Morales es de sentir que equi- 
vale á la azcona (1), refiriéndose al intérprete de aquel código. Du Cange, 
que copia las palabras del Turonense, dice ser la scrama una espada mas 
corta y ancha que las comunes, siguiendo á Vossio (2); pero en los hechos 
de los francos por el monje Roricon, en el reinado de Clodoveo (3), refiere 
que «los godos, deseando quebrantar la alianza y asesinar al Rey , escon- 
dieron debajo de sus palios unos cuchillos muy grandes que llamamos 
scramsaxos. » 

Una de las armas arrojadizas de que se valieron para herir, fué el 
pilum; Tótila les ordenó exclusivamente su uso en el combate (4). 
Quizá este dardo puede ser el venablo, cuya arma es constante en la 
milicia de la Edad media. Los griegos la llamaron menáulos, y como 
el citado Emperador León, que vivió en el siglo IX, asegura en su Tra- 
tado de Táctica (5) que en su tiempo aun se llamaban del mismo 
modo, podemos admitir la congetura de Justo Lipsio (6), esto es, que 
de menáulum se derivó la palabra venábulum y de aqui venablo. No ne- 
gamos que aquella es ingeniosa, pero tampoco despreciable, á nuestro 
modo de ver. 

También trajeron los contos, con los cuales hicieron terrible mortandad 
en las legiones del Emperador Valente (T), y en la batalla de Vouglé, en 
que murió Alárico, cuenta San Gregorio Turonense que los godos hirieron 
á Clodoveo con los contos (8). Su forma era á modo de una pértiga de bas- 

(1) Lib. 12, cap. 31. (5) Cap. 6. 

(2) De vitiis latinis sermonis, lib. 2, cap. 1 7. (6) Poliorcet. , lib. 4 , dkilogismo 4. 

13) Lib. 4. en Bouquet, t. 3. de la colee- (7) Paulo Oros, lib. 7, cap. 33.-; Clau- 

cion de /lisio; 1 , ¿e las Galias y Francia. diano, de bello gótico, vers. 484. 

(4) Procop., de bello gothor., lib. 3. (8) Lib. 2, cap. 37. 



22 Memorias de la Real 

lante longitud, sin moharra, pero con una puuta muy aguzada (1) El mismo 
San Isidoro describe los dolones por unos puñales metidos dentro de 
un báculo de madera y que por ir ocultos tomaron este nombre de la 
palabra dolo: que la balista era un género de máquina para arrojar con 
violencia dardos y piedras, la cual doblaban por medio de nervios; de 
aquí la palabra fundíbulo cuasi fundes: que el ariete chocaba impetuosa- 
mente contra los muros de la misma manera que el carnero cuando topa, 
y se construía del tronco de un árbol grueso y nudoso guarnecido de 
hierro y suspendido con cuerdas, arrojándole con fuerza hasta abrir bre- 
cha, y que el scorpio era una saeta envenenada despedida con arco ó con 
máquina (2). 

El uso de la espada fué común entre los godos españoles por ser una 
de las armas que les designaba la ley 9 del Fuero Juzgo con el nombre de 
spatha y que el Santo (3) especifica ser de dos filos, larga y ancha: final- 
mente, fueron diestros tiradores de arco y honda. 

Este autor nos da una idea de sus juegos gimnásticos en la recopilación 
de su historia, asegurando tenian por costumbre diaria el amaestrarse en 
el combate en las lizas y certámenes; y en sus etimologías (4), que se ejer- 
citaban en el tiro , pelota, salto y lucha. 

Hemos sentado la proposición de que los godos, cuando conquistaron 
la Península, no venian en el estado de salvajes, y hemos procurado de- 
mostrarlo con la autoridad de los mejores escritores que conocieron per- 
sonalmente sus costumbres desde sus primeras irrupciones hasta sus con- 
quistas en el Occidente. Nos falta que tratar de sus vestidos, por ser el 
punto á que principalmente se limitan estas Memorias, y si bien no des- 
cribiremos con exactitud el lujo que adquirieron en su trasmigración por 
falta de comprobantes, al menos fortaleceremos la idea que propusimos 
con pruebas que no sean del lodo negativas. 

Sidonio Apolinar, Obispo de Clermont, que murió el año de 182, 
■escribía á Agrícola (5) relatándole que el Rey Teodorico cubría los oidos 
con su larga cabellera, según la costumbre de su nación, y que rodeaban 
su asiento una multitud de satélites vestidos de pieles. Este mismo prelado 
habla á Domnicio (6) del joven Sigismer, y añade que se presentaba bri- 



(<) San Isid., Etirnolog., lib. 18, cap. 7. (4) Lib. 18, cap. 48 

(2) Etirnolog., lib. 4 8, cap. 8. 9. 10 y 44. (5) Lib. 4, epist. 2? 

(3) Id. cap. 6. (6) Lib. i. epist. 80. 



Academia dk la Historia. 2S 

liante con la púrpura y la seda , y resplandeciente con el oro, contribu- 
yendo á tanto adorno el color de sus cabellos y la modestia del semblante: 
que era imponente aun en tiempo de paz el aspecto de los régulos y 
compañeros de su comitiva, los cuales resguardaban sus pies con al- 
barcas de piel cerdosa , dejando desnudas las piernas basta las rodillas 
era el vestido de varios colores, angosto, y tan corto, que con dificultad 
llegaba á las corvas: que usaban sagos militares de color verde bordados 
de encarnado y ceñidos con bálteos, pero que las mangas tan solo cu- 
brían el nacimiento del brazo y ajustaban al cuerpo sus renos orillados 
de flecos; llevaban la espada pendiente del hombro, correspondiendo al 
ornato la defensa, supuesto que tenian armadas sus diestras con lanzas 
corvas y segures arrojadizas , asi como los brazos izquierdos con escudos. 
San Isidoro (1) dice que el reno resguardaba los hombros y el pecho 
hasta la cintura, y su género era de un tejido muy grosero y tupido para 
preservarse de la lluvia, debiendo su origen al Rhin, en donde frecuen- 
temente se usaba. 

La pintura hecha por un autor coetáneo como Sidonio y con presencia 
de los originales, no puede ser dudosa: pero ¿qué diremos de la columna 
erigida por Arcadio en Constantinopla, donde se representan los triunfos 
de su padre contra los godos? Será prudente convenir en que estos sep- 
tentrionales en el siglo V no se ataviaban con solas pieles y sí conocían 
otro género de ropa, cuyo corte fué muy parecido á la de los romanos. 
Detengámonos á examinar este monumento, que quizá sea una de las 
pruebas mas concluy entes de nuestro aserto. 

Esta columna se construyó en el año 404 (2), precisamente cinco 
antes que los alanos, vándalos, suevos y godos entraran en España, Gentil 
Bellino, pintor veneciano, la dibujó y el P. Anselmo Banduri , monje be- 
nedictino, la publicó grabada en diez y ocho láminas que forman parte del 
segundo tomo de su imperium oriéntale. Se reconoce á los varones con la 
túnica al simil que los sagos romanos ajustados con el bálteo; los renos por 
cima de aquellos y los mantos prendidos con la fíbula sobre el hombro: 
cuelgan de la cintura las bidgas ó escarcelas: sus piernas están cubiertas 
con las bracas, especie de pantalones largos y ancbos propios de los ger- 
manos, galos y sármatas, cuyo uso introdujeron en España, y calzadas 

(I) Etimalog., lib. 19, cap. 83. 

(8) Bantluri, Imperi/tmi oriéntale, pag. '507. Paiis, I7H. 



24 Memorias de la Real 

las abarcas y aun zapatos que los distinguen de los orientales. Algunos 
llevan gorras de diferentes hechuras, pero los proceres y optimates visten 
la armadura romana, y sus caballos aparecen con paramentos, sillas y 
freno. Las mugeres están adornadas de largas túnicas , velos y tocas que 
les cubre desde la cabeza hasta los pies. La coincidencia del relato de 
Apolinar con los relieves de la columna de Arcadio , no puede ser mas 
exacto. A primera vista se ofrece la ventaja de que una mano diestra é 
inteligente labró este monumento, dejando á la posteridad los últimos re- 
cuerdos de las artes, porque los godos, enemigos del nombre romano, 
hacían alarde en destruir cuanto pertenecía á la cultura. 

Hasta Leovigildo, los reyes no habian usado en España del ornato 
Real (1). Este príncipe, que murió al fin del año 585, valiente, justo, infle- 
xible y protector de sus pueblos, publicó leyes para el buen orden de la 
monarquía: instituyó el fisco Real, restableció la disciplina militar, y fué 
uno de los mas consumados políticos de su tiempo. En su época floreció 
San Leandro, arzobispo de Sevilla, autor de muchas obras y maestro de 
su hermano Isidoro, quien le sucedió en la Sede hacia el de 601: here- 
dero de sus virtudes y sabiduría, sus producciones literarias son un archi- 
vo de noticias curiosas, á quienes es indispensable consultar para conocer 
la historia de los godos. 

En la descripción que hace de los vestidos explica que el redimículo, 
bajando desde el cuello, se dividía en dos paños, que se sujetaban por 
ambos lados, ciñeudo el cuerpo y dando gracia al talle. Vulgarmente le 
llamaban en su tiempo braquil ó braquial, y también suscintorio, aunque 
hoy dia (añade) no sujeta los brazos , sino el cuerpo (2) ; igual definición 
hace, con corta diferencia, de la armeclausa. El colobio era ropa talar y 
sin mangas, tal como el levitonario, y así le describe también San Jerónimo 
en su prefacio á la regla de San Pacomio, añadiendo que lo usaban los 
monjes de Egipto: igual noticia nos da Sozomeno, con la advertencia de 
que colobon es palabra griega, que significa breve, mutilado ó manco, cuya 
definición está conforme con la de San Isidoro. El P. Bivar (3), citando al 
abad Casiano, afirma que este vestido apenas llegaba á los codos, dejando 
descubierto el resto de los brazos. El limo venia á ser una saya que desde 
la cintura llegaba hasta lo pies, guarnecida de franja de color purpúreo. 

(\) San Isid., de rebus gothic, era 606. (3) De veteri monachatu et regulis monas- 

(2) Id. Etimolog., lib. 19, cap. 33. ticis. Lion, 1662, lib. 2, cap. H, t. 2. 



Academia de la Historia. 25 

Los tubrucos debieron asemejarse á las calzas, porque cubrían las piernas 
como las bracas (1). El melote, tomado del griego, que significa la oveja, y 
se llamó también pera, fué la zamarra para el trabajo de la gente común, 
y el regilo una túnica corta y ajustada que vestían las reinas. El peplo, 
era el manto de las matronas recamado de púrpura ; así como la palla , de 
figura cuadrada, que llegaba á los pies, matizado de piedras preciosas y 
usado por las mugeres. 

La stola, equivalía al velo que distinguía las casadas , y cubrien- 
do la cabeza y las espaldas, pasaba desde el lado derecho al hombro 
izquierdo; se llamaba también ricino, porque la mitad caia á la parte 
posterior. El amículo fué el manto de lienzo que calificaba antiguamente 
á las meretrices; «pero ahora en España (dice el Santo) es señal de ho- 
nestidad (2).» 

Las mitras , escribe Thíers, «se han usado de tiempo antiguo por hom- 
bres de todas naciones y cultos, así paganos como judíos y cristianos, tanto 
varones como hembras , aunque sin haberse concordado acerca de su figu- 
ra (3).» Las godas acostumbraban adornar su cabeza con una mitra pa- 
recida á un bonete redondo de lana (i). Servio, en las anotaciones á la 
Eneyda de Virgilio (5) explica lo mismo, y de la que colgaba un velo ma- 
tizado de perlas; pero Salinacio (6) en los comentarios al capítulo 33 de 
lo Polyhistora de Salino refiere que la mitra se diferenciaba del píleo, por- 
que era una faja que se ataba en la cabeza, y este un sombrero redondo 
á modo de gálea, de donde se los llamaba galeros, pero que los latinos 
usaban promiscuamente las dos palabras. El Papa Inocencio III, en el ser- 
món de San Silvestre, asegura que Constantino, al trasladarse á Constan- 
tinopla, quiso dar su corona á este Santo, pero el Pontífice la rehusó por el 
respeto que tenia á la sacerdotal, y principalmente por su humildad, ad- 
mitiendo por diadema una mitra redonda bordada de oro (1); pero este 
es un escritor muy reciente á aquel hecho, y por otra parte vivió en 
tiempos de poca crítica para fiar en su relación; sobre todo cuando los 
buenos canonistas nos aseguran que en el pontificado de San Silvestre no 
era todavía conocida la tonsura eclesiástica. 



(1) San Isid. , Ethnolog.,\\\>. 19, cap. 22. (5) Lib. 4, vers. 216. 

(2) Id., cap. 24 y 25. (6) Pliniance exercitationes, p. 555. Pa- 

(3) Histoire des perruques. cap. 4, t. 2.* ris, 1629. 

(i) San Isid., Etinwlug., lib. 19, cap. 31. (7) Tliieis, hist. des perruques, cap. í.'^.i.' 



TOMO IX. 



4 



26 Memorias de la Real 

A mas de estas galas no carecían las damas godas de redes preciosas 
para adornar sus cabellos, ni de agujas para sujetarlos y colocarlos con 
gracia; ni de zarcillos ó arracadas, anillos, manillas y collares de oro y 
piedras de mucho precio (1). 

También se mencionan en estos tiempos algunos géneros, tales como 
la bombicina, que derivándose del bombix , gusano de seda, se tejia en la 
isla de Co (2), esto es, Lango, ciudad é isla del mar Egeo, á quien los 
griegos atribuían su primer uso. La olosérica, estofa de seda; la acupicla, 
cierto tejido de aguja; el Irüeoc, urdimbre de estambre, y el strágulo, tela 
de varios colores , á propósito para vestidos (3). 

El trage de la gente común está clasificado en la regla de San Benito, 
escrita sobre el año 533, por las siguientes palabras: «Dé el abad á todos 
lo que necesiten, á saber: cogulla, túnica , pédules , cáligas , braquil, cuchi- 
llo, pluma, aguja, mápula y mesa: la cogulla en el invierno, vellosa, y en el 
verano ligera; y en cuanto al color y á la calidad de todas estas prendas, 
sean tales cual se puedan hallar en el país donde moren (4).» Acomodando 
San Isidoro esta regla á sus monjes, determina también que no les conviene 
usar lienzo, pañuelo, birro ni planeta; pero sí puede dárseles melote, pe- 
lliza , pédules y cáligas (5); y aunque el P. Argaiz equipara los zuecos á 
los pédules, en nuestro sentir el verdadero significado es el peal de 
lana (6). Yepes, que traduce con corta diferencia estas prevenciones del 
Santo, añade que los Padres del Oriente antiguamente no llevaban mangas 
en la cogulla, y que esta tenia la forma de la toga; pero que después las 
añadieron , y que á las cogullas con ellas llamaban en Alemania (locos; 
el P. Argaiz no conviene con esta definición (7), declarando que algunos 
han entendido por cogulla la talar y manicata de los monjes benitos, sig- 
nificando solo la capilla monástica con que se cubren la cabeza y los 
hombros, terminando en punta como la cartujana y capuchina, porque el 
Sumo Pontífice Gregorio XIII en la bula que dio en favor de la nueva 
eongregacion de San Basilio en 1574, no dijo cum caputio et cuculla, distin- 
guiendo la capilla de !a cogulla que viste todo el cuerpo, sino cum caputio. 



(1) San Isid. , Etimohg., Iib. 19, cap. 31. (5) Id. , cap. 12. 

(2) Plinio, Hist. natur. Iib. H, cap. 23. (6) Soled, laureada, l. i-; Tgles. de Seri- 

(3) Id. , cap. 22. ««, cap. 39, n. 10. 

(i) San ¡sid. , de vestiment. et calciament. (7) Instruc. hist. y apolog. para relkj. y 

fratrum, cap. 55. segla., Madrid, 1675, cap. 3. 



ACADEMU DE LA HlSTOMA. 27 

sive cuculla: así lo cree Mabillon, y que tanto estas como los escapularios 
tenían capuchas (1). 

Manrique (2) apoya el dictamen del cronista benedictino eñ cuanto á 
los flocos, á saber: que eran las cogullas con mangas anchas y largas, 
como lo declara Clemente V (3), al paso que la verdadera no las tenia, y 
que tanto estas como aquellos fueron vestidos talares y holgados. En el 
sentido de estas palabras determinó el Papa el significado que debian tener 
en su tiempo los dos trages, por cuanto en la vida de San Pedro de Taran— 
tasio, que floreció á fines del siglo XII, leemos que fueron manicatas. La 
opinión de Manrique es que el floco y la cogulla fué una misma cosa, 
aunque de diferente materia y estructura, y de aquí vino la variedad del 
nombre, pues se llamaba cogulla al vestido mas ordinario y tosco, estre- 
cho y corlo, y flocos al mas precioso, mejor hecho, ancho y largo; pero á 
pesar de todo cuanto han dicho unos y otros procurando atinar en el ver- 
dadero significado de la acepción, la palabra cuculla ó cogulla no es otra 
cosa que la almucela ó capilla que usaba el común del pueblo para abri- 
garse la cabeza; así lo asegura Juan Casiano, que floreció en el siglo V, en 
el libro \", cap. 4.° de sus Instituciones, y Sozomeno en la Historia eclesiás- 
tica, lib. 3.°, cap. 13, advirliendo que la cogulla servia desde su origen 
para cubrir la cabeza de los niños de pecho, y lo confirma el concilio 
Aquisgranense, celebrado el año 817, donde se previene en el cap. 21 
que la medida de la cogulla sea de solos dos codos (i): por lo tanto, 
San Isidoro habla de la casulla cuculata, y San Jerónimo del sayo cuculato. 
El birro, mencionado por aquel Santo, es una variante del colobio ó levito- 
nario, y de él se hace memoria en la vida de San Deícolo, abad lutrenseen 
Borgoña, que floreció en el siglo Vil, escrita por un autor anónimo, pero 
coetáneo. Los griegos le llamaban ampkibulo, que significa poner ó vestir 
alrededor (5), y es posible que llegase hasta el suelo, porque Pumino Albo 
en la vida de San Columbo, abad del monasterio de rliense, en Escocia, 
que floreció en el siglo VI (6), da á entender que arrastraba. 

El ser esta clase de vestido el que generalmente usaba la gente de me- 



\\) Cost. de los crist, t. 54. t. 1.°, col. 582. 

(2) Apal. cisterc, año HOI, cap. (.* (5) Botando, Acta sanctorum, tom. 2.°, mes 

(3) Clementina. Xe in agro de statu mo- de Enero. 

uach. (6) Acta sanctorum por los conünuado- 

(4) Balucio, cap. de los reyes francos. res de Botando, 9 Junio, cap. 2, t. 14. 



28 Memorias de la Real 

diana esfera en los siglos VI y VII, nos lo confirma el abad Fleuri (1) des- 
cribiendo el monacal que dio San Benito , y aun añade que no solamente 
los clérigos y gente de letras lo usaron, sino también los nobles mismos y 
aun los cortesanos. 

Los proceres y optimates se cubrían también con ricos mantos, tú- 
nicas largas ó cortas, ya sueltas, ya ceñidas con bálteos y ángulos, y ador- 
naban sus cabezas con el píleo de piel (2) ú otra materia mas preciosa, ya 
en figura de bonete redondo ó bien en forma de concha. 

A pesar de todo lo referido, es cierto que sus monedas descubren el 
atraso en que se hallaban las artes: faltas de igualdad en el tamaño y el 
peso, de mal dibujo y con un grabado tosco, son pruebas para persuadir- 
nos que Ls adelantos eran muy lentos. No obstante de estos informes mo- 
numentos, podremos inferir su vestidura, aunque siempre nos quede la 
desconfianza de acertar con el verdadero significado que quiso dar el ar- 
tista á figuras tan mal trazadas. 

El P. Florez en sus medallas de España publicó dos de Liwa I cuyas 
cabezas no tienen mas adorno que el pelo; pero el vestido es bastante 
perceptible: consiste en el braquil prendido por los hombros y costados 
con fíbulas y la cruz en el pecho. Tres de Leovigildo con el mismo tpage, 
pero con diadema en la cabeza , distinguiéndose las tenias que colgaban 
por detrás después de haberla asegurado en las sienes, según explica el 
Santo Doctor (3). Otra del mismo Rey batida en Mérida con corona impe- 
rial y de igual forma que las que adoptaron los Emperadores de Constan- 
linopla; esto es, redonda, con la cruz en la parte superior: monumento 
raro y muy apreciable por el que se comprueba el dicho de San Isidoro, 
de ser este Monarca el primero que usó de insignias reales, y lo vemos 
repetido en otras monedas acuñadas en Toledo de Chindaswinto, Wamba, 
Ervigio y Egica, y de este último en las de Córdoba y Mérida, aunque 
mas confuso el dibujo: finalmente, en otras de Receswinto de Sevilla, 
Toledo, Córdoba y Egitania, se ve el propio trage que se ha descrito al 
principio. 

Entre las figuras de Banduri, hay algunos ídolos sentados en camellos 
con estos braquiles largos, y puede servir de apoyo sobre el uso de seme- 
jante ropaje entre los godos. 

({) Cost. de los crist., t. 54. (3) San Isid., Origen. , lib. 19 , cap. 31. 

(2) San Isid., Etimulog., lib. 19, cap. 31. < 



Academia de la Historia. 29 

Las miniaturas que hemos consultado para describir el trage gótico, se 
hallan en una Biblia existente en el monasterio de benedictinos de San Millan 
de la Cogulla , escrita por el monje Quiso, de la misma comunidad. Concluyó 
el libro segundo de los Macabeos en el año 662, en donde estampó el catálogo 
de los abades desde la muerte de San Millan hasta este año , que lo era Mar- 
tin N. En el siguiente de 664 acabó la segunda carta de San Pablo á los 
corintios, y en 610 sucedió á Martin el monje Benito , y desde este empieza 
el segundo catálogo de los prelados, cuyo escritor se ignora. No parece 
hay razón para dudar de que este códice sea del tiempo que expresa la 
inscripción que hace cabeza y dice así: «Explicit machabeorum liber secun- 
dus. Tamdern finitis veteris instrumenti libris quos ecclesia catholica in canone 
Divinarum recipü scripturarum . ad Evangelio, , novumqne Testamentum Cris- 
to juvante pervenimus. A. M. Per Quisvm monacum sancti JEmiliani, sub era 
DCC scripsit;» y después de concluir el índice de los capítulos que contiene 
la epístola segunda de San Pablo á los corintios, pone: «Expliciunl capilu- 

lationes, el testimonia prophetarum sub era DCCII per Quisum.» El P. Flo- 

rez habla de este códice precioso en el tomo 26 , pág. *76 de su España Sa- 
grada , asegurando que el primer orden de abades es de la misma letra 
del monje Quiso, y no escribió después de Pedro el nombre de Martin por- 
que en el título expresó que en aquel año de 662 era abad este último. 

Los dos dibujos de la portada están con los braquiles abrochados con 
fibidas, tal cual se hallan en las monedas, á lo que podemos añadir las 
mangas de la túnica interior y la cogidla ó capilla de que tanto uso se hizo 
en aquellos tiempos: también se dibujan varios ángeles que, aunque se 
asemejan mas á las furias del averno que á los coros de la gloria , sin em- 
bargo tienen adornadas sus cabezas con los píleos que se hicieron después 
comunes á ambos sexos en los siglos VIH, IX y X. 

Pero no es solo el códice del monje Quiso el que se conserva en el mo- 
nasterio Emilianense; hemos visto otro perfectamente tratado que con- 
tiene la exposición del Apocalipsi, y al folio 58 dice: «Tempore Benedicti 
Abatís noni sancti jEmiliani fidelíter scriptum per Albimim monachum ejusdem, 
in era DCCVIII.» Su letra es muy parecida al anterior, pero ¿será original 
ó copia del que escribió el monje Albino? Lo cierto es que la abadía de 
Benito conviene con el catálogo del continuador de Quiso, y que las mi- 
niaturas que se hallan en él dibujadas, aunque toscamente, representan 
sin duda alguna los trages godos- Desde luego vemos las lorigas 6 thoracó- 
macos, lanzas, yelmos y escudos que el Fuero Juzgo les señala por armas: 



30 Memorias de la Real 

los Zimos , tubrucos , regilos , peplos , pallas , stolas y amículos : gorras frigias, 
mitras y pileos para la cabeza, distinguiéndose fácilmente las vestiduras de 
los proceres y séniores con los de la plebe; á lo que añadiremos inciden- 
talmente una noticia curiosa para la historia de la música, á saber: que allí 
aparece un instrumento de cuerdas muy parecido á nuestros violines. 

La uniformidad de estos trages, con los varios monumentos bizantinos 
colectados por Banduri en las Memorias del Imperio del Oriente, así como 
los dibujos de los platos de cobre sobredorado que sirvieron de vajilla á al- 
gún Rey longobardo de Italia, hallados en una excavación en la ciudad de 
Monza , junto á Milán , que trajo á España Don Francisco Pérez Bayer, ca- 
nónigo de la santa iglesia de Toledo (I), confirman también lo que de- 
jamos dicho. 

Concluiremos esta época con dar una ligera pincelada sobre la deca- 
dencia de la Monarquía , porque sin ella no es fácil venir en conocimiento 
de la influencia que tiene en las costumbres una prolongada paz ó la guer- 
ra destructora de los partidos. Fácil nos seria formar un bosquejo aprove- 
chando las noticias que nos dejaron San Julián, metropolitano de Toledo, 
San Isidoro, Idacio, Juan Biclarense, Isidoro Pacense, el Emilianense Se- 
bastian, el Lusitano y el Arzobispo don Rodrigo, que con masó menos exac- 
titud refieren los sucesos desde la entrada de los godos, y la memoria de las 
conjuraciones, rebeliones y atrocidades propias de su genio indómito; pero 
sobre ser ageno de este lugar, distraeríamos á nuestros lectores del ver- 
dadero examen que una recopilación de apuntes coordinados puede ins- 
truirles del lujo de esta época. Así solo nos resta decir que asociado Witiza 
al Imperio de su padre Egica, en el año 698, con aprobación de los gran- 
des y confirmado por un concilio nacional en Toledo al siguiente , subió 
al trono en el de 700 con aplauso general , dando pruebas de emplearse 
en la felicidad de sus pueblos que aun bendecían el reinado anterior: con 
efecto, la amnistía general extensiva á los conjurados contra Wamba, el 
perdón de los impuestos atrasados, y la restitución de bienes y honores 
á los desterrados, presagiaban un porvenir halagüeño y venturoso; mas 
j cuan pronto echó en olvido estos sentimientos generosos! Seducido por 
•pérfidos aduladores y arbitro del destino de sus subditos, se entregó á la 
sensualidad y al libertinaje abandonando á su esposa y atrepellando el 



(<) Flor., Rey. Cat.,l. l.*,p. i3. 



Academia de la Historia. 3 i 

pudor de las mugeres de todos estados y condiciones ; se hizo cruel y des- 
confiado, y tantos vicios reunidos corrompieron las costumbres de los 
magnates, que corrían en pos de los placeres y el lujo, convirtiendo en un 
espantoso desorden la Península. De aquí tomó ocasión don Rodrigo, hijo 
de Teodofredo, que aprovechándose del descontento general puso en planta 
los deseos de arrancarle la corona, encendiendo la guerra civil y abriendo 
la puerta á los árabes que inundaron la Monarquía , como veremos en la 
época siguiente. 



Academia de la Historia. 33 



TERCERA ÉPOCA. 



Una nación oriental , nacida en el Yemen , guerrera , activa y frugal como 
las hordas del Norte, pero mas inteligente, laboriosa y amante de la glo- 
ria que los habitantes del Danubio y del Wolgha, crecia prodigiosamente 
para derramarse á su tiempo desde los bordes del desierto de Sahara, 
sobre el África, á manera de un formidable torrente. 

Los árabes, que ya al mando de Muza-ben-Naseir habían en tiempo 
de Wamba intentado apoderarse de la España transfretana, reunieron un 
poderoso ejército en el año 1j] , y lanzándose sobre la antigua Maurita- 
nia, á las órdenes del general Tarik-ben-Zeyad, se abrieron paso al fh¡ 
por el estrecho de Hércules, y se apoderaron en la orilla opuesta del monte 
Calpe, en momentos que, embriagado el Rey don Rodrigo por todos los 
placeres y encenagado en toda clase de crímenes, no tenia medios para de- 
fender su territorio en Europa, ni para detener la irrupción de los ismae- 
litas, que ganando de antemano al Conde-gobermidor de 'as provincias 
ultramarinas don Julián, les habia ayudado en su paso sin o¡ osicion 
alguna. 

Sin embargo, este desventurado Monarca se puso á la cabeza de cien 
mil hombres mal armados y peor disciplinados; y como llevaran en sí 
mismos el germen de la desconfianza y el terror, fácilmente fueron der- 
rotados en las márgenes del Guadalete tan pronto como el cuerpo de tro- 
pas que regia el arzobispo don Oppas, acompañado de los hijos de Witiza 
se pasó al campo enemigo para hacer causa común con ellos en aquella 

TOMO ix. 5 



34 Memorias de la Real 

infeliz jornada, en donde don Rodrigo perdió la honra, la corona y la vida. 

Divididos los moros en tres grandes cuerpos, marcharon sin obstáculo 
alguno sobre la Rética, la Lusitania y la Carpetania, destacándose columnas 
que sometieran todo el país. Entonces Sevilla, Mérida y Toledo doblaron 
la cerviz á Muza, que estableció su silla en Córdoba hasta que fué llamado 
por el califa de Damasco. Su hijo Abdelaziz, encargado del vireinalo, casó 
eon Egilona, viuda de don Rodrigo, enlace que por algún tiempo detuvo 
la persecución de los cristianos. 

Mientras que las reliquias del Guadalete, ahuyentadas por los árabes 
abandonaban los países del mediodía de la Península para refugiarse en 
las montañas de Asturias, León y Vasconia , otras tribus errantes, de- 
jando sus comodidades y sus lares, llevaban la miseria y el recuerdo de 
su opulencia á los bosques y guaridas de las fieras en las entrañas del 
Pirineo. 

Entre tanto los primeros eligieron á don Pelayo por su rey ; resta- 
blecieron las leyes godas; organizaron el gobierno, y esperaron con las 
armas en la mano al ejército de Al-chaman, que dirigido por el obispo 
don Oppas venia á destruirlos; pero el valor y la desesperación hicieron 
triunfar á un puñado de valientes contra las huestes ismaelitas. Libre el 
rey del primer sobresalto , reparó los pueblos destruidos , reedificó otros 
por haberse aumentado la población considerablemente, y asociando al 
imperio su hijo Fabila, y casando á su hija Ormisinda con Alfonso, hijo 
de don Pedro, duque de Cantabria, dejó asegurada la corona de Castilla 
en las sienes de sus sucesores. 

Los cronistas é historiadores de los cuatro primeros siglos, después 
de la restauración, se contentaron con apuntar los sucesos en general, 
sin descender á circunstanciarlos, y lo que es mas todavía, sin guardar 
concierto y exactitud en la cronología. Con talrs elementos poco podría- 
mos decir sobre los hábitos, usos y vestidos de esta época, si no apro- 
vechásemos los vestigios esparcidos en varias escrituras conservadas en 
los monasterios y catedrales, con algunos fragmentos de relieves de edi- 
ficios y miniaturas de los códices salvados de las revoluciones pasadas. 

De las treguas con los moros y la costumbre de vivir promiscuamente 
con el número de cautivos de que se servian ambas creencias, resultó la 
introducción de varios trages mas preciosos que los de los godos, porque 
los árabes tenian mas riqueza, mas gusto y comodidades, al mismo tiempo 
que los cristianos habitaban un terreno montuoso y pobre: todo lo 



Academia de la Historia. 35 

habian perdido en su emigración, y su industria caminaba al nivel de sus 
necesidades. 

Otro de los sucesos mas memorables, y que acaso pudo influir en las 
alteraciones del trage, fué la invasión de los normandos en los si- 
glos IX y X. 

Estas gentes, oriundas del Norte de Europa, abandonaron los climas 
glaciales de su patria, y atravesaron la Frisia para establecerse en Fran- 
cia. Allí vencieron al ejército de Roberto, conde de Anjou, y ocuparon la 
Neustria , que tomó el nombre de Normandía, y por un tratado que ajus- 
taron con los emperadores Luis II y Carlos el Craso, quedaron por feuda- 
tarios de su corona. Por medio de la piratería y rapiñas armaron escuadras 
en el año 844, y asaltaron las costas de Galicia; pero al apoderarse de la 
Coruña fueron derrotados por el ejército de Ramiro I, y apresada parte 
de la flota por la del Rey. El resto de la expedición montó el cabo de 
Finisterre, llegó á la embocadura del Tajo y puso en alarma á la ciudad 
de Lisboa , á la sazón ocupada por los árabes. O con deseos de venganza, 
ó por la frondosidad y riqueza de la Península, volvieron tres años des- 
pués y cercaron á Sevilla, asolando los campos de Cádiz y Medina-Sidonia, 
pasando á cuchillo mucha parte de la población. En el de 859 apare- 
cieron nuevamente con sesenta naves sobre nuestras costas de Galicia, 
que pusieron á fuego y sangre , hasta que Ordoño I envió una parte de 
sus tropas con el general don Pedro, el cual los hizo pedazos y quemó 
parte de sus buques. Apenas habia celebrado sus bodas Sancho I , llama- 
do el Gordo, con Teresa, hermana del conde de Monzón, Fernando An- 
surez, cuando los normandos, desembarcando en el mismo reino el 
año 960, saquearon los pueblos, pasaron al filo de su espada á los mora- 
dores, cautivaron á otros, y se retiraron con los despojos de la expedi- 
ción; pero habiendo vuelto en el de 962 el obispo San Rosendo á la 
cabeza de los gallegos, los derrotó y obligó á reembarcarse. 

No escarmentaron los piratas con este revés, porque volvieron á ten- 
tar nueva fortuna en 969 ; mas el obispo Sisenando , con un cuerpo de 
tropas les salió al encuentro, y les dio la batalla cerca de Fornellos ; des- 
graciadamente este prelado fué muerto de una saeta, con lo cual los ga- 
llegos se dispersaron y los enemigos devastaron el país hasta el monte 
Cebrero. Al retirarse en el año siguiente, el conde don Gonzalo los atacó 
y batió completamente; les quitó todo el botin y quemó cien naves, de- 
janoo muerto á su caudillo Gunderedo. 



36 Memorias de la Real 

Por esta breve reseña se echa de ver que la dominación de los nor- 
mandos no fué permanente en nuestras costas, sino pasajera: mas sin 
embargo, ¿dejaron de ser vencedores ó vencidos? En el primer caso, ¿no 
se aumentaron las relaciones de nuestros mayores con estos extranjeros? 
Y en el segundo, ¿no pasaron sus despojos á manos de los españoles? ¿No 
se aprovecharían estos de sus vestidos y usarian los que reconociesen de 
mayor comodidad? Confróntense los monumentos de una y otra nación, 
y viendo la entera conveniencia que guardan entre sí, se conocerá fácil- 
mente la verdad de nuestra aserción. 

A todas estas circunstancias, que sin duda alguna influyeron en la 
alteración del trage nacional, podemos añadir los enlaces de la Real fa- 
milia con las casas extranjeras. Ya en el siglo de la restauración 
de la monarquía, tenemos el matrimonio de la Infanta Fabinia, hija 
del Rey Fabila con Luifredo, tercer duque de Suevia: el de Thisiena, 
hija de Bermudo I y de Osenda Nunilona, con Masilio, duque de 
aquel estado, hermano de Hildegarda, muger de Carlo-Magno y nieto de 
Fabinia, y el de Alfonso II con Bertinalda, princesa de la casa Real de 
Francia: en el siglo IX el de la Infanta doña Sancha, hija de Alfonso III, 
con Conrado, duque de Suevia, y finalmente, en el XI y último de la 
presente época, el de Alfonso VI con Inés, hija de Guido, duque de Aqui- 
tania , y de su muger Matheoda, por cuya mediación se admitió el oficio 
romano, quedando abolido el gótico. El Papa Gregorio VII con este motivo 
envió un legado que declaró nulo este matrimonio por el parentesco que 
tenia con su primera muger Aguda, y el rey, sometiéndose al anatema 
del Pontífice, dejó á Inés y tomó á Constanza de Borgoña, hija del duque 
Roberto I y de Ermengarda de Semur. Muerta Constanza, contrajo nuevo 
enlace con Berta, hermana del conde don Berenguer Ramón de Barcelona, 
su yerno, y seguidamente por fallecimiento de esta, con la princesa Zayda, 
hija del Rey de Sevilla Mahomet-aben-abet, que tomó el nombre de Isa- 
bel, habiendo entregado antes á su hija natural Teresa al conde Enrique 
de Besanzon (1). 

A todos estos enlaces precedieron legados de una y otra parte para 
ajustar los contratos, y acompañaron regalos, fiestas y demás celebrida- 
des acostumbradas en semejantes ocasiones. De esta comunicación con los 
reinos extranjeros, resultó necesariamente el tomar unos y otros ciertos 

(1) Florez, Reinas católicas. 



Academia de la Historia. 31 

vestidos, telas y alhajas para su uso. Verdad es esta fuera de toda duda, 
y si nos acercamos á examinar nuestras escrituras y cronicones, y á com- 
pararlos con los de los franceses, sajones, alemanes é ingleses, hallare- 
mos una multitud de voces que, aunque bárbaras, tenían una misma 
acepción y sentido (1). 

Los moros á su entrada no habian perdonado los templos ni aun las 
habitaciones particulares, y «non hobo cibdad nin villa buena en España 
que non la destruyesen los árabes» (dice Rasis). Sobre aquellas ruinas le- 
vantaron nuevos edificios: hermosearon los fértiles campos que bañan el 
Guadalquivir, el Guadiana , el Dairo , Genil y Túria con floridos jardines, 
y distribuyeron las aguas sobre la superficie, porque poseían las ciencias 
exactas, las naturales y las bellas artes. De sus mezquitas y alcázares aun 
nos quedan restos que admiran al viajero por su ímprobo trabajo y proli- 
jidad , en donde se halla confundida la arquitectura egipcia con la grie- 
g<i. Los almocárabes y ajaracas sustituyeron á los frisos y molduras áticas. 
Las casas por el exterior tenian pocas ventanas ó agimeces, y estas solo 
servían para comunicar la luz á las tarbeas ó salas y á las alhamías, que 
eran las alcobas construidas en los huecos de las paredes. Las alfaquias ó 
palios no tenian mas que un piso y se adornaban de naranjos y limoneros, 
comunicando á las habitaciones la fragancia que se desprendía del azahar: 
todas estas piezas estaban adornadas con alfarges ó artesonados de ma- 
dera de alerce y alizares, especie de azulejos. Tal era la distribución de 
las habitaciones que generalmente usaban los moros podt rosos y ricos, 
pues la gente pobre se limitaba á unos alojamientos miserables, y por lo 
común desaseados (2). 

Entre tanto se hallaban los españoles tan atrasados en las ciencias y 
las artes, que sus monumentos nos han dejado una prueba positiva de su 
rusticidad; no brilla en ellos la eleganna ni el primor que se encuentra 
en los del Oriente, y de aquí es fácil venir en conocimiento de que los 
restos de la población d<d Mediodía, encerrados en la aspereza de los mon- 
tes, no ha podido trasmitirnos modelos dignos de excitar nuestra admi- 
ración. La incuria y abandono de nuestros mayores dejó arruinar sus 
templos pequeños y sencillos, donde en relieves de gusto depravado y 
bárbaro esculpieron algunas memorias de sus trages ton varios adornos 



(1) Du Cango , ¡¡¡losar. 

(2) Ce:in Bft] mudez, arquitectos y arquitectura de Esp. , t. \. 



38 Memorias de la Real 

que caracterizan el ingenio de aquellos tiempos de penuria y temor. Sin 
embargo, aun conservamos la memoria de los arquitectos Tioda, Viviano, 
Gina y Pedro de Dios, que en medio de la decadencia de las artes supie- 
ron aplicar á sus obras un orden misto que es preciso admirar por su 
sencillez y pobreza. La iglesia de Santa Olalla de Pamia, cerca de Cova- 
donga, se supone edificada por el mismo restaurador de la Monarquía 
sobre los años 720. La de Santa Cruz de Cangas de Onís, que aun hoy 
existe, la fundó su hijo don Fabila en 739, según consta de la inscripción 
que se puso sobre el arco de la capilla y del cronicón del obispo Sebas- 
tian (1), cuyo escritor asegura que don Alonso el Católico en los años 746 
construyó y restauró muchas basílicas (2), tales como el monasterio de 
benedictinos de San Pedro de Villanueva en Asturias, en memoria de la 
desgraciada muerte de su cuñado el Rey don Fabila luchando contra up 
oso (3), y don Silo la iglesia de San Juan en el lugar de Sanliañez de Pra- 
via en el de 776, como lo atestigua una inscripción en forma de laberinto 
y nos lo indica el obispo don Sebastian, asi como una escritura del ar- 
chivo de Oviedo datada en el de 905 (4). 

Don Alonso el Casto, después de haber trasladado su corte á esta 
ciudad en el año 800, edificó la basílica de San Salvador y otras dos de- 
dicadas á Santa María y San Miguel, pero fueron demolidas, y el único 
vestigio que resta es la capilla de la Cámara Santa: al propio tiempo cons- 
truyó en la misma capital un palacio con la iglesia de San Tirso (5) y á 
extramuros el templo de San Julián. 

Don Ramiro I mandó levantar á media legua de Oviedo la iglesia de 
nuestra Señora de Naranco, donde se ven entallados algunos caballeros 
armados y mugeres (6); y una inscripción que se conserva bastante bor- 
rada, nos da la luz necesaria para creer que se edificó por los años 



(1) Fabila sepultus cum uxore sua lus Rex et uxor ejus Adosinda Regina. 

Regina Froleba territorio Cangas in ecclesia (b) Cujus operis pulcritudinem plus prte- 
SanclEe Crucis, quam ipse construxit, fuit sens potest mirari quam eruditus scriba lati- 
era DCCLXXVII. dare.-Sebast., Cronic. 

(2) Basílicas plures conslruxit et restau- (6) Interea supra dictus Rex ecclesiaui 
ravit. condidit in memoriam Sánelas Marías....- 

(3) Fr. Prudencio de Sandoval, cinco mire pulcritudinis, jjerfectique decoris; et 
Obisp. ut alia decoris ejus taceam cum pluribus 

(4) In territorio Parabia monasterium centréis fornaceis si concamerata, sola calce 
Sancti Joannis Evangelistas, ubi jacet Si- et lapide constructa.-Sebast. , Cronic. 



Academia de la Historia. 39 

848; y por último, otro templo que hoy dia llaman los naturales San 
Miguel de Lino, á igual distancia. 

Don Alonso el Magno hizo construir el castillo de Gauzon, cerca de 
cabo de Peñas, con torres proporcionadas que sirviesen de atalayas para 
precaverse de las incursiones de los normandos , y dentro una iglesia de 
preciosos mármoles dedicada al Salvador. En el año 875 edificó otro 
fuerte en Oviedo para su propia seguridad, y que actualmente sirve de 
cárcel pública , pero el tiempo no ha podido destruir la piedra donde se 
halla esculpida la época del edificio (1). En Tudela, cerca déla misma 
capital , levantó otra fortificación , asi como los palacios de Boides á las 
inmediaciones de Gijon. Erigió y restauró otros muchos templos, y aun 
se conserva la iglesia de San Salvador del monasterio de Val-de-Dios, del 
orden del Cister, que fué consagrada en 892. Las iglesias de San Mancio 
de Sahagun , la de San Miguel de Escalada, la de Compludo, la de San 
Pedro de Montes, Peñalba y otras, son ciertamente monumentos que 
atestiguan la munificencia y devoción de este buen Rey. 

En Barcelona subsiste todavía la iglesia de San Pablo del Campo, man- 
dada edificar por Wifredo II á principios del siglo X; mas es preciso ad- 
vertir que este templo quedó bastante arruinado cuando los moros toma- 
ron la ciudad, pero fué restaurado por un respetable varón llamado 
Gausberto Guitardo en compañía de su muger Rotlandi el año 1117 (2). 

La capilla de San Zoarnin, en la parroquia de Puelles, concejo de Vi- 
llaviciosa en Asturias, fué construida y consagrada en el año 968. En el 
de 980 la iglesia de San Salvador y Santa María , cerca de Balneare ó 
Baños, en las montañas de León; y por el mismo tiempo el conde Suñer 
y la condesa Richíldi reedificaron en Barcelona la iglesia de San Pedro 
de las Puellas que habia fundado Luis el Pió. Últimamente, en los si- 
glos IX y X se edificaron también las de San Pedro de Rocas y otra in- 
mediata á la de Peñalba, adornadas de molduras y columnas de mármol 
con bastante primor. 

Ya entrado el siglo XI y por los años 1 006 se edificó la iglesia de San 
Salvador de Deva por orden de la Reina doña Velasquita , primera muger 
de Bermudo II, porque una leyenda que se halla en una puerta pequeña, 



(1) In xpi nomine Aldeplionsus Princeps (2) Pujades, Cronic. uní-ver. de Catavuñ. 

cum conjuge Scemena hanc aulam construe- t. 6, lib. 9, c. %%. 
re sancsesurunt in era DCCCCXIII. A. 



40 Memorias de la Real 

dice: «In nomine Domini Jesu Christi pro cujus amore Velasquita regina 
proli Ranimiri edificavit teraplum Domini Sancti Salvatoris:» y don Alon- 
so V, después de la reconquista de León, labró la iglesia de San Juan 
Bautista ; pero los Reyes don Fernando de Castilla y doña Sancha de León 
la derribaron para fundar la que titularon de San Isidoro. 

Parecerá á primera vista que en unos siglos de tanta miseria y de tan 
pésimo gusto, en que la arquitectura casi se habia horrado déla memoria 
de las bellas artes, se hallen vestigios en columnas de mármol, trepanes 
y relieves, y que se empleasen las piedras sillares; «pero nosotros creemos 
(dice Jovellanos) (1) que el modo de edificar ejercitado en España desdo 
la entrada de los árabes hasta el siglo XIII teniendo un carácter peculiar 
y señalado, debe también formar una época en la historia de nuestra 
propia arquitectura. Esta época comprende cuatro siglos y medio, poco 
mas ó menos, esto es, desde los principios del VIII hasta fines del XII, y 
á ella pertenecen dos especies de arquitectura: una verdadera y propia- 
mente arabesca, de que hablaremos algo en la nota siguiente; y otra que 
yo Mamaria con mucho gusto, y no sin buena razón, arquitectura astu- 
riana, por el país en que principalmente se usa, y de la cual daremos 
aquí alguna noticia. 

«Son ciertamente raros y poco célebres los edificios pertenecientes á 
esta época. En ella la construcción, aunque harto grosera y maciza, no 
por eso resultaba sólida: pues no basla acumular materiales para hacer 
edificios firmes si los principios científicos no distribuyen el peso y fuer- 
zas de cada parle de la obra, según el oficio y destino que tiene en el todo. 
Fuera de esto, los edificios de aquel tiempo eran humildes y ruines, digan 
lo que quieran sus encom ¡adores: estaban todos cubiertos de madera por- 
que se ignoraba el arte de hacer bóvedas, y de aquí resultaba, no solo 
la facilidad de incendiarse, sino también la de desplomarse frecuente- 
mente los techos, correrse las aguas, recalarse las paredes y llegar mas 
prontamente al término que la condición perecedera de las cosas humanas 
tiene señalado á las de esta especie. 

«Sin embargo, Asturias conserva todavía algunos edificios muy pre- 
ciosos de esta época.... y ofrecen á los amantes y profesores de arquitec- 
tura una curiosa colección de monumentos por la mayor parte de entera 
y perfecta conservación, que no se hallarán en otro país alguno, y que se- 
fli Elogio de don Ventura Rodrig., t. 2, not. 9, de la Colee, de sus obras en prosa y verso. 



Academia de la Historia. 41 

ñalan exactamente el estado del arte de edificar en este largo período; 
¡ojalá que nuestros profesores, antes de pasar los Alpes en busca de los 
grandes monumentos con que el genio de la Arquitectura enriqueció la 
Italia , buscasen al pié de los montes de Europa estos humildes pero pre- 
ciosos edificios que atestiguan todavía la sencillez y sólida piedad de nues- 
tros padres! 

«Entre tanto no me propasaré yo á analizarlos, pues aunque los reco- 
nocí muchas veces, nunca he tenido tiempo ni la pericia necesaria para 
una operación tan prolija y delicada. Pero sí diré que el carácter que les 
doy en mi discurso se descubre constantemente en todos. Pequeños en ex- 
tremo , de escaso y grosero ornato , mas macizos que firmes , y mas pesa- 
dos que sólidos ; si por una parte indican la ignorancia de sus artífices, 
por otra prueban mas claramente la pobreza de aquellos tiempos en que, 
desconocidos del todo la industria y el comercio, ocupada la nación en la 
guerra, y el pueblo solariego, agricultor y guerrero á un mismo tiempo 
y obligado además á sustentar al Rey y á los señores, hacia bastante con 
extender los productos de su trabajo al puro necesario para llenar otros 
objetos. No habia, pues, sobrantes, esto es, riqueza; no habia lujo, no 
habia bellas artes: ¿cómo, pues, podría haber cosa que mereciese llevar 
dignamente el nombre de arquitectura ? 

«Pero una observación muy curiosa ofrecen algunos de estos monu- 
mentos , y es que aunque en ellos se descubren todavía los tipos y miem- 
bros del antiguo ornato toscano, bien que bastante alterados en sus for- 
mas y módulos, alguna vez presentan tal cual rasgo del gusto y ornato 
arabesco, como se ve en la Cámara Santa de Oviedo, y en los trepados de 
las ventanas exteriores de la iglesia de San Miguel de Limo, que son del 
siglo IX, y acaso vendrán del mismo origen los capiteles labrados con ca- 
prichos de escultura , como los de la iglesia de Villanueva y otros. Mas no 
por eso calificaré yo esta arquitectura de arabesca, no solo porque la que 
hoy lleva este nombre no nació hasta los fines del siglo VIII ó principios 
del IX, sino porque nada hay mas distante del carácter de esta y de la 
que llamamos asturiana. 

«Bien conocemos que esta arquitectura no se contendria dentro de los 
límites de Asturias por el largo espacio de tiempo que comprendemos en 
su época. Ella sirvió sin duda para todas las poblaciones y establecimien- 
tos hechos por los Reyes de Asturias de la parte de acá d« los montes, y 
mucho mas después que trasladada la corte á León, á principios del sí- 
tomo ix. 6 



42 Memorias de la Real 

glo X, fué mas rápida la población de aquel reino y el de Castilla. Sin 
embargo, congeturamos que hasta después de la conquista de Toledo, no 
pudo engrandecerse ni mejorarse su estilo; y una prueba de esto es que 
para encarecer don Lúeas de Tuy la excelencia de las obras que mandó 
construir en Burgos don Alfonso VIII cuando fundó allí el monasterio de 
las Huelgas, el hospital de Peregrinos y el palacio Real, dice por gran 
ponderación que estos edificios se hicieron de piedra ó ladrillos (1), cuya 
expresión repite hablando de los que mandó edificar en León la Reina 
doña Berenguela (2). Esto nos hace creer que por entonces la mayor parte 
de las fábricas seria de tapia ó terrizas, ó tal vez de adobes; pues de otro 
modo ¿á qué vendrían las expresiones del Tudense si no conspirasen á dar 
una idea de la magnificencia de aquellas obras? Mas por lo que toca á su 
carácter tenemos por cierto que no se alteró ni cambió hasta los fines del 
siglo XII.» Hasta aquí Jovellanos. 

Es muy probable que las cobijas de que se servían los godos monta- 
ñeses se redujeran á un solo cuerpo, y la principal habitación de que 
cuidaran con mas esmero fuese el establo y el hogar para guarecerse 
del frió. Las escrituras de estos tiempos hacen mención de huertos, y 
aunque no guardasen comparación con los pensiles de la Bética, eran su- 
ficientes para surtirles de frutas y hortalizas. 

Los barones vivian encastillados con sus familias, cuyas fortalezas, si- 
tuadas en la parte mas elevada de su feudo, servian de atalayas para des- 
cubrir el horiz* nte y ponerse en defensa cuando los moros hacian sus al- 
garadas. Eran los jefes de sus vasallos, á quienes convocaban por medio 
de sus anubdalores y fonsaderos para formar sus mesnadas, con las que 
concurrian al sitio emplazado por el Rey para que hiciese el alarde de la 
hueste. En tal estado de estupidez y de pobreza, el lujo no podia ejercer su 
imperio: se ignoraban los principios de economía política; el comercio aun 
no habia salido de la infancia; desconocíanse las bellas artes, y los artistas 
se contentaban con seguir las maneras rutinarias que habian aprendido de 
sus antepasados, sin adelantar un paso para su perfección mecánica. 

Sin embargo, ya en el reinado de Alonso III se descubren los primeros 
destellos de la civilización. La orfebrería se conocía entre los godos espa- 
ñoles refugiados en las provincias de Asturias, Galicia y León, pero no nos 
atreveremos á sentar como una verdad que naciera de su propio ingenio: 

(1) Pag. inilii, 108.-; Cronic. mundi. (2) Id., pág. mihi, MO. 



Academia de la Historia. 43 

su situación civil no era la mas á propósito para establecer talleres de 
obras tau delicadas, y pudieron en este concepto haber venido de Italia y 
Francia algunos maestros que ejercieran esta profesión, aunque nos pa- 
rece mas probable qut; los cautivos árabes tomasen á su cargo el destino de 
joyeros, tanto por su primor é inteligencia, como para hacer por este medio 
menos dura su esclavitud, ganando la confianza de sus amos. Sea cual 
fuere la probabilidad de estas reflexiones, el referido Rey don Alonso III 
mandó elaborar en el castillo de Gauzon una magnífica cruz de oro de vara 
y cuarta de alto y tres cuartas de ancho, guarnecida de piedras cornelinas 
y camafeos, con la inscripción de la era en que se trabajó, para adorno de 
la catedral de Oviedo. Froila II regaló también á San Salvador una pre- 
ciosa arca de piedra ágata < con engastes de oro y matizada de piedras 
finas, en cuyo fondo, que es de plata, están grabados los nombres de los 
Reyes donadores con la era 949. Pero lugar tendremos de reconocer las 
escrituras de estos tiempos, por donde veremos muchos vasos sagrados, 
servicio de altar, vajilla para la mesa y multitud de alhajas, tanto de uso 
personal como para decoro de las habitaciones, así de oro como de plata 
buriladas con primor y adornadas de piedras preciosas que se trabajaban 
en España; pero al paso que esta inteligencia artística se pulia gradualmen- 
te, ¿no será fácil hallar entre los desastres que afligían á la nación algunos 
vestigios de nuestra literatura? ¿Nos limitaremos á creer que solo la espada 
enseñaba el camino de la gloria, y que Minerva no se dignaba derramar 
sus dones á un puñado de españoles condenados al embrutecimiento? 

Es bien notorio que la instrucción se hallaba entonces reducida á un 
corto número de eclesiásticos, que careciendo de buenos modelos y aun 
de principioi gramaticales, no podian hacer grandes progresos. Apenas 
salvaron muchos de ellos los libros sagrados y la doctrina de la Iglesia, se 
vio envuelta en las tinieblas que acompañaron la entrada de las falanjes de 
Mahoma. 

Envilecidas las facultades intelectuales con una degradante servidum- 
bre, se hallaban como embotadas, y el espíritu humano se desarrollaba 
con timidez , pues hasta el nombre de filosofía se habia perdido en el ca- 
tálogo de las ciencias. Un tratado de gramática era tan raro, que llegó á 
mirarse como ofrenda digna de un Monarca; y hallamos aun en los cabil- 
dos y comunidades religiosas de aquel tiempo tal escasez de libros elemen- 
tales, que pueden acreditar la dificultad con que se transmitirian los cono- 
cimientos humanos. 



44 Memorias de la Real 

Mas á pesar de todo lo expuesto, Froila Cid , hijo de Odoario el Ciego, 
que lo era del Rey don Ordoño I y de doña Nuña, fundó en Palencia el 
monasterio de Santiago apóstol. En sus estatutos dispone que haya tres 
colegiales encargados de enseñar todas las ciencias á los adultos en tres 
aulas separadas, previniendo que tenga puerta cada una á la calle, porque 
dice: «Vendrá una multitud de jóvenes para aprender, no solo de las in- 
mediaciones, sino también de países distantes, con gran complacencia de 
todos, así nuestra como de los amantes de as letras que no están en opo- 
sición con las armas, disponiendo al propio tiempo que haya dos cate- 
dráticos que enseñen gramática y retórica (1). 

Una prueba de la ignorancia y del mal gusto que reinaba á la sazón 
en el cultivo de la literatura, lo acredita la fecha de este documento, el 
cual dice así: «Facía caria donationis el ordinationis nostñ testamenti in Pa- 
lentia in congregalione capiluli memorati nostri Monaslerii ipsa? diie Sancti Ja- 
cobi Hispania? aposloli el defensoris quce esl quinna Julii super decabina, era 
cunea cenlia super penti triali trina.» Todo este aparato de palabras, des- 
pués de adivinado trabajosamente, quiere decir: que la escritura se otor- 
gó el dia de Santiago el Mayor, esto es, el 25 de Julio de la era 959, por- 
que añadiendo diez á quince resulta el dia 25; y si á nueve veces ciento 
se le añaden cinco veces diez y tres veces tres, re.mlta la era 959. 

Nada se habia adelantado en la legislación, y el único código que regía 
para refrenar los abusos y castigar los crímenes era el Fuero Juzgo, por 
el cual se sustanciaban las causas y se aplicaba la pena al delincuente; á 
pesar deeslas leyes generales, los señores, tanto civiles como eclesiásticos, 
imponían castigos sin olía autoridad que su conveniencia, su poder y su 
capricho. El orden ecuestre solo anhelaba el combate y la gloria de las ar- 
mas, y la menor discordia general ó particular se decidia con la espada y 
el puñal. El pueblo , tan grosero como las demás clases del estado , no sen- 
tía el peso de su esclavitud; sujeto al feudalismo y la tiranía de sus seño- 
res, les pagaba mas laudemios y tributos que á los Reyes, sometiéndose 
con degradación á exacciones opuestas á la naturaleza y á la moral del 
Evangelio: finalmente, guerreaba sin gloria por los caprichos de los gran- 
des y sin esperanza d ; recompensa de sus largas fatigas. 

La urbanidad y el trato social participaban del carácter sombrío que 

(1) MSS. de la Real Acad. de la Hist., t.6, Benito Martinez Gómez Gayóse. 
igles. en Falencia : colección diplomat. de don 



Academia de la Historia. 45 

era el resultado necesario de una vida agitada por las enemistades de las 
familias de los proceres y por las continuas invasiones de los moros, que 
deseosos de concluir la conquista, repetian sus cabalgadas contra los cris- 
tianos. Estas continuas alarmas despoblaban las ciudades y lugares, y la 
necesidad de defenderse obligaba á arrojar la esteva , el telar y la aguja 
para empuñar las armas. 

Por los hechos principales de la época presente se echa de ver que 
los españoles habian comenzado las especulaciones mercantiles á fines del 
siglo XI. Es verdad que ya en los anteriores venian del Oriente algunas 
telas de algodón y seda; pero este comercio lo harian probablemente los 
árabes, mas relacionados que nosotros con el Asia y el África; y si tene- 
mos cuenta con el genio agiotista de los judíos , no será difícil convenir 
en que estos se dedicasen á semejante tráfico para satisfacer la usura 
propia de su índole. Quizá un examen de los materiales que encierran los 
archivos, arrojaría datos suficientes para calcular la destreza de nuestros 
mayores en la navegación. Entonces los veríamos salir de los distintos 
puertos de la costa con cargamentos de frutos y caldos para traer á bordo 
de sus galeras, taridas y leños, los géneros de Levante; así como está de- 
mostrado que los catalanes fueron los primeros que pasaron á Ultramar 
donde establecieron factorías, contrataciones y consulado?. 

No tenemos noticia que en los siglos VIII, IX y X hubiese mas diver- 
siones que la caza y las danzas populares: para la primera criaban con 
esmero varias aves de rapiña en azoreras ó aztoreras, gabilanceras y po- 
lleras, según las llaman los documentos coetáneos: algunas por su habili- 
dad valían hasta doscientos sueldos, como- lo hallamos confirmado en 
varias escrituras, y mas principalmente en la pragmática de posturas del 
concejo de la Bureba por don Alonso el Sabio en el año 1252. En ella 
prohibe se toquen los huevos de los nidos, ni se extraigan los polluelos 
fuera del reino, bajo pena de cortar la mano ó de ser ahorcado el contra- 
ventor. Pone precio á los azores garceros, anacieres, perdigueros y tor- 
zuelos (1), á los halcones bornis (2), baharis (3), neblís (4) y sacres (5), 
y á los gabilanes cercetos y guadornigueros (6). Semejantes penas impues- 

(1) El pollo de halcón que sale el tercero (4.) Halcón de vuelo muy rápido, del verbo 
del nido. nibl, disparar. 

(2) Halcón áeil y fuerle, del árabe barraní. (5) Del árabe sacre, y también de sakre. 
(3| Halcón de color rojo para la caza de (6) Para la caza de las codornices. 

asua , bahari. 



46 Memorias de la Real 

tas sobre objetos de pura diversión y otros que forman el código penal de 
los pueblos aforados, son ciertamente repugnantes, pero inevitables y 
consecuentes al estado de una nación guerrera que, asaltada de continuo 
por invasiones exteriores y disensiones domésticas, no reconocían la mo- 
ral pública sino por los efectos del castigo. 

Es difícil interpretar un sinnúmero de voces propias de esta época, 
en que el latin habia llegado á su total corrupción por la falta de li- 
bros y escuelas públicas que lo conservasen con la elegancia y pu- 
reza primitiva. El olvido de sus reglas y principios habia conducido 
el idioma á un caos de palabras derivadas de las lenguas septentrio- 
nales y del Oriente, que ban quedado á la posteridad como monstruos 
indefinibles. Sin embargo, por la lectura de los instrumentos públicos 
se viene en conocimiento del romance de estos siglos, que podemos 
mirar como la infancia del idioma actual; y si bien todas las escri- 
turas fueron otorgadas por los clérigos y monjes, los cuales por su 
estado habian aprendido el latin, se deja percibir por el contexto de 
ellas el lenguaje vulgar confundido con el primero , cuya construc- 
ción fué desapareciendo progresivamente desde el siglo VIII en ade- 
lante (1). 

Desde luego nos propusimos dar una noticia de los géneros que estu- 
vieron en circulación durante esta época. Para explicar los trages, mue- 
bles, armas y demás utensilios, ha sido forzoso examinar muchas colec- 
ciones diplomáticas, y aunque gran parte del trabajo ha sido inútil, 
podremos lisonjearnos de haber adelantado en los significados de tantos 
barbarismos como se incluyen en las escrituras de los siglos medios, y 
poder deducir del contexto de los fueros que los españoles no carecían 
de telares para elaborar los géneros que debian servir para su vestido, si 
bien no fuesen estos exquisitos y de lujo como los que se introducían del 
extranjero. 

Del lino se hizo uso con bastante frecuencia, del que se hacían lienzos 
delicados, llamados bissos , para velos (2), frontales (3), túnicas (4), 



(1) Véase el P. Andrés Burriel en su pa- la Acad. de la Hist. , t. 12-; Alonso II á la 
leograf.-\ Bernardo Alderele, don Greg. Ma- igles. de Oviedo, 16 calend. , Dic. 812. 

yans y Sisear , Orig. (3) ídem. 

(2) Abella, colee, diplom. de Esp., mss. de (4) ídem. 



Academia de la Historia. 47 

albas (1), casullas (2) y planetas (3); y para sábanas (4), mantos, 
manteles de mesa (5) y altar (6), cortinas (1) y vestidos en general (8) 
de una calidad inferior. Algunas prendas de este género se adornaban con 
franjas de oro, y por las mismas escrituras citadas se verá que no solo 
eran los lienzos blancos, si que los habia de diversos colores, y tan finos, 
que pudieran compararse con los modernos. Las piezas de lino es muy 
natural que se tejieran en España , porque en la mayor parte de los ins- 
trumentos legales se mencionan los Cañamares y linares como prueba de 
que se cultivaba con esmero; su medición seria por codos, y así lo da á 
entender la donación del monje Enneco al monasterio de San Juan de la 
Peña , fecho en 17 de las calendas de Noviembre de 1 1 06, en la que dis- 
tingue una pieza de lienzo de lino de cuarenta codos (9). 

Del algodón también hacen referencia los mismos. El obispo don Ove- 
co, en su testamento otorgado en 8 de las calendas de Junio de 951, dejó 
al monasterio de San Juan de la Vega una casulla de Zamor encarnado, 
esto es, de tela tejida en Azmur, ciudad de África á tres leguas de 
Mazagan, y dos togas de algodón amarillo y blanco (10); y en el inventa- 
rio de la biblioteca de Roda, formado en el siglo XII, hay entre otras 
alhajas tres togas de esta especie (11). ¿Pero seria este de la cosecha de 
la costa meridional de España que dominaban los moros, ó acaso vendría 
del Oriente? Esta cuestión está aun por resolver. 

Lo mismo decimos de la seda que, con el nombre de sérico, olo-sérica, 
siria:, sirgo ó Iran-sirgo, aparece en nuestras escrituras. Es muy común 
desde principios del siglo IX, y de ella se fabricaban estofas de diferentes 

(1) Florez, Esp. Sagr., t. 36, apend. 3 idus Mayo, 922-; Id. escrit. 79, 12 cal. Feb. 
Don Pelayo , Obispo de León , á su igl. ,10 1 025. 

Nov. 1073. (5) Florez, t. 36, ap., donac. del Obispo 

(2) Llórente, t. 3, pág. 93, 21 Mayo don Pelayo, 10 Nov. 1073. 

864-; Yep., cron. de San Benito, t. 5, es- (6) Abad y la Sierra, colee, diplom. de 

crit, 1?, 6 cal. Oct.892-; Abella.t. 12, fundac. Esp. ,mss. de la Acad. de la Hist.,t. 15, con- 

del monast. de San Adrián y Natalia, 929-; sagr. de la igles. de Roda. 

Florez, t. 34, ap., don Oveco al monast. de i7) Marc. hisp. , ap., col. 1193. Testam. 

San Juan de la Vega, 8 cal. Jun. 951 -; ídem, de Guillermo Raymund. cond. de Cerdañ. 

t. 36, fundac. del monast. de San Miguel de non. Ocl. 1095. 

León, 1029. (8) Abella , t. 12, testam. del abad Fulga- 

(3) Marc. hisp., ap., col. 822, 7 'cal. Jul. redo, non. Junio 861. 

890. (9) Abad y la Sierra, t. 6. 

(4) Yep. , t. 5, escrit. 9 , 3 idus May. 922-; (10) Florez, t. 34, ap. 
Escalona, hist. de Sahag., ap. 3.°, escrit. 11, (11) Abad y la Sierra. 



48 Memorias de la Real 

tejidos y labores aplicables á varias prendas: sin embargo, se puede pre- 
sumir que los árabes cuidaran de esta semilla para el lujo que ostentaban 
en todo su vasto dominio, y el despacho que de ella hacían los fabrican- 
tes les haria emprender este comercio lucrativo. La historia del moro 
Rasis, que según don Diego Clemencin pudo escribirse á mediados del 
siglo XI (1), hace mención de que la plaza de Almería fué morada de 
maestros hábiles, que construían buenas galeras y habia fábricas de paño 
de seda tejido con oro: es muy cierto que semejantes telares eran céle- 
bres en aquella ciudad marítima, supuesto que el obispo de Frisinga Otón, 
en su crónica universal coetánea nos lo manifiesta y en época que el Rey 
Rugero no habia introducido estas estofas en Sicilia , para lo cual hizo ve- 
nir del continente de Grecia (2) operarios para su fabricación. Con este 
dato queda demostrado cuan en uso estaba en España, 

Alfonso II dio á San Salvador de Oviedo, en el año 812, unas aci- 
taras (3) y dos velos (4). El presbítero Protasio y sus compañeros al 
monasterio de Exalada, en Cataluña, el de 855 un cangave , plu- 
mares y un cupertorio (5). El conde de Castilla, don Diego Rodríguez 
Porcelos, al de San Félix de Oca en 864 , seis casullas (6). La Infanta doña 
Elvira (que creemos sea la hija de don Ramiro II), dio á Sahagun en 970 
vestidos sacerdotales, lechos y cubiertas (7). Don Ñuño, obispo de León, 
regaló al monasterio citado de San Félix en 1 020 dos alhagaras (8). El 
Infante don Ordoño con su muger doña Fronilde en 1 042 al de Santa 
María, un plumazo (9), y lo mismo García Blazquez, hijo de doña Oria, 
al de San Juan de la Peña en 1075 (10). Doña Urraca, hija de don 
Ramiro I de JÍragon, en su testamento deja una linga (11), y por último, 
en el inventario de la biblioteca de la catedral de Roda se enumeran cor- 
tinas de lino listadas de seda y pulvinarias. 

Otra tela era corriente en España para los mismos objetos, con corta 
diferencia, pero que en to los los legados lleva el nombre de paleo; quizá 
por el servicio de cama á que estaba destinado , así como para aforros, 
cortinas, capas y otros vestidos, podremos venir en conocimiento que 

(O Memor. de la Acad. de la Hist. , t. 7. (7) Escalón. , ap. 3.°, escrit. 45. 

(2) Lib. 1 , cap. 33. (8) Risco, Esp. Sagr. , I. 36 , ap. 

(3) Risco, Esp. Sagr., t. 37, ap. (9) Id. 

(4) Abella, t. 12 , Alfon. II, año 812. (10) Abad y la Sierra , t. 6. 

(5) Marc. hisp., col. 788. (H) Id., t. 12. 

(6) Llórente , t. 3 , pág. 93. 



Academia de la Historia. 



49 



fuese de lana ; pero es preciso no confundir esta palabra con el pallium de 
los griegos y romanos, si bien el género pudo tomar de él su etimología. 
La escritura mas antigua que lo menciona es la de don Alfonso II á la 
iglesia de Oviedo, á quien ofrece catorce velos, dos pallas de sobre-altar, 
treinta y un frontales y sobre-evangelios. La del conde Porcelos lega seis 
galnapes y nueve plumazos. El acta de consagración de la iglesia de San 
Pedro de Ripoll en 890 anota cuatro planetas (4), y San Rosendo dona en 
892 al monasterio de Celanova dos fa toles, siete galnapes y diez plumazos 
esquisitos (2). El Rey don Sancho I el Gordo, de Castilla, en la donación 
que Miliki hizo á San Salvador de Porma y Sahagun en 960 , aparece una 
cama de paleo de superior calidad (3). El Rey don Sancho I de Navarra, 
con su muger doña Toda, ofrece al monasterio de Ley re en 94 9 un galnape 
y dos pulvinas (4). Don Froilan, obispo de León, dio al monasterio de 
Sahagun en el año 4 000 varias iglesias, y recibió en robla una cama de 
paleo que valia cien sueldos (5). La carta de restauración á la vida canó- 
nica de la iglesia de Barcelona en 4 009 previene se distribuya para remedio 
del alma deBonucio catorce péleos de varios colores (G). El conde de Urgel 
don Ermengardo, en su testamento otorgado en 4 04 0, deja al sacerdote Bello 
su bambezo de paleo; y al de igual dignidad, Bernardo, su pelliza forrada 
de aquel género; y á Santa Cruz de Barcelona, diez onzas de oro para 
comprar paleo para capas (7). Doña Godina Nuñez hace donación á Sa- 
hagun en 4 025 de cinco camas de paleo con diez facerolios (8). En la con- 
sagración de la iglesia de Roda, de que hemos hablado anteriormente, re- 
sulta entre los donativos un paleo con oro, y un bancal del mismo género; 
y el conde de Cerdaña, Guillermo Jordán, dio en 1 077 á la iglesia Corne- 
lianense cuarenta cerdos anuales y cinco fexos de paleo, esto es, cien rollos; 
porque en antiguo catalán la palabra fex vale lo mismo: los castellanos la 
adoptaron con la variante de fage, y así en el inventario de las armas y 
pertrechos del castillo de Tudela se anotan cuatro fages de cuerdas para 
los ingenios (9). Ya nos valimos del testamento de la infanta doña Urraca, 
hija de Ramiro I de Aragón , para confirmar las estofas de seda , y en el 
mismo instrumento se habla del farelo ó fatel de paleo, que fué de su pa- 



(1) Marc. hisp. , ap. , col. 832. 

(2) Yepes , t. 5, escrit. 1.* 

(3) Escalón. , ap. 3.°, escrit. 35. 

(4) Abella, t. 22. 

(5) Escalón., ap. 3.°, escrit. 7i 

TOMO IX. 



(6) Marc. hisp. , ap. , col. 968. 

(7) Id. , col. 973. 

(8} Escalón , ap. 3.", escrit. 79. 
(9) Culeco, diplom. de Fernando IV, pá- 
gina 309. 



50 Memorias de la Real 

dre , el que manda se entregue al obispo su maestro, para hacer una ca- 
sulla para San Pedro. Yepes, por último, en la donación de Gontroda Pé- 
rez, madre de la Reina doña Urraca, á la vega de Oviedo en el año 
1153, dá una ínfula de paleo y dos dalmáticas (1). Resulta, pues, de los 
datos que acabamos de presentar, que el paleo fué indudablemente un 
género de mucho valor, supuesto que de él se hacia para los Reyes y 
grandes de la nación objetos de lujo y que merecian pasar por via de 
regalo á la iglesia para el culto y comodidad de los sacerdotes. 

Igual servicio hacia el paño grecisco en los cuatro primeros siglos de 
la restauración de la Monarquía. En cuasi todas estas escrituras se leen 
acitaras, almozalas, plumazos, fateles, casullas, dalmáticas, alhagaras ó 
alfajaras,. frontales y mantos de esta tela , que debería su origen á la Gre- 
cia, donde hubo de fabricarse con aceptación, y expenderse en Europa» 
En confirmación de lo expuesto, además de los documentos citados, el 
obispo don Pelayo de Lugo dio á su iglesia en 998 dos casullas (2). Fer- 
nando 1 el Magno, con su muger la Reina doña Sancha, al monasterio de 
San Isidro de León en 1063, un manto de color cárdeno (3). Doña Her- 
mesenda en 1073 donó al monasterio de San Salvador de Chantada un 
escogido frontal, casulla y dalmática; y en prueba de que servia también 
para aforros, oigamos al conde de Castilla Garci Fernandez, con su esposa 
doña Aba, que al fundar el de San Cosme y San Damián en Covarrubias 
en 9*78 «dárnoste (dice) fateles, alfaneques, in panos gratiscos (4)» y lo 
propio el conde Peranzules, que recibió por robla dos almuzalas, dos ali- 
fafes, uno ciniave pardo y otro alfaneque, ambos aforrados de aquel géne- 
ro (5). Por estos documentos puede inferirse que el maestro Berganza no 
entendió el significado de la palabra grecisca cuando la interpretó por 
bordado. 

La frisa, tejido de lana á modo de bayeta , aunque de mas cuerpo, pa- 
rece tomó este nombre por haberse fabricado en la baja Alemania (6). De 
ella hace mención la escritura de donación al monasterio de Exalada, por 
el presbítero Prolasio y sus compañeros, en data 17 de las calendas de 
Agosto del año 855 (7). Siendo esta tela burda y barata , es de presumir 
que la usara el común del pueblo. 

{i ) Orón, de San Benito, t. 7, escrit. 8.' (4) Id. , t. 5.°, escrit. 22. 

(2) Españ. Sagrad. , t. 40 , ap. (5) Escal. , ap. 3.*, escrit. 134. 

(3) Yep. , Orón, de San Benito, t. 6, ap., (6) Dicción, de la leng., i.' edic. 
escrit. 17. (7) Marc. hisp., ap., col. 788. 



AcADEMÍA DE LA HlSTORIA. 54 

El exage ó erage fué otra de las que queda memoria. Yepes inserta eu 
el apéudice de su tomo 5.° de la crónica de San Benito, la escritura do- 
nación al monasterio de Celanova, por San Rosendo, en data 6 de las ca- 
lendas de Octubre de 892, que dice: «Concedemos trece casullas la 

novena de exage encarnado,» y el Infante don Ordoño á Santa María de 
León en 1042, ofrece otra erage. También el alchaz y el albaz servia a] 
propio objeto, como lo nota el mismo San Rosendo; y don Oveco dá á 
San Juan de la Vega (1) una de color amarillo en el de 951 ; y en la carta 
dote que Alonso Ibañez dio á su hija Inés cuando contrajo matrimonio con 
Juan Alfonso, su data en 15 de Noviembre de 1303, se hace mención de 
una colcha de alcaz amarillo. 

Desde luego nos inclinamos á que la palabra exage, exagej ó erage, 
está corrompida por la ignorancia é impericia del copiante, y que su eti- 
mología es del árabe schagej, que quiere decir cosa hermosa, elegante; pero 
en lo que no cabe duda es en la significación del alchaz ó alkaz, que en 
la propia lengua es la seda. 

El barragan, tomado del mismo idioma, barrakan, se halla en lista 
en el legado de San Rosendo, pues una de las casullas la designa de este 
género, lo mismo que el feray de faray , cierto paño ó estofa, y el ma- 
raice con las variantes de márahace, márhaga, márfaga, mánfaga, már- 
fega, y por contracción marga ó almarga, de marjaze, cosa de poco precio. 
De este último dejó el obispo Oveco en su testamento dos casullas y otra 
don Pelayo de Lugo á su iglesia en 998. Du Cange confiesa que no en- 
tiende el significado de estas palabras, deseando que otro sea mas feliz 
en interpretarlas: nosotros al menos hemos tenido la suerte de dar un 
paso mas. 

Era por este tiempo otro de los objetos de comercio el paño tiraz , to- 
mado del árabe ttiraz. En 934 , cuando se restauró el monasterio de Sa- 
nios, se dieron vestidos de este género, expresando la escritura que era 
de á dos sueldos (2) (quizá el codo) y los obispos Oveco y Pelayo con el 
Infante don Ordoño, ofrecieron unas dalmáticas: últimamente, en la es- 
critura de la donación y consagración de la iglesia de Roda se cuenta 
entre las ropas un camiso de esta tela. Sospecharnos que los paños tiran- 
cures romesinos de que habla la de Assur González al abad Lázaro y co- 
munidad de San Pedro de Cárdena en el año 932, sean los mismos, pues 

(i) Esp. Sagr., t. 36, ap. (2) Esp. Sagr., t. 4, ap. 



52 Memorias de la Real 

el instrumento añade que recibió por robla nueve de estos valuados en qui- 
nientos sueldos (1), aunque pudiera ser compuesto de dirán y kur, cuyas 
palabras unidas valen tanto como vestido y aun paño entre los árabes. 

Del sayal , tan común en la Edad media y propio para túnicas y capas 
de la gente pobre, se empieza á hacer mención en el año 939 en los votos 
del conde Fernán González á favor del monasterio de San Millan de la 
Cogolla , donde se previene que los lugares de Amaya y Opia, con las 
villas de sus alfoces, paguen de tributo un codo de sayal por cada casa (2). 
Pero mas precioso debió ser el oztoli, oztori ó l'oztori, con otras variantes, 
que viene del árabe assadi, vestido ó clase de paño: lo que resulta de su 
existencia es que don Pelayo, obispo de Lugo, en el año 998 hace mérito 
de una dalmática de ozoli: el Infante Bermudo en 1042 un frontal de 
l'eztori : Fernando I un velo de l'oztori y el obispo de León , don Pelayo, 
un frontal de olzedi. El uso de esta tela no se concretó especialmente á 
esta clase de prendas, sino que también se construian vestidos para los 
príncipes y gente principal. 

Muéstrase en las escrituras, como género exquisito y de lucimiento 
propio del ornato de los Reyes y grandes, el ciclaton; y con efecto, Du 
Cange en su glosario lo atestigua con datos eminentemente eruditos: du- 
rante esta época solo se le conocia como tela de seda , pero no como ves- 
tido, cual veremos en la siguiente. La Memoria mas antigua en que reco- 
nocemos esta estofa , es la donación de doña Godina Nuñez á Sahagun 
en 12 de las calendas de Febrero de 1025, por la que ofrece una casulla 
de ciclaton: sigue la del obispo de León, don Pelayo, en 10 de Noviem- 
bre de 1 0*73, una dalmática y un manto, y la de doña Gontroda Pérez, 
madre de la Reina doña Urraca, en 3 de los idus de Octubre de 1153 
con dos frontales, una ínfula y una capa. 

El almejí, que se encuentra con las variantes de alquejí, carquejí y 
alquecí, se tomó indudablemente del árabe al-mechih, señal ó divisa por 
donde se conoce cualquiera persona. Este género, que fué introducido por 
los moros, era delicado y exquisito y no empezó á conocerse en Castilla 
hasta el siglo XI. Fernando I dio á San Isidoro de León un manto y una 
dalmática tejida con oro, y el obispo don Pelayo á su iglesia, en la misma 
ciudad, una túnica; todos estos géneros fueron susceptibles de llevar 



0) Berganza, ant. deEsp., 2.* parte, ap., (2) Llórente, t. 3, ap., pág. 495. 

escrit. 32. 



Academia de la Historia. 53 

adornos, labores, embutidos, recamos y margamaduras de oro, plata y 
pedrería. 

A los españoles, que después de haber abandonado los climas meri- 
dionales de su patria , les fué forzoso refugiarse en terrenos montuosos, 
cubiertos de bosques, y por consiguiente húmedos y frios, fuéles también 
necesario añadir á sus ropas un apéndice que les resguardase contra los 
rigores del invierno. Nada mas conveniente que las pieles de animales 
para construir pellizas y aforrar sus vestidos. Al principio se contentaron 
con la de sus cacerías, pero bien pronto vino á ser una especulación con 
el Norte. Estas pellizas, cerradas con mangas anchas y otras abiertas por 
delante desde la cintura hasta las rodillas, se formaban de pieles mas ó 
menos finas, según las facultades de cada uno. Dejamos dicho en la época 
anterior cuan general era el melote ó zamarra, y añadimos ahora la pe- 
lliza, por cuanto San Isidoro las nombra en la regla de los monjes (1): 
entonces se limitaban á la gente campesina y pobre, pero desde el siglo IX 
la adoptaron las personas de mas gerarquía , y no será extraño que los 
normandos hubiesen sido la causa de que se generalizara desde su primera 
incursión en las costas de Galicia, el año 844. Anterior á este hecho no 
conocemos documento que las mencione, pero el arcipreste Protasio, en 
el de 855, ya ofrece seis á la comunidad de Exalada y en su reparación 
debida á cierta señora, llamada Nonvolenda, recibió en 879, por las condi- 
ciones que se estipularon, una valuada en dos sueldos (2). En la restau- 
ración del monasterio de Samos, en 934, se ponen en lista pieles exqui- 
sitas (3), y Assur Bermudez, con sus compañeros, dio en 944 al de Santa 
María de Moncluva, una piel apreciada en seis sueldos (4). Fernando, 
hijo del conde Assur de Castilla, dona á Sahagun, entre otras cosas, una 
piel de zingave en el año 976 (5), esto es, de sungiab, la ardilla ; y el 
conde Garci Fernandez con su muger Aba, á Covarrubias, en el de 978, 
unos fateles de pieles alfaneques forrados de paño grecisco (6). Eran los 
alfaneques una clase de halcones de color blanquecino con pintas pardas, 
que los moros llaman al-fanik, cuya piel, separada del abdomen, servia 
para aforrar y guarnecer, como sucedía con la del cisne en el siglo XVIII. 
Romano y su esposa ofrecieron á los monjes de Sahagun varias haciendas, 



(») Cap. 12. (4) Berganza , escrit. 33. 

(8) Marc. hisp., ap., col. 806. (5) Escal., ap 3.°, escrit. 50. 

(3) Flores, Esp. Sagr., t. 40. (6) Yep., ap., escrit. 22. 



54 Memorias de la Real 

ganado y ropa, entre las que hallamos pieles de raz apreciadas en seis 
sueldos; esta escritura de donación lleva la fecha de 1.° de las ca- 
lendas de Mayo de 987 (i). Ermengaudo, conde de Urgel , en su testa- 
mento otorgado en 5 de las calendas de Agosto del año 1010, dejó al 
sacerdote Bernardo su pelliza aforrada de paleo (2); y en la última vo- 
luntad de la condesa de Cerdaña , Guisla , en data 1 3 de las calendas de 
Abril de 1020 previene que se vendan dos de las suyas, la una de mar- 
tas y la otra de armiños (3). La escritura de arras de Assur Gómez á su 
consorte Munia Dona, en 1034 , dice: «Yo Assur Gómez, por que te re- 
cibí por esposa á voluntad de tus padres y parientes, así como por el 
amor, y según costumbre, dóile en título de dote un caballo ensi- 
llado y freno de plata y una piel alfaneque y otra delgada (4).» En 

el testamento de cierta muger, llamada Sinner ó Suñer, de la parroquia 
de San Pedro Octaviano, ahora San Gugat del Valles, en Cataluña, otor- 
gada en 1 1 de las calendas de Octubre de 1051, deja á su sirvienta una 
pelliza (5) La condesa Ermesenda, hija del conde de Carcasona Rogerio 
y de su muger Adhalec, esposa del conde de Barcelona Ramón Borrel, en 
su codicilo fecho á 26 de Febrero de 1058, lega á la vizcondesa de Nar- 
bona ríos tazas ó copas de plata y una pelliza de aífaiieques (6). El Rey 
don Fernando I, en su privilegio del año 1063, da al monasterio Real de 
San Isidro de León dos velos para el templo, de pieles arruinas; y por 
último, doña Ermesenda con su sobrina, á 3 de los idus de Enero 
de 1073, al monasterio de Chantada un manto de la misma piel (7). 

Desde el siglo VIII en que todavía se conservaba el .age godo, halla- 
mos pocas alteraciones en el de los tres que le siguieron; y aun cuando 
sus modificaciones fueron efecto del gusto, nunca dejó de ser general- 
mente talar, ancho y magestuoso. La túnica, que es el vestido mas anti- 
guo que conocen los hombres desde que usaron las pieles de animales, 
servia promiscuamente así á los sacerdotes como á los seglares, igual- 
mente que á las mugeres; y de ella se hace mención en la escritura de 
don Alonso II, el Casto, á la iglesia de Oviedo, en 16 de las calendas de 
Diciembre de 812 , donde entre otras alhajas cuenta una túnica de lino á 

(1) Escal., escrit. 64. ñalar los años de la era crist., Barcel., 1766 

(2) Marc. hisp., a p., col. 973. lít. 15. 

(3) Id. id., col. 1020. (6) Pujades, Crón. gen. de Catal, t. 7, 

(4) Escal. , ap. 3.°, escrit, 83. 1 ib. 15, cap. 5. 

^5) Campillo y Matheu : juic. tnetod. de se- (7) Ytp., t. 6, escrit. 4. 



Academia de la Historia. 55 

mas de otras trece para los sirvientes del templo (1). La del obispo de 
León, Froilan, en 1002 dá á la catedral una túnica y bálteo de oro puro 
con piedras preciosas (2). En la fundación del monasterio de San Miguel de 
León, por el presbítero Félix, en 1029 se menciona una túnica (3), y en 
la de don Pelayo, obispo de la misma diócesi , en 1 0*73 , dos: una de co- 
lor cárdeno listada, y otra de almejí (4) 

Otro vestido descubrimos entre estas antiguallas con el nombre de ca- 
miso ó camisio, que Berganza interpreta por alba y roquete; pero era de 
la misma especie, aunque mas corto, del que usaron los antiguos. Protasio 
lo pone entre las ropas que ofrece al monasterio, diciendo: «seis pellizas y 
tres camisos.» La escritura de Marcelino á don Valerio en 899 menciona 
que el primero recibió en robla un caballo rodado en cuatrocientos suel- 
dos y un camisio de seda valuado en quince (5); y en la dotación y con- 
sagración de la iglesia de Roda, en tiempo del obispo Arnulfo de Rivagorza, 
á mediados del siglo XI, se hace memoria entre los donativos de un ca- 
miso de paño tiraz. 

La saya ó sayo y también sayal, es trage que en España se remonta 
á una antigüedad que se pierde de vista: su etimología puede venir del 
sagum con que conocieron los romanos á la túnica corta para el uso del 
soldado, aunque otros quieren que sea del árabe (6): de cualquier modo, 
los había en la época que vamos recorriendo, como lo comprueba el pres- 
bítero Simón, que el año 91 i recibió en robla seis sayales carmesís (7); y 
Gonzalo Atilio, Diego Arias, con otros vecinos de Cardeñadijo, recibieron 
del monasterio de Cárdena, por la confirmación fecha en el de 945, una 
saya del mismo color. 

Mas dificultad hallamos en glosar con certeza la bissinia , que creemos 
otra especie de túnica de lujo y fina, aunque DuCange dice que es lo mis- 
mo que bissinacha, vestido blanco de lino ordinario, cuya raíz puede ve- 
nir del bissus, lino muy delicado. El testamento de San Rosendo, abad de 
Celanova , en el año 978 la nombra con una circunstancia que dá á co- 
nocer su mucho valor «vestidos (dice) de sacerdotes y levitas con bálteos, 
humerales, bissinas de púrpura y de lienzo tejidas de oro.» 

Podemos admitir por otra especie de hábito talar con mangas , el bam— 

(1) Abella, t. 12. (5) Berganza, Antig. de Esp. , 2.* part.,. 

(2) Esp. Sagr. , t. 36 , ap. ap., escrit. 7. 

(3) Id. (6) Cañes , Alcalá , Dicción, arábig. 

(4) Id. (7) Berganza, escrit. 12. 



56 Memorias de la Real 

bezo ó bombico, tejido de lana (1), algodón ó seda, y sin duda lo tomaron 
del griego bárbaro bambahion (2) en vista de que el conde Ermengaudo 
de Urgel, en su testamento acordado en el año 1010, dice: que deja al 
presbítero Bello su bambezo de paño paleo, y al sacerdote Bernardo su 
pelliza forrada en el mismo género (3), y la condesa de Cerdaña Guisla, 
muger del conde Guifredo, en su última disposición al año 1020 ordena 
que sus vestidos, esto es, su bombico y sus pellizas de martas y armiños, 
se vendan lo mejor que se pueda (4). 

El gunapié, ora sea de la clase de las túnicas ó de la de los sayos, apa- 
rece en la escritura de Nonvolenda que recibió en robla, en el año 879, 
uno valuado en siete sueldos, y una pelliza en dos; y en la de donación 
del obispo don Basilio, juntamente con el Rey de Navarra don Sancho 
Abarca al monasterio de Leyre en 19 de Marzo de 919, dá á San Salva- 
dor y á los santos mártiresNunilon y Alodía, entre otras prendas, una capa, 
un gunapié y dos capas aguaderas (5). Últimamente, en el inventario que 
el obispo de Barcelona Wilara, formó de las alhajas de la iglesia de Au- 
sona, después de haber fallecido su diocesano Wadomiro en el año 957, 
pone entre los vestuarios una gonna, cuatro curcibaldos greciscos, uno de 
púrpura, uno de cendal y siete de paleo: veinte camisos de lino borda- 
dos, uno de algodón, con tres pares de calzas (6). 

La gonna, gunna y gunapié, tal vez derivada del griego bárbaro goona 
ó del cambro-britáuico gwn, que en el bajo imperio pudieron haberla co- 
municado á aquellos, es una especie de sayo aforrado ó adornado de pieles, 
y el curcibaldo un suplemento del braquil ó braquial (7). 

Tampoco carecían nuestros Monarcas de la hermosa ciclada, que se- 
gún el glosador , se entiende por un vestido largo , cerrado por todas par- 
tes, estrecho por arriba, ancho por abajo y en forma circular , y tomó este 
nombre de hielas 6 kiclados, por ser una estofa preciosa que se tejía en las 
islas del Ponto, lo que afirma San Isidoro (8). Así es que en el libra lla- 
mado de la Regla, conservado en el monasterio de San Juan de la Peña, 
donde se contiene el catálogo de los Reyes sepultados en el de Leyre , se 

(1) Du Cange. Pamplona, 1820. 

(2) La palabra /3of¿¡3úiua en griego signi- (6) Villanueva, Viaj.liter. á las iglesias 
flea cosa hecha de seda. de Esp. , t. 6 , ap., núm. 15. 

(3) Marc. hisp. , ap. , col. 973. (7) Du Cange. 

(4) Id. , col. 1019 (8) Orig., i. 19,, cap. 24. 

(5) Pérez, Historia de la Igles. y Obisp. de 



ACADBMIA DE LA HISTORIA. 57 

encuentra la noticia de que el Rey Fortuno García dio á su hermano San- 
cho García las armas de ginete y caballo con dos cicladas. 

Todos los trages mencionados se llevaban sueltos y también ajustados 
á la cintura con bálteos: por lo común tenían las mangas de ángel, á se- 
mejanza de las que usan los agustinos, como se convencerá el que com- 
pare este relato con los dibujos del apéndice: en algunos se ven los sayos 
y cicladas cual las describe Du Cange, y en otros las mangas redondas, pero 
siempre largas y honestas. Sobre estos vestidos llevaban el birro, bra- 
quial ó redimículo, que explicamos en la segunda época, y que conviene 
con la descripción que hace Bouquet en una nota al capítulo 4.°, libro 3.° 
de Aymonio Floriacense (1) y Eccardo en las suyas á la ley Sálica, título 27, 
número 30 (2). Pero es menester advertir que estos birros ó braquiales 
aparecen mas cortos en los monumentos posteriores á la restauración de la 
monarquía, como se puede asegurar viendo la miniatura que publicó An- 
gelo de Nuce, sacada de un códice del monasterio de Monte Casino, don- 
de se representa á Sau Benito entregando la regla al abad Juan, que habia 
hecho copiar aquel libro. Los continuadores de los Bolandos (3) dicen que 
este se escribió á lo menos en el siglo VIII ; pero Mabillon (4) asegura que 
no puede ser anterior al año 915, en que aquel fué electo abad, como re- 
sulta de la serie de los del dicho monasterio que pone Camilo Peregrini é 
inserta Grevio en su Tesoro de Antigüedades de Italia (5). Está dibujado 
San Benito sentado en su cátedra con el suscintorio ó braquial y estola 
diaconal, aunque atravesada desde el hombro derecho al costado izquierdo, 
al revés de como se usa hoy dia. El abad Juan está en pié con el braquial, 
que llega únicamente á la cintura, y prendido por debajo de los brazos: el 
vestido talar es blanco, pero el escapulario y la cogulla ó capilla calada, 
de color oscuro. 

El mismo Mabillon también menciona otro códice Remigiano, escrito 
con toda elegancia á fines del siglo IX, que contiene la visión del 
monje Baronto, y en cuyas viñetas se representa á cada paso el hábito 
monástico cual se usaba á la sazón por los monjes de San Benito fuera del 
oficio divino; esto es, con toga talar blanca y escapulario oscuro, que no 
pasa de las rodillas y se ata con trabas por los costados. A esta imagen 

(1) Colee, de hist.de las Gal. y Franc. ,1.3° (4) Anal, benedict. al año 543 , núms. 1 6. 

(2) Leyes de los franc. Francfort^ 1720. y 17. 

13) l'ropilceum á las actas de los Santos (5) Tom. 9, parte 1." 

del mes de may., pág. 126. 

TOMO IX 8 



58 Memorias de la Real 

del monje Baronto, añade Mabillon la de otra pintada en la bóveda de la 
basílica de San Albin en Angers á Ones del siglo XI. Esta conviene en un 
todo con la del monje Baronto, á excepción de que en los costados do apa- 
recen ya trabas para atar el escapulario (1). 

Estos preciosos documentos acreditan cuanto dijimos sobre el hábito 
de los monjes benedictinos, enteramente semejante al que usaban las gen- 
tes del bajo pueblo; y si examinamos la escritura del arcipreste Protasio, 
que como se ha dicho es la donación de varios bienes al monasterio de 
Exalada en el año 855, veremos que, entre otros efectos de ropa, ofrece 
á la comunidad bracas, caminos, vestidos de frisa, suscintorios, vebtas, 
pellizas, sarciles y capas, y para el calzado, sotulares, solanos y soccas. 

Los vestidos de frisa no son otra cosa que las túnicas blancas; las veb- 
tas, llamado por los árabes beiton, es el capuchón adherido al braquial como 
lo dá á entender Rodulfo, autor citado por los continuadores de los Bo- 
landos en el Comentario á la vicia del beato Angelo Clareno, en donde se dice 
que los frailes de su congregación llevaban un vestido distinto de los de- 
más religiosos de su orden, que llamaban becha, á saber : un hábito corto 
con capilla que tenia forma piramidal por delante y por detrás, y llegaba 
solo hasta la cuerda que cenia la cintura (2). 

Los canónigos de León y los jacobitas de Palencia usaban, por los años 
921 , túnicas talares, pellizas y sobrepellizas, mantos, epómides y píleos; 
así lo determina expresamente el fundador de los segundos, Froila Cid: 
«Cceleri sicut ornad debent esse in principale sua ecclesia, et coro cum manto 
usque ad calcaneum, superpelüce el pileum , ut canonici Legionenses utuntur, 
et aliarum sedium el tantum modo distinguantur in epómide.» Esta epómide 
era una inuceta de paño negro, cosida en el manto ó capa coral, abierta 
por delante y redonda, sin capuz, pero que cubria los brazos hasta los 
codos, porque añade: vTalis debet esse pañis nigri, ádjuncta in manto, et 
aperta ad pectus , et rotunda, sine capuce, cooperiendo lacertos brachiorum.» 
Finalmente, dispone el mismo fundador que los escolares pobres hagan el 
servicio interior del seminario con túnicas talares de color Celeste, y co- 
locadas sobre ellas las pellizas para resguardarse de los rigores del frió; 
previniendo que para el uso exterior vistan este mismo trage, con la pre- 
cisa condición de que el color sea mas oscuro, pero con epómide y píleo, 
y prohibiéndoles á todos el llevar vestidos de seda y el calzado de lujo 

U) Anal, benedict. al año 679 , núm. 89. (2) Actas de los Santos, 15 Jun. 24, núm. 33. 



Academia de la Historia. 59 

con adornos, para evitar de este modo la corrupción de las costumbres de 
los consagrados al culto (1). 

A los trages manicatos acompañaba los páleos, capas y mantos. Assur 
Bermudez dona un manto azul apreciado en cinco sueldos de plata; San 
Rosendo vestidos de sacerdotes y levitas con bálteos y homorarios; Gui- 
fredo y Guisla dos capas de paño paleo; el conde Ermengaudo de Urgel 
el manto que tenia mas esquisito con su sfiblalio de oro; Fernando I y 
doña Sancha dos mantos tejidos con oro, y otro de paño grecisco; Erme- 
senda y su sobrina uno aforrado de armiños, y el obispo don Pelayo uno 
de cyclaton, dos margomes, ocho de lino y uno de orfrés. 

La palabra margóme y margamadura es árabe (markum), que significa 
cosa bordada. Estos mantos se abrochaban en el hombro derecho ó en el 
cuello con la fíbula: los hombres usaban las braceas, especie de calzones 
ó zaragüelles de lienzo: el calzado común de la gente agricultora eran las 
abarcas, socas ó zuecos de madera; y los demás, los sotulares ó subtalares, 
especie de zapato abotinado, las soleas á manera de sandalias (2) y za- 
patones (3). 

La semejanza de los vestidos que hemos descrito con los de los fran- 
cos desde el siglo VIH, y el verlos comprobados en las miniaturas de este 
tiempo, nos delermiua á explicar el trag^i del Emperador Carlo-Magno y 
el de los nobles de su época, en corroboración de lo que dijimos, esto es, 
que los enlaces de las familias reales de ambas naciones tuvieron mucha 
parte en igualar algunas costumbres relativas al lujo personal. 

Eguinardo, en la vida de dicho Emperador (4), dice que usaba el vestido 
patrio, á saber: interiormente una camisa de lino, bracas ó calzoncillos 
del mismo género, que llama feminales, y después una túnica guarnecida 
de una franja de seda; para las piernas los tibiales ó calzas, sobre las que 
cenia las fasciolas, especie de venda ó faja estrecha, y para los pies el 
calzado: que en el invierno resguardaba los hombros y el pecho con una 
pelliza, llamada thorax , formada de pieles de nutria, y encima un sayo 
veneciano: que llevaba siempre ceñida la espada , cuyo puño y bálteo eran 
de oro ó plata, y algunas veces matizados de piedras preciosas. En las 
festividades usaba una ropa tejida de oro y un calzado adornado con 

[\) Gayoso, Colección de privileg. délas Escaler., apéndice 3.°, fueros de Villavicenc. 

igles. de Esp., Mss., t.6.°-; Jacobitasde Palenc. (i) Número 23 que se halla en el t. 1.* 

(2) Du Cange. de la Colección de hist. de las Gálias y de 

(3j Marc. hisp., apéndice, columna 788-; Francia, de Bouquet. 



60 Memorias de la Real 

pedrería, ajustándose el sayo con una fíbula del mismo metal, y que ba- 
ilándose en Roma solo un dia se puso una túnica larga y la clámide, á 
instancias de los Papas Adriano II y León III. 

El monje San Galense, en los hechos del mismo Carlo-Magno (1), añade 
que los caballeros francos calzaban zapatos dorados con unas correas de 
tres codos de largas: que fajaban las piernas con fasciolas encarnadas por 
encima de los tibiales y de los coxsales de lino (2), que aunque del mismo 
color que aquellos, se diferenciaban por ser de una labor mas preciosa, 
sujetándola toda con las correas de los zapatos: que usaban camisa cili- 
cina (3), ajustada con el bálteo, del cual pendía la espada, cuya vaina se 
componía de lienzo muy blanco encerado , cubierto de cuero y aforrado 
de paño. El último vestido era el paleo, de figura cuadrangular, de bas- 
tante cuerpo, de color blanco ó de zafiro, y de tal hechura , que cuando 
se ponia sobre los hombros caia hasta los pies, por delante y por detrás, 
mas por los lados apenas cubría las rodillas: usaban de un báculo de ma- 
dera de manzano con la empuñadura de oro ó plata con esmalte. 

Aunque la pobreza fuese el único patrimonio que quedó á los godos 
al principio de la restauración y el ejercicio á que forzosamente tuvie- 
ran que dedicarse al de las^armas, encontramos algunos vestigios que 
reunidos entre sí nos darán una tintura de los muebles que formaban el 
adorno de sus habitaciones cuando la guerra les permitia volver á sus 
hogares; y es seguro que el ajuar del propietario menos acomodado del dia 
de hoy, excedería en lujo al del mas aventajado barón de aquella época. 
La historia, que todo lo comprende, carece sin embargo de esta clase de 
noticias; pero ya que nos atrevimos á tomar la pluma para suplir esta 
falta en nuestra literatura , es justo no dejarla en olvido. 

De las sillas scapulares y sedilias, así como de las mesas, hacen men- 
ción las escrituras del obispo Sisnando de Iria, y la de Guisnardo y 
Leuvina á principios del siglo X. Las primeras son de respaldo , y 
viene del latin scapulce, y las segundas, para sentarse en la mesa, del 
mismo idioma, sedile. Estos instrumentos y las donaciones de San Ro- 
sendo, Ordoño II y Fernando I hablan de las capsas de plata doradas y 
engastadas de piedras preciosas, con arcelinas de cristal, guarnecidas de 
oro, en donde es probable que sus dueños custodiasen sus alhajas Objetos 

(1) Lib. 1.°, ruíin. 36, de Bouquet. glezzina, y en este caso quiere decir cami- 

(2) Bragas. sa de mucho valor. 

(3) Según Francisco Pit?o debe ser camisa 



Academia de la Historia. 61 

de lujo y comodidad eran también las lucernas y los ceroferales, especie 
de candelabro en forma de media luna , compuesto de las palabras grie- 
gas Jeeras, el cuerno, y de féroo, llevar; los caballellos, á modo de palma- 
toria, de kabbale, prosternarse, humillarse, en que asentaban las bugías ó 
cirios; y por los documentos de Alfonso II, San Genadio, Froylan y la 
Infanta Urraca , con las ya referidas , observamos que las babia hasta de 
siete mecheros, y que eran de plata, cristal, cobre y hierro. 

La acitara con las variantes de citara, ceitara ó acitura (1), fueron 
probablemente las cubiertas para las mesas, sillas y aun cortinas, porque 
la al-sitara en árabe significa estas últimas: de ellas hace mención el tes- 
tamento de don Oveco , la donación del conde Garci-Fernandez y la de 
don Osorio Gutiérrez, otorgada á favor del monasterio de San Salvador 
de Lorenzana en 17 de Junio de 979 (2). Berganza (3) cree que es el 
cogin ó almohada , pero mas acertada parece la significación que le da 
don Tomás Sánchez (4) de cobertura, y así lo da á entender Berceo en la 
vida de Santa Oria, donde dice: 

Vedia sobre la siella muy rica acitara. 

El aguamanil con' el conco, conca ó pelve para lavarse las manos, era 
usual en el siglo IX, y los babia de plata, azófar y bronce, como lo vemos 
en las donaciones de Alfonso II, Sau Rosendo y consagración de la iglesia 
de Elua en 916 (5), en la del obispo Pelayo á la de León y la del presbí- 
tero Félix, en 1029, al monasttrio de San Miguel de esta ciudad. Du Can- 
ge asegura que el conco es la vasija con fondo capaz para contener algún 
líquido , y este es el significado que tiene en griego konke , konkos, y San 
Isidoro que el pelve es el lebrillo para lavarse los pies (6), porque viene 
del latin pelvis. La tualia, toballia, loagolam, facitergia ó factergil y faza- 
lelsa, que de todos estos modos se halla escrito en la donación de Protasio 
en la consagración de la iglesia del monasterio de San Benito del Bages, 
diócesi de Ausona, en 3 de las nonas de Diciembre de 971 y en la de San 
Rosendo, don Pelayo y García Blazquez (7), viene de facitergia, que es el 
lienzo para enjugarse las manos (8), de donde corrompido el sentido, de- 

(1) Abad y la Sierra, t. 6, año 1101. (5) Marc. hisp., ap., col. 839. 

(2) Yep., t. 5.°, escrit. 18. (6) Etimol., lib. 20, cap. 4. 

(3) Antigüed. de Esp. (7) Abad y la Sierra , t. 6. 

(i) Poesías ant. al sig. XV-; Berceo en (8) San Isid., Etimol, lib. 19, cap. 26. 

Santa Oria. 



62 Memorias de la Real 

generó en falzalelga á fines del siglo XI; y así vemos en las leyes de Par- 
tida que «en las consagraciones de los obispos, dan fazalegas é agua ma- 
nos (1), «y en la historia de Ultramar (2) «á un escudero que tenia el 
aguamanil en la mano é unas fasalejas. » 

Por las donaciones de Protasio, de Hermenegildo, confesor de Ordo- 
ño II, en 3 de los idus de Mayo de 922 (3), de Ecta Vita á Sahagun en 
16 de las calendas de Febrero de 1060 (4), y los fueros de Navarra dados 
por don Alonso VI de Castilla en el año 1076, descubrimos los instru- 
mentos de labranza y otros efectos, á saber: arados, azadas, arcateligo- 
nes, secutes, carros, cupas, urcios, scamnos, árganas, pozales, saceos, 
colodras y utres. 

El arcalaligon puede ser palabra compuesta de dos latinas, á saber: 
arcatus, encorvado, y ligo, el azadón: la cupa es del árabe kub, copa ó 
vasija para beber; el urcio, urceo ó urceolo, la orza ó tarro para guardar 
las conservas y confituras, del latin urceus: el scamno, el escaño para 
subir á la cama , de scamnum: la árgana es el saco ó costal, al cual los 
árabes llaman al-guenha: el pozal, el cubo para sacar agua: el sacco, el 
gergon, del latin saecum: la colodra ó colodro, una especie de cubeto para 
medir el vino, y lomóse del árabe kodraht, por tener alguna semejanza 
con la olla que ellos usan ; y últimamente, el utre es el odre ó pellejo 
para el vino, del latin uter. 

Como el servicio de cama ofrece en las escrituras muchas dificulta- 
des , se hace indispensable examinar con alguna detención las voces que 
en aquellas se contienen para venir en conocimiento de su significado. 
El arcipreste Protasio da dos cangaves de lana y uno de seda , cinco plu- 
mazos de seda , dos tapetes septelanios y dos cupertorios de sérico. El 
conde don Diego Rodríguez Porcelos, seis genapes de paleo, nueve plu- 
mazos del mismo paño, veinte tapetes antemanos y doce plumazos de 
lana. San Rosendo, «añadimos (dice) para el servicio de cama, nueve ge- 
napes de paleo, diez ricos plumazos de paleo, cinco alifafes de piel de 
zorra, seis almocallas morgomes y dos fatoles de paleo.» El Rey don San- 
cho de Navarra con doña Toda, su muger, un genape de paleo y dos 
pulvinas del mismo género con su tapete. El confesor de don Ordoño II, 



(1) Part. 1.', tit. 17, ley 15. (3) Yep. , t. 5, ap., escrit. 9. 

.(2) Lib. 4. (4) Escal., ap., escrit. 99. 



Academia de la Historia. 63 

dos galnapes, tres plumarios, tres literios, dos izares, tres lentros de lino 
y dos pares de sábanas. El obispo Sisnando, una escalerilla de plata va- 
luada en seis sueldos, cuatro venapes, cinco plumados, un tapete y seis 
camas. Guisnardo y Lenoina, una cama de seda, dos galnapes, un plu- 
macio de lana, llamado cápete, y otro poümato, esto es, de varios colores; 
aunque los continuadores de los Bolandos, en el índice onomástico del mes 
de Mayo, dicen que la palabra polymiticees el tejido de aguja. Don Oveco 
da cuatro galnapes de paleo antemanísimos, ocho tapetes antemanos, 
nueve pulvinarias anlemanísimas, dos cleapes, dos almuzalas, dos lino- 
llas y diez pares de sábanos. El Rey don Sancho, en la confirmación 
de la donación que Miliki hizo á San Salvador de Porma y Sahagun 
en 9 de las calendas de Diciembre de 960, un galnape, tapete y 
capital adornados con oro. El conde Garci-Fernandez y su esposa 
Aba, dice: «dárnoste veinte camas con sus tapetes, almozalas de pa- 
leo y grecisco con sus plumazos de igual género, seis sábanas de lino, 
fateles de alfaneques en paños greciscos y diez y seis galnapes de pa- 
leo.» El conde Osorio Gutiérrez, en 1T de Junio de 979, lega conza- 
ras, ceytaras y plumacos. El obispo Froilan de León expresa que 
«añade á mas, la cama de paleo superior con dos plumazos y dos fa- 
teles y el gambane superior con un tupede.» Ermengaudo, conde de Urgel, 
que se entregue para la habitación del obispo, dos dosales, dos lapecios, 
dos feltros superiores \¡ dos camas. Godina Nuñez, cinco camas de paleo, 
plumazos bisternales, seis galnapes y diez y seis plumazos de capeza. 
Pedro Pintoliz «dono y concedo tapetes y camas de paleo con escalas de 
plata.» El presbítero Félix añade para el dormitorio, dos camas de lana y 
una alfajara de grecisco. El Infante don Ordoño, hijo de don Bermudo II, 
con su muger Fronilde, en 1042, alhagaras greciscas, almozalas de lo 
mismo, ganebes de lana y paleo y plumazos bisternales de transirgo. 
Ecta Vita da á Sahagun tres colotras y plumazos. Ramiro I de Ara- 
gón, sus vestidos, acitaras, colectras y almuzalas. Dou Pelayo de León, 
dos camas de paleo, cuatro tapetes manchales ó bancales con dos almo- 
zalas, y Guillermo, capellán de Santo Tomás de Toledo, en su testa- 
mento en Noviembre de 1199, dos cocedras de pluma y cuatro ca- 
bezales (1). 

El galnape, con sus variantes de ganape, ganebe, cleape, cangabe y 

(1) Abella, t. ib. 



64 Memorias de la Real 

otros términos bárbaros, era la manta ó cobertor para la cama (1): en el 
fuero de Cáceres del año 1229, en el artículo de vidvitatem, se manda 
que la viuda reciba «un lecho con guenabe ó con alfañir, et un fierro, et 
un cabezal et dos sábanas.» 

Los plumazos, plumarios ó plumacos, se tomó del griego ploomakion, 
que significa el colchón y también el cogin y la almohada; por esto las 
escrituras los distinguen con la circunstancia de capeza ó cápete, para de- 
mostrar el cabezal, y con el de bisternal el cogin para el basternion ó 
silla de manos. 

El tapete, tupede ó tapecio, tomó su etimología de tapetum , la cu- 
bierta de la cama , lo mismo que el cupertorio de coopertorium. 

El alifafe ó alifad venia á ser una especie de cubierta acolchada , for- 
mada de pieles curtidas y aforradas con alguna tela, para dar mas abrigo, 
pues los árabes la dan el nombre de al-lifafh. 

La almocalla ó almuzala es el pabellón para la cama, esto es, al-mokal- 
la, lugar seguro en todos vientos. 

El fate!, fatol ó alfatel, y también con las variantes de facel, farele, 
fateye y fatiro, traen su origen de fatla ó fdla, que significa entre los moros 
la cubre-cama. 

La pulvina, dice San Isidoro en sus Etimologías, que es el lecho de la 
gente acomodada (2); el pulvilo, la almohada (3) de lujo; y el literio el 
gergon. 

La palabra izar es la sábana de lino entre los árabes ; así como el len- 
tro, lento, Unte, linca, linteámina y lencio, que se tomó del griego lention, 
aunque estos lo aplican á la servilleta ó delantal. 

El dosal también significa el dosel ó paramento para el lecho; el feltro 
asimismo se toma por colchón y lo propio la colcedra, cocedra , conzara, 
colotra, colectra, colcedron y cúlcitra, que todos estos barbarismos deri- 
ban de calcita; á lo que podemos añadir para prueba el testamento de la 
Infanta doña Mafalda , otorgado en el año 1256, en donde previene «que 
la cúlcita mayor de su cama y el pulvinar de fruxel se partan y se hagan 
de ellos tres cúlcitas para la enfermería (4).» Estos colchones ó almoha- 
das estaban rellenos de pluma ó de flogel, que es el tamo ó pelillo delica- 



(1) Du Cange. (4) Sousa , Pruebas de la Casa Real de 

(2) Lib. 20, cap. H. Portug., t. 1 , núm. 17. 

(3) Lib. 19, cap. 26. 



Academia de la Historia. 65 

do y sutil que se saca del paño. Alfajara ó alhagara es la cubierta de gran 
gala, magnífica y rica, y así la llaman los árabes al-fajarah. 

Antemano, antemanísimo y anmano, es el nombre de calificación que 
se daba á ciertas telas ó efectos por su bondad , compuesto de la prepo- 
sición ante, que significa mas, mejor, superior, y de man, tomado del céltico 
men , elevado , perfecto y bueno. 

Uno de los muebles que se anotan en los documentos de esta natura- 
leza es la escala; y siendo bastante frecuente acompañarle al menaje de 
cama, puede presumirse que sirviera para subir á ella, como se infiere del 
libro segundo del fuero de Jaca, escrito, según el Sr. Abad y la Sierra, en 
el año 1331 , el cual dice en el artículo de peynar heredat de dot. «E deu 
haber encara hela entegrament ses vestitz é ses ioyes é un leyt ben gar- 
nit del misllors apereylltz que sien en casa, é una escala d'argent é una 
cortina (1)." 

Si nuestros mayores disfrutaban bastantes comodidades cuando repo- 
saban de sus largas fatigas en mullidos lechos, no ostentaron menos su 
decoro en la mesa, como se trasluce por las mismas escrituras. En la ma- 
yor parte se hace mención del mapil , mápula, mappa, mantella ó man- 
tillia de lino, que, según San Isidoro (2), es el mantel; y asimismo se 
apunta la mandíbula que Du Cange interpreta por servilleta. 

Son muchas las vasijas que usaron de oro , plata, cobre, bronce , vi- 
drio, madera , marfil, alabastro y macano , de varias formas y labores, con 
asas y sin ellas, ya con tapas- ó descubiertas y algunas buriladas y ador- 
nadas con piedras preciosas , tales como la cenne , tomado del griego ke- 
neoon, capacidad, cosa hueca; la aquina, la axiotoma de axios, digno , á 
propósito, y sloma la boca; el anapo de anapoosis, esto es, compuesto de 
la preposición ana, en, sobre, dentro, y del verbo pinoo, beber, cuyo fu- 
turo es poosoo: el cerbú , el castical , la phiala, de fíale; la hidria, de idoor, 
el agua ; la lopa ó lopas que significa la vasija para cocer los manjares : el 
liton por Utos cosa de piedra: el otogero del árabe otujairoh que equivale á 
traed de lo mejor : el moyol , tomado del mismo idioma, moyul, por parecerse 
á la vasija para destilar el colirio; y las orabecelas, loparias, szutas y sci- 
fos: la tonna es el tunne, que en alemán, belga y anglo-sajon equivale al 
vaso para vino , y el vizach, del árabe , cosa de vidrio. 



(1 ) Colección dipl. de la Real Acad. de la 


(2) Etimolog. 


, lib. 19, cap. 26.- 


; lib. 20, 


Hist. , mss. 


cap. 4." 






TOMO IX. 




9 





66 Memorias de la Real 

Los discos, llamado asimismo en griego, es el plato, y los misorios,, 
messorios ó mensorios, la fuente para servir la comida; lo propio que la& 
parásidas deparopsis, como se induce de la escritura del obispo Sisnando 
de Iria , la de restauración del monasterio de Samos, la donación de la In- 
fanta doña Elvira al de Sahagun en 4 de Abril de 970 (1) y la del In- 
fante don Bermudo (2). En los capitulares de los Reyes francos, capitular 
de los sajones del año 797, número 24, hablando del tributo que los pue- 
blos daban á los Reyes para su plato, que en Castilla conocemos por yan- 
tares, dice: «Lo que deben dar para nuestro disco, cada juez lo determi- 
nará en su aldea.» 

El obispo don Pelayo de León donó en el año 998 « para la mesa , ocho 
pares de manteles y sábanos polendos, dos misorios de plata, dos escalas 
esculfitas doradas , un copo esculfito, un vásculo como especie de calabazo 
esculfito, con tapa engas'.ada de piedras preciosas: vasos de vidrio, una 
conca iraké, dos palmares, dos pórtelas con asillas, cinco arrotomas y una 
kana : todos estos vasos irakés (añade) son preciosos (3) » 

El sábano polendo es el mantel de lino sin blanquear; porque polen- 
do es participio del verbo polio: el palmar se toma por un vaso de asiento 
ancho; la pórtela, patela, pátera y patina, que de todos estos modos se 
halla escrito, es una especie de escudilla que en griego se llama patelwn, 
y la arrotoma la redoma para servir los líquidos: la kana , mikana y al- 
makana es el cántaro ó ánfora , y su origen es del griego, kanes, aunque 
en este idioma signifique la canastilla ó azafate hecho de mimbres. 

La palabra iraké con que el ilustrísimo diocesano de León califica sus 
regalos, y aun en otros instrumentos antiguos, se lee con la variante de 
iracha ó iragam; significa el Irak la parte del Asia que se divide en las 
dos provincias, llamadas Irak-arabi é Irak-achemi , cuyas capitales son 
Basra é Hispahan. En España se usó de este epíteto para dar importancia 
á los efectos de comercio que los moros traian de sus fábricas. 

Los scultiles ó scutellas son la escudilla para la sopa, y es general 
costumbre de las escrituras hacer mención de las cucharas de plata con 
los nombres de cocleares y culiares, así como el cazo para servir la comida 
con el de trullon. Usaban para sazonar la vianda de las vinagreras y el 
salero, con el nombre de canatella y salare, y no faltaban en los convites 

H) Mateos Mu rillo, Colee, dipl. , mss. de (2) San Isid. , Etimolog. , t. 20 , cap. 4." 

la Real Acad. de la Hist. (3) Esp. Sagr. , t. 40 , ap., escrit. 24. 



Academia de la Historia. 67 

salsas para condimentar los manjares, para lo cual hacen mención de los 
mortalios con sus pestelos, esto es, el almirez y el majador para disolver 
y triturar las especias y otros ingredientes. Finalmente, sus cocinas esta- 
ban provistas de artesas, cedazos y hornos para cocer el pan, sartáginas, 
espedos (1), tenacillas, trebdas, calderas, terrazas y cántaros de azó- 
far (2). 

La historia de sus conquistas nos descubre los medios efectivos de 
<jue se valían para humillar la soberbia y valor de los africanos, á quie- 
nes una serie de victorias habia hecho ondear las banderas del falso pro- 
feta desde Gibraltar hasta el Pirineo: hablamos de las armas que en estas 
Memorias deben ocupar un lugar privilegiado, porque con ellas la nación 
sacudió el yugo y se abrió paso para desterrar la ignorancia en el siglo 
de Isabel. No perderemos mucho tiempo en reconocer las crónicas coetá- 
neas por la escasa materia que en ellas se contiene para formar juicio 
cabal de los medios de defensa ; sin embargo, no por eso dejaremos de 
aprovecharnos de algunos apuntes que pueden servir al objeto. Las es- 
crituras, que son los monumentos indelebles de la historia, suministran 
abundante luz, porque solo ellas son el manantial inagotable de los suce- 
sos de la Edad media. 

Dos clases de armas distinguían los antiguos con los nombres de 
fuste y de hierro, como lo dan á entender los fueros concedidos á Nájera 
por el Rey de Castilla Alonso YI en el año 1076, con estas formales pa- 
labras: « Infantiones de Nágara qui sunt heredilariis in Nágara , debent 
accipere in exitus, lantum uniis infantion quanto dúo burgenses: et debent 
iste infantiones poneré unum militem q>á teveat anupdam (3), ubi hominis de 
Nágara necesse habuerint cum caballo et ómnibus liguéis é ferréis. » 

La primera noticia que hallamos de las armas de los godos, después 
de la entrada de los árabes, se la debemos á los historiadores de esta úl- 
tima nación, que refiriendo la batalla del Guadalete, dicen así: «Venían 
los cristianos armados de lorigas y de perpuntes en la primera y postrera 
gente, y los otros, sin estas defens-is, pero armados de lanzas, escudos 
y espadas, y la otra gente á la ligera con arcos, saetas, hondas y otras 

(1) Asador. (3) Anupda, annuteba ó annutuba , er-a 

(2) Abella , t. 15, testament. de Guiller., el tributo ó sueldo que s« daba al cursor que 
capell. de Santo Tomás de Toledo, H99-; iba á llamar con la bocina los conlingentes 
Id., t. 12, escrit. de doña Mayor Alvares, para h guerra: se compone de annunlio^ 
traducida del árabe. anunciar, y de tuba , la trompeta. 



68 Memorias de la Real 

armas, según costumbre, hachas, mazas y guadañas cortantes (1).» A esto 
se agrega el edicto de Abdo-rahaman, fecho en Córdoba á los 3 dias del 
mes de Safar, egira 142, que corresponde al año *759 , en el que ofrece 
treguas á los españoles con tal de que entre otros tributos le paguen mil 
lorigas, mil yelmos, y otras tantas lanzas cada año (2). 

Retirado Fortuno García de Navarra en el monasterio de Leyre , hacia 
el año 905 dio á su hermano Sancho I cuatro albendas, una espada con 
su vaina, una loriga con collar de oro, la diadema, el escudo, el caballo 
con las camas, freno y silla, dos cuernos y dos tiendas de campaña (3); 
y don Sancho Abarca, juntamente con el obispo don Basilio, donó al 
propio monasterio en 19 de Marzo de 919 estos mismos objetos (4). Her- 
menegildo, confesor de don Bermudo II, dio á Sahagun en 922 una silla 
de montar con freno de plata , valuado en treinta sueldos, dos calderas de 
hierro y otras tantas segures. Assur Gómez, con sus hijos Gonzalo y Mu- 
nio, recibieron en robla del abad Lázaro y comunidad de Cárdena por 
cierta donación en 932 unas spolas heytes con artarfes; y en el testamento 
sacramental de cierto catalán, llamado Wilmuudo (que murió en la de- 
fensa de Barcelona cuando los moros la conquistaron en tiempo del conde 
don Borrell II) publicado en 4 de las nonas de Noviembre del año I de 
Luis V, hijo de Lotario, ó lo que es lo mismo, á 2 de Noviembre de 986, 
según las tablas del maestro Florez (5), se lee que dejó al monasterio de 
Santa María de Amer, su mejor caballo, la espada y dos alsebergos (6). 
En el testamento de Ermengaudo, conde de Urgel, en 1010 se manda 
entregar á Santa María su mejor silla y freno de plata , á Santa María de 
Annicio su espada con vaina y las rengas con la fíbula de oro, y al sa- 
cerdote Vivas las mejores sporas de plata (7), y en el de Guitardo Negre, 
caballero catalán , otorgado en 6 de los idus de Julio del año XVIII del Rey 
Roberto, que según el cómputo ajustado por don Jaime Ripoll Villamajor 
equivale á 10 del mismo mes del año 1014 de Jesucristo, hace donación 
á su hijo Guifredo de un alsebergo, á Santa María de Ripoll del freno 
blanco con capizana sobredorada , y á Santa María de Manresa el tiredo 

(i) Conde, Hist. de la domin. de los arab. y Obispos de Pampl., p. 54, 1820-; Abella, 

enEsp., t. \.°, cap. Í0. t. 22. 

(2) Casiri , bibliot. arab. hisp., t. 2, p. 104. (5) Esp. Sagr., i. 28. 

(3) Traggia , Discur. sobre el orig. del Rey (6) Colee, de document. , public. por don 
Pirenayc, t. 4, niss. de la Acad. de la Hist. Jaime Ripoll , canon, de la igles. de Vich. 

(4) Fernandez Pérez , Historia de la igles. (7) Maro. hisp. ap. , col. 973. 



Academia de la Historia. 69 

bermilio ó tiraz encarnado: este testamento lo otorgó antes de partir con 
el conde don Ramón ó Borre] III á una expedición contra los moros, en 
la cual murió de una lanzada en 30 de Enero del año inmediato. 

En la venta de la villa de Agoncillo, en la Rioja , hecha por el Rey de 
Navarra don Sancho V el de Peñalen á don Sancho Fortuno en 26 de 
Enero de 1056, se menciona un caballo apreciado en quinientos marave- 
dís, y una silla y freno de plata en igual precio (1). Don Ramiro I de Aragón 
cuando dispuso su testamento en San Juan de la Peña, en el mes de Marzo 
de 1061 : «Ordeno (dice) que mis armas pertenecientes á los varones y 
caballeros, como son sillas de plata, frenos, brunias, espadas, adarkas, 
gelmos, teslinas, cintorios, sporas, caballos, mulos y yeguas... lo herede 
mi hijo don Sancho (2).» 

Este previene en los fueros de Jaca , sacados de un trasunto en perga- 
mino que se conserva en el archivo de la villa de Ainsa , fecho en el 
año 1062: «Et si aliqai ex vobis iratus contra vicinum suum armas traherü, 
lanza, spada, maza, vel cultrum, donet inde mille solidos aut perdat pug- 
num (3).» Pedro Ruderiz, en escritura otorgada en 23 de Noviembre del 
mismo año, concede al monasterio y abad de Arlanza ciertas divisas ó 
herencias con todo el arnés que tenia para armarse: «Off'ero (dice el di- 
ploma) meos atondos id est mea sella morzerzel cum suo freno, et mea spata, 
el mea cinta , et meas espuelas , et mea atareca cum su hasta : et alias meas 
spatas lábralas; et meas loricas , et meos helmos: et alias spatas quo? non sunt 
labóralas, et meas atarecas; et meos caballos, et meos mulos, et meos veslitos; 
et alias meas espuelas , et alio freno argénteo (4).» 

El referido don Sancho, en la donación á su maestro el obispo Gómez 
del monasterio de San Andrés en 12 de Diciembre de 1063, recibió en 
robla dos lorigas magníBcas que vahan doscientos sueldos, y dos caba- 
llos tasados en cuatrocientos (5). En el fuero de Sepúlveda , dado por 
Alonso VI de Castilla en 1T de Noviembre de 1076. conforme á las cos- 
tumbres introducidas desde el tiempo del conde Fernán González, dice: 
<¿Et qui ad islo vadant caballeros eoccusenl sivgulas acémilas; et qui yelmo et 
loriga dederit ad caballero, sedeat (acúsalo (6).» Lope Arce, con su muger 
doña María, testó en San Juan de la Peña en 6 de las calendas de Junio 

(1) Llórente, t. 3.°, pág. 392, núm. 45. (4) Mateo Murillo, Colee, dipl. de la Acad. 

(2) Briz Martínez, Hist. de San Juan de la de la Hist., xass. 

Peña, lib. 2 , cap. 38. (5) Gonzel., Colee, dipl. déla Cor. de Castilla. 

(3) Abad y la Sierra, t. 12. (6) Llórente, t. 3, ap., núm. 61. 



70 Memorias de la Real 

de 1080, y previene que su caballo rucio con tres sillas, el escudo dorado 
con las rengas, vaya con su cuerpo á dicho monasterio, así como la acé- 
mila que lo conduzca en su féretro (1); y por último, en el cartulario 
mayor de la iglesia de Roda se halla el testamento de un tal Arnaldo, del 
siglo XI, por el que lega á Santa María de Barbastro su caballo con silla 
y freno, la loriga, yelmo, lúas, calcias y la mejor espada. 

Compilando todos estos datos vendremos á conocer el nombre de las 
armas que usaban los antiguos campeones, y aun podremos dar una 
razón sucinta de la composición de cada pieza, para que consultándola 
con los monumentos de esta época sea mas fácil comprenderlo. 

La loriga, alsebergo ó brunia se labró de distintas maneras, ya de 
sortijuelas de acero ó de punto de malla: las mas antiguas se reducían á 
unas túnicas anchas con mangas de lienzo crudo ó lana burda que cubrían 
las rodillas, y en el exterior del género, tenían sobrepuestas hileras de 
manchas pequeñas, ó como si dijéramos escamas de pez, de acero bruñido; 
las hubo sencillas, y de dos y tres lizas ó hilos; y por tanto el poema del 
Cid se explica así (2). 

Tanta loriga falsa desmanchar. 

Tanto brazo con loriga veriades caer apart. 

Desuso las lorigas tan blancas como el sol. 

Metió!' la lanza por los pechos que nada nol' valió. 

Tres dobles de loriga tenia Fernando aquestol' prestó 

Las dos le desmancha , é la tercera fincó 

El velmez con la camisa é con guarnizon; 

De dentro de la carne una mano gela metió. 

Y el poema de Alejandro , dice (3) : 

Armóse el buen cuerpo ardido é muy leal. 
Vestió a carona un gambax de cendal. 
De suso la loriga blanca cuerno cristal. 
Vestia una loriga de acero colado, 
Terliz é bien lecida , el almófar doblado. 
Aviel de la loriga cuatro manchas rompidas. 

El cronicón del monje de Silos, refiriendo los buenos flecheros que 

(i) Abad y la Sierra, t. 6. (3) Don Tomás Sánchez, poesías anteriores 

(2) D. Tom. Sánchez, poes. ara. al siglo XV. al siglo XV. 



Academia de la Historia. "71 

tenían los moros en Viseo, añade: que de nada servian los escudos, por- 
que las saetas pasaban las tríplices lorigas; y don Alonso el Sabio, que 

«por ende han menester que hayan para defenderse lorigas é lorigones 

para sufrir golpes de piedra, para ferir amanteniente (<).» Expresa el 
tributo que debía pagarse para la guerra, y dispone que, «por loriga 

complida con almófar, una caballería é por lorigon é escudo ó ca- 

piello de fierro , una caballería ; ó por loriga que llegase la manga 
fasta el cobdo con brafoneras , una caballería; é por camisote ó per- 
punte, una caballería, ó el que llevase guarda-brazos con perpunte ó 
capiello de fierro , una caballería. É lorigon es dicho aquel que llega 
la manga fasta el cobdo, é non passa mas adelante fasta la mano; é 

guarda-brazo es el que tiene mangas é lorigon fasta el cobdo con 

faldas de loriga, una caballería.» ¿Pero estas lorigas preguntará alguno 
mas curioso, ¿de qué modo se abrochaban, suponiéndolas abiertas para 
ceñirse al cuerpo, en vista de su dureza por los triplicados órdenes de 
escamas? A la verdad difícil seria satisfacer esta duda, sino la aclarase el 
Rey don Alonso el Sabio en su Gran Conquista de Ultramar, con estas pa- 
labras: «Entonces enlazaron los lugares de las lorigas que eran de enla- 
zar, é aquellos llaman los homes d' armas ventanas (2).» Por fin, la parte 
que cerraba alrededor del cuello se llamaba gorguera y los dos extremos 
que la cerraban por la espalda el brochar (3). 

Hasta aquí la definición exacta de las diversas clases de lorigas 
y su materia, que podrá el lector cotejar con los dibujos prolijamente 
copiados de los relieves y de los códices que han llegado á nues- 
tras manos. 

El yelmo del siglo VIII era el mismo que usaron los cántabros y vas- 
cones antes de la paz universal de Augusto Cesar y se hallan grabados en 
las medallas de Publio Carisio, legado del Emperador, que trae el P. Flo- 
rez (4). Cubrian toda la cabeza y el rostro, dejando solo dos aberturas para 
la vista, cual lo vemos en los fragmentos que quedan de la lucha del Rey 
don Favila con el oso, en un relieve conservado en San Pedro de Villa- 
nueva á la puerta de la iglesia. Fundó este monasterio á la ribera del Se- 
lla, en el territorio de Cangas de Onís, don Alonso II con su muger doña 
Ermesenda, en el año 739, en memoria del funesto suceso que causó la 

(i) Partid. 2?, tít. 24, ley 9. (3) GranConq. de Ultr.,\ib. 2, cap.231 y 234. 

(2) Lib. 2, cap. 127. (4) Medall. de Esp., t. 1." 



72 Memorias de la Real 

muerte de aquel monarca (1). Pero como el maestro Florez no vio el re- 
lieve original, sino tan solo la copia que le remitieron , publicó única- 
mente el trage de doña Froyliuva, poniendo en segundo término el com- 
bate de la fiera con el Rey (2) , mas como el dibujante no entendió la ce- 
lada , nos dio el yelmo del siglo XIV en lugar del que tiene el original, 
anticipando su uso á un tiempo en que todavía no era conocido en Euro- 
pa. Sensible es que no quede mas que la parte superior del entallado, mas 
como el erudito agustino lo bosquejó por entero , aunque defectuosamente, 
puede quedar la curiosidad satisfecha en cuanto á la loriga , escudo y 
espada. 

Ya desde el siglo VII resguardaban los españoles su cabeza con el ai- 
mofar, palabra tomada del árabe al-mejfar, que vale tanto como casquete: 
construíase de malla de hierro , y á modo de toca de monja dejaba solo 
descubiertos los ojos, nariz y boca; y debajo de él se ponia una cofia de 
lienzo para recoger el pelo, y así el poema del Cid, dice: 

Andaba mió Cid sobre so buen caballo, 
La cofia froncida ¡Dios como es barbado! 
Almófar á cuestas, la espada en la mano, 
La cara froncida é almófar soltada. 
Cofia sobre los pelos froncida d'ella ya cuanto. 
Allá levó el almófar, fasta la cofia legaba; 
La cofia é el almófar todo ge lo lebaba. 

El poema de Alejandro también hace su definición de este modo : 

Cobriós' el almófar de obra adiana, 
De suso el yelmo de obra esmerada. 
Fué por darle por medio del almofre, 
No le priso en lleno, é desleyó el golpe, 
Ca ferió en vago é engannos' el buen ombre. 

En la Crónica del Cid (3) se añade «que dio un golpe de travieso á 
Fernando González por encima de la cabeza , de guisa que le tajó el almó- 
far de la loriga con una gran pieza del casco. » 

El yelmo , cuya palabra tomada del alemán helen significa ocultar ó cu- 

(1) Sandoval, Cinco Obisp. , pág. 94. (3) Cap. 267. 

(2) Rein. Catolic, t. i.', pág. 34. 



Academia de la Historia. 73 

brir (1), varió su forma durante esta época, según vemos en los facsími- 
les que- presentamos; pues desde el siglo IX adoptaron como mas fácil de 
forjar un capacete que se ajustaba á la cabeza por encima del almófar, y 
se enlazaba con correas. Estos yelmos soban estar adornados con cercos 
de oro y engastes de piedras preciosas: en la punta del espigón que for- 
maba el extremo superior colocaban carbuncos, que heridos por el sol 
"relumbraban á mucha distancia (2). De ambos lados se aseguraba una 
plancha de hierro que cubriendo los carrillos y la boca se le dio el nombre 
de babera (3). 

Pasemos á las cálcias , las cuales tomaron después el nombre de bra- 
foneras; y supuesto que las vemos pintadas en los documentos, creemos 
oportuno describirlas en este lugar. La palabra cálcia viene del latin cá- 
liga , armadura de la pierna que usaban los romanos desde el pié á la pan- 
torrilla, y que siguió usándose en la Edad media; se construían de sorti- 
jas menudas de acero , sobre unas botas de cuero que se llamaban trebu- 
queras, y antiguamente tubrucos, como se indicó en la segunda época, 
enlazadas entre sí como la malla, con las cuales forraban todo el pié hasta 
la corva: ignoramos el origen de la voz brafoneras, y aun cuando la deri- 
ban algunos de brahon , no guarda analogía; pues este se tomó del griego 
brachtoon que significa el brazo. 

El poema del Cid las explica tan claramente que no deja duda alguna 
acerca de su verdadero uso, pues dice: 

Calzó las brafoneras que eran bien obradas 
Con sortijas de acero, sabet bien enlazadas; 
Asi eran presas é bien trabadas, 
Que semeiaban calzas de las tiendas taiadas. 
Por defender las piernas, calzó unas brafoneras, 
Fizólas enlazar de firmes trebuqueras. 

La Crónica general contando el trage que pusieron al Cid Campeador 
después de su muerte en Valencia, explica «que tenia calzadas unas cal- 
zas entremezcradas de branco é de prieto é arrodesuelas menudo que no 
ha orne en el mundo que non coidase que eran brafoneras , si non cuando 
posiese la mano en ellas (4).» 

(I) Teodor. Hopingt., Trat. de insignium (2) Conquist. de Ultramar, lib. 2 , cap. 44. 

sive armorum prisco et novo jure, cap. 9, pa- (3) Id., lib. 2, cap. 54. 

ragraf. 4.°, miembro \° (4) Fol. , 361. 

TOMO IX. 10 



1í Memorias oe la Real 

Para defensa de las manos nombran ' las escrituras las lúas, guaníes 
aforrados de la misma malla que las brafoneras. Por esto en el ordena- 
miento de los menestrales del Rey don Pedro de Castilla , su data en las 
Cortes de Valladolid á 1.° de Octubre de 1351 , se previene que á los aci- 
caladores les den «por limpiar las lubas é zapatos de acero quince 

maravedís.» 

Los cinturones que se encuentran con el nombre de albenda, esto es, 
del árabe al-bendá, el cordón: la renga, regna ó rene del latin rende, que 
equivale al ceñidor; el bálteo de balteus, el cinturon; y el cintorio ó cinto de 
cingo cingis, ceñir la cintura, se abrochaban con la hebilla ó fíbula de donde 
colgaba la espada, y en este concepto las leyes de Partida ordenan que los 
prelados «non deben traer bronchas nin cintas con feviellas doradas (1)» 
y la Crónica general que «así los ligó como correa con feviella que liga los 
lados del orne que la ciñe (2).» Las rengas se hacian de cadenillas de hierro 
y aforradas de cuero para que el enemigo no desarmase al caballero, y 
por eso previene Montaner (3) que «negu cavaller no deurá anar en feit 
d'armes meys de dos parells de renges, les unes de cadena, é les altres 
de cuyr; é aquelles de cadena , foren cubertes de cuyr.» 

De las espuelas, bajo el nombre de expolas, sporas ó sporones, se hace 
frecuente mención en los papeles antiguos. Ya dimos cuenta que Assur 
Gómez en 932 recibió de la comunidad de Cárdena unas spolas heytes con 
artarfes, esto es, del árabe jaüh avisar y at-tarf punta, y debieron sin 
duda tener bastante lujo en esta prenda, por cuanto á cada paso las 
hallamos anotadas de oro y plata. 

Vemos en algunos dibujos que la lanza tiene una banderola con el do- 
ble objeto de servir de divisa al caballero, de distinguir la mesnada y 
de asombrar al caballo del contrario en el choque. Con este motivo dice 
el poeta (4). 

Embrazaron los escudos delant los corazones, 
Abajan las lanzas apuestas de los pendones. 
Tantos pendones blancos salen bermejos de sangre. 

«Pendones posaderos (dice don Alonso el Sabio) (5) son llamados aque- 

(1) Part. 1.', tít. 5.°, ley 39. (4) Poem. del Cid. 

(2) Fol. 377 vto. (8) Part. 2.", tít. 23, ley 14. 

(3) Crón. de los Rey. de Arag., cap. 1 32. 



Academia de la Historia. 75 

líos que son aiichos contra el asta, y agudos facia los cabos é llévanlos 

en las huestes los que van á correr las posadas Otrosí los pueden traer 

los que ovieren de cient caballos ayuso fasta en cincuenta; mas dende 
fasta diez, ordenaron los antiguos que trajese el cabdillo otra seña cua- 
drada, que es mas luenga que ancha bien el tercio del asta ayuso é non es 
ferpada: esto llaman en algunos logares bandera.» La lanza se componía 
del astil ó cuento, palo largo y redondo, y la moharra ó hierro agudo, 
ya en 6gura de doble anzuelo ó como hoja de laurel: en su nacimiento 
tenia un cañón á semejanza del cubo de nuestra bayoneta, que se fijaba en 
el extremo del cuento. 

La espada era ancha en su principio é iba estrechando ó seguía con 
la misma proporción hasta la punta: solo tenia una cruceta, ya recta, ó 
en forma de media luna, con la empuñadura de metal: la vaina gene- 
ralmente se formaba de dos costillas de madera aforrada de cuero, ter- 
ciopelo ú otra estofa preciosa, guarnecida de oro y plata, con piedras 
finas y aljófar: los antiguos daban al pomo el nombre de manzana y á 
los gabilanes que resultaban de la cruceta el de arriazes, porque arrias 
en árabe es el puño de la espada : el poema del Cid lo confirma por estos 
versos : 

Sacan las espadas é relumbra toda la cort: 
Las manzanas é los arriazes todos de oro son. 

Ya hemos notado que las escrituras también nombran el puñal, la 
segur ó hacha de armas y la maza, con las que herían y magullaban al 
enemigo: las leyes de Partida ya previenen que «por ende ha menester 
que hayan para defenderse.... fachas é porras (1).» Montaner dice (2) 

que «el senyor Rey donali tal cop de la maza sobre lo capell de 

ferré qu'el cervell li feu exir per les orelles, é caigué mort,» y el poema 
de Alejandro: 

Mandaron fer á prissa, saetas é cuadriellos, 
Lanzas é segurones, espadas é cuchiellos 

Varias son las formas de los escudos y adargas que muestran los do- 
cumentos de esta época, pero que todos servían al propio objeto de de- 

(<) Part. 2.", tít. 24, ley 9. (2) Orón, de los Rey. de Arag. , c. 134. 



76 Memorias de la Real 

fender el cuerpo. El primero se corjslruia de tablas de madera cubiertas 
de cuero y sobre él se pintaban ó doraban las divisas de los caballeros; 
así se trasluce del poema del Cid. 

Embrazan los escudos delant los corazones. 
El que en buen hora nasció, los oyos le fincaba, 
Embrazó el escudo y bajó el hasta ; 
El escudo trae al cuello é todo aspado. 
De los colpes de las lanzas, non avie recabdo. 

Y Juan Lorenzo de Segura (4) que el grande Alejandro 

Tenia en n' escudo fito mucho cuadriello, 
Aviel del escudo grandes taulas tollidas. 

La crónica del Cid (2) representa á este héroe, ya difunto, con «una 
capellina de pergamino pintada é el escudo dessa mesma manera,» y la de 
don Alfonso XI (3) «que era tan grant queja de hambre, que comían los 
cueros de los escudos.» 

La adarga, con las variantes de adarca y atareca, es tomado del ára- 
be ad-darka, que vale tanto como embrazar: esta se componia de dupli- 
cados cueros engrudados y cosidos unos contra otros, de figura cuasi 
oval y algunos de corazón. 

Armábase á los caballos de los catafractos con lorigas de una cons- 
trucción análoga y acomodada para su resguardo, cubriéndoles la cabeza 
con la testinia , testera, capizana ó yelmo: en el sitio oportuno dejaban el 
espacio suficiente para poner la silla , la cual estaba aforrada de hierro ó 
plata; las camas, del árabe hetmán, ligar ó enfrenar, también estaban 
herradas de malla para evitar que el enemigo cortase las ayudas, y por 
eso Alfonso X (4) dice: «é aun mandamos que cuando oviessen á cabalgar 
fuera de villa en tiempo de guerra, que fuesen en sus caballos armados;» 
y en las Cortes de Yalladolid el Rey don Pedro (5) ordenó, que «por alim- 
piar é acicalar Jos yelmos de los caballos, por cada uno dos maravedís é 
medio é por las lorigas de caballo, cuatro maravedís;» por último, 



(1) Poem. de Alej. (4) Part. 2.", tít. 21 , ley 17. 

(2) Cap. 283. (8) Orden, de los menestr. 1 351. 

(3) Cap. 118. 



Academia de la Historia. 7*7 

en el citado códice, titulado Libellus de balailla facienda, se manda que 

«guarden que en los testers deis caballs no posen pells d'esquirols, 

ne altres besties, ne coes, ne alcuns espaventaills , perquels caballs s'es- 
paoroissen (1).» 

Iguales armas, con corta diferencia, usaban los franceses desde el si- 
glo VIII. La ley de los ripuarios, coetánea á la ley Sálica (2), designa la 
spatha con scogilo, la brunia; helmo con su diiecto, bamberga, escudo y 
lanza. Asimismo se previene en los capitulares de los Reyes francos de 
los años 779 (3), 803, 805 y 812 que no se den á los comerciantes ni se 
vendan fuera del niño las bruñías ni las baugas, y que todo el que tenga 
doce mansos de feudo, esté provisto de esta arma; riltimamente, en el 
testamento del conde Everardo, otorgado en el año 867 (i), se señala á 
Anroch , su hijo primogénito, una espada con h i Icos ¿orados, un facilo ó 
puñal de oro con pedrería, un bálieo del mismo metal con fíbula dorada, 
una brunia, un helmo y dos beinbeigas: al l< rcer hijo, Adelardo, entre 
otras cosas, dos garales de plata con otras tíintas cucharas, un helmo con 
hasberga y dos brinbergas. La bauga es el perpunte ó tórax (5), y el hilco 
parece el arriaz; la hasberga es palabra alemana de halls , el cuello, y ber- 
gen , resguardar (6), y de ahí adoptaron los catalanes la palabra alseber- 
go, y posteriormente, asberch, para significar la loriga, pues el almófar 
le llamaron cap-mall, como ya notaremos, y la brinberga es también una 
palabra compuesta de bein , la pierna, y bergen, defender ó resguar- 
dar (7), cuya explicación aclara su uso. 

Tanto para sus cacerías como para la guerra, solian llevar los escude- 
ros una corneta de asta, metal ó marfil , colgada de un cordón que las 
escrituras la denominan cornia , cornua y cornea (8). 

A fines del siglo IX daban á las acemitas los nombres de innémilos y 
zumalzisos , como cousla de la donación de San Rosendo: quizá sea cor- 
rupción de chemel, que en árabe es el camello. En Castilla, León, Asturias 



(1) Salat, moned. de Catal., t. 2, núui. 1 9. de los ripuarios, capítulo 36, §. H. 

(2) Juan Jorge Eccardo.- Francfort, 1720, (7) Notas de Eccardo citad. 

cap. 36, §. 11. (8) Llórente, notic. hist. de las Prov. Vas- 

(3) Bouquet, t. o." cong., t. 3, ap.-; Traegia , disc. hist. sobre el 
(i) Spicileg. de Lucas de Acherí.- París, oríg. del Rey l'irenayc, t. 4, Mem. de la Aca- 

1723, t. 2, pág. 876. deni. de la Hist.-; Florez, Esp. Sagr.,t. 40, 

(5) Bouquet, t. 5.°, vocab. pág. 409. 

(6) Notas de Juan Jorge Eccardo á la ley 



78 Memorias de la Real 

y Galicia, así como en los valles de Aragón, Navarra y Cataluña, se 
criaban en abundancia caballos robustos y á propósito para la guerra, á los 
cuales, por su calidad y pelo, daban los nombres de amarello, basso, vagio, 
mauricello, ráudano, rosello, roseo ó roscio, ibison y pálido, que con- 
servamos hoy con los de bayo, morcillo, rodado y rucio &c (I). 

Como por este tiempo no se conocían los. coches ni otros carruajes de 
comodidad, los viajes se hacian en basternas, literios y sedendarios que 
acomodaban en las muías ó caballos, y de que en Galicia y Asturias que- 
dan algunos vestigios. 

Pero ya es justo poner fin á la presente época á trueque de no mo- 
lestar por mas tiempo la atención de nuestros lectores. Dejamos á su 
juicio el calcular la inmensidad de materiales que hemos reunido para 
formar este opúsculo; y sobre todo, la suma oscuridad con que á manera 
de un denso velo han aparecido á nuestra vista. No presumimos haberle 
descorrido enteramente, porque esto requeria una destreza superior á la 
que debian prometerse de nosotros; pero si el público encuentra en nues- 
tra obra combinaciones naturales y probables congeturas, esta será la mas 
grata y segura recompensa que habremos recogido de nuestro ímprobo 
trabajo. 

(1) Escrit. de Yep.-; Berg.-; Escal.-; Florez-; Abella-; Llórente-; Abad y la Sierra, citadas. 



Academia de la Historia. 79 



CUARTA ÉPOCA. 



1'esde la ocupación de la importante plaza de Toledo por el Rey don 
Alonso VI , el aspecto político de la nación cambió de faz enteramente. Cas- 
tilla la Vieja quedó asegurada de las invasiones de los moros, y la pobla- 
ción empezó á prosperar á la sombra de los fueros y privilegios concedidos 
por la autoridad de los Monarcas. Instituidas las órdenes militares, la no- 
bleza corrió á porfía para alistarse bajo la insignia de la Cruz, y las expe- 
diciones al Oriente, que comprenden hasta la quinta cruzada, facilitaron la 
comunicación con aquella hermosa parte del mundo, cuyas producciones 
fueron un nuevo aliciente para satisfacer el lujo y el capricho de los dos 
sexos. 

Es evidente que los españoles tuvieron una parte activa en la guerra 
Santa: los campeones castellanos, aragoneses, catalanes y navarros uo 
solo combatian con gloria en la Península para arrancar de las manos de 
los sarracenos su país natal , sino que, llevados también del espíritu de re- 
ligión , partían á Palestina para expiar sus culpas, tomando parte en los 
laureles que'cogian los franceses, ingleses, italianos y alemanes. Prelados, 
sacerdotes, príncipes, grandes y plebeyos, y hasta las mismas mugeres 
oian con entusiasmo los relatos de aquella guerra ; y á pesar de que los 
Pontífices consideraban la de España como preferente y exhortaban á los 
españoles á combatir los árabes en su propio país; sin embargo, era con- 



80 Memorias de la Real 

tínua la emigración para el Oriente, dejando la mayor parte firmados sus 
testamentos antes de emprender el viaje (1). 

Gran número de monumentos conservamos en testimonio de los ade- 
lantos que progresivamente hacían las artes por medio de los tratados de 
paz entablados con los regalos mahometanos, cuya sabiduría y buen gusto 
adoptaron los cristianos. Su genio sombrío comenzó á modificarse, y con- 
naturalizándose la galantería con las glorias militares, los hizo mas ase- 
quibles á la cultura. 

Las leyes de la guerra , aun cuando no se habían sometido á una for- 
ma de derecho que evitase la crueldad de los vencedores, depusieron en 
algún modo su ferocidad, y las ideas románticas ó caballerescas produ- 
jeron un código consuetudinario en que rivalizaba el honor y el interés 
de los batalladores con la fe de los tratados. 

Hemos anotado en la época anterior la influencia de los enlaces de 
nuestra familia real en el aumento del lujo; y á fin de comprobar esta 
verdad, añadiremos brevemente que doña Urraca, hija del Rey don Alon- 
so VI, viuda del conde de Barcelona, contrajo nuevas nupcias con el Rey 
don Alonso I de Aragón, llamado el Batallador, en el año 1108; y aun 
cuando este consorcio fué una serie no interrumpida de disgustos entre 
los esposos, la corte de Castilla se llenó de aragoneses, con cuyo motivo 
las costumbres de las dos monarquías pudieron insensiblemente unifor- 
marse. 

Su hijo don Alonso VII, el Emperador, casó en 1 128 con doña Beren- 
guela, que lo era del conde don Ramón Berenguer III y de doña Dulcia, 
condesa de Provenza, cuyo matrimonio se efectuó en Saldaña, adonde 
había sido conducida la novia por mar. Convocó las Cortes en León el año 
1 148 y declaró Reyes de este reino y del de Castilla á sus hijos don Fer- 
nando II y don Sancho III. 

En el de 11 51 se celebraron las bodas de don Sancho con doña Blan- 
ca de Navarra; después las de don Fernando con la Infanta de Portugal, 
doña Urraca, hija de Alfonso Henriquez, y al año siguiente el mismo Em- 
perador casó con Rica, Rixa ó Richilde, hija de Ladislao II , Rey de Po- 
lonia, á la cual recibió en Valladolid con grande aparato de fiestas. Tam- 
bién dio por esposa la Infanta doña Sancha al de Navarra, y en el de 1 153 
doña Constanza á Luis Vil de Francia. 

I\) Mem. de la Acad. de la Hist., t. 5.* 



Academia de la Historia. 81 

La Emperatriz, después de la muerte de su marido, contrajo ma- 
trimonio en el de 1161 cou el conde de Provenza , dou Ramón Be- 
renguer. 

Don Alonso VIII casó en Tarazona con Leonor, hija de Enrique II de 
Inglaterra, en 1 170, pasando seguidamente á Burgos, donde se hicieron 
las fiestas de la boda, y al año inmediato nació la hermosa Berenguela, 
honor del bello sexo y madre de San Fernando. 

En 1174 la Infanta doña Sancha, hija del Emperador y de doña Rica, 
casó por mediación de su sobrino don Alonso VIH con don Alonso II de 
Aragón, celebrándose este acto en Zaragoza con pompa y magnificencia. 

A don Fernando, Rey de León, muerto en 1188, sucedió don Alon- 
so IX, que en unión con el de Castilla hizo la guerra á los moros; pero 
desavenidos mutuamente, se retiró el primero á su capital y se confederó 
con el Rey de Portugal don Sancho l , desposándose con su hija doña Te- 
resa. Las disputas de los dos primos produjeron males incalculables á sus 
respectivos pueblos: por ellas se perdió la famosa batalla de Alarcos, en 
1195, donde murió la flor de la juventud castellana; y varias plazas con 
un buen número de lugares fueron entregados al saqueo y á las llamas. 

Disuelto el matrimonio de la Reina doña Teresa con don Alonso, por 
el Papa Inocencio III, se hicieron paces entre los Reyes de León y Casti- 
lla, confirmando este acto con el enlace de la joven Berenguela en 1 1 97- 
pero fué forzosa su separación por bula del mismo Pontífice en el de 1204 
con sentimiento de los dos esposos. 

El reinado de su hijo don Enrique I sobre ser breve, y en su menor 
edad, por haber fallecido en 1217, solo nos ha dejado memoria de las 
intrigas de don Alvaro de Lara, su tutor, en mengua del derecho de doña 
Berenguela, que por su prudencia y cautela consiguió ver á su hijo San 
Fernando III en el trono de Castilla, casándole con Beatriz de Suevia, hija 
de Felipe, Emperador de Alemania, y de Irene Angela, para lo cual se 
celebraron las bodas en Toledo en 1219. 

Este buen Rey derrotó en muchos encuentros á los moros, triunfando 
en todas sus expediciones. Muerto su padre en 1230 entró en León, v 
fué recibido como heredero del trono, ajustando su madre un tratado 
con la reina viuda doña Teresa, por el que renunciando Sancha y Dulce, 
sus hijas, á la corona, recibiesen en indemnización una pensión para 
vivir con decoro: con esta transacción San Fernando quedó soberano de 
los reinos de Castilla, León, Galicia y Asturias. 

TOMO IX. ,| ) 



82 Memorias de la Real 

Después del fallecimiento de doña Beatriz, el Rey casó en 1237 coa 
doña Juana, hija del conde Simón Dammartin deBoulogne, y celebradas 
las bodas en Burgos, se preparó para reconquistarla Andalucía congre- 
gando su hueste en Córdoba en el año 4 24*7. Reconcentradas sus fuerzas 
en la misma ciudad, marchó á Sevilla, la puso sitio el 20 de Agosto, y 
obligándola á capitular el 23 de Noviembre, aseguró para siempre el do- 
minio de la Turdetania y de toda la Bética. 

Los pendones de Castilla y León tremolaban en la mayor parte de los 
adarves de las plazas , y el orgullo mahometano gemia bajo el peso del 
trono castellano, cuando la muerte arrebató al Rey á fin de Mayo de 1252, 
dejando á su heredero el cetro brillante de sus conquistas. 

No son menos positivas las causas que contribuyeron á engrandecer 
la monarquía los muchos extranjeros que vinieron para domiciliarse en 
España. Entre las grandes entradas que hicieron desde principios del 
siglo XII contamos dos épocas notables; la una cuando Muhamat juntó en 
Andalucía un ejército numeroso y vino á buscar á los de los Reyes de 
Castilla , Aragón y Navarra , que se confederaron mientras durase el común 
peligro: entonces llegaron á Toledo en 1212 millares de franceses, alema- 
nes, ingleses é italianos para servir de aventureros en esta campaña, que 
terminó felizmente con la victoria de las Navas de Tolosa el 4 6 de Julio. 
La segunda época se verificó cuando San Fernando reunió sus tropas en 
Córdoba para reconquistar á Sevilla, y para esta cruzada llegaron volun- 
tariamente muchos franceses, placentines, genoveses, catalanes y gasco- 
nes , que vinieron á unir sus esfuerzos con los castellanos, recibiendo el 
premio de su valor cabiéndoles parte en el repartimiento de la plaza de 
Sevilla (4). 

«En el nombre de francos, dice Burriel (2), se comprendían todos los 
extranjeros que vinieron en gran número á la guerra Santa , ó á poblar y 
comerciar después de ella. La villa de Illescas y sus aldeas, á seis leguas 
de Toledo, se pobló de solos gascones (3), y apenas hay pueblo de consi- 
deración en que no dure la memoria de barrio ó calle de francos. Tenían 
juez de su nación, y en una escritura gótica de Toledo del año 1103 (4) r 

(1) Zúñiga, Anal, de Sevilla, lib. %. (4) Compra de don Pedro, prior del uio- 

(2) Paleograf. naslerio de San Servando, de una heredad en 

(3) Consta de privilegios que se guardan Akur-medin, cerca de Toledo, en el año de 
originales en Illescas y en la iglesia primada \\H. 

de Toledo. 



Academia de la Historia. 83 

firma Maurin , marino de ülos franco? Su fuero, que aun se conserva 

original en Toledo, era con saludable política muy privilegiado, y de ahí 
nacieron las voces franquear, franco, franquicia, franqueza Sfc. El nuevo 
arzobispo don Bernardo y grao parte del clero que estableció eran fran- 
cos, y también lo eran los monjes del único monasterio de varones que 
el conquistador fundó extramuros de Toledo , esto es, el de San Servando, 
sujeto á la abadía de San Víctor de Marsella, arruinado siglos há. Los 
moros finalmente y los judíos quedaron en sus aljamas y sinagogas con 
entera libertad, aun en el uso de sus sectas, gobernadas por jueces de 
sus naciones, del mismo rnodo que estaban en todos los pueblos princi- 
pales de España.» 

No se descuidaba tampoco en el siglo XII el cultivo de la literatura, 
porque Alonso VIII fundó la universidad de Palencia, é hizo venir de 
varios puntos de Europa hombres doctos y eminentes en letras, á quienes 
dotó suficientemente para generalizar el estudio de las ciencias en la ju- 
ventud castellana (1). A mas de que Alfonso IX de León estableció un 
estudio general en Salamanca, y logró que lo confirmase el Papa Ale- 
jandro IV, cuyo liceo obtuvo la protección de San Fernando, dándole los 
primeros estatutos con nuevos privilegios, según consta en su Real cédula 
de 6 de Abril de 1243 (2). 

«Este es ciertamente (continúa el P. Burriel) el tiempo de la renova- 
ción de las glorias de España en religión, en gobierno público, en ciencias 
mayores y menores, en armas y en empresas militares; en marina, en 
comercio interior y exterior, y finalmente, en la perfección y pulimento 

de todas las artes, así liberales como mecánicas del arte de escribir, 

del grabado de los sellos y de la lengua vulgar Al Santo Rey se debe 

la gloria de haber quitado el embarazo de la lengua latina en los despa- 
chos reales y en las leyes y á su ejemplo los vasallos dejaron en sus 

escrituras la lengua latina, á excepción de las que eran sobre cosas pu- 
ramente eclesiásticas.» 

Mientras que los árabes no habian variado su forma de arquitectura y 
adornaban sus dominios con obras públicas, los españoles abandonaron á 
fines del siglo XI la que hemos llamado construcción asturiana , adoptando 
para sus edificios la arquitectura gótico-germánica, que después se cono- 

(1) Dorado , Cumpend. hist. de Salamanca, (2) Dorado, ideni, idem. 

cap. 29. 



84- Memorias de la Real 

ció en España con el de mazonería , crestería, obra nueva y gótico moder- 
no , para distinguirla de la greco-romana. 

Son muchos los templos , monasterios, palacios, caminos, puentes, 
fortificaciones y demás fábricas que se construyeron en el tiempo que 
comprende esta época, los cuales dan una verdadera idea del progreso de 
las artes y de la aplicación é ingenio de los profesores Casandro , Romano, 
Florín de Pituenga, Alvar García , Santo Domingo de la Calzada, maestro 
Raimundo, y otros que el curioso podrá examinar en la noticia de los ar- 
quitectos y arquitectura de España desde su restauración por Llaguno é 
ilustrada por Cean Bermudez. 

La pintura , que seguia los mismos pasos que las demás bellas artes, 
apenas hay rastro de su memoria; porque ni los hispano-fenicios, celtas, 
griegos y romanos, nos han trasmitido documentos por los que pudiéra- 
mos sacar alguna consecuencia de su perfección en tiempos tan remotos, ni 
mucho menos lo debemos esperar de los godos que destruyeron la cultura 
y las semillas del buen gusto de los pueblos que les precedieron. En medio 
de este denso velo, solo hallamos en los códices desde el siglo Vil las obras 
de los iluminadores ó pintores de miniatura, Vigila , Sarracino, García, 
Pedro de Pamplona y otros cuya memoria se ha perdido , en mal traza- 
dos dibujos que representan monstruosa y ridiculamente la figura huma- 
na con varios acrósticos y adornos de algún mérito por su colorido, es- 
malte y composición. 

Con corta diferencia podemos aplicar á la escultura los mismos pro- 
gresos, supuesto que los trabajos de los artífices castellanos, gallegos 
y catalanes, Aparicio, Rodolfo, Arnaldo y los maestros Maleo y Bar- 
tolomé , que se conservan en San Millan de la Cogolla , catedral de 
Santiago, monasterio de San Cucufate del Valles y catedral de Tarra- 
gona, guardan en lo general proporciones descompasadas, deformes y 
groseras, sin que por estos defectos dejen de tener algunas piezas pro- 
lijidad y aun primor. 

Poca variación hallamos en esta época relativa á los géneros del país, 
continuando en ser tributarios de las manufacturas extranjeras, ó por 
causa de que la nación estuviese empeñada con la guerra de los moros , ó 
bien por ostentar el lujo y manía de hacer mas aprecio de lo ageno que 
de lo nuestro. 

De los paños galambrunos é isembrunos se hace mención en la escri- 
tura de la condesa doña Mayor á Sahagun en 1 de las calendas de Abril 



Academia de la Historia. 85 

de 1 1 25 , en la que se dice: «Establecisteis también conmigo y firmasteis 
que sin escusa se me dé anualmente por todo el tiempo de mi vida un buen 
manto adornado con su fíbula, de galambruno ó guisembruno (1).» Estos 
paños, de calidad fina (2) , también se mencionan en los estatutos de Cluni. 
redactados por San Pedro Venerable en el año 1131 , determinando que 
ningún religioso los use, ni los escálfanos, frisas, agnelinos, escarlatas, 
barricanos ó preciosos bureles que se fabricaban en Ratisbona: de estos 
últimos es uno de los géneros que apunta don Alonso IX en el fuero de 
Cáceres en el año 1229, así como previene en el capítulo de los tejedores 
«que tejian la vara de sayal á dos dineros, et del estopazo dos dineros, et 
de las márfagas dos dineros, et del lienzo cuatro dineros.» 

La carta donación de una señora llamada Urraca al monasterio de San 
Juan de la Peña, que se otorgó á principios del siglo XII, ofrece para un 
frontal de San Julián un drapo de alkulga (3) que puede venir del alcus 
ó aculetus, que Du Cange da por sentado fué una especie de paño ó es- 
tofa fina. 

Del priset se hace mérito en el testamento de Domingo Pérez, por el 
cual dispone ser enterrado en la iglesia de Santa María de Toledo, y lega 
en Abril de 1110 á Domingo Julián su saya de priset, y á Cipriano su pri- 
mo, un manto de igual género (4). No nos ha sido posible descubrir el orí- 
gen de esta palabra , aunque es muy probable que tomase su nombre de 
Ipre, ciudad de la Flandes, en la que desde tiempo antiguo se fabricaban 
excelentes paños. 

Pero ¿qué mas podemos apetecer, cuando en el fuero de San Sebas- 
tian, dado por el Rey de Navarra don Sancho VI, llamado el Sabio, y 
escrito hacia el año 1180, y quizá el arancel mas antiguo que conocemos 
en España, se apuntan varios artículos de comercio? (5). Allí vemos el 
plomo, eslaño, cobre, cuero de buey y ciervo; pieles de esquirol, esto es, 
de ardilla ; la de boquina ó boque, el macho cabrío; la de motonina ó mo- 
tolina, el cordobán, porque se tomó de montón, que en francés significa el 
carnero, y aun en Constantinopla les llamaron mottolinos; la dagunia, ó 
piel de cervatillo, adoptado del mismo idioma, daguet; la vulpina ó zorra; 

(1) Escal., Hist. de Sahag. , ap. 3.*, escrft. (3) Abad y la Sierra, Colee, dipl. , t. 6. 
KM. (4) Abella, Colee, dipl, t. 10. 

(2) Según Teófilo Reinaldo, los primeros (5) Dicción, geograf.- ; Hist. de Esp. , por 
eran de color gris ceniciento , y los segundos la Real Acad. de la Hist., t. 2, ap. , pág. 541. 
de rojo dorado. 



86 Memorias de la Real 

la de liebre, conejo, gato salvaje y doméstico, con otros artículos, tales 
como la pez, cera, incienso, pimienta, arpillera, paño de lana, lienzo crudo 
y fustán. 

Era este de algodón, y los fustaneros, esto es, los tejedores de cotonías 
ó bombasí, se conocían en Barcelona antes del año 1255, así como los tin- 
toreros que les daban el color (1). 

El cendal doble de Luca y del Oriente, género de seda parecido al 
tafetán (2) , y el de las fábricas de Adria, en Venecia, con la púrpura, el 
jamet y el ojalaton, con otros de que no tenemos noticia, estaban en uso 
durante los años que comprende esta época , como lo especifica el poema 
del Cid y Berceo en sus poesías. 

Mantos é pielles é buenos cendales d'Adria 
Tanta pórpola é tanto jamet é tanto paño presciado 
Con almátigas blancas de finos ojalalones (3) 
Balanguines é púrpuras, jamet et escarlata (4). 

El jamete, que es sin duda el samito de los antiguos, fué una estofa 
de seda muy delicada: el ojalaton no puede dudarse que trae su etimo- 
logía del griego oxüalai, que vale tanto como púrpura de color muy su- 
bido, según el sentir de Du Cange (5), y en este supuesto, considerándolo 
solo por el color, quizá lo derivaron de oxalio, óxidos, la acedera; pero 
el balanguin, baldoque ó balduquino, tejido de seda con oro ó plata, pa- 
rece que venia del Asia, en cuyo supuesto su origen deberá ser del árabe 
balaka, ó bien de balako, por la variedad de colores que hacia con el brillo 
de estos metales. 

El poeta añade que el Cid llevaba una cofia sobre el pelo de un esca- 
rin superior, tejido de oro, y don Tomás Sánchez anota que era tela fina 
de color de escarlata, y que acaso seria lo mismo que escarlatin. Tene- 
mos á mas el testamento de Orabuena Pérez, hija de don Pedro Ruiz, 
datado á 3 de Noviembre de \ 298 , en que se pone en relación una col- 
cha de estari (6), y la carta de dote que don Alfonso Ivañez y su muger 
doña Sancha dieron á su hija Inés al contraer matrimonio con Juan Al- 

(!) Capmany, Mentor, de Barcel. , l. 1.°, (5) Artic. Ogiblata -; Magri , noticia de vo- 

part. 2. a , pág. 2tS-; t. 2.*, pág. 72. caboli ecclesiastici. 

(2) Id. (6) Colee, diplom. de Fernando IV, pági— 

(3) Vida de Santo Domingo de Silos. na 1 05. 

(4) Signos del juicio. 



Academia de la Historia. 81 

fonso en 1 5 de Noviembre de 1 303, por la cual resulta , entre otras ropas, 
dos colchas, la una de alcaz y la otra de escari blanco (1). Siendo esto 
así, es una prueba evidente que el género en cuestión tomó el nombre 
del árabe askar, rojo, colorado, porque en Jerusalen y en Egipto se usaba 
un tejido exquisito de color de escarlata que se llamaba askari. 

Probable seria que antes del año 1242 se vendieran en España, como 
artículo de consumo exterior, los paños de Statphort, ciudad de losPaises- 
Bajos, porque en la escritura de cierta venta, otorgada por doña Inés 
Lainez, abadesa de las Huelgas de Burgos, fecho en el mes de Mayo del 
indicado año, nos dice que ajustó con Fernando Diaz de Cerezo y su 
muger Eldonza al recibirlos por familiares del monasterio, que se les diese 
cada un año dos cerdos vivos «e que vos den en tres annos quarenta 
varas d'Estanforte de Raz para vestidos (2).» 

Con efecto, la ciudad de Arras era célebre en estos tiempos por sus 
fábricas de tejidos, y de ellas, como de otras de que daremos razón mas 
adelante, hacian el comercio de peletería; así es que en algunas escrituras, 
suprimiendo la preposición de, ó cambiando la e en a, sincopaban el 
Ra (3) y Raz (4), mientras que en otras formaban parte del nombre pro- 
pio, como Descanforte ó Destanforte. 

El ramo de lienzos, con los nombres de ranzal (5), tejido claro, y to- 
mado del árabe rand, los cuaren teros y scácaros (6), de schacos ó scacatus, 
labrados á cuadros f7), también eran comunes entre la gente de posibles. 
Pero sin salir de la Península, en Molina habia fábricas de paños de cali- 
dad no despreciable, porque sus fueros, dados por el conde don Manrique 
y su muger doña Hermesenda en Colmenar de Oreja, á mediados del 
siglo XII, estando presente y confirmándolos don Alfonso VII, el Empe- 
rador con sus hijos don Sancho y don Fernando, en el artículo de picotes 
se previene: «ansi deben facer picotes en Molina: hayan cuatro calzas et 
sesenta liñuelos, et en cada linuel haya doce filos. — Picot rabiado, haya 
ochenta liñuelos. — Burriello, haya sesenta liñuelos etel blanquet haya se- 
senta é seis liñuelos: et todas estas piezas hayan veinte é dos cannas cru- 
das, é cuando fueren adobados, hayan diez é nueve cannas. — El pisador 

(1) Colee, diplom. deFernando IV, pág. 215. (4) Berganza, Antig. de Esp., ap., escri- 
ba) Becerro de las Huelgas que posee el tura 179. 

Excmo. Sr. D. Martin Fernandez de Navar- (5) Poema del Cid. 

relé. (6) Yep., Crón. de San Benito , tscrit. 214. 

(3) Escalón., ap., escrit. 64. (7) Du Cange. 



88 Memorias de la Real 

adobe con dos conreos é prendan á dos picotes, una libra de sebo: et 
burriello é blanco haya cada pieza una libra de sebo.» Luego hay una 
nota que expresa que falleció este buen conde á 21 de Abril del año 1 1 67. 
El paño burello ó burel es natural que trajera su origen de la ciudad 
del mismo nombre en la Calabria, así como el Estanforte, de Statphorl; 
y según hemos indicado, habia de calidad superior y mas basto. 

En el mismo cuaderno de los Fueros sigue luego: «Yo, Infante don 
Alonso, sennor de Molina é de Mesa, fallé cosas que non determinaba 
bien el Fuero, é volví mi acuerdo con homnes buenos de Molina é con el 
concejo, é departiémoslas ansi commo aqui son escriptas é dolas yo por 
fuero. — De los tejedores. — Los tejedores de Molina, tejian sayales cuarenta 
et cinco varas por un mencal. — Almargas treinta et cinco varas por un 
mencal. — ... et lino delgado veinte varas por un mencal.» Abella asegura 
que este fuero es posterior á la conquista de Almería. 

El picote se construía de lana y se asemejaba al chamelote, así como 
la blanqueta ó blanquet, que tomó este nombre por el color. 

También en el de Uclés del año 1179 se obliga á los tejedores, que 
«tejeant per foro, cuarenta caimas de sayal por un mencal; et de lienzo 
delgado veinte et cinco cannas; et de gordo treinta cannas; et de tocas 
doce cannas per cuarta auri (1).» 

En el de Cáceres por don Alonso IX de León en 1229, que « tejan la 
vara del sayal á dos dineros; et del estopazo dos dineros; et de las már- 
fagas dos dineros; et del lienzo cuatro dineros.» 

Ya dijimos que por la escritura del conde Peranzules, datada el año 
1111, constaba el uso de las pieles de ciniabe ó cingabe pardo, con las 
de alfaneque , y por la de la condesa doña Mayor se exije del monasterio 
de Sahagun una pelliza de piel de conejo de Portugal; por último, en el 
referido fuero de Molina se manda que los manguiteros que falsifiquen las 
pieles de conejo, cordero, liebre y martas, paguen sesenta sueldos (2). 

Como el hombre ha procurado siempre llamar la atención sobre sus 
semejantes, singularizándose con divisas que lo distingan del común de 
los demás, á proporción que sale del grado de estupidez y de inercia; 
el lujo del siglo XII tomó mas incremento por las causas que se han ale- 
gado en el principio de este discurso. 

(1) Abella, Colee, diplom., 1. 16. 

(2) Llórente, Provine. Vascong., t. í. Colee, diplom., núrn. 127. 



Academia de la Historia. 89 

En primer lugar, por un inventario de la catedral de Roda, formado en 
aquel siglo, y que se extrajo de la página 20 de un cuadernillo en cuarto 
del archivo de aquella santa iglesia por el ilustrísimo señor don Manuel 
Abad y la Sierra, obispo de Astorga, constan tres togas de algoton, 
cuatro cortinas de paleo, una racena del mismo género, unas calzas, 
unas sandalias, tres pares de cirotezis, y una algalota de orofres. 

Racena ó rachéna es palabra griega, rakos, que significa el lienzo de 
cama; pero en el documento equivale á la cubierta (1). De ella hace 
mención Venancio Fortunato en la vida de San Germán, obispo de Paris, 
que floreció en el siglo VI (2) , y los continuadores de los Bolandos en sus 
notas añaden que rachónna, rachénna ó rachína es el cobertor del lecho. 

Las sandalias viene de sandalion, calzado como especie de escarpín ó 
pantuflo; pero se halla no poca dificultad para glosar la palabra algalota 
ó gálato; si su etimología es de bullot, seria como si dijéramos la sota-capa 
ó sotana. El P. Alcalá llama al brial polot, pero como los árabes no tienen 
p en su alfabeto, se conoce que en su tiempo la cota, brial ó sobre-túnica 
se llamaba bullot, como queda dicho. 

Aun cuando Campmany (3) asegura que desde el siglo XIII los mejores 
guantes se fabricaban en Lérida , no por esto se debe suponer que ante- 
riormente se carecía de ellos en España. Las escrituras les dan el nombre 
de lúas, lubas ó wantes (4) , y también cirotezis, de xeiris, xeiridos, que en 
griego es lo mismo. Así podemos sentar la proposición que desde el siglo VI 
eran conocidos, por cuanto el autor anónimo de la vida de San Bethario, 
obispo de Chartres, cuenta (5) que «un bárbaro del ejército del Rey Teo- 
dorico quiso despojar al santo obispo de sus chírotecas , que vulgarmente 
llaman wantos.» 

Aun á principios del siglo XII se vuelve á hacer mención de los birros, 
que, como anunciamos en la segunda época, es la variante del colobio ó 
sayo sin mangas; porque en el testamento sacramental de Ricardo, sa- 
crista de la iglesia de Ausona, otorgado el año 1 100, se ponen entre las 
mandas una túnica muy buena y un birro, como dando á entender que 
se sobreponía á aquella (6). 

(1) Vida de San Juan el limosnero, pa- (4) Berganza , antig. de Esp., vocabul. 
Marca de Alejandría, cap. 9, par. 52. (5) Bouquet, colee, de Hist. de las Gálias 

(2) Continuad, de los Bolandos-; Actas de y Francia, t. 4 

los Santos-; 28 Mayo, cap. 3.°, núm. 27. (6) Villanueva, Viaj. liter. á las igles. de 

(3) Memor. de Barcel., t. \°, pág. 218. Esp., t. 6, ap., núm. 6. 

TOMO IX. 12 



90 Memorias de la Real 

Asimismo el obispo de Lugo, don Pedro III, en el año 1120 dispone 
que el manto que fué de Gutiérrez lo herede su iglesia (1), y don 
Alonso VII con su muger doña Berenguela, confirmando el fuero que su 
abuelo dio á Burgos á 4 dé los idus de Julio de 1124, amplía: «ad illos 
statuarios statum, quod debehant daré, el ad illos zapaíarios, illos zapatos 
quod debehant daré (2).» 

La condesa doña Mayor, en su legado á Sahagun de *í de las calendas 
de Abril del año 1125, débia recibir de la comunidad un manto con su 
fíbula, y una pelliza aforrada de paño con un par de zabbalas que le fuesen 
cómodas (3), esto es, del árabe sabbat; pero el arzobispo de Tarragona 
ordenó en el de 1129 que los sacerdotes no usaran paño rúbeo, verde ni 
cendal; túnicas listadas, ni sobre-túnicas tan abiertas que mostrasen los 
costados, sino cerradas de forma que no enseñasen los brazos, ni con 
mangas. Fácil será adivinar que estas sobre-túnicas son los braquiales que, 
corrompido el sentido, se llamaron briales en el siglo XII, cuyos costados 
estaban abiertos hasta el muslo. Asimismo les prohibe los zapatos con 
punta orfresados, y capas de colores, bordadas de seda con fíbulas y 
correas adornadas de oro, plata y ceñidores de seda. Previene última- 
mente que ningún sacerdote ni persona constituida en dignidad use capas 
manicatas, á no ser que un motivo justo exigiese mudar de hábito. 

Si esto pasaba en Cataluña , también en Castilla se ajustó en 1 1 33 una 
tasa entre el cabildo de Santiago y los vecinos de Compostela por autori- 
dad y confirmación del Rey don Alonso, donde se pone precio á los zue- 
cos buenos de muger, zapatones de vaca y de cabra ligadizos (4). 

Aun cuando nos faltasen estos preciosos documentos, teniamos el re- 
curso de apelar á nuestros poetas antiguos que, sino compiten con los mo- 
dernos, al menos nos trasmiten con sencillez las costumbres de su tiempo. 
El autor del poema del Cid, que floreció á mediados del siglo XII, parece 
que se complació en perpetuar el catálogo de los trages de su era. 

Ellos vien (dice) cuesta ayuso, é todos traen calzas 
Nos cabalgaremos siellas gallegas é huesas sobre calzas 
E buenas vestiduras de pelizones, é buenos mantos 



(t) Esp. Sagr., t. 41, ap. (3) Escal.,~ap. 3.', escr. 151. 

(2) Abella, t. t2. (4) Hist. Compostelana. 



Academia de la Historia. <M 

Vestios el sobre-gonel, luenga trae la barba. 

Mantos é pielles é buenos cendales d'Adria 



Tanta buena capa, é mantos é pellizones 
Chicos é grandes vestidos, son de colores 

Tantas buenas vestiduras que d'alfaya son. 
Mantos é pellizones é otros vestidos largos 

Tras una viga lagar, metios, con gran pavor; 
El manto y el brial todo sucio lo sacó : 

Mió Cid fincó el cobdo, en pié se levantó ; 
El manto trae al cuello é adelinó para el león 

Darvos muías é palafrés muy gruesos de sazón 
Caballos pora diestros, fuertes é corredores 
E muchas vestiduras de panos é de. ciclatones 

Rompien las camisas é las carnes á ellas amas á dos; 
Limpia salie la sangre sobre los ciclatones 

Leváronles los mantos é las pielles armiñas; 
Mas déjanlas maridas en briales é en camisas 

Con un sombrero que tiene Telez Muñoz 
Nuevo era é fresco que de Valencia 1' sacó, 
Cogió del agua en él é á sus primas dio 

Con esto cúmplanse ciento de los buenos que hi son 

Velmeces vestidos por sufrir las guarnizones: 

De suso las lorigas, tan blancas como el sol: 

Sobre las lorigas, armiños é pelizones. 

E que no parescan las armas, bien prisos los cordones; 

So los mantos, las espadas dulces é taiadoras. 

D'aquesta guisa quiero ir á la cort. 

Asi como lo ha dicho, todos adobados son, 
Nos' detiene por nada el que en buen hora nasció : 
Calzas de buen paño en sus camas metió 
Sobre ellas unos zapatos que á grant huebra son 
Vistió camisa de ranzal tan blanca como el sol. 



92 Memorias de la Real 

Con oro é con plata todas las presas son 

Al punno bien están, ca él se lo mandó; 

Sobrella un brial primo, de ciclaton 

Obrado es con oro, parecen poro son. 

Sobre esto una piel bermeia , las vandas d'oro son 

Siempre la viste mió Cid el Campeador. 

Una cofia sobre los pelos d'un escarin de pro 

Con oro es obrada , fecha por razón 

Que no le contalasen los pelos al buen Cid Campeador 

La barba habia luenga é prisola con el cordón. 

Por tal lo face esto que recabdar quiere todo lo suyo: 

De suso cubrió un manto que es de grant valor. 



Saliste por la puerta, metistet al corral 
Fusted meter tras la viga lagar : 
Mas non vestid' el manto nin el brial 

Assur Gómez entraba por el palacio 
Manto armiño é un brial rastrando 

Allí se tollo el capielo el Cid Campeador 

La cofia de ranzal que blanca era como el sol 

E soltaba la barba é sacóla del cordón. 



Berceo en sus composiciones poéticas también nos da alguna luz, pues 
en la vida de Santo Domingo de Silos, dice: 

Irado fó el Rey sin contó et sin tiento 
Afiblóse el manto, partióse del con viento. 

Esto es, que se abrochó la fíbula ó anudó el cordón del manto; y en los 
milagros de nuestra Señora cuenta que 

Tiene rica corona como rica Reina 
De suso rica impla en lugar de cortina 



Tiene en la cabeza corona muy honrada 
De suso una impla, blanca é muy delgada. 
A diestro é á siniestro la tiene bien colgada 

Fuel trabar de la toca el mal aventurado 



Academia de la Historia. 93 

Nunca vieron ornes toca tan querellada 



Luego que de la toca, trabó en mal fadado, 
Pe^óseli tan firme en el punno curado. 



No podemos menos de recordar en este lugar el fuero de Molina, por- 
que en él se manda que el que falsase suelas y abarcas peche cinco suel- 
dos; y examinando la bula de confirmación de Alejandro III, dada en 25 
de Setiembre de i 164, relativa al ti age de los caballeros de la orden mi- 
litar de Montesa (1) y Calatrava (2), veremos que las túnicas habian de 
ser á propósito para cabalgar, las pellizas de piel de cordero, los mantos 
aforrados de la misma piel, con capas y escapularios. 

Alfonso IX ya dispone en el fuero de Castroverde, que expidió hacia 
el año 11 9*7, «milites qui ibi habitaverint, dent septem cavalgadas suo merino: 
et maiordomus det Mis septem pares de calzas , et sendos de expolas , et sendos 
mantos de color (3):» así como en el testamento del capellán Guillermo de 
Santo Tomás de Toledo en 1199 se halla una cláusula por la cual ordena 
que á su criado Juan se le dé una camisa y unas bragas (4) 

Es también un documento curioso la escritura de profesión de María 
Rodríguez, monja del monasterio de Nogal, datada en 1.° de las nonas de 
Noviembre del año 1202, donde se dice : «yo Juan, prior de Nogal, con el 
consentimiento de mi padre abad San Facundo, hos recivo en el mismo 
combento á vos doña María Rodríguez participante de nuestros bene- 
ficios, señalándoos la porción destinada para vuestro sustento En los 

vestidos, una capa, una pelliza de dos pieles de cordero de dos años, una 
túnica ; calzado según la costumbre de los monjes, y en cuanto á los ves- 
tidos de lienzo, dos facios cuarenteros de lino (5)» ó lo que es lo mismo, 
dos tocas para cubrir la cabeza. 

Los castellanos es muy posible tomasen de los catalanes el uso de la 
garnacha , y estos por su comercio con el Oriente la adoptaron en su país. 
La palagra griega granalxa significa un vestido propio del Emperador, 
ancho y largo hasta el suelo , con mangas asimismo prolongadas y hue- 
cas (6), con una vuelta de piel fina que caia en los hombros y espaldas. 
De este trage hace mérito el testamento de la Reina de Aragón doña Ma- 

(1) Samper. , Montes, ilustr. , part. 1 ?, nú- t. 3.", Colección diplomática, número 189. 
mero 269. (4) Abella, t. 1S. 

(2) Bular., escrit. 4." (5) Escal., ap. 3.°, escrit. 214. 

(3) Llórenle, Provincias Vascongadas, (6) Mensi, glos. greco-barbar. 



94 Memorias de la Real 

ría, muger de don Pedro II, otorgado á 20 de Abril de 1213, porque 
manda á Fisendia, su camarera, la capa, guasnacia, el paleo, la túnica 
y la pelliza nueva de escarlata, con el manto y guasnacia de paño verde, 
y á Guillelma, su sirvienta, la guasnacia de bruneta con otra pelliza de 
escarlata (1). , : 

. > En la donación de don Diego López de Haro con su muger doña Toda 
Petriz ó Pérez al monasterio de Nájera, en 12 de las calendas de Junio 
de 1214., se vuelve á hacer mención de los frocos, pues dice: aDamus 
etiam, vobis ut augmentum et melioramentum monachórum solum modo clans- 
tralium videlicet froccorum et cucullarum , et etiam si. opus fuerit , et aliquid 
superfuerit pelliciarum ad arbitrium pmoris claustri..... (2)» 

Don Miguel Gasiri tradujo una escritura arábiga perteneciente al rei- 
nado de don Enrique I relativa á doña Mayor Alvarez, en la que se halla 
memoria de camisas de Egipto de lienzo y seda, camisas bordadas, ca- 
misas persianas bordadas de seda; collares de oro murcianos ; arracadas 
del mismo metal con piedras preciosas; manillas y sortijas; cinturones 
de pieles delicadas, recamados de seda y con pedrería; capas de jaldo, 
esto es, de estofa de oro; mantos bordados del mismo género, tocas y 
pañuelos (3). 

En Italia las ciudades de Genova y Pisa debieron ser famosas en fa- 
bricar estofas y otros géneros de que los españoles tenian conocimiento y 
puede que trajeran á la Peuínsula como artículos de su comercio, según 
lo da á entender Eerceo en estos versos : 

Eran estas compannas de preciosos varones 
Todos vestidos eran de blancos eiclatones 



Vido venir tres vírgenes todas de una guisa 
Todas venian vestidas de una blanca frisa 
Nunca tan blanca vido Genua nin Pisa (4). 



Por este tiempo se introdujo la costumbre de llamar á la piel ó piel!, 
pelote ó pellote, cuyo trage se reducía á una túnica manicata ancha y ro- 
zagante, según se infiere del ordenamiento de las Cortes de Nájera, en 



(1) 


Lucas de Acheri Spicileg. , 


tora. 3.*, 


(3) Abella, t. 12. 


París 


, 1723, pág. 576. 




(4) Vida de Santa Oria. 


(2) 


Abella, l. ib. 







Academia de la Historia. 95 

que previene á todo consorte dé en arras á su muger «una piel de abor- 
tones que sea muy larga, et debe haber en ella tres cenefas de oro; et 
cuando fuere fecha debe ser tan larga que pueda un caballero armado en^ 
trar por una manga é salir por la otra (1).» 

Este cambio lo conocemos por el testamento de un tal Juan del Cor- 
ral, datado á 27 de Julio de 1220, por el cual manda á su hermana Isabel 
«un par de pannos de blao, manto é pellote é saya con sus pennas é con 
su guisamiento (2).» 

También en el concilio de Valladolid, en el año 1228, se estableció que 
los clérigos «hayan corona guisada nin muy grande, nin muy pequenna, 
et vestiduras non felpadas, nin entretaiadas, nin vermeias, nin verdes; 
nin muy luengas nin muy curtas: nin zapatos con betha nin con cuerda: 
nin camisa cosediza suo cuerpo nin en la manga, nin saya con cuerda. 

ítem: Establecemos que los clérigos non traiau siellas, nin frenos, 
nin espuelas doradas, nin pelrales, nin traian capas con mangas en la 

eglesia á la hora (3)» y en el fuero de Cáceres, dado por el ya citado 

Alonso IX en el año siguiente, se ordena que los sastres cosan con suje- 
ción á estas leyes: «Capa-pielle pro una tercia; capa de color sin penna 
una sexma: capa de burel con mangas quince dineros: garnacha una sex- 
ma: pellico una sexma: manto con penna una sexma: calzas de color ocho 
dineros: camisa de varón diez dineros: bragas seis dineros: saya-piel una 
octava: saya de color un sueldo: fustán un sueldo: camisa de mogier un 
sueldo: camisa et bragas de estopa once dineros: piel cordera delgada un 
maravedí: zamarron diez sueldos: penna de coneios sin blancos, medio 
maravedí: calzas de burel, cuatro dineros (4).» 

La ley suntuaria expedida por don Jaime I de Aragón en el año 1234 
ordena que ni el mismo Rey ni otro alguno de sus subditos coma sino de 
dos carnes al dia y una de ellas puede ser asada, á no ser que la hubiera 
de otra especie, como cabrito ó cochinillo: que estas dos carnes no puedan 
prepararse sino de una misma manera; pero de una sola de ellas puedan 
comer ó cenar, y que la carne salada ó en cecina y la caza no entren en 
cuenta; con respecto á la caza, establece que el que la matare la guise de 
cuantos modos quiera, pero el que la comprare, no pueda condimentarla 

(1) Ensayo hist. sobre la antigua legisl., de falencia, impreso en Valladolid, 1759. 
por Marina, pág. 208. (3) Españ. Sagr., t. 36. 

(2) Folleto titulado: Instrucciones legales (4) Mateos Murillo , Colee. dipL 
del arehivo capitular de los capellanes jacobitas 



96 Memorias de la Real 

sino de un solo modo. Manda que ni el mismo Rey , ni otro alguno de sus 
subditos, use vestidos abiertos, listados ó trepados , ni con adornos de oro, 
plata, orfrés, orpel ó seda cruda; ni tampoco pieles cevellinas, armiños, 
nutrias ú otra recortada ó adobada , ni fíbulas con oro ó plata , sino ar- 
miños ó nutrias íntegras y sencillas, cortadas á lo largo hacia el capuz de 
la capa, y en las bocamangas, que llamaban brazaletes, y en el arranque 
de la manga, como también en los mantos, cotas ó garnachas. Dispone 
que ningún hijo de soldado que no lo sea se siente á la mesa de aquel, 
ni gaste calzas encarnadas á no ser tal que mande tropa (1); y con corta 
diferencia otro tanto ordenó don Pedro de Albalat, arzobispo de Tarra- 
gona , en las constituciones que mandó observar al clero de la iglesia de 
Vich (2). 

De todos estos fragmentos venimos á deducir el trage de ambos sexos: 
el varón de alta gerarquía, como de tiempo inmemorial en España, lle- 
vaba el pelo largo y caido por los hombros, barba prolongada, cofia para 
recoger la cabellera y ciertos píleos ó sombreros con aleta para librarse 
del sol; camisas exquisitas pespuntadas con hilo de oro, plata y seda, y 
no solo de lino fino del país, sino que el lujo se extendía á I raer los gé- 
neros del Oriente y de las fábricas de mas nombradía de Europa. Vestían 
bragas de lienzo; calzas á semejanza de nuestras medias de paño fino y 
comunmente de escarlata; zapatos bordados, de diferentes hechuras y ata- 
dos con cintas, cordones ó hebillas, huesas, especie de borceguí que no 
cubría mas arriba del tobillo, y también sandalias, otro género de calzado 
como el zapato abotinado; sayas ó túnicas talares de paño de superior ca- 
lidad y aforradas de pieles de mucho valor llamadas saya-pieles; ciclato- 
nes ó cicladas; briales, vestido á manera del levitonario ó sotana de nues- 
tro actual clero, el cual se adornaba con botonaduras de oro ó plata: 
galotas ó gálatos, especie de sobre-túnicas mas cortas; pellizas, pellotes ó 
pellizones con mangas holgadas revestidas por el interior de pieles exqui- 
sitas, tales como de armiños, nutrias, martas cevellinas y otras; capas 
grandes con becas ó capillas para abrigo y también con aforraduras, á las 
que llamaban capa-pielles, garnachas y mantos prendidos con fíbulas y 
cordones. 

Las doncellas nobles, á mas del trage de los varones, llevaban sus 

(1) Maro, hisp., ap., núrn. 513. 

(2) Villanueva , Viaj. liter. á las igles. de Esp. , t. 7, ap., núm. 4. 



Academia de la Historia, 97 

cabellos ceñidos con mitras que llamaban caramiellos, palabra puramente 
tomada del árabe kermil-lon, que vale tanto como la cosa con que se su- 
jeta el pelo la muger: collares de perlas, cadenas de oro , pulseras, pen- 
dientes, anillos y bulgas ó escarcelas para llevar el dinero. Hacian lucir 
su hermoso talle con bálteos y cinturones embutidos y recamados de 
piedras preciosas y aljófar; pero cuando pasaban al estado de casadas ó 
viudas, cubrían las cabezas con tocas de impla y facios ó rostrillos á la 
manera de las religiosas actuales; otras colocaban algrinales, alquivales 
y alguinas, cuyo uso lo tomaron de los orientales, como se infiere de los 
nombres de estos tocados, pues el algrinal ó alquival , del árabe kibbal, 
servia para cubrir la cara, y el kinná, la cofia, garbín ó redecilla para 
recoger el pelo. 

Estos adornos no desmoralizaban al bello sexo. Marina, en su Ensayo 
histórico sobre la antigua legislación de Castilla (1 ) dice que «las doncellas 
se llamaban mancebas y se dejaban ver muy poco de los hombres , ha- 
ciendo vida retirada.» El fuero de Burgos las llama mancebas escosas, esto 
es, absconsas, escondida: llevaban el pelo tendido como signo de ser sol- 
teras y nuestros antiguos fueros les llaman por esto mancebas en cabello. 
Estas leyes municipales imponían severos castigos al que se atreviese á 
tocarlas por las guedejas, como se vé en el fuero de Plasencia en el título 
del que forzare muger, ley 6: «todo orne que por cabellos á mugier tomare, 
peche diez maravedís si firmar podiere, y el de Baeza : todo aquel que por los 
cabellos peche diez morabetinos.» 

Todas estas galas desaparecían entre nuestros padres , cuando la pér- 
dida de alguno de la familia los llenaba de amargura. San Pedro Venerable 
que estuvo en la Península y se hizo cargo de sus costumbres, escribía á 
San Bernardo hacia el año 4 1 43 (2¡). «Estando hace poco tiempo en Es - 
paña, vi con gusto que los españoles conservaban esta antigua costumbre; 
que muerta la muger ó el marido, ó difunto este, aquella ó los padres 
en la muerte de los hijos, y estos en la de sus padres y los parientes en la 
de los amigos, al instante dejan las armas, se quitan los vestidos de seda 
y las pieles finas, y renunciando enteramente á toda vestidura de colores 
y preciosa , usan tan solo ropas negras de poco valor: asimismo se corlan 
el pelo y las colas de las acémilas de carga; tanto estas como ellos se pre- 
sentan cubiertos de negro. Con estas insignias de luto ó de dolor, lloran 

W Pág. 185. ¡2) Carla 229 de la edición de Mabillón. 

TOMO IX. 13 



98 Memorias de la Real 

la pérdida de las prendas mas amadas y pasan cuando menos un año en- 
tero en semejante aparato fúnebre por disposición pública.»" 

Esta costumbre de cortar la cola á las caballerías estaba en práctica 
aun en el tiempo de don Fernando IV, porque en su crónica se dice, ha- 
blando de la muerte de su tio el Infante don Enrique, que falleció en Roa 
á 8 de Agosto de 1304, que «non vinieron á su enterramiento si non mui 
pocos, nin cortaron las colas á los caballos como es costumbre en los fijos- 
dalgo de Castilla, cada que pierden á su señor (1).» 

Las armas de esta época difieren poco de la anterior, si se atiende al 
ningún adelanto que se notó en las defensas del hombre y caballo; pero 
supuesto que deseamos dar una noticia de los documentos que sobre la 
materia hallamos diseminados en varias colecciones diplomáticas, nos im- 
ponemos la justa obligación de apuntar cuanto sobre este ramo hemos 
descubierto para que sirva de apoyo á las variaciones que introdujeron 
los extranjeros después de la conquista de Toledo. 

Entre las memorias antiguas se conserva la escritura que don García 
Sanz otorgó en el año 1 1 01 á favor del monasterio de San Juan de la Peña 
para remedio de su alma , y de las donaciones ó distribución que hace de 
los bienes: deja á la comunidad sus sporas, unas sartas que valian cien 
almatacares y la acitura mayor; un freno de plata, una certenia, cuatro 
spatas, una ibizone con su silla y freno, un gelmo y cien almatacares que 
le debia su señor Sancho Galindez por una addarka que fué de San Sal- 
vador de Aguilar, con veinte y cinco almatacares en Barcelona que fueron 
de San Pedro de Roma y las dos aci turas menores (2). 

La certenia , que en la escritura mencionada se pone en lista entre las 
armas, debe ser la al-sadria, que en árabe es la coraza, ó la zardia, que 
en el propio idioma significa la loriga ; y en cuanto á la ibizone aparejada 
no cabe duda que es una yegua. Si su etimología viene de la ibis, ave del 
Egipto, de color b!anco, quizá se tomaría por el pelo de la yegua: los 
árabes llaman á esta cuando es baya , sinabi, que cuasi es el anagrama 
de ibizone. 

En el año 1 120 don Pedro III, obispo de Lugo, en la división de los 
bienes de la catedral, entre las mesas episcopal y capitular nombra una 
loriga con las brafoneras y la capellina que fueron de un tal Gutiérrez y 
un palafrén de Alonso Rodríguez (3): y por el libro de los fueros de Cas- 

(1) Cap. 20. (3) España Sagr. , t. 41 , ap. pág. 300. 

(,2 Abad y la Sierra , t. 6 , fól. 48 vto. 



Academia de la Historia. 99 

* tilla dados por don Alonso VII con su muger doña Berenguela , podemos 
adivinar con bastante seguridad que una de las armas comunes de este 
tiempa era la azcona, semejante al dardo, porque en el título 3T dice: 
«Esto es fuero que orne que se apreciare al alcalle de la pértiga, de 
aguiada ó del hasta de la lanza ó del hastel del azcona ó del dardo, é 
non del fierro ó de otro cualquier fuste, de cada golpe peche cinco suel- 
dos, et de fierro veinte sueldos.» Algunos quieren que sea de origen 
arábigo y otros del vascuence gascona, por ser arma que usaban los na- 
turales de la Gascuña (1 ). 

« El caballero que non fuese en apellido (añade el fuero de Molina del 
año 1153) peche cinco menéales; si fuere é non levare lanza é escudo, 
peche cinco menéales. El peón que non fuese en apellido, peche dos men- 
éales é medio; si fuese é non levare lanza ó azcona, otrosí peche dos 
menéales é medio. Qui sacare cuchiello ó espada ó porra ó azcona ó piedra 

ó fust ó alguna arma vedada para ferir, peche veinte maravedís Qui 

traiere cuchiello en Molina, en na villa ó en na aldea, el cuchiello haia 
un palmo entre el mango é el fierro é sea el puncto corto ; qui lo toviere 
agudo peche dos maravedís; qui lo tragiese en su calza peche cuatro ma- 
ravedís. Qui ficiere tablas de soldado, fágalas de seis palmos ó de mas, si 
non, peche sesenta sueldos (2).» La porra era un bastón delgado por la 
empuñadura y en el extremo grueso y redondo, sembrado de puntas ace* 
radas para machucar las defensas del contrario (3). 

El fuero de Uclés del año 1 1 19 previene en el artículo de caballeros...., 
«et istos cavalleros téneanl lanza et escudo , et espada et dos espuelas, et 
téneant illos cavallos á cevada, et non iactet super illos albarda (4) ». El 
de San Sebastian, por D. Sancho VI el Sabio de Navarra en 1 1 80 , expresa 
terminantemente: « Et si aliquis contra vicinum suum arma traxerit. lan— 
ceam, spatam, mazam vel cutellum, pariet mille sólidos (5) » y en el de 
Larraga por el mismo en 1193: « Et quicumque illorum equum et scutum, 
et capellum ferreum habuerit, non recipiat nisi voluerit aliquem hóspitem in 
domo sua (6).» También el fuero de Madrid de 1202 determina: «todo 
hómine qui firíere in villa , cum porra aut cum lanza , aut cum azcona , aut 

(1) Covarrub., Tesoro de la leng.castell. (4) Abella , t. 16. 

(2) Llórente, Prov. Vascong. t. 4. Colee. (5) Dicción, geográf. hist., de la Real Acad. 
dipl. núra. 127. de la Hist. 

(3) La gran conquista de Ultramar, lib. 2, (6) Llórente , t. 4 , núm. i 82. 
cap. 229. 



100 Memorias de la Real 

cum espada, aut cum cutello vel cum fuste, aut cum petra cinco mor abe- 
tinos pectet á los fiadores (1),» y en el particular de Córdoba por San Fer- 
nando en 4 de Abril de 1241 concede á los armeros que fabricaban los 
brisones y sillas de montar, así como los que elaboraban las lorigas, que 
no se les obligue á comprar á las tiendas del Rey ('2) : por último, en el 
de Carmona manda que el juez sea á tal que tenga siempre armas de fuste 
é de fierro , é loriga de caballo. 

El brison es palabra que pertenece al blasón y significa la cara exte- 
rior del escudo, y así brisar el escudo equivale á pintar en él las armas 
con que el Rey habia condecorado al caballero : por esto en la pragmática 
sanción que expidió él Rey D. Alonso al concejo de la Bureba, manda que 
« los meiores brisones é demás caras colores , que non valan mas de siete 
maravedís los meiores escudo et siella , et en esta cuenta que entre el 
pintor del capiello. » 

Son innumerables los documentos que hacen mención de las armas de 
estos siglos ; pero no podemos menos de volver á citar el fuero de Cáce- 
res, porque es el único de este tiempo que da noticias mas extensas de 
los usos militares: dice así interpretado en lenguaje corriente. «El que 
hiriere de muerte á su vecino con cuchillo, porra ó tarágulo (3), ó con 
otro instrumento , se le pondrá en el cepo y pagará la calumnia al quere- 
llante, y si en el espacio de nueve dias no hubiese con qué, se le cortará 
la mano por el verdugo; pero si el ofendido muriese, será ahorcado. Todo 
el que por su clase le competa llevar al ejército tienda redonda de cam- 
paña de veinte cuerdas ó de mayor número, hágalo con dos escusados (4), 
dos ginetes ú ocho peones; si lo hiciere con loriga y almófar ó lorigon con 
capellina , sea solo con dos escusados ; llevando brafoneras , un escusado, 
tres ginetes ó seis peones , aunque no lleve tienda. Se advierte que los 
escusados han ele ser aldeanos y en su defecto de las villas. Todo el que 
no pagare portillo ó que su ganancia no llegue á veinte maravedís, se le 
abonará un maravedí. El ballestero deberá ir armado con ballesta, dos 
cuerdas y una avancuercla con sesenta saetas; si fuese á caballo se le dará 
media ración y al peón la cuarta parte. El caballero que derribare á otro 
caballero por debajo ó fuera de la red, tome en prenda la silla; si fuesen 

(4) Abella , t. 16. (4) El tributario que se escusaba de pa- 

(2) ídem , t. 1 2. gar al rey ó al señor y debia contribuir á la 

(3) Especie de puñal del griego Tapados persona ó comunidad á cuyo favor se le 
riña. habia concedido el privilegio. 



Academia de la Historia. 101 

dos ó tres, la partirán; pero en mayor número, háganlo en compañía 
y el peón además recoja la mejor señal. Quien llevare loriga ó lorigon 
con capellina, dé cincuenta caballerías (4 ) y de ahi arriba lleve su dere- 
cho. Al que lleve loriga con almófar una caballería; con lorigon y almófar 
ó con capellina una caballería ; con brafoneras una quinta parte de caba- 
llería; con capellina una quinta parte; y con lorigon sin capellina y sin 
brafoneras, media caballería. Si estuviesen presentes los alcaldes, cobrarán 
la renta, que retendrán en su poder, y en su defecto los adalides (2) nom- 
brarán cuadrilleros que la recauden; pero si por esto ocurriere alguna 
riña y el adalid hiriese á alguno por sostener el procomún de la com- 
pañía , no pague la calumnia. El lidiador que matare el caballo de su 
compañero, abonará su valor así como las armas, y si solo se dañaren, el 
que cayere en tierra lo pagará. Ni por armas y caballo se ponga á ningún 
individuo á disposición del querellante, pues los fiadores satisfarán todo 
el aprecio. Si el retado viniere á pié, espere á su competidor en el campo 
y en paraje donde los alcaldes puedan reconocerle en todas direcciones, 
y si pudiere ampararse en el espacio de tercer dia, hágalo de sol á sol. 
Si el demandador viniere á pié, espere á su competidor en el campo, 
donde el retado deberá combatirlo con sus armas tres veces al dia en el 
yelmo, loriga , escudo ó en las armas que vistiese ó en el cuerpo fuera de 
la lanza; pero si el relado escapase á caballo busque al demandador tres 
veces en el dia, según queda dicho. Los que salieren á campaña llevarán 
sus talegas para que no se racionen en los pueblos, y si contravinieren, 
téngaseles por perjuros y paguen diez maravedís al castillo. Todo caballero 
que vistiere loriga en el momento de una salida repentina , reciba por ella 
lo que según se ha prevenido. El que sea dueño de agua, no la suelte á 
ojo del caballo que en el prado amojonado paciere por fuero, excepto en 
el combate ó en encuentro, y si contraviniese pague un maravedí por 
don del agua. Todo el que trajere de la guerra su caballo herido ó dañado, 
lo mostrará á tres vecinos ó á dos alcaldes, en cuyo concejo jurará con 
cuatro testigos que se inutilizó en ella. El caballero que tuviere acémilas 
ó llevare víveres para ir á la batalla, no se le exigirá responsabilidad 
hasta su vuelta, siempre que lo abone bajo su palabra; pero de lo contra- 



(1) La renta que señalaba el rico-hombre (2) Guia : del verbo J^ participio JJ¿ 

y 



á los caballeros que acaudillaba para la r i 1 1 



guerra. 



102 Memorias de la Real 

rio saldrá fiador. Todo caballero deberá ir al combate con escudo, lanza, 
espada, espuelas y trabas, y el que así no fuese aderezado, pagará por 
cada vez cinco carneros para los soldados. El caballero que al ser empla- 
zado no se presentase con lanza, escudo, espuelas y trabas para el caballo, 
pague dos carneros para los soldados. El que saliese en carrera, con 
armas, zárzano ó víveres, no se le tenga por fiador en su propio des- 
cargo, y de lo contrario preséntese. En el dia del emplazamiento, todos los 
caballeros viejos y noveles acudirán al sitio señalado hasta el medio dia, 
y al que faltare se le impondrá la multa de cuatro maravedís para los 
soldados. El atalayero ó cualquiera otro que en su lugar subiese á la 
atalaya de centinela y se durmiere, trasquílenlo y échesele por alevoso. 
Todo caballero ó peón que cuando oyere la llamada no saliere trotando 
ó corriendo de la villa ó aldea, al primero córtenle el rabo del caballo y 
al segundo mésenle la barba.» Tales son las leyes ú ordenanzas militares 
que regían en España, con corta diferencia, desde el siglo XII. 

En esta época empezó el uso de poner sobre las lorigas de los caballos 
las gualdrapas, llamadas coberturas ó paramentos, que se hacian de cen- 
dal, tercenel ú otro género mas fino, en donde estaban estampadas las ar- 
mas de su dueño. Los ginetes igualmente cubrían las suyas con los sobre- 
goneles de la misma forma que los braquiales antiguos de paño ó seda , y 
ceñíanse sobre esta cota de armas la espada» 

Para resistir las brunias ó alsebergos se ponían debajo los belmeces 
parecidos á la túnica , de un género fuerte y tomado del árabe bekmen. Los 
yelmos, como indicamos en la época anterior, tenían adornos y guarnicio- 
nes, que el poema del Cid les dá el nombre de carbonclas y moncluras por 
carbunclos y molduras, pues dice: 



Martin Antolinez un colpe dio á Galve; 
Las carbonclas del yelmo echógelas á parte 
Cortol'el yelmo que legó á la carne 



Alcanzó el Cid á Buckar á tres brazas del mar 
Arriba alzó colada, una grant dadol'ha; 
Las carbonclas del yelmo tollidas gelas ha 

• •••>•■ ••••■• • ••••■■•■•••■ 

Diol'un colpe, de traviesol' tomaba 

El casco, de somo apart gelo echaba; 

Las moncluras del yelmo todas gelas cortaba. 



Academia de la Historia. 103 

La caballería tenia para el servicio de campaña sillas cocerás, esto es, 
corseras, del árabe al-corsi, á propósito para la guerra, bien cinchadas, y 
los petrales con cascabeles para hacer ruido en las cargas; por esto dice 
el poeta : 

Ellos vienen cuesta aiuso é todos traen calzas 

E las siellas cocerás é las cinchas amoiadas : 

Nos cabalgaremos siellas gallegas é huesas sobre calzas 



Bien salieron ciento que non paresoen mal 
En buenos caballos é petrales é á cascabeles. 



Nos propusimos pasar en silencio la tormentaria en la época anterior, 
para hacerlo en este lugar aprovechando las noticias que pudimos recoger 
desde el siglo VIH, tanto por no ser muy abundantes, cuanto por consi- 
derarlo puramente adicional en las presentes Memorias y no dejar sin 
explicación las máquinas militares que se ven comprendidas en los mo- 
numentos. 

Con semejante auxilio, el pintor que quiera bosquejar el sitio de To- 
ledo, Sevilla ú otro cualquiera, no solo podrá representar los guerreros 
con los vestidos y armas propias de su tiempo, sino que con seguridad 
presentará los ingenios de combatir , evitando anacronismos siempre re- 
prensibles. 

Hemos supuesto que hasta el uso de la pólvora por los españoles des- 
pués del sitio de Algeciras, en tiempo de don Alonso XI, las máquinas 
no tuvieron grandes alteraciones, ni tampoco los ingenios auxiliares: en 
este concepto nos ha parecido conveniente resumir en un solo discurso 
todos los apuntes que puedan contribuir á representarnos su impulso y 
los efectos del agente principal contra el cuerpo arrojado, dejando á los 
matemáticos un camino expedito para determinar cálculos útiles y curio- 
sos con arreglo á las leyes de la gravedad y del movimiento. 

Diego Ufano creyó que la invención de la pólvora se debe á los chinos, 
los cuales la usaron desde el año 85 de Jesucristo, y que el Rey Yitey 
la puso en práctica contra los tártaros. Añade que esta noticia la remitió 
fray Andrés de Aguirre, provincial de la orden de San Agustín, en las 
Filipinas, al maestro fray Pedro de Rojas, hijo del marqués de Possa, y 
aun cuando no haya bastantes pruebas para conceder á la China la gloria 
de su origen, tampoco repugna á la buena razón el conceder á este im- 



104- Memorias de la Real 

perio los adelantos en las ciencias antes queá otro pueblo de la antigüedad. 
Desde luego se puede asegurar que á fines del siglo VII los árabes cono- 
cían sus efectos , porque El-Mazin en su Historia Sarracénica, libro primero, 
al año 690, dice que «Hagiáges teniendo á la Meca en muy apretado sitio, 
por medio de manjanechs y morteros, con auxilio de nafta y fuego, la 
destruyó y redujo á cenizas (1) ». 

Si damos crédito á Pedro Megía (2), en el siglo XI se conocía la pólvora 
en España, porque citando la crónica del Rey don Alonso VI de Castilla, 
escrita por su contemporáneo don Pedro, obispo de León (3) , en un com- 
bate naval que hubo entre las escuadas de los Reyes de Túnez y Sevilla á 
quienes favorecía el de Castilla, los navios del de Túnez traían á bordó 
ciertos tiros de hierro ó bombardas con que disparaban muchos truenos de 
fuego. No hemos visto la crónica de este obispo, por lo que nos abstene- 
mos de admitir ó desechar la noticia; pero que á los españoles no les era 
desconocida en el siguiente siglo, los escritores árabes lo dicen refiriéndose 
al sitio de Zaragoza por el Rey don Alonso I de Aragón en el año 11 18. 
«No se descuidó Aben Ramir, dice Conde (4), en buscar gente de los mon- 
tes de Afranc y vinieron á cercar la ciudad de Zaragoza, y ordenaron 

sus combates y labraron torres de madera que conducían con bueyes y 
las acercaban á los muros y ponían sobre ellas truenos y otras máquinas.» 

La noticia confesamos que es muy vaga , mas si tenemos presente que 
en el cerco de la plaza de Almahadia, en África, por las tropas de Anasir 
en el año 1205, fue combatida con diferentes ingenios y truenos que lan- 
zaban enormes piedras y globos de hierro que arruinó la población (5), 
puede convencernos que la pólvora se usaba entre los moros y aun era 
conocida de los nuestros. 

Desde luego se puede tener por seguro que ni el químico inglés Rogerio 
Bacon, autor de un libro escrito en Oxfort el año 1256, titulado de Milli- 
tate Magice (6), ni el monje Berthold Schwartz, que también se creyó por 
algún tiempo su inventor, y que la aplicó á la guerra ("7), fueron sus des- 
cubridores, pues los españoles antes que estos y que otra nación europea 
conocieron sus funestos efectos. 

(() Casíri, Biblibt. arábiga escurialense, que esta Clónica existía entre los niss. del 

(. 2. conde dé Vi'iialiHuibrosá. 

(2) Silva de varias lecciones , 1." parle, [i) Hist.de la dom.de los árab., i. i, cap. ÍS. 
cap. 8. (oj ídem, cap. 5'. 

(3) Don Pedro Rodríguez de Castro , en (6) Dulurbie, Manuel de l' artilleur. 

su Biblioteca española, t. 2 , pág. íHí, dice (7) Gassendi, Aide memoire, pág. 66!. 



Academia de la Historia. 105 

Scheab Aldin Ahilabas Ahmad ben Fadhel Alia Alamré, que vivia el 
año 1249, dice que «Serpentean y susurran los escorpiones atados al- 
rededor y encendidos con polvos de nitro, revientan, relampaguean y 
abrasan ; y era de ver el manxanech sacudido extenderse por el aire 
como una nube y á manera de trueno meter un ruido espantoso, y vo- 
mitando fuego por una y otra parte, destruyéndolo todo, encendiéndolo 
y reduciéndolo á cenizas (1).» 

Casiri refiere que este autor habla de pelotas de hierro arrojadas por 
medio de fuego artificial , porque usa constantemente de los vocablos naf- 
ta y barud de que en aquel tiempo se componía la pólvora , poique con 
el nombre de barud los persas , turcos y árabes entendían en otro tiempo 
el nitro , y la nafta significa una especie de betún mezclado con azufre. 
De estas pelotas arrojadas á los enemigos con el auxilio de la nafta 
habla el noble escritor de Granada AbuAbdalla Ebue Alkhathib en la his- 
toria de España de los años 1312 y 1323 donde dice: « Abalvalid Ismael 
ben Nasser (rey á la sazón de Granada), moviendo el campamento, puso 
sitio á la ciudad de Baza , donde arrojó con estrépito á la fortificación, 
aplicando fuego, á aquella máquina muy grande, aparejada con nafta y 
pelotas (2).» 

Muchos son los nombres con que los autores hacen mención de las 
máquinas arrojadizas, pero no son pocas las dificultades para interpretar 
su objeto. El obispo don Sebastian, cuyo cronicón empieza en el año 672 
y concluye en 866 , relatando la batalla de Auseba y defensa de Santa 
María de Covadonga contra las tropas de Alchaman, que guiaba don Oppas, 
dice que , volviéndose el infame obispo al ejército sarraceno lo animó á 
la pelea ; que se levantaron los fundíbalos , se aparejaron las hondas, 
brillaron las espadas, blandieron las lanzas, y sin cesar arrojaban saetas; 
que las piedras disparadas por los fundíbalos llegaban á la cueva de la 
Virgen, pero que se revolvían contra los moros. 

Isidoro Pacense en el suyo, escrito el año 751, hace mérito délos 
fundíbalos y .diversas máquinas que sirvieron en el asedio de Narbona el 
de 721 . Hele ahí en pocas palabras declaradas las funciones de este instru- 
mento bélico que procuraremos ilustrar. 

Pujades, cronista muy exacto en la parte histórica, y constante inves- 
tigador de las antigüedades de Cataluña , cuenta que los moros degollá- 
is Casiri , explicación de los Códic. árabes, (2) Casiri citado, 
números 1634 y 1635. 

Tf.MO ix, H 



106 Memorias de la Real 

ron con otros caballeros en el sitio de Gatha, cerca de Caldas de Mom- 
buy , al conde don Borrel II en el año 992 y que arrojaron su cabeza por 
medio de los ingenios y trabucos que se usaban entonces para disparar 
piedras (1), añadiendo Diago que cayó en medio de la plaza de la iglesia 
de San Justo y Pastor (2) de Barcelona. 

Eu los usages de esta capital por el conde don Ramón Berenguer I el 
Viejo en el año 1068 se lee: «Deis magnats, zó es vescomtes, comdors, 
é vasvesors, negú presumesca de aci avant en neguna manera tormentar 
ni punir los culpables, zó es á saber, penjar per justicia , ne edificar no- 
vellament castell contra lo princep, ne teñir forza assetiada, ne combatre 
ab giny que los pagesos appellan fonevol, gossa ni gata;» esto es, que los 
barones no se atrevan á castigar los delincuentes ni edificar nuevamente 
castillos contra su príncipe, usar de la fuerza para sitiarlo ni combatirlo 
con ingenios que los campesinos llaman fonevol , gossa y gata (3). 

También la crónica del Emperador Alonso VII, escrita por un autor 
coetáneo , dice hablando del sitio de Toledo en el año \ \ \ que « los mo- 
ros pusieron gran cantidad de leña de noche al pié de la torre que estaba 
á la entrada del puente, enfrente de San Servando, y por medio de las 
ballestas y saetas procuraron encenderla arrojando vivísimo fuego de al- 
eatran; pero los cristianos de la torre le apagaban vertiendo vinagre sobre 
la leña. Establecieron frente la puerta que llaman de Alrnaguara y en to- 
das partes muchas ballestas, máquinas y~ dardos encendidos, ingenios 
para arrojar piedras, spículos y scórpios para disparar saetas y fundíba- 
los, arietes y víneas, con las cuales socababan los muros de la ciudad (4).» 
Refiriéndose al sitio de Coria, en el año 1142, continúa: «El Emperador 
mandó fabricar una torre de madera que superaba á los muros de la ciu- 
dad , diversas máquinas con ballestas y víneas, con las cuales comenzaron 
á minar la muralla y á destruir las torres (5). » 

En la historia de la gran batalla de las Navas, sacada de un libro del 
arzobispo don Rodrigo escrito en pergamino que guarda la cofradía de la 
Santa Cruz de Vilches casi desde que se ganó aquella villa, como lo ase- 
gura Martin Gimena que la copió en los anales eclesiásticos del obispado 
de Jaén, pág. 91, dice: «Movimos de alii para Calatrava é los moros que 

(1) Crón. univer. de Catal.,t. 7, lib. 14, (3) Lib. 10 , Constü. de Cataluña , t. \.% 
cap. 57. art. 5." 

(2) Hist. de tos Condes de Barcelona, 1. 2, (4) Esp. Sagr., I. 12, ap., núm. 41. 
cap. 25. (5) ídem , núm. 74. 



Academia de la Historia. iOl 

dentro yacían ficieron muchos abrojos de fierro; é eran los abrojos cada 
uno de cuatro cantos é cebáronlos en todas las paradas del rio , é como 
quier que caían, siempre estaba el un canto para arriba , é al pasar de las 
bestias convenia que se mancasen de todos cuatro pies, porque tantos eran 
los abrojos que tres ó cuatro entraban por los pies é por las uñas de las 
bestias é los moros habian barboteado la fortaleza de Calatrava te- 
nían dentro cabritas para alcanzar á los del real. » 

Los Anales Toledanos primeros, hablando de la expedición del Rey 
desde Toledo en 1213 contra los moros de Andalucía , se explican de esta 
manera : «De si cercó Alcaraz é lidióla con almojaneques é buzones é sa- 
lieron los moros é quemaron los buzones é lidiaron el castillo muchos 
dias» y mas adelante en el sitio de Requena en 1219 «Lidiáronla con 
almojaneques é con algarradas é con de libra é derribaron torres é aci- 
taras (1).» 

Don Jaime I de Aragón, por ley sancionada en Tortosa en el año 1 225, 
estableció: Que algú no port fúnicol, gucia ó gata ó algún giny contra algún, 
sens especial Uicencia nostra (2), y Zurita en sus Anales de Aragón sobre el 
sitio de Mallorca por aquel monarca en el de 1229, refiere que «se dio 
orden para que sacasen dos máquinas que llevaban para combatir la ciu- 
dad, que eran un trabuco y otra pieza que llamaban almajanech los 

moros también pararon dos trabucos y otras máquinas que en la historia 

del Rey y en la de Marsilio se llaman algarradas y eran las algarradas 

tan sutiles que una de las que tenian los moros lanzaba con tanta furia 
las pelotas, que pasaban de claro cinco ó seis tiendas. ... Mandó Gisbert 
de Barbera labrar una manta que en la historia del Rey se llama mantel 

y también se decia gata y es lo que en la milicia romana se llamaba 

testudo, según lo interpreta Marsilio, y estaba trabada con tablazón de tres 
dobles y bien emharbotada é iba cubierta como una casa á dos aguas y 

maciza con rama y tierra y estaba armada sobre ruedas Mandó el 

Rey lanzar con la honda del almajanech la cabeza de aquel moro dentro 
de la ciudad (3). » Sigue describiendo el sitio de Bumana y prosigue que 
«se comenzó á combatir la villa con dos máquinas que eran un fonevol 
y un manganell y labróse un castillo de madera de dos cubiertas en que 
pusieron ballesteros y honderos para llegar á la cava á combatir la villa, 
y tiraron de él con cabrestantes de torno que estaban hincados con ánco- 

f 1 ) P4g. 400. título 3 , capítulo único , artículo 30= 

(2) Usag. y constit. de Cataluña , lib. 10, (3) Lib. 3, cap. 5. 



108 Memorias de la Real 

ras y estacas muy gruesas y sobre palancas untadas con sebo; le llevaban 
de la misma suerte que cuando se vara un navio. Delante de él por am- 
paro de las algarradas y ballestas de la villa , tenian su reparo que era una 
manta con tablazón muy gruesa que iba á la frente de los enemigos y am- 
paraba el castillo y la gente que le tiraba (1)» y en el de Cullera, ocurrido 
en 1235, añade: «Pasaron á otro lugar que llamaban la torre de los Muse- 
ros y defendíanla contra los tiros de los trabucos con ciertas defensas que 
eran unas paneras á manera de cestones tejidas de palma y esparto y en- 
cbíanlas de tierra, pero pegaron en ellas fuego lanzándolo con saetas con 
estopa y pez ardiendo (2). » 

Refiere la Crónica general de España en la toma de Guillena por San 
Fernando que el Rey « la fizo combatir mui reciamente é mandó facer zar- 
zos é gatas para finchir la cava (3) » y en el de Sevilla que « de la Torre 
del Oro, esso mismo con trabuques que los aquejaban ademas, é con ba- 
llestas de torno é con fondas é dardos empeñalados (4). » En el barrio de 
Triana que atacaron las tropas reales « fueron fechos por mandado del Rey 
don Fernando engeños mucho aina é comenzaron con ellos á combatir esse 
castiello de Triana mui afincadamente. Los moros otrosí quando esto vieron, 
adobaron sus algarradas que tenian dentro, con que comenzaron á tirar á 

los engeños Tales ballestas tenian esos moros, que á mui grand trecho 

facien grand golpe é muchos golpes ovimos visto de los cuadriellos que los 
moros tiraban , que pasaban el caballero armado é salien del é ivanse per- 
der é escondíense todos so tierra; tan recios venieu.» 

El poema de Alejandro describe con bastante precisión las máquinas 
de sitio en esta forma. 

Fue luego la madera aducha é labrada 
El engeño fecho, el archa cerrada, 
El castiello fecho con mucha algarrada. 



Posiéronlo en tornos por mas rafes le traer, 
Ca nol'podien otra guisa mudar nin mover. 

Fasta quel ovo cerca del muro á poner. 

Partieron los logares á medidas cuntadas, 

(1) Lib. 3, cap. 16. (3) Fól. 416. vto. 

(2) Lib. 3, cap. 2). (4) Fól. 428. 



Academia de la Historia. 4 09 

Bastieron las torres de firmes algarradas; 
Artes de muchas guisas que tenien sacadas 
Vola van las saetas con venino tempradas; 
De piedras é de dardos ivan grandes nuvadas. 



Fué luego á lidiarla con muchas algarradas 

Con los almoianeges daban grandes golpadas, 
Que avien de las torres mas de las medias aplanadas 

Facíanle grant danno de diversas maneras, 
Con cantos i con galgas é con azconas monteras 

Que ya querien los de fuera el adarve entrar, 
Mas bien gelo sabien los de dentro vedar, 
Que tanl muchas podien de las galgas echar, 
Que les facian un poco sin grado á quedar. 

Fezo facer una cappa de mui fuertes maderos 
Que bien cabrien so ella quinientos caballeros, 
Tirábanla por torno tres caballos sinneros; 
Alli non temien galgas, nen temien ballesteros. 

Dijol que avie Dario las carreras sembradas 
De clavos de tres dientes, las puntas aceradas, 
Por meterle los caballos, dannar las peonadas. 

También se habla en las leyes de Partida de la tormentaria. «E aun 
otros engeños hay que se deben facer para derribarles las torres é los mu- 
ros ó para le entrar por fuerza. E estos son de muchas maneras assi como 
castillos de madera , é gatas , é bezones é sarzos tras do se han de parar los 
ballesteros para tirar en salvo á los de dentro (4)* y mas adelante: «Ca estas 
(villas) de Heve non se toman si non por fambre é por furto ó por cavas 
ó por feridas de bozones con que derribassen los muros ó por castiellos de 
madera que llegassen alas torres con que les entrassen por fuerza (2).» En- 
tre los ardides para la defensa , cuenta terrazos con cal para cegar al ene- 
migo , y otros con jabón para hacerlos resbalar en las escaladas y ademas 
fuego de alquitrán para quemar los navios en los combates marítimos. 

Otro ingenio descubrimos con el nombre de brigola en la crónica del 

(1) Part. 2.', tít. 23 , ley 2Í- (2) Part. 2.', tít. 23 , ley 26. 



110 Memorias de la Real 

Rey don Pedro IV de Aragón, donde se dice: «E los de la vila tiraban á la 
torre emperduda ab un giny grant é ab una brigola (1)» y Zurita «que 
Pedro de Molina.... fué sobre el castillo de Castro... y lo... combatió... con 
una brigola que habia en Ainsa (2). » 

Don Alonso el Sabio, que se cree tradujo la historia de las Cruzadas, 
escrita por Guillermo de Tiro, aunque intercalando relaciones fabulosas 
que oiria de los romeros al volver á su patria, los cuales para dar mas 
valor á sus hazañas contarían maravillas sobrenaturales, concluyó su obra 
en cuatro libros el año 4 274, dándole el título de la Gran Conquista de 
Ultramar. A pesar de los defectos en que incurrió por no haber sido tes- 
tigo ocular de las vicisitudes y glorias de los campeones de Palestina , su 
historia es muy apreciada de los sabios y sirve para ilustrarnos en muchas 
materias que sin su auxilio ignoraricmos en España. Desde luego asegura 
que en el sitio de Niquea, verificado por los cruzados, «mandaron facer 
engeños de muchas maneras, assi como trabuquetes é algarradas ¿almá- 
ganas para tirar piedras al muro porque lo cavassen en salvo: é carretas 

cobiertas de gatas é otros engeños para enchir las cavas de manera que 

una grand piedra que le tiró el trabuquete, ferióle de guissa que le fizo 
dos pedazos (3);» y en el de Jerusalen: «comenzaron luego de facer pe- 
dreras é trabuquetes é manganillas, é castiellos conterminados é con sae- 
teras cubiertas con cueros crudos é sarzos é puentes levadizos para 
echar sobre los muros, que se levassen en rodiellos é en otros que dicen 
carretones é asentadas en grandes vigas : é otros engeños que llaman 
mancos para enchir los valladares de tierra é los barrancos é arroyos é los 
pasos por do fuessen los castiellos, llano: é otros engeños que dieen gatas 

é carretas cubiertas con que se llegassen al muro para cavalle (4) é'mu- 

chas piedras para tirar masque habían menester sus engeños: é mangani- 
llas é garrotes é otros que decían fonda-fustes, é eran buenos estromentos 
de madera fechos á su manera con que se amparaban por encima de los 
muros, de las piedras que les tiraban los de la hueste con las fondas; don- 
de parece que fonda-fustes tanto quiere decir como tablas huecas é mucho 
bien fechas é aderezadas para defenderse de las piedras de las fon- 
das (5) Maestre Nicolás ó Gregorio habie fecho una gran gata que te- 

nien cobierta de cueros crudos delante de las puertas Áureas é comen- 

(\) Lib. 3 , cap. 26. (4) Lib. 3 , cap. 4 5. 

(2) Anal, de Arag. , lib. 3. (5) Id. , cap. 17. 

(3) Lib. i , cap. 222. 



Academia de la Historia. \\\ 

zaron á combatir é ivan muy bien aderezados de fondas é de picos é 

de azadones é de espuertas; é cavaron é allanaron la cava que podrie 

passar por alli un carro; é llegáronse al muro E estonces trageron el 

engeño que tenien encobierto de sarzos é de cueros, é pasáronle por la 

cava é tanto punnaron con él , fasta que lo legaron ; é echaron á los 

muros las escalas de los engeños que ivan encoradas; é ivan caballeros 
encima del engeño (1).... E un moro tañó un estromento que es fecho assi 
como címbalo de casa de fraires: é címbalo quiere tanto decir como es- 
quila é llaman con ella á los fraires á comer é dicen en francés cimbre (2). 

Para combatir traien cestos é palas é picos é azadones é espuertas é 

porras é almádanas grandes de fierro, é bullones é misericordias, é cuchie- 
llos é alfanjes é fachas, é segurones é picos luengos, é plomadas é cadenas 
para dar grandes golpes, é fondas é brazales para echar piedras, é gui- 
jas é palos é palancas de fierro , é mazos é martiellos é garfios con ca- 
denas é barras luengas é gordas E estonces se fueron las dueñas para 

sus posadas é tomaron barriles é picheles é terrazos é calabazas é botijas é 
azacanes , cada una en cualquier cosa que pudiere levar agua El enge- 
ño que dijimos que decian carnero con que habien de ferir en el muro 
para quebrantarle , era forrado delante con una chapa de fierro en que ha- 
bía cinco clavos que tenien cada uno dellos las cabezas grandes como ca- 
bezas de un niño , é leváronlo sobre unos carretones colgado en manera 
de balanzas é en grandes yugos, é paráronle cerca de la puente sobre la 

cava (3) E los turcos tomaron caños de arambre luengos, é metieron 

dentro un aceite que llaman en aquel lenguaje olio petrolo de que se face 
el olio que llaman grecisco é echáronlo sobre el engeño é sobre el car- 
nero » 

Montaner, historiador coetáneo á los sucesos del reinado de don 
Alonso de Aragón , hablando de los preparativos que hacia el Rey don Pe- 
dro II en 1281 para la expedición de Sicilia, cuenta que en la costa de 
Barcelona construían « trebuchs, é pedrés de ginys á lespedreres (4).» Que 
en el sitio de Gaeta por don Jaime en 1285 «assatiá la ciutat per mar é 
per térra é hi arborá cuatre trabuchs qui tots jorns treyen dins la ciutat.» 

En la crónica de don Juan II, hablando de la llegada del Infante don 
Fernando á Sevilla por el mes de Junio de 1407, cuenta «que dio muy 
grande acucia así de mantas é grúas é lombardas é engeños.» 

(1) Lib. ? , cap. 20. (3) Lib. 3, cap. 30. 

(8) Id. , Cap 30. (4) Cap. 44. 



1 \ i Memorias de la Reai 

Cáscales define mejor la grúa que se destinaba para los asaltos de las 
plazas cuando apunta el sitio de Antequera , que se rindió en 2¡5 de Se- 
tiembre de 1410, porque añade que «mandó poner en las escalas ciertos 

ballesteros con ballestas de torno y garrucha Allegáronse las grullas 

(grúas) con los mástiles y arcas y la escala real (1),» y el cura de los 

Palacios , relatando el asedio de Málaga por los Reyes Católicos , « hicie- 
ron (dice) una escala real que llamaron grúa que era tan alta como una 
torre. » 

Ya dejamos apuntado, cual ofrecimos, por orden cronológico y valién- 
donos de las propias palabras de los historiadores , el material que cree- 
mos conducente para examinar las máquinas correspondientes á la tor- 
mentaria de la Edad media. 

El fundíbalo, conocido por los catalanes con la variante de fonevol, dice 
Pero Antón Beuter «que era un cierto instrumento que teniendo una honda 
atada á un cabo de madera, por el un brazo atacaban el otro brazo de 
tal arte, que teniendo la honda su piedra gruesa daban tales vaivenes 
á aquel madero, que desatacándose el brazo de la honda, surtía con tal 
ímpetu la piedra, que hacia mui gran daño en lugares muí distantes do 
no pudiera allegar la piedra tirada con honda de mano de ningún hom- 
bre. Este ingenio se llamó antiguamente máquina pedrera; los catalanes 
la llamaban fonevol, cuasi fundero ó hondera, por la honda que tiraba, y 
en esta solia ser el contrapeso de plomo en unas cajas llenas d'el; y si por 
ahorrar este embargo se traia el ingenio y suplia por contrapeso una ta- 
lega como manga llena de guijarros ó piedras mayores, llamábanle man- 
ganell por la manga (2).» 

Estas hondas se denominaban en Navarra fonda-fustes , pues entre los 
efectos comprados de orden de don Carlos II en 6 de Marzo de 1379 para 
la defensa del castillo de Monreal , se halla la siguiente cuenta. — «Por el 
cuero de cincuenta fonda-fustes. — Por veinte é ocho libras é media de 
cuerda de cainamo fino para goarnir los fonda-fustes é para cinfonías (3).» 

Lo mas seguro es que la palabra manganell , manganelo ó manganilla 
se haya tomado del griego manganon , que según Martínez Marina (4) es 
la máquina petrária, y de cuya raiz tomaron los árabes al-manjanik, que 



(i) Hist. de Murcia. (3) Cámar. de Compt. 

(2) Orón. gen. de España y Valencia, 1. 2, (4) Menú de la Real Acad. de la Hist., t. 4, 

cap. 26. Catálogo de voces puramente árabes. 



Academia de la Historia. 1 1 3 

los cristianos tradujeron almojaneque , almajanej ó almágana ; así se con- 
firma por la nota de Miguel Lucas, traductor (que se dice) de la historia 
de la pérdida y conquista de España por Al-bucacim Tarif , de que en el 
sitio de Sevilla se usaron de los ingenios para arrojar grandes piedras, 
que en arábigo se llaman manxanec; y si se quiere despreciar esta noticia, 
nos parece que lo que se ha dicho de ella sobra para conocer su verda- 
dero servicio. 

El mismo Marina asegura que la algarrada es igual al almajaneque, y 
que solo se distinguía de este en ser menor; los árabes la llaman al-a^ra- 
dah, y Pero Antón Beuter la describe diciendo «que eran dos perchas 
atravesadas la una con la otra por el medio de entrambas con un pió ó 
gozne, y grunzando la una que al un cabo tenia la piedra , estando la otra 
firme, dábanle tal fuerza que tiraba la piedra con gran furia (4).» 

Parece que la libra de que hacen memoria los anales toledanos pri- 
meros , en el sitio de Requena , sea otra especie de almojaneque ó algarrada, 
y si la palabra es verdaderamente latina, significa balanza, y en este caso 
viene bien el sentido y el uso para disparar piedras. 

La brícola citada por la crónica de don Pedro IV de Aragón y Zurita, 
nos parece ser el mismo ingenio, porque Du Cange prueba que eran dos 
vigas puestas en forma de balanza, de suerte que obligando á bajar el 
extremo superior con el gran peso que le ponian , soltaban los funículos 
ó cuerdas y arrojaban las piedras á larga distancia , y por el ruido que 
hacia al dispararla se la dio este nombre del griego brixoo, rugir. 

Mas oscuridad hallamos en conocer el verdadero uso de la gucia ó 
gossa : según el texto de los usages y la ley de don Jaime I, no cabe duda 
que debe ponerse entre las máquinas arrojadizas, por cuanto es la signi- 
ficación que hace el glosador, quien afirma que tomó este nombre por 
parecerse al perro, que en lemosin se llama gos, y la hembra gossa, en cuyo 
caso el afuste tendría cuatro pies, y la cabeza serviría de disparador. 

El trabuco, trabuque ó trebuquete, fué otro ingenio cuyo aparato varió 
según los adelantos de la maquinaria; pero de todos modos se reducia á 
cierto esqueleto de madera en el cual se encajaba un instrumento parecido 
á la bocina, de metal, estibada con nervios de buey: por medio de un 
cabrestante se volvia la boca ó campana hacia la espalda, y en esta dis- 
posición se cargaba con balas de piedra ó mistos compuestos de alquitrán, 

(1) Cap. 26. 

TOMO IX. 15 



<t 1 4 Memorias de la Real 

alquiribita ó pez, y soltando la amarra repentinamente despedía dentro 
de la plaza el proyectil. Tal es lo que, con corta diferencia, nos viene á 
decir Du Cange en el artículo trebuchétim , á lo que añadiremos en con- 
firmación los versos de Juan de Mena. 

Y los trabucos tiraban ya luego , 
piedras y dardos, y hachas de fuego (1). 

Con estos mismos ingenios socorrió don Alonso XI á la guarnición de 
Gibraltar en el año 1331 cuando se hallaba sitiada por los moros, supuesto 
«que el almirante que sabia algo desto, quisiéralos acorrer con vianda, et 
fizo poner dos trabucos , lanzándoles las talegas de la fariña (2). » 

Y en el sitio de Algeciras en 1 342 á causa de « que así como alzaban 
los cristianos las cureñas del engeño, luego ge las quebraban, et por esto 
el Rey mandó poner en la Fonsaria dos trabucos de los que habían fecho 
en Sevilla los ginoveses, que es cada uno dellos de un pié, et tienen dos 
arcas, et son muí sotiles, et tiran mucho (3).» Por esta noticia sabemos 
que dejaron de usarse mas frecuentemente las cureñas antiguas por pre- 
sentar demasiado objeto á los disparos de los enemigos , sustituyendo las 
de nueva invención debida á los ingenieros italianos. 

La historia de la gran batalla de las Navas refiere que los moros ha- 
bían barboteado la fortaleza de Calatrava y que tenían dentro cabritas 
para alcanzar á los sitiadores, lo que supone que esta máquina del si- 
glo XIII no servia para disparar y sí para impedir los asaltos, al modo que 
Archímedes lo hizo en e] de Siracusa contra la escuadra romana de Marco 
Marcelo para destruir las sambucas (4); pero es indudable que en los de 
Lerma , Lecovin y Priego en tiempo de don Alonso XI (5) las cabritas , eran 
ingenios arrojadizos como los trabucos, algarradas, la gossa ó gucia. 

Para mayor abundamiento se valian los antiguos de otros tiros rectos, 
como ballestas de torno llamadas escorpiones, del griego skorpios , y la cata- 
pulta, con las cuales despedían saetas envenenadas y dardos empeñalados, 
esto es, emplumados; y los llamados cuadriellos, por ser las astas cuadran- 
gulares y con una punta fuerte y aguda. El citado Reuter describe la cata- 



(1) Laberinto. (4) Polib., I. 8, cap. 3. 

(2) Orón, de Alf. XI r cap. 1(8. (b) Capítulos 166, 26 y 261 de su Crónica. 

(3) Id. r cap. 280. 



Academia de la Historia. 1 1 5 

pulta de forma que no puede quedar duda. « A manera de estos ingenios 
(dice) se inventó un otro que sirviese en tierra y para la mar, que tirase 
unas saetas largas de seis palmos, gruesas como una pierna de un hombre; 
y era el artificio , que escogido un árbol recio de madera fuerte como es el 
ginjolero ó semejante , que fuese alto y derecho , cortado y polido , dan- 
do al pié un cuarto del árbol para cortar y aquello que quedaba entero., 
guarnecíanlo de hierro con unas argollas llanas y muy firmes, y asentá- 
banlo en una basa agujereada de piedra que la tuviese recio; después á la 
una mitad partida , hacíanle en lo alto (después de haberla acortado un 
palmo ó mas, mas que la otra) cierto asiento para una tablilla que estu- 
viese allí firme con sus goznes , de suerte que se pudiese subir el cabo de 
fuera y bajar; y asentaban allí la saeta aquella grande, puesto el medio 
de ella en aquel asiento de la tablilla y junta de árbol , sacando á cada 
parte poco mas de un palmo. Entonces tomaban la otra mitad del árbol, 
que era la mas alta ; y con cadenas ó sogas gruesas tiraban de ella torcién- 
dola hacia tierra y de que mas no podían , dejábanla súbitamente suelta 
y daba tan gran golpe á aquella saeta que estaba en la otra parte asenta- 
da, que la hacia salir con muy grande y furioso ímpetu. De estos ingenios 
habia en Marsella en tiempo pasado, y con ellos se tiraron saetas muchas 
á la flota del Rey don Alfonso de Aragón cuando volvia de Ñapóles y 
trujóse una de ellas y queda por memoria colgada en las redes que están 
alderredor del altar mayor de la Seo de Valencia.» 

El buzón, bezon ó bulzon corresponde al género de los arietes, pues 
así se deja entender del sentido literal de las leyes de Partida: «por feri- 
das de bozones con que derribassen los muros» y viene bien con lo que 
apunta Du Cange de que es palabra italiana balzare, esto es saltar, brincar 
ó votar, máquina para este objeto; y citando los anales de Genova , añade 
que en el año \ 194 en el castillo de Oberto aparejaron un madero llamado 
bulzon , con cuyo impulso agujerearon la torre nueva de Bulbonosi que 
se hallaba en el camino de Santa Siria , destruyendo la mayor parte y 
echándola por tierra. Por último, el carnero no es otra cosa que el ariete 
ó la helépola para abrir brecha al muro (1). 

Nos atrevemos pues con presencia de estos extractos á dividir la an- 
tigua tormentaria en cuatro clases de ingenios. La primera de preparación 
á saber : la cappa, que se tomó de] griego kapsa, que significa el armario; 

(I) Helépola , tomado del griego eWo^i's compuesto de eWi tomar y rcoXí; ciudad. 

» 



H6 Memorias de la Real 

bastida, grúa, manía, ruanco, gata y zarzo que por medio de rodillos se 
aproximaban á la muralla para que el zapador y minador trabajase á cu- 
bierto de los tiros de los sitiados : la segunda de acción horizontal , tales 
como la ballesta , catapulta, escorpión y gossa que arrojaban grandes 
dardos ó cuadriellos empeña lados é impregnados de combustibles y vene- 
no; arietes, buzones, carneros y helépolas, que herían el revestimiento 
del muro: la tercera de movimiento parabólico como el fundíbalo ó fone- 
vol, mangano, almojaneque, almágana , algarrada, trabuco, cabrita, libra, 
garrote y brícola que despedían grandes piedras y balas de iluminación 
ó carcasas con materias inflamables , y la cuarta las ofensas auxiliares, 
como galgas, abrojos, terrazos de cal, oleo-petroleo (5), jabón , alquitrán, 
pez y otras resinas para detener los asaltos y quemar los reparos del 
sitiador. 

De lodos estos efectos que componían el material de guerra , hacen 
reseña varias Memorias antiguas. En primer lugar por un opúsculo que 
se halla en el Escorial, cuyo encabezamiento dice así: Incipit opusculum 
reverendissimi ac prudentis viri Ildefonsi recordationis alta regís Dei gratia ro- 
manorum ac castelle , de iis qu& sunt necesaria ad slabñimentum castri tem- 
pore obsidionis , et fortissime guerre et multum vicine, se previene que haya 
receptáculos ó blindajes para que la guarnición se defienda de los dispa- 
ros de los ingenios y almacenes subterráneos para que los efectos del 
parque estén con seguridad y los víveres se conserven salvos de los tiros 
de los trabuquetes y demás proyectiles. Que se establezcan palomares y 
corrales en sitios seguros para criar palomas, pavos reales, gansos, per- 
ros y colmenas, y que las armerías estén bien acondicionadas y limpias. 
Que los cuarteles y cocinas no carezcan de los debidos utensilios para co- 
modidad de la tropa. Que haya cirujanos y practicantes con sus estuches 
de instrumentos y botiquines provistos de emplastos, ungüentos con trapo 
nuevo y viejo para vendajes é hilas. Se dispone que en las huertas se 
crien puerros ó cuando menos ajos, cebollas, berzas, menta, salvia, perejil, 
olivos y otras yerbas aromáticas, y que haya provisión de pimiento, mijo, 
aceite, vinagre, sal de Cardona, bellotas cocidas y secas al sol, porque 
dice es el mejor modo de que se conserven sin averiarse; manteca , sain, 
miel, resina, pez, hierro en barra, seda para cuerdas de ballesta, lana 
en rama, estopa, teas, cera , fuego de alquitrán , fuego grecisco, plomo 

(5) Aceite mi:¡era! que se extrae de Italia , Sicilia y de algunas islas del Archipiélago. 



Academia de la Historia. 117 

cadenas, cuerdas, cuero para el calzado é instrumentos de defensa, tien- 
das y pabellones de campaña, linternas, madera de construcción, de pino, 
olivo, boj, abeto y corcbo y molinos con manubrios de hierro para pul- 
verizar el grano con poca gente. 

Manda que se establezcan talleres de ballestería , carpintería, picape- 
dreros y arquitectura militar. 

Las armas que deben estar prontas son ballestas de torno y de otras 
especies, bien acondicionadas según su magnitud y fuerza: que las pun- 
tas de las saetas sean tales que unas sirvan para penetrar los escudos y 
lorigas y otras para romper los perpuntes, tiendas y pabellones y comun- 
mente para los hombres mal armados, á las cuales dice: «llamamos en 
nuestra tierra saetas carniceras.» Que todos estos hierros estén bien en- 
astados y emplumados. Que se tenga acopio de lanzas, dardos, lanza- 
fuegos y funderos con abundancia de piedras para arrojarlas desde los 
muros. 

Dice que se tengan palomas adiestradas para llevar pliegos; y final- 
mente, que para entretener al soldado y animarlo haya romances y 
libros de las hazañas de Alejandro, Cario Magno , Roldan, Oliveros, 
Verdín, Antelmo y otros, en que se describan las guerras y batallas mas 
famosas. 

Por el inventario délas armas y pertrechos del castillo de Tudela, que 
se guarda en la Cámara de Comptos, cajón 5.°, núm. 40, fecho á 25 de 
Junio de 1308, consta que habia ballestas de torno, ballestas de dos pies y 
de estribera, ballestas de cuerno y de madera con sus tornos, nueces y 
sus correspondientes fundas de lienzo para reservarlas. Cajas de lorigones 
y lorigas con ahujas para remendarlas, capiellos de fierro y capellinas de 
madera, escudos grandes y pequeños, y tarjas. Cajones debisarmas, arpo- 
nes con bordón , segures, saetas de gran torno, de dos pies y de estri- 
bera, martillos, picos y azadones. Porras de fierro y mangos encadenados: 
lanzas con sus asteros, palancas, clavillos, zarcillos y pulgares de fierro; 
paleyas, poleas, yugas, vergas, vigas, rollos de cuerdas, cueros de honda 
y demás maderos para los ingenios con vides para armarlos. Arcones para 
la harina: molinos con todos sus fierros y piedras: espedos , cañeros de 
cobre para asar la carne: tinas, cubas de á seis miecras cada una, cube- 
tos, calderas, mesas, escaños y bancos: escalas de cuerda , grillos, cepos, 
pesebres de lienzo con sus estacas, y añafiles. 

La materia de este discurso es de tal carácter que no admite la be- 



H8 Memorias de la Real 

lleza suficiente para quitarle la aridez de su propia naturaleza. Hubiéramos 
deseado evitar la monotonía consiguiente á la repetición de citas y al ha- 
cinamiento de datos para demostrar las cosas; pero el curioso que busca 
con anhelo algún conductor para engolfarse en el oscuro caos de la anti- 
güedad y sacar á luz las olvidadas costumbres de nuestros padres, sacrifi- 
cará con gusto este deseo á trueque de recoger el fruto de su trabajo y 
aplicación. 



Academia de la Historia. 119 



QUINTA ÉPOCA. 



Ll reinado de don Alonso el Sabio, décimo de este nombre, ofrece abun- 
dante material para formar su elogio ó los medios suficientes para sujetarlo 
á la crítica severa de la historia. 

Este Monarca, autor de la revolución social y política que experimentó 
la nación española durante su imperio , merece suma circunspección al 
trazar el cuadro de sus actos gubernativos, porque son pocos ciertamente 
los hombres de todas clases y condiciones que hayan pasado á la posteri- 
dad con la marca de la perfección, y asimismo muy escasos los que pu- 
dieron vencer las pasiones que acompañan á la fragilidad humana. 

Algunos filósofos no se atreverán á decidir en qué categoría han de 
colocar á este príncipe, ora sea entre los grandes genios, ora en la de los 
hombres comunes; pero aun cuando nuestra débil pluma no baste para 
fijar la cuestión sobre el mérito y buena memoria que los españoles debe- 
mos tributar á un hijo de la patria que abrió el camino á la literatura 
nacional, es un deber de todo escritor al recorrer su reinado no excusarle 
sus extravíos ni defraudarle la corona literaria. 

Uno de sus primeros cuidados, después de haber ocupado el trono de 
Castilla , fué continuar los aprestos para la guerra de África que su padre 
habia dispuesto con aprobación del Papa Inocencio IV, para lo cual se 
empezaron á fabricar las atarazanas de Sevilla en el año 1252 con destino 
á la construcción de trasporte y buques de combale. 



120 Memorias de la Real 

Entre tanto casó á su hermana doña Leonor con Eduardo, hijo pri- 
mogénito del rey Enrique III de Inglaterra, dándole en dote la Gascuña 
que había conquistado, y celebráronse las bodas en Burgos con aparato 
magnífico en el de 1254, armando caballeros á muchos barones de alta 
gerarquía. 

Mientras que los aprestos para la expedición de Ultramar se practica- 
ban con lentitud (sin embargo de haberse predicado la cruzada y recibido 
el mismo Monarca la insignia de la cruz), don Alonso propuso valerse 
de los derechos de su madre doña Beatriz , hija del Emperador de Alema- 
nia , para adquirir aquel estado, y se concertó con los príncipes alemanes 
y la república de Pisa para ceñirse la corona del imperio. 

Con efecto, el Rey no podia menos de deslumhrarse al ver que los 
písanos fueron los primeros que lo reconocieron, y seguidamente el duque 
de Sajonia, con el arzobispo de Tréveris: convocó muchas tropas y un 
parque numeroso para pasar á Italia, desde donde se proponía disputar 
con las armas á Ricardo, hermano del Rey de Inglaterra, la investidura 
que le correspondía; con lo cual abandonó la conquista de Ultramar, que 
sin duda le hubiera tenido mas cuenta. 

Para este proyecto se espendieron sumas considerables que empobre- 
cieron la nación; la concordia desapareció desús estados y aun de su 
propia familia, sacrificando la paz de sus subditos á un título vano y 
pomposo. 

En medio de estas intrigas de gabinete, el pueblo murmuraba: don En- 
rique su hermano se rebeló contra él, y los reyes moros de Murcia y 
Granada formaron una conspiración presentándose en campaña con todo 
su poder. 

La posición violenta de don Alonso se aumentó con el resentimiento 
general de la alteración de la moneda, y mucho mas cuando en las Cortes 
de Segovia se puso tasa á todas las cosas. El Monarca conoció entonces 
que su corona peligraba , y reuniendo sus tropas derrotó á los moros en 
el año 1263, y sometió al siguiente la Andalucía. 

Envanecido con sus victorias volvió á disputar sus pretensiones al im- 
perio, pero los electores escogieron á Rodulfo de Ausburg, sin que fuesen 
atendidos sus embajadores , que desde Burgos habían pasado al concilio 
de León congregado por el Pontífice Gregorio X en el año 1274 para 
promover los socorros de la Tierra Santa. 

A pesar del aprecio que se habia ganado del pueblo en las Cortes de 



Academia de la Historia. 121 

Almagro del año de 12*73 por la supresión de varios impuestos que in- 
sultaban la miseria pública y lo peligroso que era ausentarse del reino 
cuando se hallaba amenazado con la anarquía , cometió la indiscreción 
de marchar á Beaucayre, ciudad en Francia situada sobre el Ródano, para 
avistarse con el Papa y conferenciar sobre su soñado imperio, dejando por 
Regente del reino á su hijo primogénito don Fernando. 

Apenas don Alonso habia marchado , cuando los reyes árabes de An- 
dalucía se confederaron y llenaron de espanto y terror á los cristianos, 
cuyas tropas fueron derrotadas tan completamente que quedaron en el 
campo de batalla sus generales don Ñuño deLara y el Infante don Sancho: 
el Regente, oprimido del pesar, cayó enfermo y murió en Ciudad-Real. 

Desde luego don Sancho, hijo segundo del Rey, formó el atrevido pro- 
yecto de sentarse en el trono con perjuicio de sus sobrinos don Alonso y 
don Fernando de la Cerda, consiguiendo de las Cortes de Segovia que le 
declarasen sucesor en 1 275. Con este consentimiento de la nación se abrogó 
el poder, se rebeló contra su padre, y puede asegurarse sin temor que go- 
bernó la monarquía hasta su muerte, acaecida en 1284. 

Es indudable que la afición de don Alonso al estudio le hizo familiar 
con los sabios de su tiempo, con quienes consultaba cuestiones relativas 
¿ las ciencias, particularmente en la astronomía, sobre la cual siguió una 
correspondencia muy íntima con el Soldán de Egipto. 

El privilegio expedido en Toledo á 8 de Mayo de 1254, es un ver- 
dadero testimonio de que aborrecía la ignorancia: por él la universidad 
de Salamanca abrió las cátedras de leyes, derecho, decretales, lógica, fi- 
losofía, física y música (1); y en Sevilla los esludios generales de latinidad 
y arábigo, por decreto de 28 de Setiembre del mismo año, fueron el liceo 
de la juventud andaluza. Señaló á sus maestros dotaciones decentes para 
su manutención y decoro (2) é impetró del Papa una bula en el de 1 2oG 
para que aquella universidad fuese estudio general, mandando á los con- 
cejos de Aslorga, Ponferrada, Valcárcel y Villafranca que no cobiasen 
portazgo á los escolares, imponiendo al mismo tiempo penas severas á los 
propietarios que llevasen mas de diezisiete maravedís por el alquiler de 
las habitaciones. 

Acabó de recopilar las leyes de sus antecesores, cuyo trabajo había 
comenzado su padre, encargando la redacción del famoso código de Jas 

(I) Gil González «le Ávila, Hisi. de Sila- (i) Dorado, Compend. historia ríe Sula- 
manca, 1606 , lib. 2, pág. 185. manca, cap. 29. 

TOMO IX. 16 



122 Memorias de la Real 

Partidas (célebre en toda la Europa) á los mas consumados jurisconsultos, 
aunque no se publicaron hasta el reinado de don Alonso XI. 

En Sevilla ordenó en 1260 que los instrumentos públicos se escribie- 
sen en el idioma vulgar, aboliendo el uso del latin en las escrituras. 

Es cierto que algunas de las obras que conocemos por suyas no lo son, 
pero en todas intervino ó como colaborador ó como censor de ellas. 
Finalmente, puede asegurarse que don Alonso fué el fundador de nuestra 
literatura y que no perdonó medios para sacar á la nación de la estupidez 
y de la ignorancia. Sus escritos abundan en máximas políticas y morales 
para vivir en la sociedad, pero que él mismo no supo aplicarse por una 
fatalidad que le condujo de error en error hasta el sepulcro. Finalmente, 
la lengua castellana acabó de salir de la infancia, y las artes llegaron á 
un grado de perfección admirable. 

Nada se adelantó en los reinados de su hijo don Sancho IV y su nieto 
don Fernando IV el Emplazado; pero el sucesor de este último, don Alon- 
so XI fué uno de los monarcas mas grandes que ha tenido Castilla por su 
valor, intrepidez, constancia y acierto en el arte de gobernar, debido á la 
esmerada educación de su abuela doña María la Grande. 

Dos años después de la muerte de su padre, esto es, en el de 1324, se 
encargó de las riendas del gobierno, y como el rayo aniquiló las facciones 
inveteradas en las provincias: castigó con el último suplicio á delincuentes 
de todas clases y condiciones , y entonces se vieron rodar de los patíbulos 
las cabezas de centenares de traidores , desde la del orgulloso don Juan el 
Contrahecho hasta la del mas despreciable golfín, purgando á Castilla de 
un sinnúmero de malvados que la devoraba. 

Si la justicia desarmaba las sediciones envejecidas , también remune- 
raba á los leales con profusión; y su corte era una de las mas brillantes 
de Europa: díganlo su boda con doña María de Portugal, su coronación, 
la institución de la orden de la Banda para atraer á su partido la nobleza, 
y las justas y torneos, donde el lujo y la magnificencia no tenían límites. 

La fortuna se complacía en coronar todos sus esfuerzos: apenas se 
presentaba al frente de sus tropas, cuando los contrarios huian despavo- 
ridos, dejando los campos sembrados de cadáveres y despojos. No hubo 
combate terrestre ó marítimo en que no triunfara, y sus enemigos batidos 
y escarmentados no le pidieran la paz. Así los castillos y leones de sus 
estandartes habian eclipsado las quinas portuguesas, las enseñas de Na- 
varra y la media luna no osaban mostrar su faz, mien'ras que la monar- 



Academia de la Historia. 123 

quía de San Fernando quedó asegurada con una paz sólida , y sus subditos, 
comenzando á disfrutar de sus ventajas, se dedicaron á la agricultura, á las 
artes , á la navegación y al comercio. 

Si para probar el lujo de una nación basta consultar sus leyes suntua- 
rias destinadas á contener los esfuerzos de la profusión , época bien fe- 
cunda es la presnte. ¿Pero qué efectos producirían semejantes reglamen- 
tos, si el fausto y la magnificencia comenzaban por el legislador? ¿Hay 
mas que seguir á nuestros príncipes en sus viajes , en sus bodas , en sus 
entrevistas y justas para conocer que desafiaban á todo el Oriente con los 
mercados de Burgos, Toledo, Pamplona , Sevilla y Barcelona; que rivaliza- 
ban con las plazas de Conslantinopla , Alejandría y Damasco? ¿Habría en 
el mundo conocido producción que no se expendiese en España bajo su 
imperio? 

Don Alonso el Sabio habia tenido la destreza de domar el genio de los 
españoles; les habia señalado reglas y preceptos para modificar todas las 
acciones de la vida, trocando sus modales hasta el extremo de superar á 
todas las naciones europeas en civilidad, finura y galantería; por consi- 
guiente era lo mismo que trazarles el camino del comercio, obligarlos á 
multiplicar sus talleres y enseñarles á sacar ventaja de las producciones 
de este suelo privilegiado. 

Si tales fueron los principios de este Monarca filósofo ¿á qué seguir 
las huellas de sus antecesores coartando á sus vasallos el tráfico mercantil 
y poniendo tasa á todos los objetos de necesidad y comodidad? ¿A qué 
fiscalizar la vida privada de los ciudadanos en negocios puramente domés- 
ticos, señalándoles la clase de alimento y guiso con que debian comerlo, y 
á este tenor otras restricciones impracticables? No eran estas las causas 
del verdadero empobrecimiento de la nación. Los tributos y pechos que se 
imponían á los pueblos, arruinaban las fortunas de las familias, ayudando 
no poco el fraude y la estafa de los recaudadores á reducir á la mendiguez 
á millares de personas. 

Es demostrable la introducción de géneros extranjeros que de conti- 
nuo llegaban á nuestros puertos: felizmente conservamos el derecho que 
pagaban en Santander, Castrourdiales, Laredo y San Vicente de la Bar- 
quera, en la costa de Cantabria; y tanto por estos aranceles, como por los 
del fuero de Sepúlveda (1) que mandó traducir don Alonso el Sabio al 

(1) Este fuero debió escribirse desde 4074 vivió la Reina doña Inés, muger de don Alon- 
á 1078, que es el espacio de tiempo que so VI, que lo confirma. 



124 Memorias de la Real 

idioma vulgar, del latin bárbaro, porque los alcaldes legos no entendían 
su lectura, conocemos los paños de Abbeville, Blanqueta, Bruges, Caen, 
Cambrai, Douay, Tours, Gant, Galambruno. Isembruno, Inglaterra, Lille, 
La-marche, Mosterol, Provins, Pádua, Perlingues, Rouen y Tartres, teñi- 
dos de diferentes colores. 

Entre estos venían también los viados, esto es listados, y los barrados 
ó barricanos,cuyo uso era ya de alguna antigüedad en este tiempo, según 
resulta de las miniaturas. 

Los primeros carmelitas acostumbraban llevar unas capas que tenían 
el nombre de carpettas, tomado del griego karpatoi, de un paño grueso y 
tejido á barras blancas y negras, como consta de un capítulo celebrado 
en Londres el año 1281 . Algunos remontan el uso de estos mantos hacia 
el de 642, cuando Ornar Rey de Arabia se apoderó de la Palestina, en cuyo 
tiempo prohibió á los carmelitas los blancos, porque era el distintivo de 
sus sátrapas, y les obligó á llevar los barrados (1). 

Los paños de que hemos hecho relación se labraban sencillamente y 
se denominaban planos, pues el lujo se extendía á bordarlos y hacer labo- 
res en el pelo. 

Los estanfortes , género de lana que como hemos indicado debieron su 
nombre á la ciudad de Statpborts, en los Países Bajos, donde sus fábricas 
tenían celebridad , y que por su crédito fueron imitándolos en otros puntos, 
conservando la tela su nombre primitivo, llegaban de Bruges, Caen, Char- 
tres, Inglaterra, Mosterol, Partenay, Arras, Rouen, Saint-Omer, Tournay 
y Valenciennes; y los ensais, adoptado del francés saie, cierta sarga que 
debió su origen á Flandes y Artois, de Bruges, Gand, Ipres y Tournay, 
con los barraganes de Rouen, Bcauvais, Lóuviers y Provins y las frisas 
de Etampes y Chateaudun. 

Ademas de estos géneros, las telas ó estofas de seda, lana, algodón y 
lino de que se hace mérito, eran las alcotonías, almejías, albornoces, bifas. 
bureles, brunetas, cafrines, ciclatones, camelinas, escarbes, fustanes, 
mánfagas, picotes, preses ó prisets, pimpareles, ranzales, sayales, surias, 
tiritañas y xametes. 

El albornoz, esto es bornós , era un género de lana muy tupido de 
que los árabes se hacían ciertas capas con mangas y capuz para preser- 
varse de la lluvia. La bifa es corrupción de biff'e, paño que se elaboraba 

• 

(I l Helio! , Hist. des t>r<Ir< j s monásit\, reíigieuftes et mi'if.. foris', !~ü' . t. I , [tá'rt t.\rap, \:>. 



Academia de la Historia. 125 

en Francia , y el burel venia de las fábricas de Ratisbona y servia para 
vestidos de lujo. En cuanto á la etimología de la bruneta (1) es indudable 
que viene del francés brunet, color pardo claro. 

La camelina ó mamelotina (que de ambos modos se halla escrito) se 
reducía á un género basto parecido al chamelote , aunque inferior en ca- 
lidad, y en Andalucía aun se conocía en el siglo pasado con el nombre de 
principela, que pudo ser corrupción de pimparela. 

La tiritaña venia á ser una especie de tafetán, aunque asi se llamaba 
un género de drogue ta construido de hilo y lana , y la suria es lo mismo 
que paño de Siria, porque los árabes llaman de aquel modo esta parte del 
Asia. 

El xamet ó jamete, como dijimos en la época anterior, parece tomado 
del samito, estofa de seda usada por los antiguos, de que hace mención 
Magri (2); y Balucio, en la miscelánea reformada por Mansi (3), dá cuenta 
que en un inventario de la sacristía de la iglesia de Luca se hallaron 
varias ropas de este género, aunque también se toma por una túnica que 
vestían los príncipes, á la que llamaban jamelet. 

Las pieles para aforrar los vestidos, de que tanto uso se hizo en aque- 
llos tiempos, y de que hay memoria en los citados instrumentos, son los 
armiños, albortones ó cordero nonnato, anninos ó de un año, cevellinas, 
conejos, cabrunas, cabritos, esquiroles ó ardilla, gatunas, grises, lirones, 
liebres, lobunas, martas, nutrias, vulpinas ó zorras, y veros, especie de 
ardilla africana, blanca por el vientre y cenicienta ó azulada por el lomo, 
las que recortándose en figura de campana se cosian alternando los 
colores. 

Para los adornos personales están en lista las bolsas, bronchas, boto- 
nes, badanas, cintas de lana, cordones de seda y escarin, correas con 
hebilla, cañutillos de oro y plata, cascabeles, cofias, capiellos y sombreros 
de palma, espuelas, ferretes, levias , cierta guarnición de oro para las 
camisas, lúas ó guantes, madejas de oro y plata , orfreses, plumas de 
Amiens, cordones de oro y plata para los mantos, sortijas y guadamecís. 

El guadamecí ó guadamecil, dice la Real Academia de la Lengua , es 
eabretilla adobada en que á fuerza de prensa se forman por el haz dife- 
rentes figuras de diversos colores. Covarrubias añade que es un rio de 
Andalucía que dio nombre á un lugar por donde pasa, y que sospecha 

(I) Covnmihias dice afirmalivamenleque (2) .Xotizia di vocaboli eclesiastici. 

era paño basto. (3) T. i, Luca, 1764. pág. C>00. 



126 Memorias dk la Real 

que allí se debió inventar la labor de los cueros llamados del mismo modo. 
Don Rafael Floranes de Robles , en las ñolas para ilustrar el fuero de Se- 
púlveda, que se halla entre los documentos de la Real Academia de la 
Historia (1j, dice que es verosímil que esta industria tan preciosa la hu- 
biesen traido los moros á España como otras muy excelentes que hoy se 
atribuyen con mayor lisonja que verdad varias naciones de Europa, las 
cuales nos venden por invenciones los meros restablecimientos levantados 
sobre las ruinas bien observadas de las artes de los antiguos. Por lo menos 
no hay nación que pueda mostrar memoria mas antigua que la española. 
El Rey don Alonso IX de León en el año 119T hizo merced á la Sania 
Iglesia de aquella ciudad y á su obispo don Manrique, del lugar llamado 
Castro de los Judíos, confirmándola el tributo de doscientos sueldos, una 
piel muy fina y dos guadamecís que los israelitas habitadores de él estaban 
en costumbre de pagar á la misma iglesia catedral el dia de San Martin 
de cada año , por concesión del Rey don Fernando I , su cuarto abuelo, 
que murió en el de 1065 (2). Tanta es la antigüedad del uso de los gua- 
damecís en España , cuyo arte se propagó después de tal manera que en 
las mas de las ciudades se introdujeron gremios de este oficio, como se 
ve por las ordenanzas municipales y las de artes y oficios que quedan. 

En el ramo de drogas y especiería se cuentan aceites, agallas, azú- 
car, alumbre, azafrán, alheña, aloe, brasil, cera, cominos, cinamomo, 
cervisa, estip, tomado del latin stimmi ó stibium, el antimonio ó alcohol, 
hepático ó hepática el liquen; grana, gengibre, jabón; mini ó minium, el 
bermellón; orjñment, púrpura, pimienta, regalicia, sal y zumaque; y del 
de metales, acero, cobre, estaño, fierro y plomo. 

Comprende á mas de estos artículos de comercio, los siguientes efectos 
de quincalla, cerrajería , carpintería y demás manufacturas, como acitaras, 
agujas, anclas, azadas, altamías ó faldamias, corrupción del árabe al- 
mojfia, escudilla de barro vidriado; arcas, vainas, cucharas, cadenas, 
clamueras, esto es, lares para el hogar; cerrajas, cabezadas, calderos, 
cuchillos, cáñamo, cedazos, cordobanes, cocedras , dedales, destrales, 
estribos, escudillas, esteras, frenos, greales, hoces podaderas, horteras, 
herraduras, husos, lijaveras, especie de alforjas para llevar la ropa en los 
viajes; navajas, ollas, ovales ó pañuelos para sonarse; paellas ó sartenes, 
peines de asta y madera , pergamino , riendas, rejas, seda en rama , sobre- 
di Estante 2.°, grada I.' — B.. núm. 22, (2) Risco, Esp , Sagr., t. 35, p. 259. 
t. i 6 de su colección. 



Academia de la Historia. 127 

techos, sábanas, tijeras, trasfogare», talladores ó platos de madera, lo 
mismo que tajador, y tomado del árabe taifor; vasos de madera y vidrio, 
y alcatifas , especie de alfombra fina. 

El llamar á los platos greal, gradal ó garal, es muy antiguo en España, 
supuesto que Ermegaudo, conde de Urgel, los nombra en su testamento, 
otorgado en el año 1010 ( I ) , y también se reconocen en el del conde 
Everardo, datado en 867, donde manda que á su hijo Adelardo se le den 
dos garales de plata con dos cucharas (2), y por esto se ha conservado 
hasta nuestros dias la memoria del santo grial, plato de esmeralda que 
suponen los genoveses sirvió al Señor en la cena y que fué el único des- 
pojo que prefirieron en la conquista de Almería en el año 1147 (3). 

Por el mismo fuero de Sepúlveda consta que todos estos artículos pa- 
gaban el derecho de entrada, peazgo y aduana por troselos, que equi- 
vale á carga, paquete, fardo ó bala, pues advierte que « veinte et cinco 
coneyos son el trogiello; diez piezas de pimpareles é de paño ciclaton es 
trogiello; veinte et cinco isembrunos é de galambrunos facen un trogie- 
llo; cient de fustanes ó de segovianos facen un trogiello; é doscientos cob- 
dos de paño gordo de lino facen un trogiello.» 

Si hemos de creer en este fuero, dado por don Alonso VI á mediados 
del siglo XI, se fabricaban en Segovia buenos paños, y también consta 
que en la ciudad de Soria habia telares de diferentes géneros, porque don 
Alonso el Sabio dio privilegio en 18 de Mayo de 1 283 revalidando las 
ordenanzas de aquel concejo y á los hombres buenos de la cofradía de 
ti jedores , previniendo « que la trenza cuando sea ardida que haya 88 
varas, que pese una aranzada é 5 libras de estambre; é cualquier que la 
fallare menor, que peche 5 sueldos. Que todos los tejedores é tejedoras 
de la dicha cibdad é de su tierra , que pongan en las telas de lino 42 lin- 
nuelos é en las de estopazo 32 linnuelos; éen las de marga éde sayal 32 
linnuelos (4);» y por último, en Toledo se fabricaban antes del año 1348 
exquisitos cendales y otras estofas de seda , según lo da á entender la ley 
suntuaria de don Alonso XI, publicada en Alcalá el referido año. 

Los catalanes, mas tranquilos por haber arrojado antes á los sarrace- 
nos y con mas disposición para sostener el comercio de Ultramar, habian 
prosperado en sus artefactos. Desde el siglo XIII eran célebres los paños 

(I) Mure. his¡i., ap., bol. 973. (3) Mariana, Hist. de Esp., 1. 10. 

12) Spiciler/io de Lucas Acheri , t. 2.°, (i) Loppzrnez, Descrip. hist. del obísp. de 

pág. 876 —1723. Osma , t. 3, colee, dipl., pAg. 217. 



i¿ís Memorias de la Keal 

de Barcelona, Lérida , Bañólas, Valls, San Daniel y otros; y las estofas de 
lana del país de que se hallan memorias son (dice Campmany) los cadi- 
nes, sargas angostas, sarguillas, telillas y granas (1): pero por las Orde- 
nanzas de los corredores de lonja y oreja, hechas á 2 de junio de 127 1 
por los magistrados muuicipales de Barcelona, á mas de las que se enun- 
cian en el peaje de Santander, se ponen en lista los paños de Paris, Cha- 
lons, Narbonne, Monllieu y Bessiers; los barraganes de Vervins; lienzo de 
Reims, cendal doble de Luca, cendal reforzado y liso; púrpura ó cendal 
del Oriente y de España; camelote, bagadel, cierta especie de tejido de 
lana; fustán, sarguilla y borras con las pieles de onza, lobo, ardilla, 
nutria y buey marino (2). 

Otro género apunta la crónica del Cid , escrita en el reinado de don 
Alonso el Sabio, llamado tartarí, que según opina Du Cange definiendo los 
artículos tartarinus ó lartaríscus en su glosario, venia de Tartaria, y era 
paño de mucho valor; así lo da á entender aquella, por cuanto dice que 
el escaño estaba cubierto de paños de oro muy ricos, « é só los panos un 
cabezal de flogel cobierto de un tartarí muy nobre (3);» y mas adelante 
« vestieronle el cuerpo de un tartarí mui nobre (4);» y no se crea que la 
tal estofa se consigna solo en esta historia del héroe Castellano, porque 
en la crónica de don Fernando IV se repite que «desque fue enterrado el 
Rey don Sancho en la cibdad de Toledo, tomaron luego al Infante don Fer- 
nando é tiraron los panos de marhega que tenia vestidos por su padre é 
vistiéronle unos panos nobles de tartarí (5).» 

Tanto era el deseo de competir en el ornato exterior, que don Alon- 
so X, sin embargo de haber regenerado el gusto, quiso poner freno al lujo 
de los españoles, que crecía á la par de la sensualidad oriental, no solo en 
los trages y ajuares domésticos, sino en las bodas, bautismos, funerales y 
hasta en las mismas comidas, donde no habia coto á la profusión, abun- 
dancia y delicadeza de las viandas. 

En este concepto hallándose en Sevilla expidió un ordenamiento en 27 
de Febrero de 1256 por el cual dispone, entre otras cosas, que no usaran 
sus vasallos sillas ferpadas, adornadas con orpel ó argentpel, y sí solo 
de una orla entallada de tres dedos de ancho sobre el cuero ó paño, pro- 
hibiendo que se guarnezcan ni cubran con otro género de estofa , pudiendo 

(i) Memor.de Barcel, part. 2.*, pág. 218 (3) Cron. del Cid, cap. 248. 

en el t. 1." (í) Cap. 288. 

(2) Id., t. )í, part. 2.*, ap., pág. 72. (5) Cap. (5, año 1295. 



Academia de la Historia. 129 

llevar argentpel, orpel y cintas en las coberturas de los caballos, perpun- 
tes, sobreseñales, cofias y pendones; mas no en las fundas de los escudos, 
corazas de las sillas y banayas. Que los sombreros puedan guarnecerse 
con orpel y argentpel. Que no se haga uso de los cascabeles, excepto en 
las sonajas ó en las coberturas para bofordar , y que en los escudos no se 
pongan roelas sino de cobre dorado, plateado ó pintadas. 

Que ninguna persona bastone los paños para los vestidos , ni los enta- 
lle , aferpe ni les ponga orfreses , cintas ó sirgo , debiendo construirlos pla- 
nos ó á meatad, con cuerdas caveadas de oro, con tal de que sean solo de 
una mano de largas. 

Que si quisieren adornar los vestidos con pieles de conejo ó nutria, 
que las coloquen perfiladas y en los trascoles de los mantos. 

No permite el uso de las camisas á cueros , esto es á raiz de la carne, 
pero sí los zapatos dorados, con tal de que no sean aferpados. 

Manda que ninguna muger lleve orfreses, cintas ni abofares, ni que 
margóme los vestidos y camisas con oro, plata ó sirgo; ni se pongan tocas 
orelladas con oro, plata ó de otro color, sino blancas, y que las mejores 
de seda , no pasen de tres maravedís. 

Que puedan hacer uso de las pieles para aforros, y por lo tanto dis- 
pone que la mejor no exceda en su coste de ocho maravedís : que la piel 
deslomada se aprecie en siete; la apurada de seis tiras en cuatro, y la de 
cinco tiras en dos y medio. La piel de veros en veinte y cinco maravedís; 
la de armiño y gris treinta y cinco; la de cordero cuatro, y la de agnes 
maravedí y un tercio. 

Que los mejores zapatos dorados para ambos sexos se aprecien seis 
pares en un maravedí; los prietos de cabrito entallado de á cuerda, cinco 
pares en igual cantidad, y los de cordobán entallados y de á cuerda seis 
pares un maravedí. 

Impone penas para los que en las bodas sean osados á dar ni tomar 
calzas por casamiento de su parienta , y el que contrajere matrimonio con 
manceba en cabello ó con viuda, que no le adjudique mas de sesenta ma- 
ravedís para vestidos de boda, disponiendo que en ellas no coman mas de 
cinco varones y otras tantas mugeres por parte del novio é igual número 
por parte de la novia, á excepción de la familia y padrinos. Que las bodas 
no duren mas de dos dias y que desde el en que se verificó el casamiento 
hasta un mes cumplido, el novio, ni otro por él, envié presente ni convide 
mas de cuantos manda el coto. 

TOMO ix. 17 



430 Memorias de la Real 

Prohibe la extracción de caballos, yeguas, rocines y muías , á no ser 
las de carga , con tal de que lo sean de mercaderías ó que el mercader las 
conduzca con su troja: asimismo veda la salida délas pieles de conejo, 
grana, sirgo, azogue y demás artículos prevenidos por reglamento de su 
bisabuelo el rey don Alonso y por el de su padre San Fernando. 

Que los moros domiciliados en las villas de cristianos lleven cercenados 
los cabellos en derredor de la cabeza, ó bien partido sin copete, y que usen 
la barba larga como manda su ley; y por último, que no vistan cendal, 
pieles blancas, ni paño bermejo, verde ó sanguíneo, ni zapatos blancos ó 
dorados. 

La nulidad de esta ley suntuaria y su poca observancia fué materia 
para que se formase en las Cortes de Valladolid , celebradas en el año 1 258, 
otro reglamento en el cual se dispone que los gastos de la mesa del Rey 
no excediesen de ciento y cincuenta maravedís diarios, sin los huéspedes 
extraños: que en cuanto á sus vestidos, fuese arbitro de llevar el trage 
mas conveniente , pero que á sus criados y dependientes se les prohibiese 
el uso de pieles blancas, cendales, sillas de barda dorada y plateada, 
espuelas doradas, calzas de escarlata, zapatos dorados y sombreros con 
orpel , argentpel ó seda. 

Que los sacerdotes de la capilla real lleven cercenados los cabellos y 
las coronas grandes: que no usen de color bermejo, verde ó rosado, y 
que las calzas sean negras de pres ó moret oscuro pero sin forrad uras de 
cendal, á excepción de los canónigos que pueden gastar lana de la India, 
con tal de que no sea bermeja ó amarilla, los vestidos cerrados sin manga 
corrediza y los zapatos sin cuerda ni hebilla , pudiendo hacer uso de sillas 
rasas ó blancas con freno á la guisa y petral dorado. 

Que á los juglares y soldaderas pueda el Rey señalarles alguna refac- 
ción anual , con la condición de que no vivan en el palacio. 

No permite á los ricos-hombres ni demás personas de sus estados co- 
mer mas de dos especies de carnes diariamente, y estas condimentadas de 
solo dos modos, incluyendo la caza si la mataren ó se la regalaren: que 
en los dias de carne solo puedan comer truchas , pero que en la cena se 
sirva de una sola especie de carne , advirtiéndoles que en los dias de vigilia 
coman únicamente de tres clases de pescado. 

Que ningún rico-hombre, caballero ó escudero, se mande hacer mas 
de cuatro pares de vestidos al año , con la condición de que no sean afer- 
pados, bastonados ni entallados un paño sobre otro, ni sumtirados de 



Academia de la Historia. 131 

seda, orpel, argentpel, ni con cordones largos, orfreses, autas, perfiles ú 
otro adobo. 

Que ninguno use capas aguaderas de escarlata, salvo el Rey , ni capa- 
pielles sino dos veces al año, y que aquellas les dure dos años. 

No se permite vestir cendal ó seda, ni pieles veradassino al Rey ó los 
caballeros noveles y los novios si fueren hijos de los ricos-hombres , á no 
ser en las forraduras de los vestidos: que nadie lleve en capa ó pellote, 
cristales, botones, cuerdas largas, armiños y nutrias, sino en los perfiles 
de las capa-pielles, aboliendo el uso del tabardo en la corte. 

Prohibe el oro, orpel, seda y cintas en las señales, armas y sillas de 
montar, pero permite que en las gallegas pueda ponérsele en la orla: que 
los frenos no lleven anfaz y que las brocas de los escudos sean derechas. 

Advierte á los escuderos no usen piel blauca, calzas de escarlata ni 
géneros de color verde, broneta, pres, moret, l'arange, rosado, sanguíneo, 
escarlata ú otro paño tinto , ni lleven silla de barda dorada ó argentada, 
frenos, espuelas ni zapatos dorados, ni sombrero con orpel, argentpel ó 
seda, ni se siente á la mesa con los caballeros. 

Que ninguno vista de otro paño á no ser blanco, negro ó pardo: que 
los caballeros no plañan ni se rasguen los vestidos y que no lleven paños 
de duelo por otra persona que su señor ó la muger por su marido. 

No se permite á los judíos llevar piel blanca, cendal, silla de barda 
dorada ó argentada, ni calzas bermejas ú otro paño sino del color del pres, 
bruneta, peyta, engres, ensay y negro, exceptuando aquellos á quienes 
se lo concediere el Rey. 

Que los moros domiciliados en los pueblos cristianos lleven el pelo 
cortado sin copete y con barba larga, prohibiéndoles el uso del cendal, 
piel blanca y paños tintos, conforme á lo resuelto para los judíos. 

La banaya ó [banna es el dosel ó colgadura de seda para la cama y 
así la llaman los árabes baná. 

Por roela entendemos la guarnición de cobre, hierro ú otro metal que 
se ponia alrededor del escudo ó pavés para sujetar la tablazón y resistir 
los golpes de las armas blancas. 

Bastonar el paño es lo mismo que por medio de la piensa hacerle la- 
bores para mayor lujo; y entallarlo, lo propio que embutir ó sobreponer 
piezas recortadas de otro género: asimismo el ingenio se extendía á labrar 
los paños , haciéndoles relieves en el tamo para figurar dibujos cual hoy 
se practica en los terciopelos y á los que llamaban ferpa ó af" padura. 



132 Memorias de la Real 

Cuando el vestido representaba los colores y divisas de las armas del 
dueño, dividido en cuarteles, se le daba el nombre de paños á meatad. 

El trascol fué la parte del trage, ya sea manto, capa ó garnacha, que 
cubría desde el cogote hasta la espalda y hombros, en forma de muceta 
ó epómide , y se revestía de pieles finas , así como los perfiles eran los 
ribetes del vestido. 

Aliofar es lo mismo que aljófar, perlas menudas para recamar las pie- 
zas de los trages de gran gala y de que se hacian también joyeles para las 
señoras ; se tomó del árabe chawhar. 

Silla de barda es lo propio que al-bardá de que se servían comunmente 
para viajar con comodidad, pero diferente de la corsera , gallega y lidona, 
que se usaban solo para el combate. 

El morete ó moret y aun también morat , se reducía á una especie de 
paño oscuro (1), y el l'arange de orange, color anaranjado: el paño engres 
venia de las fábricas de la ciudad de este nombre en la Champagne y solo 
nos queda la duda de si el de peita era nacional ó extranjero. 

La broca convenia á la parte saliente del escudo que en forma de em- 
budo partia del centro y de ahí se llamaron á esta clase de paveses bro- 
queles; y la sonaja cierto instrumento pastoril que Jos moros llamaban 
ssanach. 

También hallamos en la ordenanza y ley municipal que por sí hizo 
el concejo de Córdoba sobre los casamientos y mortuorios de sus vecinos 
y de los lugares de su término en el año 1 286 , algunas variantes que in- 
teresan al comercio y manufacturas (2) , tales como las de que ningún 
caballero ó escudero cuando se case dé á su mujer mas de dos vestidos, 
uno de escarlata sin atavíos dobles, orfreses, pieles veras, armiños ó gri- 
ses, ni emplesas de oro, plata ó aljófar: que el paño no sea de la calidad 
llamada parte de peso, baldoquí ó cendal bordado de oro y que no usen 
las sueras de paño deceso ni baldoquí; pero que todos los antedichos que 
se hallasen casados antes de la publicación de la ley puedan adornar sus 
trages con perfiles de pieles de armiño ó nutria. 

Que á los muertos no se les amortaje sino con estameña, casil ó lienzo. 

La emplesa parece palabra tomada del latin amplexus, abrazar, esto 
es, el cin turón ó ceñidor, ó del italiano amplesso, que equivale á lo mismo. 



(1) Du Cange. la Real Academia de la Historia , fól. 54, ins- 

ta ) Gayoso , Colee, de fueros , t. H , mss. de trum. 1 9. 



Academia de la Historia. 433 

A pesar de estas restricciones se vigilaba poco en el cumplimiento de 
semejantes ordenamientos, de lo que tenemos repetidas pruebas en los do- 
cumentos coetáneos, y si bien no puede creerse que á la promulgación de 
la ley, la impunidad llegare á tal extremo que la quebrantase el pueblo, 
también es positivo que á medida que el tiempo trascurría, se debilitaba 
su acción y se volvia á incurrir en el mismo abuso. Apenas finalizaba un 
año de la publicación del coto, cuando don Pedro Martínez de Cañizar y su 
muger doña Sancha Ruiz formalizaron un contrato por el cual se donaron 
al monasterio de Hornillos en 7 de Setiembre de 1 259 , estipulando con el 
abad y comunidad que, «hanle á dar cada auno dos pares de pannos, 
unos por á él , é otros pora Sancha Roiz. E los de Sancha Roiz que sean 
d'un Ingles , manto é saya é garnacha ; é el manto é la garnacha en pena 
de coneyo, é la pena del manto que sea de seis tiras; é pora la garnacha 
cuantol abonde: é los pannos de don Pedro Martinez que sean d'un Raz, 
manto é saya é garnacha: é el manto é la garnacha que sea en pena de 
coneyo; é la pena del manto que sea de cinco tiras; pora la garnacha 
cuantol abonde: é calzas d'un Ingles (1).» 

El mismo don Alonso el Sabio, á mas de estas leyes, explicando qué 
cosa es almoneda, hace mérito de los mantos, garnachas y capas (2) por 
que previene « que los perlados deben ser apuestos , cá deben traer sus 
pannos cerrados é non cortos; nin trayan manga corrediza, nin zapato á 
cuerda, nin frenos, nin siellas, nin pretales colgados, nin dorados, nin 
espuelas doradas, nin fagan otras sobejanias ningunas, nin trayan capas 
con mangas, fueras en de si cambiasen de hábito por miedo que oviesen; 
nin otrosi non deben traer bronchas, nin cintas con fibiellas doradas: é 
otrosi deben traer los mantos atachonados é presos adelante en sennal de 
honestidat (3).» 

Esta es una prueba evidente que el clero abusaba en demasía del lujo, 
y así lo confirma el sínodo celebrado en León el año 126*7, en el que se es- 
tableció : « que los clérigos hayan coronas guisadas , non muy grandes nin 
muy pequennas; et vestiduras convenientes, á saber: non viadas, non 
ameatadas, non felpadas, non entretayadas, non vermejas, non verdes, 
non muy largas , non muy cortas; non capas con broncha, non con cuerda; 
non camisa en el cuerpo, non en la manga; non saya con cuerda; non 
trayan hi las barbas longas maguera que sean mancebos. — Otrosi que los 

(1) Berganza , Antig. de Esp., part. 2.\ ap., (2) Pait. 2.", til. 26 , ley 32. 

escrit. 179. (3) Pait. 1. a , tít. S, ley 39. 



134 Memorias de la Real 

presentes et los que han personajes, que trayan capas sin mangas, et gar- 
nachas cerradas (1).» Este sínodo es repetición del concilio de 1228 cele- 
brado en Valladolid para la reforma del estado eclesiástico relativo al lujo, 
pero que no atajó los abusos que se propusieron los prelados que concur- 
rieron á él; y con igual motivo se ordenó en la definición VII del capí- 
tulo general de la orden militar de la Merced, siendo gran maestre Frei 
Pedro de Antier en el año 1272, que los hábitos de los freires fuesen de 
lana blanca; la gonela redonda y las bragas de lino; que el maestre, co- 
mendadores ni los freires conventuales, puedan llevar capa, sobrecot ó 
cualquier otro vestido de paño de Narbone ni otro mas ó menos precioso 
que el llamado floch (2). 

En todos estos documentos se apuntan con bastante latitud los trages 
de esta época, que serian suficientes por sí solos á darnos una idea de la 
riqueza y buen gusto de los españoles; pero aun se descubren otros de 
que se tiene poca noticia. 

El Padre Florez hace memoria de la donación de Martin Fernandez de 
Castropodame, en 25 de Enero de 1278, al obispo de Astorga don Melendo 
y á su iglesia, cediéndole todos los bienes raíces que tenia, y el prelado 
agradecido prometió darle cada año un manto de picote llamado zúleme, 
esto es, sulam; una saya y un par de calzas de estanforte con dos pares 
de zapatos (3). Asimismo el obispo de León, don Martin Fernandez , regaló 
á su iglesia en el de 1 289 capas de jamito y balduquino (i), y don Pedro III 
de Aragón mandó á su mayordomo que diese á cada uno de los prisio- 
neros franceses hechos en Sicilia, una gonela, una camisa, unas bragas, 
un capell catalanesch, un cinto, un cuchillo catalán y un florin de oro (5). 

El cronista Mon tañer que dá esta noticia, contando la derrota de la 
escuadra francesa debida á la pericia del príncipe don Jaime, y libertada 
Messina del sitio que le tenia puesto Carlos d'Anjou , se detiene á relatar 
la marcha del Monarca aragonés á la ciudad de Bourdeaux en el año 1 283 
para decidir por medio de un duelo las diferencias que tenia con el Rey 
de Francia; pero sospechando alguna superchería se propuso representar 
el papel de escudero « de tal modo (dice) que vos iréis á caballo como se- 
ñor y nos como escudero vuestro en otro caballo con una azcona montera 
en la mano: llevaremos á Bernardo de Peratallada que cabalgará en otro 

(í) Esp. Sagr., t. 36 , ap. , pág. 229. ( ij Esp. Sagr. , t. 16, pág. 245. 

(2) Rivera, Milic. mercenar., part. \.', (4) Id., t. 36, ap. 
§ 1 0. (5) Montaner, Crón. de los Reyes de Arag. 



Academia de la Historia. 135 

caballo de silla de trossa para que nos conduzca la trossa, que será ligera, 
de forma que no contenga otra cosa que mi gramalla y dinero para el 

gasto (1). El caballerizo aparejó los tres caballos mejores: el señor Rey 

subió en el uno y llevó delante la gramalla de Domingo de la Figuera 
con una azcona montera en la mano : iba guarnecido de unos buenos es- 
paldares, de un buen camisol y un casot de lino teñido de verde que lo 
cubría todo, y encima una gramalla vieja, un capero, la cervellera y una 
cofia en la cabeza. Bernardo de Peratallada fue del mismo modo ataviado 
y llevaba la trossa, esto es, una boneta que pesaba poco con su azcona 
montera en la mano. Domingo de la Figuera cabalgó como si fuese el Rey, 
bien armado cual tenia de costumbre con sus huesas , sombrero y guan- 
tes, y de este modo con la gracia de Dios partieron de Jaca.» 

Para entender el sentido de las prendas que encierra este curioso re- 
lato, es necesario advertir que el casot es lo mismo que lo que en Castilla 
antiguamente llamaban quesote , quizóte , quesa ó quiza , tomado del ára- 
be al-kuesnat , túnica de lienzo blanca ó teñida de rojo , verde &c. , pare- 
cida á la alcandora ó camisa: de esta clase de túnicas hace memoria el 
autor del poema de Alejandro en este verso. 

Tanto'l valdrie loriga como queza delgada 
El Arcipreste de Hita añade también: 

Tenia cofia en la cabeza que'l cabello non l'salga 
Quiza tenia vestida, vestida blanca é rabilarga. 

Y el ordenamiento de los menestrales del Rey don Pedro el Cruel en 

1351 manda que «á las costureras de lienzo denles por tajar é coser 

los quizotes que son á fechura de pelotes dos maravedís.» 

Asimismo la crónica del Rey don Juan II de Castilla, dice al año 1410 
capítulo VIII: «toda la sierra cubierta de moros ó traían todos quezotes 
vermejos.» Pero si se quiere tener mayor seguridad, oigamos al doctor 
Pedro Girón, del Consejo Real, que escribía en el de 1537 explicando los 
trages que de antiguo se habían llevado en España « que en verano traían 
algunos quizotes; que la palabra y el vestido debe de ser tomado de mo- 
ros, que eran unos sayos labrados las delanteras y ruedo bajo: otros los 
traían gayados con unas labores y traían caperuzas de lienzo , aunque la 

(1) Fol. 70. 



136 Memorias de la Real 

gente mas principal no se me acuerda haber visto ni oido que le trúje- 
se (1).» Finalmente, en Mallorca aun se conserva el nombre de casot que 
dan á una túnica cerrada con mangas mas ó menos cortas de un género de 
lienzo blanco bastante grueso y algunas listadas de colores para resguar- 
dar la ropa en los trabajos del campo. 

La silla de trosa es lo mismo que de carga, porque el trossellum es la 
balija , pieza ó fardo , como se deja conocer del fuero de Constantino de 
Panoya en Portugal , dado por el conde don Enrique y la Infanta doña 
Teresa en el año 1096, pues al imponer ciertos tributos dice: a De tros- 
sellum qui venerit in equum, aut in equa, duodecim denarios: et de trossello 
de asino, sex denarios (2).» 

La gramalla fue una toga larga ancha y de mucho vuelo, con mangas 
de ángel: el camisol, el camisote ó loriga, construida de malla de hierro; 
el capero, la caperuza, y la cervellera es lo mismo que la capellina para 
armar la cabeza. 

Hallamos en el testamento de Orabuena Pérez, hija de don Pedro 
Ruiz, datado á 3 de Noviembre de 1298 , varios vestidos, pues previene 
«que den trescientos maravedís é una juria para una casulla é una cor- 
tina orillada para sobre el altar de Sant Francisco , é una sábana labrada 
para el altar de Laza; é tiene mas una colcha d'estarí é tres joquejos é un 
arrede : este arrede mandólo á María Diaz mi sobrina , fija de Locadia 
González ; é tiene este malaquí una faz de algodón bermejo é un almu-- 
danaf. Mando que lo quiten , é que den el almudanaf á María Fernandez, 
muger de Gil González ; é mando los tres joquejos sobredichos á Mayor 
García mi sobrina, fija de García Pérez. Mando á Urraca Ferrandez mi 
sobrina, una toca con oro que tiene su alaqui.... Mando el cendal bermejo 

que lo den á Sant Climente para acomodar las fuesias Mando el alcab- 

tea cárdeno de cendal á Sant Climente para casulla (3). 

La juria debe ser error del copiante ó escribano, en lugar de suria, 
de cuya provincia en el Asia venían ricas estofas. 

El malaquí se muestra en este instrumento como objeto de adorno; 
ignoramos si vendría de Málaga , que los árabes llaman Malaka ó si tal vez 
de pAon que en griego significa la oveja: el meloquinus fué cierta piel muy 
fina que venia de Alejandría (4), pero ¿tendrían las tocas de las mugeres 

{i) Abeíla , Colecc. diplom. de Esp. , mss. tugal , t. t .*, núm. i", prueb. del libro 1.° 
de la Real Acad. de la Hist., t. 21. (3) Colee, dipl. de don Fern. IV, pág. 105. 

(2) Sousa, Pruebas de la casa real de Por- (4) Du Cange. 



Academia de la Historia. 1 37 

en el siglo XIII guarniciones de piel? nos parece imposible ó al menos no 
lia llegado á nuestra noticia. 

El joquejo ó soquejo es palabra verdaderamente arábiga, estoes, jocob, 
faja con que se ceñian las mugeres, y el arrede ó arrelde, de arricia, que en 
el mismo idioma vale tanto como capa, la cual, según la escritura estaba 
aforrada de algodón , guarnecida de malaquí y de una trepadura ó guar- 
nición llamada almudanaf, esto es al-motannaf, que el P. Alcalá llama 
mujarraf (1 ). 

La alcabtea ó alcabita se lomó del árabe al-queblia, que es la sábana 
blanca de lino que se fabrica en Egipto; pero los españoles le dieron otro 
significado, y quizá de manto, según parece de la escritura. 

En una carta de recibo del canónigo don Sancho Ramirez, de la Santa 
iglesia de Cuenca, al de igual dignidad de la de Toledo don Juan Domín- 
guez, en data 1.° de Junio de 1300 constan las ropas siguientes: «Conviene 
á saber (dice) una casulla et dos almáticas, et dos túnicas de jamet ver- 

mejo unas fazalejas labradas de seda para adelante los hinoyos una 

colcha pequenna de seda ahorrada en gendal verde et amariello; dos alqui- 
nas blancas de seda blanca con oriellas de seda verdes et vermejas; dos 
fazaleras de lino obradas con filo cárdeno; un faseruelo Con funda de seda 
viedro (2)» y en la carta de dote que don Alfonso Ibañez con su esposa 
doña Sancha dieron á su hija Inés Alfonso al contraer matrimonio con 
Juan Alfonso en 15 de Noviembre de 1303, se relacionan «primeramente 
en muebles, catorce almadraques apreciados en dos mil el ochocientos 

maravedís otra colcha verde con alparuhaces amariellos en doscientos 

maravedís. Otra colcha dalcaz amariello en doscientos maravedís : otra 
d'escari blanco en doscientos maravedís seis sábanas orelladas en cua- 
trocientos et cincuenta maravedís cinco traveseraz en seiscientos ma- 
ravedís seis alucedas en cient é veinte maravedís ocho camisas en 

cuatrocientos maravedís. Una cabeza de tocas con romaní en cient et 
cincuenta maravedís. Un soquejo et una alfarda con oro treinta cabe- 
zales blancos en doscientos et cincuenta maravedís. Seis pares de manteles 
en doscientos et cincuenta maravedís ; unas arracadas con red de aljófar, 
et unas bocas de mangas... . alcabita de cendal et un alad , apreciados 

estos tres pannos en mil et cuatrocientos maravedís et un azacab en 

treinta maravedís, et aniellos de oro (3)» 

(1) Dicción, arábigo. (3) Colecc. dipl. de Fernando I V, pág. 215. 

(2) Colecc. dipl. de Fernando IV, p;íg. \ 27. 

TOMO IX. 18 



f38: Memorias de la Real 

También en el testamento del Rey don Alonso IV de Portugal , en el 
año 134-5, se previene que «Otrosí mandamos que á cada uno de estos 
pobres les den sendos lechos y ropa guisadamente en que duerman; sen- 
das colchas, almadraques; sendas almueílas y sendos cabezales con penna 
y dos pares de camoes y un alfamar y una cubierta de bavel (1),» y en 
el de doña Felipa, hija del Infante don Pedro, en el año 1433, se añade 
que «se dé á una tal Antonia una buena cama, almadraque, dos colchones, 
dos pares de sábanas, traveseras y un par de almofadinhas (2).» 

El almadraque que se cita en estos documentos es el colchón de lana 
ó algodón construido primeramente de forro de lienzo y después de seda, 
tomado del árabe melrá, que equivale á estar tendido: la travesera es lo 
mismo que la almohada, y lo propio la almuella,almofadinha y faseruelo, 
así como la aluceda, que se tomó de wsad, que significa el cogin. Alfamar,. 
alhamar ó aljamar, con cuyas variantes se halla en las escrituras, es la 
subierta de cama , mesa &c. , porque así se llama en arábigo amara. 

Ea alfaida ó al-farad, es un género de vestido como sayo ó túuica, y 
el alad, especie de manto ó capa igual al redondel, por cuya causa so 
tomó también del árabe al-adar , que equivale á cosa orbicular. 

El azacab viene indudablemente de la palabra sakab, cierta túnica 
viril , aunque los africanos llaman á un sayo sin mangas con que cubren 
la ropa los albañiles y tintoreros para no mancharse, kachab. 

El significado del alparuhaz, según el contesto de la escritura, puede 
ser algún rapacejo ó randa , supuesto que en la cuenta de cargo contra 
el- camarero de don Alvaro de Zúñiga, Sancho de Perero, en el año 1 468, 
se advierte entre las ropas «un cielo de sarga morada é blanca con sus 
alparavaces de hilo, y unos alpargaces de sargas viejos de hilo (3).» De 
todos modos debe esta palabra su origen á los moros, y cuasi se puede 
asegurar que sea de abu-l-hawachi , la fimbria ó fleco. 

Las mugeres, á mas de sus tocas de lienzo, adornaban sus cabezas 
con otras llamadas alquinas, algrinales y alquivales, como se infiere de la 
crónica del Cid. «Si verná vestida de almejía ó de algrinales brancos en 
la cabeza (4),» y en la general: «Si verná vestida de almejías ó de al- 
quivales brancos en la cabeza (5).» Marina deriva el alquival de algueba, 

(t) Sousa, Pruebas de la casa Real de Por- (3) Saez, moned. de Enrique IV, ap., de 

tugal, 1. 1.°, pruebas del lib. %.' núm. 24. escrit., págs. 540 y 542. 

(2) Sousa citado, pruebas del lib. 3.° nú- (4) Cap. 249. 
mero 20. (5) Fol. 350 vto. 



Academia de tA Historia. 139 

pero el Diccionario de nuestra Academia (1) asegura que viene de quinal, 
velo , cuyo sentido es mas conforme con el texto de la crónica. Lo cierto 
es que los árabes por alquinal ó alquival entienden la toca con que cu- 
bren las mugeres el rostro, esto es, kibal, y la alquina de kenná, co6a é 
garbín para recoger el pelo, como hemos ya manifestado. 

También parece que la almejía, á mas de pertenecer á la clase de los 
tejidos de seda, como anunciamos en la tercera época, se tomaba en 
concepto de túnica, porque al folio 397 vuelto, describiendo la crónica 
general la batalla de las Navas, dice: «en medio del corral descendió el 

Miramomolin de su caballo é de suso vestido una almejía negra de un 

jamete, é sobre aquella, otra almejía que non habia costura ninguna, é 
tenia su espada al cuello, é tenia el libro del alcoran ante sí.» Esto 1® 
confirman los versos de Berceo 

Entró este cativo de sus fierros cargado 
Con pobre alraesía, et con pobre calzado 



Andaba por los yermos, por la tierra vacia 
Por do Dios lo guiaba sin otra compannia, 
Todo desbaratado sin otra almejía (2). 



Y por último, don Pedro, en el ordenamiento de 1351 (3), previene 
que á las costureras de lienzo se les pague cinco maravedís por cortar 
las almejías y sobrepellices. 

La regla y estatutos de las órdenes militares no permitía á los caba- 
lleros ni freires engalanarse con vestidos que desdijeran de sus votos, y 
bien terminantes son las bulas de los Pontífices sobre el uso moderado y 
aun pobre de los hábitos: en ellos, como en todas las asociaciones de los 
hombres, sus principios fueron humildes y dirigidos á un objeto saluda- 
ble; pero como el claustro no está exento del influjo de las pasiones, las 
costumbres religiosas se resintieron algún tanto, y no una sola vez tú- 
vose que poner coto al lujo de los campeones de la Cruz. Así en la re- 
forma de la de Santiago, hecha á 20 de Marzo de 1310 y celebrada por 
el maestre don Juan Osorez en el cabildo general de Mérida, se manda (4); 

(1) Primera edic. (3) Llamado de los menestrales. 

(2) Don Tomás Sánchez, poesías anteriores (4) Biliario, escr. 18. 
al siglo XV-; Vida de Santo Domingo de Sil. 



140 Memorias de la Real 

«Que los freires de coiubento hayan su vestuario cierto para sí, según 
solian haber en el tiempo de los otros maestres; é para sus ornes, sayas 
de Valencia é capas de zorzoli, de manera que les den para tantos ornes 
otras tantas vestiduras é para de más; é este vestuario les sea dado en 
paño é non en dineros, por la fiesta de Omnium Sanctorum (1). Otrosí, 
establecemos que non vistamos si non blanquetas prietas ó blancas, é los 
paños que agora traen que los trayan fasta Todos Santos, primero si- 
guiente, é de allí adelante que los non trayan (2). Otrosí, establecemos 
que el maestre non traya mas de diez escuderos de bestias, é que los 

vista sayas é calzas de paño tinto, é mantos é pellotes de viado salvo 

el comendador de Uclés que traya cuatro ó diez ornes de pié cada uno, 

é todos estos comendadores que los non vistan si non de valencianas » 

Este paño, que llama la ordenanza zorzoli, puede ser el zalalí de los 
árabes, tejido de lana de bastante cuerpo. 

Por el testamento del Infante don Juan , hijo del Rey don Alonso X y 
de doña Violante, tutor con la Reina doña María y con el Infante don 
Pedro del don Alonso XI, su sobrino, fecho en 31 de enero de 1319, 
sabemos que dispuso dieran de vestir después de su muerte «á mili po- 
bres; á cada uno d'ellos pellotes é sayos de sayal (3);» y el cronista Mon- 
taner cuando fué á la expedición de Gerba pagó á los doscientos «homens 

d'acavayll dalarps qui ab mi (añade) havien estat en la guerra é á 

cascú doné una aljuba de drap de llana é altra de Ui: é á tot los caps, 
una aljuba de preset vermeyll é altra de xaló (4),'> esto es, de jalú, con 
cuyo epíteto de suave designan los moros el paño fino. 

El mismo autor vuelve á hacer mención de los algrinales y de otros 
géneros que trajo de vuelta de su expedición: «é com yo fuy devayllat de 
la galea, yo fuy traer dos bales de tapits en térra qui eren de Tripol, é 
anibles é hardiens, é almajíes, é algrinals, é mactans, é jucies, é d'altres 
joyes.» 

La palabra anible es puramente árabe, nibl, que significa flecha ó la 
bolsa para guardarlas, y lo mismo hardien, de ardió,, vestido ó cubierta 
exterior : el mactan es toda especie de forros , como pieles finas , corrup- 
ción de mobattanh, y la jucie, ó josei, toda cosa particular en su clase, tal 
nos parece la interpretación que se puede dar á estos efectos ó alhajas, 
como previene el cronista, traidas del Oriente. 

(1) Art. 2." (3) Abella , Co/ec. dipl. de Esp.. 1. 18, mss. 

(2) Art. 27. (4) Crún. de los Rey. de Arag., cap. 254. 



Academia de la Historia. 141 

Ya de aquí en adelante es frecuente hallar en las escrituras y cróni- 
cas nacionales , así como en los ordenamientos y leyes suntuarias, las 
aljubas y pellotes; la primera de estas piezas que usaban comunmente los 
árabes quieren algunos (1) que se derive de guibbet; pero el P. Alcalá es 
de sentir que trae su etimología de jubba, que con corta diferencia es lo 
mismo que aljuba, añadiéndole el artículo. Marina (2) dice que es un 
trage parecido al colobio, especie de baquero, y si atendemos á lo que 
refiere la historia del Rey don Rodrigo de que la famosa Cava estaba con 
una aljuba de escarlata apretada y corta por media pierna, sacaremos 
alguna semejanza á la descripción de Marina: sin embargo, por los datos 
que haremos conocer á nuestros lectores en el discurso de esta época, se de- 
mostrará que este vestido era ajustado de medio cuerpo para arriba como 
el jubón (de donde quedó el nombre), y la falda á semejanza de nuestras 
levitas, con poco vuelo, con mangas y abotonada por delante, pero que 
tan solo llegaba por encima de las rodillas. En la crónica de don Alon- 
so XI, hablando sobre el asesinato de Ismael, rey de Granada, en el 
año 1324-, refiere: «et el Rey tornando de Granada trece dias pasados des- 
pués que entró á Martos, et el Rey estando en el Alhambra, venieron hi 
Mahomad, fijo del arrayaz de Algecira, et su hermano, et su fijo; et lle- 
varon sendos cuchiellos en las mangas de las aljubas (3)», y contando el 
motin que sobrevino en Valladolid á causa de haber enviado el Rey á don 
Yuzaf , su almojarife, á traer á su hermana la Infanta doña Leonor para 
acompañarla á Portugal y terminar las bodas ajustadas en 1326, cuenta 
«que desque vio que eran idos , et habian fincado hi mui pocos, s»bió en 
su muía, et el judío iva á pié con ella trabado á la falda del su pe- 
llote (4).» 

Los catalanes también usaron de este trage, porque Montaner dice 
que el Infante don Jaime estaba vestido de paño de oro: «Mantell catha- 
lanesch é pellot, é un bell batut d'aquell drap mateix al cap (5).» Los moros 
llaman á un jarro de cuero para beber el agua en los caminos, bolut, y 
quizá los catalanes tomarían de este la figura de la gorra, por parecérsele. 

En Castilla el lujo volvió á hacer progresos bajo el reinado de don 
Alonso XI. Este Rey , valiente y amante del buen gusto que heredó de su 
bisabuelo, instituyó la orden militar de la Randa , en el año 1330, cuyas 

(1) Urrea , citado por Covarrubias. (3) Cap. 58. 

(2) Ensayo hist. crít. del romance castell., (4) Cap. 81. 

1. 4.' Mem. de la Real Acad. de la Hist. (b) Crón. de los Reyes de Arag. , cap. 269. 



1 42 Memorias de la Real 

ceremonias nos ha trasmitido su crónica ; se escribe en ella que «estando 
el Rey en Vitoria , porque sopo que en los tiempos los de los sus reinos 
de Castiella et de León usaran siempre en menester de caballería ; et lo 
habian dejado que non usaban d'ello fasta en el su tiempo: porque oviesen 
mas á voluntad de la usar, ordenó que algunos caballeros et escuderos de 
los de la su mesnada trajiesen banda en los paños, et el rey eso mesmo. 
Et seyendo en Vitoria, mandó á aquellos caballeros et escuderos que el 
Rey tenia escogidos para esto , que vestiesen paños con banda , que les él 
habia dado. Et él otrosí vestió paños de eso mesmo con banda : et los 
primeros paños que fueron fechos para esto eran blancos, et la banda 
prieta. Et dende adelante á estos caballeros dábales cada año de vestir 
sendos pares de paños con banda. Et era la banda tan ancha como la 
mano, et era puesta en los pellotes, et en las otras vestiduras desde el 
hombro izquierdo fasta la falda: et estos llamaban los caballeros de la 
banda, et habian ordenamiento entre sí de muchas buenas cosas que eran 
todas obras de caballería. Et cuando daban la banda al caballero, facíanle 
jurar et prometer que guardase todas las cosas de caballería, que eran 
escripias en aquel ordenamiento (1).» 

Prosigue la crónica relatando los preparativos de la coronación del 
Rey, y dice: «Et por esto seyendo en la cibdad de Burgos, mandó tajar 
muchos pares de paños de oro et de seda, guarnidos con peñas armiñas 
et con peñas veras: et otrosi mandó facer muchos pares de paños de es- 
carlata, et de otros paños de lana los mejores que podieron ser habidos, 
con cendales et con peñas; et mandó guarnecer muchas espadas, d'ellas 
con oro, et d'ellas con plata, las vainas et las cintas (2).» 

Después pasó el Rey á la ciudad de Santiago, en donde veló las armas 
y «et en amaneciendo, el arzobispo don Juan de Limia díjole una misa, 
et bendijo las armas. Et el Rey armóse de todas sus armas, et de gambaj, 
et de loriga, et de quijotes, et de canilleras, et zapatos de fierro. Et ci- 
ñóse su espada, tomando él por sí mesmo todas las armas del altar de 
Santiago que ge las non dio otro ninguno: et la imagen de Santiago que 
estaba encima del altar, llegóse el Rey á ella, et fizóle que le diese la 
pescozada en el carriello.» Concluyendo la relación con las fiestas y tor- 
neos que tuvo en Burgos para celebrar el acto solemne de su co- 
ronación. 

(I) Cap. 100. (!) Cap. JOS. 



Academia de la Historia. 143 

Continúa el cronista su narración, y dice que se trasladó el Rey «á 
las casas que son en el compás de las Huelgas, que él habia mandado 
facer et enderezar para honra de esta fiesta. Et el dia que se ovo de co- 
ronar veslió sus paños reales, labrados de oro et de plata, á señales de 
castiellos et de leones, en que habia adobo de mucho aljófar, et muy 
grueso, et muchas piedras, rubíes et zafíes, et esmeraldas en los adobos. 
Et subió en un caballo de grand precio que él tenia para el su cuerpo , et 
la siella et el freno d'este caballo en que él cabalgó aquel dia era de grand 
valia: ca los arzones de esta siella eran cubiertos de oro et de plata, en 
que habia muchas piedras; et las faldas et las cuerdas de la siella, et las 
cabezadas del freno eran de filo de oro et de plata labrado tan sotilmente, 
et tan bien, que ante de aquel tiempo nunca fué fecha en Castiella tan 

buena obra de siella, nin tan convenible para en aquel tiempo Et la 

Reina doña María , su muger , fué después quel Rey un poco tiempo , et 

llevaba paños de grand prescio Et desque vmos á dos fueron llegados 

á la iglesia, tenian fechos dos asientos mucho altos, cerca del altar, el 
uno á la mano derecha, et el otro á la mano izquierda: et subían á estos 
asentamientos por gradas: et estaban cubiertos de paño de oro nobles .... 
Et descosieron al Rey el pellote et la saya en el hombro derecho; et 
ungió el arzobispo al rey en la espalda derecha con olio bendicho, quel 

arzobispo tenia para esto et el arzobispo et los obispos bendijieron las 

coronas que estaban encima del altar. Et el Rey subió al altar solo, et 

tomó la su corona, que era de oro con piedras de muy grand prescio, et 
púsola en la cabeza; et tomó la otra corona, et púsola á la Reina, et tornó 
fincar los hinoyos ante el altar.» Finaliza el historiador estas ceremonias 
con la misa, regreso á palacio y demás fiestas (1). 

En esta misma crónica , refiriéndose á las treguas entre los Reyes de 
Castilla y Granada en el campo de Gibraltar, se hace memoria de que este 
regaló al primero muchos paños de oro y seda de las fábricas de su ca- 
pital (2); y cuando el Rey moro fué asesinado por los hijos de Ozmin,, 
después de las treguas, dice: «que tenia vestida una crocha que el 
de Castiella le diera , que era de muy buen paño et con muy buenos 
adobos (3). 

Du Cange en los artículos clocha, clochia y cloca, manifiesta ser una 
clase de vestido usado por los antiguos caballeros flamencos , llamado así 

(1) Cap. 103. (3) Cap. 130. 

(2) Cap. 1*9. 



i i i Memorias de la Real 

por cuanto tenia forma de campana, de la que vistieron los griegos con 
el nombre de ciclada, cuya parte superior estaba ceñida al cuerpo, y la 
inferior larga y hueca. Esto confronta con lo que se previene en un docu- 
mento que se conserva en la Cámara deComptos de los Reyes de Navarra, 
por el cual en el año 1 467 la princesa doña Leonor regaló al monasterio 
de Santa María de Roncesvalles un brial de brocado de oro para servicio 
del altar, y del resto manda que se haga un manto ó crocheta para cu- 
brir y adornar la imagen de nuestro Señor (1). 

Todos estos trages estaban prohibidos á los judíos y moros que vi- 
vían en las poblaciones cristianas; y por el abuso y tolerancia que con 
ellos se habia tenido al reformarse los fueros de Jaca, por los años 1331 se 
ordenó: «que á d'aquí á devant les iudeus é les sarracins non osien anar 
vestuts assi com les christians, é qui que trobará iudeus ó sarracins assi 
com á christian, si non ab capa sanada ó ab almaxia ó ambs á dos, puys- 
ca li toldre sens paor de nenguna pena tota la vestidura (2).» 

Al sayo de menos vuelo llamaban en Aragón cota, y en la visita 
practicada á la orden de Montesa en el mismo año de 1 331 , se dispuso: 
«que les cotes sien tallados de aqui avant ab mánega redona é lo collar 
que no haya pus de un dit en alt: ítem quels frares sien tenguts de por- 
tar los mantells afiblats com cavalcarán per vila ó anán á peu, é sien re- 
dons é lonchs tro térra; é qui contrafará, estiga de vi tan longament tro 
sie esmenat (3).» 

A principios del siglo XIV se introdujo en Castilla otro vestido propio 
para el invierno, llamado tabardo, que los árabes usaban con el de dab- 
bur, parecido al capuz, cerrado por delante y abiertos los costados para 
sacar los brazos, á cuyas incisiones llamaban maneras, sobre las que es- 
taban cosidas unas mangas angostas y tan largas como la ropa; también 
los habia sin ellas, pero de ambos modos tenian cosida por la espalda una 
capilla para cubrir la cabeza. La Crónica de don Alonso XI, cuando cuenta 
la estratagema de que se valió un cautivo cristiano para fugarse de los 
moros que entraban víveres á la plaz^de Algeciras, añade: «Enfestose en 
el barco los pies redrados uno de otro, et las manos eso mesmo, et fizo 
vela de un tabardo pequeño que levaba vestido (4).» 

Entre los varios reglamentos que este Rey expidió durante su gobierno, 

(1) Cap. 16, núm. 21. (3) Samper, hura. 346. 

(2) Abad y la Sierra , Colee, dipl. de Esp., (i) Cap. 33S. 
t. 4.*, fuer, de Jaca. 



ACADESHA DE LA HlSTORIA. 145 

hallamos una ley suntuaria firmada en Burgos á 6 de Mayo de 1338, que 
se guarda en la biblioteca del Escorial en un códice señalado núm. 6, 
plúteo 2.°, del estante Z , rotulado Ordenanzas y leyes de los Reyes de Cas- 
tilla. Se manda en ella que «Otrosi, tenemos por bien de ordenar los vis- 
tuarios de las dueñas et de las doncellas, et de los ornes buenos que traen 
pendones, et de los ricos-ornes et caballeros, et escuderos también de 
caballo como de pie, et las siellas caballares et mulares, et como se han 
de asentar; et de los cabellos é como los han de traer. Ningunas mugeres 
fijas ni parientas de los ornes buenos que tienen pendones, que non vis- 
tan panos ningunos de seda con oro. E todas las otras mugeres fijas et 
parientes de los ricos-omes cualesquier , que non vistan panos ningunos de 
seda con oro, ni sin oro. E que ninguna dueña ni doncella, de cualquier 
estado ó condición que sea, que non ponga en pellote, et en manto, et en 
saya mas de diez é ocho varas de paño tinto, é eso mesmo de cualquier 
otro paño que sea del ancho del paño tinto ; et de los otros panos que fue- 
ren mas anchos , que fagan los dichos panos de diez é seis varas et non 
mas. E si fuere pellote ó mantón, que sea á este cuento. Ningún orne de 
cualquier estado que sea (salvo nos) que non vista panos de oro, ni de 
seda , ni vista ningunos panos con orofreses, ni con trenas, ni aljófar, ni 
con otro adobo ninguno, ni con esmaltes, salvo que puedan traer en los 
mantos tejidos con aljófar ó cuerdas sin aljófar. E los caballeros de la 
Banda que puedan traer la banda tan solamente de cualquier paño que 
sea, en que non haya oro, et.que la puedan traer perfilada de orofreses 
ó de trena, ó de otro perfil cualquier, en que non haya aljófar ni pie- 
dras. Ninguno non traya tabardo, ni redondel d 1 escarlata bermeja (salvo 
nos.) Otrosi, ninguno salvo los ornes buenos que tienen pendones, que non 
vistan tabardos aguaderos, ni redondeles de paño de suerte. Ninguno es- 
cudero non traya pena vera ni ningunos panos d'escarlata bermeja, salvo 
calzas; ni traya zapatos dorados, salvo los ornes buenos que traen pen- 
dones, maguer sean escuderos. Cualquier escudero que non oviere libra- 
miento de nos ó de otro cualquier, que non vistan tabardos ni redondeles, 
ni pellotes de paño tinto, ni de Lilao. Ningún orne de pié non vista saya, 
ni capa, ni redondel, ni pellote de paño tinto, ni de Lilao, ni de mesclado; 
ni traya orofreses, ni trenas, ni traya cinta ni arma ninguna guarnida de 
plata. Otrosi, que ninguno non traya siella de caballo con cuerdas de seda 
ni labrada de seda, salvo nos et los ornes buenos que traen pendones, et 
los maestres de las órdenes, et el prior de Sant Joan. Los tabardos et los 

TOMO IX. 19 



146 Memorias de la Real 

pellotes que sean tan cortos que non lleguen con dos dedos á tierra. Los 
escuderos que non se sienten con los caballeros á la mesa en nuestra casa, 
ni en casa de otro ninguno, ni fuera de la nuestra casa. Que ninguno de 
cualquier estado ó condición que sea que non traya (salvo nos) cinta para 
ceñir en que haya mas de dos marcos et medio de plata, et los ornes bue- 
nos que trayen pendones , que puedan traer cintas en que haya fasta dos 
marcos et medio de plata, et todos los ricos-ornes, et caballeros, et escu- 
deros, et todos los otros ornes, salvo los ornes de pié, que las puedan traer, 
et que haya en cada una un marco et medio de plata et non mas. Cualquier 
orne ó muger que pasare cualquier cosa de lo que en este ordenamiento 
se contiene del vistuario et de las siellas, que el que sea tenudo de dar el 
paño ó los panos ó las siellas que de otra guisa trogiere ó la cuantía que 
pueden valer en dineros , et los panos ó lo que valieren en dineros que 
sea la tercia parte del que lo acusare, et las dos partes para nos. Ningún 
orne de cualquier condición que sea que non ande cabel partido, et cual- 
quier que ansi andodiere, que por cada dia, que peche cient maravedís de 
la dicha moneda, et si los non toviere que sea preso por ellos en la ca- 
dena treinta dias. Todos los moros que viven en los nuestros regnos, que 
anden cabel partidos, é cualquier moro que trogiere copete, fecho del dia 
que este nuestro ordenamiento fuere publicado ó apregonado en el lugar, 
que peche docientos maravedís, et si non oviere de que los pechar, que 
lo echen en la cadena sesenta dias. Fecho este cuaderno de ordenamiento 
en la cibdad de Burgos seis dias de Mayo, era de mili et trecientos et se- 
tenta et seis, á los cuatro anos. Yo García Alfonso lo fis escrevir por man- 
dado del Rey.» 

No puede dársenos un testimonio mas auténtico y claro del modo de 
vestir que tenian las diferentes clases del estado en el reinado de don 
Alonso XI; el mismo instrumento llama la atención del curioso con ex- 
presar que es el ordenamiento de los visinarios, porque clasifica las galas 
con que se ataviaban los ricos-hombres, los caballeros, los escuderos, las 
ricas-hembras y hasta los moros que vivían entre los cristianos: notarán 
los lectores que tanto en esta ley como en otras de que hemos hecho re- 
seña, los españoles Hevaban el cabello largo, mientras que á los sarra- 
cenos se les obligaba á tener rapada la cabeza , según tenian de costum- 
bre, y sin que pudieran gastar ciertos colores, sin duda para que no se 
confundieran con los cristianos. 

Sin detenernos á examinar con demasiada prolijidad si la severidad 



Academia de la Historia. 147 

de las leyes patrias con respecto á los moros y judíos, que vivian promis- 
cuamente en España bajo el cetro de sus Reyes, producian el fruto que se 
propusieron los legisladores, solo diremos que estas razas eran muy útiles 
al estado, porque la agricultura y las artes, á mas de recibir un impulso 
sensible hacia su perfección , venian á formar un cuerpo de corredores y 
tratantes que mantenían el comercio entre los dominios de los árabes y 
el país de los cristianos, sin perjuicio de que también prestaban auxilios 
pecuniarios al erario, aunque á costa de sacrificios, que solían terminar 
con escenas sangrientas. 

El Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, que compuso sus poesías sobre el 
año 1343, insertas en el tomo 4.° de las anteriores al siglo XV por don 
Tomás Antonio Sánchez, describe tan prolijamente las costumbres de su 
tiempo, que merecen un lugar en estas Memorias: los aficionados á la 
música hallarán diversos instrumentos que acreditan haber hecho pro- 
gresos en el siglo XIV. Dice, pues, en el recibimiento de don Amor: 



Allí sale gritando la guitarra morisca 
De las voces agudas é de los puntos arisca; 
El corpudo laúd (1) que tiene punto á la trisca, 
La guitarra latina con esos se aprisca. 
El rabé (2) gritador con la su alta nota, 
Cabel el orabin (3) taniendo la su rota (4), 
El salterio (5) con ellos , mas alto que la mota 
La bihuela de péndola (6) con aquestos y sola. 
Medio caño (7) et harpa con el rabé morisco 



(1) Instrumento semejante ala guitarra, . ,, 

. , , , . ti lante y de ,.*— ''i^ orabin en forma de plu- 

con solo cuatro cuerdas: del árabe Jj*Ji w •• * ■•* 

el-oud. ral, quiere decir árabes. 

(2) Rabé , rabeb ó rabel , instrumento (4) Especie de organillo que se hacia so- 
parecido al violin, con tres cuerdas, y se nar por medio de una rueda. 

•tocaba con arquillo: tenia el cuerpo mas (5) Viene del \alin psalterium , especie dé 

largo y el mástil mas cumplido; del árabe clavicordio en figura triangular, que tenia 

' - ~ trece cuerdas, y se tañía con un palito en- 

yy's al-rabeb. corvado. 

(3) Cierto epíteto que se daba al tocador (6) Guitarra mas ancha de cuerpo, que 

, / se tocaba con una pluma, 

de la rota , pues J-?-s kabel significa ade- (7) Flauta corta. 



148 



Memorias de la Real 



Pág. 498 



Entrellos alegranza, el galipe francisco (1) 
La rota dis con ellos, mas alta que un risco, 
Con ella el tamborete sin él non vale un prisco. 
La bihuela de arco (2) fas dulces de bailadas 
Adurmiendo á veses muy alto á las vegadas, 
Voses dulses, sabrosas, claras et bien pintadas. 
Dulce caño entero (3) sal con el panderete, 
Con sonajas (4) de asolar fasen dulse sonete 
Los órganos hi disen chanzones é motete. 
La adedura albardana (5) entre ellos se entremete 
Dulcema (6) é axabeba (7) el finchado albogon (8) 
Cinfonia (9) é baldosa (10) en esta fiesta son. 
El francés odresillo (11) con esto se compon, 
La reci-ancha mandurria (12) alli fase su son 
Trompetas é añaftles (13) salen con atambales (14) 
Non fueron tiempo ha plasenterias tales, 
Tan grandes alegrías, nin á tan comunales, 
De jug'ares van llenas, cuestas é heríales 
El corazón le tornas de mili guisas á la hora 
Si hoi casar la quieren, eras de otro se enamora 



(1) Baile popular, compuesto de la pa- 
labra árabe • ' ~ galib , que significa ven- 
cedor, y francisco por francés. 

(2) Especie de violin grande. 

(3) Flauta grande. 

(4) Instrumento parecido al pandero, 

pero sin piel: del árabe ^-~° ssanach. 

(5) No cabe duda que son dos palabras 
del árabe; esto es, i'Í^JJIe addedar , el 

sonido del tímpano, y LJt.Jj.JU albarda- 

na, cosa de varios colores. Por el resultado 
que dan estas dos acepciones , se colige ser 
un instrumento quizá á modo de chirimía 
adornada con flecos de seda. 

(6) Dulzaina, especie de oboe: deLára— 
be ijtsr^lji dussamá. 

(7) Axabeba , jabeba ó ayabeba , instru- 



mento músico á manera de dulzaina, con bo- 
quilla: del árabe ajL¿J| 2 al-chabeba. 

(8) Albogon, albogue, especie de trom- 
peta: del árabe ¡^j^' el-buk. 

(9) Cinfonia , sinfonía : se deriva de la 
palabra griega o-úfwpMuia, symfonia: su raíz 
es el verbo o-ufiyanisa, sinfooneoo , formar un 
sonido de distintas voces. Es palabra com- 
puesta de la preposición , c'jv, con , al mismo 
tiempo, juntamente, igualmente y ytóvÁ, 
voz, sonido. 

(10) Bandola: laúd pequeño. 

(11) Especie de gaita. 

(12) Bandurria. 

(13) Trompeta larga: del árabe «'•v 
en/ir. 

(14) Timbal en figura de media esfera, 
cubierto de piel , el cual se tocaba con ba- 
quetas: del árabe J-jJt* atlábal. 



Academia de la Historia. 



U9 



A las veces en saya, á las veces en alcandora (1) 
Pág. 67 Remítase la loca á do lu locura mora. 

Busca muger de talla, de cabeza pequeña, 
73 Cabellos amarillos non sean de aleña (2), 



Pág 



Pág. 159 



Sé mui bien tornear bacas, et domar bravo novillo 
Sé mazar, et faser natas, et faser el odresillo, 
Bien se quitar las abarcas , et tañer el caramillo (3) 
Et cabalgar bravo potrillo. 
El pastor lo atiende fuera de la carrera 
Taniendo su zampona (4) et los albogues espera; 
Su mozo el caramillo fecho de cañavera 
Pág. 195 Taniendo el rabadán la citóla (5) trotera. 

La buhona con farnero va taniendo cascabeles 
Meniando de sus joias, sortijas et alfileres 
Desia por fasalejas, comprad aquellos manteles. 



Pág. 112 



Pág. 153 



Yo con miedo et arresido promelil una garnacha 

Et mandel para el vestido una broncha (5) et una pancha (7) 

Mandóme por vestuario una piel e un pellico. 

Pág. 110 Diómelo tan bien parado que nin es grande nin es chico, 
Yo le dige madre señora, yo vos quiero bien pagar 
El mi algo et mi casa á todo vuestro mandar, 
De mano tomad pellote é id, nol'dedes vagar 
Pero ante que vayades, quiero yo vos castigar. 
Amigo, segund creo, por mí habredes conhorte, 
Por mi verná la dueña andar al estricote. 
Mas yo de vos non tengo si non este pellote. 
Desde aqui á la mi tienda non hay si non una pasada. 

Pág. 134 En pellote vos iredes como por vuestra morada. 



Pág. 111 



Pág. 126 



(t) Camisa larga que solían ponerse en- 
cima del vestido para reservarlo del trabajo: 

del árabe íijc^ kandora, ó..' \,¡i\ 

alkandora. 

(2) Alheña, alfeña: el tinte que se hacia 
de las hojas del arbusto llamado cyprusó du- 
rillo, y reducidas á polvo formaban una sus- 
tancia roja que servia á los moros para 
teñirse las barbas v las uñas: del árabe 



(3) Flauta pastoril , hecha de caña. 

(4) Instrumento músico , compuesto de 
una ó mas flautas reunidas. 

(5) Cítara: del griego SiSupct) hitara. 

(6) Joya para /adornar la garganta de 
las mugeres: del griego Ppoy^o;, brog- 
xos. 

(7) Plancha , lámina ó medallón que 
colgaba hasta encima del vientre, para ador- 
no de las museres. 



¡iiar'! ó ibis-'!, 



el-henna. 



150 Memorias de la Real 

bis: dame un prendedero que sea de bermejo paño 

Con zamarron de santero, é garnacha para entre ano. 

Dam zarzillos et febilla de latón bien relusiente 

Et dame toca amarilla bien hilada en la fruente, 

Zapatos fasta rodilla, é dirá toda la gente 
Pág. 1 60 Bien caso Menga Llórente. 

Con la mala vianda, con saladas sardinas 

Con sayas de estameña comedes vos mesquinas, 

Dejades del amigo las truchas, las gallinas 
Pág. 22o Las camisas froncidas, los panos de Mellinas. 

Comie el caballero el tocino con verzas 

Enclaresce los vinos con ambas sus almuesas 
Pág. 206 Ambos visten zamarrones, querrien calientes quesas 

El buen emperador está arremangado 

En saya, faldas en cinta é sobre, bien armado. 

Tenia cofia en la cabeza , quel cabello non l'salga 

Quizá tenia vestida, blanca é rabigalga. 

Sobre la espina está la noble rosa flor 

En fea letra, esta saber de grand doctor 

Como so mala capa yase buen bebedor. 
Pág. \0y Ansioso el mal tabardo está buen amor. 

Los engaños et lisonjas, et sotiles mentiras 
Pág. 36 Emponzoñas las lenguas, enarbolas tus viras. 

El buen Juan Ruiz, que no es el Dante ni el Petrarca, en sus versos 
desaliñados nos ha dejado tal cual rasgo del gusto predominante de su 
época locante á la poesía; y aunque dista mucho de la perfección á que 
llegó en el reinado de don Juan II este ramo de nuestra literatura, se ven 
al menos los esfuerzos que hacia para salir de la cuna á la puerilidad: no 
así los catalanes que habían asombrado ya al mundo con sus versos me- 
lodiosos y cantaban los hechos de los héroes á la par de sus amores. La 
corte de Aragón era célebre por su lujo y relaciones con las demás poten- 
cias y entre los Monarcas que mas se distinguieron fué Pedro III que for- 
mó el ordenamiento de la casa real: en él se manda que «Volem encara 
que ab aquellas ques farán en les dites festivitats de Nadal é de Epipha- 
nia , de la Resurreccio de nostre Senyor é de Pentecosta, sien fets mantells 
ab los quals los Reys per solemne comitiva decorada se han acostumat de 
embellir.» Y en el ceremonial de su coronación: «E sobre aquesta gonellai 
vestir una vestidura ques apellada granatxa , la qual sie feta de vellut 
vermeyl é de drap d'or á senyal nostra reyal ; é sobre aquesta port é 



Academia de la Historia. 4 51 

ahrich.se son mantell, lo qual sie fet de drap d'or é de vellut vermeyl, fet 
á senyal nostre demunt dit, forrat de pells de armini.» 

Tanto los príncipes como los señores construían sus vestiduras aco- 
modando en ellas los colores heráldicos, y aun los signos del blasón, y las 
que participaban del orden de los cuarteles del escudo se llamaban amea- 
tadaffó á meatad, que es lo propio que decir que el trage representaba 
los emblemas de armería. 

Esta costumbre se transmitió al común del pueblo por mero gusto ó 
moda, pero las leyes suntuarias procuraron evitar este abuso que ofendía 
las regalías y el alto carácter de los barones; y ya sea por alejar á los 
feudatarios del odioso término de comparación en la alternativa del lujo 
con los magnates, ó bien porque los caudales se menoscababan, hallamos ' 
entre las muchas leyes de este siglo un ordenamiento hecho en las Cortes 
de Alcalá de Henares, aprobado en 8 de Marzo de 1 348 por el Rey don 
Alonso XI, que existe en el archivo del monasterio de Monserrat de Ma- 
drid , y cuyos papeles pertenecieron á don Luis de Salazar y Castro , la 
prueba de que los españoles se engalanaban con paños finos, orfresados 
y adornados con trenas, hilo de oro, plata y seda, con entalles ele oro, 
cuellos de labancos (l), aljófar, botones de oro, plata, arambre , esmalte 
y los mantos con tegíllos y cordones. 

Los caballeros de la Banda llevaban la insignia orfresada ó de oro ti- 
rado , aljófar y pedrería y los vestidos de paño tapete, aforrados en cen- 
dal, tafe y tornasol. 

Los mismos escuderos, aun antes de recibir la orden de caballería, usa- 
ban zapatos dorados y forros de piel verada, y los ricos-hombres en sus 
bodas y torneos iban con trages de oro, seda y lana con guarniciones de 
pieles finas, sillas y frenos guarnecidos de plata y aljófar, y sus mugeres 
á mas podian bordar sus vestidos con perlas por valor de cuatro mil ma- 
ravedís y usar en sus viajes de las sueras, especie de sillones forrados de 
paño y bordados de oropel con el arzón pintado de colores. 

Se habia hecho tanto abuso de llevar las mugeres las ropas con faldas, 
esto es, con cola larga y rozagante, que la ley terminantemente solo las 
permite á las que vayan de camino en las sueras para mayor decencia, 
pero que los pellotes solo llegasen hasta el suelo ó cuando mas dos dedos, 
mas largos. 



(i) Añade cuya piel abdominal servia para adornarlos Irages. 



1 52 Memorias de la Real 

Previene también el ordenamiento que las sobrecamas y mortajas no 
sean de oro , seda , ni paño de Suria. 

Que á las dueñas muzárabes de Toledo se las guarde el privilegio de 
poder vestir paños de seda con forrad uras de cendal y azenefas de oro ó 
plata y falda pequeña en el pellote de tres palmos de largo, pero que á las 
demás mugeres del común no se les permita vestir sirgo, zenintanos ni 
tapete, pero sí de cendal de Toledo, suria, tornasol y tafe viado, aunque 
sin mas oro ni plata que en las azenefas. 

Consta por el mismo instrumento que las labradoras usaban para sus 
vestidos de paño tinto y blanco y aun los solían aforrar de cendal, como 
por ejemplo los delanteros del manto, de un palmo de ancho. 

Solo nos cabe la duda de la etimología de la palabra zenintanos, que 
á nuestro corto entender pudiera haberse compuesto de ssaná que sig- 
nifica en árabe el paño fino, y de tunes la ciudad de este nombre en el 
África. 

Hemos visto que á medida que se trataba de reformar las galas, se 
protejia con exenciones y privilegios á los ciudadanos que tenian sus ar- 
mas para combatir á los moros; y á la verdad mas conveniente era en 
aquellos tiempos la prevención de buenos arneses y caballos que el capri- 
cho de estrenar una magnífica ciclada ó un manto armiñado. Don Alonso, 
al formar las leyes de Partida , no se Olvidó del ceremonial para recibir á 
los caballeros : rE de si hanle de ceñir el espada sobre el brial que viste 

assi que la cinta non sea muy floja; mas que se llegue al cuerpo (1) 

que cuando oviesse á cabalgar fuera de villa en tiempo de guerra, que 

fuessen en sus caballos armados Otrosi pusieron que cuando cabalgassen 

por villa que trajessen todavía mantos (2) Paños de colores establecie- 
ron los antiguos que trajessen vestidos los caballeros nobles mientras que 
fuessen mancebos, assi como vermejos é jaldes (color de oro) é verdes ó 
cárdenos, porque les diessen alegría: mas prieto ó pardo, ó de otra color 
que sea que les ficiesse entristecer, non tovieron por bien que las visties- 
sen (3) E por esso assi como los consentían en tiempo de paz que tra- 
jessen ropas muelles é blandas para su yacer, assi non querían que en 
la guerra yoguiessen si non en poca ropa , é dura ó en sus perpun- 
tes (4) » 

(1) Part. 2.', tít. 21, ley U. (3) Part. 2?, lít. 2) , ley <8. 

(2) ídem, ley n. (4) Idein , ley i 9. 



Academia de la Historia. 153 

Concedió privilegio en 25 de Octubre de 1 252 á los vecinos cristianos 
del concejo ¿e Alicante para que los armeros «que facen brisones de 

escudos é de siellas, é lorigas non hayan á tierras del Rey á alojar 

é el juez siempre sea á tal que tenga armas de fuste é de fierro, é loriga 
de caballo (1).» 

A la nobleza de la ciudad de Segovia y villa de PeñaBel , concedió en 
1 2 de Setiembre de 1 256 que los caballeros que «tovieren caballos é ar- 
mas; é el caballo de treinta maravedís arriba; é escudo, é lanza, é lo- 
riga, é brafoneras, é perpunte, é capiello de fierro é espada, que non 
peche (2);» y á los de Escalona, Sepúlveda y Valladolid en 5 de Marzo 
de 1261 , 19 de Agosto de 1265 y 10 del mismo de 1273 previene que 
el que tuviere caballo que valga treinta maravedís con cobertura , sonajas, 
y demás arreos mencionados, y el caballero que fuere á la hueste, que 
haya dos escusados, y si llevare tienda redonda que haya tres, y el que 
tuviere todavía loriga de caballo suya y la llevare, haya cinco escu- 
sados (3). 

Estas y otras mercedes que los reyes concedían á sus pueblos, á los 
nobles y á las órdenes militares, no siempre se convertían en la defensa 
de sus derechos, porque la discordia atizaba los partidos, y mas de una 
vez concurrían al campo de batalla para destruirse, en menoscabo de la 
gloria nacional y con ventaja de sus enemigos. 

Era muy común en los siglos medios el que los caballeros á su fa- 
llecimiento donasen á las corporaciones religiosas, entre otros legados, 
las armas con que habían combatido, y los mismos cruzados empleaban 
una parte de sus fortunas para proveer á sus hermanos de ellas; por 
esto vemos que el maestre y orden de Santiago recibió de don Martin 
Anés de Obiñal, por escritura del año 1274-, quince pares de lorigas de 
ginele con sus correspondientes brafoneras y lorigas de caballo de labor 
de Genova (4). 

Por este tiempo se introdujo en España el uso de un puñal, llamado 
misericordia, según indicamos citando el libellus de batalla facienda , atri- 
buido al siglo XIII (5), de cuya arma hace memoria también don Alonso 

(1) González, Colee, dipl. de Simancas, (4) Suarez de Alarcon, relac. general de 
t. 6, núm. 257. los marqueses de Trocifar , ap-, escrit. 170. 

(2) Colmenar., Hist. de Segovia, cap. 22, (5) Salat, moneda de Cataluña, t. 2.°, nu- 
pár. 5. mero \ 9. 

(3) Archivos de dichas ciudades. 

TOMO IX. 20 



154 Memorias de la Real 

el Sabio en la conquista de Ultramar (1), y últimamente don Alonso XI 
en su ordenamiento de la milicia de la Banda (2). Ignoramos el origen de 
este nombre ; pero Amoldo el Joven , de la casa de Guiñes , fué asesinado. 
á mediados del siglo XII con esta arma (3), y de ella habla el cronicón de- 
Gaufredo Vossiense al año 1127 (4). 

Dijimos que desde este siglo los caballeros tenian la costumbre de lle- 
var sobre sus lorigas y las de sus caballos las sobreseñales y paramentos 
con las armas pintadas ó bordadas, cual se infiere de las leyes de Partida. 
«Ca los unos pusieron en las armaduras que traen sobre sí é sobre sus 
caballos, señales departidas unas de otras, porque fuessen conoscidos, é 
otros las pussieron en las cabezas , assi como en los yelmos ó en las ca- 
pellinas (5),» cuya ley se conforma con el artículo 55 del ordenamiento 
y mejoramiento de los fueros de Navarra por don Felipe en las Cortes de 
Pamplona el año 1330, porque dice: «Esta es la gracia que fizo don 

Thibalt, de los demecidios casuales En la Rocha Cergaa de Marciella, 

segundo dia entrante del mes de Jullio, anno Domini 1279 Seyendo 

su seillo con él, pendiente en cera bermeja : et es figurado de la una parte 
el Rey sobre su cabaillo, et el cuerpo et el cabadlo armado á las armas 
de Navarra et de Chain pania (6).» 

Si el ordenamiento es de la era 1279, corresponde á Teobaldo I, y en 
este caso se reformarían las leyes y privilegios en el año 1241 de Jesu- 
cristo, porque Teobaldo II murió en Trápani el 5 de Diciembre de 1270 

Además, en la copia que exhibió el notario de la ciudad de Lugo Fer- 
nando Pérez en 15 de Febrero de 1341 de un privilegio del Rey don Fer- 
nando IV de Castilla, escrita en dialecto gallego, se añade: «Este he tras- 
ladado de un privillegio do señor Rey don Fernando que foy, á quien Déos 
perdoe, escrito en pulgameo é seellado con seu seello pendiente de plomo 
en fios de sirgo: eno qual seello está figura de cavaleiro armado con sobre- 
sinaes de castellos é de leoes é figura de espada ena mau , é de un es- 
cudo á ho coló, d'estas dos sinaes; é una corona na cabeza é letreiro á 
derredor: et d'autra parte dous castellos, et dous leoes é una cruz por 

(1) Cap. 30. (4) Cap. íí, inserto en el tomo 12 de la 

(2) Abella , Colee, dipl. de Esp., mss. de Colee, de historiad, franceses de Bouquet. 
la Real Acad. de la Hist., t. 18. (5) Part. 2?, tít. 23, ley 12. 

(3) Lainbert Ardense, citado por Duches- (6) Abad y la Sierra , colee, dipl. de Esp., 
ne, Hist. genealog. des maissons de Guiñes, t. 1." Fueros de Jaca. 

pág. 168 de las pruebas. 



Academia de la Historia. 1 55 

entre les, é un letreiro á derredor (1);» y con efecto, no cabe duda, por- 
que la crónica del Cid manifiesta que «vestiéronle unas sobre-sennales de- 
cendal verde á sus armas (2) » y la de don Alonso XI que después de la 
victoria conseguida en el Salado, el Rey envió al Papa «el caballo en que 
■estido aquel dia con sus sobreseñales (3).» 

A mas de la loriga reconocemos en las memorias del siglo XIII otra 
defensa llamada perpunte, que se ponia debajo de aquella, sin que ante- 
riormente hayamos descubierto su uso; y aun cuando en la traducción del 
Fuero-juzgo, por don Alonso X, hablase de ellos, tomándolos por las za- 
bas, advertimos en la segunda época la materia de que estas se componia. 
Es presumible que esta arma defensiva se redujera á un jubón de lienzo 
crudo, entretelado de algodón, de bastante espesor que cubría todo el 
tronco del cuerpo hasta la parte superior de los muslos, bien pespunteado 
para darle consistencia, y de donde tomaría su nombre: los siguientes 
datos pueden confirmar el juicio que hacemos de esta pieza. 

Mandaron fer á prisa saetas é cuadriellos, 
Lanzas é seguerones, espadas é cochiellos, 
Perpuntes é lorigas, escudos é capiellos (4). 

El Cid regaló al soldán de Persia «una espada muy nobre é una lori- 
ga, é unas brafoneras é un perpunte que era fecho de nudos (5)» y la 
misma crónica general de España, que refiere este dono, dice anteriormen- 
te: «cuantas feridas dieron en la batalla á aquel que traye sus sennales, 
tantas tenie á en su perpunte después , é en la su loriga que tenie vesti- 
da (6)» «E oviérale muerto sinon porque le acertó en derecho do tenia el 
perpunte muchos dobreces (7)» y «el Rey de Aragón traye un golpe por 
los lomos, de lanza, é salió l'el algodón del perpunte por ella, pero non 
pasaba á la carne (8).» 

Además del perpunte se vestian los guerreros , como dejamos mani- 
festado, el velmez ó el quizóte para evitar el roce de la loriga, alsebergo ó 
brunia; pero en este tiempo le vemos sustituido por el gambaj que hacia 
igual servicio. 

(1) Culec. dipl. de Fernando IV, pág. 466. (5) Crún. general, fol. 338. 

(2) Cap. 283. (6) Fol. 254. 

(3) Cron,. de Alf. XI, cap. 457. (7) Fol. 256. 

(4) Poema de Alejandro. [8) Fol. 398. 



156 Memorias de la Real 

No nos detendremos mucho para investigar el origen de esta prenda, 
pues que á nuestro entender la introdujeron los moros con el nombre de 
kambah y kambas , de donde pudieron adoptarla los franceses con el de 
gambeson: solo diremos que M. de G., autor de la Historia política de las 
grandes querellas entre el emperador Carlos V y Francisco I , hablando de 
la armadura de los antiguos caballeros, asegura que colocaban la loriga so- 
bre una especie de perpunte de cuero pelado para detener el empuje de la 
lanza cuando esta rompía la malla ó escamas de la brunia, al cual llama- 
ban gambeson (1). 

La crónica del Cid continúa (2): «Vistiéronle á carona un gambaj de 
cendal delgado,» pero la historia general por don Alonso el Sabio añade 
con mas acierto que era un «gambaj branco fecho de un randal (3),» y es 
natural que este perpunte fuese de lienzo, porque don Pedro el Cruel en su 
ordenamiento de los menestrales previene á las costureras de lienzo que «á 
los otros que ovierende facer gambajes ó jubetes de armar déseles por los 
facer... 12 maravedises.» En este concepto don Alonso XI manda en el de 
Burgos del año 1338 «que sean tenudos de los traer al servicio, guisados 
de gambajes et de lorigas et de capelinas et de fojas, et de gorguera.» 

Es regular que los navarros y aragoneses fuesen los primeros que adop- 
taran los quijotes, canilleras y zapatos herrados, por la proximidad á los 
franceses, que por este tiempo usaban de semejantes defensas. Así lo da á 
entender Monta ner (4) cuando refiere los preparativos que el Rey de Ara- 
gón don Pedro III hizo en Barcelona para la expedición de Sicilia en el 
año 1281, pues «en les ciutats qui son dintre térra , feyen ballestes é cai- 
rells, é crochs, é llaoces, darts , cuyraces, capells de ferré, gamberes, cu- 
xeres, escuts, pa vesos é manganells.» 

Desde luego las cuyraces son las lorigas construidas de correas tren- 
zadas de cuero crudo y unidas á modo de estera , tomando este nombre 
de cuyro, que en lemosin es lo mismo que cuero : los franceses la llamaron 
cuirace de cuir, y los castellanos corazas de corio y corambre. 

A estas armaduras se adhería otro resguardo que los catalanes llama- 
ban espatlleres y por don Alonso el Sabio fojas , esto es, defensa construida 
de latas de hierro para cubrir la espalda á semejanza de los antiguos 
olíbanos. 

A todas estas piezas, que componían la armadura del gínete ó caballo, 

(1) T. i.° introduce, § 1? (3) Fol. 361 vto. 

{%) Cap. 283. (4) Crin, délos Reyes de Arag., cap. 44. 



Academia de la Historia. 1 57 

se le daba el nombre de arnés, pues don Sancho IV de Castilla en la con- 
firmación hecha en Valladolid á 12 de Mayo de -1285, del privilegio que 
don Alonso VIII dio á favor de Jos doce linajes de Soria, dispone que 
«Todos los reyes que fueron en Castiella después d'el, que les diesen el 
primer anno que regnasen cient pares de ciñieses, escudos, capellinas é 

siellas é nos ahora por les facer bient é mercet á los caballeros de 

Soria que hagan estos cient pares de unieses ansí como sobredicho es.» 

El nombre de arnés no lo conocíamos anterior á este instrumento , y 
mientras no parezca otro mas antiguo, lo podemos reputar como el pri- 
mero. No debió verlo don Eugenio de Llaguno cuando aseguró por nota en 
la crónica del Rey don Pedro el Cruel , al capítulo VIII , que por el año 1 366 
se comenzó á usar el nombre de arnés, sacaudo esta consecuencia del ca- 
pítulo II de la Crónica abreviada , donde relatando los aventureros que 
entraron con el conde de Trastamara de Francia se explica de esta manera: 
«é á todos estos, dijeron en las partidas de Castilla la gente blanca : que 
ahi comenzaron las armas de bacinetes, é piezas, é cotas, é arnés de pier- 
nas, é brazos, é glaves (1), é dagas, é estoques; ca antes otras usaban, 
perpuntes, é lanzas, é capellinas./» El mismo sentido literal descubre que no 
hace relación á que fuese aquel tiempo el primero en que se oyó la pala- 
bra arnés, sino que se introdujeron diferentes armas de las que se usaban 
en España, porque la voz armas significa el conjunto de las piezas que 
constituyen la armadura, como hemos demostrado. 

En el ordenamiento de la milicia de la Banda se previene que « los 
caballeros tengan siempre unas. sobre-señales de cuerpo de caballo en que 

haya banda é otrosí que siempre trayan pendón en la lanza , é otrosí 

que nunca ande sin espada é sin misericordia, aunque no esté armado. — 
Conviene á todo caballero de la Banda que siempre tenga unos pannos en 

que haya banda é que nunca calce botas ni zapatos ni traya las calzas 

arrodilladas (2) é desque estoviere jurado que finque las rodillas , é que 

tome del Rey é los caballeros de la Banda que ahi estovieren las sobre- 
señales de la banda con la mano é que ge las vistan .... Desimos que la 
primera cosa que deben faser los fieles cuando los caballeros quisieren co- 
menzar el torneo, que han á tentar las espadas, que las non trayan agudas 
con el tajo ni en la punta, si non que sean romas, é esto mesmo que caten 
que non trayan agudos los aros de las capellinas (3).» Y en el fuero de 

(1) Lanza corta, del francés glai ve. (3) Abella, Colecc. dipl. de Esp., niss.de 

(2) Esto es, caídas. la Real Acad. de la Hist., t. 18. 



158 Memorias de la Reai 

Jaca de 1331 se manda en el artículo «De respondre cavalers: que quant 
vendrá al resiondre , cíndiasi él medeys Fespada; é quant aquó á usa fayt, 
lo seynnor de la térra, prenga un cotel, et sobre les renes, tálliali la cor- 
rey a del espada.» 

Volviendo á la crónica de don Alonso XI, nos informa que el Rey, ha- 
llándose en el sitio de Lerma en 1 334 para castigar á don Juan Nuñez que 
se habia rebelado, llamó á Alfonso García de Padilla á quien «mandóle dar 
caballo, et loriga , et capellina, et quijotes , et canilleras , et gambaj.» 

Parece que en este asedio se vieron por primera vez en Castilla las 
armaduras del cuerpo, compuestas de varias piezas que pudieron haber 
introducido los ingleses y gascones que vinieron de aventureros al campo 
español con el vizconde Descartes, según se infiere por estas formales 
palabras del cronista: «Et eran ornes que se armaban de muchas armas. 
Et estando en la pelea enviaba el Rey caballeros , los cuerpos et los ca- 
ballos armados que ayudasen á los vasallos del vizconde (1).» Pero no se 
ha de suponer que nuestras tropas abandonaran las antiguas, porque hasta 
6 de Mayo de 1338 el Rey no dio el ordenamiento en Burgos sobre el 
modo como debian ir á la guerra los que tenian tierra suya, previniéndose 
ya por ley que « cada uno por esta tercia parte que le es descontada que 
sea temido de llevar el su cuerpo et el su caballo armado , et de llevar 

quejotes et canilleras E todos los ornes á caballo con que cada uno es 

tenudo deservir ségund este ordenamiento, que sean tenudosdelos traer 
al servicio, guisados de gambajes et de lorigas et de capellinas et de fojas, 
et de gorguera et de capellina ó de lorigon ó de gambajes , et de gorguera 

et de capellina E los ornes buenos que han pendones que sean temidos 

de levar cada diez ornes á caballo, un orne á caballo, el cuerpo et el ca- 
ballo armado con quejotes, et canilleras, demás del caballo armado que 
es tenudo de traer; é que le sea contado por este orne á caballo mili et 

trescientos maravedís del su libramiento (2).» 

Asi vemos en este mismo año en una entrada que los cristianos hicie- 
ron en el reino de Granada, que « aquel moro Alicazar lanzó una azagaya, 
et diole por los pechos et pasóle un lorigon et un gambaj que traia, et sa- 
lióle el fierro á las espaldas (3). 

El quijote es la armadura del muslo, que antiguamente se llamó cuja, 

(I) Crón. de Alonso XI, cap. 167. Ordenanzas y leyes délos Reyes de Castilla. 

(%) Biblioteca escurialense, Códice seña- (3) Crón. de Alonso XI , cap. 203. 

lado número 6, plúteo 2.°, estante 4, rotulado 



Academia de la Historia. 159 

en lemosin cuxa y en francés cuisse, compuesta de una hoja de hierro 
hatida á la fragua , acomodada á la figura de aquel por la parte anterior y 
sujeta por la posterior con correas y hebillas. La canillera era forjada tam- 
bién toda de una pieza para defender igualmente la tibia ó canilla por solo 
delante de la pierna. A. esta armadura acompañaba siempre la de los pies, 
reducida á unos zapatos acerados con la punta muy larga y aguda: la gor- 
guera servia para resguardar la garganta, formada de tiras de hierro en 
forma orbicular pero amoldada á la estructura de los hombros y cuello , la 
cual se colocaba sobre el almófar, y por último, la capellina era el casco 
para cubrir la cabeza, en figura de medio limón rodeado de una visera de 
filo cortante. 

Es bien notable lo que cuenta la crónica de don Alonso XI de la lle- 
gada al campo de los castellanos en el cerco de Algeciras , del Rey Felipe 
de Navarra con los condes cl'Harbi, Salisbury, Foix y su hermano el viz- 
conde de Castilbon: en concepto de cosa desconocida y nueva , hace re- 
lación de sus cascos adornados con geroglíficos, y aunque dejamos apun- 
tado que los antiguos yelmos tuvieron algunos adornos, eran mas sencillos 
que los que introdujeron en esta época los extranjeros. Con efecto, no 
tenemos antecedentes que los castellanos los hubiesen usado hasta después 
de este famoso sitio. «Et todos (dice el cronista) tenian los yelmos puestos 
á las puertas de las casas, en sendas varas gordas et altas, et de muy 
partidas maneras: ca en el uno habia muchas figuras; figura de león, et 
otro figura de golpeja, et otro de lobo, et otro figura de cabeza de asno, 
et otro de buey, et otro de perro, et de otras muchas animabas; et en 
algunos habia figuras de cabezas de ornes con sus rostros et con cabellos, 

et con barbas et algunos yelmos habia que tenian alas de águilas, et 

otros que tenian de cuervos; et de estos hi fasta seiscientos yelmos (1)» 

Las armas explicadas hasta aquí corresponden á las tropas selectas de 
nuestros antiguos ejércitos, á saber: la caballería de línea, cuyos ornes 
d'armas era el nervio principal de las huestes, y la formaba en primer 
lugar la mesnada real, los caballeros de las órdenes militares, las mesna- 
das de los barones de pendón y caldera que tenian la obligación de con- 
currir con cierto número de hombres encabalgados al llamamiento del 
Rey, cuando eran avisados por los mandaderos ó anubdatores, y los ciu- 
dadanos que gozaban de una fortuna proporcional á los gastos que se 

(1) Cap. 303. 



160 Memorias de la Real 

originaban en el fonsado, sin perjuicio de que se les pagaban los sueldos 
estipulados por los fueros y ordenamientos. 

Dos clases de tropas de infantería hallamos en nuestra historia mili- 
tar: la del común de la plebe que por ley ó fuero aprontaban los pueblos, 
pero colecticia y estipendiaría, y los almogávares, que por lo común no 
tenian otro oficio que el de la guerra y servían de descubridores como 
nuestras guerrillas. La primera de estas dos clases venían generalmente 
del Norte de España, á saber: de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Asturias y 
Montañas de León, á quien se armaba de ballestas, azagayas, cierto dardo 
que apropiamos de los moros llamado azgaya, azconas, lanzas, espadas, 
escudos, hondas, capellinas ó bacinetes; y los segundos con escudo, lanza 
y azagaya. Sin perjuicio de toda esta fuerza armada, también notamos otra 
especie de caballería ligera que se reclutaba en las provincias meridiona- 
les, que ya aparecen con el nombre de almogávares, alfa races, y también 
de ornes de la gineta. 

Montaner nos hace una pintura curiosísima de estos almogávares que 
militaban en el ejército que fue á Sicilia, gente endurecida con los tra- 
bajos de la guerra , y advierte que nunca llevaban acémilas ni otra carga 
que un zurrón, porque mientras duraba la cabalgada su alimento se re- 
ducía á sola la ración de pan que se les administraba diariamente, con 
algunas yerbas y agua: el trage correspondía á su continua movilidad, y 
consistía en llevar en la cabeza una redecilla que los catalanes llamaban 
capell de filat, y sin mas ropa que un quizóte, abarcas y las antiparas, 
cierta clase de botines que cubrían los pies y piernas por delante, y ar- 
mados de lanza y dardo (1). 

El modo como las tropas marchaban por el interior cuando no se temia 
la proximidad de un combate, lo da á entender la crónica de don Fernan- 
do IV, porque relatando la entrevista del Infante don Juan con otros ricos- 
hombres, en Palencia, donde estaba el Rey para transigir las desavenen- 
cias ocurridas, y la disposición de marcha al lugar de Grijota en el 
año 1308 dice: «E trayan ante si bien mil é quinientos ornes de pié con 
lanzas é dardos, é trayan en los caballos mozos con azconas é los per- 
puntes ante si, é trayan las acémilas con las lorigas, é otrosí trayan las 
armas en pos de si (2). » 



(1) Crún. de los Reyes de Arag., cap. 62, (2) Cap. 47. 

64 y 107. 



Academia de la Historia. 161 

Estos efectos de los almacenes ambulantes, se hallan aun mas clasifi- 
cados en el iuventario de las armas y pertrechos del castillo de Tudela, 
fechado á 2o de Junio de 1308, en donde se cuentan ballestas con fundas 
de lienzo para cubrirlas, arcas ó cajas para conducir lorigas; agujas para 
recomponer las guarniciones; capiellos de fierro; escaleras de cuerda, 
lanzas, espedos ó asadores de fierro; escudos graneles y chicos, cajas de 
saetas para ballestas; porras de fierro; pabellones ó tiendas de campaña 
guarnecidos; cajones de bisanuas, arpas y segures; picos, azadas, azado- 
nes y palancas de fierro, vides para armar las tiendas; pesebres de lienzo 
y estacas para amarrar los caballos y añafiles (1). 

He aquí lo que las huestes llevaban de provisión para entrar en cam- 
paña, ya en carros ó en acémilas, sin contar los bastimentos de boca que 
el soldado conducía personalmente para los dias que se le habían preve- 
nido, y que se denominaban talegas. 

(i) ec dipl. de Femando IV, pág. 309. 



tomo ix. 21 



SEXTA ÉPOCA. 



Izando terminamos la quinta época del lujo en España, era de suponer 
que nuestros lectores, informados de las calidades del Rey don Alon- 
so XI de Castilla , esperasen ver restablecida la calma , sosegados los áni- 
mos de los españoles , y en medio de una paz sólida , las ciencias y las artes 
dejaran de ser estacionarias, para seguir sin obstáculos el camino de la 
perfección. Así parece que lo -indicaba el término de las alteraciones civi- 
les, de las intrigas domésticas, de los abusos en las potestades subalter- 
nas, y finalmente, del enfreno de los crímenes y del triunfo de la justicia. 
Apenas se habían depositado los despojos mortales de don Alonso, 
cuando su hijo don Pedro se sentó en el trono el año 1 350 para oprobio 
de la humanidad: «príncipe sensual (dice un respetable historiador), cruel, 
artificioso, sin fe y tan excesivamente avaro, que después que murió se 
hallaron en Sevilla , en Almodóvar y en otras partes, ciento y cincuenta 
millones de moneda de oro y plata , y un inmenso tesoro de piedras pre- 
ciosas y otros ricos efectos (1).» Discúlpenle en buen hora sus partidarios, 
consagrando á sus manes el epíteto de justiciero; pero la historia, cuyos 
rayos de luz penetran hasta los sepulcros, jamás lo inscribirá en sus pá- 

(i) Sabau y Blanc, Tabla cronól. de la hist. de Esp. 



1Gi Memorias de la Real 

ginas sino con el carácter de un monstruo sediento de sangre , creado 
para manchar la púrpura y la diadema. 

Sus excesos paralizaron el comercio, y la nación, cubierta de terror y 
de lágrimas, no estaba en disposición de formar literatos, ni las artes po- 
dían progresar. Castilla se hallaba envuelta en la guerra civil; los pueblos 
solo eran tristes espectadores de su codicia y de su venganza; y en lugar 
de levantarse monumentos de cultura, solo se alzaban patíbulos para de- 
capilar millares de víctimas de todas gerarquías; por último, cansado el 
cielo de tolerarle, lo abandonó á la ira de su hermano natural, quien lo 
asesinó en la tienda de Bertrán Duguesclin, después de la^batalla del campo 
de Montiel, en Marzo de 4369. 

Don Enrique II , don Juan I y don Enrique III no imitaron su con- 
ducta , y aun cuando lucharon con rebeldes y sostuvieron guerras exte- 
riores, su divisa fue la severidad hermanada con la prudencia. 

Los reinados de don Juan II y clon Enrique IV prestan mas materia 
para el lujo, y si bien fueron príncipes débiles y de genio indolente, la 
nación dio un paso importante hacia la civilización. 

La comunicación mercantil habia roto del todo la barrera, y los puer- 
tos de la península se hallaban llenos de buques y mercancías. La litera- 
tura caminaba á la par de este movimiento rápido; pero sin ignorarse las 
obras clásicas, el romanticismo presidia con ventaja al buen gusto de los 
Orados y Demóstenes. 

Ya sea por la indolencia de los reyes de esta serie, ó bien por el trato 
frecuente con los moros, las costumbres sobrias de los españoles fueron 
en decadencia ; la riqueza , el oropel y la licencia , trajeron la desmorali- 
zación y el libertinaje, de forma que todas las clases del estado se cor- 
rompieron. 

La muerte de don Enrique IV, ocurrida en el año de 1 47i , puso coto 
á estos desórdenes , porque su hermana doña Isabel , enlazada con el rey 
don Fernando de Aragón, refrenó la osadía de los proceres y planteó las 
semillas de la verdadera moral; entonces la justicia ejerció sus saludables 
efectos, y minorándose los escándalos y abusos, renació la confianza, y el 
pueblo se sometió con gusto á una forma de gobierno que labraba su 
felicidad. 

La nación por este medio estrechó sus vínculos , aprestó sus mejores 
campeones, y la juventud, inflamada en deseos de lidiar á presencia de la 
hermosura , la rendia los trofeos del árabe vencido en cien combates. 



Academia de la Historia. 165 

Isabel , la justa y prudente Abigail de Castilla , no temia el estampido 
de la lombarda . y las ricas-hembras que la acompañaban no temblaban 
ya al aspecto del orgulloso muslim. . 

Entre cánticos de alabanza al Dios de los ejércitos; en medio del 
humo sagrado del incienso, y á la vista de los sacrificios de expiación , los 
muros de Málaga, Baza y Granada caian como los de Jericó , y el 2 de 
Enero de \ 492 el lábaro del desgraciado don Rodrigo volvió á tremolar en 
las torres de la Alhambra , después de 779 años de esclavitud. 

Isabel, en medio de sus triunfos y de las bendiciones de un pueblo que 
la adoraba , habia caido en una profunda melancolía por la muerte de 
sus hijos: la resignación y conformidad con que recibió estos golpes mor- 
tales, no fueron suficientes para curar las llagas de la maternidad, y la 
muerte vino á coronar su martirio, bajando á la tumba en Noviembre del 
año 1 504, dejando cubierta de luto á la nación. 

«El eclipse que se siguió inmediatamente (dice nuestro sabio Clemen- 
cin) (I) en la gloria de España, manifestó bien á las claras quién era el 
sol que la alumbraba. El venerable arzobispo de Granada , don Hernando 
de Talavera , amenazado de la prisión y del oprobio : el gran Gonzalo de 
Córdoba desatendido, rodeado de espías é indignas sospechas: el descubri- 
dor de las Indias acabando sus dias en la oscuridad y casi en la pobreza: 
el vigor de la justicia debilitado: la corrupción, la codicia, la profusión 
sucediendo al noble desinterés, á la moderación y sobriedad castellana. 
El Rey Católico tratando de contraer un enlace injurioso al nombre de 
su difunta esposa, de aquella tierna y amante esposa; de privar del trono 
á su descendencia; ele trastornar sus planes políticos y dividir de nuevo 
la sucesión de los reinos de Aragón y Castilla Pero apartemos la ima- 
ginación de ideas tan desapacibles , y Ajémosla en la grata memoria de 
nuestra princesa. Su alma subió á las moradas celestiales; su nombre 
quedó acá en la tierra y durará en ella hasta las edades mas remotas. El 
recuerdo de sus virtudes servirá siempre de honor á España , de consuelo 
á los buenos y de admiración al mundo. Su ejemplo hablará en todos 
tiempos al corazón de los Reyes: les amonestará que el único objeto digno 
del arte de reinar es el bien común de los subditos; y les dirá que para 
conseguirlo nunca pierdan de vista aquella máxima saludable que, ha- 
biendo sido el norte constante de las operaciones de Isabel , quedó nue- 

(1) Elvgio Je doña Isabel la Católica. 



166 Memorias de la Real 

vamente confirmada con los aciertos y felicidades de su gobierno , á saber: 
que la verdadera política mira como unidas con vínculo indisoluble la 
virtud , la ilustración y la prosperidad.» 

Hasta el reinado de don Alonso XI se conservaron en España los há- 
bitos talares cuasi exclusivamente; pero desde que los pactos de familia 
con las casas reinantes en Europa facilitaron el paso de los Pirineos, las 
modas recibieron ciertas modificaciones, y alternaron en el ornato personal 
de ambos sexos. 

Don Pedro su hijo y sucesor, consiguiente á la costumbre de sus ante- 
pasados, juntó las Cortes en Valladolid el año 1351 , en donde le propu- 
sieron la reforma del lujo: para tan laudable objeto aprobó el ordena- 
miento de los menestrales en 1.° de Octubre, poniendo tasa á los zapatos 
prietos y blancos de buen cordobán, á los de badana y cabrito, á los do- 
rados y plateados, á los zuecos dorados de una y tres cintas, zapatos de 
vaca y suela de toro y novillo. 

Señala el precio que los tundidores debían llevar por tundir la vara 
de escarlata, paño de suerte, Malines, Bruxelles, Villefort, Brujes, Vian- 
den , Gante, Montlieu y Fanjaux. 

A los alfayates manda que por cortar y coser el tabardo castellano de 
paño tinto con su capirote, no lleven mas de cuatro maravedís, y tres y 
medio por el tabardo y capirote delgado sin aforraduras ; pero si lo afor- 
rasen de tafe, esto es, tafetán, piel de armiños ó con guarniciones de or- 
frés y trenas, sea de cinco á seis maravedís. Por el tabardo pequeño cata- 
lán sin adobo tres maravedís, y si llevase botonadura ú otras guarniciones, 
cuatro. Por el pellote de hombre que tuviese aforros, dos maravedís; y 
si los llevase de cendal, tafe, pieles ú otra guarnición, cuatro maravedís. 
Por la saya de paño, para hombre , de doce girones, doce dineros, y por 
cada girón de aumento un dinero; pero si se la adornase con otras guar- 
niciones, cinco dineros mas. Por la capa ó velaman de hombre, sencillo, sin 
adobos, siete dineros, y si fuese aforrada en cendal quince, pudiendo el 
interesado convenirse con el sastre si la quisiere entretallada. Por la piel 
y capuz sin raargamaduras ni forros, un maravedí, y con ellas quince. Por 
el gabán ó jaban, según los árabes, tres dineros: las calzas aforradas para 
hombre ocho dineros, y sin esta circunstancia seis, y las de muger cinco. 
Por un capirote sencillo cinco dineros: un pellote de muger aforrado seis 
maravedís, y sin aforro cuatro y medio: una saya para el mismo sexo tres 
maravedís: un redondel con su capirote ocho. Por la capa forrada de los 



Academia de la Historia. 167 

prelados ocho, por una garnacha tres; un manto lobaudo con a forros y ca- 
pirote ocho, y sin ello seis , y un par de mangas abotonadas quince di- 
neros. 

A los manguiteros se les ordena que para coser la piel de veros ó 
blanca á los mantos de las dueñas ú otra persona , no lleven mas de dos 
maravedís : por la piel de veros y llana para los tabardos y taperrochadas 
dos maravedís , y si son pieles grises ó lomadas quince : por los aforros 
de piel verada y llana en los pellotes de las dueñas , dos maravedís , y 
para los pellotes de los hombres, tabardos y capa-pieles de blanqueta, un 
maravedí. 

Previénese á las costureras de lienzo que por cada quizóte de hombre 
con sus paños no cobren mas de doce dineros: por la cofia ó albanega, 
que los árabes llaman el-banika, tres dineros: por la camisa de muger y la 
alcandora sin labor, uno: por el quizóte de hechura de pellote y unas qui- 
zas para los guantajes, dos maravedís: por un sobre-pelliz de velo del- 
gado seis, y los de otra calidad de lienzo, cinco : por una almejía y so- 
bre-pelliza ó camisa de iglesia con sus cabillas y un roquete de prelado, 
cinco: por un gambaj y jubete para armarse, doce por el primero y ocho 
por el segundo; pero si fuese aforrado que se dé por el trabajo con su 
quizóle cinco maravedís. 

En estas mismas Cortes se arreglaron los gastos para la mesa del rey, 
y la calidad y cantidad del tributo de yantar. 

Entre las diferentes peticiones de los procuradores , aprobó don Pedro 
que las barraganas délos clérigos, tanto públicas como privadas, vistie- 
sen de paño viado de Ipre, tiritaña ó valenciana viada, y en su defecto 
pellicos de picote ó lienzo , usando sobre la toca velo ú otra cobertura en 
la cabeza , un pedazo de lienzo colorado de tres dedos de ancho, de for- 
ma que fuesen conocidas por esta señal entre las demás mugeres. 

Se ordenó también que las hidalgas ó mugeres de los caballeros y es- 
cuderos pudieran vestir seda con aforros de cendales, acenefas de oro y 
plata y falda pequeña en el pellote, con tal de que no excediese de tres 
palmos. A las mugeres del común del pueblo que fueren casadas con hi- 
dalgos ó que mantuviesen caballos y armas, se les prohibe los vestidos de 
sirgo, zenintanos y tapete, pero se les permite los cendales de Toledo, 
surias, tornasoles, tafes viados sin oro, ni acenefas de este metal ó de 
plata ; y por último, que en los regalos de boda, la silla de montar sea 
lidona, y las sueras de paño de lana, sin otro adorno. 



168 Memorias de la Real 

Tal es la ordenanza que regia durante su reinado , pero en su crónica 
se refieren las bodas con doña Blanca de Borbon , celebradas en Valladolid 
en el año de \ 353 , y cuenta que « iba el Rey don Pedro é la Reina doña 
Blanca su muger aquel dia vestidos de unos paños de oro blancos enfor- 

rados de armiño ó en caballos blancos é madrina de la Reina era la 

Reina doña Leonor de Aragón , que iba en una muía é levaba paños de 

lana blancos con peñas grises é iba la Reina doña María, madre del 

Rey don Pedro , en una ínula, é levaba paños de jamete blancos con pe- 
ñas veras é fueron las bodas, lunes 3 dias de Junio del dicho año (1).» 

Por este tiempo pasó á Castilla San Vicente Ferrer con el objeto de 
predicar al pueblo la palabra divina , y como viese las costumbres relaja- 
das, sus sermones tomaron el carácter de reformistas , singularmente sobre 
las galas de que tanto se abusaba: á su consecuencia se mandó observar 
la pragmática de que los judíos llevasen en sus tabardos una divisa en- 
carnada, y los moros capuces verdes con una luna clara para distinguirlos 
de los cristianos (2). 

No se descuidaban entre tanto los navarros en ostentar su lujo: los 
franceses habian comunicado á aquel reino muchas de sus costumbres, 
y una porción de artesanos se habian avecindado para mejorar sus fortu- 
nas. En la Cámara de Comptos (3) de su Real casa hallamos la siguiente 
cuenta, datada en el año 4 364, de la hechura de cinco jubones de tercio- 
pelo negro, escarlata encarnada y sanguínea, paño azul y fustán blanco: 
de cuatro corpinos sencillos , seis hopalandas aforradas con pieles grises y 
pequeños veros de Calabria, cuatro caperuzas y tres pares de calzas; 
además una hopalanda, una cotardia y un corpino sencillo por separado (i). 

Y en la sentencia aprobada por el Rey don Carlos II, llamado el Malo, 
á 23 de Mayo del año siguiente contra Urraca Sánchez, se le secuestran 
«dos lechos con sus márfegas, quoatro plumiones, quoatro colcedras de 
lana, dos quortinas, un reces escaqueado, tres linzuelos y un cabezal (5).» 

(1) Cap. H. d'unautre pourpoint defustanne blanche e 

(2) Cáscales, Ilist. de Murcia, disc. 10, de quatre coscés simples. — Pour la fac_on de 
cap. 12. sis bouppellandes fourrez de gris, de menú 

(3) Caj. 18, núm. 93. vair de Calabre: de quatre chapons et de 
(í) El original dice asi : «Pour la facón Irois per chausses. — Pour la fagon de une 

d'un pourpoint belluyan tanne noir..... d'un houppellande , de une cotte-hardie, de un 

autre pourpoint d'une escaríale vermeille: coscet simple.» 

d'un autre pourpoint d'une escaríate sangui- (5) Caj. 20, núm. 48. 

ne: d'un autre pourpoint d'un drap bleu: 



Academia de la Historia. 169 

Es importante la cuenta de la ropa que se hizo al mismo monarca 
en 6 de Enero de 1 366 (1 ) , en la que se comprende (2) un vestido de es- 
carlata sanguínea en cuatro piezas , á saber: saya, brial , manto y capirote, 
forrado todo de pequeños veros ; una hopalanda y una piel de paño gris 
de Bruxelles aforrada de pieles grises; dos cotas sencillas de escarlata en- 
carnada y de paño gris de Meaux, forrado de pequeños veros. Para el 
Príncipe don Carlos un manto á fondón de cuba y una hopalanda de paño 
verde de Bruxelles forrada de pequeños veros. Para la Infanta doña María 
un manto, una cotardia y caperuza de bruneta de Inglaterra forrada de 
pieles grises de Meaux y de pequeños veros, un corpino de paño de oro 
en campo azul, forrado de pequeños veros y por abajo ribeteado de ar- 
miños: otro vestido compuesto de tres piezas de paño sanguíneo de In- 
glaterra , á saber : saya larga , corpino corto y caperuza , todo aforrado 
de pequeños veros, armiños y leticias. 

Don Enrique II de Castilla , después de haber muerto á su hermano, 
pasó á la ciudad de Toro , en la cual mandó formar un ordenamiento datado 
en 1 .° de Setiembre de 1 369, sobre la justicia de su casa, precio y tasa de 
todas las cosas y valor de los jornales. En este documento se previene que 
la vara de chamelote se venda á ochenta maravedís, el paño de Bruxelles 
á sesenta y cinco, el de Louvain á sesenta, la bruneta de Douay á ochenta, 
la do Louvain á sesenta y la de Gante & ciento y diez. La escarlata de 
Montpelliers á ciento y diez, la de Malines y la viada á noventa, la vara 
de paño de Bruxelles á cuarenta y cinco, la de viado de Granada á cua- 
renta y seis, y la de Ipre á diez y ocho. El paño inglés de marca mayor á 
cuarenta, y el menor á veinte. El de Carcassonne, Courtray y Fanjaux á 
veinticinco y el de Vannes á treinta. 

(I) Gámar. de Compt., caj. 30 , núui. 40. le mantel fourrez de gris , la cotte-hirdie de 

(%) Pour le roi, une robe d'escarlate san- Someux , ct le chaperon de menú vair. — 

guiñe dequatre gremens c'est-asse; sus-cot A elle, un corset de drap d'or á champ 

clos, sus-cot ouvert, housse ct chaperon, blaut, fourrez de menú vair, et par de ssousz 

tout fourrez de menú vair. — Une houppel- pourSUe d'erminez , et les manches de leti- 

lande c une pelice d'un gris de Bruxelle, chez. — A elle une robe de trois gremens 

tout fourrez de gris. — Pour les dos cólez d'une sap'gúine d'Engleterre , c'est-assez, 

simples, l'une d'escarlate vermeille é l'aulre sus-cot lonc, corset court et chaperon ; et 

d'un gris de Meus, fourrez de menú vair. — sont tout fourrez de menú vair , et les man- 

Pour Mess. Charles , un mantel á fons de ches des dos sus-cots et corset , sont de le- 

cuve et une houppellanded'un vert de Bru- tichez , et est le dit corset par de ssousz, 

selles, tout fourrez de menú vair. — Pour pourfille d'erminez; elle dit chaperon pour- 

madame Mario, un mantel, coíte-hardie , et filie de letichez. 
chaperon d'une bronete d'Engleterre; et est 

TOMO ix. 22 



470 Memorias de la Real 

Pone precio á los zapatos de calza mayores y menores de cordobán, 
carnero y badana, los de lazo mayores y menores; zapatos, zapatas y zue- 
cos anteados de cordobán, badana y blancos; asimismo las pieles veras, 
grises, blancas y genovesas. 

Manda á los alfayates que por cortar y coser un vestido compuesto de 
pellote, tabardo, saya, traspellóte y calzas con forraduras, lleve solo 
veinte maravedís, y sin ellas quince, y las piezas por separado, áeste tenor: 
el pellote cuatFo , la saya abotonada seis y sin bolones tres : por coser un 
capirote un maravedí; por unas calzas otro tanto; por una aljaba aboto- 
nada ocho y sin ellos cuatro; un manto plegado del todo diez y sin plie- 
gues seis, y por un gabán cinco. 

A los tundidores se les ordena que por tundir la vara de escarlata lleven 
un maravedí, por la de paño de suerte de Malines, Bruxelles, Villefort y 
demás paños delgados de Scasica, Bruxelles y viados de Gante, cinco : por 
la vara de paño tinto y blanco, cuatro, y por la de Montlieu, Fanjairx y 
los viados, tres. 

A los alfayates que trabajen un gambaj para armarse, se les abonará 
veinte maravedís; por un jubete para el propio objeto otro tanto, y por un 
jaque de armas, sesenta. 

A los manguiteros, que para aforrar los vestidos de los prelados, caba- 
lleros y dueñas, con pieles veras ó blancas ,les den cinco maravedís: para 
aforrar los tabardos y capirotes de piel verada ó blanca cinco, y si fuesen 
con piel gris, tres, y para aforrar el pellote ó tabardo con capirote de otra 
cualquiera, igual cantidad. 

Entre tanto don Carlos II de Navarra mandó comprar en el año '1372 
«XIV cobdos payno d' Ipre para cubrir la leytera de nuestra cara compay- 
nera la Rey na» y en otra cuenta del mismo año « XYII cobdos de payno 
d' Ipre para facer una cotardia, una hopalanda é dos pares de calzas. — 
YIII cobdos de payno de Montolio por facer una hoca para la dita leytera. — 
I pieza en veluet mermeyo para facer media docena de carreaus para la dita 
leytera. — II cobdos é un quoarto de veluet blau para ayudar á facer la sam- 
blua de la dita nuestra compaynera. — Por un veluet barrado d'oro escoado 
por cobrir la dita leytera de dentro (1).» 

Los aragoneses se esmeraban también en el buen gusto y aun aventa- 
jaban á los castellanos. En las Cortes de Monzón del año \ 375 se hace men- 
tí) Camar. de Compf., caj. 27, núm. 9. 



Academia de la Historia. 



171 



cion de los paños tintos en grana , escarlata morada así clara como subida., 
los sanguíneos, cárdenos, rosado y otros colores medios (1); pero el archivo 
real de Navarra nos provee de abundantes noticias para la historia indu^- 
mentaria, supuesto que en 2 de Enero de 1376 (2) se le presentó al Rey 
para su aprobación y pago la cueata de las hechuras de ciertos vestidos 
mandados hacer para su hijo el príncipe don Carlos, á saber: «una piel de 
paño de oro , una hopalanda de paño de seda en campo blanco con uros 
amarillos y azules y una jaqueta larga: se compraron once codos de tela, 
tres libras de algodón para la misma y se pagó la costura de un jubón de 
paño de seda de dos colores con trece codos de tela y cuatro libras de al- 
godón para estofarla (3).» Asimismo (i) se pagó para el mismo monarca un 
trage compuesto de cuatro piezas de escarlata morada, esto es, cota, sobre- 
cota cerrada y sobre-cota abierta, huca, tres capirotes, el uno doble y los 
dos sencillos, y para reparar su dormitorio ó cámara y colocar el cielo , do- 
sel y la cubierta púnica, se pusieron el correspondiente número de alca- 
yatas (5). 

En 3 de Mayo cíe 1377 se data en otro compto (6) la hechura de tres 
pares de calzas de escarlata sanguínea para el Rey, una sobre-cota de es- 
carlata morada abotonada por delante, una piel de camelote rojo, un ga- 
bán del mismo género con un cordón de seda de Luca para colocarlo en la 



(I) Campmany , Mein, de Barcel., t. 1.", 
pág. 218. 

(á) Camar. de Compt., c,»j. 30, núm.. 55. 

(3) Pour fagon d'une pelice de drap d'or.— 
Pour facón d'une houppellande de drap de 
soie á champ blanc a en uros jaunes c ble- 
ves. — Pour facón d'une jaquete large. — 
Pour XI coubdes de telle pour la díte ja- 
quete. — Pour ni livres de cotón pour la dile 
jaquete. — Pour facón d'un pourpoint de drap 
de soie de deux couleurs. — Pour XIII coub- 
des de telle pour le pourpoint. — Pour IV 

libres de cotón. 

(í) Pour 1'aQ.on de IV garnemens d'es- 
carlate moreé qui furent pris en la garnizon 
du roi; c'est asau, cote, sur-cot clos, sur- 
cot ouvert et bousse ; trois chaperons l'une 
double et les deux sengles. — Pour repareil- 
ler autre chambre a chardons , c'est asau, 
ciel , dousier et cota púnica. 



(5) Camar. de Compt., caj. 30, núme- 
ro 50. 

(6) Pour le facón de trois pers de chnut 
d'escarlate sanguine pour le roi. — Pour le 
fagon de un sur-cot de une escaríate moreé 
botone devant. — Pour le facón de une pelice 
d'une camelot rouge. — Pour le facón de une 
gavanne de camelot. — Pour un courdon de 
soie rouge de Luque pour metre sus le 
spalae el gavanne. — Pour le facón de une 
robe bloua de drap c'est asau, cote sim- 
ple , sus-cot clos , hoca et chaperon four- 

rez de cendal vermeill. — Pour fourrer une 
pelice d'escarlate vermeille , une gavanne 
é une tabardo; et son fourrez de cendal 
blou. — Pour le facón de une ope , chaperon 
e chauces pour le dit Trestayn. — Pour deux 
abortons blandís pour pourfiller les man- 
ches de sur-cot de Isabelle. 



172 Memorias de la Real 

espalda , un vestido de paño azul compuesto de cota sencilla , sobre-cola 
cerrada, huca y capirote forrado de cendal encarnado. Por la aforradura 
de cendal azul para una piel de escarlata encarnada , un gabán y un ta- 
bardo; una hopa, capirote y calzas para Tristayn y dos pieles de aborto- 
nes blancos para ribetear las mangas de la sobre-cota de doña Isabel (1 ). 

Por la causa formada á mosen Rodrigo de orden del Rey en 1317, re- 
sulta el secuestro de «un payno d'oro, un payno de seda , una piel de pay- 
no d'oro, forrado de cendal, un jupón de veluet vermeyo, una forradura 
de peyna-vera , once carcajadas de sayetas , dos arcaces chicos, cuatro 
bacinetes con sus camailles , una caldera de coyre que puede caber dos 
carneros, un burrin pelado; diez y ocho traveseros de lino, seis cabezales 
de lino , tres reteles rompidos, dos pares de trebeyllas, un gril para asar 
pescado, seis espelos, una paela de freir, dos cotas de fierro y una cra- 
millera con lares.» Se advierte de paso que el arcaz ó carcax es la bolsa 
para llevar las saetas y que se apropió del griego Tap^io»: los camailles, 
las carrilleras del bacinete para defender la cara ; el coyre es lo mismo 
que cobre; los rateles la racena ó cubre-cama; las trabeyllas los trébedes; 
la paela, la sartén, y la cramillera la cadena para colgar la caldera en el 
hogar. 

Continúa este archivo suministrándonos esta clase de material (2), en 
la cuenta que en el mismo año presentó el maestro alfayate Jaque de Rué, 
de nación francés, para que se le abonase por la Cámara de Comptos la he- 
chura (3) de varios trages á saber: para madama Foix, una sobre-cota 
larga con cota sencilla de escarlata sanguínea: otra sobre-cota forrada de 



(1) Camar.de Compt. , caj. 29 , núm. 11: Pour les estoffes cotón X coudes de 

(2) Id. , caj. 33 , núm. 2. loille. — Pour le fagon de deux pourpoints 

(3) Pour le fagon de un seur-cot lonc et de toille de Rems.— Pour les estoffes deux 

une cote simple d'escarlale sanguine prisse onces de fil doixlle cotón pour fourrerles 

en la garnison : et es le seur-cot fourrez poignets et les coles six coudes de toille 

de menú vair.et les manches et les amigaux, pour les contre endrois. — Pour monsieur 

de letices pris en la garnison ; et fut pour monsieur Charles c'est asau , cote , seur-cote 

madame de Foix ; et sont touz les garnemens clos , seur-cote ouvert mantel fendú aux 

de monsieur monsieur Charles , et de noz da- deux costez.— Pour la fagon de un mantel á 

mes, exceptez lesjaquetes et les pourpoints, fons de cuve, une houppellande , une pelice 

fourrez de menú vair, de gois de go, d'er- et un chapou double, fait pour monsieur 

minnes et de letices, pusses en la garnison. — monsieur Charles. — Pour la fagon de une 

Pour le faron d'une jaquete pour monsieur houppellande de drap de soie de Chipre a 

monsieur ¿liarles faile d'un veluet noir. — champ noir et ourges Manches et bleves 



Academia de la Historia. 173 

pequeños veros con las mangas perdidas de leticias: los vestidos del prín- 
cipe don Carlos y de la Reina, con jaquetas y jubones aforrados y guar- 
necidos de pequeños veros, gois de gó, armiños y leticias: una jaqueta 
para don Carlos, de terciopelo negro con sus estofas, algodón y diez codos 
de lienzo: dos jubones de lienzo de Reims con sus estofas, dos onzas de 
hilo de oixlle y algodón para guarnecer los puños y los collares; seis 
codos de lienzo para forro. Una cota y sobre-cota cerrada, una sobrecota 
abierta , un manto hendido por ambos lados, otro manto á fondón de cuba; 
una hopalanda, una piel y un capirote doble, y otra hopalanda de paño 
de seda de Chipre , en campo negro, osos blancos y azules. 

Don Enrique II poco antes de su muerte, ocurrida el 29 de Mayo de 
'1379, «asentóse (dice su crónica), en la cama vestido de una vestidura 
de oro, é un manto de oro cubierto, enforrado de peñas veras (I):» pero 
su hijo don Juan I, preocupado como sus antecesores en dar importancia á 
las leyes suntuarias, promulgó un ordenamiento en que se manda que «los 
caballeros deben ser mucho honrados por tres razones; la una por la no- 
bleza de su linaje , la segunda por su bondad , la tercera por la pro que 
d'ellos viene: E por ende los reyes los deben mucho honrar, é por esto 
los reyes onde nos venimos, establecieron é ordenaron en sus leyes como 
fuesen honrados entre los otros de sus reinos en traer de sus paños é de 
sus armas , é de sus cabalgaduras. Por ende ordenamos é mandamos que 
todos los caballeros armados que puedan traer paños de oro é atavíos de oro 
dorado en las vestiduras , é en las devisas, é en las bandas, é en las sillas 
ó frenos, é en las armas eso mismo. Mandamos é ordenamos que se guarde 
en los doctores é oidores de la nuestra audiencia ; é porque los caba- 
lleros deben ser esmerados entre los escuderos é en sus trages , por ende 
ordenamos é mandamos que ningund escudero non traya paño de oro nin 
de adobos de oro en los paños , nin en las bandas, nin en las sillas, nin en 
las devisas, nin en las armas, salvo en las orlas de los bacinetes, de los 
quijotes, de los frenos é pretales, que puedan traer dorados. Pero tene- 
mos por bien , que en las espadas é las sillas , é las espuelas, é los frenos 
ó en las aljubas ginetas: é que non trayan oro en las bandas, nin en los 
paños, nin en otra cosa alguna. Otrosí, tenemos por bien que los cibdada- 
nos de las cibdades é villas é logares de nuestros regnos , que puedan traer 
paño de lana con armiños é con peñas veras, grisas, é blancas, é tintas» 

(I) Año 1 379 , cap. 3." 



i 74 Memorias de la Real 

é estoques dorados, é sillas, é frenos; pero que non sean de los que an- 
dan en hábitos de escuderos ó sirvan al Rey ó á los otros señores cuales- 
quiera 

Ninguna de estas restricciones hallamos entre los papeles del archivo 
real de Pamplona. Un compto datado en 16 de Marzo de 1383, dispone 
el pago de varios efectos para las Infantas, entre los que se encuentran seda 
en chítela para las garlandas y para dos «corsés de drap d'oro, dos ca- 

pirots IV cotardias con sus capirots (1),» y para la Reina «forraduras 

para dos corsés de vert y por far á las mangas les amigos (esto es, man- 
gas perdidas); XX liticias para porfillar los capirots; LVIII vientres de menú 
vair para el porfil de una garnacha y VII erminios para los tornobrás et 
amigos (2).» 

Si esto pasaba en Navarra, en Castilla se publicó en las Cortes de Va- 
Uadolid en 1? de Diciembre de 1385, un escrito á consecuencia del luto 
general de la nación por la pérdida de la batalla de Aljubarrota. Los 
procuradores pidieron al Rey don Juan I se sirviese dejar el duelo que 
llevaba, á lo que contestó el monarca. «Nos place de lo dejar, empero 
porque segund el gran duelo que tenemos de nuestro corazón, segund 
dicho habernos, no podríamos dejarlo del todo, nin seria razón que del 
todo lo dejáramos , por las razones de suso dichas. Por ende ordenamos 
que nos nin ningún orne nin muger, de cualquier estado ó condición que 
sea, que non traya paños de oro nin de seda: nin trayan oro, nin plata, 
nin aljófar, nin piedras, salvo los infantes é las infantas que trayan lo 
que les pluguiere. Otrosi, las dueñas é las doncellas que lo puedan traer por 
ocho dias cuando casaren , é esto mesmo que puedan traer los caballeros 
é escuderos, é ornes de armas en sus jaques é en las otras armas lo que 
quisieren.» 

Menos contristado el corazón del Rey de Navarra, mandó construir 
pocos meses después para los individuos de la casa real hopalandas aboto- 
nadas por delante, jupones de paño de Damasco, cotas sencillas de es- 
carlata, cotardias de dos paños, sacos de paño de seda y veluet, jaques y 
jaquetes, tabardos, hucas dobles, mantos chicos, corsets y capirotes do- 
bles, pares de calzas, chaperones y sobre-cotas aforradas de cendal (3). 
y en el siguiente de 1 381 se pagó al artista Anglesa Pelayn el valor de 
« dos onzas tres oites de fuylla d'oro puestas en una cofia de perlas para 

¡I) Camar. de Compt., caj. 47, núm. 28. (3) Caiuar. de Compt., caj. 53, núm. 25, 

¡2) Td. , caj. 47 , núm. 48. año 1386. 



Academia de la Historia. 47o 

]a Reina (4)» «una onza de perlas grosetas que tomó el señor infante para 
brodar en una hopalanda á devisa de fermaylles , y una onza de argent, 
en cuatro bloquetes et cuatro mordenz para los zapatos del Rey (2)» «una 
forradura de esquiroles blancos que contenían mil seiscientos vientres 
puestos en otra hopalanda para el mismo, de paño de seda gris de Romanía 
y ocho armiños para perfilarla (3). A los infantes se les dieron de orden 
de su padre mantos luengos á fondón de cuba , hopalandas cortas, corsets 
cortos, chaperones, sobre-cotas largas y á mas veintinueve leticias para 
forrar las mangas de las sobre-cotas (4).» 

En el año de '1 389 se celebró de orden del Rey la ceremonia de armar 
caballeros al vizconde de Bayguer, Martin de Aybar, Gascón de Urroz, 
Pere Arnaut de Garro y Juan Domezain , para lo cual se mandó comprar 
por la Cámara de Comptos un escay de doce codos y medio de paño fino 
para los mantos largos de estos candidatos (S), y un escay de diez codos 
de morat oscuro de Ipre para una hopalanda luenga y calzas para el 
Rey (6). 

Entre otras ropas, se construyeron al siguiente ano «dos cubrichetes de 
seda para las Infantas, tres hopas abotonadas por delante para los donceles 
de palacio, un manto y una garnacha abotonada en la delantera con bo- 
tones anchos labrados de seda , y una saya para la nodriza del hijo bas- 
tardo de don Carlos III , Lancelot (7). Doce codos de paño azul de Londres 
para «un manto de pluvia para nuestra fija, et diez y nueve cobdos de 
bruneta de que son vestidas nuestras fijas, de cotas, hopas, mantos et 
capirotes et calzas para el duelo del Rey de Castilla su tio. » A la madre 
de Lancelot nuestro fijo bastará se le dio un paño de brisco Paris para una 
cotardia: á Marquesa su nodriza un manto á fondón de cuba, garnacha, 
saya y capirote (8).» 

También se usaba en Navarra de la escarcela colgada del cinturon para 
llevar el dinero para la limosna : asi consta de haberse pagado á Guille- 
minot de Mon, maestro vainero, el trabajo «de un estuy de cuero colado 
et obrado, goarnido de sus correas para el dito pot de la almosna (9);» y 
por último, se abonó al pintor de la casa real cincuenta panes de oro paral 

(1) Camar. de Compt., caj. 54 , núm. 34. (6) Camar. de Compt. , caj. 58 , núm. 70. 

(2) Id., caj. 54, núm. 62. (7) Id., caj. 59 , núm. 1. 

(3) Id., caj. 54, núm. 71. (8) Id. , caj. 59 , núm. 82. 

(4) Id., caj. 51 , núm. 6. (9) Id., caj. 61 , núm. 71 , año 1391. 

(5) Id., caj. 58, núm. 26. 



476 Memorias de la Real 

la cubierta del caballo que montó el alférez de S. M. el día de su caballe- 
ría, pintado á la divisa de sus armas (1). 

Por esta y otras noticias se confirma el uso común de llevar en sus 
armas y vestidos los emblemas heráldicos, porque en el año 1 392 apare- 
cen los gastos de dos marcos, dos onzas y cinco esterlines de plata en 
hojas dobles, y cadenas puestas en una hopa corta para mosen Leonel (2) 
y una hopa bordada de perlas en figura de un árbol de castaño para 
Juan de Agramont (3) , pagándose á Sancho , bolsero del Rey, una gibe- 
chera (gibeciere) para los bodoques de Leonel, y cuatro bolsas para 
S. M. (4); y para Juanita, muger de su clérigo Juan le Roux, un manto 
redondo, garnacha, hopalanda, gonela , capirote, piel y cota sencilla con 
capirote. 

En \ 393 se compraron para vestir á la servidumbre de palacio varios 
paños de Malines , Montvilliers y Londres para « una hopa luenga de paño 
blo, partido de dos blous con mangas á desfondon de cuba: otra hopa 
mediana con las mismas mangas y una hopalanda de blo doble , partida 
con rogé , á grandes mangas forradas de grises (5) : XX cobdos de paño 
para facer á las infantes , á madama María y á doña Joana , nuestras 
hermanas, IV gonelas á dobles mangas y capirotes á pluya y calzas: 
CLIX dorsos de vaires para forrar las ropas del Rey para la fiesta de Todos 
Santos: diez y seis martres para forrar una hopalanda para el mismo: 
cinco piezas é meya de fustania blanca, cada pieza XXII cobdos, para 
facer dos fustanias para el lecho del Rey: VII cobdos de tella para VII 
cubiertas de faceruelos para el Rey: por coser XII cofias para las infantas, 
cosidas de seda: XXIV cobdos de paño de Bristo y XXIV de Pers de Bristo 
y XLVIII de bermejo de Bristo , para facer á los cinco donceles hopalandas 
barradas, las seis luengas y las seis cortas (6)» y al maestro armero se 
le pagó el valor de «un bacinet con su camaill; cota de maylla, un arnés 
de gambas, una pieza de acero con su faldón de maylla y unos bra- 
celotes (7). » 

Don Enrique III de Castilla también expidió una ley sobre la demasía 
del lujo, que publicó en Madrid en 1 395, para «que ninguna dueña casada, 
de cualesquier estado y condición que sea , que su marido no toviere ca- 

(I) Camar. de Compt., caj. 62, núm. 13. (5) Camar. de Compt. , caj. 69 , núin. 48. 

2) Id. , caj. 63 , núm, 27. (6) Id. , caj. 69 , núm. 52. 

(3) Id., caj. 63 , núm. 48. (7) Id., caj. 69 , núm. M. 

( 4) Id. , caj. 63 , núm. 56. 



Academia de la Historia. 177 

bailo de seiscientos maravedís, non pueda traer paños de seda , nin trenas 
de oro, nin de plata, nin cendales, nin peñas grises, nin veras, nin aljó- 
far: é si las tragere que pague por cada vez que le fuere provado seiscien- 
tos maravedís , é eso mesmo mando se guarde en cualquier otra muger.» 

Ideas bien agenas de estas restricciones tenia la corte de Pamplona 
cuando en los gastos de su casa real, pertenecientes al año 4 396, tropeza- 
mos que para el parto de la Reina y nacimiento de la Infanta doña Isabel 
se compraron « tres piezas de domas obradas á devisas de blanc et blou y 
tres piezas de sebastre d'oro tirado de domas: un paño d'oro de domas á 
campo negro et devisa de coronas, cadenas et cuchillos moriscos, de 
oro (1). » « Sesenta y tres cobdos de granza de Bristol y doce cobdos de 
vert, dados á Conch su bordador; la granza para facer cubiertas para 
nuestros cabaillos y el vert para facer devisas de fojas para las ditas cu- 
biertas (2) » « quince cubiertas de paino vermeillo por nuestros cabaillos 
en las coales cubiertas , el dito Conch ha feito ciertas broderias de nuestra 
devisa (3). » 

Mandóse en el de 1397 construir una ropa real de la librea del Rey de 
Francia , cuatro chapeaux de Velluyan negro, un chaere (chaire), unos 
mantos, chaperones , calzas y jupones para el Rey: un anapo, una aygie- 
na de oro (aiguiere) que pesaba cinco marcos, un pichel también del 
mismo metal , dos candeleras de plata , dos grandes plateles para lavar 
las manos, un gragent ó greal redondo, una selda ó pileta para el agua 
bendita , una gran mala de cuero de badana doble, y una gran cubierta de 
lo mismo con sus correas para liar los almadraques de la cama del 
Rey (4). Se pagó una brodería de la cota de armas de su heraldo (5), un 
cinturon de plata sobredorada y dos cocomaris de cuero (6) para madama 
Juana el dia de su boda. Un manto doble de color verde oscuro de Montvi- 
lliers para montar á caballo, abotonado por delante y costados á la guisa 
de Castilla. «Ocho gonellas para las cuatro Infantas mayores, las coatro 
de vermeyo é las coatro de vert, fechas á la guisa de Castilla froncidas é 
copadas, et dobles de tella (7): seis cobdos é meyo de tella fina para las 
alcandoras é camisas: por faizones de siete alcandoras , ocho cofias é una 
coillera : un bocacin blanc puesto en doblar dos gonas y dos painos gran- 

(1) Caraar. de Compt. , caj. 72 , núm. 2. (5) Camar. de Compt. , caj. 75, núm. 45. 

(2) Id., caj. 72, núm. 20. (6) Id., caj. 75, núm. 50. 

(3) Id., caj. 72 , núm. 25. (7) Id., caj. 75, núm. 63. 

(4) Id., caj. 75, núm. 14. 

TOMO ix. 23 



118 Memorias de la Real 

des de domas á devisas de coronas y dos piezas de baldoquinas de 
seda (1). » 

Ea las cuentas de \ 398 se anota una hopalanda doble de paño para 
cabalgar (2); la compra de ocho piezas de tafetanes bermejos para aforrar 
en Mayo las ropas de la familia real (3) : dos varas y media de paño me- 
dio blanco y medio rojo para calzas de mosen Leonel , hermano bastardo 
de don Carlos III (4), y en las de 1401 el rey mandó hacer para su uso 
sesenta y cuatro pares de botinas ó especie de borceguí, llamado por los 
franceses holline , plegadas de color negro y rojo : dos pares de botas colo- 
radas hasta las rodillas para usarlas de noche, y cuatro de calzas hebi- 
lladas para las Infantas; y en el año 1403 entre otras prendas aparecen 
anotadas siete pares de estivales para de noche (5). 

Por el testamento del Rey don Juan I de Castilla sabemos que, entre 
otras cosas, dejó para el culto «una vestimenta con sus almáticas é ca- 
sulla é todos sus aparejos tejidos de paño de peso, con nuestras armas de 

castillos é leones é quinas » y al monasterio de Santa María de Sisla 

«siete vestimentos de zarzahán con albas, » y á la Reina su esposa « todas 

las coronas é guirnaldas é aljófar é piedras al Infante don Enrique la 

guirnalda de las esmeraldas é el alhayte de los balajes» esto es, la joya de 
los rubíes , porque jayt en árabe es el joyel y balají una especie del rubí. 

Don Martin de Aragón también formó las ordenanzas para el régimen 
y disciplina de la orden militar de San Jorge de Alfama , que se remitió al 
Papa con carta datada en Zaragoza á 8 de marzo de 1 399 : en ellas se 
previene que «per donar prerogativa al dit orde del caballer benaventu- 
rat San Jordi , que los maestres, caballers é altres del dit orde de Monte- 
sa é San Jordi, hagen é sien tenguts portar per habit, sobre lurs vestits, 
un senyal de creu vermella , lo cual sie convinentment disposat segons la 
forma present zo es en los pits, en la part squerra , sobre lo cor, é usen 
de vestidures blanques, axi, en los lochs que han acostumat, segons or- 
dre de Montesa (6). » 

Como apenas se tiene noticia de lo que se contiene en la Cámara de 
Comptos de Navarra, nos parece oportuno el comunicar al público los 
extractos que durante algún tiempo nos permitió hacer la autoridad corn- 
il) Cainar. de Compt., caj. 74, núm. i3. (5) Camar. de Compt. , caj. 77. núm. 50. 

(2) Id. , caj. 76 , núm. 2. (6) Rivera , Afilie. Mercen. , part. \ .' pá- 

(3) Id., caj. 76, núm. 22. gina 25. — Saraper, part. I.", núm. 330. 

(4) Id., caj. 76, núm. 23. 



Academia de la Historia. 179 

pétente: entre esta multitud de instrumentos resulta que en el año 1406 
se construyó para Godofre, hijo bastardo de don Carlos III, cuando salió 
al encuentro de su padre que regresaba de su viaje á Francia por Ara- 
gón « una hopa verd doblada de paino : dos pares de calzas blancas et 
vermejas : dos capirotes dobles : una hopa doble de la librea del Rey en- 
tretayada et con el lazo de la devisa: un jupón de bocacin blanco : un par 
de estivalles : dos pares de zapatos roges et blancos: una espada con sa 
vaina de cuero vermejo: un par de espuelas; una onza y seis esterlines de 
plata en clavos para cubrir el lazo de la devisa del Rey: unos paramentos 
de sargas vermejas é negras á barras de la un color, en la otra para el lecho 
de Godofre, esto es, sobrecielo, el dosel, cubierta del lecho, tres cortinas 
para el derredor del lecho guarnidas de sus aniellos et cuerdas: un som- 
brero negro bellutado : una cinta de cuero (1) » y para ia Infanta doña Bea- 
triz catorce docenas de fivilletas de plata sobredorada , empleadas en sus 
trages con cuatro aguilletas del mismo metal con sus cordones « para 
encordar las ditas sus ropas. » 

Ciertamente es curiosa la cuenta en que se abonó el valor « por pintar 
tres pendones para las trompetas del Rey : por labrar once onzas y cua- 
tro ochavas é meya de seda de flocadura y cordones por las tres trompe- 
tas del Rey á las bodas de la Infanta doña Beatriz: cuatro docenas de 
cueros de cordero , prietos, adobados para aforrar un aucelin para Juanon 
de Ezpeleta: por pintar treinta pomeles (2).» 

En otro compto se datan los valores de tocaduras de sirgo , trenzade- 
ras, brocados de oro y listados; albanegas de oro y chapines de oro y 
seda (3). Mas por un inventario de ropas que pertenece al año ya citado 
de 1406 se lee «una jaqueta escura de judia forrada depenna: una cudela 
de paino: un tabardo de judío de paino: una garnacha de granza para 
muger: una cota de escarlata para muger: un manto forrado de conejos 
con dos escalas de plata: dos sayas de granza y pálmela para muger: un 
guarda-eos forrado de conejos para muger: un manto de paino de Pers 
para muger con cuatro botones de plata: unos redondeles viejos: una al- 
juba de granza para muger: capillo de paino morado para judío: una saya 
de hombre mey partida : una capa duranguesa de paino para muger: un 
redondel de granza para hombre: un manto d'arange para muger: un 



(1) Caj. 93,núm. 10. (3) Caj. 88 , núm. 21. 

(2) Caj. 82 , núm. 7. 



480 Memorias de la Real 

guarda-eos' de mezcla con veinte y dos botones de plata: una piel de pai- 
110 de Ipre para muger con tres botones de plata : una gramaya de roset 
y una cotardia de morado sin mangas para muger (4).» 

A Gabriel Bonin se le compraron en 1 401 de orden del Rey para la 
Infanta doña|Beatriz, varias piezas de estofa de seda y oro «un fermaill 
d'oro con una floreta en que ha un safir: un pot de gengibre vert y un 
chapellet d' oro goarnido con balages , esmeraldas y perles (2) : un collar 
de plata á la devisa del Rey, fuillas de castaina (3).» Entre las estofas que 
se relacionan en otro compto se encuentran «baldoquines vermeillos de 
Luca, paño de Alijandre negro, brocado d' oro de Coloyna, con tripa 
verde (i). » 

Para las bodas de doña Juana , hija bastarda de clon Carlos III con don 
Iñigo Ortiz de Estúñiga , hijo de don Diego López de Eslúñiga , Justicia 
mayor del Rey de Castilla, celebradas en Tudela el 1 4 de Julio de 1408 
se trageron para la novia «once piezas de tercelines negros é vermeillos: 
tres piezas de ricomás: mil y cien piezas de vaires apurados: diez y seis 
cobdos de escarlata vermeilla: dos pares de mangas de seda: cinco tras- 
coles: cinco gandales de oro: cinco ligaduras de bellos de seda: cuarenta y 
cinco cobdos de tella prima: dos pares de chapines: dos piezas de tafetán, 
uno blou é otro vermeillo y diez cobdos de damasquin negro (5): una cota 
é un manto de paino d' ort (6): una pieza de fusteda barrada de color ver- 
meya et negra para Juanon de Ezpeleta (1) y doce pares de botas para los 
donceles del Rey (8).» 

La crónica de don Juan II hace descripciones bastante extensas que 
muestran el lujo de su reynado. Desde luego tropezamos con la embajada 
que Yuzaf, Rey de Granada, envió al monarca castellano en el año 1409 
presentándole el comisionado caballos, espadas guarnecidas de plata, 
paños de oro, seda, pasas é higos, y para el Infante don Enrique, dos 
piezas de sirgo , caballos y espadas de plata (9), y también se cuenta de 
que el Rey de Fez envenenó al de Granada por medio de una aljuba que 
le regaló (4 0). 

En el sitio de Anlequera del año 1 41 ya manifestamos que los moros 

(1) Caj. 183, núm. 16. (6) Caj. 95, núm. 98. 

(2) Caj. 94 , núm. 69. (7) Caj. 84, núm. 1.' 

(3) Caj. 83 , núm. 7. (8) Caj. 105, núm. 10. 

(4) Caj. 105, núm. 4. (9) Cap. 3. 

(5) Caj. 95, núm. 79. (10) Cap. 4. 



Academia de la Historia. 181 

iban vestidos de quezotes encarnados y teñidas las barbas y cabellos con 
el tinte de la alheña (1), pero mas adelante (2) se lee que el trompeta de 
Juan de Yelasco estaba ataviado de un jaquetón holgado, por cuanto dice 
la crónica que Rodrigo de Antequera lo agarró de la halda. 

Entre tanto las órdenes militares de Calatrava y Alcántara recurrieron 
al antipapa Benedicto para que, en vista de lo molesto que les era para el 
ejercicio de las armas llevar las capillas en los hábitos, se las commutase 
en colocar sobre el pecho las cruces colorada y verde: el pontífice con- 
descendió con esta súplica y expidió su bula datada en Barcelona á 9 de 
las calendas de Abril de 1410. 

En el citado año se compró en Pamplona para la casa real «cuarenta 
y ocho cobdos de tobadlas de Flandes y tobaillones de Flandes para labar 
las manos (3); piezas de paño de pers, de Roan, verde y blanco de Bristol, 
colorado de Berri, blanco fino de Acestre, escarlata y verde de Montvi- 
lliers, ciento y cuatro esquinas de esquiroles de Alemania y ciento y siete 
vientres de los mismos para aforrar hopas, sayas, juppas, calzas y man- 
gas (4):» tres bocaranes para aforrar una cota é un brial para doña Isabel, 
una piel de paino plegado, una cotardia botonada hasta tierra, un par 
de mangas botonadas , et un capirot botonado para Gracia de Larrasoaina, 
servienta de la Infanta: diez cobdos de rogé et diez cobdos de blanco de 
Bristol para facer las bandas de las hopas á la devisa de la dita nuestra 
fija: veinte é siete docenas d 1 esquiroles de la tierra puestos en forrar 
nuestra hoppalanda é mantellina negros para el Viernes Santo: siete doce- 
nas é meya de corderinas negras puestas en forrar una piell é una jaqueta 
de paino morado que nos habernos dado á Theresa Xemeniz , nodriza de 
nuestra nieta doña Leonor de Borbon: treinta cobdos de tella prima para 
facer alcandoras para la Infanta: diez y siete cobdos de tella prima para 
facer cuatro aljupas para los cuatro fijos del infant don Fernando de Cas- 
tilla nuestro caro sobrino (5).» 

De orden de don Carlos III se pagó el valor de un chapellet de plumas 
negras que regaló á su hija doña Isabel (6) en el año 1413, y para la 
Reina una pieza de boldoqui doble de seda en campo verde para un brial, 
con mas ciento y cuatro pieles veras para aforrar unas mangas redondas 
á manera de trompa con sus puinetes, para la Infanta doña Isabel. 

(i) Cap. 8.°, Oó». de Juan II. (4) Camar. de Compt., caj. 97, núm. 44. 

(2) Cap. 23. (5) Caj. 97, núm. 46. 

(3) Camar.de Compt., cnj. 97, núm. SI. (6) Caj. 103, núm. SO. 



182 



Memorias de la Real 



Se labró una buela é mordient ó lo que es lo mismo un broche con 
setenta y cuatro clavos de oro con sus riblones ó tachuelas, para un cin- 
turon de la Reina (1) y pagóse en 1414 á Bertrán de Soraburu otro cintu- 
ron de plata «et ciertas paylletas (lantejuelas) de plata para asistir al co- 
ronamiento del Rey de Aragón don Fernando (2).» 

Describiendo Ayala (3) esta ceremonia en Zaragoza, añade que «el Rey 
dio de vestir á todos los continos de su casa y á los caballeros, de bro- 
cado; é á los donceles é gentiles ornes, de velludo de diversos colores; é 
otros , damasco de forraduras de martas é de grises , de armiños é de otras 
peñas. E á los otros escuderos mas bajos, jubones de seda é ropas de finos 
paños de grana.» Además este mismo Rey, al año siguiente, envió al Em- 
perador Sigismundo, entre otros presentes, «dos aljubas moriscas, la una 
de zarzahán brocado de oro é la otra de ricomás , é un capuz de muy fina 
grana (4).» 

En 1 41 8 se pagaron por el tesorero de la Cámara de Comptos de Na- 
varra, «cuatro cobdos é meyo de paino verde de Bristol, para facer un 
grimau para Manriquet dllurdoz, y siete de paino de Sant Johan , verde 
para facer un aucelin é un capirot para Johan de Suescun, donceles del 
Rey (5).» 

Campmany nos habla del bando publicado en Barcelona en 1 420 sobre 
el derecho que debian pagar los géneros de comercio, á saber, sadines, 
fustanes, gerguillas, estameñas, telillas, drapa, saya de Irlanda, chamelo- 
tes de Reinas, Ostende y otras ropas flamencas (6). 

En el mismo año se tomaron en Pamplona unos cueros vermejos para 
facer estivales para el Rey (7) : tres docenas de faldetas emplegadas en dos 
bannas que son fechas para la cama de la cambra fria del Rey en Tafa- 
11a (8) y parala Reina, unas tocaduras brocadas d'oro y goarnidas á fui- 
llas d'argent (9). 

En 1 422 se hicieron varias ropas para la servidumbre de palacio con 
el mote de la librea del Rey, Loe soit Dieu en todas las hopas de paños de 
diversos colores á mas de un grimau de paño rojo (10), y en el año 1424 
un gunel de paño de oro carmesí para el príncipe don Carlos de Viana. 



(1) Caj. 113, num. 3. 

(2) Caj. 113, núm. H. 

(3) Crón. de don Juan II , cap. 3. 

(4) Crón. de don Juan II, cap. 14. 

(5) Caj. 105, núm. 12. 



(6) Memor. de Barcel. 

(7) Camar. de Compt., caj. H8 , núm. 79. 

(8) Caj. 107, núm. 3. 

(9) Caj. 120, núm. 9. 

(10) Caj. 120, núm. 19. 



Academia de la Historia. 183 

Registrando los papeles de 1432 en la Cámara de Comptos de Navarra 
aparece una colcha y una mantellina forrada, con un tejido negro de seda 
guarnecido de plata (1), ocho almadraques cabezales, ráceles barrados 
para cubiertas de cama (2) y para el viaje que S. M. hizo en Setiembre 
al Pilar de Zaragoza , se compró al platero Anco cuatro pomos « para la 
escala de subir en la muía para la Reina doña Blanca (3).» 

En otra cuenta muy curiosa del año 1431 se apuntan los ingredien- 
tes empleados en los juegos para el príncipe real, á saber: «L cobclos de 
tella de Bretaña , sedazos , III tablas de pino , III varas de til , I fusta grossa 
para facer moldes et figuras, tachetes et sobre-tachetes , II libras filio de 
fierro; filio de liz, budel, clabos de rovo et otros fierros que son necesa- 
rios por el artificio ; II piedras de cristales , VI manos de paper, cola seca, 
gisso (yeso) et retailles para facer cola mas flaca, et leina, et fariña: III 
docenas de baldreses, Pora dorar et pora argentar, et pintar las sobre- 
ditas cosas, oro partido, pans d'argens, azur d'Alemaina, indi bagadel, 
vermeillon , ocre , blanquet , caynamo y cera (4). » Hele ahí descubierta 
una délas habilidades de los juglares con que divertían á las gentes en 
los siglos medios, esto es, los títeres. 

En las entrevistas de Soria por los años 1 435 , convenidas por don 
Juan II de Castilla y la reina de Aragón su hermana «el Rey llevaba cuatro 
pages vestidos de ropas de grana bordadas las mangas é fasta la cinta, de 
orfebrería, encima de cuatro caballos de la brida muy grandes é muy fer- 
mosos, é con muy ricas guarniciones é sillas. El condestable llevaba tres 
pages vestidos de ropas negras de satin con unas alas que salian de las 
costuras de sobre el hombro, bordados de orfebrería (o).» 

Pamplona era durante este siglo el emporio de las mercancías france- 
sas y el almacén de las fábricas de paños de Ipre, Courtray , Vervins, Pe- 
bret de Aragón , Pommiers, roset de Tarbe con los géneros llamados fus- 
tani, tercelin, alcacer, tela de Bretaña, cubrichete , sayal y otros (6). 

Por un dono hecho á los ermitaños de la iglesia de Santa Brígida de 
Olite, conocemos alguna parte de la batería de cocina de estos tiempos, 
tales como aigueras, artesas, axadas ó azadas y axadones , aitas , badillos, 
calderas, cuyares ó cucharas, cuberteras d'oillas , escudiellas, espetos, 

(i) Caj. 132, núm. 35. (5) Orón, de don Juan II, cap. 11. 

(2) Caj. 135 , núm. 27. (6) Camar. de Compt., caj. 137, núins. 4 

(3) Caj. 135, núm. 36. 11 , 13, 14 y 26. 

(4) Caj. 146, núm. 44. 



184 Memorias de la Real 

forteras, greales , gonyellas ó barriles, gailetas ó cubos, lares, morbo con 
maxadero ó almirez y majador , ollieras, ollas, orco, especie de cántaro del 
griego opy.f, , picheres, especie de botijo para el agua , puzadores ó cubetos, 
paletas, rayllos, saleros, segures, sartaynes, sedazos, teysoguaresó trans- 
fogares , trébedes , taxadores y veretas ( 1 ) , y por otro compto del año 
de 1 436 se viene en conocimiento del uso de los abanicos de pluma, pues 
especifica que «para facer ciertos ventailles de plumas de pago (pavo 
real), se emplearon dos libras de órela prima , dos item de órela media- 
na , cinco onzas y tercia de filo de oro y una piel d'orpel (2), » 

Últimamente, en el año 1 4-4-1 se compró en Pamplona de orden del 
Rey varias piezas de fustani, matallafes de Barcelona, con listas rojas y 
amarillas (3), una pieza de fustán negro, un chapel de paja para la in- 
fanta (4), un par de zahones y un'par de zapatos para el príncipe (5), dos 
chapelet.es con fuillas y dos cintas para sus hermanas (6). 

Castilla estaba llena de manufacturas extranjeras; así lo da á entender 
un cuaderno del Rey don Juan II sobre el arrendamiento de los diezmos 
de la mar, datado en 1 5 de Abril de i 447 que se halla en la colección de 
cédulas, carta-patentes &c. , concerniente á las provincias Vascongadas 
que recapituló don Tomás González , archivero de Simancas (7). « Otrosí 
(dice la Real orden) ó mando que todos los paños de Melinas é Ipre é 
Brujas é Courtray , Elgias é Bervis é Mostrenvillers é Londres é Tereses é 
Biserotes é todos los otros paños é otras cualesquier cosas é mercadurías 
que se descarguen por la mar ó se fasen allende la mar, que sean tenudos 
de dezmar.» 

Son muchas las alhajas de que se hace mérito en los documentos coe- 
táneos: desde luego en el testamento de doña Aldonza, condesa de Cas- 
tañeda , otorgado en el año 1443, se registran «una copa dorada con su 
sobre-copa, un bacin con su sobre-bacin de plata, las orladuras doradas 
é en medio de cada bacin un escudo de las armas del dicho conde mi 
señor: un confitero de plata con su pió : las mis tablas de plata de cabal- 
gar; una sortija con un diamante ; un bacin de plata, las orladuras dora- 
das con su escudo de armas, compañero de las demás: un confitero de 
jaspe , los brazales ó pié de plata dorados : cuatro cucharas de coral ; una 

(1) Camar. de Compt., caj. 1 37 , núui. 8.— (4) Caj. 1 49 , núm. 5. 
Caj. 145 , núrn. 4. (5) Caj. 4 49 , núm. 15. 

(2) Caj. 139, núm. 21. (6) Caj. 1 49 , núm, 1 6. 

(3) Caj. 149, núm. 3. (7) Tom. I.' 



Academia de la Historia. 185 

copa dorada é esmaltada con su sobre-copa , una gubileta de plata de 
bollones, con seis gubiletes de adentro; una sortija de oro con su dia- 
mante, un vasillo dorado con su sobre-copa: dos escudillas de plata gran- 
des, dos tazas de plata blancas francesas, dos platos grandes de á ocho 
marcos; dos bacines de plata medianos: dos barriles de plata dorados con 
sus cadenas de plata doradas (9).» 

En los libros de cuentas del Real monasterio de San Benito de Valla- 
dolid se halla , entre otros efectos comprados durante el reinado de don 
Enrique IV en el año 1455, los siguientes: Resmas de papel centi y tole- 
dano, piezas de paño buriel y blanco, cogulla y Palencia, estameña, esto- 
pazo y cañamazo, y para pintar, grana, agújate, cardenillo, goma, aceite 
de linaza, vermellon , panes de plata y pinceles de cañones de buitre l\). 

En las cuentas que dio á don Alvaro de Estúñiga, conde de Palencia, 
su recaudador Pedro de Zepeda, consta que á luce Cohén, tondidor, poi- 
caría de mi primera, fecha 30 dias de Mayo, ano 14-57 de cinco varas 

de blanqueta para un brial á Isabel, fija de Alfon González de Toro, 

á rason de ochenta maravedís la vara. A luce Cohén, tondidor, por carta 

de mi señora , fecha en el dicho dia 8 de Junio del dicho año cinco 

varas-de paño pardillo para dar á Toribio Vallo para un capus quel 

conde mi señor le mandó dar. Al alcayde Ferrando de Arellano, por caita 

de mi señora , fecha 20 dias de Marzo de 1458 años por veinte é una 

varas de terliz para dos almadraques mas por treinta é seis varas de 

lienzo para dos colchones mas por seis varas de terliz para dos al- 

madraquejas mas por seis varas de estopa para los suelos de las dichas 

almadraquejas... . mas por quince varas de lienzo para dos traveseros é 
dos almofadas, é mas una tercia para deshilas para borras á las dichas 

almofadas mas veinte é tres cuartillas é una libra de lana para la dicha 

ropa mas que dio por dos alfa mares (2).» 

Uno de los documentos importantes para la historia del traje español 
es la crónica de don Miguel Lucas, condestable de Castilla, que de humilde 
nacimiento llegó al poder en el reinado de don Enrique IV. Por el extracto 
que vamos á dar de ella, conocerán nuestros lectores el lujo y diversiones 
de esta época. 

En el año 1461 « el dicho señor Condestable salió á recivillo hasta la 

(1) Salazar, casa de Lara, t. 4, pág. 88. (3) Saez, moned. de Enrique IV, ap. de 

(2) Saez, moned. de Enrique IV, ap. de escrit., pág. SI o. 
escrit., pág. o 10. 

tomo lx. 24 



186 Memorias de la Real 

plaza del arrabal con ropa de brocado negro vestido basta el suelo aforrada 
de martas é en un caballo de la brida. » Relatando sus bodas en Jaén « el 
señor Condestable llevaba vestido un jubón de muy fina chapería de oro 
todo cubierto de muy nueva é discreta manera ordenado, é sobre aquel 
una ropa de estado, en demasía rozagante é de un carmesi de velludo 
morado forrado de muy preciadas é valiosas cevellinas: en la cabeza un 
capello negro de muy nueva guisa con un muy rico joyel en el rollo bor- 
dado de muy ricas jemas , con una guarnición de oro de mucho valor en 
somo los hombros: muy bien calzado en todo, como gracioso é desem- 

buelto galán , encima de un hóbero trotón bien hermoso iban cuatro 

pages los cuales las faldas por ser tanto largas de la ya dicha ropa, 

llevaban encima sus hombros. 

»Salió la señora Condesa con un muy riquísimo brial todo cubierto de 
la misma chapería del jubón del Señor é encima una ropa de aquel car- 
mesí morado con un rico collar sobre los hombros; tocada de muy gracioso 
é bien apuesta manera, encima de una facanea muy linda blanca..... lle- 
vaba las camas del freno, el noble caballero Gonzalo Mesia, señor de San- 
taofimia su tio, é Gonzalo Mesia su hijo.... Era.... madrina la muy virtuosa 
é bellísima señora doña Juana de Zerezo , hermana del señor Condestable: 
ella llevaba un rico brial de fino brocado verde é en somo una ropa bien 
fecha de damasco negro, con un tocado muy lindo de nueva manera. 

«Delante de los ya dichos pages iba tan gran multitud é ruido de ata- 
bales, trompetas, bastardas italianas, chirimias, tamborinos, panderos... 
é ballesteros de maza... é entre los otros iba una cobla de tres minis- 
triles de dulzainas, que muy dulce é acordadamente sonaban, los cuales 
de la cámara del dicho señor Condestable, fueron vestidos de jubones 
de muy fino terciopelo azul , sobre los cuales llevaban ropas de muy 
gentil florentin verde bien fechas: á sus cuellos, muy lindos collares 
bien obrados de muy fina plata é muy bien calzados. » Sigue haciendo 
el cronista un relato minucioso del lujo de la boda, suntuoso servicio 
ele mesa , abundancia de comida , danzas y otras diversiones dignas de 
copiarse para dar una idea de la magnificencia del siglo XV: hace rela- 
ción de que entró después « una escuadra de gentiles hombres de su 
casa en forma de personas estrangeras con falsos visages, vestidos de 
muy nueva é galana manera, es á saber, de un fino paño, muy mucho 
menos que verde, representando que salian de un crudo cautiverio, dó 
les fue libertad otorgada condicionalmente que á la fiesta de los dichos 



Academia de la Historia. 187 

señores Condestable é Condesa viniesen servir é honrar, los cuales danza- 
ron é bailaron bien mas de tres horas » Continúa luego diciendo que el 

lunes siguiente «el Condestable... salió de su cámara para ir á misa vestido 
de esta manera: sobre un jubón de rico brocado, llevaba una ropa de 
estado hasta el suelo de muy fino belludo asaz forrada de cevellinas muy 
finas: un rico collar de oro en los hombros, bien ancho é bien obrado, 
un sombrero de fieltro negro en la cabeza muy bueno , en somo de un 
bonete morado.» Cuando don Miguel Lucas consumó el matrimonio, apunta 
el cronista las varias ceremonias y dice que salió «de su cámara con un 
jubón de ceti negro vestido é sobre él una ropa corta de muy rico carmesí 
brocado, forrada de muy bellas martas; al collar del jubón una muy 
delgada é sotil cadenita de oro: un capello trepado en la cabeza é bien 
francesamente calzado é asi fue á ohir misa.... Una infantería de pages 
pequeños vinieron vestidos de jubones de fino brocado é sobre ellos unas 
jaquetas cortas muy bien trepadas de paño verde forradas de fino ama- 
rillo, las mangas largas trepadas, con sus capirotes. — Otro dia miércoles, 
el dicho señor Condestable se vistió sobre un jubón de terciopelo morado, 
una ropa corta de velludo negro bien fecha forrada de martas con su cor- 
tapisa; una rica cadena en los hombros, un sombrero negro muy fino de 
fieltro en la cabeza... La señora Condesa... traia un muy rico brial de fino 
brocado negro é encima una ropa de velludo negro, muy bien tocada é 
con mucha honestidad. El jueves siguiente el dicho señor Condestable se 
levantó é salió á misa, un sayo de cabalgar vestido de muy fino paño 
amarillo , sobre un jubón de carmesí é una capa azul con un capirote 
morado de grana tocado, todo morisco é bien fecho, é una cadena de oro 
con muchas vueltas echadas al pescuezo; calzado de borceguí con una 
muy rica espada de la gineta, guarnecida de oro echada al cuello é asi 
cabalgó en un muy polido caballo tunecí; la silla, estriberas é cabezadas 
del cual con las espuelas moriscas que los mozos de espuela le calzaron, 
bien respondía á la escelencia de su magnifico estado... Venido el sábado 
por la mañana el señor Condestable salió á misa, un jubón carmesí raso 
vestido é una jaqueta muy corta de paño azul forrada de martas y un 
manto en somo asimismo corto de muy fino paño blanco... Luego á Ja 
hora asomaron por la parte del monasterio del señor san Francisco veinte 
caballeros en arneses de guerra con helmetes... los caballos encabestrados 
é sobre las cubiertas, paramentos de fino paño verde con diversas inven- 
ciones; las lanzas en las manos.» 



188 Memorias de la Real 

Sobre las fiestas de navidad del año 1 462 en la misma ciudad de Jaén, 
se explica así. «El venia con un jubón chapado de oro vestido é encima 
una jaqueta corta con sus brahones trepados de muy fino paño amarillo, 
muy bien calzado, unas calzas negras bordadas» y en las del año 1463 
añade: « venia el señor Condestable con fasta treinta antorchas delante é 

diez ó doce espingarderos en torno, tirando muy bien guarnido con 

jubón de damasco azul , con unas llamas de argentería en las bocas de las 
mangas é collar é una jaqueta corta gironada de muy rica chapería de oro 
con sus brahones , forrada de martas.» 

En un inventario datado en 1468 del enunciado conde de Palencia, se 
registran lijaveras grandes labradas y bordadas, dos barjoletas, y como 
advierte que una de estas es lijavera, se puede creer sean ciertas maletas, 
alforjas ó sacos grandes , porque en la crónica de Miguel Lucas , al año 
1458, folio 23, se dice que «fallóle en una barjoleta muchas cartas falsas 
que llevaba.» Entre las ropas de vestir se encuentra jubones de aceituni 
negro de labores de armas, con brahones, falsos petos de fustán con 
las mangas azules, calzas pardillas y verdes, medias calzas de lo mismo? 
gabanes para montear, de lienzo de colores, sayos de monte forrados de 
lienzo verde, unas medias mangas de paño, una carmallera negra, una 
caperuza degurgao, un capirote negro con rollo de juncos; unos quijotes 
de lienzo, el uno verde oscuro y el otro blanco; media huca de damasco 
trepada con una cruz negra : un tabardo de damasco sin capilla y un 
manto de vernia colorado, que, según Covarrubias, significa en su ihesauro, 
una capa larga á modo de manto grueso para abrigo. Du Cange (1) trae 
su origen de Hibernia, como puede examinarse en el artículo berniscríst. 

Hallamos en ei citado inventario esqueros blancos labrados de oro, car- 
vieles de seda rasa con sus fierros y eslabones, yesca, pedernal, agujas é hilo. 

Hay también una lista de cubiertas pintadas de carmesí, almaizares 
con oro y las orillas negras, camisas moriscas con banda de oro y seda, 
albanegas moriscas con barbas poslizas, bocinas de búfalo con brocal y 
contera, trabillas para los perros, botas de monte , un cinto de lobo ma- 
rino con su esqueroina y navajon con una tranquera de plata; pares de 
guantes amarillos dobles, y labrados en ellos unos corazones de seda, y 
otros de piel de halcón (2). 



(!) Glosar. 

(2) Saez , moned. de Enrique IV, ap. de escrii. , pág. 528. 



Academia de la Historia. 189 

Consta en el archivo municipal de Pancorbo que Juan Diaz, mayor- 
domo de la villa, dio cuenta al ayuntamiento en el año 1469 de haber 

comprado una ferropea é un arrelde á Pero Jiménez para ir á Burgos 

por mandado de los alcaldes (1). 

Por otro inventario de las alhajas, ropas &c. , que don Rodrigo Ponce 
de León, marqués de Cádiz y conde de Arcos de la Frontera , debió dar á 
doña Beatriz Pacheco, hija de don Juan , maestre de caballería de Santiago 
y de doña María Portocarrero al tiempo de su casamiento, fecho en Segovia 
á 20 de Marzo de 1471 , resulta, un collar de hombros de oro, una ca- 
dena del mismo metal , un collar de garganta de oro con piedras y perlas, 
otro collar de oro para la garganta y unas manillas: un tegillo ancho y 
otro pequeño de oro; doscientas perlas orientales y sortijas con piedras 
preciosas; una silla guarnecida de plata con su freno y guarniciones, dos 
briales de brocado, uno carmesí y otro de diferente color, una ropa de 
brocado; dos briales de seda, uno carmesí y otro de terciopelo de dife- 
rente color ; dos ropas de seda, la una aforrada de martas y la otra de ar- 
miños; dos pares de faldillas, unas de seda y las otras de grana; dos bria- 
les de paño; dos ropas de paño redondas; paño para capuces, mantillos y 
capas y para las guarniciones de todas estas ropas; atavíos de cabeza y 
camisas (2). Cuando se verificó su enlace le envió por mano de Pedro de 
Hoces á Córdoba, en donde se hallaba la novia, y con fecha de 1G de No- 
viembre de 1471 los piesentes siguientes: « 23 varas de brocado carmesí 
vellud villorado, 13 idem de brocado verde vellud villorado, 13 idem de 
brocado morado vellud villorado, 9 idem de brocado raso, morado, 33 
idem de terciopelo carmesí, 28 idem de verde, 25 idem pardillo, 25 leo- 
nado y 30 negro: 22 varas de damasco leonado y 13 de seda rasa negra, 
1 1 varas de paño grana colorado de Florencia, 2*7 varas de paño de Cour- 
tray mayor de Cascabel, 24 idem de Lille negro, 4 de Rouen leonado y 
15 idem del sello vayo. En el artículo que titula alhameria, se anotan 12 
piezas de alhame de lino, 2 de almalafa, 2 de alhame de seda, 4 de 
almocaza, 6 almaizares; un pedazo de mejui, un envoltorio de polvos de 
Alejandría, un cornezuelo de algalia, un envoltorio de almizcle, una cajita 
de ámbar; y en el ramo de tocados se halla 2 piezas de impla de Játiva 
con orillas, la una laca y la otra morada, 6 de impla romana, una de fili- 
lí) Id.,pág. 215. 
(2) Saez, moned. de Enrique IV, ap. de escrit. , pág. 524. 



490 Memorias de la Real 

seda y otra de seda arsanayada:» además se apuntan collares de eslabo- 
nes esmaltados, manillas, brazaletes, joyeles y piedras preciosas (1). 

Colmenares (2) describiendo la venida á Turégano del Rey don Fer- 
nando V en 30 de Diciembre de 1475, á causa de la muerte de don En- 
rique IV, dice: que el Rey traia «una loba de luto suplicáronle la qui- 
tase para el recibimiento y vistió una ropa rozagante de hilo de oro tirado, 
forrada de martas » 

También Audres Rernaldez, cura de los Palacios (3), hace mención de 
muchas galas de aquel tiempo. Al contar el nacimiento del Príncipe don 
Juan añade que estaba « toda la iglesia é pilares de ella , adornada de 

muchos paños de raso é fué traido el príncipe á la iglesia con una gran 

procesión é con infinitos instrumentos de música de diversas maneras, 

de trompetas é cheremias é sacabuches Traia consigo nueve doncellas, 

vestidas todas de seda, cada una de su color, de briales é tabardos, é 
ella venia vestida de un rico brial brocado é chapado con mucho aljófar 
grueso é perlas , una muy rica cadena al cuello , é un tabardo de carmesí 
blanco ahorrado en damasco.» 

En la conquista de Alhama en 1482, apunta que las tropas «ovieron 

en ella infinitas riquezas de oro é plata, aljófar é seda de zarzahán é 

tafetán (4)» y cuando vinieron los Reyes al campamento en frente de Illora 
en 1486, «la Reina se destocó é quedó en una cofia, el rostro descubier- 
to Venia la Reina en una muía castaña en una silla, andas guarnecidas 

de plata doradas: traia un paño de carmesí en pelo, é las falsas-riendas é 
cabezadas de la muía, eran rasas, labradas de seda, de letras de oro en- 
tretalladas é las orladuras bordadas de oro; é traia un brial de tercio- 
pelo, é debajo unas faldetas de brocado , é un capuz de grana vestido, 
guarnecido morisco, é un sombrero negro, guarnecido de brocado alre- 
dedor de la copa é ruedo : é la Infanta doña Isabel venia en otra muía cas- 
taña , guarnecida de plata blanca é por orladura bordada de oro, é ella, 
vestido un brial de brocado negro é un capuz negro , guarnecido de la 
guarnición de la Reina. El Rey tenia vestido un jubón de clemesin de pelo 
con quísote de seda rasa amarillo é encima un sayo de brocado, é unas 
corazas de brocado vestidas, ó una espada morisca ceñida, muy rica, é 

una toca é un sombrero, é en cuerpo en un caballo castaño , muy jaezado 

Allegó el conde de Inglaterra encima de un caballo castaño, con los 

(1 ) Saez cit. , pág. 526. (3) Hist. de los Reyes Catól. , cap. 32. 

(2) Hist. de Segovia, cap. 34, g 4. (4) Cap. 52. 



Academia de la Historia. 491 

paramentos fasta el suelo de seda azul , é las orladuras tan anchas como 
una mano, de seda rasa blanca , é todos los paramentos estrellados de oro, 
enforrados encepti morado: é él traía sobre las armas una ropeta francesa 
de brocado negro raso, un sombrero blanco francés con un plumage, é 
traía en su brazo izquierdo un broquelete redondo á bandas de oro , é una 
cimera muy pomposa (1).» 

Finalmente, haciendo los detalles de la muerte del marques de Cádiz 
en 27 de Agosto de 1492, dice «pusiéronle en un ataúd aforrado de 
terciopelo negro, é una cruz blanca de damasco en presencia de los dos 
frailes, vestido de una rica camisa é un jubón de brocado, é un sayo de 
terciopelo negro , é una marlota de brocado fasta en pies , é unas calzas 
de grana, é unos borceguis negros, é un cinto de hilo de oro é su espada 
dorada ceñida, según él acostumbraba traer cuando era é andaba en las 
guerras de los moros (2). o 

Ya la Reina doña Isabel la Católica, para evitar los fraudes que en el 
adobo de los paños se hacia en Toledo , nombró para veedor perpetuo por 
juro de heredad á Gómez Manrique, corregidor de dicha ciudad, y estando 
en Talavera dio una orden en 23 de Abril de 1 477 , para que devengasen 
jos paños el derecho siguiente: «por cada pieza de helarte cinco mara- 
vedís, é por cada pieza de Brujas ó de Divian cuatro maravedís, é por los 
24 nos cuatro maravedís é por los 18 nos veinte é un maravedís é por los 
gnos ¿ burrieles dos maravedís, é por las frisas é bérteras un maravedí (3).» 

Muy en uso estaban por este tiempo las pieles finas, porque hallamos en 
las cuentas de Pedro de Ondegardo , mercader de Valladolid , un débito de 
la duquesa de Alburquerque su data á 1 6 de Octubre de \ 478 , en que 
«se me debian por tres timbres de martas; de doscientos vientres de 
coneios, é cien fuinas é grises, ochenta doblas (4).» 

Varias son las leyes suntuarias que se expidieron en el reinado de los 
Reyes Católicos para reprimir el lujo que se habia introducido. En la prag- 
mática que se dio sobre este objeto en Granada á 30 de Setiembre de \ 499, 
se ordena «mandamos que agora de aqui adelante no puedan traer nin tra- 
yan ropa alguna de brocado, nin de seda, nin de chamelote de seda , nin 
de zarzahán, nin tercenel, nin tafetán , en ropas ó de vestir, nin enforros, 
nin en capatones de caballos , nin en becas , nin en vaynas , nin en correas 

(1) Cap. 8. Real Acad. de la Hist., t. 21. 

(2) Cap. 104. (4) Saez, moned. de Enrique IV, pág. 52, 

(3) Abella , Colee, dipl. de Esp., mss. de la §170. 



192 Memorias de la Real 

de espada, nin eu cinches, nin en sillas, nin en alcorques nin tampoco 

puedan traer nin trayan bordados de seda , enchapado de plata nin de oro 
de martillo, nin tirado, nin filado, nin tejido Las personas que manto- 
vieren é tovieren continuamente caballo, puedan traer ellos é sus fijos de 
edad de fasta catorce años, jubones é caperuzas é bolsas é ribetes é pes- 
tañas de seda de cualquier color é que puedan traer beca de tercenel é 

tafetán é papahigos de camino aforrado en el mismo tercenel, é tafetán; 
é permitimos que por honra de la caballería é de las personas que la 
siguen, que los que andovieren á la brida puedan traer sus jorneas, puedan 
traer ropas cortas encima de la rodilla , de seda ó de chapería, de la manera 

que quisieren sobre las armas é no en otra manera é ansimismo se 

pueda facer de seda las corazas é guarnecer las faldas é gocetes é ca- 
pecetes é baveras é quijotes, é traer cogines de seda en las sillas de la gi- 
neta: é las mugeres de los que continuamente mantienen caballos según 
dicho es, é sus fijas seyendo doncellas, puedan traer gonetes ó cotas é 
fajas de dos varas de largo de seda é non mas é que allende trai- 
gan mongil ó faldrilla ó cota con tanto que juntamente non vistan 

mas de una, ni las pongan tira, nin trepas de seda, nin de brocado nin 
de oro tirado, nin tejido, nin filado; nin en las ropas de paño pongan 
cortapisas, nin lisonjas, nin trepas, nin tiras, nin otra guarnición de seda, 
nin brocado, salvo que puedan traer un ribete ó pestaña de seda de un 
dedo de ancho de pulgar así en las ropas de seda , como en las de paño 
en los ruedos de las faldas é por las costuras. » 

Con corta diferencia prescribió lo mismo la Reina doña Juana en las 
Cortes celebradas en Burgos, y don Carlos I, en las de Valladolid el año 
1 533 , mandó que se guardasen estas pragmáticas. 

En la aprobación y confirmación de las ordenanzas provinciales de la 
villa de Monte Real de Deva , con las modificaciones y limitaciones que 
se expresó en 20 de Febrero de 1536, se previene que «ninguna muger 
que sea vecina y moradora en esta dicha villa é su jurisdicción, non 
pongan é trayan en su tocado en la cabeza , en ningún tiempo ni manera 
alguna, mas de treinta é una varas de lienzo delgado, é mas seis varas 
de lienzo gordo (1).» 

Uno de los mayores inconvenientes de las pragmáticas suntuarias es su 
confusión, porque por muy meditadas que estén, nunca el legislador puede 

(I) González, Colee, de ced. de Simancas, t. 3, prov. de Vizcaya. 



Academia de la Historia. 193 

prever todos los excesos en que puede dar el capricho , asi que forzosa- 
mente tenian que andar los legisladores con continuas declaraciones. 

No habiendo bastado estas leyes para contener las nuevas modas, pidió 
el reino en las Cortes de Valladolid de 1 548 que para evitar fraudes é 
invenciones de sastres y oficiales, y otras gentes amigas de novedades, 
se prohibiesen pespuntes en los vestidos, ni echar guarniciones en los 
sayos, capas , calzas y jubones, escusando las cuchilladas, golpes, ni otra 
obra que la costura; pero consultada esta petición con el consejo, no se 
tuvo por conveniente la prohibición absoluta, pero se volvieron á limitar 
en los términos que expresa la pragmática de 29 de Diciembre de 1551 
con la declaración de 26 de Febrero de 1552, que dice así: 

«Primeramente mandamos que ninguna persona, de cualquier estado 
ó condición que sea , en las ropas é vestidos que tragiere, no pueda traer 
ningún género de brocado ni tela de oro, ni plata, ni bordado, ni hilo de 
oro, ni de plata, ni cordón, ni pespunte de ello, ni cordoncillos de seda, 
ni entorchado, ni torcido, ni gandujado, ni otro género de guarnición 
alguna, franja ni pasamano. Pero permitimos que en las dichas ropas 
puedan echar una faja de sola una seda, ó uno ó dos ó tres ribetones 
con que no puedan ser mas de tres, é en todos con la dicha faja no ex- 
cedan de una octava de vara de ancho; é que puedan acuchillar la dicha 
faja ó ribetones, é que en la dicha faja ó ribetones se puedan echar dos 
pespuntes de seda, uno de cada parle, para tener ó coser la dicha faja ó 
ribetones solamente, sin que el tal pespunte haya labor ni invención al- 
guna; la mesma guarnición pueda traer en el cuerpo é mangas, é ruedo 
del sayo, é en la capa; é demás de esta guarnición se pueda traer una 
faja de seda por dentro, del mesuio ancho; é las ropas enteras de seda 
se puedan aforrar en otra seda. 

«ítem: que en las calzas é muslos no puedan echar á traer telillos de 
oro ni plata finas ni falsas, ni bordado ni cordoncillo de seda , sino sola- 
mente lo que se dijere arriba en lo de las ropas. 

«ítem: que puedan traer jubones que no sean colchados , sino pespun- 
tados con que el pespunte no haga labor. 

»llem: que ninguna persona pueda dar librea, ni vestidos á sus criados, 
de ningún género de seda; -pero permitimos que puedan poner una faja 
de la dicha octava de vara de ancha de seda, en las libreas que dieren, 
con dos pespuntes, uno de cada parte, que basten para tenerla ó coserla 
como arriba está declarado, é que la dicha faja sea una ó dos, 6 tres en 

TOMO IX. 25 



1'94 Memorias de la Real 

lugar de una , con que todas ellas no excedan de la dicha octava de ancho, 
é que los pajes puedan traer una manga de seda é no mas , é que en la 
tal faja é manga no pueda traer ningún género de bordadura , ni cordon- 
cillo , ni pespunte de seda. 

»Item: que aunque por leyes á los grandes é caballeros les está permi- 
tido que en la guerra é ejercicio de ella puedan traer brocados é bordados, 
según que por las dichas leyes les está permitido; mandamos que esto se 
entienda estando actualmente en la guerra é no en justas ni torneos. 

»Item: que los tales caballeros ni otra persona alguna, en las sillas é 
caparazones de ellas , é guarniciones de las cabalgaduras en que anduvie- 
ren , no puedan traer bordados de hilo de plata , ni de oro , ni franjas , ni 
cordoncillo, ni otro género de lo mesmo, ni gualdrapas de seda, ni guar- 
necidas de ella. Pero permitimos que solamente puedan traer las dichas 
sillas é guarniciones de seda con una faja ó franja de lo mesmo con dos 
pespuntes , uno de cada parte, que baste para traer é coser la dicha faja, 
sin que haya en ella labor; pero por esto no entendemos hacer inovacion 
alguna en lo que toca á la gineta, sino que se guarde lo que está 
ordenado. 

«ítem : que cu las ropas enteras de seda de las mugeres no se pueda 
echar ni traer mas guarnición alguna que de una faja ó ribeton ó ribe- 
tones del ancho que se permite en el primero capítulo de esta pregmática. 

»En las ropas de los hombres, que en las mangas é sayuelos dellas los 
puedan aforrar en otra seda, é las mangas que fueren angostas las puedan 
acuchillar. 

«ítem : que en las sayas é otras ropas de paño no puedan traer mas de 
dos ó tres tiras de seda por bajo, ó una faja entera , con que todo no ex- 
ceda de dicha octava de vara en ancho. 

»Item: que en los mantos no puedan traer ni echar mas de un ribete 
de seda á la redonda de ellos. 

»Item: que no se pueda traer en ropa nenguna telilla de oro, ni de 
plata, aunque sea falsa. 

»Item: que en los sombreros no se pueda traer cordón, ni trenza , ni 
franja , ni cairel de oro ni de plata en medio , ni en la orilla ni en otra 
parte alguna , aunque sea falsa. 

«ítem: que en las ropas de paño que suelen traer los hombres de le- 
tras, ni otros algunos, puedan traer las capillas é delanteras aforradas 
en seda ó tafetán, é que en los mantos é balandranes é capas de agua 



Academia de la Historia. 195 

demás de la guarnición (que conforme está dicho puede traerse) , puedan 
traer las capillas aforradas en seda ó tafetán. 

«Otrosí: mandamos que los oficiales menestrales de mauos, sastres, 
zapateros é carpinteros, herreros, herradores, tejedores, pellejeros, tun- 
didores, curtidores, esparteros é especieros, é de otros cualquier oficios 
á estos semejantes, ó mas bajos, é obreros é labradores, ni jornaleros, no 
puedan llevar, traer ni trayan seda alguna, excepto gorras, caperuzas ó 
botones de seda; é sus muger.es solamente puedan traer sayuelos ó gone- 
tes de seda, é un ribete en los mantos que trageren de paño, so la 
dicha pena. 

«ítem: que todo lo contenido é declarado en esta pregmática, sea é se 
entienda quedando en su fuerza é vigor las leyes é pregmáticas de estos 
nuestros reinos que hablan sobre los trages, é vender é traer brocados, 
tela de oro é de plata, cordones é recamados, é pasamanos de oro, plata 
é seda é torcidos, en lo que no son contrarias á esta. 

«ítem: que en estos reinos ninguna persona , de cualquier calidad ó 
condición ó preheminencia que sea, que tragere en cualesquier ropa, 
sayos ó capas, calzas, jubones ó sombreros contra lo contenido é decla- 
rado en esta pregmática , é las hayan perdido é pierdan con otro tanto de 
lo que valiere; lo cual se reparta de esta manera: la tercia parte para 
nuestra cámara, é la otra tercia parte para la persona que lo denunciare, 
é la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare.» 

Para conocer mas bien el genio de aquel siglo , dice Sempere y Gua- 
rinos (í), pondré aquí una curiosa descripción que hizo el famoso don 
Enrique de Villena de los pelimetres de su tiempo, en una obra intitu- 
lada El triunfo de las donas , inédita hasta ahora (2). 

Después de haber probado con los ejemplos de Ester y Judith que á 
las mugeres no les está mal el componerse, dice asi: «E cual solicitud, cual 
estudio, nin trabajo de muger alguna en criar su beldad se puede á la 
cura, al deseo, al afán de los ornes, por bien parescer, igualar: como 
sea dellos la mayor ocupación, no solamente en vestir cada hora ropas 
de nueva guisa, mas en las fallar toda vez, pensando estarles mejor. E les 
aviene asaz vegadas, por el contrario, vistiéndose corto, ó largo, por el 
modo que otros diferentes de ellos se visten. ¿E cuantos son aquellos que 

(I) Hist . del lujo , t. 1 .", pág. \ 76. la biblioteca del Excmo. señor Marqués de 

(I) Existe, con otras de aquel sabio, en Villena, en un códice del siglo XV- 



1 96 Memorias de la Real 

sus faciendas, por traer ropas brocadas, ó febleria, vendieron simple- 
mente, creyendo poderse dar aquello que les negó la naturaleza, la cual 
se llama á engaño, é todas horas dellos reclama por diversos modos? Unos 
de cuerpos non largos, con altos patines, en tiempo non llovioso la enga- 
ñando; otros habiendo las piernas sotiles entre dobles calzas, é aquellas 
en grueso paño forradas; algunos otros que por la sotileza de los cuerpos, 
non ornes, parescen cuerpos de gigantes, se saben, todo el algodón é lana 
del mundo encaresciendo , arteficialmente faser; é otros por ser vistos 
delgados, un poco mas de una tela se visten: é son infinitos (é aqueste es 
el engaño de que mas ofendida naturaleza se siente) que seyendo llenos 
de años, al tiempo que mas debrian de gravedat, que de liviandat, ya 
demostrar en los actos, los blancos cabellos por encobrir (ante por furtar 
los naturales derechos) de negro se fasen teñir, é almasticos clientes, mas 
blancos que fuertes, con engañosa mano engerir. Nin recive por ventura 
menor ofensa, cuando el estrecho cuerpo por el angosto jubón, tiradas 
calzas, é justo calzado á grant pena, mayormente reposando, puede res- 
pirar; los tiernos cueros al demudar levando consigo, mas non los clavos, 
que firmes en los dedos quedan , non menos que si en las manos fuesen 
de un falcon sacre nasciclos. Mas non es cosa de maravillar, que por sen- 
tir un tan suave olor como es aquel que la grasa del calzado embia de 
si, mayormente si peor marina se juzga del oler consenciable, se debe 
continuo sofrir, en todo se quiere al divino olor parescer que de si em- 
bian las aguas venidas por destilación en una quinta esencia , el arreo, é 
afeites de las donas, el cual non de las aromáticas especies de Arabia, ni 
de la mayor India, mas de aquel logar onde fue la primera muger for- 
mada paresce que venga, que se puede decir salvo que naturalmente 
cada uno se deleita en las mas conformes cosas al su escuro ó noble prin- 
cipio. E aun podria mas adelante el mi fablar estender en cosas mas des- 
pacibles á los sentidos, non menos del oler, que del ver é oir: mas por 
no ofenderte, que orne eres é de la calidat que los otros, por ventura 
non diferente, cese aquesta odiosa materia proseguir.» 

Quien nos informa del gusto de las modas durante esta época, es el 
doctor Pedro Girón , Consejero Real y padre del Arzobispo don García de 
Loaisa: en un tomo de apuntamientos que escribió en el año 1537 y se 
guardan entre los papeles que conserva nuestra Academia de la Historia, 
se lee: «Porque en estas Cortes S. M. hizo una ley en que declaró ó mo- 
deró la forma é manera que los hombres é mugeres habian de tener en 



Academia de la Historia. 197 

los vestidos é guarniciones dellos , me pareció cosa conveniente poner 
aqui algo de lo que la memoria de los hombres ha retenido de la manera 
que la gente d" España usaba en los vestidos é la que agora usa; porque 
muchas cosas que á los presentes son mas notorias é por esto las dejan 
de servir é poner en memoria los hombres , é después el tiempo é las mu- 
danzas que en él hay, las olvida é face que no se sepan. 

»Los hombres antiguamente en Spaña vestían jubones con collares 
altos, que eran fechos desta manera: comenzaba una punta cuasi en fin 
del jubón en medio de las espaldas é de ahi ibase ensanchando facia 
arriba fasta que cubría todo el pescuezo é parte de la cabeza por detras, 
é por los lados cerca de los hombros se comenzaba á s'angostar de cada 
parte fasta juntarse por ambas partes cerca de la barba. Era este collar 
aforrado en muchos lienzos é engrudados, que estaba muy tieso, é duro 
é recio, é salia é se parecía lo alto d'él de las otras vestiduras. Los ca- 
balleros é gente noble traían este collar de terciopelo, é otros traían las 
medias mangas del jubón ansimesmo de terciopelo. E algunas señoras é 
fijos suyos traían de brocado el collar é las medias mangas de seda, é 
otros no traian todas las medias mangas, sino unas puntas al principio é 
boca de las mangas, que serian tres ó cuatro dedos de seda, é de alli, 
una punta facía arriba por medio, é otras, dos puntillas debajo donde se 
abrochaba la manga, porque todos estos jubones tenían la manga muy 
angosta é abierta un pedazo cuanto cinco ó seis dedos por debajo, é allá 
fechos unos ojetes , é abrochábanlos algunos con una cinta , otros ponían 
en cada dos ojetes una cinta,. é ansi con muchas cintas, nudos é lazadas 
lo abrochaban que después quedaban todas colgando. E esto se tenia en 
mas, é pocos habia que las medias mangas é collar fueren de seda ó 
brocado, que todo lo demás del jubón no fuese de otra cosa de menos 
calidad. 

«Las calzas eran abiertas por los lados cuanto un jeme de la mano; 
las braguetas altas que se atacaban juntamente con las calzas, é al prin- 
cipio un poco anchas, é arriba tan angostas como dos dedos ó poco mas. 

«Los sayos, lo mas antiguo de que hay memoria en España agora, es 
que se usaban todos enteros de cuatro cuartos sin ninguna tronzadura por 
medio, é porque eran angostos de la cintura abajo, los abrían é les me- 
tían unos pedazos de paño que llamaban girones: comenzaban poco en- 
cima de la cintura, é alli eran muy angostos é puntiagudos, é abajo iban 
ensanchando; é destos girones habia en el sayo tres ó cuatro. Los sayos 



I 98 Memorias de la Real 

eran largos , las mangas muy angostas , el cuerpo del sayo llegaba que 
cubría el collar, salvo dos dedos ó tres que quedaban de fuera por detras 
é por delante, cuasi todo el collar. 

»En la cabeza traían caperuzas de paño ó seda redondas é con vuelta 
redonda. 

«Las capas eran capas castellanas abiertas por delante, é su capilla 
cerrada detrás: también se usaban capuces cerrados que eran como capas 
castellanas, sino que estaban cerrados por delante. 

• También traían tabardos, que eran unas ropas cortadas como capu- 
ces é con su capilla, otras cerradas, pero tenían abiertas unas maneras á 
los lados en derecho de los brazos por donde los sacaban; é tenian unas 
mangas junto á las maneras por detrás, angostas, tan largas como era la 
ropa. Después se usaron estos tabardos sin estas mangas, é aun el dia de 
hoy los traen alguuos. 

«También traian lobas, que son todas cerradas é sin capillas, sino con 
un collarín de un dedo poco mas en lo alto é con abertura de tres ó cua- 
tro dedos por delante, é abiertas las maneras á los lados para sacar los 
brazos. Algunos usaban lobas abiertas todas por delante: estas lobas co- 
munmente fue hábito de hombres de letras é traíanlas algunos de color 
morado ó gris ó otros colores honestos é de paño muy fino. En verano 
traian algunos, quizotes, que la palabra é el vestido debe de ser tomado 
de moros, que eran unos sayos de lienzo ó de holanda: traian algunos 
labrados las delanteras é ruedo bajo: otros los traian gayados con unas 
labores é traían caperuzas de lienzo, aunque la gente muy principal no 
se me acuerda haber visto ni oído que le tragese. 

«También traian en verano calzados, zahones que eran como calzas, 
sino que eran de cuero de gamo ó de venado: también traian en verano 
zapatos de venado adobado, que eran muy blancos: esto se usaba en las 
tierras calurosas. 

«Después se desusaron los sayos de los girones, é se usó sayos tron- 
zados por la cintura arriba, juntos al cuerpo de la cintura abajo todo de 
nesgas tan anchas como cinco ó seis dedos, cogidas unas con otras, por- 
que hacian mas ancho el faldamento que los girones.» 

Alfonso de Palencia (1) asegura que «á ejemplo de la Reina Doña Juana 
(rnuger de Don Enrique IV) todas las mugeres nobles vestian ropa muy 

(1) Decad. Latín., cap. 2.°, lib. \\. 



Academia de la Historia. 199 

ancha , pero de suerte que no se ciñese al cuerpo , pues debajo de los pa- 
ños del vestido tenían cosidos muchos círculos durísimos, de suerte que 
por delgadas que fuesen parecían gruesas en extremo , y cualquiera que 
las veia pensaba que estaban embarazadas y próximas á parir.» Esta cos- 
tumbre, de la que trae su origen el guarda-infante y tontillo, aun la ve- 
mos apuntada en las novelas de Quevedo, pues en la Fortuna con seso y la 

hora de todos, dice que «salia de su casa una buscona dando paso á un 

inmenso contorno de faldas y tan abultada que pudiera ir por debajo re- 
llena de ganapanes como la tarasca: arrempujaba con el ruedo las dos 
aceras de una plazuela: cogióla la hora y volviéndose del revés las fal- 
das del guarda-infante y arboladas descubrióse que para abultar de 

caderas, entre diferentes legajos de arrapiezos, traia un repostero plegado 

y la barriga en figura de taberna, y al un lado un medio tapiz como 

estaba sumida en dos estados de carcabuezo que formaban los espartos del 
ruedo.» 

Hemos probado en los apuntes redactados para esta época, sacados de 
nuestros cronistas y de los archivos generales y particulares, el material 
posible para venir en conocimiento del lujo de los españoles, y los apa- 
sionados á las antiguallas habrán formado una idea bastante cabal de la 
riqueza de estos siglos. 

No cabe duda que las fábricas del país y extranjeras nos surtían de 
paños finos, de telas y estofas de seda, brocados, terciopelos y algodón, y 
aun del Asia venian los tejidos mas delicados para dar mayor brillo á la 
corte de nuestros Reyes (1 ). 

La argentería y joyería habia adelantado en gusto y primor, y si no 
fuese por la funesta guerra civil que nos aflige , podrian examinarse mul- 
titud de obras que parte han desaparecido y otras han sido condenadas al 
crisol de las casas de moneda , privando á las artes de monumentos dig- 
nos de conservación. 



(1) De los documentos reconocidos resul- ma, Saint-Julien, Saint- Jean de Losne, Tour- 

tan las fábricas de Asestre , Bruges , Bruxe- nay , Tarbes y Vianden en los Paises-Bajos 

lies, Bristol , Bize, Courtray , Carcassone, Francia , Gran Bretaña , Prusia é Italia. Las 

Cologne , Douai , Enghien , Fanjaux , Gante, de Alejandría , Chipre, Damasco , Siria, Se- 

Iprés , Irlanda , Inglaterra, Lille, La-Marche, baste y Túnez en el Oriente, y las de Aragón, 

Luca , Louvain, Londres, Montlieu , Mali- Granada, Sevilla, Almena, Játiva , Palen- 

nes , Montpellier , Morvilliers, Meaux , Os- cia y Toledo en España, 
tende, París , Rouen , Reims , Romagne, Ro- 



200 Memorias de la Real 

La revolución ha hecho desplomar edificios respetables que eran el 
objeto de la curiosidad del extranjero. En sus góticas bóvedas reposaban 
las cenizas de nuestros Reyes y de los mas célebres campeones, gloria y 
ornato de la Monarquía española. Sobre sus sepulcros, y entalladas en 
mármol y alabastro , se veian representadas las imágenes de estos esfor- 
zados varones, y no pocas veces las mismas armas personales que esgri- 
mieron para salvar á la patria del poder agareno. El orgullo caballeresco 
y la piedad religiosa obligaba á colgar en los templos los trofeos de sus 
hazañas, y mas de una vez el pendón de la media luna y la cimitarra mo- 
risca oscilaban en pos del estandarte cristiano. Allá entre muros de piedra 
se depositaban los mas vetustos instrumentos de la historia , y miles de 
códices de vitela y papel de algodón escritos con delicadeza , é ilumina- 
dos con hermosos colores, revelaban los hechos mas importantes de nues- 
tro país; pero echemos un velo á recuerdos que entristecen el corazón del 
hombre sensato y buen patricio, y pasemos á formar una recapitulación 
del gusto indumentario de esta época fecunda en hechos de armas y 
galantería. 

Las principales piezas de que se componía el vestido del hombre eran 
camisas , alcandoras y almegías. Para el cuerpo adoptaron las jupas y ju- 
bones; una especie de corpinos llamados coses, porque los franceses lo 
introdujeron con el nombre de corset; sayos, sayas y sayuelos agironados, 
tronzados y gayados ; gonelas y gonas á dobles mangas , fruncidos y aco- 
pados; quizotes, cotas, trage parecido á la sotana francesa, sobre-cota, al 
símil del brial , abiertas por ambos lados; aljubas abotonadas; guarda- 
cors, cierta forma de jaqueta con botones; cotardias, túnica larga, de al- 
gún vuelo, con mangas ó sin ellas, unas sencillas y otras de dos paños, 
con ojales y botones que introdujeron de Francia con el nombre de cot- 
hardie; aucelines á manera de tabardos; ropetas ó ropillas; grimaus, otra 
especie de jaqueta; pellotes, traspellotes y pieles, á semejanza de túni- 
cas como las albas sacerdotales; sacos, vestidura de poco vuelo y hueca; 
hopas cortas y largas abotonadas por delante, las cuales guardaban alguna 
similitud con las aljubas y hopalandas , trage parecido á las gramallas con 
mangas de trompa. 

En el invierno se abrigaban con tabardos castellanos y catalanes; con 
gabanes, especie de capote manicato; con balandranes, cuyos costados 
estaban abiertos para sacar los brazos, y de los hombros colgaban mangas 
perdidas: Marina le da la etimología de barnakan, pero quizá sea com- 



Academia de la Historia. 201 

puesto de dos palabras árabes, baland y dran, que unidas significan un 
vestido ancho. A mas vestían las garnachas, gramallas, lobas y la forro- 
pea por el estilo del capotillo. 

Asimismo acostumbraban llevar mantos dobles, abotonados por *el 
frente y costados; otros llamados de fondón de cuba, hendidos lateral- 
mente; los plegados, los de pluya y lobaudos: capas duranguesas y caste- 
llanas con capilla ; capa-pieles, velamanes y capuces, este último era cer- 
rado por la delantera, con aberturas á los costados y con capilla en la 
forma que la usaron los padres cartujos. Estaban en moda las tape-rochadas 
para defenderse de la lluvia, pues en lemosin tapa-roxat equivale á lo 
mismo: las aybas, especie de capa llamada asi por los orientales; las 
clochas, redondeles y marlotas, estas últimas á modo de sayo baquero, 
esto es, inarlatah, y arreddes ó arredes, de rida, que equivale á capa, 
como ya se manifestó. 

Para las piernas vestian las bragas ó braguetas y calzas: usaban en 
sus monterías los zabones, construidos de piel de venado, y para los pies 
conocemos los zapatos encintados, zuecos, borceguíes y botas: las botinas 
era otra especie de borceguí, llamado por los franceses bottine , y de esta 
clase los estivales hechos de cuero y aforrados de piel para mayor abrigo 
en el invierno; pero la gente campesina generalmente traian abarcas y 
alcorques, género de chapia con suela de corcho que introdujeron los 
mahometanos bajo el nombre de al-kork. Por último, en la cabeza acomo- 
daban las bonetas y herretes que se tomaron de los labradores de vas- 
conia y occitania. Usaban de sombreros, especie de bonete con aletas para 
librarse del sol; de papahígos, cierta montera con un pedazo de paño, 
que bajándolo por delante cubría la cara y pescuezo menos los ojos, y las 
becas, cobertura que consistía en una rosca de paño con un ruedo que 
salía de ella, y con la cual se cubría la cabeza y el rostro, colgando el 
resto hasta el hombro; por la otra parte tenia una chía de media vara 
de ancho, que se rodeaba al cuello y servia para cubrir la cara. 

El trage de las mugeres, á mas del uso que hacían de varias prendas 
comunes á los dos sexos y de las alhajas de oro, plata, perlas y pie- 
dras preciosas con que se adornaban los brazos, garganta, cintura, pecho 
y cabeza, hallárnoslas cudelas, que pueden equipararse con las jaquetas, 
y que probablemente puede venir su etimología de hodad, que significa 
vestido viejo y aun roto: las jaquetas judaicas, briales, faldrillas, faldillas 
6 faldetas , mongiles, vestido del cual colgaban de las espaldas del jubón 

TOMO IX. 26 



202 Memorias de la Real 

unas mangas perdidas, plegadas y aforradas, que se prendían por 
los extremos á la espalda; pellicos, gonetes, especie de saya cuya 
falda no pasaba de dos varas de larga; mantellinas y mantillos mas 
cortos que los mantos, que acomodaban para cubrir la cabeza á modo 
de velo. 

Los adornos de esta estaban reducidos á tocados de impla, alhame, 
til, velo delgado, y otros géneros finos y trasparentes; á los almaizares, 
cbapeletes, gandayas, albanegas y cofias; y para el cuello gorgueras y 
coilleras, especie de camisolin plegado menudamente. También estaban 
en uso los abanicos de pluma de pavo real, y las escarcelas, garlandas 
ó garnieles para resguardo del dinero destinado á la limosna. 

No se descuidaban nuestras antiguas bellezas en tener sus tocadores 
provistos de perfumería , por cuanto los documentos coetáneos hacen 
mención del gengibre verde, mejui, polvos de Alejandría, algalia, almiz- 
cle , ámbar y pomada con que se arrebolaban la tez , limpiaban su denta- 
dura y aromatizaban sus ropas y habitaciones. 

Todas estas vestimentas se construian, según la posibilidad de cada 
fortuna , con los géneros llamados escarlatas , y paños finos conocidos en 
aquellos tiempos con los nombres de suerte, de la gran suerte, cascabel y 
del sello vayo ; blanquetas, picotes, tapete, jamete, bruneta, camelote, 
tripa, gerguilla, estameña, drapa , saya, pebret, roset, alcacer ó sayal, 
burriel , velarte, frisa y bértera : los de seda eran tafe, cendal, tiritaña, 
valenciana, sirgo , zenintano, suria , tornasol, vellut ó veluet, damasco y 
damasquin; baldoque, sarga , ricomas , especie de estofa tejida ó bordada 
con oro, tomado del árabe, recam; husteda, tejido á barras negras y ro- 
jas; satin ó ceti; cubrichete, florentin, alhame parecido á la tiritaña de 
al-jimar; zarzahán , tejido de diferentes colores y aun con oro, de zar- 
daham , y otros que nos son desconocidos. 

Los alfaya tes á cada momento variaban la forma de los vestidos para 
dar gusto A la juventud, ocupada exclusivamente en agradarse durante 
los torneos, justas, cabalgadas y demás diversiones de concurrencia ; así 
pues empleaban todo su ingenio en aforrar y perfilar sus obras con pieles 
de armiño, veros , grises , ardillas, martas, conejos, abortones, corderi- 
nas, raposos ferreros, cebellinas, fuinas, lobos marinos, nutrias y las co- 
nocidas por blancas , llanas , lomadas , lechinas y otras que venían del 
Norte y del Oriente. Recamaban, entallaban y trepaban los géneros, y 
adornaban los trages con cabetes, lazos de cinta, hebilletas, botonaduras, 



Academia de la Historia. 203 

trenas, caireles, agujetas, cordones, bandas, afollados, y íizenefas con 
oro, plata, aljófar, seda y aun de pedrería. 

El lujo y la comodidad se extendía también en las habitaciones, es- 
trados y dormitorios: los magníficos lechos y bannas; las tapicerías , al- 
catifas y reposteros; los sitiales, escaños, lucernas y candelabros; las 
vistosas y ricas vajillas de oro y plata; la esquisita mantelería de Flan- 
des, y las bien acondicionadas literas y sueras para viajar las damas, 
podian competir con la profusión del mas poderoso califa de Damasco, ó 
del mas aventajado, el Muminin de Córdoba. 

En medio de este ornato universal, la familia real , los ricos-hombres 
y ricas-hembras se distinguían por sus trages, sobre los que acomodaban 
en variedad de colores y bordaduras los emblemas de armería que here- 
daron de sus mayores, y aun en las vestiduras sagradas que destinaban 
al servicio del culto cuidaban que no careciesen de este requisito. 

En el discurso de esta Memoria hemos trazado en su lugar la forma y 
modo cómo los españoles estaban armados para defenderse y ofender en 
los combates. Anotamos también las diferentes geraiquías que componían 
sus ejércitos, y dimos una idea, aunque ligera, de que el cuerpo princi- 
pal de las huestes castellanas, navarras y aragonesas, lo formaban los 
caballeros, ya pasando del estado de donceles , ó ya de la de escuderos é 
infanzones; aquellos de la flor de la aristocracia, y estos de la de hi- 
dalgos. 

Seria demasiado prolijo especificar las ceremonias de recibirse caba- 
llero; pero con lo ya indicado en los anteriores discursos, bastará solo 
oir al cronista Ayala, que relatando la donación que hizo á don Alfonso 

Fernandez Coronel el Rey don Pedro, dice así: «En guisa que le dio la 

villa de Aguilar, é le fizo rico-ome, é le dio pendón é caldera, segund la 
manera é costumbre de Castilla: é veló don Alfonso Ferrandez en la 
iglesia de Sancta Ana de Sevilla, que es en Triana, su pendón que le da- 
ban estonce; é traia de primero don Alfonso Ferrandez por armas cinco 
águilas blancas en campo vermejo ; é de aquel en adelante trajo por 
armas una águila india en campo blanco, ca estas eran las armas de 
Aguilar.» 

Uno de los distintivos que calificaban al campeón era la cota de 
armas, el escudo y los paramentos de los caballos: en estas prendas es- 
taban pintadas las divisas que les habían conferido los reyes, y por con- 
siguiente daban un aire de importancia al personaje. 



204 Memorias de la Real 

Bajo el nombre genérico de cola conocemos en esta época , además de 
la sobre-señal ó sobre-vista , el jaque ó jaqueta , jornea , falso-peto , gálato 
y camisa. 

De la primera habla la crónica del Rey don Pedro de Castilla (1) 
cuando hace memoria del campo de batalla en Cigales por el año 1353, en 
que Pero Carrillo estaba á caballo, vestido con sobre-señales ó sobre-vistas 
vermejas, con bandas de oro; y en las conferencias de Tejadillo entre 
Toro y Morales en 1354: «Vinieron de caballo armados todos de lorigas 
con almófares é con quijotes é canilleras, é espadas é sobre-señales á su& 
armas (2).» Pero en la batalla sobre el rio Najerilla, dada á 3 de Abril 
de 1367, añade: «que los del partido del Rey don Pedro é del Príncipe 
de Gales traian por señal las sobre-señales blancas con cruces vermejas- 
por Sant Jorge ; é todos los de la partida del Rey don Enrique levaban 
en este dia bandas en las sobre-señales.» 

Del jaque se hace mérito en un dono que hizo don Carlos II de Na- 
varra al caballero Armendariz en el año 1378 para que pagase «un jupón 
á d'armar, una cota de acero, el jaque de veluet, estofas é faizon : las 
aguilletas de seda goarnidas de plata para el dito jaque: un bacinet y una 
espada de Burdeus (3).» 

La crónica del conde de Buelna (4) , explicando el combate contra los 
ingleses en Liverpool en el año 1 403 , dice : «que habia ya muchos feridos 

de las frechas; é tantos eran que los que tenían jaques ó sobre-vistas 

parescian assaeteados;» y cuando salió con el ejército que mandaba el 
Infante don Fernando para el sitio de Setenil en 1407, «endereszó sesenta 
ornes de armas, todos bien encabalgados é armados, cada uno con do& 
bestias, é todos jaques de su librea, segund que estonce se usaba nue- 
vamente (5).» 

Por este apunte se viene en conocimiento que el uso de esta cota de 
armas, con las variantes de jaque-peto, jaco, jaqueta y jaquetón, se 
introdujo á principios del reinado de don Juan II de Castilla. Su hechura 
estaba reducida á una camisa corta y moderadamente ajustada con man- 
gas no muy largas, que se ponia sobre la armadura; su etimología parece 
del árabe schaka, que significa cubrirse de armas, y de ahí el de schakika. 

La jornea venia á ser olra clase de gainbaj acolchado que no cubria 

(1) Alió IV, cap. 8." [4] Cap. 2G. 

(2) Año V, cap. 31. (5) Cap. 41. 
(3j Camur. de Couipt., eaj. 36, iiúin. 14. 



Academia de la Historia. 205 

sino por mitad del muslo, construido de lienzo, como consta de un compto 
de la casa Real de Navarra, del cual resulta que don Juan II de Aragón 
mandó comprar en 23 de Marzo de 1433 cincuenta y seis codos de tela 
de Bretaña , y catorce onzas de hilo cárdeno y blanco , con media arroba 
de lana para estofar y construir catorce jorneas (I). 

Estas cotas estaban también divisadas con brosladuras, porque en la 
crónica de don Alvaro de Luna se dice que en la batalla de Olmedo: 
«Unos ivan con arneses crudos, otros levaban jaquetas chapadas sobre 
las platas, é otros jorneas bordadas é ricas (2).» En Moncalvillo, pueblo 
de Castilla la Vieja , aun usan las mugeres una especie de ssyuelo de paño 
tosco que llaman jornea, de la cual se desnudan inclinando la cabeza y 
bajando el cuerpo para dejarla enganchada en un clavo. 

El falso-peto, si bien no se puede considerar en rigor por una verda- 
dera cota, era sin embargo un jubón acolchado en figura de coselete que 
se aforraba de paño brocado ú otro género de valor, y venia á suplir la 
falta de la verdadera armadura de punta en blanco, y aun se podia colocar 
la ligera, llamada fojas. El conde de Buelna previno en su codicilo, datado 
en Trigueros á 14 de Diciembre de 1432, que se le sepultase «vestido 
de falso-peto é puesto de arnés de piernas, é los brazales, é manoplas, é 
la espada sobre los pechos, é una caperuza de grana en la cabeza (3).» 
Y el almirante de Castilla don Fadrique se presentó el año 1 439 en las 
vistas de Renedo, cerca de Vaíladolid, sin otra armadura, «salvo el 
falso-peto que vestia , é una huca (4).» También en el paso honroso de 
Suero de Quiñones, junto al puente de Úrbigo, en el de 1434, el man- 
tenedor, «levaba vestido un falso-peto de aceituni vellud vellotado ver- 
de, brocado, con una huca brocada de aceituni vellud vellotado azul.» 

Del gálato ó galota dijimos en la cuarta época que suponíamos fuese 
una sobre-túnica corta, ó cota, y así debe entenderse el texto del paso 
honroso que hemos citado respecto al trage de los tres pages que acom- 
pañaban á Suero de Quiñones, «en muy fermosos caballos, sus falso- 
petos é gálatos azules trepados de la fermosa devisa.» 

También dieron á otra cota de armas el nombre de camisa, por pa- 
recérsele en la figura, la cual estaba abierta por ambos lados hacia 



(1) Cajón 143, núin. 16. (i) Criv. de don Juan II, cap. 5.' 

(2) Til. 53, pág. 145. citado. 

(3) Su crónica. 



206 Memorias de la Real 

abajo, desde la cadera y por delante, como cosa de una tercia, para ca- 
balgar: las mangas eran anchas y muy cortas: Suero de Quiñones la usó 
en el paso honroso, porque entró «en la liza, armado en blanco de unas 
platas sencillas, sobre las cuales metió una blanca camisa, toda bordada 
á figura de ruedas de Sancta Catalina, encima de un valiente caballo.» 
Y en la salida de Enrique IV para Córdoba, á 16 de Mayo de 1469, «y 
cerca de Porcuna llegaron ciento é cincuenta caballeros de la cibdad de 

Andujar todos vestidos de camisas blancas é cruces coloradas, é muy 

bien aderezados de caballos é armas (\).» 

Los caballeros, para entrar en batalla, colocaban encima de su trage 
usual el gambaj (2) ó el jubón de armar, sobre el que se vestían al prin- 
cipio la loriga (3) y cota de malla , llamada por los catalanes goniotí y 
gornion; pero introducida por los extranjeros la armadura de punta en 
blanco ó arnés, su complicación y peso les hizo mas tardes en los movi- 
mientos. Se componia este de varias piezas para la defensa del cuerpo: 
la de la cabeza se encuentra con las variantes de capellina, yelmo, bacinete 
con camal, barreta, helmete, capacete, capel de ferré, armerola y baúl. 
Estos cascos se cubrían por el rostro con visera, babera ó barbuda, re- 
gula ó red de malla, y variaba su estructura según el gusto de los ar- 
meros ó forjadores. 

Generalmente estaban montados por alguna figura ó símbolo que 
elegia el guerrero, tal como el caballo, león, águila, dragón y otras. Los 
navarros llamaban á las cimeras chapeletes, porque ajustando el maestro 
joyero del Rey don Carlos II el valor del trabajo que presentó al tesorero 
de la Cámara de Comptos, dice que se le abone «por apareillar et ordenar 
el chapelet de perles del chapel de fierro, é por poner é asentar las pie- 
dras de la flor de liz (4).» 

Tenían también por costumbre colocar en estos morriones un velo lla- 
mado huca, que colgaba hasta por encima de los hombros , de tela rica, y 
por lo común estaba bordado en él la insignia de la cruz. Este uso parece 
lo comunicaron los flamencos , pues en Bravanle se conocía con el nombre 
de huque. 

Para resguardo del cuello adoptaron la gorguera , gorjal, collarete de 



(1) Cron. de Miguel Lúeas, fól. 348. (3) Crónica citada. 

(2) Crón. del Rey don Pedro, año IV, ca- (4) Caj. 44, núm. 22, su data 31 de Di- 
pitulo I." ciembrede 1376. 



Academia be la Historia. 207 

malla ó batut, collar de acero, y aun el mismo almófar servia en su lugar 
si por su construcción carecía la pieza de esta defensa. 

La. que pertenecía al cuerpo llamáronla fojas, platas, pieza con faldón, 
arnés crudo, coselete, piastron, corazas, cota de malla y alpartaz. 

Del coselete nos hace una definición el inventario que se citó del 
duque don Alvaro de Zúñiga, á saber: «Un arnés guarnido con tegillos é 
cabos é febillas doradas que se llama coselete. — Dos guardabrazos del di- 
cho coselete. — Dos guardas é una manopla é escarpes é un peto dorado 
del dicho coselete. — Una escaramucina, guarnida en seda azul con ar- 
gentería.)) 

Las corazas debieron servir para armarse ligeramente á la gineta, 
por cuanto la crónica del condestable don Alvaro de Luna refiere que 
don Gonzalo Chacón vino á escaramucear armado, «de unas corazas é 
una armadura en la cabeza , é cabalgado en un caballo á la gineta , é 
tomó la espada, é una lanza é una adarga (1);» y Andrés Bernaldez, cura 
de los Palacios (2), añade que el Rey Católico «tenia vestido un jubón de 
clemesin de pelo con quísote de seda rasa amarilla , é encima un sayo de 
brocado é unas corazas de brocado vestidas , é una espada morisca é una 
toca é un sombrero: é en cuerpo en un caballo castaño muy jaezado.» 

En el mismo inventario, ya citado, aparecen «unas corazas guarnidas 
en seda rasa morada con sus faldas: unas corazas guarnidas de tercio- 
pelo azul con sus tegillos é febillas é cabos dorados: unas corazas fuer- 
tes blancas con su alpartaz : cuatro alpartaces de corazas é dos pares de 
mangas de coraza.» 

Este alpartaz, que pudo traer su origen del árabe taras, ó de su 
plural atarás, el escudo, era una cota ó saco de malla que hacia el servicio 
de la loriga, y se colocaba debajo de la armadura. 

Para los brazos hallamos las piezas denominadas , avan-brazos ó 
guarda-brazos, brazaletes, bracelotes ó brazales, guardas, sangraderas, 
cañones , lúas, guantes de escama ó manoplas. 

Otra pieza aparece con el nombre de musequíes , cuyo uso procurare- 
mos demostrar con los datos que hemos recogido. Su etimología parece 
del árabe masaka, el brazalete. Desde luego el señor Du Cange (3) supone 
era parte de la armadura dorsal , apoyándose en una cuenta del «precio 

(1) Tít. 94. (3) Glosar. 

(2) Hist. de bs Reyes Catúl, cap. 80. 



208 Memorias de la Real 

de un arnés de mallas de acero sin musaquines ni gorguera, con un par 
de canilleras.» 

El historiador mas antiguo que habla de ellos es el cronista del conde 
de Buelna en el desembarco de este personaje en la isla de Jarsey. «Allí 
podria orne ver á unos soltar las corazas é los bacinetes é desguarnecer 
brazales é musequíes.» 

La crónica castellana de Enrique IV, que se ha supuesto escrita por 
Alfonso de Palencia, añade que en el torneo que tuvo este Rey en Jaén 
el año 1 45*7 «la Reyna iba en una faca-nea ricamente guarnida é diez 
doncellas suyas asimismo en faca-neas todas muy polidamente arreadas; 
de las cuales las unas llevaban musequíes muy febridos en los brazos é 

las otras guardabrazos á demostrar las unas ser de la capitanía de los 

hombres d'armas, é las otras de la gineta.» Y en un inventario datado 
á 26 de Febrero de 1 487 de los herederos de don Francisco Meneses y 
doña Elvira de Toledo, que se conserva en el archivo de la casa del exce- 
lentísimo señor conde de Cifuentes, hallamos «unas corazas guarnidas de 
terciopelo azul con sus musequíes é sangraderas de malla.» Esto bastará 
para calificar á esta defensa por unas mangas cortas de sortijuelas de acero 
para cubrir el brazo desde los hombros hasta el codo. 

Por último, la defensa de las piernas consistía al principio en brafo- 
neras, quijotes y canilleras con guardas para las rodillas: poco después 
empezaron las grebas, especie de botas de fierro que se cerraban por un 
costado y aun por la parte posterior de la pierna , y últimamente el arnés 
completo de quijotes cerrados, grebas, guardas y zapatos herrados. 

Diferentes son los escudos que nuestros antiguos militares llevaban á 
la guerra, ya con el nombre de pavés, tablacho redondo, adarga de la 
gineta y de barrear, tarja, targon, broquel y broquelete; los unos or- 
biculares y los otros mas prolongados para cubrir la parte superior del 
cuerpo: sobre sus brisones hemos dicho en la cuarta época que estaban 
pintadas las armas del dueño, empleándose en este trabajo las drogas si- 
guientes: azul de Alemania, indi bagadel (1), minio ó bermellón, orpi- 
ment (2), ocre, blanquet, grana, cardenillo; bol-armelit (3), aguajate (4), 
goma , cola , aceite de linaza , yeso pasado por tamiz , panes de oro y plata 
y pinceles de cañón de buitre. 

[\] Añil. que se usaba para dorar sobre madera. 

(2) Arsénico amarillo. (4) Amoniaco, especie de goma. 

(3) Bol arménico, especie de tierra roja 



Academia de la Historia. 209 

Las armas ofensivas de la caballería pesada , llamada ornes d'armas, 
eran la broncha, esto es de ppoyyií, que significa en griego la garganta; 
la daga d'armas (I), estoque, capa-gorja ó papa-gorja (2), espada, vasa- 
lar y vasalardon (3), terciado, cañivete (4) , maza, porra, plomada, man- 
go encadenado , hacha, seguron y lanzon ; y para la ligera, alfanje, fagú (5), 
gumia , lanza, azagaya y gorguz. 

A los caballos de la primera clase acomodaban las lorigas ó los arma- 
ban de un arnés propio para su estructura y los cubrían con los paramen- 
tos, y sobre sus testeras ó helmetes, y en las cimeras de los ginetes, flota- 
ban lucidos airones y penachos de vistosas plumas. 

La infantería generalmente estaba provista de partesanas , porqueras, 
bisanuas, glaves, romanólas, dalles ó days, manayres ó manesgas, raja- 
solas, fabudas y daragones que todas eran variedades de lanzas enhasta- 
das, y otros con ballestas de estribera, de nuez y de cinto, armados de 
goldres, carcajes, aljabas, hondas, cerbatanas, culebrinas y espingardas. 

Toda esta gente colecticia se dividía en decenas y los que cuidaban de 
su disciplina se llamaban jurados y decenarios: se ejercitaban durante los 
acantonamientos en las maniobras y en el manejo de las armas, y se es- 
tablecían premios para los mas adelantados. Don Miguel Lucas, condesta- 
ble de Castilla, organizó en Jaén una división de seiscientos caballos y dos 
mil infantes para la sorpresa de Montefrio en el año 1463; y á los gefes 
«mandó dar una librea de su cámara de capuces cortos pequeños, de muy 
fino paño azul é amarillo á meytades, con flocaduras de aquellos colores, 
é caperuzas de aquella manera.» 

A lo manifestado en todos estos apuntes, bastará copiar la pintura que 
bace la Crónica de Don Alvaro de Luna del lujo de los escuadrones que 
se hallaban formados en la batalla de Olmedo , dada contra el ejército na- 
varro, y la ordenanza publicada en las Cortes de Segovia en el año i 390 
de orden de Juan I. 

Dice así la primera: «Tanto que apenas se fallaría en toda la hueste 
del condestable quien levasse el caballo sin cubiertas é los cuellos de los 

caballos cubiertos de malla de acero ca unos levaban diversas devisas 

pintadas en las cubiertas de los caballos, é otros joyas de sus amigas por 



(1) Camar. de Compt., cap. 76, núm. 37. (3) Camar. de Compt. , cap. 76, núm. 37. 

(2) Saez, Moned. de Enrique IV , ap. de es- (i) Saez, cit. 
cril. , pág. 528. (5) ídem. 

TOMO ix. 27 



210 Memorias de la Real 

veletadas sobre las celadas. E otros ivan ende que levaban cencerras de 
oro é de plata con gruesas cadenas á los cuellos de los caballos. E algunos 
había ende que levaban bullones sembrados (1) de perlas é de piedras de 
mucha valía por cercos de las celadas. E otros habia que levaban tarjas 
pequeñas muy ricamente guarnidas con estrañas figuras é invenciones. E 
non era poca la diversidad que levaban en las cimeras sobre las celadas 
é los almetes; ca unos levaban timbles de bestias salvages, é otros pena- 
chos de diversos colores, é otros habia que levaban algunas plumas assi 
por cimeras de sus celadas como de las testeras de sus caballos. Nin fa- 
llescieron allí gentes que sacaron plumages como alas que se tendian con- 
tra las espaldas: é unos ivan con arneses crudos , otros levaban jaquetas 
chapadas sobre las platas é otros jorneas bordadas é ricas (2).» 

El ordenamiento citado previene que «Todos los ornes que hobieren 
cuantía de veinte mil maravedís, et dende arriba, que sean tenudos de te- 
ner cada uno armas cumplidas en que hayan cotas é fojas, et pieza con 
su faldón, et con cada uno de estos, quijotes é canilleras é avanbrazos, et 
fuyas, et bacinete con su camal, é capellina con su gorguera ó yelmo; é 

glave é estoque et facha, et daga Todos los que hobieren cuantía de 

tres mil maravedís et dende arriba , que teDga cada uno la lanza é dardo 
et escudo, et fojas, et cota, et bacinete de fierro sin camal é capellina; et 
espada , et estoque ó cuchillo complido. Los que tobieren cuantía de dos 
mil maravedís et dende arriba fasta en cuantía de tres mil maravedís, que 
tenga una lanza et espada ó estoque ó cuchillo complido ó bacinete ó ca- 
pellina et escudo: et todos los que hobieren cuantía de seiscientos mara- 
vedís é dende arriba fasta en cuantía de dos mil maravedís , que tenga 
cada uno ballesta de nuez et de estribera con cuerda ó con avan-cuerda, 
et cinto é un carcage(3), con tres docenas de viratones. Et todos los ornes 
que hobieren cuantía de cuatrocientos maravedís, et dende arriba fasta 
seiscientos maravedís, que tenga cada uno lanza é un dardo et escudo. Et 
todos los ornes que hobieren cuantía de cuatrocientos maravedís, sean te- 
nudos cada uno d'ellos de tener una lanza et un dardo. Et los ornes que 
non hobieren cuantía de doscientos maravedís aunque non hayan al , si 

(1) Del griego poXkoa, llenar, obstruir. para el gorjal ó para la malla del almete.» 

En un mandamiento del maestre de San- (2) Tít. 53. 

tiago, conde de Ledesma, del año l46i, pre- (3) En el ordenamiento de las Cortes de 

viene á Juan de Badajoz, su criado, «pague Guadalajara por el mismo Rey, dice «goldre 

lo que pesaron los bullones que se ficieron en lugar de carcaje.» 



Academia de la Historia. 21 1 

non los cuerpos, sean tenudos de tener lanza, et dardo, et foja, si fueren 
sanos de sus miembros. Et esto que lo fagan é cumplan assi desde que 
este nuestro ordenamiento fuese publicado en las cibdades et villas donde 
han iglesias cathedrales fasta seis semanas (1). 

Nunca fué nuestro propósito escribir en este lugar un verdadero tra- 
tado histórico de artillería , pero sí comunicar al público algunas noticias 
curiosas sobre las armas de fuego que ya fueron comunes desde el si- 
glo XIV, y sirvieron á los ejércitos cristianos para la reconquista de su país, 
usurpado por los moros. 

Al presentar en la cuarta época un epítome de la introducción de la 
pólvora en España, tuvimos en cuenta no creernos superiores á tantos eru- 
ditos compatricios que, mas ó menos felices, nos han ilustrado sobre el uso 
de la artillería; pero como entre los monumentos que hemos recogido se 
dejan ver algunas máquinas que representan las piezas de batir, nos ha 
parecido conveniente prevenir alguna explicación á fin de que se descu- 
bra el objeto del artista que las dibujó. 

Los historiadores mas antiguos que hacen mérito de estas máquinas 
les dan el nombre de trueno, porque con efecto el estampido que produce 
la inflamación de la pólvora se asemeja á su detonación. Poco después se 
denominaron lombardas ó bombardas, que según Govarrubias (2) y el pa- 
dre Mariana (3) , las primeras vinieron de Lombardía. 

La crónica de don Alonso XI hace una descripción curiosa de la ar- 
tillería que los árabes tenian en Algeciras cuando se la puso cerco en el 
año 134-2, porque «los moros de la cibdat lanzaban muchos truenos con- 
tra la hueste, en que lanzaban pellas de fierro muy grandes, et lanzában- 
las tan lejos de la cibdat que pasaban allende déla hueste algunas d'ellas, 
et algunas ferian en la hueste: et otrosí lanzaban con los truenos sae- 
tas muy grandes et muy gruesas : asi que hubo hi saeta que era tan 
grande que un orne habia mucho que facer en la alzar de tierra (4). Et 
muchas... pellas de fierro que les lanzaban con truenos de que los ornes 
habian muy granel espanto , ca en cualquier miembro del orne que 
diese, levábalo cercen como si ge lo cortasen con cochiello: et cuanto 
quiera poco que orne fuese ferido d'ella luego era muerto, et non habia 



(1) Abella, Colee, clip., t. 19. (3) Hist. de Esp., lib. 19, cap. 11 

(2) Edic. de 1674, fol. 94. (4) Cap. 273. 



212 Memorias de la Real 

cerurgia nenguna que le podiese aprovechar: lo uno porque venia ardiendo 
como fuego; et lo otro porque los polvos con que la lanzaban eran de tal 
natura, que cualquier llaga que ficiera, luego era el orne muerto; et ve- 
nia tan recia que pasaba un orne con todas sus armas (1). Et con esto era 
el ruido muy grande, señaladamente con los truenos (2).» 

En el combate marítimo ocurrido frente de Barcelona en 9 de Junio 
de 1 359 entre las naves castellanas y aragonesas, que trae la crónica del 
Rey don Pedro de Aragón, dice que «la nostra ñau dispara una bombarda 
é feri en los castells de la dita ñau de Castella é desguastá los castells, é 
hi ocis un hom. E á pres poch, ab la dita bombarda faeren altra tret, é feri 
en lo l'arbre de la ñau castellana enlevá una gran esquerda é hi desguastá 
alguna gent.» 

No solo en Aragón se sirvieron de la artillería á bordo, sino que en 
Castilla el conde de Buelna, en la expedición á la costa de África, llevaba 
en sus galeras truenos que tiraban piedras y viratones aderezados con 
alquitrán para incendiar las velas (3). 

Entre los pedidos que hizo á las Cortes de Toledo don Enrique III 
para la guerra de Granada, se encuentran «seis gruesas lombardas é otros 
cient tiros de pólvora no tan grandes (4),» y para el sitio de Setenil, 
en 1401, se dispuso un tren de la «lombarda grande con su curueña é las 
carretas é bueyes que l'ha de llevar, é hombres que han de ser doscien- 
tos. La lombarda de Gijon con su curueña é de las carretas é bueyes que 
la han de llevar, que son menester ciento é cincuenta. La lombarda de la 
Banda con su curueña: dos lombardas de fuslera con sus curueñas; para 
cada una cient hombres, y ademas tacos de madera, pólvora, piedras de 
lombardas y truenos; diez y seis truenos con sus carretas y bueyes y cin- 
cuenta hombres (5).» 

Para la retirada de este sitio, continúa la crónica del conde de Buelna, 
que «habían de pasar por Ronda la nueva entre Montecorto y Ronda la 
vieja, é luego que partieron del real, cayóseles en el campóla grand 
lombarda que habían de tirar d'ella veinte pares de bueyes: ó otra lom- 
barda pequeña que podrian tirar un par de bueyes é luego en este 

punto comenzaron á adobar el carro é las otras cosas que eran menes- 



(1) Cap. 292. (4) Gron. de don Juan II, cap. 10, año 

(2) Cap. 334. 1407. 

(3) Cron. de don Pedro Niño , cap. 14 y 18. (S) Crcm. de don Juan II, cap. 3, año 1407. 



ACADBMIA DE LA HISTORIA. 213 

ter mas en fin tomaron la pequeña lombarda que la pudieron levar 

treinta ornes de pié que dieron los escudos á otros é cortaron varas é ra- 
mos de arboles con que la ataron Allí quedaron el condestable con los 

que con él vinieron , endereszando é cargando la grand lombarda que se 
tardaron mas de cuatro boras, é andaban tan poca tierra porque era muy 
fragosa , é cayó la lombarda tres ó cuatro veces; cada vez iba rodando, 
é los bueyes con ella ('I) » 

Antes de terminar este opúsculo copiaremos tres cuentas de los gas- 
tos que importaron las piezas de artillería destinadas para la defensa del 
castillo de Caparroso en Navarra en el año '1318 y 1319. La déla expedi- 
ción á Córcega en el ele 1419 por orden del Rey de Aragón, y la del Rey 
don Fernando el Católico al reino de Ñapóles en 1 506. 

En la primera se lee: «Por conducir un gran cainon al castillo de 
Caparroso para su defensa é para el pago de la construcción de la 

fusta; barras de fierro — Por un cainon echant trece libras de 

piedra — Por la fusta del dito cainon. — Por planchas, cabillas et 

ligament de la fusta. — Por otro cainon chico, echant siete libras de 
piedra. — Por las planchas, clavillas et otras ferramientas para el dito 
cainon (2). 

En la segunda se dice: «Diez y seis quintales de cobre de mena nueva 
que subministró para facer bombardas; cinco quintales y cuatro libras de 
estaño; veinte y tres libras de hilo de alambre para atar los moldes de 
bombardas; un hilo de peso de hierro para el mismo servicio; dos coxols 
para coxolar moldes de bombardas; seis taladros de acero para taladrar 
el disparador de las bombardas; quinientas tachuelas para los moldes; 
dos tornos de hierro con guarnición de madera y cuerdas de tripa; un 
cazo de fierro; dos brochas de hierro para disparar bombardas; tres 
tinas en que fué metido el sobredicho cobre ; un par de fuelles grandes; 
dos carros , cada uno con dos pares de ruedas con sus cuatro eges de 
hierro para llevar las bombardas gruesas de metal; ocho carretas de dos 
ruedas guarnecidas de calces de hierro; cuarenta y cuatro pernos de hierro 
para dichos carros y carretas.» Y la tercera: «Por una bombarda gruesa 
de hierro, toda de una pieza, que pesaba cuarenta y tres quintales, con 
su cepo y afuste; doce bombardas cerbatanas con sus cepos, horquillas y 



[\] Cap. 42. 

(2) Camar. de Corapt. caj. 36, núm. 15-; caj. 39, núin. 25. 



214 Memorias de la Real 

calces; doce pasavolantes con sus cepos, horquillas y calces; diez piedras 
para las lombardas gruesas ; sesenta y seis pares de piedras para dos cer- 
batanas y pasavolantes (1).» 

A mas de estas enormes piezas habia otros tiros ó truenos de menor 
calibre, llamados medias lombardas, cuartagos ó cortaos, serpentinas, ri- 
badoquines, cerbatanas, pasavolantes, búzanos, lasdones , culebrinas, ga- 
ribates, falconetes y sacres, que los cronistas nos han dejado mas ó me- 
nos descritas en sus Memorias. 

Réstanos solo descubrir el origen de las armas de fuego manuables de 
este tiempo, que según los historiadores castellanos se introdujeron para 
el servicio de la guerra: hablamos de la espingarda, que puede conside- 
rarse como el ensayo del mosquete y de nuestro actual fusil. 

Alfonso de Palencia (2) habla de ella y de la cerbatana cuando en 
Toledo se sublevaron contra los conversos en el mes de Julio de 1 46*7 , y 
asegura que eran armas recientemente descubiertas, y que por esto eran 
también nuevos los nombres. Con efecto , desde el año \ 449 empiezan á 
citarse, porque en el sitio de Toledo (3) á don Alvaro de Luna «no le 
pudieron retraer del peligroso combate en que estaba, las piedras de las 
lombardas, non las de los truenos, non las de las muchas saetas, non 
los muchos tiros de espingardas que en grand número le lanzaban en la 
cibdad;» y cuando se trató de su prisión en el de 1453, «luego salió un 
hombre en camisa, é puso fuego á una espingarda, é tiró por cima de 
las cabezas de don Alvaro é de Iñigo d'Estúñiga... é firió á un escu- 
dero (4).» Por último, estando en Jaén el condestable don Miguel Lúeas, 
-cuenta su crónica «que venia... con fasta treinta antorchas delante, édiez 
ó doce espingarderos en torno tirando.» 

Aquí pretendemos dar fin á las Memorias para el trage español: si no 
hemos sido felices en su redacción, no debe atribuirse á la falta de bue- 
nos deseos. Es preciso considerar que la materia es de por sí árida, y en 
que cabe poco lucimiento de parte del escritor. Solo puede compensar su 
monotonía el material recopilado á fuerza de tiempo y constancia, como ya 
dijimos. Una pluma mejor cortada que la nuestra sabrá despojar del cuer- 



(1) Abella, Colee, diplom. de Esp., Mss., (3) Crún. de don Alvaro de Luna, tít. 82. 
tom. 23, Ordenanza de. las armad, ñau. de la (4) Crún. de don Juan II, año 1453, ca- 
corona de Arag. por don Pedro IV. pítulo l.° 

(2) Décadas latinas, cap. 6, lib. 9. 



Academia de la Historia. 215 

po del escrito todo aquello que disuene de las reglas de la buena lógica, 
y dar á la locución la belleza de que carece nuestro trabajo. Somos sin 
embargo acreedores á la consideración pública por la salvación de mu- 
chas preciosidades que, trasladadas en los apéndices de documentos, son 
ya únicas, porque la revolución ha destruido los originales. 



ÍNDICE. 



Páginas. 

Primera época 1 

Segunda época 4 7 

Tercera época • 33 

Cuarta época 79 

Quinta época 4 49 

Sexta época '63 



EXAMEN CRÍTICO 



DE LA 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA 



EN EL SIGLO VIII 



ELEXCMO.SR.D.JOSÉCAVEDA, 



INDIVIDUO DE NÚMERO DE LA REAL ACADEMIA DÉLA HISTORIA, 



ADVERTENCIA. 



Uno de los sucesos más gloriosos de la historia de España , así por sus 
especiales circunstancias como por los grandes resultados que produjo, es 
sin duda la restauración de la monarquía de los godos en las montañas de 
Covadonga, pocos años después de la funesta jornada del Guadalete. Nada 
más heroico y nacional, que ofrezca tan sublimes ejemplos de valor y 
patriotismo, y donde el espíritu religioso, el amor á la independencia, el 
profundo respeto al altar y al trono, y la abnegación y la energía para 
defenderlos se hayan llevado tan lejos y causen sobre el ánimo una impre- 
sión más profunda. Por desgracia, los esforzados varones que, alcanzando 
esta época memorable, la inmortalizaron con sus altos merecimientos, 
menos ilustrados que animosos y valientes, y primero dispuestos á las 
grandes empresas que á fundar en ellas un título de gloria, fueron héroes 
sin curarse de confiarlas á la historia. 

De aquí la falta de pormenores, la oscuridad, las diversas apreciacio- 
nes, los encontrados pareceres de los que de intento ó por incidencia se 
propusieron ilustrar más tarde los orígenes y primeros reinados de la mo- 
narquía asturiana, y distinguir en ellos el error de la verdad. Esta empresa 
es hoy tanto más difícil y enojosa, cuanto que la grandeza misma del objeto, 
hablando á la imaginación y excitando el entusiasmo, produjo creencias y 



4 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

tradiciones, ora acogidas sin examen, ora trasformadas en una especie de 
dogma por los pueblos mismos, de suyo crédulos y siempre amigos de lo 
maravilloso. Así es como la poesía y la historia, la fábula y la verdad se 
adunan en la infancia de las sociedades para mecer su cuna entre ilusiones 
y realidades, confundiendo los arranques de la inspiración con los resulta- 
dos de la crítica, y el entusiasmo que delira con el razonamiento que inves- 
tiga y analiza. 

¿Qué hay de cierto y bien averiguado en el alzamiento de Pelayo al 
amparo de los riscos de Covadonga? ¿Qué de verosímil? ¿Qué de fabuloso? 
Hé aquí el objeto de nuestras investigaciones. Sin desconocer toda la im- 
portancia de tan ardua tarea, la emprendemos con más celo que confian- 
za en las propias fuerzas. Porque difícil, si no imposible la originalidad, 
cuando tantos nos precedieron en el mismo propósito, escasos en demasía 
los datos históricos, y perdida hasta la esperanza de añadir otros nuevos á 
los ya conocidos, vano seria el empeño de llegar con las conjeturas á donde 
no alcanzan las pruebas deducidas de las memorias más antiguas y respe- 
tables. Hay, sin embargo, un trabajo útil que puede emprenderse todavía, 
á pesar de todos los obtenidos hasta ahora sobre la misma materia. Reunir 
y metodizar, verde nuevo en qué difieren ó coinciden las opiniones emiti- 
das, compararlas, examinar los documentos y las pruebas en que se apoyan, 
sustituir la crítica á la credulidad y el raciocinio á los vagos asertos, formar al 
fin un conjunto bien ordenado de los materiales esparcidos y como dispersos 
en muchos volúmenes, de pocos consultados, será esclarecer una historia 
cubierta todavía de sombras, sucediendo el orden á la confusión y el halago 
al hastío. Que después de tantas polémicas empeñadas, de la luz esparcida 
por las memorias y disertaciones del siglo xvín y de los esfuerzos de la 
crítica, hay con todo eso graves discordancias en las apreciaciones, inse- 
guridad en algunos hechos importantes, discrepancia en la cronología, 
vacilación en los juicios , dudas que el análisis no alcanzó á disipar de una 
manera satisfactoria, faltando al fin un todo convenientemente regularizado, 
donde á la par de los sucesos aparezcan los comprobantes de su certeza. 

Hoy se hallan estos esparcidos en breves cronicones y diseminados en 
difusas memorias, cuya naturaleza misma no permite modificar la aridez 
de las investigaciones y conciliarias con la soltura y atractivo de la narra- 
ción histórica, perdida la enseñanxa entre los textos y las citas, y penoso y 
áspero el camino para llegar á la verdad. 

Al huir de estos inconvenientes y poner á provecho los importantes 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 5 

trabajos de los que nos precedieron en la misma carrera, no añadiremos 
una historia más á las que en diversos tiempos se escribieron sobre los 
primeros -reinados de la monarquía asturiana y sus oscuros principios, sino 
que procurando ilustrarlos, investigaremos su cronología, los lugares donde 
tuvo origen la restauración , los personajes que en ella figuraron , y cuanto 
hay de cierto, de verosímil ó de fabuloso en los memorables sucesos que 
tanto la engrandecen, llevando el examen hasta donde pueden permitirlo 
la escasez de los documentos origínales, el silencio de los escritores del 
siglo vm, la contraposición de los cronicones de tiempos posteriores y la 
falta de armonía en los diversos juicios, que produjo su examen desde que 
la critica acertó á restaurar los textos alterados, ó por la malicia y la igno- 
rancia de los hombres, ó por los estragos de los siglos. Con igual empeño 
hemos procurado examinar los escritos de los árabes, que directa ó indirec- 
tamente se refieren á las primeras empresas de los cristianos para restau- 
rar la monarquía visigoda. Poco conocidos y más de una vez desdeñados 
por los eruditos del siglo xvm, vino al fin Casiri con su Biblioteca arábico- 
hispana á poner de manifiesto las luces que derraman sobre la historia 
nacional, y desde entonces Conde, primero, y después con mayor acierto y 
estudio Viardot, Dozy, Circourt, Gayangos y otros acreditados orientalistas 
los hicieron objeto de muy luminosas ilustraciones que hemos procurado 
utilizar, no sin luchar con graves dificultades. Porque desde luego se toca la 
contraposición que á menudo existe entre las narraciones de los escritores 
árabes y la de los cronistas cristianos, relativas á unos mismos sucesos, 
siendo imposible muchas veces conciliarias y rastrear la verdad al través de 
sus disidencias. De aquí la necesidad de tener en cuenta el espíritu y los 
intereses opuestos de una y otra raza ; de apreciar las circunstancias que 
pudieron influir en sus diversos juicios; de juzgarlas con relación á los 
tiempos, los personajes y los hechos ya bien averiguados; de suplir en fin 
con la pomposa manifestación y los exagerados asertos de los unos , el 
silencio ó las breves é incompletas indicaciones de los otros. 

No de otra manera seria dable esclarecer muchos puntos dudosos ; de- 
mostrar la falsedad ó la exageración de algunos hechos desde muy antiguo 
admitidos sin examen; corroborar la certeza de los que una crítica harto 
severa desconfiaba, admitiéndolos sólo como sospechosos, y proceder con 
método en unas investigaciones de suyo penosas y difíciles , donde la refu- 
tación y la contraversia van acompañadas de embarazosas digresiones, de 
pruebas complicadas, y textos y citas que, si son indispensables para escla- 



6 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

recer la verdad, hacen la exposición de los acontecimientos enojosa y lenta, 
despojándola de la espontaneidad y galanura que tanto cautivan el ánimo 
en las narraciones históricas. Con el temor de que la naturaleza misma del 
trabajo que emprendemos, nos impida evitar estos escollos, á las reflexiones 
por otros aducidas, añadiremos las nuestras; y conservando la unidad del 
objeto, si no la forma de la historia, no tanto nos propondremos trazar un 
cuadro acabado, como reunir y clasificar los materiales con que pueda 
formarle una mano más ejercitada que la nuestra. 



I. 



LA CRONOLOGÍA. 



Pocos puntos históricos fueron para nuestros críticos objeto de tan 
empeñada controversia como la cronología de los cronicones sucesivamente 
escritos desde el siglo ix. Admitida largos años sin contradicción de ningún 
género, encontró un apoyo en la más constante tradición y la aquiescencia 
unánime de todos los historiadores. Ajustábase á la serie de los hechos y 
respondía cumplidamente á los cómputos de muy antiguo estimados por 
exactos. Habíanla seguido Florian y Morales, Garibay y Mariana, Zurita y 
Salazar, Yepes y Berganza, y nunca la duda viniera á poner en tela de jui- 
cio su exactitud, aun después que una crítica severa y el espíritu de inves- 
tigación y de examen penetraron en la historia, para despojarla de los fal- 
sos arreos con que la ignorancia ó la impostura la alteraron, creyendo por 
ventura engalanarla y prestarle nuevos realces. 

Pero otras ideas, otra escuela, una investigación más presuntuosa y 
liviana que modesta y atinada, el espíritu de novedad y la incertidumbre 
alimentada por las fábulas groseras de los falsos cronicones torpemente 
urdidas, hicieron en mal hora sospechosa hasta la misma verdad y se pre- 
sentó por vez primera como un error deplorable la época cierta del adve- 
nimiento al trono del primer rey de la monarquía restaurada. Que no 
eran ya por desgracia valederos y de buena ley los asertos de un anónimo 
del siglo ix, ni en mucho se estimaban tampoco los del prelado de Sala- 



8 MEMORIAS Í)E LA REAL ACADEMIA DÉ LA HISTORIA. 

manca, que quizás escribia en nombre de su monarca Alonso III (1). Así fué 
como las vanas conjeturas en un principio y después el atractivo y la se- 
ducción de la originalidad siempre peligrosa en las investigaciones históri- 
cas , si el simple raciocinio no ha de buscar su apoyo en las tradiciones le- 
gítimas y los documentos contemporáneos, produjeron un nuevo sistema 
cronológico para los primeros reyes de Asturias, de todo punto diferente 
del antiguo y no en sólidos fundamentos asentado: empresa temeraria y 
fecunda en muy graves errores; sugestión del amor propio, en mal hora 
empeñado, que tendía primero á satisfacer el ingenio con engañosas apa- 
riencias y vanas alegaciones que á demostrar la evidencia de los hechos 
con las pruebas históricas, deducidas de los documentos originales y de una 
autenticidad reconocida. 

Pellicer, tan arrojado escrutador de los fundamentos de la historia 
nacional, como poco escrupuloso á trueque de darle novedad, fué el pri- 
mero que, desviándose de la cronología recibida y suponiéndola desviada 
de la verdad histórica, estableció las bases de otra nueva, desde su mismo 
origen sospechosa ya por peregrina y atrevida (2). Admitióla sin repugnan- 
cia Mondéjar (3), y con más confianza todavía la siguió después D. Vicente 
Noguera (4). Pero á Masdeu estaba reservado robustecer y llevar mas lejos 
las indicaciones de estos escritores, reducirlas á sistema, y combatir de 
frente las de los antiguos cronicones, encaminadas á fijar los años de los 
primeros reinados de la monarquía asturiana. Por demás independiente y 
escéptico , innovador atrevido y harto apegado á las opiniones peregrinas y 
extrañas, este fecundo y laborioso escritor, de muy vasta doctrina y eru- 
dito como pocos de sus contemporáneos, al desterrar de la historia algunas 
fábulas, con ellas proscribió también verdades reconocidas y hechos que la 

(1) Es objeto de controversia entre núes- Obispo de Salamanca como el verdadero au- 

tros críticos si el cronicón á que nos referimos tor del cronicón , nosotros le citaremos siem- 

es obra de Sebastian , Obispo de Salamanca, pre con su nombre , aunque , á decir verdad, 

ó bien de D. Alonso III. Atribuyéronle al no encontramos muy concluyentes las razones 

primero el Obispo de Oviedo D. Pelayo, Fio- que se alegan para negar á D. Alonso III el 

rian de Ocampo , Morales y Sandoval , á título de autor. 

cuya opinión se adhirió después el P. Maes- (2) Anales de la Historia de España. 

tro lusco , sosteniéndola con empeño. Reco- (3) Advertencia xxxm al lib. vn , cap. i 

nocieron por su autor al segundo , Mariana, de la Historia de España del P. Mariana. 

Pellicer , Mondéjar, Ferreras, Pérez Bayer, (4) Ensayo Cronológico , t, m de la His- 

y últimamente Ortiz y Sanz. Unos y otros toria general de España del P. Mariana, 

aducen razones de bastante peso en favor de edición de Valencia. 
su opinión. Admitido hoy generalmente el 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. {) 

tradición y los documentos auténticos no permitían poner en duda. Era 
esta la tendencia de la escuela, á que pertenecía. La autoridad para muchos 
escritores del siglo xvm valia poco, cuando el espíritu de sistema, juzgando 
de los tiempos pasados por los que ellos alcanzaban, no encontraba ajus- 
tadas á sus teorías las creencias generalmente recibidas. Entonces una 
incredulidad arrogante y presuntuosa, una independencia de miras y de 
ideas que, por equivocación se llamaba filosofía, convertían en pruebas 
irrecusables las sugestiones del amor propio, tanto más empeñado cuanto 
menos combatido. 

No diremos que fuesen estos los móviles de Masdeu, al alterar la cro- 
nología de los primeros reyes de Asturias ( 1 ) : recto é imparcial , no acogía á, 
sabiendas el error; pero es cierto que con la mejor buena fe, fascinado por 
el atractivo de la novedad, lejos de esclarecer los cómputos del tiempo, de- 
terminados por los cronicones, los alteró notablemente, desviándose de la 
verdad cuando presumía haberla descubierto. Sebastian, Obispo de Sala- 
manca, y el autor todavía desconocido del Cronicón Albeldense (2) en 
perfecto acuerdo, fijaron el alzamiento y proclamación de Pelayo en el 
año 718. Masdeu, al contrario, conforme con Pellicer y Mondéjar, retrasó 
estos memorables acontecimientos treinta y seis años, dando por asentado 
que acaecieron en el de 754. Un argumento negativo, un nombre equivo- 
cadamente comprendido en el Cronicón de Albelda, el valor sin fundamento 
concedido á una inscripción harto sospechosa, hé aquí las principales 
pruebas de esta notable alteración, presentada como resultado de una crí- 
tica irrecusable, para rectificar lo que se llamaba el error de diez siglos. 
Primero el P. Eisco (3), más tarde el deán D. José Ortiz y Sanz (4), y 
últimamente D. Ángel Casimiro Govantes, individuo de número de la Eeal 
Academia de la Historia, pusieron de manifiesto la insubsistencia de las 

(1) Historia crítica de España, t. xv, opinión se halla hoy victoriosamente refuta- 
Ilustracion vi, pág. 78 y siguientes. da. Últimamente ha demostrado el académico 

(2) Esta obra, de autor desconocido, lleva Señor Amador de los Rios, en el t. n, parte 
el nombre que la distingue, por haberse 1. a , cap. xm, pág. 144, de su Historia Orí- 
encontrado en el monasterio de Albelda. tica de la Literatura Española, que no pudo 
Aduciendo otros una razón idéntica, distin- ser el autor del cronicón un monge del mo- 
guen con el dictado de Emilianense el mismo nasterio de Albelda, como generalmente se 
cronicón, refiriéndose al ejemplar procedente ha creído hasta ahora. 

del monasterio de San Millan. Pellicer, que (3) España Sagrada, t. xxxvn, pág. 70 y 

lo publicó el primero, valiéndose de un ma- siguientes. 

nuscrito incompleto, lo atribuye equivocada- (4) Compendio Cronológico de la Historia 

mente á Dulcidio, presbítero de Toledo, cuya de España, t m, cap. n. 

tomo ix. 2 : 



10 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

razones con que Pellicer, Noguera y Masdeu se propusieron apoyar su 
nuevo sistema cronológico á despecho de las más arraigadas creencias y 
de los más respetables testimonios. 

Al seguir ahora en sus investigaciones á los ilustrados y acordes im- 
pugnadores de estos tres eruditos del siglo xvm, haremos sólo las pura- 
mente necesarias para mantener la integridad y certeza de la antigua cro- 
nología en mal hora combatida, y que con tanta razón, bien examinados 
ya sus fundamentos, adoptaron unánimes Dunhan, el compilador dePa- 
quis, Eomey, Rosseuw de Saint-Hilaire, Lafuente, Cavanilles y Gebhart. 

El silencio guardado por Isidoro Pacense sobre los triunfos de Cova- 
donga y la proclamación de Pelayo, es la primera razón alegada por Nogue- 
ra y admitida por Masdeu en favor de su sistema. Se trata, pues, de un 
argumento negativo que, sólo por serlo, pierde una gran parte de su fuerza. 
Pero si alguna se le concediese, ¿quién no echa de ver que, por probar de- 
masiado, nada prueba? Cuando se le diese algún valor, vendríamos á dedu- 
cir que Pelayo no existia en 718; que Munuza tampoco ocupaba á Gijon; 
que toda España obedecía á los árabes, sin resistencia de ninguna clase (1); 
que su imperio se hallaba establecido desde las columnas de Hércules hasta 
el Pirineo; que en las dilatadas ramificaciones de esta cordillera, derrama- 
das por la parte del Norte, ni un solo pueblo cristiano disfrutaba de su li- 
bertad é independencia; y estas premisas que están en abierta oposición con 
la historia, carecen de todo apoyo. Pero hay más: el silencio del Pacense, 
en un epítome bien reducido, pierde todo su valor en la cuestión que nos 
ocupa, cuando se considera que su autor asegura haber escrito otras obras, 
citando particularmente la que tituló Epitome temporum, y en la cual, tra- 
tando sobre todo de las guerras de España, parece natural que no olvidara 
los memorables sucesos de Asturias (2) . Como si quisiese excusar la breve- 

(1) Tal era la opinión del Sr. Marca en interior del país y toda la zona del Mediodía 

su Historia de Bearne, fundándose en el y de la parte oriental, libres estuvieron siem- 

texto expreso de Isidoro Pacense, el cual ase- pre del yugo agareno, así como otras regio- 

gura que todas las provincias de España pa- nes montuosas del Septentrión de España, 

gabán tributo á los árabes; pero esta aserción, donde desde bien temprano se organizó la re- 

barto vaga y absoluta, ya que pueda tener sistencia. 

una lata aplicación, hablando de la Penín- (2) Quisquís vero hujus rei gesta cupiat 

sula en términos generales , como observa scire, singula in Epitome temporum legat, 

muy oportunamente Risco, respecto de As- quam dudum collegimus, inquá cuneta repe- 

túrias se halla desmentida por los hechos. riet enodata; ubi et praelia Maurorum et 

Porque si los conquistadores al mando de Hispaniae bella eo tempore imminentia rele- 

Munuza ocupaban á Gijon sobre la costa, el get annotata (Cron. de Isidoro Pacense). 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 11 

dad del cronicón á que Masdeu se refiere, dice también en otra parte lo 
siguiente: Sed quia nequáquam ea ignorat omnis Híspanla, ideo illa minimé re- 
censori tam trágica bella ita decrevit historia; quia jam in alia Epitome, qualiter 
cuneta extiterunt gesta , patenter et paginaliter manet, nostro stilo conscripta. En 
vista de esta declaración, no comprendemos qué importancia puede darse al 
silencio del Pacense, para fundar en él un argumento contra la cronología de 
los cronicones admitida hoy por nuestros historiadores. Y no acudiremos aquí 
á la incorrección, y las lagunas, y el desquiciamiento que muchos críticos 
advirtieron en la única obra que nos resta de este escritor, y que sin duda 
llegó hasta nosotros incompleta y corrompida. De poco valer la considera- 
ron, entre otros, Vaseo y Resende, Mariana yBerganza, y hartas enmien- 
das recibió del P. M. Florez, para que su texto haya de preferirse por lo 
que calla, á la opinión de otros cronistas en mucho tenidos, y por fortuna 
de acuerdo en la época del reinado de Pelayo (1). 

No es de más fuerza el que Masdeu nos diga que el Albendense supone 
á Jucef reinando en Córdoba, cuando el levantamiento de Pelayo. Es verdad 
que ese caudillo árabe no empezó á gobernar hasta el año 746, cuando se 
supone acaecida la insurrección de Asturias en el de 718. ¿Pero quién no 
echa de ver aquí una equivocación material bajo todos respectos insuficiente 
para destruir la autenticidad indisputable de todas las demás noticias del 
cronicón de Albelda? Ó no bien enterado su autor de las cosas de los ára- 
bes, como lo estaba délas de los cristianos, ó yerro material de algún co- 
piante, bien pudo emplearse el nombre de Jucef fuera de propósito; pero 
contra este error involuntario , y en abono de los asertos de los cronicones, 
está la exactitud de diez y seis épocas determinadas de la manera más pre- 
cisa (2) ; la existencia y autenticidad de los personajes que concurrieron á 
los sucesos de Covadonga; la admirable consonancia del Albeldense y del 
Obispo D. Sebastian: de manera que no ha de darse más precio aun solo 
nombre equivocado que á la exactitud reconocida de los numerosos datos 
y asertos de los cronicones del siglo ix, cuya concordancia les imprime tal 



(1) Ortiz y Sanz , en su Compendio ero- cias , sus omisiones, y aun siendo tan breve, 

nológico de la Historia de España, t. m, li- sus superfluidades y redundancias Esto aun 

bro iv, cap. 11, dice del Cronicón del Pa- perdonando su latin en extremo bárbaro, muy 

cense lo siguiente : aPara notar todos sus ageno de un Obispo que habia podido gozar 

errores y defectos , seria menester un examen algunos años menos incultos», 

demasiado prolijo. Era menester contar sus (2) Govantes ( Disertación contra el nue- 

equi vocaciones , sus lagunas, sus incoheren- vo sistema cronológico de Masdeu). 



12 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

carácter de verdad, que no pueden menos de satisfacer al crítico más des- 
contentadizo y prevenido. 

Por otra parte, encuentran afortunadamente estas venerables memo- 
rias de nuestros padres un comprobante más en las de los árabes. Perfecta 
armonía se advierte entre la fecha designada por los cronicones de Albelda 
y de Sebastian, Obispo de Salamanca, al reinado de Pelayo, y la que con 
igual precisión determinaron algunos historiadores árabes consultados por 
Al-Makkari, los cuales afirman que Pelayo se hallaba ya en Asturias el 
año 818. Como nuestros cronistas, asegura Ar-Razi, que reinó este mo- 
narca diez y nueve años (1): igual cómputo hacen también Ebn-Hayyan y 
Ebn-Jaldon (2), mientras que siguiendo Al-Makkari á otros autores, aun- 
que omite sus nombres, supone que, retenido Pelayo en Córdoba, se fugó 
de esta ciudad el año 98 de la Egira; esto es, el de 716 á 717 de J. C. 
¿Cómo, pues, esta notable concordancia cronológica de los escritores ára- 
bes y de los cristianos, si no se fundase en hechos innegables y de lodos 
conocidos? ¿Se pondrían de acuerdo para legar á la posteridad una impos- 
tura? Por ciego que sea el espíritu de sistema, no sostendrá seguramente 
este absurdo; no le admitirá como fundamento del triunfo á que aspira. 

La inscripción, que se supone encontrada en la villa de Lara, junto á la 
ermita de San Julián, y en la cual se dice que Gonzalo y Finderico funda- 
ron á Lara, reinando D. Alonso, el año 726 (3), es otro délos testimonios 
aducidos por Noguera y Masdeu, como comprobante de su cronología, y 
una consideración más para desechar la de los cronicones. Gran fuerza da- 
ría este monumento á la opinión de los innovadores, aunque no para ad- 
mitirla como irrecusable, si fuese realmente genuino y auténtico; pero harto 
sospechoso á los críticos, varias consideraciones le convencen de apócrifo, 
pudiendo contarse entre aquellas supercherías con poco tacto producidas 
por la vanidad y la ignorancia, para engrandecerlos orígenes de los pue- 
blos. Adviértese, primero : que no se trata de la inscripción original y escrita 
con caracteres góticos hace tiempo perdida, sino de una copia en letra ro- 
mana y de moderna fecha (4). Segundo: que jamás se dio á Lara el nombre 
de Ausina, como en la inscripción se pretende (5). Tercero : que la palabra 



(1) Al-Makkari , n , 17. f'onso, in era dccc, olim Ausina modo Lara». 

(2) Dozv (Rccherchcs , i , 100). (4) Sandoval (Historia de Fernán Gon- 

(3) Hé aquí la inscripción de Lara: «In salea). 

nomine Domini Gundisalvus etFindericus, fe- (5) Ortiz y Sanz ( Compendio cronológico 

ceruntistamcivitatem, sub rege Domino Ade- de la Historia de España, t. m, 1. vi, cap. n). 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. t3 

Ausina, desconocida en la antigüedad, puede ser una corrupción de Auri- 
sina, nombre que se daba, no á Lara sino á Orense (1). Cuarto: que no se 
lee en la lápida Ausina, sino Amusina (2). Quinto: que aun el estilo, por ir- 
regular y desusado, revela la impostura. — ¿Qué mucho, pues, en vista de 
tales indicios, que el P. Florez, sin reconocer en la inscripción de Lara 
ninguna señal de autenticidad, la supusiese invención de algún cura igno- 
rante, para dar al pueblo la antigüedad de que carece (3)? De poca fé la 
supone también el Sr. Cortés, al reconocer los caracteres que inducen á te- 
nerla por apócrifa (4). Viene al fin á robustecer este juicio el Sr. Govantes, 
entre otras razones, con la fundada observación de que nunca D. Alonso, 
el Católico, penetró en sus irrupciones por Castilla la Vieja basta el terri- 
torio de Lara, ocupado entonces y mucho después por los mahometanos, 
cuando aun no existia la ciudad de Burgos, y cuando el monarca astu- 
riano, en la imposibilidad de conservar los paises invadidos, regresaba á 
su reducido reino con los despojos de estas sangrientas y rápidas corre- 
rías (5). 

No vale más por cierto, para el objeto que Noguera y Masdeu se propu- 
sieron, la escritura del monasterio de San Martin de Escalada, que se dice 
fecha cuando reinaba D. Alonso, el Católico, en Asturias y el conde D. Ro- 
drigo en Castilla, y cuya data se supone del 1.° de Agosto de la Era 804; 
Sandoval, que hace mérito de este documento y copia algunos de sus tro- 
zos (6), nos asegura que era una simple traducción en romance vulgar del 
original, que nadie ha visto. Tan grave circunstancia bastaría por sí sola 
para negarle el valor que gratuitamente se le concede; pero oíros reparos 
la arguyen de falsa ó de sustancial mente alterada, y no hay para qué exa- 
minarlos ahora , cuando otros lo han hecho ya con éxito cumplido (7). 

Rebatidos los débiles argumentos empleados contra la cronología desde 
muy antiguo generalmente seguida, pocos bastarán para demostrar cuan 
arbitraria y absurda es la que se propone en su lugar. Los mismos empe- 
ñados en acreditarla, no admitirán de seguro sus inevitables consecuencias. 
De adoptarla como fundada, resultaría que, siendo entonces de sólo dos 
años el reinado de Pelayo, extendió en tan corto período la insurrección 

(1) Ibidem. las Memorias de la Real Academia de la His- 

(2) Sandoval leyó Musina. toria. 

(3) España Sagrada, tomos xxvi y xxvii. (6) Historia de los cinco Obispos. 

(4) Diccionario de la España antigua. (7) Ortiz y Sanz (Compendio cronológico 

(5) Disertación inserta en el tomo vjn de de la Historia de España, t. m, 1. vi, cap. n). 



14 MEMORIAS DE LÁ REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

contra los enemigos de su patria ; que obtuvo las victorias de Covadonga y 
de Olalles; que dio principio á una nueva monarquía en medio de los ries- 
gos que muy de cerca le amenazaban (1); que pudo establecer su corte en 
Cangas y organizar las fuerzas necesarias para la defensa; que sin olvidarse 
de las atenciones más urgentes del Estado (2), no sólo tuvo lugar para sa- 
tisfacerlas, sino que ofreciendo un asilo seguro á los godos fugitivos de sus 
hogares (3), erigió también las iglesias indispensables para el culto (4); que 
á pesar de la escasez y miseria de los tiempos, fundó al fin, con los despo- 
jos del imperio gótico, el que, extendido otra vez á toda la Península, debia 
más tarde añadir al antiguo un nuevo mundo. ¿Se obran estos prodigios en 
el breve espacio de dos años? ¿Puede ejecutarlos un monarca improvisado, 
reducido al último extremo, y cuando se le concede tan corlo y azaroso 
reinado? Hé aquí un milagro, á que ciertamente no daría acogida la incredu- 
lidad de Masdeu. Pues si lo rechaza, preciso es que conceda á D. Pelayo 
una permanencia más larga en el poder supremo, dando al traste con su 
cronología. 

Por otra parte, en caso de retrasar, como pretende, hasta el año 754 la 
elección del monarca asturiano, tendremos entonces que los principales 
personajes de la restauración, debían pasar todos de ochenta años, lo que no 
es dado admitir sin suponer el absurdo de que tanto los árabes como los 
cristianos obedecían á caudillos decrépitos, cuando el valor y lozanía de la 
juventud podían bastar apenas para resistir las rudas fatigas de una guerra 
sin tregua ni descanso en montañas casi inaccesibles. 

Con otro inconveniente mayor ha tropezado Masdeu, como consecuencia 
inevitable de sus cómputos. Habiendo sucedido á Pelayo diez reyes hasta 
D. Alonso III, era imposible asignar á cada uno de ellos el número de años 
que reinaron, plenamente justificado por documentos irrecusables. De aquí la 
embarazosa tarea de cercenar á los sucesores de Pelayo el tiempo que en rea- 
lidad reinaron, y la inevitable precisión de estrecharlos y confundirlos en un 
reducido círculo contra toda verosimilitud y los hechos mejor averiguados, 
ajustando su existencia al sistema cronológico que no puede avenirse con 

(1) Et Asturum regnum divina provi- regiones, et Chaldaeosin manu valida expu- 
dentiá exoritur. (Cron. de Albelda.) gnabant (Cron. del Tudense). 

(2) Ceterum Gothorum gens , velut a (4) Tune demum fidelium adgregantur 
somno surgens, ordines habere paulatina con- agmina ; populantur patriae ; restaurantur 
suel'acit (Cron. del Silense). Ecclesiae {Cron. de Sebastian, Obispo de 

(3) Conveuiebant ad eos omnes Gothi, Salamanca). 
qui dispersi erant per Gallias et per ceteras 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 



15 



ella y tan penosamente zurcido á despecho de la historia y del buen sentido. 
Desechada, pues, esta invención de Pellicer, Noguera y Masdeu, tanto 
por la insubsistencia de las pruebas en que se pretende fundarla, como por 
lo absurdo de sus consecuencias, veamos ahora si la antigua cronología de 
los cronicones descansa en más sólidos fundamentos. Robustecida por la 
aquiescencia de die¿ siglos, cuenta con el apoyo de los escritores más alle- 
gados á los orígenes de la restauración, tales como el autor del Cronicón de 
Albelda y el Obispo D. Sebastian, que florecieron en el siglo ix (1); con la 



(1) Hé aquí la cronología de los primeros 
reyes de Asturias, tal como se encuentra en 
el Cronicón Albeldense y en el del Obispo 
Sebastian de Salamanca. 
Pelayo. 

Primus in Asturias Pelagius regnavit in 

Canicas annis xix Obiit quidem praedic- 

tus Pelagius in locun Canicas. Era dcclxxv 
(Orón, de Albelda). 

Post nonum decimum regni sui annum 
completum propria morte decessit, et sepul- 
tus cum uxore sua, Gaudiosa Regina, territo- 
rio Cangas in ecclesia S. Eulaliae de Ve- 
lapnio fuit. Era dcclxxv (Orón, del Obispo 
D. Sebastian). 

Favila. 

Faflla, filius ejus, regnavit annos n (Cro- 
nicón Alb) . 

Quadam occasione levitatis ab urso Ínter - 
fectus est, anno regni sui secundo, etsepultus 
cum uxore sua, Regina Froleva, territorio 
Cangas in ecclesia Sanctae Crucis, quan ipse 
construxit, fuit. Era dcclxxvii (Cron. del 
Obispo D. Sebastian). 

Alonso I. 

Adefonsus Pelagii gener, regnavit annos 
xvm (Cron. Alb). 

Regnavit annos xvm. Vitara feliciter in 
pace finivit: sepultusque cum uxore sua, 
Regina Ermesinda, in territorio Cangas in 
monasterio Sanctae Mariae fuit (Cron. del 
Obispo D. Sebastian). 

Fruela. 

Fruela, filius ejus, regnavit annos xi. Ipse 
post, oh feritatem mentis , in Canicas est in- 
terfectus. Era dcccvi (Orón Alb). 

Regnavit annos xi et mensibus tribus, et 



sepultus, cum uxore sua Munia, Oveti fuit. 

Era dcccvi (Cron. del Obispo D. Sebastian). 

Aurelio. 

Aurelius regnavit annos vil (Cron. Alb). 

Sex annos regnavit, séptimo namque anno 

in pace quievit, et sepultus in ecclesia Sancti 

Martini Episcopi, in Valle Lagneyo fuit. 

Era dcccxii (Cron. del Obispo D Sebastian). 

Silo. 

Silo regnavit annos vim (Cron. Alb). 

Regnavit annos ix et décimo vitam finivit 
(Cron. del Obispo D. Sebastian). 
Mauregato. 

Maurecatus regnavit annos \ (Cron. Alb). 

Maurecatus autem regnum, quod callidé 
invasit, per sex annos vindicavit. Morte pro- 
pria decessit, et sepultus in ecclesia Sancti 
Joannis Apostoli in Pravia fuit. Era dcccxxvi 
(Cron. del Obispo D. Sebastian). 
Veremundo . 

Veremundus regnavit annos m (Cron. Alb). 

Tres annos regnavit, sponte regnum di- 
missit (Cron. del Obispo D. Sebastian). 
Alonso II. 

Adefonsus Magnus regnavit annos li. Is- 
te n regni anno per tiranidem regno expul- 
sus, etc. (Cron. Alb). 

Sicque per quinquaginta et dúos annos, 
casté, sobrié, inmaculaté, pié, ac glorióse, 
regni gubernacula gerens, amabilis Deo et 
hominibus, gloriosum spiritum emisitad Cae- 
lum: corpus vero ejus cum omni venera- 
tione exequiarum reconditum in supra dicta 
ab eo fundata ecclesia Sanctae Mariae, sáxeo 
túmulo, quiescit in pace. Era dccclxxx (Cro- 
nicón del Obispo D. Sebastian). 



16 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

concordancia perfecta de sus asertos y la uniformidad de sus fechas; con 
el testimonio de los escritores que desde el siglo xi les sucedieron; con 
los cómputos de los árabes en armonía con los de los cristianos; con los 
datos, finalmente, que nos suministran varios documentos históricos 
por todas sus circunstancias irrecusables. Citaremos, entre otros, los si- 
guientes: 

1 ." La nota contenida en el índice gótico del Fuero Juzgo de San Isi- 
doro de León, y concebida en estos términos: Ordoniíis regnavit annis xv, 
menses ni, quod fiunt in snb uno Domino Pelagio usque ad Domino Ordonio 
anni cxvn, lo cual nunca podia verificarse, si D. Pelayo no hubiese em- 
pezado á reinar en 718 (1). 

2.° La célebre inscripción, colocada hoy en la capilla mayor de la igle- 
sia de Santa Cruz de Cangas, fundada por D. Favila, y correspondiente á 
la Era de 775, año 737, monumento notable por más de un concepto, 
objeto de muy eruditas investigaciones , ha sido repetidas veces publi- 
cada, casi siempre con poca fidelidad (2). 

3." Las dos escrituras de la iglesia de Lugo, correspondientes al epis- 

(1) Risco (España Sagrada, t. xxxvn, calco, hecho sobre el original, está concebida 
cap. ix). en estos términos: 

(2) La inscripción, tomada de muy exacto 

EESVEGIT EX PKECEPTIS DIVINIS HEC MACINA SACÍL4 
OPERE EXIGYO COMTVM FIDELIBVS VOTIS 
PEESPICVE CLAEEAT OC TEMPLVM OBTVTIBVS SACEIS 
DEMONSTEANS FIGVRALITER SIGNACVLVM ALME CEVCIS 



SIT XPO PLACENS EC AVLA SVB CEVCIS TEOPliEO SACEATA 
QVAM FAMVLVS FAFEILA SIC CONDIDIT FIDE PEOMTA 
CVM FEOILIVBA CONIVGE AC SVOEVM PEOLIVM PIGNERA NATA 



QVIBVS XPE TVIS MVNERIBVS PEO HOC SIT GEATIA PLENA- 
AC POST VIVS VITE DECVESVM PEEFEMAT MISEEICOEDIA LAEGA 
hIC VATE ASTEMO SACEATA SVJVT ALTAEIA CEISTO 
DIEI EEVOLVTI TEMPOEJS ANNIS CCC 
SECVLI ETATE POEEECTA PEE hORDIN^Üf SEXTA 
CVEEENTE EEA SEPTINGENTÉSIMA SEPTAGESIMA QVIN 
TA-QVE 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 17 

copado de Odoario y mencionadas por Risco en el tomo xxxvn de la Es- 
paña Sagrada, que determinan la época cierta del reinado de D. Alonso, el 
Casto , y perfectamente de acuerdo con los cronicones del siglo ix. 

4.° La escritura de donación que otorgó Munia Bella al monasterio de 
San Miguel de Pedroso en la Era de 796, año 758, cuyo documento de- 
termina el reinado de D. Fruela (1). 

5.° El códice gótico de San Isidoro de León, donde se dice del rey Au- 
relio : Regnavit annos vi , menses vil (2). 

6.° La carta de testamento que otorgaron el abad Fromistano y el 
presbítero Máximo, para erigir la basílica de San Vicente de Oviedo, rei- 
nando D. Silo en la Era de 819, año 781 (3). 

7.° La escritura de fundación del monasterio de Obona por Adelgastro, 
hijo del rey D. Silo, otorgada en la Era de 518 (4). 

8.° La escritura de fundación de la catedral de Oviedo, otorgada por 
D. Alonso el Casto en 802 (5). 

9.° El privilegio de Monforte, citado por Ambrosio de Morales (6). 

10. El calendario de la iglesia de Oviedo, que dice respecto al dia y 
año en que falleció D. Alonso el Casto: Die xiu Kal. Aprilis. Eo die obiit 
Adefonsus Rex Castus, Era dccclxxx. 

¿Quién, pues, en vista de tantos testimonios auténticos, contestes é 
irrecusables, perfectamente de acuerdo con los cómputos de nuestros cro- 
nicones, que determinan la duración de los primeros reinados de los mo- 
narcas asturianos hasta D. Alonso el Casto, será bastante temerario para 
rechazar la antigua cronología y dar la preferencia á la que de una manera 
tan caprichosa y gratuita se ha forjado contra el buen sentido , la tradición 
y el unánime asentimiento de nuestros más antiguos y autorizados histo- 

(1) Copiado primero este instrumento por (4) No se nos oculta el reparo que se ha 
Gil Ramírez de Arellano, fué después re- hecho contra la legitimidad de este docu- 
producido por Salazar en sus Reparos hisló- mentó ; pero además de la solución dada por 
ricos , impugnando á Pellícer. el P. M. Florez que nos parece fundada , el 

(2) Kisco (España Sagrada, t. xxxvn). estilo y el lenguaje , las formas y todo el 

(3) Dice así la fecha de esta escritura: contexto se acomodan de tal manera al gusto 
«Facta scriptura donationis , et testamenti y las ideas de la época , que difícilmente po- 
nostri, sub die séptimo calendas decembris, drian contrahacerse sin saltar á la vista la 
discúrreme Era dcccxiiii. Pegnante Domino impostura. 

Silone Principe, Ego Fromistanus abbas, ro- (5) Apéndice vdelt. xxxvn de la España 

boro cum Máximo Presbítero, meo sobrino, et Sagrada. 

signum injicio» (Ap. vi del t. xxxvn de la (6) Crónica general de España. 

España Sagrada). 

TOMO IX. 3: 



18 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

riadores? Mientras otras pruebas no se presenten contra las fechas deter- 
minadas por el Cronicón Albendense, el del Obispo Sebastian de Salamanca, 
Sampiro, el monge de Silos y los demás cronistas, sus sucesores, hasta 
D. Alonso X, con fundada confianza se puede sostener que el levantamien- 
to, la proclamación y los triunfos de D. Pelayo tuvieron lugar el año 718, y 
no, como tan livianamente se ha pretendido, el de 754. 



II. 



LOS LUGARES. 



No se encuentra por fortuna la misma oscuridad y divergencia de opi- 
niones respecto de los sitios donde acaecieron tan memorables sucesos. Ni 
la crítica los puso jamás en duda, ni las vicisitudes de los tiempos y las 
revoluciones y trastornos de los pueblos alteraron de tal manera sus cir- 
cunstancias, que no puedan hoy reconocerse y despertar los recuerdos de 
gloria que tanto los engrandecen. Hasta sus nombres se conservan como 
en los más antiguos cronicones aparecen. En los riscos de Covadonga, en 
las cumbres y pendientes del Auseva, en el estrecho valle de Cangas, en 
el curso reposado y tortuoso del Deva (1), en el humilde antro donde al 
fragor de las armas y al grito de libertad é independencia levantan nues- 
tros padres el altar y el trono derribados en las márgenes del Guadalete, 
hay algo de misterioso y de sublime que sobrecoge el ánimo; algo que ha- 
bla á la imaginación, y la enardece y la trasporta á la época memorable 
inmortalizada por el valor y la fé de nuestros padres. 

Allí cada sitio encierra una memoria querida de los buenos ; cada pe- 
ñasco es un baluarte; cada angostura la tumba de un héroe; cada eco de 
la montaña una voz misteriosa que, resonando todavía al través de los 

(1) Hoy el rio de Cangas llamado Bueña, que toma después el nombre de Sella. 



20 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

siglos, expira en la soledad como el último rumor de la victoria (1). 
Hasta la horrible descomposición de las montañas hacinadas y erguidas 
sobre precipios, parece que revela en estos lugares salvajes la mano de 
Dios, que las levanta como un monumento eterno de su poder, para con- 
fiarles con los futuros destinos de España, el recuerdo de los héroes 
que invocaron su nombre en la adversidad y le bendijeron después en la 
victoria. 

Al tender la vista por estas comarcas solitarias, hoy sepultadas en el 
silencio y el olvido, una parte de la historia oscurecida por los siglos, se 
esclarece; las tradiciones se robustecen, y los hechos que parecían dudosos, 
ó poco verosímiles, pierden cuanto la incredulidad encontraba en ellos de 
quimérico y absurdo. Estudiar, pues , cuidadosamente la topografía de 
aquellos sitios, en remotas edades glorioso teatro de memorables aconteci- 
mientos, es disipar una parte de las sombras que derramó sobre ellos la 
mano del tiempo ó la incuria de los hombres. «La disposición y la fisono- 

> mía propia de los lugares > (dice con harto fundamento un acreditado 
escritor de nuestros dias), «no carece de interés para la historia. Observa- 
idos los sucesos en el mismo sitio donde acaecieron, aparecen mejor deter- 

> minados y reciben nueva vida. Su recuerdo adquiere entonces una preci- 
sión y una realidad que los hace presentes y como visibles.... Del mismo 
>modo que, visitando un territorio, se abriga un sentimiento más íntimo y 

> verdadero de los acontecimientos que los libros nos enseñan, así también 
>se comprende mejor lo pasado, cuyos restos se tocan, recomponiéndose 
>con lo que yo llamo la presencia real.... Y no esto sólo: la imaginación, 
> excitada por el aspecto de los lugares, anima la inteligencia ; lo que se ve, 
» ayuda á descubrir lo que no se ve de un suelo, y largo tiempo contemplado 

(1) Jovellanos en su Elogio de D. Ven- brado espectador; un rio caudaloso que tala- 
tura Rodríguez, describe así el sitio de Co- drando el cimiento brota de repente al pié del 
vadonga: «Rodríguez, nombrado para esta mismo monte ; dos brazos de su falda que se 
empresa, vuelve á Asturias, penetra hasta avanzan á ceñir el rio formando una profun- 
las faldas del monte Auseva , y á vista de da y estrechísima garganta; enormes peñascos 
una de aquellas grandes escenas en que la suspendidos sobre la cumbre que anuncian el 
naturaleza ostenta toda su magestad , se in- progreso de su descomposición ; sudaderos y 
flama con el deseo de gloria y se prepara á manantiales , perennes indicios del abismo de 
luchar con la naturaleza misma. ¡ Cuántos aguas cobijado en su centro ; árboles robus- 
estorbos y cuan arduas dificultades no tuvo tísimos que le minan poderosamente con sus 
que vencer en esta lucha! Una montaña que, raices; ruinas, cavernas, precipicios.... ¿Qué 
escondiendo su cima entre las nubes embarga imaginación no desmayara á vista de tan in- 
con su horridezy su altura la vista del asom- superables obstáculos?!) 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 21 

»con la emoción y la curiosidad que excitan sus recuerdos, surgen inespe- 
radas enseñanzas (1).» 

No es posible desconocer esta verdad, al examinar de cerca las angos- 
turas y los riscos de Covadonga, y el estrecho y fragoso valle de Cangas y 
las empinadas crestas y precipitados declives del Auseva. En el profundo 
y hórrido valladar que circunvala el Santuario de Covadonga, y le cierra y 
estrecha, aparece de una parte el monte Hiñes, con sus áridas y pedrago- 
sas cumbres, mientras que al lado opuesto contrastan con ellas las agru- 
padas montañas, circuidas de peñascos y levantadas á mucha altura, sobre 
cuyas cimas asoman todavía, como otros tantos colosos de formas fantás- 
ticas, los picos de Europa que parecen allí los eternos guardadores de esa 
imponente creación y de intento colocados para atestiguar uno de los cata- 
clismos más espantosos del globo y poner de manifiesto cuanto puede ofre- 
cernos la naturaleza de más sorprendente y sublime. 

Aun á los campesinos que habitan las cercanías de estos lugares, les 
recuerda su aspecto las tradiciones alteradas que alimentan su credulidad y 
su entusiasmo, conservándolas con un religioso respeto como una herencia 
de gloria. Preguntémosles, y en su inocente orgullo nos señalarán con el 
dedo el campo donde, al decir de sus mayores, fué Pelayo levantado sobre el 
pavés por los que le proclamaron su monarca (2). Con la misma buena fé y 
sencilla creencia nos indicarán aquel punto del cielo en que , según una 
piadosa tradición, se le apareció el signo sagrado de su triunfo. La iglesia 
de Santa Cruz, fundada por Favila, será para ellos un testimonio perenne 
de este prodigio, cuya memoria heredaron de sus mayores (3). Algo más lejos 
nos mostrarán las desgarradas laderas del Amosa (4), como si se extreme- 
ciese todavía sobre sus cimientos, para sepultar en ellos á los fugitivos de 
Covadonga. Es este el monte conocido hoy entre los naturales con el nom- 

(1) Ampere, L'Hisloire Romaine á Rome turianos y los godos refugiados en su país. 
(Introduction , pág. 3). (3) Carballo en sus Antigüedades y cosas 

(2) Cerca del santuario de Covadonga hay memorables de Asturias , el arcediano de Ti- 
un campo conocido con el nombre de Repe- neo y otros escritores de los siglos xvi y xvii 
lao , corrupción sin duda de las palabras vinieron con sus asertos á mantener vivas es- 
Rey Pelayo , donde los moradores de sus tas tradiciones en el país ; pero ningún apoyo 
contornos suponen que se verificó la procla- se les encuentra en los más antiguos cronico- 
macion de este monarca. Otro campo, llamado nes ni en los documentos anteriores al si- 
de la Jura, existe en el lugar de Soto, sitio glo xn. 

destinado no hace mucho para dar pose- (4) Así le llama el Obispo D. Sebastian, 

sion á los jueces de Cangas , y donde se pre- El Silense le designa con el nombre de As- 
tende que Pelayo fué jurado rey por los as- cuna- 



22 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

bre de Amosin , que corre hasta la Liébana , cercano á sus términos. Case- 
gadia viene involuntariamente á sus labios como un comprobante de los 
hechos que refieren. Mencionado este lugar en nuestros cronicones (1), se 
le llama actualmente Gosgaya, y está situado en el valle de Valdevaro, so- 
bre los límites de Asturias y la provincia de Santander, á la falda del risco 
más elevado de la parte interior de la Liébana, cuyas laderas baña el Deva, 
y donde se pretende que la mano de la Providencia le desplomó con es- 
pantoso estrago sobre la morisma desbandada y perseguida (2). Aquí el 
aspecto salvaje de las montañas, sus precipitados declives, los profundos 
senos que las desgarran abriendo sus entrañas, aparecen todavía á la 
sencilla piedad de los naturales, como un misterioso comprobante de la 
tradición entre ellos conservada, y un eterno testigo del prodigio con que, 
según sus convicciones, vino el cielo á completar la derrota de Covadonga. 
Es lo cierto que en este paraje solitario, tan á propósito para afectar la 
imaginación, las avenidas del rio y los desgajes que produjeron, más de 
una vez dejaron al descubierto armas y osamentas de los vencidos , según 
nos asegura el Arzobispo D. Rodrigo, y como refiere más tarde Ambrosio 
de Morales en su Crónica general de España. Aun en nuestros dias se encon- 
traron en la parte más baja de esos sitios monedas árabes , de lodo punto 
desconocidas en Asturias. 

Pero dejando aparte las ilusiones y encarecimientos con que los sen- 
cillos campesinos narran, á su manera, los altos hechos alcanzados por sus 
mayores, y señalan los sitios en que se consumaron, no ha de negarse que, 
al través de las fábulas que los desfiguran, hay en ellos un gran fondo de 
verdad histórica, que no puede desconocerse examinados á buenas luces. 
Para apreciarlos en su justo valor, preciso es conocer todas las circunstan- 
cias del país y su verdadera situación , y el carácter de sus naturales al pro- 
clamarse independientes, juntamente con los godos refugiados en sus mon- 
tañas. ¿Qué era entonces la región de Asturias sin relaciones con la Penínsu- 
la, de que forma parte? Un pueblo más romano que godo por su idioma, 
por sus costumbres, por los nombres y los recuerdos de sus ciudades , por 
todas las condiciones de su existencia. El último en someterse al yugo ro- 
mano, después de una resistencia dedos siglos (3), siempre celoso y fiero 

(1) El Obispo D. Sebastian es el primero de Santander por el director de la Sociedad 
que hace mérito de Casegadia. Económica de la Liébana, y trasmitida á la 

(2) Comunicación del 28 de Agosto del S58, Keal Academia de la Historia. 

dirigida al gobernador civil de la provincia (3) Eendida Lancia á Publio Carisio, to- 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA , 



23 



defensor de su independencia, y libre largos años de toda dominación ex- 
traña, vino al fin, de enemigo implacable y como ningún otro temido y 
esforzado (I), á convertirse en el amigo más fiel y el aliado más constante 
del Imperio (2). Olvidó sus odios, depuso su fiereza, y hubo de trasformarse 
en un pueblo del Lacio, para recibir su civilización y sus leyes, ya some- 
tidos los cántabros y restituida la paz al mundo (3). Desde entonces, los 
astures transmontanos, tenidos en mucho por su valor indomable, de cos- 
tumbres sencillas y escasas necesidades (4), laboriosos y activos (5), fuerou 
para el Imperio, al cual con tanta porfía resistieron, no vencidos rebeldes» 
sino constantes auxiliares y generosos y nobles aliados. 

¿Hasta dónde se extendía su territorio? Hé aquí un problema, cuya so- 
lución es objeto de muy diversas opiniones y dudas, hasta ahora no resuel- 
tas de una manera satisfactoria. Si los límites que los separaban al Mediodía 
de los augustanos y al Occidente del territorio de Lucus Augusta (6), no 



davía mal avezados los asturianos al dominio 
de los Césares , otras dos veces le resistieron 
con lodo el arrojo de la desesperación. Fueron 
sometidos la primera por Lucio Emilio y Pu- 
blio Carisio, y la segunda por Cayo Fuño, 
el cual si consiguió derrotarlos y hacer mu- 
chos esclavos , no pudo por eso convertirlos 
en subditos pacíficos del Imperio. Resistié- 
ronle de nuevo con tenaz porfía y medios bien 
inferiores al intento. Marco Agripa pasó 
entonces por la humillación de retroceder ven- 
cido ante sus huestes informes , si bien sor- 
prendidas estas después, consiguió por último 
dominarlos, no sin grandes esfuerzos (Paulo 
Orosio. — Dion Casio. — Veleyo Patérculo). 

(1) Haec duae validissimae gentes, Canta- 
bri et Astures, inmunes Imperii agitabant 
(Lucio Floro, lib. ív, cap. xn). 

(2) Así lo advierte Risco en el tomo xxxvii 
de la España Sagrada, al recordar las cohor- 
tes de Asturias, que los romanos admitieron, 
sin desconfianza, en sus legiones. 

(3) Del valor con que los asturianos 
defendieron su libertad é independencia, 
nos ofrecen notables testimonios los mismos 
escritores latinos. Entre otros, dice Lucio 
Floro : «Astures per idera ternpus ingenti 
agmine a montibus suis descenderunt : nec 
tempore sumptus, ut barbaris, impes, sed po- 



sitis castris apud Asluram, flumen trifarium, 
diviso agmine, tria simul romanorum castra 
agredí parant. Fuisset et anceps, et cruen- 
tum et utinam mutua clade certamen, tune 
tam fortibus , tam súbito, tam cum consilio 
vincentibus , nisi Trigecini prodidissent , a 
quibus praemonitus Carisius, cum exercitu 
adveniens, opresit concilla, sic quoque tamen 
non incruento certamine.» 

(1) Qui non ad jucunditatem aliquam, 
sed -necessitatem et belluinos appetitus, vi- 
tam malí; moratam sustinunt. 

(5) Bastara parar la atención en los colo- 
sales vestigios, que hoy existen, de las explo- 
taciones mineras bajo el Imperio Romano, 
para comprobar la fuerza de voluntad y el vi- 
gor y la constancia de los que á tan rudos 
trabajos dedicaban su existencia. 

(6) La extensa cordillera que hoy divide 
las provincias de León y Oviedo, es un límite 
tan marcado por la naturaleza misma, que 
bajo la dominación romana ha debido separar 
también, como actualmente los astures lan- 
cienses y arnacos délos transmontanos, y así 
viene á inferirse de las indicaciones más ó 
menos explícitas de los antiguos geógrafos. 
Por la parte occidental era sin duda el terri- 
torio de los pésicos mencionados por Plinio y 
Tolomeo, el último de los astures transmon- 



24 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

pueden dar lugar á dudas, y basta para determinarlos con precisión el exa- 
men de los escritores griegos y romanos; si al Norte los cenia entonces, 
como ahora, el Océano cantábrico, no con la misma exactitud ha sido po- 
sible fijar la línea divisoria que al Oriente los separaba de los cántabros. Á 
muy distintos juicios ha dado lugar este deslinde, fundándole todos, sin 
embargo, en los textos de Mela, Plinio, Estrabon y Tolomeo, de bien di- 
verso modo entendidos y aplicados á las localidades. El P. Moret (1) y 
el Sr. Marca (2), con más cordura que otros anticuarios del siglo xvn, y 
por ventura acercándose más que ellos á la verdad, pretenden que por la 
parte oriental llegaba la región de los astures transmontanos hasta el rio 
Sella, suponiéndole con razón el Salia mencionado por Mela. Bastante des- 
pués, sin desviarse mucho de su dictamen, y antes al contrario encon- 
trándole en armonía con los escasos datos que los antiguos geógrafos nos 
suministran, el P. M. Risco va todavía más lejos, al fijar la línea divisoria 
en el estero formado por el mar entre Llanes y Colombres. Fúndase, para 
pensar así, en un texto de Estrabon, combinándole con otro de Plinio, que 
en la descripción de la costa de Asturias procede de Oriente á Occidente, 
y trayendo también á su propósito la observación de Pomponio Mela, el 
cual advierte que desde el Salia se estrecha más y más la latitud de Es- 
paña, y que aquí es donde se hallan establecidos los cántabros y los vas- 
cones (3). Pero harto vagas y generales estas observaciones para resolver 
con ellas un punto tan oscuro y disputado , nunca la opinión de Risco, á 
pesar de su diligencia y buen criterio, dejará cumplidamente satisfechos á 
los críticos que quisieran verla apoyada en más sólidos fundamentos. De 
admitirla, resultaría desde luego que los cántabros y astures tenían, con 
muy corta diferencia, los mismos límites que hoy dividen las provincias de 

taños. Llegaba probablemente hasta el Eo, »Luinia. En otrodeBermudolII, añode!031. 

como pretende Eisco con buenas razones, y »In territorio Asturiense, in valle quem dicunt 

comprendía el concejo actual de Pesoz, el de «Pesieus, super álveos discurrentes Narceja 

Grandas de Salime , y los de Allande, Cangas »et Luigna. Otro del conde Piñolo Jime- 

y Tineo. «El territorio pésico (dice el Sr. Per- »nez, fundador del monasterio de Corias, del 

»nandez Guerra y Orbe, en la nota tercera de »año 1044, dice: In Tinegio, in territorio Pes- 

»su discurso sobre el Fuero de Aviles], está »gos seeus flumem Narcejam in loco qui 

«perfectamente deslindado por antiguos di- »dic¡tur Caurias.» 

«plomas. En uno del rey D. Fruela II, fechado (1) Investigaciones, lib. i, cap. vi. 

»el año 912 se lee: Similiter in territorio Pes- (2) Historia de Bearne, cap, xix. 

»gos villam, quae dicitur Santo (soto de Lui- (3) España Sagrada, t. xxxvh, cap. i, 

»ña)... monasterium Sanctae Mariae de Lem- página 2 y siguientes, 
snes cum suis terminis... usque in ilumine 



ÍIESTAIUACION ÜE LA MONARQUÍA VISIGODA. ZO 

Oviedo y Santander, conservándose esta divisoria sin alteraciones sensibles 
al través de los siglos y de los cambios y trastornos políticos de los pueblos. 
¿Es esto verosímil? Para que pudiese parecerlo, seria preciso probar que 
el Melso de Estrabon es uno de los rios perdidos en el mar entre Llanes y 
Colombres, y que, cercana á uno de sus esteros, se encontraba la ciudad 
de Noega. El P. Risco, á pesar de toda su diligencia y buen juicio, inútil- 
mente se propuso averiguar á qué rio cuadraba el nombre de Melso y á 
qué ciudad el de Noega. Buscó estas entidades geográficas donde no podia 
encontrarlas. 

Últimamente el Sr. Fernandez Guerra y Orbe, con tanto empeño y 
aprovechamiento dedicado á ilustrar la geografía de la España romana, 
pretende que el Melso de Estrabon sea el Nalon actual, y sitúa la antigua 
Noega en la Península conocida hoy con el nombre de Nieva, fuera de la 
barra de Aviles y á la derecha de esta villa, siguiendo el curso de su 
ria (1). 

Otros investigadores de nuestras antigüedades, menos generosos con 
los astures transmontanos, al disputarles su territorio palmo á palmo, y más 
sistemáticos que certeros y diligentes, de tal manera lo cercenan que, con- 
tra toda verosimilitud vienen á encerrarle en la estrecha comarca com- 
prendida entre el Eo y la ensenada de Luarca; concesión mezquina en de- 
masía é inconciliable no sólo con lo que puede deducirse de los asertos de 
los antiguos geógrafos, sino también con la existencia de muchas ciudades 
que, según ellos le pertenecían, y los numerosos habitantes que lo pobla- 
ban. Tal es, sin embargo, el error sostenido por Oyenard , apoyándole 
muy equivocadamente en un pasaje de Plinio y otro de Paulo Orosio, como 
de una manera satisfactoria lo demuestra el P. M. Risco (2). 

Tan encontrados pareceres, sobre la verdadera extensión del territorio 
de los astures transmontanos, no podia satisfacer á la crítica de nuestros 
dias. Así es como el Sr. Fernandez Guerra, al examinar este punto tan 
erizado de dudas y dificultades y hacerlo objeto de un detenido estudio, 
desviándose de las diversas opiniones de sus antecesores, lleva la región 
de los cántabros, no hasta el Sella como pretendieron Moret y Marca, sino 
hasta Maliaca, mencionada por Tolomeo, conocida en la edad media con 
el nombre de Maleayo y también de Maliao, y actualmente con el de Vi- 



(1) El Fuero de Aviles, discurso liúdo en (2) España Sagrada, t. xxxvn, cap. 

la Real Academia Española, pág. 12. página 2. 

TOMO IX. i : 



26 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

llaviciosa. Traza á esto propósito una divisoria que , empezando en el estero 
del Puntal y siguiendo su ría hasta Villavicíosa, entra en las parroquias de 
Amandi y Camoca, y atraviesa después los actuales concejos de Cabranes, 
Pilona y Cangas de Onís, para terminar al fin en la sierra llamada hoy Ne- 
drina, la cual puede ser, á su juicio, el Nardinium de los selinos mencionado 
por Tolomeo. Á uno y otro lado de esta línea coloca poblaciones conocida- 
mente romanas, ora pertenecientes á los astures, ora á los cántabros. Ta- 
les son, entre otras: Maliaca; Amoca, á que en su concepto se refiere la 
lápida publicada por Masdeu y que parece corresponder á la actual feligre- 
sía de Camoca ; Laberris , citada por Plinio , tal vez el lugar de Labares, 
correspondiente hoy á la parroquia de Amandi y á poca distancia de Ca- 
moca (1); Pelontium, que el mismo geógrafo concede á los lungones, y 
probablemente la feligresía rural de Veloncio, en el Concejo de Pilona, al 
Mediodía de ínfiesto; Vadinia (2), la Venia actual, al Norte de Onís, y per- 
teneciente á su Concejo; por último, Nardinium, cuyo nombre poco alte- 
rado nos recuerda hoy el lugar de Nedrin. Estas apreciaciones geográficas 
del Sr. Fernandez Guerra, que suponen muy especiales conocimientos de 
la geografía de la España romana, pero que no calificamos, porque su 
examen detenido nos apartaría demasiado de nuestro objeto, constituyen 
una parte de los importantes trabajos en que actualmente se ocupa este 
distinguido literato, para ilustrar la España bajo el dominio de los Césares. 
Su publicación será un señalado servicio prestado á las letras. En el sis- 
terna que se ha propuesto, desviándose del adoptado por sus antecesores, 
quiere el Sr. Fernandez Guerra que el Salia, atribuido por Mela á los astu- 
res trasmontanos y que sin duda es el Sella actual, les pertenezca sólo en 
la parte superior, así como concede la inferior á los cántabros. 

Sea de esto lo que quiera, y sin detenernos á investigar los fundamen- 
tos di las diversas opiniones relativas á los límites de los cántabros y as- 
tures, ya se extiendan, ya se reduzcan los de la región que estos últimos 
habitaban, razones hay para suponer que todavía al empezar el siglo vin, 
ofrecía todo el aspecto de una provincia romana, conservando con su ca- 
rácter una cultura que los godos procuraban hacer suya. Y no ha de extra- 

(1) No ha de confundirse el lugar de La- (2) De Vadinia nos queda memoria en la 

bares, que aquí se menciona, con otro del mis- inscripción copiada entre otros por Jovella- 

mo nombre cercano al Nalon , á que Kisco se nos, y después publicada por Risco en el to- 

reíiere , tratando de los pueblos correspon- mo xxxvu de la España Sagrada. 
dientes á los astures transmontanos. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 27 

fiarse. Tenia el país para sus dominadores, desde los tiempos de Augusto, 
un precio inestimable, no sólo por el valor, la resistencia física y la cons- 
tancia de los naturales, sino por la fecundidad de su suelo variado en muy 
ricas producciones, fecundo en terrenos auríferos (1) y en diversos mine- 
rales tan encarecidos de Plinio, Floro, Marcial y Silio Itálico, y cuya ex- 
plotación atraia numerosos especuladores de las orillas del Tiber, estable- 
ciendo entre ellos y los naturales del país constantes relaciones (2). Mu- 
chas familias romanas vinieron entonces á establecerse en es!a región, y 
todas las circunstancias concurrieron á estrechar la amistad y buena corres- 
pondencia de vencedores y vencidos, disminuidas al fin las distancias que 
los separaban, acallados los odios y perdida la memoria de los agravios. 
De aquí los notables monumentos que hoy mismo comprueban su cultura. 
Tomándola en cuenta sin duda, decia Eslrabon, que los astures se habian 
hecho políticos con el trato de los romanos. 

Pero tanto como los dones de la naturaleza, habia contribuido la razón 
de Estado á convertirlos en un pueblo latino. Sabido es que la legión Sép- 
tima Gemina, fundadora de León, extendía su vigilancia á los astures 
transmontanos; no es menos cierto que entre ellos debia situarse una parte 
de las tres cohortes destinadas á guarnecer la costa Septentrional de la Pe- 
nínsula, y que los transportes continuos de la galena argentífera, del cobre, 
el hierro y el cinabrio á las orillas del Tiber, atraian al país gran número 
de emprendedores, alimentando la navegación y el comercio. ¿Por qué, 
pues, admirarnos de la civilización y de las preciosas memorias que la com- 
prueban después de tantos siglos de destrucción y de olvido? Pocos pue- 
blos las ofrecen de tanta valía. Recordemos si no las célebres aras Sestianas, 
consagradas á Octaviano Augusto (3) y colocadas en el cabo de Torres; las 
colosales galerías de Salave para la explotación de sus minas (4), que pare- 
cen la empresa de cien generaciones, el emblema de la voluntad de hierro 
y el inmenso poderío de los dominadores del mundo; los extendidos traba- 

(1) Natura regiouis ciroa se omnis auri- inscripción que de una de ellas se [conserva 
fera rniniiqueet chrysocolae et aliorum ferax. todavía en la capilla del conde de Penal va, 
Lucio Floro. perteneciente á la parroquia de Carrió y cer- 

(2) Plinio (Historia Natural, lib. 11, c. in) ca del rio de Abono, fué convenientemente 

(3) Pomponio Mela las menciona con estas explicada por Risco en el t. xxxvii, cap. vi 
palabras: <dn Asturum littore Noega estopi- de la España Sagrada. 

dum, et tres arae quas Sestianas vocant, in (4) El entendido minero D. Guillermo 

pene Ínsula sedent, et sunt Augusti nomine Schulz, nos ha dado una descripción de estas 
sacrae illustraeque terrae ante ignobles.» La obras romanas en uno de sus opúsculos. 



28 MEMORIAS DE LA I.EAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

jos mineros descubiertos en otros puntos; la notable inscripción de la iglesia 
de la Isla, en el Concejo de Colunga (1); la de Trobo Pompeyo, encontrada 
en las cercanías de Gijon; las numerosas lápidas sepulcrales de Corao, de 
las cuales fueron algunas reconocidas por Jovellanos (2); las que dice Car- 
bailo haberse encontrado en Cangas de Tineo (íí) ; las famosas teseras gra- 
badas en láminas de bronce, de que habla Mavülon, verdaderos pactos de 
hospitalidad y alianza entre los deoncos y tridiavos de la raza de los zoelas, 
que suponen, no sólo una cultura muy adelantada, sino Ja adopción de las 
costumbres romanas, precisamente en lo que ofrecian de más civilizador y 
humanitario (4). • 

En vista de tan notables memorias, no parecerá ya extraño, que aun en 
el dia lleven un nombre romano muchos de los pueblos de Asturias. Recor- 
daremos entre otros á Jove, de Jovís; Aramil, de Ara militum; Ulonga, de 
"Vialonga; Semproniana, de Scmpronius; Balbona, de Balbo; Voves, de Box; 
Cornellana, de Cornelius; Fano, de Fanum; Tudela, de Tutela; Campoma- 
nes, de Campus manium. Ciudades romanas eran también Lucus Asturum, 
hoy la aldea de Lugo, junto á Oviedo (5); Flavio Navia, la villa actual de 
Navia (6); Maliaca, como ya se ha dicho, la Puebla de Maleayo, en la edad 
media, y ahora Yillaviciosa (7); la Gigia de Tolomco (8), hoy el puerto 

(1) Está consagrada á Octaviarlo Augusto, en el territorio de los pesióos, después de nom- 
á quien se considera como una divinidad. En brar á Navilloyon , que es el rio de Navia, á 
el mismo sitio se encontraron otras muchas quien Piinio llama Navilubione. 

lápidas, lastimosamente empleadas en cons- (7) Carta-puebla de Yillaviciosa, otorga- 
trucciones modernas, as! como también ladri- da por D. Alonso X , concediendo á esta po- 
llos tetraderos , monedas de los emperadores blacion los fueros de Benavente. 
romanos, y argamasas y cimientos de diver- (8) Nos parecen ineficaces las razones 
sas fábricas. No falta quien suponga que se aducidas por Risco para colocar la Gigia de 
hallaba aquí erigida otra de las aras Ses- Tolomeo entre los pueblos de los astures au- 
tianas. gústanos y no de los transmontanos , separán- 

(2) Manuscritos del Real Instituto Asta- dose de la opinión generalmente recibida y 
riano. adoptada, sobre todo por Moret. Pretende que 

(3) Antigüedades y cosas memorables del correspondía al territorio de Campos, y que. 
Principado de Asturias, parte 1 . a , tít. iv. pudo ser el término conocido hoy con el nom- 

(4) Risco inserta estas teseras en el to- bre de Gigon, cerca de Mansilla. Pero Tolo- 
mo zxxvn de la España Sagrada. meo no manifiesta, como supone, que Gigia 

(5) Tolomeo hace ya mérito de esta ciudad sea una población del interior, la nombra y 
como perteneciente á los aslures transmonta- nada más; de manera que por el texto expreso 
nos. No tiene valor de consiguiente la opi- del geógrafo griego, puede creerse situada, 
nion de los que pretenden fué fundada por ó bien sobre la costa ó bien al otro lado de 
los vándalos los montes Hay aquí sin embargo, la circuns- 

(6) Es la Flavionavia que coloca Tolomeo tancia, no para tenida eu poco, de que Tolo- 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 



29 



de Gijon; la antigua Canicas, que es la villa actual de Cangas de Onís (1); 
Laberris, Noega, Pelonlium, Vadinia, y las capitales de los zoelas y los 
pésicos. 

Pues si pasamos ahora á examinar el idioma vulgar del país, más en él 
que en otro alguno de la Península, encontraremos las huellas de esa fusión 
romana, tan profundamente caracterizada desde las orillas del Océano Can- 
tábrico, hasta las cordilleras de los montes Herbáseos. Muchas voces en- 
contraremos, no conocidas en el castellano actual ni aun en el romance de 
la edad media, cuyo origen es conocidamente latino (2). ¿Y qué si toma- 
mos en cuenta las costumbres y vanas observancias del país? Su origen 
romano saltará desde luego á los ojos. Le tienen algunos presagios que nos 
recuerdan los de los augures; los presentimientos fatídicos; las plañideras 
de los entierros; las ofertas ú obladas; ciertas ceremonias nupciales; el cul- 
tivo de los campos y el arado de Columela, todavía empleado en el país; 
la manera de uncir los bueyes; los graneros llamados hórreos; varios recuer- 
dos de las Saturnales en las fiestas campestres; los preservativos contra el 



meo cita á Gigia inmediatamente después de 
Maliaca, cuando se sabe que en los siglos xm 
y xiv existia sobre el Océano Cantábrico Ma. 
leayo ó Maliao, hoy Villaviciosa, distante 
cuatro leguas de Gijon, encontrándose uno y 
otro pueblo sin ninguno intermedio. ¿Por qué 
pues, no serán Gijon y Villaviciosa los que 
designa Tolomeo con los nombres de Gigia y 
Maliaca? Prescindiendo de esta coincidencia, 
supone Risco que Maliaca sea el Mellanzos 
de la provincia de León, sin más prueba que 
la analogía de ambos nombres ; y á la ver- 
dad, qne si á ella sólo hade atenderse, menos 
dista Maliao ó Maleayo de Maliaca, que Me- 
llanzos. Por otra parte, Gigon es absoluta- 
mente desconocido en la historia ; un nombre 
obscuro que designa hoy únicamente un des- 
poblado apenas conocido de los lugares comar- 
ícanos; cuando por el contrario Gigia ó Gegio, 
realzado por las aras Sestianas , ennoblecido 
por los recuerdos históricos , tenida siempre 
por una ciudad romana , conservaba todavía 
en el siglo xvi muchos restos de sus robustos 
muros del tiempo de los 'Césares. Así pues, 
mientras que otras pruebas no se presenten, 
cordura será seguir la opinión geralmente 



admitida, deque la villa actual de Gijon es 
la Gigia de Tolomeo, con tan poco fundamen- 
to buscada en los campos de Castilla. 

(1) El Albendense llama á este pueblo 
Canicas; el Obispo D. Sebastian y el monge 
de Silos, le dan ya el nombre de Cangas. 

(2) Citaremos como una muestra las pa- 
labras siguientes : Armentu, de Armenturn; 
Fartu, de Fartum; Home, de Homo ; Fema, 
de Fémina ; Dende, de deinde; Dacuando, 
de aliquando ; Dexemes en cuando, de semel 
y quando; Mures, de Mus; Tronidu, deTro- 
nitru ; Vidaya , de Vitalia ; Viérvenes , de 
Vermis; Verdasca, de Virgulta ; Culiestru, 
de Colostrum ; Allugrae, de Adlocare ; Ahon- 
do, de Abunde ; Fado, de Fatum ; Ulu, de 
Ubiille?; Paxü, de Paxilus ; Angazu, de 
Uncntus; Cebera, de Cibaria ; Fosoria , de 
Fodio fodis; Af'rellar, de Frango ; Ceo, de 
Citó ; Scroño, de Seró ; Apurrir, de Pórrigo 
porrigis ; Duerna, de Urna ; Demir, de Demo; 
Coricia, de Coriatius ; Reciella, de Rescula; 
Reyu, de Reticulum ; Mucir, de Mulgere; 
Esperteyu, de Vespertilio; Fitu, de Fi- 
xus, etc. 



30 MEMORIAS DE l.A REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

mal de ojo; el modo de egercer en algunas localidades la hospitalidad; las 
relaciones y alianzas de las familias, muchos usos y juegos de la infancia. 

Buen número de apellidos romanos se conservan también en el país, 
tales como Cornellana, de Cornelius; Balbin, de Balbus;Gayo, de Cayus; 
Ponte, dePontius; Caso, de Casius; Cuervo, de Corvus; Fano, de Fanum; 
Falcon, de Metió Falcon; Fanjul, de Fanum Julium, etc. 

Si todas estas analogías existen hoy después de tantos siglos, preciso es 
que más vivas y más cumplidas, cuando la reconquista, presentase Asturias 
el carácter y la fisonomía propia de un pueblo romano. Porque no ha de 
perderse de vista, que hasta principios del siglo vn no dominaron los godos 
este país(1); que estipendiarios ó aliados los asturianos de los romanos, 
adoptando gran parte de sus usos y costumbres, debieron haber perdido en 
gran manera la rudeza de los bosques nativos; que desde que Sisebuto, más 
feliz que sus antecesores, los subyugó con las huestes mandadas por Biqui- 
liano, hasta los sucesos de Covadonga habían transcurrido poco más de 
cien años (2). Es este periodo harto breve para que los naturales, perdien- 
do de todo punto su nacionalidad y olvidando las costumbres y tendencias 
romanas, se convirtiesen en godos casi repentinamente. Y tanto menos 
podia esperarse, cuanto que los vencedores, rudos y menesterosos, acaban 
siempre por adquirir el carácter de los vencidos, cuya civilización y cultura 
les da una superioridad moral sobre ellos, admitida siempre con gratitud y 
respeto. Por eso puede creerse que los indígenas allegados á Pelayo y com- 
pañeros de su triunfo, eran más romanos que godos, y como sus mayores, 
intrépidos y celosos guardadores de su independencia. Con ellos se asocia- 
ron los magnates y gente más granada de la monarquía destruida en los 
campos de Jerez; restos dispersos por el infortunio allí atraídos, donde 
una sombra de libertad y de esperanza les ofrecía el simulacro de la patria 
perdida, inspirándoles la resolución y la fé para restaurarla y vengar sus 
agravios (3). 

¿Y no correrían los cántabros á reunirse desde tan temprano con sus 



(1) Por los años de 612. traverunt, sibique Pelagium filium quondam 

(2) Astures enim rebellantes, misso exer- Fafilani Ducis, ex semine regio, Principen! 
citu in ditionem suam reduxit (Sisebutus) elegerunt (Cron. de D. Sebastian). 

per ducem suum Riohiliano (San Isidoro). Quum quibusdam Gothorum militibus ad 

(3) Sed qui ex semine Regio remanserunt, expugnandos barbaros (Pelagius) a Domino 
quidam ex illis Franciam petierunt : máxima corroboratus est (Cron. del Silense). 

vero pars in hanc patriam Asturiensium in- 



RESTAURACIÓN [>E LA MONARQUÍA VISIGODA. 51 

constantes aliados, los asturianos, para defender de consuno una causa 
que era común á entrambas razas? El amor á la independencia las habia 
conservado siempre unidas: juntas resistieron el poder de Roma; juntas 
contrabalanceándole en una lucha desesperada, participaron, así de la gloria 
del triunfo, como de las amarguras de un deslino superior á sus esfuerzos. 
Costumbres, intereses recíprocos, vínculos y enlaces de familia, altos re- 
cuerdos y venerables memorias, realzadas por el prestigio de los siglos^ 
estrechaban sus relaciones,- convirtiendo en un deber sagrado su mutua 
defensa. Ahora, desde los confines de una y otra región pueden descubrirse 
las mesnadas reunidas en el territorio de Cangas y las crestas del Auseva, 
y allí llega el rumor de las armas y el eco de los cantos guerreros, y la in- 
fluencia poderosa del entusiasmo que á todos alienta. Creible se hace de 
consiguiente el aserto de Paulo Emilio, que poseído de un noble patriotis- 
mo pone en boca dé Carlos Martel estas palabras: Et nunc ita proditos á suis 
Visogothis superavere (SarraceniJ ut ab asturibus cantabrisque putei in nos fe- 
rantur tamquam asturibus, cantabrisque virtute bellico, religioneque cedamus, 
et certiores, tutioresque sedes sibi conjugibus ac líber is internos, quam apudillos 
habituri sint. 

De esta reunión de los naturales del país, de los godos refugiados en 
sus montañas y de los cántabros á ellas contiguos, de la estrecha alianza 
de todos, robustecida por la adversidad y santificada por el Cielo, surgió la 
lucha de ocho siglos, la nacionalidad española, el reino poderoso que dobló 
los ámbitos del mundo, y aquel heroísmo cuyo esfuerzo, más constante y 
más fuerte que el destino, puso dichoso término á las invasiones de los 
orientales en los pueblos del Occidente. 

Nada mejor averiguado que los sitios donde tuvo origen esta admirable 
empresa. La historia, la gratitud pública, la naturaleza misma nos los re- 
cuerdan sin alteraciones sensibles, conservándose hasta sus nombres como 
otros tantos comprobantes de unos acontecimientos, que de otra manera 
por su misma magnitud llevarían consigo á la posteridad la incertidumbre 
y la duda. La cueva de Santa María (1), excavada por la naturaleza misma á 
bastante altura del suelo en un enorme peñasco, y de la cual partieron los 
primeros albores de la reconquista, al amparo hoy del santuario de Cova- 
donga allí situado, nos manifiesta todavia con sus formas agrestes lo que 



(lj Cumque Pelagius ingresum eorum quod vocatur Cova, Sanclae Mariae (Croni- 
cogr.ovit, in monte Auseva se contulit in con del Obispo Sebastian de Salamanca). 



52 MEMORIAS DE LA REAL ACAI EM1A DE LA HISTORIA. 

era en tiempo de D. Pelayo. Objeto de las investigaciones de Ambrosio de 
Morales, la describió detenidamente en su Viage Sacro, bastante antes que 
el incendio de 4777 desfigurase su antiguo estado, reduciendo á cenizas el 
voladizo y demás obras, cuya atrevida construcción era calificada por el 
vulgo de milagrosa (i). Con suma precisión pone también á nuestra vista 
los orígenes y el curso del Deva, y el angosto valle, orillado de altísimos 
riscos , que desde los lugares de Soto y la Riera corre cada vez más com- 
primido hasta Covadonga, campo de batalla donde la estrechez y escabrosi- 
dad del suelo, contribuyó sin duda á la derrota de Alkaman, comenzada al 
pié de la misma cueva (2). Allí cerca se encuentra la antigua Canicas, corte 
de D. Pelayo, tal vez tan humilde población entonces, como actualmente que 
lleva el nombre de Cangas de Onís (3), pero situada en terreno más abierto 
y frondoso, de un aspecto risueño y pintoresco. En sus apacibles cercanías 
se levanta la iglesia de Santa Cruz, fundada por Favila, y á corta distancia 
señalan los naturales del país el triste descampado donde suponen que pe- 
reció este príncipe en las garras de un oso. 

Otra memoria de más gratos recuerdos nos ofrece el monasterio de San 
Pedro de Villanueva, orillas del Sella, erigido, según se pretende, por Don 
Alonso el Católico, y cuya fábrica del estilo romano-bizantino, grave y 
severa (4), revela sin duda las construcciones que sucedieron alas latinas, 

(1) Fundándose algunos en un texto del (3) Primus in Asturias Pelagius regnavit 
Ohispo D. Sebastian, que llama á la cueva in Canicas annis xjx {Cron. Alb.) 

de Covadonga Casa de Santa María, preten- ^4) Entre los escritores que, atenidos á la 
dieron que ya entonces existia alli un monas- creencia común, atribuyen á D. Afonso el Ca- 
terio. Mis probable parece, y así se cree tólico la fundación del monasterio de San Pe- 
hoy generalmente, que le erigiese D. Alfonso dro de Villanueva, Ambrosio de Morales 
el Católico en memoria de la victoria alean- considera esta fábrica muy posterior á los 
zada por D. Pelayo. En apoyo de esta opi • tiempos de su origen, mientras que Sandoval 
nion se cita la escritura de fundación, cuya la supone de los del fundador. Jovellanos, 
copia manuscrita anda en manos de los cu- adoptando este último parecer en la nota 
riosos, habiéndose perdido el original hace ya nueve á su elogio de D. Ventura Rodríguez, 
muchos años, con todos los demás documen- la cita como uno de los tipos de la arquitec- 
tos de la abadía. Pero merece poca fé este tura que califica con el nombre de Asturiana, 
instrumento, que según lo demostró el Padre Pero es cierto que poco ó nada hay en ella 
M. Risco, no puede admitirse como legítimo. del estilo puramente latino, el único emplea- 
Con esta advertencia le comprende en los do hasta el siglo x, tal como aparece hoy en 
Apéndices del tomo xxxvii de la España Sa- las iglesias de Naranco, San Miguel de Lino, 
grada. Santa Cristina de Lena, y San Salvador de 

(2) Cum esseut egressi fideles de Cuva ad Valdedios. Las portadas y el claustro de 
pugnara, Chaldei statiin versi sunt in fugam San Pedro de "Villanueva, presentan todos 
(Cron. de Sebastian de Salamanca). los caraoté-es del gusto romano-bizantino, ó 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA, 00 

por más que pueda haber en ella algunos restos de la primitiva. En el ter- 
ritorio de Cangas, la parroquial de Abamia, escondida entre peñascos, con- 
serva todavía alguna parte de la antigua iglesia de Santa Eulalia de Vela- 
mio, que se supone fundación de D. Pelayo, y donde largo tiempo reposa- 
ron sus cenizas juntamente con las de su muger Gaudiosa (1). Aun existen 
aquí los humildes lucillos que las encerraban, y quizá corresponde también 
á la primitiva fábrica un arco del estilo latino, ya medio soterrado; mo- 
numentos venerables que no pueden contemplarse sin religioso respeto, 
apareciendo á nuestros ojos con todo el prestigio que reciben de los siglos, 
y más aun de los recuerdos que despiertan y del silencio y la soledad que 
los rodea. 

Como aledaño del territorio, donde tantos despojos de una generación 
ya olvidada se conservan, descuella el Amosa de los Cronicones con sus 
elevadas cumbres, revestido de áridos peñascos y bañado por el Deva, en 
cuyas ásperas pendientes encontraron su ruina los mahometanos escapados 
á la matanza de Covadonga (2). 

Pues si ahora nos apartamos de las montañas para recorrer la parte 
menos quebrada de la costa, en ella encontraremos á la antigua Gigia, pre- 
sidio de los invasores y residencia de su jefe Munuza (3), orgullosa con sus 
muros romanos (4), defendida por la naturaleza misma, risueña como sus 
playas, y objeto de los romanceros que, á despecho de la historia, la hi- 
cieron teatro de los amores de Ormesinda y de Munuza. 

Más apartado de las orillas del Océano, y en la parte central del país, 
á tres leguas del altozano, donde se fundó después la ciudad de Oviedo, re- 



demasía rudo y pesado , con todo el desabrí- de Velapnio fuit (Cron. de Sebastian, Obispo 

miento del normando, y no es posible deseo- de Salamanca). 

nooer hoy sus analogías con las construccio- (2) Sexaginta yero et tria millia qui re- 
nes de San Benito de Baiges, San Daniel de manserant, in verticem montís, qui vulgo 
Gerona, San Pablo del Campo de Barcelo- apelatur Amosa , ad territorium Lebanien- 
na_. San Pedro de las Puellas y otras de la sium praecipites descenderunt (Cron. de Don 
misma edad. Por eso creemos que el primi- Sebastian). 

tivo monasterio, atribuido á D. Alonso el (3) Per idem tempus in hac regione As- 
Católico, fué en su mayor parte restaurado, turiensium, in civitate Gegione, Praepositus 
y que el actual no puede ser anterior á Chaldeorum erat nomine Munuza (Cron. de 
los últimos años del siglo x ó á los principios D. Sebastian), 

del xi. (4) En tiempo de D. Juan I fueron arra- 

(1) Propria rnorte decessit (Pelagius), et sadas estas fortificaciones, cuyos restos pudo 

sepultus cumuxore sua, Gaudiosa Regina in examinar Morales, el cual nos asegura que 

territorio Canica, inEcclesia Sanctae Eulaliae tenían las murallas veinte pies de espesor. 



TOMO IX. 



5: 



54 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

cuerda todavía el valle de Olalles, el antiguo Olalies, en cuyos campos pere- 
cieron los musulmanes que se retiraban de Gijon al rumor de la derrota 
de Covadonga, para ganar probablemente la cordillera de los montes Her- 
báseos y salvarse en Castilla (1). Tradiciones vulgares, vagos é inciertos 
asertos de los escritores de los siglos xvi y xvn (2), memorias alteradas 
que el patriotismo probija y no investiga, señalan aquí el lugar de la pelea 
y la situación respectiva de los opuestos bandos, y hasta el espacio recorrido 
por los vencidos y el término de su completa derrota. En buen hora que 
el tiempo y el entusiasmo hayan exagerado insensiblemente los sucesos, 
que se conviertan en hechos las congeturas y las suposiciones en pruebas; 
pero siempre será una verdad la admirable coincidencia que se advierte 
entre las localidades citadas por los Cronicones, y las que existen hoy casi 
con los mismos nombres que llevaban en el siglo ix. En esta identidad de 
los lugares, la historia encontrará siempre un firme apoyo y un compro- 
bante más de sus asertos. 

Los primeros restauradores de la monarquía, buscando un asilo en las 
montañas y confiándoles su defensa, tardaron en abandonarlas para procu- 
rarse en los valles centrales y las llanuras de la costa mansiones más có- 
modas y agradables. Desde muy antiguo poblaban sus padres las sierras de 
difícil acceso, como si sólo en ellas estuviese segura su independencia y 
satisfecho su genio emprendedor y resuelto. Cuando para vigilarlos más de 
cerca, después de sometidos, dispuso Augusto que, dejando sus guaridas 
salvajes, se situasen en comarcas abiertas y practicables (3), todavía se 
apartaron lo menos posible de las altas cordilleras de Oriente y Mediodía. 
Los estrechos valles formados á sus faldas con sus terrenos adyacentes me- 
nos quebrados, eran pues probablemente en el siglo vin los más poblados, 
y allí se encontraron siempre mayores restos de la dominación romana. 
Corao, donde se descubrieron tantas inscripciones sepulcrales del tiempo 
del Imperio, se aparta poco del Auseva: Campomanes, cuyo origen romano 
no puede desconocerse, toca de cerca las vertientes de los montes Herbá- 
seos: la Isla, otra población romana según todos los indicios, vé levantarse 
á su frente los elevados riscos de Sueve : aun por la parte de Occidente los 

(1) Cumque Astures perseouentes eum (2) Carballo , el arcediano de Tineo, Me- 

(Munuzam) in loco Olaliense reperissenfc, si- drano y otros. 

muí cum exercitu suo cum gladio deleve- (3) In quos se recipiebant castra sua, sed 

runt (Cron. de Sebastian, Obispo de Sala- quaein plano erant, habitare et incolerejus- 

manca). sit (Lucio Floro). 



RESTAUH ACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 55 

zoelas y los pésicos, mencionados por Plinio, vivian al amparo de las cordi- 
lleras interpuestas entre Asturias y Galicia. 

Si sobre la costa se encontraban Flavionavia, Noega, Gegio y Maliaca, 
y ya en el interior Lucus Asturum, Laberris y Pelontium, bien puede pre- 
sumirse que el resto del país debia hallarse entonces y aun mucho después 
muy poco poblado. Habitando los vencedores de Covadonga los lugares más 
próximos al teatro de sus glorias, fijada en ellos su residencia habitual, 
como puntos más á propósito para la defensa, no parece que, á lo menos 
por algún tiempo, les ofreciesen el mismo atractivo los terrenos no tan que- 
brados y de mayor fertilidad, extendidos á lo largo de la costa y en la parle 
interior del país, tan notable por su frondosidad como por sus favorables 
condiciones, ya para el cultivo, ya para la ganadería. Gijon, defendido por 
la naturaleza y por el arte, de muy antiguo acreditado y centro del poder 
de los árabes durante su corta permanencia en la costa de Asturias , poco 
atractivo ha debido ofrecer á la nueva corte de Pelayo y á sus compañeros 
de armas, cuando libre de enemigos y asilo seguro por su posición y sus 
defensas, nada hicieron para establecerse en ella. Tampoco buscaron la 
célebre Lucus Asturum que tanto distinguieran los romanos, y que aun 
debia conservar parte de su primitiva grandeza, pues que todavía en 
tiempo de D. Alonso III existían sus murallas (1). Hasta cuarenta y un años 
después de la jornada de Covadonga no echó D. Fruela los cimientos de la 
ciudad de Oviedo (2), engrandecida luego por D. Alonso el Casto con 
regios alcázares y el templo del Salvador (3). En la sierra de Naranco sólo 
poseía D. Ramiro I una mansión de placer al lado de las iglesias de Santa 
María y San Miguel de Lino, que él mismo habia fabricado y hoy conserva- 
das como un grato recuerdo de su piedad y un precioso testimonio del es- 
tado de las artes en tan apartados tiempos (4). D. Silo , que empezó á rei- 
nar en 780 al fijar su residencia en Pravia, echó los fundamentos de la 
iglesia de San Juan, hoy parroquial de Santianes, donde fué sepultado (5). 

(1) Así consta del privilegio otorgado por tedral de Oviedo por D. Alonso el Casto 
Don Alonso el Magno á la iglesia de Oviedo, (Crnn. del Arzobispo D. Rodrigo. — Cron. del 
concediéndole á Santa María de Lugo. «Ec- Obispo Don Pelayo). 

clesiam Sanctae Mariae de Lugo cum suos (3) Cron. del Obispo D. Sebastian. — 

muros anliquos Íntegros». Cron. del Silense). 

(2) oAb illo etenim in hoc loco, qui nun- (4) In locurn Ligno dicto Ecclesiam et pa- 
cupatur Ovectao, fuudata nitet ista Eccle- latia arte fornicea mire construxit. (El Al- 
sia tuo nomine sacra, tuoque sacro nomine beldense. — El\Obispo D. Sebastian). 
dicata». Escritura de fundación de la ca- (5) late dum regnum accepit in Pravia 



56 - MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Allí permaneció también Mauregato (1). La parroquia actual de San Mar- 
tin del Rey Aurelio, toma su nombre de este príncipe, que la eligió para 
sepulcro suyo, y en cuya feligresía tuvo probablemente su residencia (2). 
Sólo á principios del siglo ix pudo yaD. Alonso el Gasto establecer su corte 
en Oviedo , al mismo tiempo que con muy señaladas victorias esclarecia su 
nombre y dilataba el poder y las fronteras del nuevo reino. 

Ya entonces una gran parte, no sólo de la costa sino de lo interior del 
país, por ventura poco antes cubierto de bosques y malezas, se hallaba 
poblada de feligresías rurales bastante florecientes y dilatadas para subve- 
nir al decoroso sustento de los Obispos emigrados de sus diócesis (3), y 
ofrecerles en la dirección espiritual de los fieles el ejercicio más digno de 
sus funciones. Solamente en el radio de seis ó siete leguas de la ciudad de 
D. Fruela se contaban entonces entre otras parroquias rurales , las de 
Santullano, San Julián, cerca del Nalon, Santa Eulalia, junto al castillo de 
Tudela, Santa María de Tiniana , hoy Tiñana en el Concejo de Siero, Santa 
María de Novelleto, San Pedro de Nora, bañada por el rio del mismo 
nombre á corta distancia de Oviedo, Santa María de Lugo, la antigua Lu- 
cus Asturum, San Juan de Neva, Santa María de Solís, que aun lleva el 
mismo nombre, Santa María de Cultrocies, actualmente Contrueces, Santa 
María de Naranco y San Miguel de Lino (4). 

De otras muchas poblaciones extendidas á lo largo de la costa y por la 
zona central de Asturias , encontramos noticia en los documentos de la 
misma época sucesivamente publicados por Sandoval , Yepes, Berganza, 
Florez y Risco. Las mencionan sobre todo las cartas de donación otorgadas 
por nuestros reyes á la Iglesia catedral de Oviedo. Con notable rapidez se 
habían poblado en pocos años los territorios de Lena, Langreo, Pilona, 
Maleayo, Siero, Sariego, Carreño, Grado, Gijon, Aviles, Pravia y Tineo. Y 
no ha de extrañarse: desde las primeras incursiones de D. Alonso el Cató- 

solium firmavit (Cron. Albeld. — Orón, del gustia tolerabat, antiqua Toletani Conoilii 

Obispo D. Sebastian). instituía sollicité contuentes Ovetensem Ec- 

(1) Morte propria decessit , et sepultus in clesiam , et ceteras, quibus jam ut Metrópolis 
Ecclesia S. Joannis Apostoli in Pravia í'uit. praerninebat,ordinabantjuxtaCanonum sane- 
Era dcocvi {Cron. del Obispo Sebastian). tiones (Cron. del Arzobispo D. Rodrigo). 

(2) Et sepultus in Ecclesia Sancti Martini (4) Según las actas del Concilio de Oviedo, 
Episcopi in valle Lagneyo fuit (Cron. del q ue se celebró reinando D. Alonso III, fueron 
Obispo D. Sebastian). estas las feligresías asignadas á los Obispos 

(3) Incursantium enim hostilitate fugati entonces residentes en Asturias y emigrados 
intra Asturiam angustias Praelati, qui gla- de sus diócesis ocupadas por las árabes, 
dium effngerant, confugerunt, et ut tanta an- 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 57 

lico en los pueblos ocupados por los musulmanes, además de las familias 
cristianas que huyendo de la servidumbre buscaban un asilo en la nueva 
monarquía, los reyes que después de largas y sangrientas correrías y dueños 
ya de muy extensos territorios regresaban á sus Estados enriquecidos con 
los despojos del enemigo, conducían también á ellos multitud de indígenas 
y siervos para repoblar los países desiertos ó por lo menos escasos de bra- 
zos (1), y susceptibles de un floreciente cultivo. Si muchos de los nuevos 
pobladores se destinaron á Galicia y Cantabria, otros en gran número de- 
bieron establecerse en Asturias. Hasta qué punto se extendían por sus co- 
marcas, puede inferirse de los muchos que se concedían á las iglesias y mo- 
nasterios por sus fundadores, según así lo acreditan los documentos que de 
ese tiempo se conservan. Y no de otra manera se concibe la arrojada rebe- 
lión de los esclavos en el reinado de D. Aurelio (2), afortunadamente bas- 
tante discreto y poderoso para sofocarla en su origen sin derramamiento de 
sangre y costosos sacrificios. 

Antes de esa época era preciso buscar la población, ó en algunos puntos 
de la costa, tales como Maliaca, Gegio, Noega y Flavionavia, ó al pié de 
las montañas y en pobres y humildes lugares. Los vencedores en Covadonga 
y Olalles, rudos y mal avenidos con el solaz y la holganza , apartábanse 
difícilmente del teatro de sus primeros triunfos, donde la aspereza del suelo 
y las montañas erizadas de peñascos y circuidas de precipicios les ofrecían 
una defensa segura contra sus enemigos, siempre amenazadores y dispues- 
tos á exterminarlos. Avezados á una vida de azares y peligros, bastábales 
para ser dichosos la humilde alquería de sus padres , la sombra de los bos- 
ques nativos, un abundante pasto para sus ganados, la libertad que disfru- 
taban, y el rumor y la gloria de los combates, si la patria reclamaba sus 
brazos para la propia defensa. 

En tiempos de tanta angustia, confundidas, si no niveladas las clases y 
las riquezas por el infortunio que á todos alcanzaba, constituyendo el valor 
personal la primera y más preciada virtud del individuo, y levantado por 
ella á los primeros puestos del Estado, cortas serian entonces las diferen- 



(1) De D. Alonso el Católico dice el Obispo quae nunc apelantur Castella et pars mari- 
de Salamanca: «Omnes quoque Árabes oc- tima Galleciae Burgi». 
cupatores supradictarum civitatum interfi- (2) Eo regnante servi dominis suis con- 
ciens, Christianos secum ad patriam duxit. tradicentes, ejus industria capti in prístina 
Eo tempore populantur Primoriae , Lebana, sunt servitute reclusi (Cron. Albeld). 
Transmera, Supporta , Carranza , Bardulia, 



38 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

cias de los gustos é inclinaciones; menores aun las distancias entre los na- 
turales y los refugiados godos. Un mismo interés los conservaba unidos: 
guerreros é independientes, un sentimiento solo los animaba: el amor á la 
patria; el odio á sus opresores; la resolución de vengarla ó de perecer con 
ella. Señores y siervos, indígenas y extraños , godos ó romanos de raza, 
reunidos todos por un triste destino, habian venido á constituir un nuevo 
pueblo, mientras que el país entero se convertía en un vasto campamento. 
Los reyes entonces, primero soldados que administradores, y antes ci- 
ñendo el casco que la diadema, no conocían otros alcázares que las tien- 
das de los reales, ni otra corte que la reunión de sus caudillos y de los sacer- 
dotes que los alentaban en nombre del Dios de las batallas, al desenvainar la 
espada contra los enemigos de sus altares. 



III. 



LAS PERSONAS- 



A la exactitud de la cronología y la identidad de los lugares, corres- 
ponde el conocimiento, si no de todos, á lo menos de los principales per- 
sonajes que figuraron en las primeras empresas de la restauración de la 
monarquía. Descuella entre ellos el rey D. Pelayo, objeto á la vez de los 
cantos del poeta, de las leyendas populares y de las enseñanzas de la his- 
toria; personificación de una época gloriosa, tipo de nacionalidad y ejem- 
plo sublime de valor y patriotismo, que recuerdan los buenos para rechazar 
todo linaje de opresión y tiranía, y fortalecer el ánimo contra los embates 
de la adversidad. Sábese su glorioso alzamiento, su proclamación como 
rey (1), su inmortal victoria de Covadonga, su autoridad suprema, ó como 
caudillo triunfador ó como elegido por sus mismos guerreros, para regir la 

(lj Que la elección de Pelayo para ocu- gio, Principem elegerunt Dum vero Sarra- 

par el trono fué anterior á la batalla de Co- ceni factum cognoverunt, statim ei per Alka- 

vadonga y que ya en ella mandaba como rey, man ducem, qui et ipse cum Tarech in Hispa- 

claramente se echa de ver por el texto si- pania irruptionem fecerat, et Opanem Hispa- 

guiente del Cron. del Obispo D. Sebastian: lensissedismetropolitanumEpiscopum, filium 

«Máxima vero pars (habla de los godos) in Vitizani Regis, ob cujus fraudem Gothi pe- 

hanc patriara Asturiensium sibique Pelagium rierunt». 
filium quondam Fafilani ducis ex semine re- 



40 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

nueva monarquía. Sin embargo, por una obcecación inconcebible, mien- 
tras que el Arzobispo de París, Pedro de la Marca, le confunde con Theodo- 
miro, gobernador de Murcia y vasallo de los árabes (1), llevan unos el 
pirronismo hasta el extremo de negar su existencia , mientras que otros 
menos arrojados le suponen sólo un caudillo afortunado (2). Para abrigar 
tan equivocadas ideas y sostenerlas de buena fé, preciso es olvidar los mo- 
numentos históricos, cuya autenticidad no puede disputarse. Así los cro- 
nistas cristianos que florecieron desde el siglo ix hasta el xm, como los 
escritores árabes , sus contemporáneos , nos hablan de Pelayo y de su 
triunfo más ó menos circunstanciadamente. Entre los primeros se cuentan 
el autor del Cronicón Albendense, el Obispo D. Sebastian de Salamanca, el 
Silense, D. Lúeas de Tuy, el Arzobispo D. Rodrigo, el autor de la Histo- 
ria Compostelana , el del Cronicón Complutense,!). Pelayo, Obispo de Oviedo, 
y D. Alonso X. Entre los segundos, Abd-al-Rhaman-ben-Abdque fija el 
alzamiento de Pelayo en el año 97 de la Egira, ó sea el 719 de Jesucristo (3); 
Abd-Allah-ben-Ahmet-al-Qaysi, que le recuerda igualmente, refiriéndose 
al 90 de la Egira, correspondiente al 721 de Jesucristo (4); Abu-Bakir (ves- 
tís sérica), de acuerdo con los anteriores (5); el Ajbar-Machmüa, que men- 
cionando la venida á España de su gobernador Okba por los años de 116 de 
la Egira, refiere el alzamiento de Pelayo dándole el títuto de rey, y supo- 
niendo que sólo acaudillaba 300 hombres al amparo de los riscos más fra- 
gosos de Asturias (6); Ebn-Hayyan, que, conforme con este escritor, fija 
la sublevación de los asturianos bajo el mando de Pelayo en tiempo de 
Ambaga-ben-Cohain , desde 721 á 725 (7); Ar-Razi, que se expresa en 
iguales términos, pero llevando más lejos su relato, al añadir que falleció 
Pelayo el año 133 de la Egira (750-751), después de reinar diez y nueve 
años y sucediéndole en el trono su hijo Favila (8). Confirman esto mismo 



(1) Marca Hispánica, lib. m, cap. i, (6) Ajbar-machmua {Colección de tradicio- 
núm. 5 , colección 228. nes arábigas sobre la conquista de España, 

(2) D. Vicente Noguera es uno de los que traducida al castellano por el Sr. Lafucnte 
en su Ensayo cronológico niega á D. Pelayo Alcántara, individuo de número de la Keal 
el título de rey. Academia de la Historia) . 

(3) Viardot (Essai sur l' Histoire des ara- (7) Al-Makkari, n, pág. 9. 

bes el des inores d ¡ Espagne, vol. 1, chap. i, (8) Muy fundadamente observael Sr. La- 
page 41. fuente Alcántara , en el apéndice á su tra- 
ja) Ibidem. duccion de Ajbar-Machmüa, la concordancia 
(5) Casiri (Bibliotheca Arábico-Hispa- de este escritor árabe con los cronicones cris- 
ma, 11, 33), tianos al asegurar que Pelayo reinó diez y 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 41 

de una manera explícita Ebn-Juldon y otros de los autores árabes que 
constan así de Ahmed-el-Makkari, como de los manuscritos de Gotha ci- 
tados por Lembke. 

Nunca se desecharán los asertos contestes de todas estas autoridades, 
la tradición que las confirma y robustece, la creencia general que les prestó 
constantemente completo asentimiento, sin oponerse á la evidencia misma, 
negar por capricho y hacer alarde de una incredulidad que nada puede 
justificar, cuando tan lejos y con éxito tan cumplido se llevaron las investi- 
gaciones de la crítica que la condenan. 

Pero si Pelayo ha existido , ¿ cuál es su origen ? ¿ A qué raza corres- 
ponde? ¿De dónde le vino el prestigio y poderío que le elevaron al trono? 
¿Cómo fué su nombre una potencia en Asturias para subordinar á su vo- 
luntad los restos dispersos de la gente goda, y la altiva condición de los 
naturales del país, siempre celosos de su libertad é independencia? ¿Cuál 
fué su suerte y dónde se hallaba antes de retirarse á las montañas de Astu- 
rias? ¿ Concurrió á la batalla del Guadalete? ¿Fué uno de los magnates 
godos que, después de perdida, se reunieron en Toledo para deliberar sobre 
la situación de la patria y atender á su defensa? Hé aquí otras tantas cues- 
tiones oscurecidas por el tiempo, que la crítica se propuso esclarecer con 
un empeño igual á su importancia, pero no siempre con éxito cumplido. 
Grave y en extremo difícil fué su empresa; porque vagas y escasas las no- 
ticias relativas á ciertos pormenores, breves los Cronicones y á corto nú- 
mero reducidos, poco conformes en algunos de sus asertos, obscuros los 
documentos originales, y no existiendo ningún autor de la misma época, 
discordes por otra parte en más de un punto importante los escritores ára- 
bes y cristianos, ni es por cierto cosa llana discernir la realidad de la im- 
postura, ni llenar con buen acuerdo los vacíos ocasionados por el tiempo 
y el olvido en la historia de tan memorables sucesos. No extrañamos, pues, 
que el doctor Dunhan manifestase su embarazo al examinarlos, y que ha- 
yan sido objeto desde bien antiguo de muy contrarias opiniones (1). Pre- 

nueve años; pero manifiesta al mismo tiempo á sí mismo al consignar la fecha de la muerte 

que poniéndose en contradicción consigo mis- de Pelayo. 

mo, se equivoca al fijar la muerte de aquel (1) Hay tanta confusión (dice este histo- 
monarca en 133 de la Egira (750-751). Por- riador), tanta contradicción, y aveces tal ca- 
que aun suponiendo (son sus palabras) que rencia de probabilidad en las oscuras autori- 
el levantamiento en Asturias fuese en el últi- dades relativas á este período , así árabes 
mo año del gobierno de Anbaca, es decir, como cristianas, que es desesperada empresa 
en 725, con diez y nueve años de reinado sólo la del que aspira á formar una narración algo 
llegamos al 744. Ar-Razi, pues, se contradice racional y un tanto ordenada del reinado de 
tomo ix. G : 



42 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

sumiendo poco de las propias fuerzas y con la desconfianza de descubrir 
siempre la verdad al través de las sombras que la oscurecen, vamos sin 
embargo á examinar lo que puede haber de cierto , de verosímil ó de co- 
nocidamente falso en la existencia y los hechos del restaurador de la mo- 
narquía española. Los que sólo le consideran como un caudillo afortuna- 
do, como un español á quien colocó el arrojo mis que el nacimiento al 
frente de la insurrección de Asturias, so apoyan ciertamente en fundamen- 
tos bien endebles: aseveran más que prueban: aventuran una conjetura 
desmentida por documentos é inducciones irrecusables. Pellicer, Mondé- 
jar y Ferreras, demostraron ya que no podia confundirse á Pelayo con 
Teodomiro; que no eran una misma persona, como con poca cordura al- 
gunos supusieron ; pero al reconocer esta verdad y ponerla fuera de toda 
duda, no faltan escritores que niegan á Pelayo su oriundez goda, reducién- 
dole á la clase de un simple particular. Fúndanse en que el nombre de 
Pelayo es romano y no godo, y en que los árabes le llamaron siempre Be- 
lay-el-Piumi; esto es, Pelayo el romano. Con pruebas tan endebles no es 
para ellos otra cosa el héroe de Covadonga que un partidario arrojado, 
probablemente de origen romano y de una de aquellas familias indígenas 
consideradas en el país y á las cuales las últimas leyes góticas franquearon 
el acceso á todos los empleos y dignidades (1). 

¿Pero quién ignora hoy que muchos godos ilustres llevaban entonces 
un nombre romano, á pesar de su oriundez y del carácter y los derechos de 
la raza? Ya en los siglos vi y vn encontramos individuos de familias cono- 
cidamente godas con nombre de origen romano, tales como Fontiniano, 
Agricio, Urso, Reparato, Severino, Vitulo, Fortunato, etc. En los Conci- 
lios Toledanos aparecen inscripciones de varios prelados y magnates, go- 
dos por su origen y gerarquía, romanos por sus nombres. Sabido es que á 

Pelayo. Bien es verdad que cuando discrepan gothiques avaient en fin ouvert l'accés des 

las autoridades, toca á la razón dar el fallo; emplois.... J'appuierais aubesoin cette aser- 

perohay ocasiones en que es imposible decir tion sur les diverses dénominations données 

cuál es menos descabellada. (Historia de Es- par les árabes a Theudemir efc á Pélage. lis 

paña , redactada y anotada con arreglo á la appellenteneffetlepremierTadmir-ben-Gob- 

que escribió en inglés el doctor Dunhan, por dosch (Tadmir, fils des Goths ou le Goth), et 

D. Antonio Alcalá Galiano , t. i, cap. vn, á Pélage Belai-el-Roumi (Pélage le romain), 

páginas 216 y 217). ou comme nous savons qu'il faut l'entendre, 

(1) Pélage ne dut étre d'abord qu'un l'espagnol , l'autocthone devenu romain. 

brave chef de partisans , probablement espa- (Romey, Flistoire d' Espagne, t. m, chap. vi, 

gnol (romain) d'une de ees familles indige- page 165). 
nes honorées , auxquelles les derniéres lois 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 45 

los de los monarcas Ervigio y Egica se antepone el de Flavio, uno de los 
más ilustres de la antigua Roma, y que poco después en la monarquía res- 
taurada, los de Silo y Aurelio revelan la misma procedencia. No ha de ex- 
trañarse: en los últimos reinados de la monarquía visigoda no eran ya 
grandes las diferencias que separaban los romano-hispanos de los pura- 
mente godos. La unidad del principio religioso establecido por Recaredo 
al proclamar el catolicismo como religión del Estado (1), la derogación de 
la ley que prohibía el matrimonio entre personas de distinta raza, autori- 
zándole al fin la previsora política de Recesvinto (2), la legislación visi- 
goda sustituida al derecho romano, uniforme y general para todos, sin 
exclusiones ni diferencias de ninguna clase, tendían á consolidar la fusión 
de vencedores y vencidos, que el tiempo, la identidad de las costumbres y 
los intereses recíprocos habían preparado lentamente. 

Cuando la historia nos demuestra esta verdad, en poco ha de estimarse 
para sostener que Pelayo no era de sangre goda, la circunstancia de lla- 
marle los árabes Relay-el-Rumi, al mismo tiempo quedaban el nombre de 
Kuti, óRen-Gobdosch, hijo de godos, á los que de ellos descendían. Pero 
no es menos cierto que con el dictado de romanos muy frecuentemente de- 
signaron otros personajes de conocida estirpe goda. Sin justas ideas del 
pueblo vencido, de su organización y su carácter y sus diversos orígenes, 
natural era que á menudo distinguiesen á los cristianos de la Península con 
el dictado genérico de romanos, cualesquiera que fuesen su descendencia y 
sus esenciales distintivos. Mil ejemplos nos dejaron de esta apreciación en 
sus documentos históricos hasta ahora conservados. Y así era preciso que 
fuese: mal enterados de las cosas de España, sobre todo durante los pri- 
meros años de su dominación, faltos de pormenores y reseñas exactas, harto 
divididos para adquirirlas , y más atentos á ilustrar su historia que á cono- 
cer la de los vencidos, en la precisión de generalizar las ideas, prescindie- 
ron de clasificaciones, incurriendo más de una vez en muy graves errores 
de apreciación, ora tratasen de las personas, ora de las circunstancias 
geográficas de los países que apenas conocían. Por eso con el nombre de 
Djalikyah (Galicia) comprendieron las diversas regiones que se extienden 
desde el Miño hasta Bayona, á lo largo de la costa del Norte, sin poner di- 
ferencia entre los gallegos, los asturianos, los cántabros y los vascones, 
como si todos constituyesen un solo pueblo. 

(1) Tercer Concilio de Toledo del año 589. (2) Fuero Juzgo, lib. ni, tít i. 



44 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Pero suponiendo desde luego que los árabes distinguiesen los romanos 
de los godos, lo que no es fácil justificar con sus mismos asertos, ¿por qué 
darles más valor que á los de los cristianos, mejor enterados de sus pro- 
pios negocios y en cuyos Cronicones , no por incidencia y de una manera 
vaga sino de intento y sin vacilar, se considera á Pelayo de estirpe goda, 
y lo que es aun más descendiente de reyes (1)? Si desde los escritores 
más allegados á la gloriosa jornada de Covadonga hasta los tiempos de 
D. Alonso X todos convienen en que Pelayo era hijo de Favila, duque de 
Cantabria; si éste es de raza conocidamente goda y de su principal nobleza, 
no se concibe cómo se ha de dar una oriundez distinta y convertir en ro- 
mano al primer rey de la monarquía asturiana. Lleve en buen hora el nom- 
bre que se quiera: siempre será cierto que es un godo por su origen y des- 
cendencia. Ó negar entero crédito á nuestros Cronicones y á una constante 
tradición, ó convenir en que sólo tenia de romano el nombre: no hay tér- 
mino medio entre uno y otro extremo. 

Conviene no perder aquí de vista , que á la manera que los cronistas 
cristianos conocieron someramente la historia de los árabes, estos á su vez 
ignoraban la de sus enemigos, juzgando de los nuevos Estados del Norte de 
la Península y sus orígenes, no ya con harta ligereza, sino con notable 
desacuerdo. Entre los antecedentes que así lo comprueban, recordemos 
sólo, cómo refiere Ben-Hayyan-in-Ahamed el principio de la restauración 
de la monarquía visigoda (2). «En tiempo de Ambesa-ben-Sohim» dice este 
escritor del siglo xi) <¡se levantó en Djalikyah un caudillo de los infieles, al 
» cual no quedaba ya otro dominio que una roca, donde se ocultó con tres- 
cientos hombres. Los musulmanes no cesaron de combatirlos, hasta que 
» murieron de hambre y de fatiga. Treinta solamente y diez mujeres sobre- 
vivieron, que se alimentaban con la miel fabricada por las abejas en las 
«hendiduras délas peñas. Los musulmanes despreciaron tan escaso núme- 
»ro, y su poder se aumentó bien pronto sin embargo de una manera in- 
creíble». A fines del siglo xn reprodujo la misma conseja el famoso moro 
Rasis, no en verdad escritor imaginario como largo tiempo se ha creído (3). 

Menos desviado de la verdad, aunque sin alcanzarla, anduvo sin duda 

(t) Cron. Albel., e! Obispo Sebastian, el (3) Gayangos, Memoria sobre la auten- 

Tudense, el raonge de Silos, el Arzobispo Don ticidad déla Crónica denominada del moro 

liodrigoy el Obispo de Oviedo D. Pelayo. Rasis, inserta en el tomo vm de las Memorias 

(2) Manuscritos de Gotha , citados por de la Beal Academia de la Historia. 
Lembke, fól. 343. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 45 

Ál-Makkari II (671), cuando al seguir á oíros autores, compatriotas suyos, se 
expresa en los términos siguientes : i Cuentan algunos historiadores que elpri- 
» mero que reunió á los fugitivos cristianos de España, después de haberse apode- 
>rado de ella los árabes, fué un infiel llamado Pelayo, natural d°. Asturias, en 
» Galicia , al cuál tuvieron los árabes como rehenes para seguridad de la obedien- 
iciade la gente de aquel país, y huyó de Córdoba en tiempo de Al-IIorr-ben- 
» Ábdo-r-Rahamen-Atsakafi, segundo de los Emires árabes de España en el año 
> sexto después de la conquista, que fué el 98 de la Egira (716-717). Sublevó á 
> los cristianos contra el lugarteniente de Al-Horr , le ahuyentaron y se hicieron 
» dueños del país , en el cual permanecieron reinando , ascendiendo á veintidós el 
» número de reyes suyos que hubo hasta la muerte de Abdo-r-Rahemen (1 ) > . Dígase, 
pues, si han de seguirse esta clase de autoridades y olvidarse las nacionales, 
para dar á la restauración por jefe un caudillo aventurero de origen romano. 
La misma elección de Pelayo para ocupar el trono erigido en Covadonga 
viene en apoyo de su procedencia de la estirpe goda. Según el canon 75 
del cuarto Concilio de Toledo, sólo los que á ella pertenecían, eran llama- 
dos á ceñir la corona , con exclusión de toda otra procedencia (2). Así se 
vino observando constantemente hasta el rey D. Rodrigo. Ni una excepción 
ni una duda, ni un solo conato en contra de esta ley. Acatada siempre con 
religioso respeto, ¿la olvidarían ahora los magnates godos y los naturales de 
la tierra, cuando era su propósito dar nueva vida á la monarquía visigoda, 
cuando no conocían otras instituciones que las suyas, otro gobierno posi- 
ble que el determinado por ellas? No parece siquiera verosímil. Cualquiera 
que fuese el prestigio y el arrojo de los adalides refugiados en Asturias y su 
ambición y buena estrella, en vano habrían aspirado á la soberanía, si la 
sangre goda no circulaba por sus venas. Preciso es concedérsela al pariente 
del último monarca visigodo; á su espatario; al que realzaban las desgracias 
y merecimientos de su familia, los odios de Witiza y su propia conducta. No 
estaba reservado al aventurero, al soldado de fortuna, cualquiera que fuese 
su oriundez, ora goda, ora romana, la aureola de gloria con que llegó á la 
posteridad el nombre de Pelayo. Los que niegan hasta su existencia, faltos de 
un apoyo sólido y no presentando en abono de su extraño escepticismo ni 
siquiera una débil conjetura, en vano pretenden convertir en realidad su 
paradoja. La rechazan de consuno los Cronicones más antiguos y respeta- 

fl) El Sr. Lafuente Alcántara inserta (2) Niülus.... nisi ad genere gothus et 

este pasaje de Al-Makkari en el apéndice ásu moribus dignus provehatur ad apicem regni, 
traducción de Ajbar-üfaebmüa. 



46 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

bles , la tradición nunca interrumpida, las creencias del pueblo español 
transmitidas de generación en generación hasta nosotros como una heren- 
cia de gloria que nadie ha disputado en la serie de muchos siglos. 

Con otro criterio y mayor cordura que los innovadores desviados de la 
tradición , ha procedido el moderno historiador Rossiew de Saint-Hilaire, 
al adherirse á los asertos del Albeldense, el Obispo D. Sebastian y el Tu- 
dense, y respetar las creencias populares y la buena crítica que las justifica. 
Hé aquí cómo se expresa á este propósito: «El nombre de Pelayo citado por 

• los mismos árabes y transmitido de boca en boca á los escritores de los 
» siguientes siglos, no está menos rodeado de una de estas certidumbres 

• morales basadas en la tradición popular. No se puede poner en duda que 

• ha existido el hombre que vive todavía en los recuerdos del pueblo espa- 
> ñol. Las narraciones sólo de sus romanceros le aseguran una inmortali- 
5 dad que todas las dudas de la crítica no pueden arrebatarle (1)j . 

Pelayo no habia penetrado sólo en las montañas de Asturias: con él 
iban también parte de los magnates que sobrevivieron á la ruina de la mo- 
narquía. Así nos lo asegura en su Cronicón el Obispo de Salamanca Sebas- 
tian y así parece natural que sucediese después de la derrota del Guada- 
lete, en que la nobleza goda luchó denodadamente al lado de su rey, por 
más que le fuese adversa la fortuna. Alguno, sin embargo, ha pretendido 
que sólo siguió al héroe de Covadonga gente desvalida de la raza hispano- 
latina, sin hogar ni valimiento, para quien el abandono de su tierra natal 
y la emigración á las montañas de Asturias era una necesidad ó una con- 
veniencia en su menguada condición y penosa existencia, esperando por 
ventura mejorarla de los trances de la guerra. Tal opinaba el P. Mariana, 
cuando supuso á Pelayo acompañado sólo de gente pobre y miserable y 
poseida de miedo (2); extraño aserto qua no podrá justificarse ni con los 
documentos históricos, ni con la tradición constante, ni aun con razona- 
bles conjeturas. ¿Por qué, pues, repugnar que la gente granada de los go- 
dos, esquivando el yugo mal avenido con su altiva condición, acudiese al 

(1) Saint-Hilaire (Histoire d'Espagne, en sus casas: querían más estar á la mira y 
liv. iv, chap. i). aconsejarse con el tiempo, que hacerse parte 

(2) En el valle que hoy se llama Cangas, en negocio tan dudoso.... Fuera locura hacer 
y entonces Canica, tocó tambor y levantó es- rostro con aquella gente desarmada y ciscada 
tandarte. Acudió de todas partes gente pobre de miedo, al enemigo feroz y espantable por 
y desterrada con esperanza de recobrar la li- tantas victorias como tenia ganadas (Historia 
bertad.... Los más por menosprecio del nuevo general de España, lib. vn. cap. i y cap. n). 
rey y por miedo de mayor mal se quedaron 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 47 

valle de Cangas, cuando allí un caudillo esforzado apellidaba libertad é 
independencia? Si muchos únicamente consultando la seguridad personal 
se refugiaron en la Marca Hispánica y en la Septimania, donde obtuvieron 
de los reyes francos exenciones y privilegios (1), no hay de qué maravillarse 
que sin abandonar el suelo natal, otros de mayores alientos, buscasen en 
él la ocasión y los medios de romper sus cadenas y devolverle la dignidad 
perdida. Cierto que no todos los magnates de la raza goda correrían á las 
montañas de Asturias, después de sometidas las principales ciudades de la 
Península á sus conquistadores. Un gran número habrá regresado proba- 
blemente á sus hogares al amparo de honrosas capitulaciones, así como 
otros desde un principio desleales y abatidos, auxiliaron traidoramente los 
intentos del vencedor, ciegos prosélitos de Witiza y del conde D. Julián, en 
mal hora asociados á su agravio y su venganza. Esto ni se disputa, ni es 
dado contrariarlo con buenas razones; pero que muchos, consultando la 
propia honra , y más resueltos y animosos , han debido concurrir á las 
montañas de Asturias, manteniendo el prestigio y la influencia de su estir- 
pe, tampoco se negará racionalmente. Cualquiera que fuese la degradación 
moral del pueblo visigodo en el reinado de Rodrigo, todavía mantenían sus 
proceres el orgullo de su clase, el hábito de la dominación, la preponde- 
rancia sobre las masas , el apego á la independencia heredada de sus ma- 
yores. De su estirpe salieron los primeros reyes de la monarquía asturiana: 
á ella correspondían los condes palatinos y los señalados caudillos que la 
historia nos recuerda desde los primeros años de la restauración. ¿Cómo 
pretender que todos los vencidos en los campos de Jerez fueron cobarde- 
mente á guarecerse en su país natal, sometiéndose á la servidumbre des- 
pués de luchar como buenos para evitarla? No ha debido creerlo así el es- 
critor árabe del siglo xi, Aben-Adharo , ya citado , al referirnos que aban- 
donada Toledo de la gente principal, se habia retirado el rey acompañado 
de los suyos al otro lado de los montes. Probará por lo menos este aserto, 
á pesar de su vaguedad, que era voz entre los árabes acreditada la emigra- 
ción de los magnates godos, dejando en la capital del Imperio sus propie- 
dades y su influencia, primero que someterse humillados al yugo agareno. 
Fieros y orgullosos al buscar un asilo en las montañas de Asturias y 
organizarse para la resistencia no se prestarían seguramente á someterse á 
un aventurero, cuando el peligro y la desgracia levantaban su ánimo esfor- 

(1) Pedro (De Marca Hispánica, lib. ni, pág. 329, y lib. ív, pág. 447). 



48 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

zado, y la idea de toda superioridad debia lastimar su condición altiva, si 
no era de antemano merecida y realzada por la eminencia de la raza. Nada 
más natural que su elección libre y espontánea recayese en el más digno 
por su valor y esfuerzo, por su alto nacimiento y descendencia de los úl- 
timos monarcas. De manera que la elección de Pelayo para el mando, 
según los cronicones la refieren, se concilla aquí con las circunstancias 
especiales de la época, con el carácter mismo de los electores y las condi- 
ciones que debían suponerse en el elegido. Y sólo con ellas pudiera éste, 
cuando habían desaparecido el deber y la obediencia , disuelta la sociedad 
y confundidas las clases, adquirir el prestigio y el mando que le aseguraron 
la victoria y el trono. Por eso mientras no se presenten otras razones en 
contrario, será preciso prestar entera fé al contexto unánime del Albel- 
dense, el Obispo D. Sebastian, D. Lúeas de Tuy y el Arzobispo D. Ro- 
drigo, los cuales en los términos más explícitos nos aseguran que Pelayo 
procede de la sangre real de los godos (1). Y bien será advertir aquí que 
los dos primeros de estos escritores , floreciendo en el siglo ix , pudieron 
recibir en toda su integridad y pureza la tradición relativa á las circuns- 
tancias del héroe de Covadonga, cuya victoria por su misma grandeza y 
sus inmediatos resultados debió conservarse profundamente grabada en la 
memoria délos pueblos. Dunham en el apéndice M. de su Historia de Es- 
paña, dice coincidiendo con nuestra opinión: «Los historiadores que con- 
sideran que la línea de los reyes godos continuó en Pelayo, que son los 
) nueve décimos de cuantos en cualquiera tiempo ó país han escrito sobre 
»la historia de España, siguen la autoridad de Sebastian, Obispo de Sala- 
» manca, ó la del Albeldense. Ahora pues, aunque estos dos escribieron ya 
• después de mediado el siglo ix, no debe desecharse su testimonio, pues 
» pudieron sus padres haber tenido trato con personas que se acordasen, si 
»no ya de la subida al trono de Pelayo , de par(,e del reinado del mismo 
«héroe, y las cuales por lo mismo no podían incurrir en errores muy cra- 
»sos en punto á fechas (2)». 

(1) Pelagius Veremundi filius, nepos Ru- fuste peremerat, volebat (Witiza) paena simile 

derici Kegis Toletani (Cron. Albeldense). condemnare, etc. {Cron. del Arzobispo D. Ro- 

Pelagium quondam Fafilani Ducis ex se- drigo). 
mine regio {Cron. del Obispo D. Sebastian). (2) Historia de España, redactada y ano- 

Pelagius films suprafacti Ducis Fafilae tada con arreglo á la que escribió en inglés el 

Spatarius Regis Eoderici, etc. (Cron. del doctor Dunham , por D. Autonio Alcalá Ga- 

Tudense). liano, t. n, apéndice M, pág. 273. 

Pelagiumetiam, cujus patrem apud Tudam 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 49 

El Silense escribió ya en el reinado de Alonso VI no con tanta sen- 
cillez como sus antecesores, pero en perfecta armonía con sus asertos. 
Los confirma también el autor de la historia Compostelana, y á ellos aña- 
den mayores detalles D. Lúeas de Tuy, D. Pelayo, Obispo de Oviedo, y 
el Arzobispo D. Eodrigo , en cuyos cronicones se advierte otro deteni- 
miento, otra manera menos simpática y más estudiada de narrar los he- 
chos, y sobre todo aquel sabor á los romances comunicado por los árabes 
ó introducido después en la historia que pareció con otra pompa y aliño 
desde la crónica general de D. Alonso X. Pero cualesquiera que sean las 
diferencias características de estos historiadores y su valor respectivo, 
convienen todos en que D. Pelayo era hijo de Favila , duque de Canta- 
bria. Sólo en alguno de los ejemplares del cronicón de Albelda que se 
escribía por los años de 883 con aquella sencillez y brevedad que tanto 
le distingue, se llama Veremundo al padre de Pelayo. Mas sin duda de- 
be ser esta una equivocación material de los copiantes, cuando en el có- 
dice Emilianense del mismo autor , se lee que Pelayo era hijo de Favi- 
la (1). Sino ha de considerarse tan terminante aserto como una de las 
interpolaciones con que se alteró el texto genuino del original, entonces 
ha de convenirse en que el Albendense , manifestando dos opiniones di- 
versas, se puso en contradicción consigo mismo, lo que no parece proba- 
ble cuando ni pecaba de inconsecuente, ni era fácil que sus breves indi- 
caciones fuesen bastante á confundir su juicio hasta el extremo de con- 
trariar los propios asertos. 

El monge de Silos, dos siglos después, á pesar de sus ampliaciones 
y de los pormenores con que da más bulto á los descarnados relatos de 
sus antecesores, se contenta solo con decirnos que el fundador de la mo- 
narquía Asturiana habia sido espatario del rey D. Rodrigo. Al convenir 
con casi todos los historiadores , que descendía Pelayo de la estirpe real 
de los godos, observaremos que apoyada esta creencia en la tradición y 
los asertos de los más antiguos cronicones, nunca desmentida de un mo- 
do convincente ni por los hechos ni por los raciocinios , cuenta, hoy con 
la aquiescencia de casi todos los historiadores , ya que no se encuentre 
á cubierto de toda duda. Admitiendo de buen grado que Pelayo sea hijo 



(1) Iste in vita patris in Tudense urbe Ga- quadara occasione uxoris fuste in capite per- 

llicie resedit. Ibique Fafilanem Ducem, Pe- cussit unde post ad mortem pervenit (Oódi- 

lagii Patrem, quem Egica Res illuc direxerat, ce Emilianense). 

tomo rx. 7 : 



bO MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

de Favila, duque de Cantabria, ¿cómo se enlaza este personaje con los 
reyes godos? Hé aquí un punto histórico donde la bueua crítica encuen- 
tra bastante oscuridad ó incertidumbre (1). Cuatrocientos años transcur- 
rieron antes que los cronistas de la restauración tomasen en cuenta este 
punto, y eso no aduciendo documentos, sino limitándose á muy breves 
indicaciones. El Tíldense, escribiendo ya en el siglo xnr, es el primero 
que como si se tratase de un hecho de todos conocido y relevado de prue- 
bas por su misma notoriedad, asegura que el duque Favila era hijo del 
rey Chindasvinto (2). Antes habia escrito también el monge de Silos que 
Teodofredo participaba de la sangre real de los godos (3). 

Teniendo en cuenta estos asertos y los demás, por cierto bien esca- 
sos en número, de los escritores que se sucedieron hasta el siglo xiv, 
pretende el P. M. Eisco, que Chindasvinto dejó de su mujer Eeciberga 
tres hijos; Teodofredo, Recesvinto y Favila padre de Pelayo (4). Lléve- 
se en buen hora la indulgencia muy lejos, y todavía encontraremos 
objeciones de bastante peso que oponer á esta aseveración, fundada en 
una sola autoridad, que puede ser con algún fundamento disputada. Por- 
que al fin, un escritor como el Tudense que florece cerca de cinco siglos 
después de los sucesos de Covadonga, no inspira en punto tan oscuro 
toda la confianza necesaria para ser creido bajo su palabra, cuando no 
vienen en su abono ni los documentos históricos ni las apreciaciones de 
las circunstancias. Pero todavía la duda subirá de punto, si de la mis- 
ma época en que escribía el Tudense, existe otra autoridad contra- 
puesta á la suya; y esto sucede cabalmente. El Arzobispo D. Rodrigo, 
que como él pertenece al siglo xm, no quiere en efecto que el padre de 
Teodofredo, hermano de Favila, sea Chindasvinto, sino Recesvinto (5). 
¿Quién concilia estas dos autoridades? ¿De qué parte se encuentra la ver- 



(1) Ferreras en la cuarta parte de su Si- in capite elaua percussit: vnde idem Faíila 
nopsis histórica cronológica de España , to- postea ad mortem venit, etc. (Tudense, pá- 
mo iv, pág. 4, dice con razón áeste propósi- gina 69). 

to: «Entroncar estos dos personajes (Teodofre- (3) Erat enim Theudofredus ex Gotorum 

do y Favila) con los reyes anteriores, no es Regali stirpe progenitus. Sed ut varii homi- 

fácil por los monumentos de los tres siglos nibus eventus accidunt; Vitiza qui ei utro- 

posteriores; y asilo han hecho de diverso mo- que párente impar erat , casu ad regni gu- 

do los autores después de algunos siglos.» bernacula sucessit (Cron. del Silense.) 

(2) Hic Vuitiza Fafilam ducem filium (4) España Sagrada, t. xxxn, cap. vil. 
Chindasuindi Regis , quem Egica Rex illuc (5) Theodofredus fillius Recesvinthi. De 
cum filio direxerat, vxore Vuitizíe instigante reius Hispanice. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 5l 

dad? No es fácil decirlo : faltan los documentos de la época : hasta las ac- 
tas de los concilios desaparecen ; no hay un solo contemporáneo que aun 
por incidencia deje á la posteridad el más leve vestigio de los antece- 
dentes del restaurador de la monarquía. La historia enmudece en los úl- 
timos años del siglo vn y los primeros del vm, como si quisiese que 
los sucesos de tiempos tan infelices, manchados con la disolución y el 
crimen, se borrasen para siempre de la memoria de los hombres. A te- 
meridad se tendría pronunciar aquí un fallo decisivo. 

Lejos de aventurar el nuestro, creemos sin embargo que el texto del 
Arzobispo D. Rodrigo ofrece menos inconvenientes que el del Tudense, 
por más que sea éste el más seguido. Ferreras, diligente investigador y 
casi siempre acertado en sus juicios, apartándose de la opinión de Mo- 
rales, Padilla y Mariana, sin entrar en el examen de una genealogía que 
encuentra llena de graves dificultades, lejos de hacer una sola indica- 
ción, por la cual se venga en conocimiento de que los abuelos de Pelayo 
fueron Chindasvinto y Reciberga, pieusa al contrario, que estuvo esta 
desposada con Recesvinto. Y para desistir de su opinión, ni le hace gran 
fuerza el común sentir de sus antecesores, ni el epitafio de Reciberga 
consagrado á su memoria por San Eugenio, metropolitano de Tole- 
do (1). Más tarde vino á corroborar el juicio de Ferreras, D. Vicente 
Noguera, autor del ensayo cronológico, no apoyado ciertamente en li- 
vianas conjeturas y partiendo de lijero. Que si no puede negarse gran 
autoridad á la lápida sepulcral donde Chindasvinto y Reciberga apare- 
cen como esposos, de mucha fuerza es también que en el códice gótico 
de las obras de San Eulogio, perteneciente á la iglesia de Toledo, se 
comprenda la misma memoria sin otra diferencia que sustituirse el 
nombre de Chindasvinto con el de Recesvinto. Origiual el manuscrito, 
bien conservado y no dando lugar á dudas su contexto y su carácter, 
preciso es que el juicio vacile entre dos monumentos igualmente respe- 
tables, ambos auténticos, ambos reconocidos como intachables á los ojos 
de la crítica, y ambos la reproducción de la obra de un mismo autor. 



(1) El epitafio de Reciberga supone que rió de noventa años, habiendo reinado diez, 

esta Reina estuvo casada cerca de siete años, Pues bien : de estos antecedentes se quiere 

y que falleció de veintidós ya completos, in- deducir, no ciertamente de una manera muy 

firiéndose de aquí que solo tenia quince ó lógica, que el monarca godo se habia despo- 

diez y seis cuando contrajo matrimonio. Sá- sado después de cumplidos los ochenta, 
bese, por otra parte, que Chindasvinto mu- 



52 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Las variantes de otros códices y las diversas apreciaciones de otros es- 
critores, vienen además á robustecer la duda. Por otra parte, aunque 
no pueda desecharse como imposible el matrimonio de Cbindasvinto y 
Reciberga, todavía cuesta trabajo persuadirse que un soldado enveje- 
cido en los campos de batalla, é impetuoso y constante en sus empre- 
sas, que asalta y conquista un trono rodeado de peligros y siempre en 
la triste precisión de sofocar las rebeliones que turban su reposo y su 
reinado, asocie á tan azarosa existencia la de una niña de quince años, 
buscando en las ilusiones del amor el atractivo que le ofrecieron siem- 
pre la ambición y el mando. Es esto posible, y sin embargo no parece 
verosímil. 

Así es como las escasas memorias coetáneas, los raciocinios y con- 
jeturas no conducen aquí al mismo resultado. Búscanse en los antece- 
dentes convicciones, y solo se encuentran conjeturas. Dígase atora qué 
confianza pueden merecernos las genealogías en diversas épocas forma- 
das para determinar el entronque de Pelayo con alguno de los reyes 
sus antecesores. Todos manifiestan más ciencia que buen juicio ; antes el 
influjo de creencias generalmente recibidas, que el íntimo convenci- 
miento producido por los hechos históricos bien averiguados. 

La genealogía que formó el Obispo de Oviedo D. Pelayo, por demás 
convencional y gratuita , así aparece cencebida como si viviendo este 
prelado en compañía de su héroe , y conociéndole desde la cuna, se hu- 
biese propuesto ser algún dia el cronista de su familia, corriendo con 
ella todas las vicitudes y borrascas del siglo vn. Pero ya se sabe el va- 
lor que puede darse al interpolador de nuestros más antiguos cronico- 
nes, cuando por credulidad ó por sobra de entusiasmo aunque siempre 
de buena fé, al acoger las tradiciones y creencias de su tiempo, sin apre- 
ciarlas á la luz de la crítica , alteró notablemente la historia en vez de 
ilustrarla. Diremos, sin embargo , no tanto en su defensa como en com- 
probación de la práctica seguida entonces y aun mucho después , que 
escasos y difíciles de consultar los manuscritos originales , pocos los es- 
critores, esparcidas las noticias históricas en localidades distantes, con- 
fiadas muchas á la memoria de los pueblos, patrimonio otras de familias 
determinadas ó de algunos monasterios, y de todo punto desconocidas 
las reglas de la crítica , cada aficionado á ilustrar las memorias de su 
patria , anadia á los manuscritos ya adquiridos , cuantas le era posible 
procurar , ora fuese legítima ora sospechosa su procedencia , formando 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 83 

así una compilación de materiales, que otros aumentaban sucesivamente, 
de sobra la credulidad y la sencillez , y en demasía escasas las luces y 
las ocasiones de adquirirlas. 

Así era como se adicionaban los cronicones por sus poseedores , in- 
terpolando en ellos nuevos datos. De aquí las variantes y notables dis- 
cordancias que se advierten no solo en los anteriores al siglo xn, sino 
en los que después se escribieron; de aquí que en los diversos ejempla- 
res de un mismo códice haya notables diferencias , faltando en algunos 
basta capítulos enteros y partes esenciales , mientras que se distinguen 
otros por los detalles y pormenores que no babian recibido de su verda- 
dero autor; de aquí las penosas lucubraciones de los eruditos para devol- 
verles su primitiva pureza, y distinguir el texto original de las agrega- 
ciones que le alteraron con detrimento de la verdad. De manera, que no 
sin injusticia y sin perder de vista las épocas y las prácticas admitidas, 
se atribuyó al prurito de innovar y á la falta de buena fé lo que prove- 
nia solo de la ignorancia de los tiempos y de la necesidad que sentían 
los más ilustrados de allegar á los documentos históricos ya conocidos 
los que sucesivamente se descubrían, para formar así un cuerpo de his- 
toria, por más que resultase de su aglomeración la irregularidad del con- 
junto, y las creencias vulgares viniesen á confundirse con los relatos 
fidedignos y las tradiciones de buena ley. 

De las variantes en el texto de nuestros cronicones , viene pues , la 
dificultad , por no decir el imposible, de obtener hoy una genealogía de 
D. Pelayo á cubierto de toda impugnación, inútil el empeño de conciliar 
las autoridades en que pudiera fundarse, y baldío el propósito de suplir 
sus omisiones con las conjeturas. Pero si esta empresa no puede ya aco- 
meterse con buen éxito, razones hay de gran peso para sostener que Don 
Pelayo descendía realmente de los reyes godos. No se trata de una su- 
posición arbitraria y quimérica. Descansa en el testimonio de todos los 
cronicones ; en el de los escritores dignos de fó que durante diez siglos 
se sucedieron; en la tradición constante, general, jamás interrumpida ni 
alterada; en la creencia incontrastable de los pueblos, sin embargo de 
las impugnaciones que sufrió de aquellos pocos que proponiéndose ilus- 
trar los orígenes de la monarquía , antes revelan el designio de distin- 
guirse por la novedad y atrevimiento de sus opiniones , que por el estu- 
dio profundo de los documentos históricos. No es así como se sostiene y 
prevalece la impostura : puede la hazañería prestarle una existencia efí- 



64 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

mera; pero viene al fin el tiempo á descubrirla, y el desengaño y el des- 
precio público la relegan para siempre al olvido. 

De la suerte de Pelayo y su situación particular y su conducta cuan- 
do la España sucumbió á las armas agarenas, poco se sabe también, es- 
casas las noticias y barto discordantes para que puedan conciliarse. Di- 
vergencias bay en su apreciación, no encontrando las opiniones un punto 
de apoyo bastante seguro en las memorias que nos restan de tan aparta- 
dos tiempos. Ocurramos, pues, á las más antiguas y respetables. El Al- 
bendense nos dice, que expulsado Pelayo por Witiza, penetró en Astu- 
rias después de ocupada España por los sarracenos (1). Sin contradecir 
su aserto , el Obispo de Salamanca pretende , que refugiados en Astu- 
rias la mayor parte de los magnates que sobrevivieron á la destrucción 
del imperio gótico , con ellos buscó también D. Pelayo un asilo en esta 
región donde le proclamaron su monarca (2). El Silense le representa 
vagando á la ventura de uno en otro pueblo después de los primeros 
triunfos de Taric, ya ocupada España por sus buestes (3). Caminando 
por otra senda el escritor árabe Al-Makkari, afirma que Pelayo retenido 
en Córdoba como en rebenes para asegurar la sumisión del pueblo, se fu- 
gó á las Asturias siendo el segundo de los Emires Al-Horrben Abdo-r- 
Eabamen (4). Si bien con distintas circunstancias y dando á la narra- 
ción un carácter romántico, D. Lúeas de Tuy que floreció en el siglo xm, 
viene á coincidir con el árabe al suponer á Pelayo en la corte del Emir; 
pero no le detiene allí contra su voluntad y como en rebenes, sino con el 
carácter de un enviado de Munuza que so el pretexto de una misión 
cualquiera, se propone tenerle alejado de Gijon para posesionarse sin 
obstáculos de su bermana, á quien amaba perdidamente (5). Asi lo refie- 

(1) Iste á Vitizane Rege de Toleto expul- (4) Manuscritos de Gotha citados por 
sus, Asturias ingressus est, postquam á Sar- Lembke. 

racenis Spania oceupata est (Cron. de Al- (5) Ipso Muza prafecturam agente Pe- 

lelcla). lagius fllius suprafati ducis Fafiloe Spatarius 

(2) Sed qui ex semine Regio remanserunt, Regis Roderici dominatione Isnaaelitarum 
quidam ex illis Franciam petierunt: máxima oppresus, cum propria sorore Asturias est 
vero pars in hanc patriam Asturiensium in- ingressus. Muza vero videns sororem illius 
traverunt, sibique Pelagium, filium quondam pulchram accensus libidine, dolóse quasi le- 
Faíilani ducis ex semine regio, principem gationis causa, Pelagium Cordubam misit, 
elegerunt. et eo absenté sororem ipsius vi sibi sociauit. 

(3) Qui opressione Maurorum incertis lo- Sed Pelagius vt erat vir fortis et Catholicus, 
cis vagabatur. postquam rediit, nullatenus consensit in illi- 

cito matrimonio (Cron. del Tudense). 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 58 

re también el Arzobispo D. Rodrigo (1), añadiendo ambos cronistas que 
apercibido Pelayo de la hazañería del infiel y de sus torpes intentos , se 
fugó clandestinamente de Córdoba para levantarse en Asturias contra el 
enemigo de su bonra y de su patria, como cristiano y como caballero. 
De este episodio enlazado con los orígenes de la restauración de la mo- 
narquía y cuyo sabor al romance y los cantares de gesta es su princi- 
pal distintivo, se hicieron eco Mariana, Carballo y otros historiadores 
de los siglos xvi y xvn, con más sinceridad y sencillez que buen juicio 
y atinado criterio. ¿Necesitaremos recordar aquí, que ni los sucesos me- 
jor averiguados, ni las muy escasas noticias relativas á Pelayo que los 
más antiguos cronicones nos procuran, ni cuanto los mismos árabes nos 
refieren de Munuza hacen siquiera verosímil los pretendidos amores de 
este infiel, y la influencia que ejercieron en el alzamiento de Covadon- 
ga, y la retención de Pelayo en Córdoba, y su fuga y su venganza? 
Llevada ya la buena crítica á la historia, estas circunstancias romances- 
cas solo figuran hoy en los cantos del poeta. El fué quien ha creado 
hasta el nombre de Ormesinda ; porque los cronistas más antiguos hablan 
solo de la hermana de Pelayo sin distinguirla con otro dictado. Esto no 
obstante, nada tan popular y arraigado en la creencia del vulgo, como 
la pasión desventurada de Ormesinda y de Munuza, y sus consecuencias 
en los destinos de la patria. Diéronle carta de naturaleza , primero los 
cantares de gesta, después los romanceros, y últimamente las tragedias 
de D. Nicolás Fernandez de Moratin, D. Gaspar de Jovellanos y D. Ma- 
nuel José Quintana, imponiendo silencio con sus inspiraciones simpáti- 
cas á la severidad de la crítica, para consultar únicamente los sentimien- 
tos del corazón y los arranques del patriotismo. Así es como esta fábula 
se acoge todavía cual si fuese una realidad por la muchedumbre que sien- 
te más que reflexiona. 

Por lo demás, no parece de todo punto inverosímil que, según pre- 
tende el escritor árabe ya citado, se hallase Pelayo detenido en Córdoba 
como en rehenes. Aunque con diversa causa, en esta capital del Emira- 
to le supone también el Arzobispo D. Rodrigo, según ya se ha indica- 
do. Si tales asertos no se comprueban con ningún otro documento ante- 
rior al siglo xni, tampoco se citará uno solo que los contradiga. La 
verdad es que, ni parecen inconciliables con la situación en que se en- 

(1) De rebus Hispanice, lib. iv, cap. i . 



56 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

contraban entonces los árabes y los pueblos del Norte de la Península, 
ni pasará de un argumento negativo en contra, el silencio de nuestros 
más antiguos cronicones. 

Desviándose el P. M. Risco de las creencias vulgares que los docu- 
mentos históricos desmienten, no busca á Pelayo en la corte del Emir, 
ni le hace como otros vagar errante de pueblo en pueblo. Pretende que 
desterrado de Toledo por "Witiza se retiró á la Rioja, y que allí se halla- 
ba á la entrada de los musulmanes en España : añade que derribado el 
trono de los godos, vino á las Asturias, dejando en sus estados para go- 
bernarlos á su pariente D. Pedro, con el cargo de Duque de Canta- 
bria (1). Ignoramos el fundamento de este aserto, si no ha de buscarse 
en vagas conjeturas y apreciaciones que en nuestro concepto no encuen- 
tran bastante apoyo en el texto expreso de los cronicones, que abren 
vasto campo á la vacilación y la duda. 

Con todo eso, algunos de nuestros modernos historiadores van toda- 
vía más lejos, dando por cierto que Pelayo se halló en la batalla del 
Guadalete. ¿Qué documentos históricos lo comprueban? La buena crítica 
solo puede conceder á esta aserción el valor de una conjetura razona- 
ble, fundada en la circunstancia de haber sido Pelayo espatario del Rey 
D. Rodrigo, y en que el desempeño de tan honroso cargo debió obli- 
garle á permanecer á su lado en los campos de Jerez, á fuer de deudo 
suyo y leal y valiente soldado. Pero todavía el Arzobispo de Toledo con- 
tradice esta conjetura, cuando de una manera terminante nos dice que, 
llegando á noticia de Pelayo la derrota del ejército cristiano, se retiró 
con su hermana á las montañas de Asturias (2). 

Otros sospechan no con más sólidos fundamentos, que el restaurador 
de la monarquía pudo refugiarse en Toledo con los restos de los godos 
vencidos en el Guadalete, y que allí fué por ellos proclamado su caudillo 
para organizar la resistencia y la defensa. Fundan esta nueva circuns- 
tancia en las indicaciones de dos escritores árabes : pero basta citarlas 
para reconocer desde luego la insubsistencia del apoyo que en ellas se 
busca. Entre otros razonamientos que según Al-makkari dirigió el conde 

(1) España Sagrada, t. xxxvn, cap. vin. et Árabes quccque desiderabilia inuasisse, 

(2) Hic Pelagius fugiens a facie Vitiz;e sumpta secum sorore propria Asturiis se do- 
qui euna voluerat excfecare, licet Spaharius nauit, etc. (De Bebus Eispania, lib. iv, ca- 
eius fuisset, apud Cantabriam se recepit, sed pítulo i). 

audiens succubuisse exercitum christianum, 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 57 

D. Julián á Tarik después de su victoria, le decia : «Debes con una par- 
»te de tus fuerzas dirigirte á Toledo, donde sus principales magnates se 
»hallan ahora reunidos para deliberar sobre sus negocios y unirse bajo un 
»caudillo de su elección (1).» ¿Cómo deducir de aquí que entre los godos 
reunidos en Toledo después de su derrota se bailaba D. Pelayo? No se le 
nombra siquiera, ni se bace una alusión que pueda recordarle. Para que 
el pasaje citado del autor árabe pudiera tomarse en cuenta y servir de 
fundamento á una razonable probabilidad , seria preciso dar antes por 
cierta la concurrencia de D. Pelayo á la jornada de Guadalete, y esto es 
lo que no ha pasado nunca de una conjetura: pero suponer no es probar, 
ni la simple sospecha ha de admitirse como una realidad histórica. 

El otro texto árabe aducido al mismo propósito , está tomado de las 
historias de Al-Andalus , de Aben-Adharo , traducidas al castellano eon 
notas por D. Francisco Fernandez González, y publicadas en 1860. Re- 
fiere en ellas que «halló Tarik á Tolaitola despoblada, sin más habitantes 
»que un corto número de judíos, por haberse fugado su rey con los su- 
»yos á una ciudad tras los montes.» Cuando faltan otros datos y de una 
manera tan general se expresan los autores árabes que hoy pueden con- 
sultarse; cuando escribieron muchos años después de los sucesos que re- 
fieren, y de ellos se desvian frecuentemente los cronistas cristianos, más 
allegados al reinado de D. Rodrigo y su desastroso término, ni aun la 
conjetura fundada en su autoridad puede estimarse como valedera. Na- 
da dice que la justifique ; nada que pueda referirse á la presencia de Pe- 
layo en Toledo á consecuencia de la derrota de los godos. Por eso el se- 
ñor Camero con el buen juicio que le distingue, ha dicho muy cuerda- 
mente á este propósito : «Escribimos una historia y no obstante quere- 
»mos hacernos la ilusión que así hubo de suceder lo que no consta que 
»así fuese en ninguna parte (2).» 

Se ve pues por las indicaciones hechas como de pasada , que es de 
todo punto desconocida la suerte de Pelayo y del lugar de su retiro des- 
de que expulsado de Toledo por Witiza según el cronicón de Albelda (3), 
y ocupada ya la Península por los árabes apareció como caudillo en el 
territorio de Cangas de Onís. Aislado le presenta la historia : ni el nom- 

(1) Al-Makkari, cap. i, lib. ív , según la (2) Historia de Toledo, parte II, lib. i, 

traducción del señor Gayangos , impresa cap. i, pág. 507. 

en 1840. (3) Iste (Pelagius) a Vitizane Rege deTo- 

leto expulsus {Orón. Albeldense). 
tomo ix. 8 ; 



S8 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

bre de uno solo de sus compañeros en la insurrección y la victoria tras- 
mitió á la posteridad que le admira y le bendice. Porque no han de ad- 
mitirse como realidades esos guerreros fantásticos de Covadonga, hechura 
de la heráldica y convertidos en héroes por los modernos nobiliarios á 
despecho de la razón y de la crítica. Deliren en buenhora los Reyes de 
Armas ; no es por eso menos cierto que los prelados y los magnates de 
Jerez y de Mérida, de Medinasidonia y Sevilla, y los montañeses inde- 
pendientes que entonces pelearon y vencieron, se borraron para siempre 
de la memoria de sus descendientes , cuando les dejaban por herencia la 
libertad y la gloria. 

Duélenos en verdad que siendo tan escasos los recuerdos del restau- 
rador de la monarquía, se encuentre en el siglo xvm quien pretenda, no 
con buenas razones sino con equivocados supuestos, disputar las pocas 
memorias que de él nos restan y que no pueden desecharse sin cerrar 
los ojos á la evidencia. Decírnoslo al considerar con qué tenaz empeño 
el autor del Ensayo Cronológico se propone despojar á Pelayo del título 
de Rey, concediéndole únicamente el de Infante. No hay por cierto cosa 
mejor averiguada que su ensalzamiento al trono y sus legítimos derechos 
á ser reconocido como el restaurador de la monarquía de los godos. La 
corona de Rodrigo hundida en el cieno del Guadalete, brilló de nuevo en 
las sienes de Pelayo, no con los desmayados resplandores que arrojaba 
deslustrada en el alcázar de Toledo entre muelles y corrompidos cortesa- 
nos, sino con los puros reflejos del sol de Covadonga. Reinó primero en 
Cangas, dice el Álbeldense (1): lo mismo asegura el Obispo de Salaman- 
ca (2). Con ambos escritores conviene el Silense cuando afirma que los 
asturianos proclamaron á Pelayo por su rey unánimemente (3). Así lo 
confirma también del modo más explícito el cronicón Complutense (4), el 
Conimbricense y la historia Compostelana. Añadiremos á tan respetables 
autoridades la de D. Alonso el Casto que viene á darles mayor fuerza 
cuando dice en el documento más solemne. «Qui in Principis sublima- 
»tus potentia, victorialiter dimicans, hostes perculit, etc. (5).» El que 



(1) Primus in Asturias Pelagius regnavit (4) Antequam Dominus Pelagius regna- 
in Canicas. ret Saraceni regnarunt in Hispania annis v. 

(2) Post nonum decimum regni sui an- Pelagius regnavit annos xvim. 

num completum propria morte decessit. (5) Dotación del Rey Alfonso el Casto á 

(3) Sed omnes Astures in unum colecti la Catedral de Oviedo (Apéndice vn del to- 
Pelagium super se Principem constituunt. mo xxxvn de la España Sagrada). 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 89 

así se expresa es un sucesor de Pelayo ; y le sustituye en el trono poco 
más de medio siglo transcurrido desde su fallecimiento; esto es, á tiem- 
po en que todavía reciente la memoria de sus merecimientos y de la alta 
dignidad que los realza, debia conservarse pura é inalterable y profun- 
damente arraigada en todas las clases y condiciones. Tener en poco estos 
antecedentes, desechar con ellos la tradición y la creencia general, tanto 
vale como cerrar los ojos á la luz y oponerse á la evidencia misma. 

Si se pretende que la autoridad real no significaba entonces lo que 
significa en el dia ; que endeble y falto el Estado de la conveniente or- 
ganización, podia más bien considerarse su jefe como caudillo que como 
monarca ; que primero debió mandar soldados que dirigir pueblos ; que 
con una libertad omnímoda sólo le sería dado emplearla en la defensa 
común, lo concederemos de buen grado. Examinar abora esta cuestión, 
sería apartarnos demasiado de nuestro objeto, traspasando los límites del 
cuadro que nos bemos propuesto bosquejar. Diremos únicamente, que 
para D. Pelayo solo babia un tipo posible : los monarcas godos de Tole- 
do cuyo trono restauraba. Con sus sagrados despojos, se babian trasla- 
dado á las montañas de Asturias los libros de las leyes y los restos de 
la constitución goda: no se conocía otra, y las circunstancias y la rude- 
za de los tiempos tampoco hubieran permitido olvidarla para adoptar 
una nueva organización política. En Asturias se reunieron la mayor 
parte de los restos de la corte de Rodrigo, y muchos de los magnates 
que rodeaban su trono. Consigo llevaban el orden jerárquico, las tradi- 
ciones de la patria perdida, la influencia poderosa del sacerdocio, el ce- 
remonial y las costumbres del Palacio, la memoria reciente de la elec- 
ción del Príncipe, la de las aplicaciones del Fuero-Juzgo, y de las asam- 
bleas y los concilios. 

Por lo demás, en la estrechez y miseria de las montañas ; en el tras- 
torno general de la sociedad entera y la relajación de los vínculos que 
enlazaban todas las clases, más que nunca vivo y animado por el peligro 
común, el espíritu de independencia y el empeño de sostenerla, confiada 
la propia defensa á un país erizado de bosques y peñascos y al valor 
nunca desmentido de sus habitantes, no podia la majestad real aparecer 
con la pompa y aparato que habia ostentado en Toledo, ni manifestarse 
sino para mantener viva la resistencia. Siempre dispuesto el monarca á 
rechazar las agresiones de un enemigo implacable y poderoso, antes de- 
bia ceñir el casco que la diadema, y verse rodeado, no de palaciegos y 



60 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

cortesanos, sino de fieles compañeros de armas. El infortunio y la vic- 
toria confundieron las clases, y allanaron al valor y al patriotismo la 
senda que conduce á las altas dignidades. El peligro común puso en 
evidencia el verdadero mérito, y generalizó la familiaridad entre los in- 
dividuos que el antiguo orden gerárquico separaba: finalmente, la gra- 
titud y el ejemplo, que nó la fuerza y predominio de la autoridad, de- 
bieron asegurar al monarca el respeto y la obediencia.. Fué aquel un 
producto espontáneo de la admiración pública : nació ésta de la necesi- 
dad, del convencimiento de todos, de la esperanza que los alentaba. El 
Silense describió felizmente el carácter del nuevo reinado con estas bre- 
ves palabras: «Ceterum Gothorum gens, velut a somno surgens, ordines 
»babere paulatim consuefacit : scilicet in bello sequi signa, in regno le- 
»gitimum observare imperium, in pace Ecclesias et earumdem devote 
» ornamenta restaurare.» 

Al lado de una figura tan colosal como la de Pelayo, á quien la na- 
cionalidad y las tradiciones revisten con el carácter de un héroe de epo- 
peya , todas las demás que se presentan en esta escena aparecen como 
rebajadas: pero su existencia, comprobada del modo más evidente por la 
historia, viene á ofrecernos un testimonio más del gran fondo de verdad 
que encierran los sucesos de Covadonga, por algunos considerados como 
fabulosos, no solo en los detalles sino en el fondo. Alkhamad, á quien 
llama Alsaman el Albeldense, y generalmente designado con el nombre 
de Alkaman en los cronicones, es el caudillo de los musulmanes que, 
partiendo de Córdoba, penetra en las angosturas de Asturias para coro- 
nar con su derrota la gloria de Pelayo. 

D. Vicente Noguera, escrupuloso investigador de nombres y de fe- 
chas, para quien lo nuevo y peregrino tiene tanto atractivo, al desviarse 
á menudo del común sentir de sus antecesores, y desconfiando más de 
una vez de los textos menos sospechosos de nuestros autores de la Edad 
media, pretende deducir del silencio de Isidoro Pacense, que no podia 
contarse aquel jefe de los infieles entre los capitanes que acompañaron 
á Taric en sus primeras conquistas (1). Prescindiendo ya del texto del 
Obispo D. Sebastian que así lo asegura (2), como observa muy bien el 
P. M. Eisco, poco valor puede concederse á la omisión del Pacense, 

(1) Notas á la Historia general de Espa- (2) Qui et ipse (Alkamad) cum Tarech in 
ña del P. Mariana, de la edición de Valencia, Hispania irruptionem fecerat. 
tomo ni, pág. 417. 



RESTAURACIÓN DÉ LA MONARQUÍA VISIGODA. 61 

cuando se sabe que tampoco hizo mérito de otros ilustres caudillos que 
con Taric invadieron la Península contribuyendo á su conquista (1). Es 
lo cierto que los anales de los árabes tacen mención de Alkhamad, dán- 
dole el nombre de AlsamaMi, y contándole entre los primeros invasores. 
Dice á este propósito Abu Bakir en su obra Vestís Sérica: «Eo duce 
»(Alxaman) bellum adversüs Cbristianos susceptum est, sed infausto 
»exitu; quippe is ingenti clade affectus fuga saluti consuluit; ejus vero 
»collega Solimanus ben Schahabus cum máxima exercitus parte occu- 
»buit, anno scilicet Egira? 139 (2).» 

Mientras que el Albeldense supone muerto este caudillo en la jor- 
nada de Covadonga, mejor enterados los árabes de su propia historia, y 
guias de consiguiente más seguros en esta cuestión, nos le presentan 
como el jefe continuador de la guerra de Aquitania después del alza- 
miento de Pelayo. Según ellos, sucede en el mando al Emir Alhaor des- 
tituido por el Califa, y empeñado en la conquista de la Galia Narbonen- 
se, atraviesa el Garona lleno de ardimiento, corre á poner sitio á Tolosa, 
y en sus llanuras le alcanza y le derrota el conde Eudon , quedando él 
mismo entre los muertos (3). De este guerrero, por más de un concep- 
to notable y distinguido entre los primeros que concurrieron á la con- 
quista de la Península, nos ofrece Dozy en su historia de los árabes, da- 
tos bastantes para formar idea del crédito que entre los suyos disfrutaba, 
y del papel que representó en sus empresas y discordias intestinas. Por 
lo demás, que Alsamahh sea el Alkahamd ó el Alkaman de los cronistas 
cristianos, no hay para qué ponerlo en duda: muchas consideraciones 
apoyan esta identidad por nadie hasta ahora disputada ; pero aun el nom- 
bre de Alkaman que algunos suponen de todo punto extraño y exótico 
en los anales de los árabes, no les era ciertamente desconocido. Así se 
llamaba también el padre de San Nicolás, mártir de Ledesma, y el Si- 
lense se refiere á otro que era tenido por profeta (4). 

Munuza figura también entre los principales personajes que tomaron 
parte en los sucesos de Asturias, primero como gobernador de Gijon ocu- 



(1) España Sagrada, t. xxxvii. de los árabes y de los moros de España, 1. 1, 

(2) Apud Casiri bibliot. Arab. Hispan, pág. 30. 

ii, 33. Alcalá Galiano hace esta cita en su (4) Ortiz, Compendio cronológico de la 

Historia de España, redactada y anotada con Historia de España, t. m, lib. vi, cap. i, 

arreglo á la que escribió el doctor Dunham, pág. 10. 

(3) Viardot, Ensayo sobre la Historia 



62 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

pado por los árabes, y después como fugitivo y derrotado eu la jornada 
de Olalles. Famoso en la historia de sus compatriotas, conócese en ella 
con el nombre de Otman abu Nessah, y su arrojo y sus expediciones y 
su vida borrascosa y aventurera, dieron probablemente ocasión á los ro- 
mances, ora forjados por los suyos, ora por los cristianos, aunque distin- 
to el motivo y diferente el objeto. Según el Obispo Sebastian, era uno 
de los cuatro capitanes que de los primeros invadieron la España (1). 
Cuando los árabes convienen en que correspondia á la raza Berberisca, y 
así lo demuestran varios documentos, no se alcanza la razón que pudo 
tener el Arzobispo D. Eodrigo, como ninguno de sus contemporáneos ver- 
sado en las letras arábigas, para asegurar que, cristiano de origen, ha- 
bía pasado al servicio de los infieles (2) ; noticia destituida de todo fun- 
damento, y adoptada, sin embargo, en dias de mayor ilustración por el 
P. Mariana, no tan severo y diligente en investigar los sucesos de la 
restauración como su misma importancia requería, y como cuadraba al 
buen juicio de tan esclarecido historiador. 

Mientras que nuestros cronistas convienen en que Munuza pereció 
con los suyos en Olalles (3), los árabes al contrario, más en lo cierto, ha- 
ciéndole sobrevivir á esta derrota y sin mencionarla siquiera, le hacen 
figurar desde 724 hasta 731 en la guerra de la Septimania Gótica y en 
la extendida cordillera del Pirineo. Isidoro de Beja le supone de origen 
africano y aliado de los francos , dándole el nombre de Munuz (4) , en 
esto de acuerdo con el contexto unánime de los historiadores árabes que 
llegaron hasta nosotros, no escasos por cierto de noticias relativas á este 
animoso caudillo. Tan acreditado por su valor como por las circunstancias 
de su infortunio, en las profundas desavenencias que desde muy tempra- 
no dividieron los berberiscos y los árabes en sus sangrientas rivalidades, 
que por fortuna tanto contribuyeron al buen éxito de las primeras ten- 
tativas de los cristianos para recobrar su perdida independencia, figura 

(1) Qui Munuza unus ex quatuorDucibus Cumque Astures persecuentes eum, in Io- 
fuit, qui prius Hispanias oppresserunt. co Olaliense reperissent, simul cum exercitu 

(2) Erat enim in regione Gegionis iam suo cum gladio deleverunt (Orón, de D. Se- 
Sarracenis subdita qui et in montanis aliqua hastian). 

loca occuparunt, praafectus quidam Munuza (4) Unus ex Maurorum gente, nomine 

nomine, Christianus quidem, sed Arabibus Munuz Pacem agens cum Francis tyran- 

federatus, etc. De Rebus Hispanise. nidem praeparat adversus Hispante Sarrace- 

(3) Postrembque Monnuza interficitur nos (Isidoro de Beja). 
{Cron. Albel dense). 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 63 

ya entre los adalides más distinguidos y arrojados. Al frente de sus com- 
patriotas los berberiscos , habia sido con ellos destinado á las regiones 
del Norte de España no bien conocidas entonces de los conquistadores, 
y tal vez tenidas en poco, suponiéndolas de escasa producción y cultura. 
¿Vería en esto Munuza una prueba más del ultrajante desden con que los 
árabes miraban su raza? ¿Consideraría como una humillación ó una des- 
confianza ofensiva que se le alejase de los feraces campos de la Bética y 
de la opulenta y animada capital del emirato? Si poseido por ventura de 
esta idea, pasó después á las Galias, nuevo objeto de las conquistas de 
los árabes; si allí como en todas partes le seguía el resentimiento produ- 
ducido por el antagonismo de las razas , tendremos la explicación de su 
deslealtad, y del abandono de la causa de los árabes, que era la suya, y 
que habia defendido hasta entonces con tanto empeño. 

Es lo cierto que aliado de Eudon duque de Aquitania, aparece ya en 
abierta rebelión por los años de 729 y 730 bajo el emirato de Alhaitsam, 
siendo al fin alcanzado y muerto después de una encarnizada persecución 
por Abdo-r-Eahmen Al-Gafeld (1). Los hechos de armas de este jefe ber- 
berisco, su agitada existencia, sus arrojadas empresas, sus desventura- 
dos amores terminados con las angustias de la proscripción y las agonías 
de una muerte desastrosa y prematura, fueron causa sin duda de que al- 
teradas las tradiciones , y confundidos los tiempos y los lugares , se le 
convirtiese más tarde en un héroe de romance, cuando de los cantares de 
gesta pasó la fábula á la historia dándole un carácter caballeresco. Prestá- 
base á ello el genio emprendedor de Munuza, su vida borrascosa, su nue- 
va posición en la Septimania. Ardientemente apasionado de Lampegia, 
hija de Eudon, que se la concedió por esposa, fugitivo con ella en las 
asperezas del Pirineo, víctima en fin de los tiernos halagos y de la dul- 
ce correspondencia que le fascinaba amansando su altiva condición, bien 
pudo ser que este concurso de circunstancias, confundidos los sitios y los 
personajes, mal apreciados los hechos y alteradas las tradiciones, viniese 
á producir en los siglos posteriores la fabulosa leyenda de los romances- 
cos amores de este berberisco con la hermana de Pelayo, á quien no el 
historiador sino el poeta dio el nombre de Ormesinda, cristiana y de eleva- 
da cuna como Lampegia , existiendo ambas doncellas en tiempo de cala- 



(1) Lafuente Alcántara., Traducción de minacion de los árabes en España, t. i, 
Ajbar Machmua.—CoxDE, Historia de la do- cap. xxiv. 



64 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

midad y de prueba , víctimas de igual desventura , habitadoras de países 
invadidos por un enemigo formidable casi en la misma época, jefe Mu- 

nuza en Asturias y después en Áquitania ¡cuántas analogías para 

confundir la bija de Eudon con la hermana de Pelayo, y ver en ésta los 
amores y desventuras de aquella ! Y el error al cabo de largos años debia 
por otra parte robustecerse si se considera la semejanza que existe tam- 
bién entre Eudon y Pelayo: uno y otro caudillo de esclarecido origen y al- 
ta nombradla, combaten por la independencia de su país : uno y otro se 
hallan al frente de sus respectivos defensores : uno y otro extremada- 
mente graves las circunstancias y floreciendo en la misma época, son la 
esperanza del pueblo cristiano por su ánimo esforzado , por sus triunfos 
inmortales, por su constancia en la adversidad. De la buena ó mala for- 
tuna de sus armas depende en gran manera la libertad ó la esclavitud 
del Occidente entero. Defienden igual causa ; luchan contra el mismo 
adversario; les aguarda una suerte idéntica así en la victoria como en la 
derrota. Aquella les dará un trono; esta otra la esclavitud y la afrenta. 

Dígase ahora si en vista de tan singulares coincidencias podrá ex- 
trañarse que, cinco siglos después de los sucesos de Covadonga, se 
acomodase á las montañas de Asturias una aventura ocurrida en la Áqui- 
tania, y en la cual figuraba el adalid infiel que habia peleado en ambas 
regiones con diverso éxito. Propia es la equivocación de unos tiempos de 
escasa cultura, cuando ya el espíritu caballeresco se habia infiltrado en 
la historia, desconocida la crítica, despierta la afición á todo lo extraordi- 
nario y novelesco, marcado en fin el empeño de enlazar el amor con las 
hazañas y aventuras del guerrero. No consignamos aquí estas indicacio- 
nes como una prueba, ni aun siquiera como una conjetura, á cubierto de 
la impugnación y de la duda : pretendemos solo rastrear en las tinieblas 
de la Edad media los orígenes de los pretendidos amores de Ormesinda y 
de Munuza, que la credulidad admitió largo tiempo sin examen. 

Más aiin que ese caudillo, recordado á la vez por la historia y el ro- 
mance, es de los cronistas nacionales conocido el Arzobispo de Sevilla 
D. Opas, partidario de los árabes y sometido de buen grado á su domi- 
nación, desde el principio mismo de sus rápidas conquistas en la Pe- 
nínsula. Hijo de Egica y hermano de Witiza, y no pudiendo de consi- 
guiente ser extraño á los memorables sucesos del reinado de Eodrigo, 
figura como un ciego secuaz del Conde D. Julián, en mal hora adherido 
á sus odios y venganzas. Todos nuestros cronicones convienen, en que 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA." 6b 

acompañando al caudillo musulmán vencido en Covadonga, fué enton^ 
ees prisionero de los cristianos. Dícelo el primero, el autor del cronicón 
Albeldense (1), y todavía con más especificación el Obispo Sebastian de 
Salamanca, que pone en sus labios una arenga dirigida á D. Pelayo (2) 
para disuadirle de su intento. Siguen á los dos cronistas del siglo ix, el 
Silense, D. Lúeas de Tuy, el Obispo de Oviedo D. Pelayo, y el Arzobispo 
D. Rodrigo, con cuyos asertos se conforman también los historiadores 
del siglo xvi y casi todos los de los tiempos posteriores. Únicamente Pe- 
llicer y Masdeu repugnan el hecho afirmado por sus antecesores como 
destituido de todo fundamento. Un historiador extranjero de nuestros 
dias, no solamente le niega á ejemplo suyo, sino que hasta vergonzoso 
le parece tomarle en consideración : tal es el carácter de falsedad que le 
supone (3). Más propio del romauce que de la historia parece también á 
Saint-Hilaire (4). Pero bien examinado todo, ¿qué hay en sus circuns- 
tancias de repugnante ó de increíble? ¿Qué indicios le acusan de conoci- 
damente falso? Empeñados los árabes en la conquista de la Septimania gó- 
tica, porfiada allí la resistencia, varia y caprichosa la fortuna, disemina- 
das las fuerzas del invasor en una vasta superficie, y no siéndole posible 
extenderlas hasta el Septentrión de la Península, natural parecía que, 
antes de recurrir á las armas para someter á los Asturianos y los Go- 
dos refugiados en sus montañas, ensayase como más prudente los me- 
dios de persuasión y las negociaciones. Acaso no le permitían otra cosa 
las circunstancias. Y á la verdad que á nadie mejor pudieran encomen- 
dar los árabes su propósito, que á un partidario suyo de cuya fidelidad 
debían estar seguros, conocedor de las personas á quienes debia dirigir- 
se, y revestido de la alta dignidad de metropolitano de Sevilla. Harto 
sabían la influencia del sacerdocio en el imperio gótico, y era preciso 
que no desconociesen tampoco las relaciones que naturalmente había de 
tener el apóstata con el último espatario del rey D. Eodrigo. 

(1) Sicque ab eo hostis Ismaelitarum cum luit sustinere impetum : quanto magis tu in 
Aloamane interfieitur: et Oppa Episcopus isto foramine te defenderé poteris? Imó audi 
capitur. consilium meum, et ab hac volúntate animum 

(2) Et propinquans ad eum Oppa Epis- revoca, ut multis bonis fruaris, et in pace 
copus, sic adloquitur dicens: Scio te non la- Arabum ómnibus quK tua fuerunt utaris. 
tere, frater, qualiter omnis Hispania dudum (3) Romei, Historia de España, t. ni, 
sub uno regimine Gothorum esset constitu- cap. vi, pág. 158. 

ta, et cum omnis Hispania; Exercitus in uno (4) Historia de España, t. II, lib. iv, 

fuisset congregatus, Ismaelitarum non va- cap. i. 

TOMO IX. 9 ; 



66 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

De manera que la opinión y las costumbres , el carácter de la época, 
el fin á que los árabes aspiraban y la situación especial en que los suce- 
sos los colocaban, su misma política y todos los antecedentes, lejos de 
recliazar aconsejaban la presencia de D. Opas en Covadonga. 

Por eso sin duda no acierta üunbam á comprender cómo Pellicer y 
Masdeu pueden calificar de falso un hecho que con tales visos de reali- 
dad se presenta, y hasta entonces acogido sin vacilación por todos nues- 
tros cronistas (1). ¿Haránle por ventura sospechoso las arengas atribuidas 
á D. Pelayo y á D. Opas? Pero ya se sabe que todas las de su clase son 
en la historia un ornato del escritor para amenizarla, y que si pueden 
desecharse como una gala postiza , no por eso se pone en duda el fondo 
de la narración si otro motivo no la acusa de falsa. Un cronista tan alle- 
gado á los sucesos que refiere como el Obispo Sebastian, sencillo y pre- 
ciso en las consideraciones, parco en los detalles y justamente tenido por 
verídico, nunca pondría en los labios de D. Pelayo y de D. Opas los bre- 
ves discursos que les atribuye, sino se fundase en la tradición, en la 
creencia universal de su tiempo , en la existencia tal vez de documentos 
perdidos para la posteridad. ¿Escribiría lo que la opinión de sus contem- 
poráneos pudiera rechazar como una fábula? No debe suponerse en un 
prelado que tal vez procedía por especial encargo de su monarca ; que de 
él habia recibido probablemente muchos de los datos históricos emplea- 
dos, y que por su misma dignidad y alta posición estaba más que nadie 
obligado á respetar la verdad; más que nadie en situación de averiguar- 
la. Creemos, pues, que la buena crítica se opone á desechar como inve- 
rosímil la concurrencia del metropolitano de Sevilla á la jornada de Co- 
vadonga, mientras razones de más peso que las aducidas hasta ahora no 
vengan á desmentirla. 

Algunos de nuestros escritores modernos pretenden que se halló al 
lado de Pelayo desde los primeros momentos de la insurrección de Astu- 
rias D. Alonso el Católico, poco después tan justamente celebrado por su 
piedad y sus victorias ; pero el silencio de todos los cronistas anteriores 
al siglo xiv sobre una circunstancia tan importante, la acusa de falsa. No 
la omitirían á ser cierta, cuando tanto se detienen en las gloriosas expe- 
diciones de este monarca encareciendo sus virtudes. Más natural parece 



(1) Historia de España, redactada y ano- el Dr. Dunham, por D. Antonio Alcalá Ga- 
tada con arreglo á la que escribió en inglés liano, t. i, cap. vil, pág. 216. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 67 

que al rumor de los triunfos de Covadonga y Olalles, hubiese acudido 
de los primeros á tomar parte en la reconquista. La misma proximidad 
de sus Estados á las montañas de Asturias debió facilitar su noble reso- 
lución de unirse desde bien temprano á los defensores de su país, y de 
contribuir con ellos á sacudir el yugo que le oprimia. ¡Y con cuánta re- 
solución y grandeza de ánimo supo cumplir este deber del patriotismo! 
Pocos monarcas se contarán más dignos de la gratitud de los pueblos y 
de los aplausos de la posteridad. Que si Pelayo funda un Estado inde- 
pendiente entre los riscos orillados por el Océano Cantábrico y las cordi- 
lleras de los montes Herbáceos; si su inmediato sucesor se limita á con- 
servarle, breve su reinado y prematura y desastrosa su muerte (1), Alon- 
so el Católico, más animoso y resuelto, dilata las fronteras de la nacien- 
te monarquía y la comunica nueva vida con los despojos de cien victo- 
rias. No lanza el primero el grito de independencia; pero le hace resonar 
más allá de los límites de las dos Castillas y en las costas del mar de Lu- 
sitania, y vence para poblar sus Estados de familias cristianas arrancadas 
á la servidumbre, y difundir el espíritu religioso que bará incontrastable 
la resistencia, beróica la lucba, y segura y admirable la reconquista. 
Cuando no el amor á la patria, obligárale el deudo á reunirse con los ven- 
cedores de Covadonga, y defender á su lado la propia independencia tan 
de cerca amenazada. Al decir del Albeldense y del Obispo de Salaman- 
ca, procedente de regia estirpe por su padre D. Pedro, duque de Canta- 
bria, babíase desposado con la bija de D. Pelayo, ofreciendo esta unión 
á los defensores de la monarquía asturiana medios más cumplidos de 
acrecerla y conservarla (2). A ella se allegaban ahora los Estados de 
Cantabria libres de la dominación agarena , mientras más allá los pue- 
blos Vascos tan apegados siempre á su independencia, resistían con buen 
éxito los esfuerzos para sojuzgarlos empleados por los -walis de Pamplona 
y del Ebro (3). 

Al llegar aquí, ¿será necesario manifestar que no pudieron encon- 

(1) Propter paucitatem temporis, nihil Post Fafilani interitum Adefonsus succesit 
historia; dignum egit (Orón, de Sebastian in regnum : vir magnae virtutis , filius Petri 
Obispo de Salamanca). Ducis ex semine Leuvegildi et Reccaredi Re- 

(2) Adefonsus Pelagii gener regnavit an- gum progenitus (Orón, del Obispo Sebas- 



nos xvm. Iste Petri Cantabrife Ducis filius 

fuit: et dum Asturias venit Bermisindam (3) Saint-Hilaire, Historia de España, 

Pelagii filiam, Pelagio prtecipiente, accepit tomo n, lib. it, cap. i, pág. 171. 

(Oí», de Albelda). 



68 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

trarse en Asturias con D. Opas los hijos del Conde D. Julián, ni pere- 
cieron entonces como desleales á su patria, según algunos pretenden? 
Esta conseja, producto de tiempos muy posteriores á los sucesos que en 
ella se refieren, no merece ciertamente los honores de la refutación: das 
historias árabes y el silencio de nuestros más antiguos y acreditados 
cronicones la desmienten, y la buena crítica la relega al olvido. 

Omitiendo varios asertos contestes de los escritores árabes que con- 
firman la existencia de los hijos del Conde D. Julián después del alza- 
miento de Asturias, y la derrota de Covadonga, recordaremos solo la ase- 
veración de Ebn Al-Kotiya, el cual se dice descendiente suyo, y nos 
asegura que tanto ellos como sus nietos existieron largos años florecien- 
tes y honrados entre los árabes. Para los romanceros que desde muy tem- 
prano invadieron el campo de la historia, nada importa la evidencia de 
los hechos : ó los olvidan ó los alteran sustituyéndolos con las propias 
ilusiones. Producir efecto, sorprender empleando la novedad y la extra- 
ñeza, apreciar las pasadas edades por la que alcanzan prestándoles su es- 
píritu y sus tendencias, eso se propusieron siempre á despecho de la ve- 
rosimilitud y de la verdad. 

Ni la turbulencia y los estragos de que fué acompañada la destruc- 
ción de la monarquía Visigoda, ni los breves é incompletos relatos de los 
pocos que desde los últimos años del siglo ix nos trasmitieron algunos 
recuerdos de los acontecimientos que á tanta ruina se siguieron, permi- 
ten conocer hoy los personajes que reunidos en Asturias por el común 
infortunio concurrieron con D. Pelayo á echar los fundamentos de la re- 
conquista y levantar el trono de Eecaredo. Podemos apreciar los resul- 
tados de esta memorable empresa ; pero la memoria de los esforzados va- 
rones que la acometieron, quedó para siempre sepultada en el olvido, y 
la gratitud pública busca en vano sus nombres, que bendice sin conocer- 
los al cabo de diez siglos. 



IV. 



LOS SUCESOS. 



Como todos los grandes acontecimientos que determinan la suerte de 
los pueblos y les dan una existencia propia, la restauración de la monar- 
quía Visigoda, tanto más sorprendente cuanto menos esperada, aparece 
hoy cual la epopeya de los antiguos, llena de prodigios y con aquel ca- 
rácter sublime que de buen grado le conceden por una parte la naciona- 
lidad halagada y satisfecha, y por otra el entusiasmo que producen las 
acciones heroicas y el prestigio de los siglos, de suyo misteriosos, y ava- 
ros guardadores de arcanos y memorables ejemplos. Una verdad en el 
fondo ; una ficción en las partes accesorias ; hé aquí los orígenes de las 
naciones más poderosas. Las forma el valor y la resolución de sus hijos, 
las asegura la victoria, y cantan después la gratitud y el patriotismo 
sus humildes principios y su esplendor y su gloria, confundida la fábu- 
la con la historia y la ficción con la realidad de los hechos. 

Esto se advierte en el alzamiento de los vencidos godos y de los ha- 
bitantes de las montañas de Asturias, contra los fieros y victoriosos con- 
quistadores de la Península. Un descendiente de sus reyes los llama á la 
independencia, despierta su religiosidad y su valor indomable, triunfa 
con ellos en Covadonga, ciñe á sus sienes la corona abandonada en los 
campos de Jerez, levanta sobre el mismo campo de batalla el trono de 
Eecaredo, y con su ejemplo y sus mesnadas, al echar los fundamentos 



70 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

de una nueva patria, da memorable principio á la lucha de ocho siglos 
que fijará por límites de la monarquía española los de la Península ente- 
ra. Eesolucion heroica, medios muy inferiores al intento, triunfos inmor- 
tales, resultados fuera de toda esperanza, de toda verosimilitud, de todo 
encarecimiento, hé aquí el conjunto de circunstancias que excitan la 
imaginación y el patriotismo del escritor cristiano de la Edad media al 
examinar los acontecimientos de Covadonga, y ver en ellos el glorioso 
principio de la restauración de la monarquía. Su religiosidad se los pre- 
senta como la obra de un poder invisible, más bien que como el efecto de 
los flacos esfuerzos de los hombres. Bendice la mano de Dios que los di- 
rige, narra con la fé del que admira y no investiga, y su pluma allega 
sin pretenderlo las maravillas del cielo á las causas comunes de la tierra. 
Y esta apreciación en que la piedad y la sencillez de las costumbres y 
la exaltación del sentimiento religioso tienen tanta parte como el orgullo 
nacional, siempre ocasionado á exagerar y encarecer, crece con el tiempo 
y conforme se alejan de nosotros los acontecimientos. 

El cronicón Albeldense y el del Obispo Sebastian, los primeros en 
que aparecen los nombres de Covadonga y de Pelayo , solo nos ofrecen 
percepciones generales , escasas noticias de la restauración que recuer- 
dan fugazmente, y como si su misma magnitud é importancia, á cubierto 
del olvido , no pudiesen oscurecerse ni necesitaran de la historia para 
llegar á la posteridad y ser apreciadas en su justo valor. El Silense ya 
entra en mayores explicaciones: más detenida la narración, más desen- 
vueltos los incidentes, más notable la credulidad, y harto manifiesto el 
empeño de atribuir al poder divino las resoluciones y los hechos de los 
vencedores. El Obispo de Oviedo D. Pelayo, D. Lúeas de Tuy, el Arzo- 
bispo D. Rodrigo y D. Alonso el Sabio en los siglos xn y xm, ostentando 
una erudición y una cultura ó desconocida ó desdeñada en tiempos an- 
teriores, narran con menos brevedad, con más arte y aparato ; introdu- 
cen en sus relaciones el sabor á los romances, y entran en detalles hasta 
entonces ignorados; pero sin ofrecer las pruebas de sus asertos. Así es 
como en razón del mayor número de siglos transcurridos desde los suce- 
sos de Covadonga, las circunstancias y pormenores se aumentan y des- 
arrollan bajo la pluma de los escritores de la Edad media ; singularidad 
que tiene una explicación natural si se atiende al espíritu de los tiempos, 
al bulto que reciben de los siglos los acontecimientos que hablan á la 
imaginación, conforme se apartan de su origen; á la credulidad que alte- 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 71 

ra y modifica las tradiciones sin admirarse de las más absurdas, al pro- 
pósito de alimentar el entusiasmo público con el ejemplo de los primeros 
héroes de la reconquista, y al empeño de bosquejar la fisonomía propia 
de las pasadas edades, llevando por guia primero la admiración que la 
crítica, y el asentimiento popular y el gusto á las leyendas peregrinas 
y los cantares de gesta, que el examen escrupuloso de los hechos y la se- 
veridad inflexible de la historia. 

Pero aun despojada la de la restauración de la monarquía visigoda 
de todo lo maravilloso é improbable, ¡ cuan grande y magnífica aparece 
todavía, á quien la contempla sin el pirronismo que esteriliza el corazón 
y las vanas pretensiones de una nacionalidad exagerada que extravían 
el juicio y le pervierten! No necesita ciertamente para hablar á la ima- 
ginación y sorprender el ánimo, de las fábulas pueriles con que los es- 
critores de tiempos muy lejanos de los de Pelayo y sus inmediatos suce- 
sores, presumieron darle mayor realce prestando fácil asenso á las patra- 
ñas del Diácono Juliano y el tan creído y celebrado Tarif Abentarique, 
que se decía testigo ocular de los sucesos. Las torpes imposturas de los 
inventores de estas supuestas autoridades y de otras de la misma ralea, 
fueron un dia las fuentes impuras donde bebieron incautamente algunos 
de nuestros eruditos , para quienes la hazañería de los forjadores de do- 
cumentos, no dispertó siquiera la más leve sospecha. Creyéronlos de 
buena ley, faltándoles la crítica y el examen que pudieran poner de ma- 
nifiesto su falsedad. Así es como el buen P. Carballo, convertido en cro- 
nista de D. Pelayo, no de otra manera que si le hubiese seguido en to- 
das sus empresas, para revelarlas después á la posteridad, nos dice con 
una sencillez que demuestra la convicción y la buena fé, cómo su héroe 
al dar alcance á un malhechor descubre la cueva de Covadonga y el san- 
to ermitaño en ella consagrado al servicio de la Virgen María (1): cómo 
perseguido por los satélites de Córdoba que intentaban su arresto de or- 
den del Emir, atraviesa en su brioso caballo la profunda corriente del 
Pionia, y salvo de este riesgo (2), reúne sus parciales en el territorio de 

(1) Antigüedades y cosas memorables del silio per quemdam amicum in vico qui Vrete 
Principado de Asturias, parte u, tít. ix, dicitur Pelagio reuelato, quia non poterat 
párrafo 6.° armis resistere, ad oppositam ripam Pioniíe 

(2) El P. Carballo sigue en esto al Arzo- fluminis, equo insidens , pernatauit, et quia 
bispo D. Rodrigo , que dice así : «Cumque fluuius inundabat, Sarraceni persequi ees- 
milites ad Asturias pervenissent, voluerunt sauerunt, et ad vallem quEe Canice dicitur, 
Pelagium dolo composito retiñere, sed con- solus venit. (De rebus Eispani<s). 



72 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Cangas y se enrisca con ellos en la sierra del Auseva : cómo reconocido 
allí por su caudillo vela las armas en el antro misterioso de Covadonga 
con su mujer Gaudiosa á usanza de caballero andante .' cómo los ricos- 
homes levantándole sobre el pavés le proclaman su monarca conforme á 
la costumbre de los godos : cómo se apercibe á la defensa reuniendo la 
nobleza goda, abastecida la cueva de toda clase de armas y pertrecbos de 
guerra: cómo en fin, alcanza una victoria inmortal, y destruida la moris- 
ma en Covadonga, en el Amosa y en Olalles, acuden al vencedor los no- 
bles de Vizcaya y de Galicia, ganando primero á Cangas de Tineo y des- 
pués á León. Aquí se da á la bistoria el sabor del romance , y desde 
luego se percibe el tinte caballeresco comunicado á los sucesos tal vez 
sin pretenderlo. Era el gusto dominante de la época. ¿Y se recibiría de 
otra manera como moneda corriente , el malhecbor perseguido , el santo 
ermitaño que le ampara al pié del Santuario , el descubrimiento de este 
asilo sagrado , la vela de las armas ante la imagen de la Virgen , la ce- 
remonia de levantar á Pelayo sobre el pavés, esa reunión de ricos-bornes 
que con tanta ceremonia le proclaman su monarca? Nada falta aquí para 
una leyenda del siglo xvn. 

Pero todavía con menos criterio y más credulidad el caballero Trelles, 
ciego entusiasta de la beráldica y panegirista de sus delirios, allega á 
estas peregrinas noticias otras igualmente singulares, tomadas según 
dice de D. Pedro Seguino y del obispo de Oviedo Rey la Nuñez, inter- 
pretando á su placer los cronicones, y haciendo uso sin coto ni medida 
de los conocidamente falsos. De ver es, cómo en su Asturias ilustrada, 
penetra animoso en las tinieblas del siglo vin, y con toda la seguridad 
del convencimiento y como si no hubiese en qué dudar, se pertrecha de 
citas y autoridades, y hacina textos y consejas para darnos cumplida 
idea del reinado de Pelayo y de la nobleza que le auxilió en su empresa. 
Con toda formalidad nos asegura, que el Obispo D. Servando era el con- 
fesor y el cronista de su héroe (1); que los Asturianos mandaron al no- 
ble barón Alebrando de embajador á los estados extranjeros pidiéndoles 
consejo en su apurada situación; que estos le contestaron de común 
acuerdo cuándo convendría eligieran un rey capaz de gobernarlos y de- 
fenderlos; que entonces recayó la elección en D. Pelayo, la cual fué des- 
de luego confirmada por los procuradores de los pueblos juntos en Cortes 

(1) Asturias ilustrada, 1. 1, parte i, cap. xix. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 75 

en la iglesia de San Salvador de Oviedo el 26 de Marzo de 717; que el 
Pontífice Gregorio II la ratificó por una bula del 30 de Agosto del mis- 
mo año; que el nuevo monarca era asturiano con propiedades en el país, 
y sólo sus compatriotas le sostuvieron y ayudaron en su alzamiento. 
¿Qué más? Siguiendo á ciegas al falso Abentarique, como si se propu- 
siese Trelles poner el colmo á tantas ilusiones, pretende por último que 
D. Pelayo socorrió por mar á Sevilla, cercada por los moros, retardando 
su conquista ya que no pudo evitarla. 

Los mismos delirios y otros más extraños se encuentran también en 
la famosa obra de D. José Micheli y Márquez, titulada El Fénix Católico, 
D. Pelayo el restaurador, dada á luz en 1648. Aquí la historia se con- 
vierte en un romance con todas las quimeras é ilusiones que puede pro- 
ducir una imaginación enferma, para quien solo son aceptables los tran- 
ces más portentosos y las extravagancias más extrañas. Era este el gus- 
to dominante de la época, no modificado hasta algunos años después, 
viva entonces la fé concedida á los falsos cronicones, escasa la crítica 
para juzgarlos, y generalizada la afición á las leyendas caballerescas en 
que entraba por mucho todo lo maravilloso y una piedad más sencilla 
que ilustrada. Poseído de este espíritu D. Gregorio Menendez Valdes al 
recordar los sucesos de la restauración en los Avisos históricos á su hijo, 
y en su Gigia antigua ij moderna (1), ciego apasionado á la heráldica, y 
tributando á la nobleza hereditaria una supersticiosa adoración, no solo 
reproduce todas las patrañas con que sus antecesores creyeron realzar el 
reinado de Pelayo, sino que las aumenta con otras de su cosecha, como 
si nada hubiese para él de oculto ó de dudoso en el siglo vin, y partici- 
pasen los demás de su extraña credulidad, y sus singulares aberraciones. 
Preciso es llevarlas muy lejos para darnos á conocer los nobles guerre- 
ros que entonces florecian, y sus hechos de armas y sus extraños blaso- 
nes, reconociendo en ellos los fundadores de las principales casas sola- 
riegas de Asturias. 

Tan desfigurados y revueltos con las fábulas encontraron los erudi- 
tos del siglo xvín en su segundo período, los sucesos de la restauración, 
al esclarecer la buena crítica la historia nacional con el examen de los 
documentos originales, ya apartados los apócrifos de los verdaderos y 

(1) Se encuentra un ejemplar manuscrito del Real Instituto Asturiano, hoy Escuela es- 
de esta obra no publicada en la Biblioteca pecial de náutica, industria y comercio. 
tomo rx. 10 : 



74 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

gemimos. A poco se reducen ciertamente los datos que estos nos ofrecen 
para apreciar en su justo valor los orígenes de la monarquía asturiana 
y conocerla en todas sus circunstancias ; pero harto notables y de interés 
sumo los que todavía pueden consultarse, ni necesitan los hechos que 
nos revelan del encarecimiento, ni de allegadizas preseas para cautivar 
nuestro respeto. Su apreciación, con todo eso, dividió profundamente los 
pareceres. 

A nuestro juicio, tan apartados andan de la verdad los que por sobra 
de escepticismo sólo ven en la jornada de Covadonga la escaramuza y el 
triunfo de un guerrillero, como los que obcecados por el entusiasmo y el 
amor á la patria agrandan fuera de toda medida las proporciones de este 
hecho de armas, considerándole como una de las batallas más célebres 
del mundo. Ni uno ni otro extremo: hay en ambos por ventura exagera- 
ciones desmedidas, y errores disculpables. Si á los escasos y breves re- 
latos de los árabes que hoy pueden consultarse hemos de atenernos, tan- 
to de lo que mencionan como de lo que omiten, hay razón para inferir 
que el encuentro fué sangriento, si no de la importancia suma que los 
cristianos de la Edad media quisieron concederle. El Obispo Sebastian, 
ó por exceso de credulidad dando asenso á las tradiciones vulgares de su 
tiempo, ó porque se propusiese alentar el valor y la constancia de sus 
contemporáneos con el recuerdo de altos ejemplos, asegura sin vacila- 
ción, y como si no temiese ser desmentido, que perecieron en Covadonga 
y el Auseva 18,700 musulmanes (1). 

Eeproduce su aserto el monge de Silos con la misma seguridad ; y ya 
en el siglo xm pretende el Arzobispo D. Rodrigo, que después de su- 
cumbir 20,000 á manos de los cristianos en el primer encuentro, todos 
los restantes perecieron perseguidos de cerca por Pelayo en su desastro- 
sa retirada, y procurando en vanó ganar las asperezas del Auseva (2). 

(1) In eodem nanque loco centum viginti Chaldeorum stupenterin ilumine proiecerit, 

quatuor millia Cbaldaeorum sunt interfecti: atque omnes oppreserit, ubi usquenunc ipse 

sexaginta vero et tria millia qui remanserant fluvius, dura tempore hyemali alveum suum 

in verticem montis Auseva? ascenderunt implet, ripasque dissolvit, signa armorum et 

Sed nec ipsi Domini evaserunt vindictam: osium eorum evidentissime ostendit [Groni- 

nam cum per verticem montis, qui situs est con de D. Sebastian). 

super ripam fluminis Deva? justa pradium (2) Sicque tali iudicio ferme XX millibus 

quod dicitur Casegadia, sic evidenter judicio Arabum interfectis, caateri quasi vertigine 

Domini actum est, ut ipsius montis pars se a turbabantur. Quod Pelagius cum vidisset lau- 

fundamentis evovens sexaginta tria millia dans Dei potentiam, et spiritu fortitudinis 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 



Tú 



Hay aquí de singular, que muchos autores del siglo xvm, no en verdad 
crédulos y faltos de buen criterio, admiten estos asertos de nuestros cro- 
nicones sin atreverse abiertamente á desecharlos, pero como recelosos del 
asentimiento que les prestan. Puede citarse entre ellos á Risco, que para 
hacer menos inverosímil tan increíble matanza, recuerda la que refiere 
de los árabes invasores de las Gálias casi por el mismo tiempo, Paulo 
Diácono, autor del siglo vm, el cual supone que quedaron sobre el cam- 
po en una sola batalla 375,000 (1). Pero una exageración absurda, ni se 
sostiene ni se justifica con otra más absurda todavía : ambas serán des- 
echadas por el buen sentido. No basta tampoco la autoridad de un escri- 
tor, cualquiera que sea su crédito, para adoptarla desde luego, cuando 
afirma cosas increíbles. De cierto no podia haber entonces en España el 
considerable número de invasores tan gratuitamente sepultados en las 
angosturas de Covadonga, el valle de Cangas y los riscos del Amosa. Ni 
en estos lugares estrechos y de reducida y quebrada superficie, era posi- 
ble hacinar la asombrosa muchedumbre que suponen Sebastian y el Si- 
lense, aunque en la cabeza de sus caudillos, no bisónos por cierto en el 
arte de la guerra, cupiese el delirio de encerrarla donde hasta la defensa 
se hacia imposible. 

Según algunos escritores árabes solo mandaba Tariq-ben-Zeyyad en 
la batalla del Guadalete 12,000 berberiscos (2). Otros pretenden que cons- 
taba su ejército de 20,000. Agregúense á estas fuerzas los 18,000 gi- 
netes que poco después acompañaron á Muza cuando se trasladó del 
África á España (3); los refuerzos con que le auxilió su hijo Abdelaziz 
en el sitio de Mérida; los que hayan podido procurarle los judíos y los 
partidarios del conde D. Julián y de los hijos de Witiza declarados á fa- 
vor de los invasores , y todavía su número quedará muy inferior al de 
los que se suponen muertos en la jornada de Covadonga. No ha de per- 
derse de vista que ya en 718 cuando el alzamiento de Pelayo y su vic- 
toria, se hallaban los musulmanes empeñados en la invasión de la Sep- 
timania; que para esta empresa necesitaban disponer de la mayor parte 



roboratus, cum suis egreditur aspelunca, et (1) España Sagrada, t xxxvn, trata- 

Alchaman cum máxima multitudine Ara- do 73, cap. x. 

bum interfecit prseter eos qui euersis iaculis (2) Dozy, Histoire des musulmans d'Es- 

perierunt. Reliqui vero ad Auseuse ardua pague, t. i, xi, pág. 255. 

fugientes , ab iis quos Pelagius reliquerat, (3) Viarüot, Essai sur l'Mstoire des 

cjedibus perierunt (De rebns Hispanim). árales el des maures d'Espagne, 1. 1, pág. 23. 



76 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

de sus fuerzas; que eutouces debían encontrarse naturalmente dismi- 
nuidas por los sitios y encuentros inevitables y sus dilatadas correrías 
en muy diversos contornos; que no podían menos de dejar guarniciones 
más ó menos respetables en Málaga, Córdoba, Sevilla, Toledo, Marida, 
Zaragoza y las demás ciudades recientemente sometidas á su dominio; 
que Albaor no debió considerar de bastante importancia la insurrección 
de Asturias y los fugitivos que la promovian en un país montuoso y po- 
bre , cuando en vez de acudir en persona á sofocarla desde su mismo 
origen, confió esta misión á uno de sus capitanes. ¿Cómo aparecería de 
consiguiente en las montañas de Cangas de Onís el numeroso ejército 
que nuestros cronicones suponen allí perdido? 

Pero redúzcase en buen hora su importancia : sea infinitamente me- 
nor. Aun así la victoria de Covadonga aparecerá como una especie de 
prodigio, y sus resultados nada perderán de su grandeza. Todas las cir- 
cunstancias concurren á dársela, sacándola de la reducida esfera á que 
algunos pretendieron limitarla, considerándola solo como la acción de un 
guerrillero. Es lo cierto , que los mismos árabes no pudieron disimular 
la profunda impresión de tan inesperada derrota , y tarto prueban sus 
asertos que estaban muy lejos de considerarla como la descubierta ma- 
lograda de algunos centenares de soldados. Y sino consultemos sus pro- 
pias narraciones. Que después de la serie no interrumpida de los triunfos 
alcanzados por los sectarios del Profeta, encontraron la afrenta y la der- 
rota en Asturias ; que fué esta la señal de la resistencia y la lucha san- 
grienta de ocbo siglos; que Alkaman ó sea Alsamahh, como los árabes 
le llaman, mandaba un ejército; finalmente, que tan inesperada victoria 
fué el fundamento de la restauración de la monarquía, ellos mismos vie- 
nen á patentizarlo, si no con una confesión explícita y de una manera di- 
recta, á lo menos con aquellos términos que el amor propio sugiere 
para atenuar la importancia de los hechos que pueden mortificarle. Abu- 
Baquir nos dice, que desgraciado Alsamahh en su empresa, y derrotada 
su gente, encontró la salvación en la fuga, pereciendo Soliman-ben- 
Schabad con la mayor parte de los suyos (1). Otros de sus compatriotas 
confiesan igualmente esta derrota de una manera más ó menos rebozada 

(1) Eo duce (Mxarnan) bellum aversos ben-Seababus cum máxima exercitus parte 

Christianos susceptum est, sed infausto exi- occubuit, armo scilicet Egira 139. Abu-Bakir 

tu; equippe is ingente clade afectus, fuga sa- vestís Sérica (apud Cassiri) (Bibliot. Arabi- 

lute cónsul uit, ejus vero collega Solimanus- co Hispana. 1133). 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 11 

y desviándose bastante de los cronistas cristianos. De este número es el 
Ajbar-Machmüa que solo concedió á Pelayo 300 hombres refugiados en 
los terrenos más quebrados de Asturias, donde resistieron á los musul- 
manes basta quedar reducidos al insignificante número de 30, el cual 
aumentado después gradualmente, vino á crearse una situación harto 
grave para los musulmanes. Si pudieran merecernos alguna confianza 
las cartas para ilustrar la España árabe dirigidas al Abate Masdeu por su 
autor D. Faustino de Borbon , grandemente contribuiría á nuestro pro- 
pósito el texto que en una de ellas atribuye al escritor Abdallah-ben- 
Abd-el-Rahman, y que se halla concebido en estos términos: «Como su- 
»piese Alhorr que los cristianos se habían levantado en las montañas del 
» Norte, mandó contra ellos un ejército del cual fué vencedor Pelayo, que 
» adquiriendo fuerza y audacia atacó á los musulmanes matando cerca 
»de 3,000. Estos lanzaron sus dardos; pero sobrevino un temblor de 
»tierra, y el ejército fué sumergido. Pelayo, que sobrevino entonces, hizo 
»una gran carnicería, siendo Alkaman uno de los muertos que quedaron 
» sobre el campo de batalla.» 

Permítasenos que no admitamos como genuino este pasaje de un 
autor que nadie ha visto, y que tanto se desvía del carácter y las cir- 
cunstancias con que los árabes nos presentan los sucesos, y donde 
parece traslucirse el conato de poner en armonía su contexto con el de 
los cronicones cristianos. De notar es que aquí se dé al caudillo de los 
infieles el nombre de Alkaman, con el cual se le conoce en nuestros 
cronicones, cuando en los escritos de los árabes constantemente se le 
llama Alsamahh ; pero mucho más llama todavía la atención, que cuan- 
do todos los escritores muslimes convienen en que este guerrero pere- 
ció luchando en los campos de Tolosa, le cuente el pretendido Abdallah 
entre los muertos en Covadonga , poniéndose en abierta contradicción 
con sus compatriotas. Sin embargo, un historiador como Romey, que 
no peca ni de ligero ni de prevenido , todavía le admite sin sospecha 
al referir los acontecimientos de Covadonga, como si ningún reparo 
pudiera hacerse contra su autenticidad (1). Mas cauto Rossew de Saint- 
Hilaire, al recordar el mismo texto, nos dice cuerdamente: «Borbon, 
»que tiene siempre á la mano textos favorables á los cristianos, cita con 
»este objeto un pasaje de Abd-ahalad que no reproducimos sin descon- 

(1) Historia de España, t. ni, cap. vi, pág. 159. 



78 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

» fianza (1).» No infunden por fortuna la misma sospecha los textos de 
Ebn-Hhajan-el-Raci, que viene por último á confesar en medio de sus 
exageraciones y la pompa oriental común á todos los escritores de su 
raza, que el número y el poder de los cristianos se aumentaron más tar- 
de en una proporción infinita. Ahmed-el-Makari nos dá igualmente no- 
ticia del levantamiento de Pelayo en Asturias, y de haber erigido en 
esta región un Estado independiente. Esta empresa aparece muy rebaja- 
da en la crónica arábiga, de autor anónimo, escrita á fines del siglo x, 
y existente en la Biblioteca Real de París. Dícese en ella lo siguiente: 
«El gobernador Ocbah conquistó la tierra hasta que llegó á Narbona, 
»y conquistó también á Chaliquiya (ó sea las Asturias y Galicia), y la 
»tierra de Álava y Pamplona, y no quedó en toda Chaliquiya una sola 
»alquería que no le obedeciese, exceptuando la sehra ó sierra de Co- 
»vadoDga, donde un príncipe llamado Pelayo se refugió con 300 hom- 
»bres (2).» 

Se vé, pues, que no son solo los cronicones cristianos de la Edad me- 
dia los que nos conservaron la memoria de tan extraordinarios aconteci- 
mientos. Únicamente más interesados en ellos , habitadores en los mis- 
mos sitios donde tuvieron lugar, suya la gloria y legítimo el orgullo de 
ensalzarla, al participar del entusiasmo general y de la fé sincera y pura 
de los pueblos , allegaron los prodigios del cielo á las heroicas acciones 
de sus padres. De sentir es que al admirarlas, hayan perdido de vista los 
detalles y pormenores que nos revelarían hoy todo el precio de los medios 
empleados en la resistencia y en el triunfo. Generales y fugitivas sus 
indicaciones, nos representan al país donde Pelayo se alza contra sus 
opresores de improviso, invadido y dispuesto á la lucha: pero sin darnos 
la menor idea de su verdadero estado ; de los recursos con que cuenta 
para sostener su independencia ; de los campeones que tan heroicamente 
la proclaman; del número y procedencia de sus fuerzas; de las disposicio- 
nes adoptadas para emplearlas antes y después de la victoria. 

Apoyándose algunos en este silencio, y más aún en el testimonio de 
Isidoro Pacense, pretenden que Asturias, así como los demás pueblos de 
la Península, obedecían entonces á los árabes con una sumisión forzada. 
Asegura en efecto este escritor, que la España entera obtuvo la paz de 

(1) Historia de España, t. n, cap. iv, yangos en una de las notas á su Memoria 
página 164. sobre la autenticidad de la crónica denomi- 

(2) Así reproduce esta cláusula el Sr. Ga- nada del moro Rasis. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 79 

Abdelacid, haciéndose su tributaria (1); pero como observa con razón el 
P. M. Risco, aserción tan vaga y general sólo puede admitirse con cier- 
tas excepciones (2). De otra manera contrariaría el testimonio unánime 
del Albeldense, el Obispo de Salamanca y el monge de Silos, los cuales 
dan por cierto que los restos de los vencidos godos, en su mayor parte 
buscaron un asilo en las montañas de Asturias. ¿Le encontrarían en ellas 
cuando se bailasen bajo el dominio de sus enemigos? No ha de negarse 
que éstos se establecieron en algún punto de la costa ; pero tampoco pa- 
rece dudoso que se encontraban libres de su yugo la zona central del 
país y los valles y arrimados que se estienden á lo largo de las extensas 
cordilleras del Oriente y Mediodía. Por confesión de los mismos árabes 
sabemos ya, que á lo menos las sierras de Covadonga se hallaban ocu- 
padas por Pelayo y sus bandas (3), lo que no podría verificarse si no 
contasen también con la mayor parte de los territorios limítrofes situados 
á lo largo de los confines orientales, de donde únicamente les era dado 
sacar las subsistencias indispensables para su conservación. Suponer, 
pues, que un país montuoso de tan áspera y quebrada superficie como 
Asturias se hallaba militarmente ocupado en todas sus partes por los con- 
quistadores, es convenir en que allí existia de hecho un numeroso ejér- 
cito, del cual, atendidas las circunstancias, les era imposible disponer sin 
renunciar á las nuevas conquistas que meditaban, y á la conservación de 
las ya realizadas en la Península; todo para poseer una región aislada, 
tenida en poco, y de la cual formaban muy pobre idea. ¿Se hace esto 
creible? ¿Parece siquiera verosímil? 

Era entonces Gijon la plaza principal, y tal vez la única que ocupaban 
los muslimes y la residencia de su jefe Munuza, tan célebre entre sus 
compatriotas como entre los cristianos. Cuándo y por dónde llegaron á 
esta ciudad marítima conocida ya de los Romanos con el nombre de Gi- 
gia, es hoy inaveriguable, digan cuanto quieran sobre este punto tan 
oscuro nuestros historiadores y genealogistas del siglo xvn, apoyados en 
falsas leyendas y consejas vulgares. Ni documentos ni autoridades hay 
que puedan consultarse en esta investigación, afortunadamente de bien 
poca importancia. A recurrir sólo á las conjeturas, parece lo más proba- 
ble que los árabes hayan penetrado por tierra hasta los pueblos de la 

(1) Omnem Hispaniam per tres annos (2) España Sagrada, t. xxxvn, cap. vin. 

sub censuario jugo paciíicans. (Cron. de Isi- (3) Crónica arábiga del siglo x, pertene- 

doro Pacense}. cíente á la Biblioteca Real de Paris. 



80 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

costa. Eran estos conquistadores, por sus creencias y costumbres, por los 
desiertos que rodeaban su cuna, por su alejamiento de los mares, por su 
vida nómada y la naturaleza misma de sus invasiones salvages, poco afi- 
cionados á las empresas marítimas : decimos mal ; ni las conocían ni es- 
taban á su alcance los medios de realizarlas. Las bordas del Yemen, po- 
sesoras de vastas soledades, llevaban consigo en sus rápidas conquistas 
los bábitos de los pueblos pastores, la vida del desierto, el fanatismo del 
Profeta que los inclinaba al dominio de los antiguos imperios muy apar- 
tados de los mares. Á su vista se detenían como temerosos é irresolutos, 
poseídos de supersticioso respeto, embargado el valor, y amortiguada la 
esperanza. «Allah, exclamaba Okbad sobre las costas del África, y ante 
el Océano que contemplaba con espanto ; si no me detuviese este mar 
profundo, yo llevaría tu ley y la gloria de tu santo nombre basta las 
extremidades de la tierra.» Extraños los árabes á la navegación en los 
orígenes de su extenso poderío, y poseyendo entonces un corto número 
de naves, la necesidad, no la propia querencia, les obligó á emplearlas al- 
guna vez en reducidas expediciones y limitadas travesías. Del Océano 
cantábrico apenas tenían idea: creíanle un mar borrascoso cubierto de 
tinieblas y sembrado de peligros (1). Crédulos y amigos de lo maravi- 
lloso, debía aparecer á su vehemente imaginación como un monstruo in- 
domable rodeado de misterios, y cuyos límites se perdían en el infinito. 

Posesionados ya de Lugo y de León, otra confianza debía inspirarles 
el tránsito por tierra á las regiones comarcanas , avezados á vencer las 
resistencias y atravesar rápidamente las montañas y los llanos precedi- 
dos de la victoria. Con puntos de apoyo para restituirse á sus dominios 
en el caso de un descalabro, ofrecíanles franca entrada en Asturias las 
gargantas y depresiones de las cordilleras del Oriente y Mediodía, cortas 
las distancias , varias las entradas, é imposible su custodia en una extensa 
línea, cuando no se bailaba todavía organizada la resistencia, y debia 
ser muy escaso el número de los defensores. Natural parece que por estos 
lugares , y no emprendiendo una peligrosa navegación , bayan llegado 
los muslimes basta las orillas del Océano Cantábrico, fijando en Gijon el 
centro de su poder para enseñorearse de la tierra. 

La misma oscuridad nos detendrá al investigar el punto de invasión 
que dio paso al ejército de Alkaman. Cuanto se diga para determinarle, 

(1) Edrissi, conocido por el geógrafo Nu- biense, traducción de Jaubert, 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 81 

no pasará nunca de una conjetura. Si como parece verosímil fué el ob- 
jeto del invasor aproximarse en el menor tiempo posible á la residencia 
babitual de los cristianos armados para su defensa, debió preferir la en- 
trada en Asturias por los puertos que la separan de las montañas de San- 
tander y de Castilla. Aun boy mismo son sus gargantas más accesibles 
y no tan encumbradas como las de Pajares, casi impracticables antes de 
baberse construido la carretera que las franquea. 

Por la parte de Galicia encontraban los árabes no solamente un trán- 
sito más largo , sino también los inconvenientes de los rios á menudo 
impetuosos, ó bien las dilatadas y ásperas sierras que aun en el dia bacen 
el tránsito duro y penoso. Así advertimos que en su retirada, para ga- 
nar la tierra de Campos después de la derrota de Covadonga, no se diri- 
gen los vencidos ni á León ni á Galicia ; sino que siguiendo las faldas 
del Auseva pasan á laLiébana, al pié de cuyas montañas empiezan ya las 
llanuras de Castilla. 

Más amigos de detalles é investigaciones se mostraron los modernos 
eruditos al tomar en cuenta los sucesos de Covadonga. Una de las pre- 
tendidas maravillas con que se propusieron realzarlos , es la cruz roja 
aparecida á Pelayo en el cielo como signo seguro de la libertad de su 
pueblo y de los triunfos que debían asegurarla (1). Acogida esta inven- 
ción por la piadosa credulidad del vulgo, y tolerada por los que en el si- 
glo xvii pudieran tal vez desmentirla, ó guardaron silencio ó le presta- 
ron su asentimiento más que por supercbería , por un espíritu religioso 
que no les era dado acallar, pareciéndoles una impiedad someter su exa- 
men á la investigación y la crítica. Era de moda mezclar los milagros 
á todas las acciones de la vida y la suerte de los pueblos. ¡Cuántas ve- 
ces el valor de combatirlos produjo la animadversión ó las persecuciones 
de los interesados en sostenerlos! Esta misteriosa visión de la cruz roja 
aparecida á Pelayo , nos recuerda la de Constantino , á cuya semejanza 
pudo concebirla una religiosidad mal entendida, ó una vituperable baza- 
ñería en dias muy posteriores á los de la restauración. Y de intento de- 



(1) También es tradición muy asentada, señal de perpetua paz en tiempo de Noé pa- 

y lo refieren algunas historias vulgares y se ra que saliese con su familia del Arca á po- 

colige de la parte primera de la crónica del seer la tierra. (Cahballo, Antigüedades yco- 

Arzobispo D. Rodrigo, que este nuevo rey sas memorables de Asturias, parte n, tít. ix, 

(D. Pelayo) mereció ver en el cielo una cruz párrafo 9.) 
roja, que fué como el arco que Dios puso por 

TOMO IX. 11 ; 



82 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

ciatos muy posteriores , porque ni el más leve antecedente que á ella se 
refiera se encuentra en los cronicones sucesivamente escritos desde el 
siglo ix hasta el xm. Si entonces se hubiese hecho memoria de este pro- 
digio, aunque no contara con otro apoyo que la tradición vulgar, cier- 
tamente no le pasaran en silencio los escritores más allegados á los tiem- 
pos del alzamiento de Asturias , cuando con tanto empeño daban franca 
acogida á todo lo extraordinario y fuera del orden natural. La invención 
es sin duda de fecha más reciente, y no por eso menos acreditada entre 
las gentes sencillas de las montañas. Pretenden los que la consideran 
como una realidad, que en memoria suya fundó D. Favila la Iglesia de 
Santa Cruz de Cangas ; pero la inscripción dedicatoria de este templo ni 
una sola frase contiene por donde pueda inferirse que se consagraba á 
perpetuar la memoria de tan extraordinario suceso. Lo que sí parece 
creible atendida la fé de una época tan apartada de la nuestra y el espí- 
ritu religioso de los godos, es que su caudillo, según pretende la tradi- 
ción, llevase por insignia una cruz para alentar á los suyos en la pelea. 
Aún se quiere que sea la misma exornada por D. Alonso m con planchas 
de oro y piedras preciosas en su castillo de Gauzon, y á la cual se le dio 
siempre el nombre de Cruz de la Victoria , custodiándose con sumo res- 
peto y como un recuerdo de la gloria y religiosidad de nuestros padres, 
en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo. La realza una piadosa ins- 
cripción donde ni aun por incidencia se nombra á D. Pelayo y se recuerda 
su triunfo. Morales la describió detenidamente elogiando su alto precio 
con particular encarecimiento (1) , y de ella hizo después especial men- 
ción el P. M. Risco, sin poner en duda que sea la misma enarbolada por 
el vencedor de Covadonga (2). La historia no comprueba esta creencia, 
si bien es la general del país, trasmitida hasta nuestros dias por una pia- 
dosa tradición de cuyo examen, sin embargo, nadie se ocupó hasta ahora. 
El Silense, que recuerda la cruz de D. Alonso m, dice de ella lo siguien- 
te : «Ad hoc inter cetera áurea ornamenta quse Ovetensis Eclesise devote 
»contulit (D. Alonso el Magno) obrizo áureo variis que pretiosis gemmis 
»eximiam crucem venerabili loco obtutit.» ¿Quién puede reconocer en 
estas palabras la cruz de D. Pelayo? En el mismo sentido se expresa el 
Tudense y casi con las mismas palabras. No hay, pues, un fundamento 



(1) Viaje Santo. (2) España Sagrada, t. xxxvn, tratado 

73, cap. xxvi. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 83 

sólido para prestar asenso á la opinión vulgar de que en la cruz de Don 
Alonso ni está incrustada la misma que levantó Pelayo en Covadonga, 
si es que realmente condujo con esta sagrada insignia sus huestes á la 
pelea, cosa tampoco averiguada. Por eso calificó de popular y desprecia- 
ble esta tradición D. José Ortiz y Sanz, empleando el desenfado que le 
era característico y que no siempre cuadraba bien á su carácter y la 
templanza y la índole misma de sus tareas (1). 

De otros prodigios más sorprendentes todavía van acompañadas las 
narraciones de los sucesos de Covadonga. ¡ Con qué candorosa sinceridad 
nos recuerda el Albeldense el creido portento del Amosa, desplomado por 
la mano de Dios sobre los infieles fugitivos y aterrados! (2). Sublime por 
su misma sencillez, sin admirarse del suceso, así le refiere como si se 
tratase de una cosa natural; como si su fé le espe'rára; como el cumpli- 
miento en fin de los designios del Cielo, á quien nada cuestan los trastor- 
nos de la naturaleza y la destrucción de los imperios. La misma creencia 
abriga el Obispo D. Sebastian; pero con cierta desconfianza del asenti- 
miento de la posteridad. Haciéndose erudito para persuadir, quiere inspi- 
rar á los demás sus propias convicciones, recordándoles como un com- 
probante de lo acaecido en el Amosa, los egipcios sumergidos en el mar 
Pojo que dio libre paso á los Israelitas (3). 

Una horrible tempestad que sobreviene en lo más recio de la pelea; 
el Deva desbordado con los torrentes precipitados de la montaña ; el suelo 
movedizo y pantanoso con las lluvias ; los troncos y peñascos derrumba- 
dos por los vencedores desde las cumbres altísimas del Amosa ; el pavor 
y aturdimiento y confusión de los fugitivos, pueden explicar el preten- 
dido milagro de los cronicones á los historiadores de nuestros dias, me- 
nos crédulos que los del siglo ix, y no como ellos dispuestos á buscar en 
el trastorno de la naturaleza lo que puede comprenderse y explicarse sin 
violencia, sólo con el examen de sus eternas leyes (4). Según nuestros 

(1) «Creemos que estas cosas son simple- (3) Non istud miraculum inane aut fabu- 
zas del vulgo bozal y demasiado bondadoso, losum putetis, sed recordamini quia qui in 
pues á ser así no lo hubiera callado D. Alón- Rubro mari Aegyptios Israelem persequen- 
so mismo en los letreros.» (Ortiz, Historia tes demersit, ipse líos Árabes Eeclesiam Do - 
de España, t. ni, lib. vi, cap. xi.) mini persequentes immensa montis mole op- 

(2) Sarracenorum in Libamina monte pressit. {Orón, de don Sebastian.) 

rúente judicio Dei opprimuntur: et Asturo- (4) No de otra manera explican los mila- 

rum Regnum Divina Providentia exoritur. gros de la batalla de Covadonga y de la des- 
[Cron. Albeldense.) truccion de los fugitivos en ella vencidos, 



84 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

antiguos cronistas, en el combate de la Cueva, donde D. Pelayo se habia 
refugiado con parte de los suyos, se dejó sentir también la mano de Dios 
que los protegía. Nos dicen que las armas lanzadas por los árabes se tor- 
naban contra ellos con espantoso estrago. El Obispo Sebastian así refie- 
re este prodigio, como si se hubiese encontrado en la pelea, y á sus ojos 
apareciese el furor y el movimiento y la confusión del uno y el otro cam- 
po (1). Al que conozca los lugares de la pelea, su estrechez y angostura 
y los escarpados riscos que los rodean, no le será difícil comprender que 
en tan peligroso recinto, lanzadas de muy cerca las armas arrojadizas y 
dirigiéndolas casi perpendicularmente á un objeto muy levantado sobre 
el nivel del suelo, al rebotar en las peñas naturalmente babian de dañar 
á los mismos que las arrojaban. Si hubiese aquí algún milagro, consis- 
tiría sólo en la inexplicable ceguedad de los que tan sin cordura se en- 
cerraban donde, casi imposible el ataque y segura la resistencia, el con- 
siderable número de los combatientes y la estrechez del espacio, hacen 
inevitables la confusión y la derrota. 

No se cuentan las mismas maravillas de la que sufrió Munuza en el 
valle de Olalles. Alcanzado en su fuga por los asturianos, nos dicen sim- 
plemente los cronicones que pereció con todos los suyos (2). Pretenden 
algunos de los críticos modernos que este suceso no tuvo lugar en As- 
turias, sino en Castilla. Dunham es uno de los que se muestran inde- 
cisos entre una y otra opinión, encontrando los antecedentes harto oscu- 
ros y poco conciliables (3). Bien considerados, sin embargo, no ofrecen 
las dificultades que se suponen. Nace sin duda la divergencia de que el 
Albeldense llama Legio y no Gegio al pueblo donde residía Munuza 
cuando el alzamiento de Pelayo; pero desde luego se echa de ver que hay 

entre otros autores modernos, Romey, His- domum Sanctffi semper Virginis Maris per- 
dona de España, t. ni, cap. vi. — Rosseeuw venissent; super mittentes revertebantur, et 
de Saint-Hilaire, Historia de España, to- Chaldeos fortiter trucidabant. (Cron. de Se- 
ma ii, lib. IV, cap. i. — Lafuente, Historia hastian. Obispo de Salamanca.) 
de España, t. ni, parte 2. a , lib. i, cap. m. — (2) Cumque Astures persequentes eum 
Gebhardt, Historia general de España, to- (Munuza) in loco Ülaliense reperissent, simul 
mo II, parte 3. a , cap. v. cum exercitu suo eum gladio deleverunt, ita 
(1) Statimque arma adsumunt, et pra?- ut ne unus Chaldajorum intra Pyrinoei por- 
lium committunt : eriguntur fundibula, ap- tus remaneret. (Orón, de Sebastian.) 
tantur funda?, micant enses, crispantur has- (3) Historia de España, redactada y ano- 
ta?, acincessanter emittuntur sagittaa: sed in tada con arreglo á la que escribió en inglés 
hoc non defuere Domini magnalia: nam cum el doctor Dunham, por D. Antonio Alcalá 
a fundibularis lapides fuissent emissi, et ad Galiano, 1. 1, cap. vn. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 8b 

aquí una equivocación material en los nombres de suyo tan parecidos. 
¿No pudo algún copiante tomar á Legio por Gegio? Así debe suponerse, 
porque de otra manera nunca aseguraría el Obispo D. Sebastian que ni 
uno solo de los vencidos quedó de los puertos adentro, refiriéndose segu- 
ramente al territorio separado de Castilla por los montes de Tarna y de 
Pajares. Un aserto tan claro y decisivo no tiene de modo alguno aplica- 
ción satisfactoria al territorio de León, como lo lia observado ya con buen 
acuerdo el P. M. Risco (1). Por otra parte, ni se sabe que Pelayo saliese 
jamás de Asturias para guerrear fuera de sus límites, ni parece siquiera 
verosímil que después de la jornada de Covadonga se bailase en estado 
de perseguir con sus escasas fuerzas más allá de las cordilleras las hues- 
tes contrarias que se retiraban precipitadamente. Nada de esto se justi- 
fica con la historia y la naturaleza misma de los becbos bien averigua- 
dos. ¿Y con qué objeto huiría Munuza de León, sabida la derrota de los 
suyos en Asturias? Nadie le perseguía ; imposible era darle alcance aun- 
que se hubiese intentado, para que la retirada pudiera convertirse en 
una fuga vergonzosa, y menos aún en una completa derrota. Suponién- 
dole en León, se hallaba en sus propios dominios, á bastante distancia 
todavía de los vencedores de Covadonga, con guarniciones propias y no 
lejanas que le sostuviesen, y francas encontraba las llanuras de Castilla 
si no se proponía oponer al enemigo una resistencia vigorosa en los mis- 
mos límites de Asturias. Pero su posición no podia ser esta ciertamente. 
Otro fué el punto de partida de Munuza en el teatro mismo de la insur- 
rección y de la ruina de los suyos. Así es como todos los antecedentes 
concurren á persuadir que se retiraba del puerto de Gijon, y que el valle 
de Olalles donde le alcanzaron sus perseguidores no estaba en Castilla, 
sino en Asturias, y tal vez cerca del lugar que hoy ocupa la ciudad de 
Oviedo. 

Por lo demás, los sucesos de Covadonga, la victoria que asegura la 
libertad de un gran pueblo y echa los fundamentos de una poderosa mo- 
narquía, no necesitan de los arranques del entusiasmo, ni de allegadizos 
realces y peregrinas invenciones para ostentar toda su grandeza y cons- 
tituir una de nuestras mayores glorias. Porque ¿cuáles eran entonces 
los recursos de Asturias y de los refugiados en sus montañas? Inaccesi- 
bles cordilleras los separaban del resto de España : dispersos entre las 

(1) España Sagrada, t. xxxvn, trata- do 73, cap. vm. 



86 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

breñas y habitando pobres y humildes albergues, ignorados del resto de 
la Península, y sin otros auxilios que los del país, de suyo escasos y 
bien inferiores á la gravedad de las circunstancias y á los que exigía 
una resistencia no de antemano preparada, consistía toda su riqueza en 
un reducido cultivo y los ganados que poblaban las dilatadas camperas 
de sus montañas. Ni los naturales en su aislamiento y disfrutando de 
una larga paz , podían abrigar entonces otra ambición que la de gozar 
ignorados y tranquilos de su ruda y querida independencia. Faltos de 
populosas ciudades, teniendo apenas relaciones con los pueblos del inte- 
rior y Mediodía de la Península, no era dado aumentarlas en una región 
cubierta de bosques y surcada por los torrentes, casi ignorado el comercio, 
á límites estrechos reducidas las artes más indispensables á la vida, es- 
casas y difíciles las comunicaciones, y penosamente satisfechas las nece- 
sidades de la familia. El odio á toda dominación extraña ; el recuerdo de 
las pasadas glorias; aquel valor indomable que crece con los peligros de 
la soledad y los obstáculos de una naturaleza salvaje; un baluarte en 
cada risco y un asilo en cada antro de la montaña ; hé aquí los medios 
de defensa y las esperanzas en la lucha, al provocarla los invasores ya 
posesionados de la Península. Estos al contrario, de largos años conna- 
turalizados con la guerra y fanáticos propagadores de su ley, recorren y 
someten á su dominio los antiguos imperios. El mundo entero parece 
estrecho á sus conquistas. Desde el centro del Asia son conducidos por 
la victoria hasta los confines septentrionales de la Península Ibérica. Do- 
minadores de la Persia , la Siria , el Egipto , la Mauritania y llevada su 
dominación al otro lado del estrecho de Hércules, dispuestos á invadir y 
sojuzgar las Galias, confiados en su estrella, ricos con los despojos de 
sus dilatadas y rápidas conquistas, cuentan los triunfos por las batallas; 
la posesión del Occidente entero por el éxito de sus armas ; el estableci- 
miento general del Islamismo por las promesas de Mahoma. Poder y pres- 
tigio, una ciega confianza nunca desmentida por los resultados, el hábi- 
to de vencer, el orgullo de los conquistadores, las promesas de un Edén 

fantástico como premio del valor y de la abnegación ¿quién puede 

resistirlos? ¿Cómo contener ese torrente asolador que empujado por el 
destino desde los desiertos del Asia se precipita sobre la Europa sorpren- 
dida y aterrada? ¡Y no serán héroes los que se arrojan á desviarle de su 
curso y lo consiguen en las asperezas del Auseva! ¡Y no parecerá gran- 
de y sublime la empresa, y solo posible á las iras del cielo ofendido! Dis- 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 87 

culpemos, pues, la piadosa credulidad de nuestros padres que así rodea- 
ron de prodigios la humilde cuna de la monarquía española. Fué harto 
colosal el empeño, harto admirable é inesperado el éxito, para prometer- 
se uno y otro de los flacos esfuerzos del simple mortal. Recurrió á un 
poder invisible la religiosidad satisfecha, y el sentimiento público le 
reconoció con ella , trasmitiendo su recuerdo á las generaciones venide- 
ras. Y no en vano ciertamente; que el nombre de Covadonga produjo des- 
pués el de Clavijo y de las Navas, y vino á santificar en nuestros dias el 
grito de independencia lanzado el Dos de Mayo. 

Los orígenes de la restauración, todavía recibieron más tarde nuevos 
atavíos del tiempo y de la fantasía sobreexcitada por lo grande y pere- 
grino de los acontecimientes. En el Tíldense encontramos ya las pri- 
meras indicaciones de los amores de Ormesinda y de Munuza ; aquella 
hermosa y desgraciada ; este otro artero y prevenido para inspirarla una 
pasión desventurada, y someterla sin amparo á sus fascinaciones. Los 
críticos, que más tarde solo vieron una fábula en esté episodio de la res- 
tauración , no pueden desechar de la misma manera la traslación de las 
santas reliquias desde Toledo á las montañas de Asturias. Dándola todos 
por cierta , difieren solo en el tiempo y las personas que la realizaron. 
Unos la suponen coetánea del restaurador de la Monarquía; la retrasan 
otros hasta los dias de D. Alonso el Casto. Mientras que siquiera la men- 
cionan los cronistas anteriores al siglo xi, el Obispo de Oviedo D. Pela- 
yo, que escribía en el reinado de D. Alonso VI, incurriendo en notables 
•errores, la atribuye á San Julián, Arzobispo de Toledo, contándole entre 
los compañeros de D. Pelayo cuando buscó un asilo en Asturias (1). 
Apártase de su relato muy fundadamente el Arzobispo D. Eodrigo al 
designar al Arzobispo Urbano como el conductor de tan sagrado depósi- 
to (2). Pero el monge de Silos, contemporáneo del Obispo de Oviedo, pre- 
tende que la traslación no tuvo lugar hasta el reinado de D. Alonso el 
Casto (3), á cuyo dictamen se inclina el P. M. Florez en el tomo V de la 

(1) Et á prasdicto Rege Bambano usque (3) Ceterum AldefonsusRex quum nimias 
ad Catholicum Pelagium Regem Gothorum castitatis et anirnto et corporis esset , Arcara 
beatus Julianus Pomerius Toletanaj Sedis Ar- diversas Sanctorum reliquias intra continen- 
cbiepiscopus, qui arcara cum Sanctorum pig- tem á Domino obtinere meruit; quaj nirai- 
noribus, qua nunc Ovetensis Ecclesia gloria- rum Arca, Gentili terrore comminante, ab 
tur, cum Rege Pelagio secura in Asturias Hierosolimis olini navigio delata per aliquot 
transtulit. temporum spatia Hispali, deínde per C. 

(2) De rebns Hispanw, Iib iv, cap. ni. annos Toleti permansit {Orón, del Silense). 



88 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

España Sagrada. Su continuador el P. M. Bisco, al contrario, se adhie- 
re á la opinión del prelado de Oviedo, el Arzobispo D. Eodrigo y Don 
Lúeas de Tuy (1), faltando entre tanto los suficientes datos para resolver 
esta cuestión y no siendo bastantes á suplirlos ni las conjeturas ni las 
apreciaciones de los tiempos y de las circunstancias. Agitada con em- 
peño en el siglo xvín, y de todo punto olvidada en nuestros dias, ofrece 
poca importancia para el objeto que nos ocupa, y la recordamos solo co- 
mo un incidente de la restauración , ora corresponda al reinado de Don 
Pelayo, ora al de su sucesor D. Alonso el Casto. 

Es lo cierto, que tolerantes los musulmanes ya calmado el furor de sus 
primeros ímpetus, dejaban á los pueblos conquistados el libre ejercicio de 
su culto, que regidos por sus propias leyes conservaban sus jueces y ma- 
gistrados, sus templos y sacerdotes, al tenor de las capitulaciones con- 
certadas. Era esta tolerancia de los vencedores el resultado de su misma 
política, y la vemos observada desde bien temprano en la capitulación 
de Toledo y en la conducta que observaron con otros pueblos. Entre las 
instrucciones dadas por Aboubekir á Yezid al confiarle la conquista de 
Siria, se encuentran las siguientes: «Si Dios os dá la victoria, no abu- 
»seis de ella ni tiñais vuestra espada en la sangre de los vencidos, ni de 

»los niños, las mujeres y los ancianos No turbéis el reposo de los 

»monjes y de los solitarios, ni destruyáis sus moradas.» Arreglado á es- 
tos preceptos de humanidad y clemencia fué el comportamiento en la 
Península del Emir Omar-ben-Abdelacid, el cual naturalmente bueno y 
pacífico, é inclinado á los pueblos vencidos tal vez por la influencia de su. 
esposa Egilona, la viuda de Eodrigo, ordenó que con arreglo á los tra- 
tados, se les concediesen las iglesias que poseían y el libre ejercicio de 
su religión, prohibiéndoles únicamente sus prácticas fuera de los templos, 
y oponerse á que sus correligionarios abrazasen el Mahometismo, si tal 
fuese su espontánea voluntad. Así se ha visto entre otras diócesis la de 
Toledo regida por Urbano; la de Beja por Isidoro, y la de Acui por Fro- 
doario. Natural parece que en vista de estos antecedentes nos diga San 
Eulogio en su Memorial de los Santos inserto en la España ilustrada de 
Schoto, que los cristianos vivían sin ser inquietados en su fé. 

Cierto es que el desastre de Guadalete seguido de la asombrosa ra- 
pidez con que aprovechándole se extendieron los musulmanes por las Añ- 
il) España Sagrada, xxxvn, tratado 73, cap. xxx. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 89 

dalucías, llenaron de terror á los cristianos, produciendo en todas partes 
el desaliento, la emigración y el abandono de los más caros intereses. 
Pero antes que Tarik marchase sobre Toledo, mucho debió calmar su in- 
quietud la conducta observada por los invasores con las ciudades que 
no los resistían. Habíanse posesionado de Ecija, Málaga, Elvira, Cór- 
doba y otros pueblos, antes que apareciesen ante los muros desiertos de 
la capital del imperio gótico. ¿Seria entonces cuando en la precipitación 
y el aturdimiento de una fuga forzosa, llevarían consigo los magnates 
las reliquias custodiadas en la catedral , cuando no podían ya ignorar 
que las ciudades voluntariamente sometidas al enemigo se respetaban su 
culto y sus altares? Si, pues, no justifican entonces los hechos el temor 
de una profanación, y abandonada Toledo era imposible su defensa; si al 
abrir sus puertas á los conquistadores podia fundadamente prometerse 
una capitulación honrosa como efectivamente la obtuvo , no parece que 
en momentos de tanta angustia , espusiese la iglesia de Toledo su ines- 
timable tesoro á los azares y contingencias de una peligrosa traslación, 
largas las distancias, inseguras las comunicaciones, y escasos los re- 
cursos para facilitarlas. Hasta la incertidumbre del éxito y de encontrar 
en lejanas comarcas un asilo seguro para tan sagrado depósito, debia re- 
traer á sus guardadores de confiarle á la eventualidad , cuando á su al- 
cance estaban los medios de ocultarle sin salir del recinto de Toledo. Por 
eso no se alcanza hoy que de otra manera se procediese. 

Solo más tarde organizada ya la resistencia, exasperadas las pasiones, 
puesta á prueba la fé de los fieles y acrisolada por el martirio que ellos 
mismos provocaban, pudo la necesidad obligar al clero de Toledo á des- 
prenderse del Arca santa para ponerla á cubierto de toda impiedad, allí 
donde empezaba la resistencia y renacía de sus mismas ruinas la mo- 
narquía gótica. Es, pues, un hecho histórico que el encarnizamiento 
contra los cristianos y la violación de sus templos no empezaron hasta 
el Emirato de Abd-er-rahman II, continuando en el de su hijo Mahomed, 
que le sucedió en el gobierno el año 852. Antes de esa época funesta, 
sin riesgo podia Toledo conservar en su iglesia las numerosas reliquias 
que tanto la engrandecían á los ojos de los fieles , y una de las prendas 
más señaladas de la piedad de los reyes que allí las depositaran desde 
muy antiguo al lado mismo del trono. 

No son , sin embargo , de poca valía los argumentos de los que las 
suponen trasladadas á las montañas de Asturias en los dias inmediatos á 

tomo ix, J2 ; 



00 MEMOR IAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

la batalla del Guadalete , y cuando los vencedores amenazaban de cerca 
á Toledo. Pero sea cualquiera la ocasión y el tiempo en que tuvo lugar 
este suceso con tanto empeño examinado por nuestros críticos, es cierto 
que ninguno le ha puesto en duda. Más tarde ó más temprano las reli- 
quias de Toledo encontraron un seguro en la monarquía fundada por Don 
Pelayo. A dos leguas de Oviedo se encuentra la sierra llamada Monsa- 
gro, cuyo nombre equivale al de Monte Sagrado , donde se dice que los 
cristianos las depositaron trasladándolas después á la catedral de Ovie- 
do (1). El Obispo D. Pelayo adicionando á Sampiro, se expresa á este 
propósito en los términos siguientes : «Ipsa in primis mansit arca in an- 
»tris, deinde in tabernaculis; sicut et ipsa arca Domini ante a?dificationem 
»templi usque ad regnum prfedicti Adefonsi Regis cognomineCasti.» 
Morales , en su Viaje Santo ; Gil González Dávila, con más fé que buen 
criterio; Carballo, crédulo en demasía, y Florez y Risco, escribiendo en 
mejores dias y con otra copia de datos, trataron con toda extensión esta 
materia, investigando hasta la procedencia de las reliquias, hoy el prin- 
cipal ornamento de la iglesia de San Salvador de Oviedo, y objeto cons- 
tante de la veneración de los fieles desde muy antiguo. Eran entonces y 
continuaron siéndolo hasta mediados del siglo xvm, muy frecuentes las 
peregrinaciones para visitarlas, concurriendo los fieles de todas partes con 
tan piadoso objeto. Entre las Memorias que así lo comprueban, puede 
citarse como una de las más antiguas, la que nos ha dejado el Arzobispo 
D. Rodrigo (2). Por lo demás, si las tradiciones y la veneración pública 
y el asentimiento general mantienen viva la creencia en la autenticidad 
que sin oposición se concede á este sagrado tesoro, todavía en la época y 
la verdadera causa de su traslación á España desde Jerusalen, en las per- 
sonas que le condujeron, en los lugares donde le depositaron antes de 
adquirirle la iglesia de Toledo, en algunas de las pruebas aducidas para 
demostrar su legitimidad, y en la apreciación de los antecedentes y do- 
cumentos citados en su apoyo, hay grande oscuridad y divergencia. Con- 
ciliar todos los juicios, resolver todas las dudas que sobre tan graves y 
difíciles cuestiones pudiera suscitar una crítica más severa que piadosa, 
seria hoy vana y aventurada tarea. 

(1) Carballo, Antigüedades y cosas me- deuote concurrunt populi Christiani, lau- 
wiorables de A stúrias, parten, tít. viii, par- dantes Dei beneficia quce Dorainus Jesús 
rafo 9. Christus ibidem suis fidelibus impartitur (De 

(2) Ad quam hodie ex vniuersis partibus rebus Hispanice). 



V. 



Carácter político y social de la monnrquía restaurada: cam- 
bios y alteraciones en. su primitiva constitución esen- 
cialmente visigoda. 



Del verdadero estado de Asturias y de su organización y gobierno 
después de la victoria de Covadonga, apenas nos restan memorias. Con- 
jeturas más que pruebas irrecusables, habrán de conducirnos al exami- 
nar el estado político y social del nuevo reino cristiano en sus humildes 
pero gloriosos orígenes. Constituido con los despojos de la monarquía 
visigoda por los varones que en ella figuraron; apartado por un inmenso 
valladar del resto de la Península, como si la naturaleza se hubiese pro- 
puesto condenarle al aislamiento ; soldados los subditos y los gobernan- 
tes, necesaria y continua la resistencia, una misma la suerte que á todos 
aguardaba , natural parece que Pelayo en los diez y nueve años de su 
reinado, se hubiese propuesto sobre todo atender á su defensa , organi- 
zaría, extenderla, comunicar la insurrección á los países cercanos, cons- 
tituir un pueblo guerrero y mantener vivo el entusiasmo de todos, forta- 
leciendo la abnegación y el arrojo con el sentimiento religioso y la es- 
peranza de la victoria. De continuo amenazado por un enemigo formida- 
ble, de temer era que reciente su afrenta y su derrota, se aprestase á 
la venganza completando la sumisión de la Península para revolver con 
todas sus fuerzas sobre la Aquitania, objeto entonces de su ambición y 
sus conquistas. Poblar y combatir, sostener el prestigio de los triunfos 
alcanzados aspirando á otros nuevos, procurar en todas partes un asilo á 



92 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

los godos que al huir de la servidumbre buscaban al dirigirse á las mon- 
tañas de Asturias el altar y el trono de sus padres; buscarse relacio- 
nes y nuevos compañeros de armas más allá del Eo y de la Liébana, y 
allende de los montes Herbáceos, asociar el valor á la fé y la constancia al 
patriotismo, hé aquí el objeto probable del naciente gobierno de Pelayo 
y sus inmediatos sucesores: Hacer espontáneo el sacrificio, convertirle en 
un deber, fié aquí toda la política del príncipe. A ella corresponden 
desde luego los resultados, acudiendo á las montañas de Asturias al ru- 
mor del alzamiento y la victoria que le engrandece, los hombres de cora- 
zón para quienes la vida en la servidumbre es una carga y una afrenta. 
Crecen las filas en Covadonga (1) , ya estrecho para ellas el teatro de sus 
primeros triunfos : agrándanle ahora Cantabria y Vasconia alzadas en 
armas, y contagioso el entusiasmo, el espíritu de insurrección se propa- 
ga á todas partes desde el Sella hasta los Pirineos. Solo este movimiento 
y esta aptitud guerrera pueden explicar las atrevidas empresas de Don 
Alonso el Católico treinta años más tarde. ¿Cómo las acometería á no ofre- 
cerle ya Asturias un asilo seguro en el infortunio y huestes aguerridas 
que le siguiesen más allá de León y la Liébana? Que no se limita este 
príncipe á esquivar el yugo, ciñéndose á una estéril y peligrosa defensi- 
va. Viénenle ya estrechas las fronteras de la nueva patria, y las traspasa 
con la impetuosidad de los torrentes, y la confianza en los propios es- 
fuerzos. 

Ora atravesando el Eo , ora abriéndose paso por las enriscadas cum- 
bres de Arbas, invade los establecimientos árabes más cercanos, para lle- 
var después el terror y las conquistas á más distantes regiones. Ya en 
su poder las ciudades de Lugo, Orense y Tuy, penetra vencedor en Lu- 
sitania, y le aclaman y reciben como á su libertador Braga, Flavia, Cha- 
ves y Viseo (2). La misma próspera fortuna le aguarda en el territorio 
de León y los campos Góticos. Desde el Esla al Duero no hay obstáculos 

(1) Tune demurn fidelium adgregantur ram, Abelam, Secoviam, Astoricam, Legio- 
agraina {Cron. del Obispo Sebastian de Sa- nem, Saldaniam, Mabe, Amaiam, Septeman- 
lamanca). cam, Aucam, Velegiam, Alabensem, Miran- 

(2) Simul namque com fratre suo Froila- daño, Rebendecan, Carbonariam, Abeicam, 
ne multa adversus Sarracenos pralia gessit, Bruñes , Cinisariam , Alesanco, Oxomam, 
atque plurimas civitates ab eis olim oppressas Cluniam, Argantiam , Septempublicam, ex- 
cepit, id est Lucum , Tudem, Portucalem ceptis Castris, cuna Villis, et viculis suis 
Bracaram Metropolitanam, Viseum, Flavias, (Orón, de Sebastian, Obispo de Salamanca). 
Agatam, Letesmam, Salamanticam, Zamo- 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 95 

que le detengan ni vacilaciones en acometer, ni triunfos dudosos, ni em- 
presas malogradas (1). 

Entre los pueblos que de grado ó por fuerza se someten á D. Alonso 
el Católico, se cuentan Salamanca y Zamora, Astorga y León, Avila y 
Segovia, Osma y Sepiüveda. Casi á un mismo tiempo saludan sus pen- 
dones los Pirineos y el Guadarrama, el Vidasoa y el Tajo. La guerra de 
Aquitania, las bandas cristianas de Vasconia, las disensiones y san- 
grientas querellas de las razas enemigas contrapuestas y enconadas, fa- 
cilitan al rey conquistador estos primeros y dicbosos ensayos de su po- 
der naciente. Pero son harto atrevidos, los lleva muy lejos para que la 
dominación permanente y segura suceda á la conquista. Una triste ne- 
cesidad viene á convertir en sangrientas correrías y alardes brillantes 
estas expediciones arrojadas, para enriquecer y agrandar el nuevo reino 
cristiano con los despojos de los pueblos vencidos. Ganados, esclavos, 
hombres libres, concurren á robustecerle (2). Mas allá de sus primitivas 
fronteras le ofrecen abora un antemural León y Astorga en las llanuras 
de Castilla, mientras que la tala y el incendio hacen su invasión harto 
peligrosa y difícil por las tierras del antiguo dominio de los suevos. 

A estas empresas guerreras viene á mezclarse el espíritu del cristia- 
nismo, siempre civilizador. Pelayo y su sucesor Favila, reducidos á la 
defensiva por una triste necesidad, más que á dilatar con nuevas y pe- 
ligrosas conquistas su reducido Estado, aspiran muy cuerdamente á con- 
solidarle, á organizar su gobierno, á transformar en establecimientos 
rurales las tierras incultas, mientras que erigen iglesias y amparan los 
caseríos que en torno suyo levantan los colonos, y que vendrán algún 
dia á convertirse en villas y municipios. Al contemplar este movimien- 
to civilizador, antes producto del interés individual abandonado á sus 
propios esfuerzos que de la organización política y la influencia de las 
leyes, Sebastian de Salamanca que un siglo después examina admirado 
esa época de grandes sacrificios y memorables creaciones, al ver la reli- 
gión asociada á la agricultura, y las tareas pacíficas del poblador conci- 
lladas con los aprestos guerreros y la inquietud y la animación de los 

(1) Urbes quoque Legionem atque Astu- (2) Omnes quoque árabes occupatores su- 

ricam ab inimicis possessas victor invasit. pradictarum civitatum interllciens, Christia- 

Campos, quos dicunt Gothicos, usque ad flu- nos secum ad patriam duxit (Cron. del Obis* 

men Dorium cremavit , et Christianorum p Sebastian de Salamanca). 
Regnum extendit (Orón, Albeldense). 



94 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

campamentos, exclama poseído de un entusiasmo legítimo: «Tune demum 
»fidelium adgregantur agmina; populantur patrian; restaurantur Eccle- 
»sise; et tune omnes in communi gratias referunt dicentes : sitnomen 
»Domini benedictum, qui confortat in se credentes et ad nihilum dedu- 
»cit improbas gentes.» 

Y no Han de extrañarse estos prodigios. La adversidad redobla la 
energía de los pueblos ; les revela el secreto de sus fuerzas, las emplea 
litilmente, y haciéndolos superiores á los obstáculos, les dá aliento para 
vencerlos. Esto ha debido suceder en el nuevo reino de Asturias. Nacido 
del infortunio no tuvo por ventura en los primeros años de su existencia 
otras leyes que la voluntad del monarca ; otra forma que la producida 
por el asentimiento y la obediencia de todos á un mismo jefe; otro prin- 
cipio constitutivo que el altar y el trono. No busquemos en sus orígenes 
la organización del sistema político y civil, el concurso de los poderes 
públicos que nacen más tarde de la experiencia y de los mismos sucesos, 
en una serie de ensayos y resultados felices. Entonces el caudillo que 
triunfa, el magnate que protege, el prelado que consuela y bendice los 
pueblos en nombre del cielo, mandan y son obedecidos, no por un temor 
servil y una aquiescencia forzada, sino por la gratitud, el respeto y el 
interés de todos. Un sentimiento común, el amor á la independencia, la 
necesidad de la propia defensa, unen los ánimos, los dirigen al mismo 
objeto, suplen las leyes, forman la opinión pública, y hacen menos per- 
ceptible la carencia de las instituciones que vendrán más tarde con la 
armonía y deslinde de los poderes constitutivos del Estado, á determinar 
su forma y los derechos y obligaciones de gobernantes y gobernados. 

Los monarcas son entonces la constitución viva de la naciente mo- 
narquía, y mientras que custodian ó dilatan sus fronteras, á poco pue- 
den extenderse las funciones que ejercen como administradores. Poblar 
las tierras desiertas, proteger las tareas agrícolas, hacer soldados de los 
cultivadores sin que abandonen por eso sus campos y sus rebaños, dis- 
pertar en todos el espíritu religioso y asociarle al patriotismo para poblar 
y resistir al enemigo común, hé aquí la política y las tareas de esos 
príncipes guerreros. El valor y la piedad son su distintivo. Asociando á 
las empresas militares las fundaciones religiosas, D. Pelayo erige la 
iglesia de Santa Eulalia de Velamio (1); D. Favila la de Santa Cruz de 

(1) Tal es la tradición del país, seguida por los escritores de más nota, y no recha- 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 95 

Cangas de Onís (1); D. Alonso el Católico la abadía de Covadonga, la de 
.San Pedro de Villanueva, varias parroquiales y algunos castillos para 
defensa de los lugares conquistados (2) ; D. Silo á San Juan de Pravia (3); 
su hijo Adelgastro el monasterio de Obona (4) ; el rey D. Aurelio la par- 
roquial de San Martin que boy mismo lleva su nombre (5); D. Fruela la 
ciudad de Oviedo en torno de la basílica de San Vicente, debida á la pie- 
dad de Fromistano (6) ; D. Alonso el Casto los regios alcázares, los acue- 
ductos y baños, los muros y la catedral de esta ciudad ; muchos lugares 
donde el cultivo los reclamaba, y fortalezas y defensas para seguridad 
de sus estados (7). 

Hasta cien años después de la victoria de D. Pelayo, las principales 
instituciones y leyes de la monarquía gótica no empiezan á tener apli- 
cación en el nuevo reino y su gobierno. Entonces más robusto y exten- 
dido el poder, mejor apreciadas las tradiciones, menos angustiosa la si- 
tuación del pueblo cristiano , se advierte ya la marcada tendencia á la 
organización social y política que la instabilidad de los acontecimientos 
y la incertidumbre del porvenir y la defensa forzada en los estrechos lí- 
mites de la patria independiente hacían imposible en los reinados ante- 
riores. El rey conquistador y religioso que recibe embajadas de Carlo- 
Magno, y que trata de potencia á potencia con el Emir de Córdoba, dá 

zada por el carácter arquitectónico de algu- fundaciones religiosas, nos ofrece el Obispo 
nos leves restos del templo primitivo, marca- de Salamanca en su Cronicón el siguiente 
damente del estilo latino. Esta antiquísima testimonio: «Eo tempore populantur Primo- 
parroquial lleva hoy el nombre de Santa Eu- rias, Lebana, Transmera, Supporta, Carran- 
lalia de Abamia, cuya fábrica se restauró casi za, Bardulia, quai nunc appelatur Castella, 
en su totalidad después del siglo xv. etpars maritima Gallajcioe, Burgi Basili- 

(1) Así consta de la inscripción dedicato- cas plures construxit et instauravit » 

ria que todavía se conserva íntegra, y del (3) Inscripción de la iglesia parroquial de 

Cronicón de Sebastian, Obispo de Sala- Santianes en el concejo de Pravia. 

manca. (4) Escritura de fundación del monasterio 

(2) La opinión general atribuye á este de Obona, inserta en el t. xxxvn de la Espa- 
monarca la erección del monasterio de Co- ña Sagrada. 

vadonga, y se cita para comprobarla la es- (5) Tal es la tradición , en cuyo apoyo vie- 

critura de fundación que anda en manos de ne la circunstancia de haberse enterrado en 

los curiosos, y que se supone copia de la ori- esta iglesia D. Aurelio, según refiere el Obis- 

ginal perdida hace ya mucho tiempo. Hay po D. Sebastian. 

contra ella bastantes indicios de que por lo - (6) Risco, España Sagrada, t. xxxvn, ca- 

ménos fué notablemente alterada. La inserta pítulo xm. 

Risco en el t. xxxvm de la España Sagrada. (7) Cronicón de Sebastian, Obispo de Sa- 

De los esfuerzos de D. Alonso el Católico ¡amanea. 

para poblar las tierras de su reino y de sus 



96 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

los primeros pasos para introducir en la Iglesia y en la gobernación del 
reino el mismo orden establecido en Toledo por los godos (1). Merced á 
la grandeza de su ánimo y á su generosa munificencia, la corte que va- 
gaba de lugar en lugar sin estabilidad ni medios proporcionados á sus 
atenciones, se fija ahora definitivamente en Oviedo, embellecido por las 
obras del arte y la pompa del trono (2). Los regios alcázares suceden á 
los humildes albergues de los primeros fundadores, y se levantan á por- 
fía los templos , magníficos para aquellos tiempos, que llenan de admi- 
ración á los sencillos naturales del país (3). Aparece la dignidad real cir- 
cuida de cierta grandeza y de aquel aparato que la penuria y las rudas 
costumbres de un pueblo de guerreros y pastores no permitía en los pri- 
meros arranques de su entusiasmo por la libertad y la independencia. 
Que ya no consiste la ciencia de los reyes en guerrear y vencer , ni la 
obligación de los subditos en seguir sus pendones á los campos de bata- 
Ha. El Estado cuenta al fin con otros recursos que el botin de las con- 
quistas. Extendido el cultivo, convertidas las soledades en caseríos ru- 
rales, el señor y el siervo manejan indistintamente el arado y la espada, 
y el trabajo que los une á la tierra cultivada por sus manos, ofrece ya 
al poder algunos recursos permanentes, en vez de los eventuales y pre- 
carios que antes buscaba exclusivamente en la desolación de los países 
invadidos. 

Entre tanto, el monge que ve convertida la soledad donde le sepul- 
tara un ascetismo sombrío, en campos animados por los cultivadores, al 
bendecir sus tareas, y darles ejemplo de resignación y laboriosidad, man- 
tiene viva en sus almas aquella fé robusta y pura que alimenta el valor 
y la constancia para resistir y triunfar. En torno de su celda transfor- 
mada ya en abadía, se forman las poblaciones rurales, y de ella salen las 
luces que suavizarán más tarde las costumbres, contribuyendo á formar 

(1) Omnemque Gothorum ordinem sicuti Sancti Tirsi miro sedificio cum nraltis angu- 
Toleto fuerat tam in Ecclesia, quam in palatio lis fundamentavit. Omnesque has Domini 
in Oveto cuneta statuit (Orón. Albeldense. domos, cum arcis atque columnis marmoreis 
—Orón. Mundi, de D. Lúeas de Tuy). auro argentoque diligenter ornavit: simul- 

(2) Solium Regni Oveti firmavit (Croni- que cum Regis Palatiis picturis diversis de- 
con del Obispo Sebastian de Salamanca). coravit (Orón. Albeldense). 

(3) Iste in Oveto templum Sancti Salva- Nam, et regalia Palatia, balnea, triclinia, 
toris cum xn Apostolis ex silice et calce mi- vel domata atque Pretoria construxit decora 
re fabricavit, Aulamque Santas Marisa cum et omnia regni utensilia fecit pulcherrima 
tribus altaribus aedificavit. Basilicam quoque (Cronicón de Sebastian). 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 97 

el carácter propio de la nacionalidad española. Así es cómo al fundar los 
reyes ó los particulares un monasterio, adquieren una colonia y un nue- 
vo patrimonio de familia : así es cómo estas fundaciones , cuyo número 
hoy nos admira, lejos de fomentar entonces una piedad indolente y esté- 
ril, se convierten por las circunstancias y las ideas dominantes en un 
elemento de civilización; en el móvil más poderoso del trabajo y de la 
producción agrícola. Son la hechura del interés individual y de los cálcu- 
los bien entendidos del gobierno que sabe utilizarlas para alentarle y 
extenderle; para encontrar en él los recursos que necesita. La religiosi- 
dad y la política van aquí de acuerdo; se dirigen al mismo objeto; pro- 
ducen unidas el mismo resultado. D. Alonso el Casto, en medio de sus 
empresas guerreras, al promover estas creaciones que el estado déla so- 
ciedad demanda, establece la diócesis de Oviedo, erige al apóstol San- 
tiago sobre su mismo sepulcro un templo magnífico, engrandece el sa- 
cerdocio, reparte con él los despojos de sus conquistas, restaura consi- 
derable número de iglesias , les da prelados y rentas , subvenciona los 
Obispos refugiados en Asturias, y reúne el primer Concilio de Oviedo á 
la manera de los celebrados en Toledo, y con sus tendencias y su espíri- 
tu (1). A este elemento político y religioso, prenda para todos de esta- 
bilidad y de orden, allega la restauración de los títulos y dignidades de 
las diversas clases del Estado, así como regulariza las servidumbres tal 
cual existían en tiempo de los godos. La monarquía brota de sus mis- 
mos despojos. El mismo sentimiento de la dignidad personal ; el mismo 
espíritu de independencia; aquel individualismo y fraccionamiento que 
incompatibles con la unidad de un gran conjunto, producirán más tarde 
el municipio y las influencias locales , germen al fin de la libertad polí- 
tica. La pompa del palacio aparece realzada con los antiguos oficios pa- 
latinos: confundidas las razas, se forma una nobleza altiva y turbulenta, 
pero arrojada y valerosa, la primera en los combates y el más firme apo- 
yo de la reconquista. Caudillos esforzados gobiernan y defienden las fron- 
teras con el título de condes : otros bajo la inmediata dependencia del 
monarca sostienen y representan su autoridad en Galicia, Cantabria y 
los antiguos campos góticos : dedican se muchos á poblar los lugares de- 
siertos; retiene el príncipe á su lado los que pueden auxiliarle con su 

(1) Risco demostró la legitimidad de este dita disertación que hace parte del to- 
Concilio, restaurando sus actas en una eru- mo xxxva de la España, Sagrada. 
tomo ix. 13 ; 



98 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

consejo y su experiencia, y concurren todos con sus mesnadas á la de- 
fensa común, á llevar más lejos los confines de la patria. D. Alonso el 
Casto restablece entre tanto la autoridad del Fuero Juzgo, por largos 
años olvidado, y quiere que los jueces fallen con arreglo á sus leyes (1). 
En el primer Concilio de Oviedo se adoptan ya disposiciones conformes 
á ellas (2), y el monarca mismo ordena y encarece su observancia (3), 
dándoles aplicación en la escritura otorgada el año 811 á favor del mo- 
nasterio de Samos. 

La elección del príncipe por los proceres del reino, los concilios re- 
vistiendo su persona de un carácter sagrado, la preponderancia del sa- 
cerdocio en los negocios públicos, los caudillos convertidos en altos dig- 
natarios, las gerarquías eclesiásticas, el orgullo y el espíritu inquieto de 
los grandes, los siervos divididos en idóneos, viles, natos- y mancipios, 
por lo común destinados al cultivo, los hombres libres siguiendo el pen- 
dón de sus señores, el monarca siempre al frente de sus ejércitos; he aquí 
en gran parte restaurada la organización gótica con su fisonomía propia, 
anudada la tradición al través de los trastornos y asolaciones de la guer- 
ra nunca interrumpida. Esta descendencia no puede desconocerse: es el 
producto de los hechos y los recuerdos : corresponde á las costumbres, 
los deseos y las esperanzas de los restauradores, constituye la herencia 
de sus padres, santificada por el infortunio. Ni ¿cómo en dias de tanta 
ignorancia ni angustia podrían concebir un tipo distinto para organizar 
el Estado y darle nueva forma y diverso carácter, desviándole de sus 
orígenes? Fueron solo imitadores : no podían menos de serlo, al continuar 
la obra de sus padres. 

Por eso los cronistas sucesores de Isidoro Pacense (4), no solo consi- 
deraron la monarquía erigida en Covadonga como la heredera de la Visi- 
goda, sino como su continuadora. Con el dictado de Ordo Gothorum Ove- 
tensium, calificaba el autor de la crónica Albeldense la serie de los reyes 
de Asturias. Chronica Visigothorum a tempore Vambani regis usque nunc 
in tempore gloriosi Ordonii regis, tituló su obra Sebastian, Obispo de Sa- 
lamanca. Campos Góticos llamaba el monge de Silos á la tierra llana de 

(1) Marina, Ensayo sobre la antigua le- síeg duplata omina satisfaciat (España Sa- 
gislacion de Castilla. grada, tomo xl, Apéndice 14). 

(2) Ibidem. (4) El autor del Cronicón de Albelda; 

(3) Hoc decretum ponimus ut per legis Sebastian de Salamanca; el monge Vigila; 
ordinem, depropriis rebus suis Sanetas Eccle- Sampiro; el Silense; D. Lúeas de Tuy. 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 99 

León y Castilla y á sus habitantes, sucesores de los godos (1). Poseídos 
de la misma idea los Padres del Concilio de Oviedo reunido en el reina- 
do de D. Alonso el Casto, se espresaban en los términos siguientes: «Si- 
mili etiam modo Toletus totius Hispanise antea caput extitit, nunc 
vero Dei judicio cecidit, cuyus loco Ovetum surrexit» (2). Estos asertos, 
y más aún, los documentos auténticos de los reinados que sucedieron al 
de D. Alonso II basta últimos del siglo xn, sirvieron de fundamento al 
Sr. Martínez Marina para considerar las monarquías de Asturias, León y 
Castilla como la continuación de la Visigoda, con el mismo orden políti- 
co, y las mismas leyes. Hé aquí sus palabras: «Se debe, pues, reputar 
»por verdad incontestable y como un hecho de la historia, que el reino 
»de León y de Castilla desde su origen y nacimiento en las montañas de 
» Asturias hasta el siglo xm, fué propiamente un reino gótico; las mis- 
»mas leyes, las mismas costumbres, la misma constitución política, mi- 
» litar, civil y criminal, y aún por eso nuestros más antiguos historiado- 
»res cuando tegieron el catálogo de los reyes de Asturias, los compren- 
»dieron bajo el nombre de reyes godos» (3). 

Fiel intérprete D. Alonso el Casto de los sentimientos de su pueblo, 
ni podia desviarse de la tradición, ni en la rudeza general de las costum- 
bres y la suma escasez de luces, aún en las clases más elevadas, le era 
dado abrigar la idea de otra organización política, civil y militar, que la 
adoptada constantemente por sus mayores. En cuanto las circunstancias 
lo permiten, la reproduce en sus estrechos dominios. La pompa del pala- 
cio, el esplendor del trono, la alta idea del monarca y de sus prerogati- 
vas, la inviolabilidad de su persona, la observancia del Fuero Juzgo, la 
celebración de los Concilios, las distinciones otorgadas al valor y el pa- 
triotismo, hé aquí el objeto esencial que este monarca se propone en 
medio de sus gloriosas expediciones y sus triunfos. Dado el ejemplo y 
poderoso el impulso, sus augustos sucesores le llevan más lejos poseídos 
del mismo espíritu. Desde entonces es el monarca el legislador supremo 
de su pueblo, el arbitro de la paz ó la guerra, de imponer tributos, de 
acuñar moneda, sin considerarse por eso ni arbitrario ni absoluto. Los 
oficios palatinos y altos dignatarios del palacio rodean su trono : á su 

(1) Genus vero Gothorum Dei miseratio- (3) Martínez Marina, Ensayo Mstórico- 
ne jugo a tanta strage, vires paulatina rece- crítico sobre la antigua legislación de los 
pit [Silense, núm. 72). reinos de León y Castilla, núm. 40, pág. 34. 

(2) Risco, España Sagrada, t. xxxvn, 



100 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

lado permanecen el cancellarius 6 notario del rey, y el Censor Regís ó 
procurador fiscal. Las personas más dignas por su ciencia y alto naci- 
miento constituyen su Consejo, consultado á menudo cuando así lo exi- 
gen los casos arduos y los intereses del Estado. En el mismo orden, 
finalmente, y con igual carácter que en Toledo, se celebran los Concilios, 
primero en Oviedo y después en León, concurriendo á ellos el monarca 
y los grandes, y deliberando los Padres así sobre los negocios puramen- 
te religiosos, como sobre los intereses más importantes del Estado. 

Al llevar tan lejos el rey Casto estas restauraciones, contó sin duda 
con el prestigio de su nombre y la adhesión y el reconocimiento de sus 
pueblos. No teme dar nueva vida á las leyes de sus mayores ja casi ol- 
vidadas, porque al mismo tiempo se muestra esforzado y hábil caudillo; 
porque consigue con su espada y sus mesnadas extender los estrechos 
límites de la naciente monarquía ; porque cuenta sus conquistas por las 
expediciones emprendidas para realizarlas.; porque es su divisa la reli- 
gión y la patria , la reconquista y la gloria ; porque le esperan la admi- 
ración y los aplausos del guerrero y las bendiciones del sacerdote. 

Ya invadiendo las llanuras de Castilla aun más alia del Duero, ya 
llegando con sus huestes hasta la desembocadura del Tajo, bastante po- 
deroso para conservar una parte de sus rápidas conquistas, mantiene ba- 
jo su cetro á Galicia, Cantabria, Vasconia y muchos pueblos de León y 
Castilla, En vano pretenden los musulmanes contenerle en los primitivos 
límites de la naciente monarquía. Vencedor en Lutos, éslo después en 
Galicia con una gloria inmortal. Abdala y Abd-el-Kerin, bastante arro- 
jados para trasladarse con sus huestes desde el centro de sus dominios 
al otro lado del Miño , pagan con la afrenta y la derrota su ciega con- 
fianza. 

Tres monarcas, todos guerreros y conquistadores y todos dignos del 
trono que ocupan, D. Eamiro I, D. Ordoño I y D. Alonso III, llevando 
más lejos las arriesgadas empresas de sus padres, dan mayor estabilidad 
y firmeza ala monarquía, extienden grandemente sus límites y procuran 
con empeño y no sin buen éxito que las leyes góticas, en mucha parte 
ya observadas, mejor conocidas y aplicadas, adquieran, por decirlo así, 
carta de naturaleza y se hagan generales. El lütimo de tan esclarecidos 
príncipes sobre todo , grande como político y como soldado, nada omite 
para procurar á su corte todo el esplendor de la que habia ilustrado en 
dias más felices á Toledo ; para reproducir el espíritu que entonces pre- 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 101 

dominaba en las altas regiones del poder ; para rodearse de distinguidos 
funcionarios ; para asegurar el orden político , civil y militar, tal como 
existia en los dias más felices de Eecaredo y Wamba, de Ervigio y Re- 
cesvinto. Dos Concilios consecutivos celebrados bajo su amparo y sus 
auspicios, en los cuales, á ejemplo de los Toledanos, se toman en cuenta 
no solo los intereses de la Iglesia sino también los del Estado, concur- 
riendo con los padres los altos dignatarios y proceres del reino, introdu- 
cen un nuevo elemento de orden y regularidad en el gobierno y el buen 
régimen de los pueblos , robustecen la autoridad soberana del monarca, 
y contribuyen á crear los hábitos de subordinación y obediencia, barto 
débiles y gastados en las rebeliones y licenciosa anarquía de los tiempos. 

Afortunadamente para la consolidación y el progreso de la nueva 
monarquía, allega Alonso III á las dotes de bábil organizador y diestro 
gobernante , el valor y la energía del guerrero , y la buena estrella del 
conquistador, siempre feliz en sus empresas. Alternando las atenciones 
del palacio con las fatigas del campamento, ilustran su nombre las vic- 
torias de Sabagun, Polvoraria, Orbigo y Zamora ; las conquistas de De- 
za, Atienza, Coimbra, Auca, Porto, Lamego y "Viseo; la redención de 
Astorga y la defensa de Zamora. El condado de Álava se reúne á sus Es- 
tados, y de su orden Diego Rodríguez ecba los fundamentos de la ciu- 
dad y fortaleza de Burgos. Así crece y se consolida la monarquía erigi- 
da en Covadonga, transformándose al fin en la Leonesa, que la sucede 
con distinto nombre, pero con el mismo espíritu, la misma organización 
y las mismas tendencias. 

Si basta entonces la monarquía Visigoda fué, y no pudo menos de 
ser, el tipo de su continuadora en las montañas de Asturias, tampoco ha 
de desconocerse que conforme llevaba ésta más lejos la reconquista, y el 
trono se consolidaba, sufría su organización política y civil muy nota- 
bles alteraciones. Las hacían de todo punto inevitables otras necesida- 
des, otros intereses, otros elementos sociales, el desarrollo progresivo de 
las luces, y los resultados de la propia experiencia á costa de los mayo- 
res sacrificios alcanzada. Sobre todo, después de trasladarse la corte á 
León, más firmes y respetados los poderes públicos, realzada la corona 
con los trofeos de cien victorias, rodeado el soberano del prestigio que á 
la vez le procuraban las propias acciones, la influencia de las leyes y 
el interés de todos, á mucha distancia aparecía ya el Estado de su hu- 
milde origen, y de lo que había sido en los reinados de los antecesores 



102 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

deWitiza y Rodrigo. Aún no se han celebrado las cortes de León de 1020, 
y ya nos ofrece un nuevo carácter, una fisonomía propia; rasgos que 
grandemente le distinguen del que le ha servido de modelo, por más que 
de él conserve todavía muchas de las principales condiciones que le dis- 
tinguen y acreditan su oriundez. Grandes acontecimientos, un concurso 
de causas poderosas, progresos inesperados en la reconquista, preparan 
gradualmente este cambio, no previsto por la política ni producto de un 
sistema preconcebido, sino la consecuencia misma de la situación espe- 
cial y la existencia propia de los pueblos que, en una lucha incesante han 
conquistado con la independencia su primitiva energía. Sin duda en sus 
instituciones fundamentales, aún después de la conquista de Toledo por 
D. Alonso VI, y cuando éste memorable suceso les daba una preponde- 
rancia marcada sobre su enemigo, revelan el goticismo de su origen, 
una imitación de lo que ha terminado para no reproducirse en toda su 
integridad. Vivo se mantiene el recuerdo de la sociedad que encontró su 
disolución en la llorosa jornada del Guadalete. Pero las tradiciones se 
han corrompido ; una alteración sensible se introdujo gradualmente en 
los usos, en las costumbres, en las antiguas leyes; otro es ya el pueblo 
cristiano de la Península; otras sus ideas, y sus aspiraciones, y su orga- 
nización, y el móvil de su conducta. 

Así tenia que suceder. Sus relaciones ya desde los tiempos de Carlos 
el Calvo con la Marca Hispánica y la Septimania Gótica del dominio de 
los Reyes Francos; los vínculos que más de una vez enlazaron estrecha- 
mente la casa real de Navarra y las de León y Castilla ; la venida á es- 
tos reinos de los extranjeros atraídos por los fueros y exenciones que á 
las poblaciones se concedían ; los felices resultados de la conquista de 
Toledo y los campeones que de todas partes á ella concurrieron ; la in- 
fluencia ejercida en el gobierno por el célebre Obispo D. Bernardo; las 
reformas por él sugeridas ; el establecimiento en Castilla de los monges 
de Cluni y las novedades que introdujeron con su regla; el espíritu, 
finalmente, de las nuevas poblaciones y el de la nobleza que las erigía, 
al desviar la vista de las leyes góticas y contrariarlas á menudo, abrían 
un vasto campo á las innovaciones y las reformas, que no era ya posible 
conciliar con el espíritu de las realizadas en Toledo desde los tiempos de 
Recaredo. La libertad que á todos alienta, el patriotismo que la santifica 
y robustece, los hace desde bien temprano presentir aquellos derechos y 
garantías políticas que alcanzaran más tarde. Ahora á los privilegios de 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 103 

raza, suceden las consideraciones debidas al valor heroico, á los hechos 
esclarecidos de armas, á los servicios prestados á la causa pública: no 
es el nacimiento sino el mérito personal el que abre la puerta á los ho- 
nores y dignidades. Más aún que las leyes, el tiempo y el común infor- 
tunio vinieron á confundir en una sola clase la oriundez visigoda y la 
la tino-hispana ; poniendo término, felizmente, á la desigualdad que las 
separaba á pesar de las leyes de Ervigio para amalgamarlas. Conquista- 
dores y conquistados, romanos y godos, formaban ahora un solo pueblo 
de guerreros y cultivadores, establecida para todos la igualdad de dere- 
chos y preeminencias que eran el patrimonio exclusivo de estos últimos 
hasta fines del siglo vn. Entre tanto, la servidumbre en mal hora here- 
dada de la monarquía Visigoda, si no desaparece, pierde por lo menos 
mucha parte de su inflexibilidad y dureza, no siendo ya tan difícil al 
siervo alcanzar la emancipación, ó por lo menos procurarse consideracio- 
nes de que hasta entonces se habia visto privado por la opinión y por las 
leyes. 

Más consolidada la monarquía, más extendidos sus límites, más ro- 
busto y compacto el gobierno, se crean para el buen régimen de las pro- 
vincias y de las villas y ciudades , autoridades y funcionarios que los 
godos no conocieron, y cuyas atribuciones se dirigían no solo á conser- 
var la paz y el orden interior en el Estado, sino á la defensa de la pro- 
piedad particular, y á la distribución de la justicia , dando á las leyes el 
debido cumplimiento. Contábanse entre otros empleados públicos los 
Cónsules, que pudieran considerarse como gobernadores de las provin- 
cias ; los Merinos mayores , con jurisdicción civil y criminal ; las Potes- 
tades , Dominantes , ó señores encargados de la parte política y mili- 
tar (1). La historia nos enseña cuánto estas creaciones contribuyeron á 
consolidar el poder, á poner coto á la arbitrariedad de los magnates, á 
robustecer los hábitos de obediencia y respeto á las leyes. 

Si entonces no era todavía hereditaria la corona, tal cual la ley la 
declarq más tarde; si electiva como en tiempo de los visigodos, dio oca- 
sión más de una vez á funestas ambiciones , y sangrientos disturbios y 
parcialidades, no ha de desconocerse que desde bien temprano los reyes 
de Asturias y León, amaestrados por una triste experiencia, ó llevados 
por el amor á la propia familia, procuraron siempre para sus hijos ó alle- 

(1) Marina, Ensayo histórico -crítico so- ore la antigua legislación de Castilla, pág. 63. 



104 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

gados la sucesión en el poder y en el trono, ora asociando el designado 
al gobierno supremo , y dándole participación en los negocios públicos, 
ora encareciendo y recomendando su elección á los Padres y Magnates 
que en los Concilios ó grandes Juntas nacionales del reino ejercían este 
derecho supremo, según las leyes y costumbres del imperio visigodo. De 
esta política de nuestros reyes, encontramos en las crónicas y los docu- 
cumentos diplomáticos, notables ejemplos. Así fué como Adosinda, mu- 
jer del rey D. Silo, propuso á su sobrino D. Alonso como la persona más 
digna de suceder en el trono á su esposo : así también se verificó la elec- 
ción de D. Alonso el Católico por el Concilio y los grandes (1). Al favor 
y valimiento, y las influencias empleadas por D. Ordoño I, debió el tro- 
no su hijo Alfonso el Magno, tan digno de ocuparle (2). 

Mientras que estas variaciones se verifican en el orden político y 
social heredado de los visigodos , y la aplicación del Fuero Juzgo se ge- 
neraliza, mejor conocido y apreciado, nuevas poblaciones surgen de las 
ruinas délas antiguas destruidas por el hierro y el fuego (3): se fundan 
otras en los campos reconquistados y convertidos en yermos, que al ser- 
vir de defensa á las fronteras como otras tantas fortalezas para su custo- 
dia, grandemente extienden los límites del cultivo, y más aún los de la 
ganadería. El soberano por lo general y de una manera directa, ó bien 
por él autorizados los mismos fundadores de los pueblos, les conceden los 
fueros y carta-pueblas, cuyas exenciones y franquicias les dan una exis- 
tencia propia, y con ella la independencia y valimiento , la prosperidad y 
preponderancia que producen más adelante un nuevo elemento político 
en la organización del Estado, á los godos de todo punto desconocido. Así 
es como las municipalidades, robustecidas y florecientes, frecuentemen- 
te apoyo del trono contra las demasías y ambiciones de una nobleza tur- 
bulenta y altiva, alcanzan ya desde los primeros años del siglo xi una 
representación legítima en las grandes asambleas nacionales, parte inte- 

(1) Ab universo populo Gothorum in re- den del Rey D. Alonso III; Ñuño Nuñez, á 
geni eligitur (D. Lúeas de Tuy, pág. 53). Roda; Gonzalo Tellez, á Osma; Gonzalo Fer- 

(2) Cum consensu ac favore, patri succe- nandez, á Azas, Clunia y San Esteban de Gor- 
sorem fecerunt [Orón, del Silense, núme- maz; Fernán González, á Sepúlveda, y el 
ro 39). conde D. Ramón, á Salamanca y Avila (Ma- 

(3) El conde Munio Nuñez pobló á Bra- riña, Ensayo Mstórico-crüico sobre la an- 
ñosera; el conde D. Rodrigo, á Amaya en la tigua legislación de León y Castilla, núme- 
era 898 por mandado del rey de Asturias don ro 63, pág. 51). 

Ordoño; el conde D. Diego, á Burgos por ór- 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 10b" 

gral del cuerpo político del Estado, y constituyendo uno de los tres esta- 
mentos necesarios para la formación de las leyes (1). 

Estas y otras modificaciones importantes en la legislación Visigoda, 
la mayor seguridad que daban al Estado las conquistas sucesivas de sus 
defensores, el ejemplo que les ofrecía la cultura de los árabes, las luces 
que salían de las catedrales y de los monasterios, empezaban á disipar 
aunque lentamente las tinieblas en que yacían los pueblos sumergidos, 
á despojarlos de su natural rudeza, y ofrecerles en el cultivo de las le- 
tras y las tareas pacíficas, otra ocupación que la de las armas, y otros 
medios de prosperidad y riqueza que los buscados basta entonces en los 
despojos de los campos de batalla , y el botín de las incursiones en las 
tierras que sus enemigos ocupaban. No son, al fin, los aprestos milita- 
res, la gloria de las armas, la protección dispensada al valor personal, el 
objeto único y exclusivo de los monarcas. Conciben que sin el auxilio de 
las letras, sin el desarrollo de los intereses que crean y perfeccionan, 
será solo la nación un campamento de soldados. A ilustrarla se dirigen 
también sus esfuerzos, en cuanto las circunstancias y el carácter de la 
época y las costumbres públicas lo permiten. Y no es, por cierto, infruc- 
tuoso su intento: bácenle ya menos difícil algunos becbos y condiciones 
de la sociedad cristiana. Mientras que el idioma latino alterado y cor- 
rompido, es todavía el empleado en todos los documentos oficiales y los 
contratos públicos, ya de su misma descomposición y de la mezcla de 
otras lenguas, ba nacido el romance vulgar de las masas, con un carác- 
ter de nacionalidad que recibirá mayor desarrollo después de la conquis- 
ta de Toledo por D. Alonso VI. A este elemento de una nueva civiliza- 
ción se allegan otros, nacidos de la reconquista y del progreso intelectual 
de sus emprendedores. Los destellos de aquellas luces que babian difun- 
dido los Leandros é Isidoros, los Eugenios y los Braulios bajo la protec- 
ción de los últimos monarcas Visigodos, surgen abora de las catedrales 
y monasterios. Sus claustros se convierten en otras tantas escuelas de 
cuanto entonces se sabia en las letras sagradas y profanas. A esta re- 
generación lenta y difícil para un estado esencialmente guerrero, cuya 
primera necesidad es sostener su independencia y agrandar sus límites, 
contribuyen también con el ejemplo y la doctrina los obispos refugiados 
á las montañas de Asturias. Allí encuentran celosos y entendidos impug- 

(1) Marina, Ensayo histérico-crítico sobre la antigua legislación de Castilla, pág. 77. 
tomo ix. 14 : 



106 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

nadores en Beato y Etherio las erróneas y perniciosas doctrinas de Félix 
y Elipando ; allí se reproducen las luminosas y verdaderas , atesoradas 
por San Isidoro en sus Etimologías, San Eugenio en su Memorial de los 
Santos, Alvaro Cordobés en su Indiculo luminoso, Juan Hispalense en su 
Exposición de las Sagradas Escrituras : allí adquieren carta de naturale- 
za algunas de las artes cultivadas por los árabes, y muchos rasgos de 
su cultura : allí aparecen desde el reinado de Alonso el Magno los cro- 
nistas sucesores de Isidoro Pacense que eternizan en sus breves croni- 
cones los memorables acontecimientos de las monarquías cristianas for- 
madas con los despojos de la visigoda. Cuanto ha podido sobrevivir á la 
catástrofe de los campos de Jerez, los inapreciables manuscritos largos 
años custodiados en la iglesia metropolitana de Toledo, muchos de los 
que habian producido los prelados católicos para consuelo é ilustración 
de los muzárabes bajo el dominio de los muslimes, todo vino á reunirse 
en las montañas de Asturias , á contribuir al desarrollo moral de la mo- 
narquía restaurada y á facilitar el de sus principios constitutivos. 

Reinando ya en León los sucesores de Ordoño II hasta Bermudo III, 
si se consideran las nuevas monarquías cristianas como las sucesoras de 
la visigoda, no se hallan ya poseídas del mismo espíritu ; no se encuen- 
tran organizadas con los mismos elementos ; no se parecen en muchas de 
sus instituciones esenciales. Carácter social, costumbres, aspiraciones y 
tendencias, organización política, todo ha sufrido notables alteraciones, 
todo ofrece una creación cuyo tipo en vano se buscara ya en los dias más 
felices de Recaredo, Wamba y Ervigio, cuando más poderoso y florecien- 
te aparecia su imperio. Es verdad: no pueden desconocérselos esfuerzos 
de D. Alonso III, sobre todo, para dar á sus pueblos los Concilios, las 
leyes, la organización en general de la monarquía visigoda. Restaurar- 
la con su mismo espíritu y sus instituciones , fué sin duda el propósito 
de este monarca halagado por la victoria y los sucesos, y digno del nom- 
bre de Grande que mereció á sus contemporáneos y que la posteridad le 
ha conservado : pero conforme la acción del tiempo y los acontecimien- 
tos cubren de oscuridad su modelo y le alejan de los imitadores, y crean 
otros deberes y otros medios de satisfacerlos , preciso era que las insti- 
tuciones heredadas de los godos, las únicas posibles en los primeros rei- 
nados de la restauración, ó insuficientes ya para regir los nuevos Esta- 
dos cristianos , ó en abierta oposición con sus tendencias y sus necesi- 
dades, sufriesen muy notables alteraciones, siendo por otras de mejor ley 



RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA VISIGODA. 107 

sustituidas, conforme lo exigian las circunstancias de un pueblo rege- 
nerado que al conquistar á costa de heroicos y no interrumpidos sacri- 
ficios la libertad y la independencia, el altar y el trono de sus mayores, 
alcanza al fin una existencia propia bien diferente por cierto de la de sus 
progenitores. No es, no puede ser ya su estado social, el de los vencidos 
en las orillas del Guadalete ; sus progresos sucesivos en la civilización 
y las armas, en la reconquista y los medios de llevarla más lejos, le lian 
transformado colocándole á mucha distancia de sus orígenes, sobre todo 
desde que Alonso VI añade á sus glorias la de la conquista de Toledo. 
El Setenario y las Partidas, la corona hereditaria, el tercer estado como 
uno de los estamentos llamados á las Cortes del reino para la formación 
de las leyes, la preponderancia de las ciudades y villas al amparo de sus 
fueros y carta-pueblas', la lengua de Castilla perfeccionada y sucesora 
de la latina en todos los documentos oficiales, acaban al fin por dar á la 
monarquía erigida en Covadonga una fisonomía propia y la nacionali- 
dad española, que desde entonces la distingue, y que el tiempo perfec- 
ciona y acrisola. 

Hemos examinado los orígenes del reino de Asturias, fundado por 
Pelayo, tocando muy graves dificultades, y entre los contrapuestos pare- 
ceres de los críticos que se propusieron ilustrarlos. No porque abrigue- 
mos la persuasión de haber disipado las tinieblas que los oscurecen, sino 
con el sincero deseo de apreciar en su justo valor los juicios encontrados 
que hasta ahora produjeron, al llegar al término de nuevas investigacio- 
nes, creemos que aun despojada la restauración del imperio visigodo de 
las fábulas y exageraciones con que la credulidad y el entusiasmo pú- 
blico desfiguraron algunas de sus principales circunstancias, grande to- 
davía y extraordinaria por los hechos, sus causas y sus efectos, se recor- 
dará siempre como un ejemplo sublime de valor y constancia, de leal- 
tad y patriotismo. La poesía encontrará en ella una epopeya; la historia 
una enseñanza grandemente provechosa á los reyes y los pueblos. 



ÍNDICE. 



Páginas. 

Advurtencus 3 

I — La cronología 7 

II. .. — Los lugares 19 

III.. — Las personas 39 

IV. . — Los sucesos 69 

V. . .—Carácter político y social de la monarquía restaurada; cambios y alteraciones 

en su primitiva constitución esencialmente visigoda 91 



DESCRIPCIÓN 



DE LA 



VIA ROMANA 

ENTRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA, 

POR 

D. EDUARDO SAAVEDRA. 

INDIVIDUO DE NÚMERO DE LA KEAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 



iiEimiiu iraunA en el concurso de \m. 



MEMORIA DESCRIPTIVA. 



INTRODUCCIÓN. 



Opibus congesla tuis hic glarca dura 
Sternitur, hic apta iungitur arte silex. 
Tibül. El. vil. 



Tres distintos caminos señala el Itinerario de Antonino para ir de As- 
túrica á Caesaraugusta: el primero, siguiendo la parte septentrional de la 
cuenca del Duero y cortando todos sus afluentes de la derecha, pasa por 
los altos de la Brújula á la del Ebro , y se mantiene constantemente á 
distancia de las márgenes de este rio, por terrenos bastante quebrados 
en cierta porción de su longitud. El segundo camino baja directamente 
desde Astorga hasta los llanos del Duero, sigue próximamente parale- 
lo á la orilla derecha de este para cruzarlo en Garray, y pasa la diviso- 
ria del Ebro por la sierra del Madero, dirigiéndose á lo largo del valle del 
Quedes á Tarazona y desde allí á Zaragoza. El último, bajando por las 
riberas del Esla, corre á lo largo del Duero hasta tocar en el Pisuerga, 
continúa atravesando la vertiente meridional de la cuenca de aquel para- 
lelamente al Eresma, pasa por la sierra de Guadarrama á la del Tajo, 
y de esta á la del Ebro por el nacimiento del rio Jalón, cuya corriente 
sigue con la actual carretera general de Barcelona. 

El trozo que forma el objeto de esta Memoria pertenece á la más corta 
de estas tres vias, que es la segunda, llamada en los originales por la 



4 MEMORIAS DE REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Cantabria, aunque está reconocido que debe decir por la Celtiberia. Cons- 
truido en su mayor parte, ó reparado al menos, por Trajano, según quie- 
ren denotarlo las inscripciones, se halla comprendido entre las ciudades 
de Uxama y Augustobriga, hoy Osma y Muro de Agreda, y se encuen- 
tran en su trayecto las mansiones de Voluce y Numancia, que correspon- 
den respectivamente á Calatañazor y Garray. La longitud de este camino 
desde la salida de Uxama á la entrada de Augustobriga es de 107 810 
metros, de los cuales son de via perfectamente marcada ó con algún ves- 
tigio 52 050 metros distribuidos en diez porciones muy desiguales, y el 
resto está suplido por conjeturas apoyadas, ya en las tradiciones del país, 
ya en las reglas y principios del arte de la construcción. 

Para el señalamiento de la medida itineraria en el plano hé adoptado 
la milla romana, asignándole la longitud de 1 500 metros, que ya indica 
como aproximada la Academia en su programa de premios de 1858. Re- 
sulta esta medida de la distancia que hay desde la entrada de Augusto- 
briga hasta la miliaria que está frente á Calderuela , donde señalo la mi- 
lla xvi, pues aunque no hay número alguno marcado en ella, los 24 
kilómetros que median en este espacio no pueden repartirle sino en 
diez y seis millas de kilómetro y medio , si se atiende á que repartidas en 
más ó en menos partes, el resultado se separaría con mucho exceso délas 
diferentes equivalencias dadas para la medida itineraria que se trata de 
fijar. No hay, por desgracia, ninguna otra miliaria que esté en su debida 
posición, á lo menos de una manera auténtica, y por esto no se puede 
comprobar el anterior cómputo; pero puede añadirle mucha fuerza la con- 
sideración de que si se dividen los 1 500 metros por los 5 000 pies roma- 
nos de que constaba la milla, se halla para cada pié 30 centímetros, que 
es la exacta medida del pié llamado Colociano , tal como lo estampa el Pa- 
dre Mariana (1), y corresponde también con los —^- del pié castellano de 
la tabla vigésima del mismo autor; apartándose poco de los valores asig- 
nados por Cagnazzi y Jomard (2). En cuanto á la comparación de las dis- 
tancias totales entre Uxama y Augustobriga, no puede ser de utilidad al- 

(1) De ponderibus el mensuris, pág. 24. observando que es la distancia constante en- 

(2) Vázquez Queipo, Essai sur les syst'e- tre las huellas de un mismo pié en marcha 
mes métriques el monétaires des anciens peu- regular, y equivale por esto á dos pasos núes- 
píes. T. ii, pág. 5. La longitud de 5 pies, ó tros, que se miden alternativamente con los 
1,50 m. del paso romano, que tanto ha dado dos pies y son el gressus de los romanos, 
que discurrir, se explica muy sencillamente, 



VIA EN'IRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 5 

guna para esto objeto , porque contándose sólo las millas enteras y no sus 
fracciones entre los diversos puntos del itinerario, resultaría posible un 
error de milla y media entre las cuatro mansiones que se comprenden , sin 
que hubiese ninguno apreciable en sus distancias parciales computadas de 
ese modo. 

Aunque la descripción del Itinerario empieza en Astorga y concluye en 
Zaragoza, la cuenta de las millas de este trozo se hacia desde Augustobri- 
ga hacia el Occidente, y por eso las he señalado en el plano en esta misma 
dirección, con el objeto de discutir mejor la posición de las miliarias que 
se han encontrado en diferentes sitios. El número total de millas que re- 
sultan hasta Uxama, es sólo de lxxii, una menos que en el Itinerario, y 
empiezo la descripción por la via de esta ciudad, porque es el punto más 
fijo y mejor conocido de toda la línea. 

Tres especies de caminos militares (vicie) construían los romanos: enlo- 
sados fstraüs lapidibus), afirmados (iniecta glarea), y simplemente explana- 
dos (terrenae). Los primeros se cubrían unas veces de cantos planos, cuyo 
asiento se obtenía á boca de martillo (incerti), y otras con piedras labradas 
para el perfecto ajuste (quadrati) , á cuya clase pertenecen las vias Appia, 
Domitianay otras célebres por su magnificencia, que son también las más 
conocidas y más comunmente descritas en los libros y tratados, de cons- 
trucción. A la segunda clase pertenece la gran mayoría de las romanas 
vias, cuya sección trasversal constaba esencialmente de tres partes ó capas 
superpuestas; la inferior ó cimiento (statumen) de gruesas piedras, la se- 
gunda (rudus) de piedra machacada ó quebrantada con el martillo, y la 
última fnucleusj era un recebo compuesto ordinariamente de tierras arci- 
llosas ó calizas, y algunas veces de argamasas de cal ó de polvo de ladri- 
llo, que entonces se solia cubrir con una segunda capa de gravilla cemen- 
tada con cal fsumma crustaj para mejor resistir al roce y desgaste que 
causa el uso. Todos estos materiales (médium agger) estaban contenidos en 
una caja formada por dos cintas maestras (margines) de piedras grandes, 
labradas á veces, y que ya eran aparentes á la vista del caminante, ya 
quedaban ocultas con el cimiento por las capas más superficiales, y en este 
último caso las vias romanas tienen la más absoluta semejanza en su as- 
pecto con nuestras carreteras, y su construcción es muy análoga á la de 
las que antes se hacían por el sistema de Trésaguet. La tercera clase será 
para algunos una novedad, pues por su misma sencillez se menciona poco 
en los autores; pero no es menos cierto que á muchos caminos no habían 



6 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

alcanzado los recursos de los pueblos ó la munificencia de los emperado- 
res para proveerlos de más durable material, y entre otros se conoce es- 
pecialmente el que iba de España á Italia por Nímes, que quedaba intran- 
sitable en el invierno (1). 

Pequeñísimos trozos hay en la via ,de Augustobriga de la primera 
clase, y esos mal ejecutados, pues consisten en tres cintas longitudinales 
de piedras planas, atravesadas de trecho en trecho por otras á lo ancho, y 
rellenos los cuadros con empedrado ordinario de cantos menores, según 
se ve en las secciones números 13 y 16 de la lámina III: el ancho de es- 
tos trozos es de tres á cuatro metros y al parecer han recibido modernas 
reparaciones. Á la segunda clase pertenece casi todo lo que se vé de ca- 
mino y su composición es la más sencilla posible, reducida á un cimiento 
de piedras gruesas en dos ó tres capas y un lomo de grava ó canto parti- 
do cubierto de recebo arenoso, aunque no silíceo. Las márgenes aparecen 
visibles en pocas partes ; el ancho de la calzada varía entre cuatro y diez 
metros, y el espesor del material viene á ser de cincuenta y cinco centí- 
metros, ó menos aun en algunos puntos: las secciones números 1 á 12, 
14 y 15 de dicha lámina III indican las formas de la calzada y el sitio á 
donde corresponden. Por fin, hay trozos que en mi opinión pertenecen á 
la última clase, según se deduce de las pruebas locales que en su lugar se 
anotarán. 

Hé compendiado aquí lo que con mayor extensión voy á manifestar 
más adelante; y justo es decir ahora algunas palabras sobre las diversas 
operaciones que hé ejecutado para llevar á cabo este trabajo. Para el le- 
vantamiento del plano hé usado sólo una excelente brújula con eclímetro, 
que me ha dado al mismo tiempo el rumbo y la pendiente de cada lado 
del polígono. Corregía cuidadosamente el instrumento una ó dos veces ca- 
da dia, tomaba las visuales hacia atrás para anular el error de centracion, 
y anotaba en el registro la altura de aquel en cada punto, que era igual á 
la de la mira de tablilla que en ella quedaba. De este modo hé podido cal- 
cular con toda precisión las cotas de los vértices y por consiguiente los 
desniveles exactos de toda la línea. Para figurar la topografía del país, 
además del croquis que iba sacando á la vista, tomaba la dirección y la 
altura de todos los pueblos, casas y montes notables que se podían dis- 

(1) Sobre la construcción de las vias ro- granas chemins de l' empire romain. T. i, 
manas, y especialmente sobre la existencia Lib. n, cap. 8. 
délas no afirmadas, V. Bergieu, Histoirc des 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUST0BR1GA. 7 

tinguir, lo cual al mismo tiempo que servia de comprobación para el 
plano y nivelación de la línea principal , daba las cotas de una porción de 
puntos fuera de dicha línea y la elevación de las montañas y cerros prin- 
cipales. 

Para la formación del plano que acompaña á esta Memoria, ademas 
de los datos mencionados he hecho uso de todos los trabajos topográficos 
que conozco relativos á la zona representada , en parte de los cuales habia 
tenido alguna intervención en tiempos anteriores, y son los siguientes: 
4.° Proyecto de la carretera de Aranda al Burgo de Osma, cuya cons- 
trucción empecé en 1853. 
2.° Proyecto de carretera de Soria al Burgo de Osma, formado por 

mí en 4852. 
3.° Proyecto de la travesía de Soria, formado y principiado á ejecutar 

por mí en 4853. 
4.° Proyecto de carretera de Madrid á Francia por Soria , cuya pri- 
mera sección acabé de construir en 4853. 
5.° Proyecto de carretera de Soria á Navarra por Agreda, terminada 

igualmente'por mí en 4853. 
6.° Proyecto de carretera del Burgo de Osma á Almazan. 
7.° Proyecto de carretera de Garray al Villar, parte del cual formé 

en 4859. 
8.° Anteproyecto de carretera de Soria á Burgos por los Pinares. 
9.° Proyecto de desecación de la laguna de Añavieja, formado por mi 

en 4853. 
40. Mapa del Obispado de Osma, por D. Juan Loperraez Corvalam 

Madrid, 4788. 
44. Mapa de la provincia de Soria, por D. Tomás López. Ma- 
drid, 4820. 
42. Mapa de la provincia de Soria, por D. Francisco Coello. Má^ 
drid, 4864. 
Con tales elementos se concibe la exactitud que.hé podido dar, tanto 
á la situación de los pueblos y caminos, como al relieve del terreno, aurt^ 
que algunas veces hé tenido grandes dificultades que vencer, para armonio 
zar resultados que no siempre pueden ser completamente concordantes. 
Todo esto me ha permitido representar el terreno por curvas de nivel , dis- 
tantes diez metros entre sí, de modo que se puede saber la altura relati- 
va en metros de dos puntos, contando el número de espacios que hay 



8 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

entre ellos y sus fracciones, y multiplicándolos por diez. Por esto, y 
porque un perfil longitudinal no tiene utilidad más que para conocer las 
cotas de explanación de un proyecto y el tanto de las pendientes, hé op- 
tado por el segundo medio que propone la Academia en su programa, 
dando las acotaciones diez veces más próximas. El polígono principal con 
sus visuales, dibujado primero en escala de '/íoooo para huir de las inexac- 
titudes que no se pueden evitar, construyendo los datos en pequeño, se ha 
reducido después con el pantógrafo al tamaño en que se publica. 

Finalmente, en hojas aparte acompaño los dibujos de los objetos que 
han llamado la atención por su importancia histórica ó su relación con 
la via, y aunque algunos de ellos no hacen referencia inmediata al fin de 
este trabajo, espero que la Academia me dispensará estas cortas digresio- 
nes, así como las que haga en el curso de la Memoria, en gracia de lo que 
puedan ayudar al estudio de las antigüedades. 



I. 



ÜXAMA- 



Sarmaticos allollens Uxama muros. 
Sil, Itai.. Vun. ni, 38o. 



Es muy esencial circunstancia, en un trabajo de esta clase, tener un 
punto de partida bien definido , condición que por fortuna se encuentra en 
Uxama, cuya indudable correspondencia con Osma está perfectamente 
comprobada. Débese esto, masque á ninguna otra causa, al primitivo es- 
tablecimiento de la silla episcopal Oxomense y su conservación hasta nues- 
tros dias, que ha impedido que su situación se borre de la memoria como 
con otras antiguas ciudades ha sucedido ; y por esto , y porque nada nue- 
vo añadiría á las demostraciones cumplidas que han dado el P. Florez (4) 
y Loperraez (2), me abstengo'de insistir en este punto. 

La única duda que podría ocurrir en el caso presente proviene de que 
el nombre de Uxama se halla escrito Vasama en la mayor parte de los có- 
dices del Itinerario, variándolo algunos en Vasana (3), Vesana (4) y Vasa- 
nia (5) ; pero además de la unánime conformidad de todos los autores 
acerca de la corrección de Vasama en Uxama, se puede advertir, por si 
queda algún reparo, cuan fácil es corromperla escritura del primer nom- 
bre en la del segundo, si, como es de suponer, se estampó en los iti- 
nerarios antiguos VXSAMA, palabra que con sólo escribir descuidadamen- 

(1) España sagrada. Tom. vn, trat. 19, (3) El de París del siglo íx y el Blandi- 
cap. 1 .° niano de Orleans. 

(2) Descripción histórica del Obispado de (4) El incierto de Orleans. 
Osma. Tom. n , pág. 293. (5) EL de Munich del siglo xvi. 

tomo íx. 2 



10 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

te la segunda letra queda hecha VASAMA , que ha llegado hasta nosotros 
en ejemplares copiados todos acaso de uno mismo originario. 

No es difícil fijar la situación topográfica de esta antiquísima ciudad, 
que hizo de Sarmático origen Silio Itálico, si no se refiere á otra del mis- 
mo nombre (que las habia) (1) el conocido pasaje colocado por epígrafe á 
este capítulo. 

En efecto, el gran número de medallas, barros cocidos, mosaicos y 
otros restos que aparecen en el cerro y ladera del Castro, al Sur de Osma 
y á la derecha del rio Ucero, en el circuito señalado con color rojo al 
principio del plano, no dejan dudar que fué aquel el asiento de la Uxama 
romana, denominada Argelae. Dicho circuito indica la posición de las rui- 
nas y no su exacto perímetro, pues no hé levantado la proyección de este, 
tanto por la falta de suficientes vestigios, como por lo poco necesario que 
lo hacen las minuciosas descripciones del sitio ya conocidas (2) y el plano 
aproximado, que publicó Loperraez en mayor escala. 

De los restos mencionados son las tres cabezas de barro dibujadas en 
la lámina V, halladas las dos primeras sobre el suelo de una habitación 
descubierta al tiempo de esplotar una cantera de piedra caliza para las 
obras de la carretera nueva. El trozo de vasija que sigue fué hallado más 
lejos de la antigua planta de la ciudad, cerca de la villa del Burgo de Os- 
ma, actual residencia del Obispo, y la moneda de cobre de Caesaraugusta, 
que encabeza la colección adjunta fué recogida en la misma villa, por don- 
de se puede presumir, aunque no asegurar, que procede de las cercanías. 
También debo hacer mención de los restos de una calzada romana que no 
hé reconocido, pero que según las noticias que me han dado, se ven por 
Inés y Quintanas-rubias en la dirección de Uxama á Termes, via de cuya 
existencia señaló algunos indicios D. Josef Cornide, al describirlas de la 
Celtiberia (3). 

Para determinar el arranque de la via es menester discutir cuál seria el 
punto por donde los uxamenses pasarían el Ucero, que ciñe la ciudad por 
el Oriente. De los tres puentes que se ven en el dia sobre este rio, el pri- 
mero empezando por el Norte, que consta de tres magníficos arcos escar- 
zanos de sillería, fué levantado de nueva planta en 1856 para la carretera 

(1) Plin. Hist. nat. Lib ni, cap. 3. (3) Noticia de las antigüedades de Cabe- 

(2) Loper Hislor. T, n. p. 297. — Méndez, za del Griego. Memorias de la Real Acade- 
Noticias sobre la vida, escritos y viages del mia de la Historia. T. tu, pág. 152. 

/¡rao. P. Mtro. Enrique Florez , número 344. 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUST0BR1GA. 11 

de Valladolid á Soria; el segundo, á la salida del Burgo, es antiguo, cons- 
ta de cuatro arcos de medio punto, y ha quedado casi inútil en las últimas 
avenidas de 1860; y el tercero, á la entrada de Osma, es muy semejan- 
te al anterior, aunque de mejor construcción, y está representado en la 
lámina II. 

No viéndose ningún otro resto de puente aguas abajo de este, creo 
que aquí se debe señalar el paso de la via. Me fundo, en primer lugar, en 
que toca muy inmediatamente al perímetro presumible de Uxama y está 
mejor defendido por el castillo , dando entrada al camino que debia rodear 
la ciudad por una pequeña cañada, á cuyos lados se dejan ver restos de 
los suelos de hormigón: en segundo lugar, las ruinas del puente del Avión, 
de que se hará mérito en seguida, suministran una indicación acerca del 
trayecto de la via al Sur del Burgo y de su puente. Mas no puede servir 
de argumento en este caso la construcción misma del puente de Osma 
que más bien que romana parece como del siglo xi ó xn, porque de la 
comparación de un gran número de puentes de diferentes épocas (1) re- 
sulta que los romanos daban raras veces al piso la fuerte inclinación por 
ambos lados que se advierte en el dibujo, y que es común en las cons- 
trucciones de la edad media; que acostumbraban á poner alguna faja ó im- 
posta de coronación sobre los arcos, suprimida después con frecuencia, y 
por fin, que el aparejo, si no siempre era lujoso, no solia ser tan diminuto 
y contrahecho como en estos arcos se observa, que son los tres desiguales. 
No es imposible, sin embargo, que tal como es, este puente fuese construi- 
do por malos arquitectos romanos, ó que se levantara en época posterior 
sobre los cimientos de uno antiguo. 

(1) Véase para hacer esta comparación T. i, lib. i, cap. 1.° y cap. 2.°, §. 1." 
Gauthey, Traite de la construclion des ponts. 



II. 



ITINERARIO DE ÜXAMA A VOLUGE- 



Slralaque jam volgi pedibus delrita viarum 
Sáxea conspicimus. 

Lucrec. Be rer. nal. Lib. i., 316. 



El punto de partida determinado por las consideraciones que anteceden, 
se halla situado entre las desembocaduras en el Ucero de los rios Avión y 
Sequillo, y al frente de un áspero y elevado cerro que divide sus corrien- 
tes (1). Puede dudarse al pronto, por la carencia de vestigios en la mar- 
gen izquierda del rio, si el camino se dirigía hacia abajo á entrar por la cuen- 
ca del Sequillo, ó hacia arriba para ganar la vuelta del Avión; pero me 
han decidido por este último estremo: 1.° los restos de un puente de dos 
arcos cerca del molino del Avión (lám. II), que sirven ahora para soste- 
ner un piso de madera junto con otros machones toscos modernos, y ma- 
nifiestan que ha habido en otro tiempo alguna comunicación importante por 
este sitio: 2.° los vestigios de afirmado, aunque algo oscuros, que se obser- 
van sobre el alto llamado de Soria, entre las millas lxviii y lxx; y 3.° los 
restos, que se ven también en los dibujos de la lámina II, de un estribo 
de puente antiguo que hay á pocos pasos del llamado de la Tejada, en un 
cauce abandonado del Avión, y que lleva ahora un tablero. Con estos da- 
tos es fácil determinar el trazado problable de la via (que va señalado de pun- 
tos como lodos los que se hallan en su caso), marchando por la senda que 
desde el puente de Osma, y tocando á uno de los torreones del Castillo que 

(1) El P. Florez (Esp. sagr. T. vn, tra- no es extraño por la proximidad de estos y 
tado 19, cap. 1.° § 4) creyó que los dos porque no visitó los lugares hasta quince 
rios desembocaban juntos en el Ucero, loque años después de haberlo escrito. 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 13 

desciende hasta el camino, se dirige al puente arruinado del Avión, de 
allí, dando vuelta al cerro de la atalaya por las afueras del Burgo, al patio 
del Seminario , y luego por la senda de la ladera , á una peña que hay so- 
bre el alto de Soria para caer otra vez por el puente nuevo de la Tejada 
(del último siglo) en el Avión, rio que es impracticable por sus orillas en- 
tre los dos puentes mencionados. 

Desde este punto no se encuentra ya el menor vestigio ni la más peque- 
ña indicación hasta muy poco antes de la milla lv, en donde la via está 
perfectamente caracterizada, y es preciso discutir detenidamente cuál seria 
el trazado más probable en tan extensa porción de terreno. Para que esta 
discusión sea más amplia y quede más fortalecida la opinión que hé adop- 
tado, empezaré prescindiendo del débil apoyo que presta el resto de puen- 
te sobre el cauce viejo del Avión , y entraré en el examen de las direcciones 
que pueden seguirse desde el alto de Soria, ó sea los alrededores del Burgo 
al punto marcado junto á la milla lv. 

Cuatro trazados se presentan á primera vista para hacer esta unión: el 
primero por las alturas de la derecha del Avión; el segundo por la cuenca 
de este rio; el tercero por la divisoria del Avión y del Sequillo, y el cuarto 
por la cuenca del Sequillo. Deseché el primero en cuanto lo hube recorrido? 
porque la serie de alturas que forman la vertiente del Avión es tan tortuosa 
y son estas tan desiguales, que se hace sumamente difícil el tránsito de 
ruedas, y después no hay medio de pasar cómodamente la cuenca del rio 
para llegar á la divisoria, en que se halla la milla antes nombrada. 

El segundo es el que sigue la carretera nueva de Soria, lo mismo 
que el camino de carros que antes habia, y ofrece con tal motivo mayor 
probabilidad; pero se desvanece notando que gran parte del terreno? 
especialmente el comprendido en la vega de Torralba, es muy panta- 
noso, y que no hubieran hecho por él una via los romanos sin ejecutar 
para su solidez obras importantes de que debiera quedar algún rastro. Cons. 
ta además, por las relaciones de los ancianos del país, que á principios de 
este siglo era impracticable para carros la estrechura del Avión que hay 
entre Valdenarros y Velasco, llamada Paso del Congosto, y que entonces 
recibió su primero y pequeño ensanche : asimismo era imposible la subida 
desde el llano de Valdealbillo al páramo llamado de Calatañazor, donde em- 
pieza á señalarse bien la via, porque entonces no se habia abierto la Cuesta 
del Temeroso , que ha hecho después este servicio hasta la construcción 
de la nueva carretera. Buena prueba de la exactitud de todo es el viaje del 



14 MEMORIAS DE LÁ REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

P. Florez del Burgo de Osma á Soria en 1766 (1), que se dirigió por Lo- 
dares, Boos, y Bioseco, dando un rodeo que de seguro evitara, á existir 
entonces el camino directo por Valdealbillo. 

Fuera de estos dos caminos es inevitable el paso por el puente viejo 
de la Tejada, que ha servido para guiar el trazado desde la salida de 
Uxama. De este punto parte la tercera via propuesta, que se dirige por el 
camino llamado de la Loma, según la línea marcada de trazos rojos en el 
plano, camino llano, ancho y espacioso, que atraviesa un terreno de cas- 
cabillo siempre enjuto, sólido y liso, y que domina todo el país circunveci- 
no, sin ser dominado por ningún cerro ni elevación. Por él iban los car- 
ros, según el testimonio unánime de los habitantes de la comarca, antes 
de que se facilitara la bajada y tránsito por el valle del Avión , y aun en el 
dia se vé frecuentado por muchos arrieros que tratan de eludir el pago del 
portazgo de Valdealbillo. Las buenas condiciones de esta via natural, su 
posición militar y la tradición de su constante uso en lo antiguo, deciden 
á mi parecer el paso del camino romano por estos sitios, opinión que se 
acredita viendo que el mismo pensamiento que determinó el trazado de la 
parte que se conserva por el páramo de Calatañazor, se continúa en esta 
otra, yendo por la Loma, que forma con aquel una sola y misma divisoria; 
sin que obste la falta de vestigios de calzada en ese trozo, porque la exce- 
lente naturaleza del terreno lo hace transitable sin obra ni preparación al- 
guna, presentando un ejemplo muy oportuno de las vias terrenas de que se 
ha hecho mención al principio. Beune además este trazado la circunstan- 
cia de ser el que mejor indicado viene por la dirección de los primeros 
tramos conocidos después de la milla lv. 

Inútil seria pararse á discutir la cuarta dirección apuntada, sino vi- 
niera en su apoyo un trozo de via romana que señala el mapa de Coello 
por Valdenebro y Boos, á la derecha del rio Sequillo; pero de la inspecion 
ocular del terreno resulta que no hay en toda esta extensión el menor 
vestigio de calzada; y que no habiéndolo, no puede suplirse por él lo que 
falta, porque es mucho mayor el rodeo, porque hay gran número de bos- 
ques elevados que dominan el camino y porque el terreno no es tan pro- 
picio para una via sin calzada como el anterior, ocupado como está por 
vegas estrechas de regadío , faltándole además el autorizado apoyo de la 
tradición. 

(1) Méndez, Vida del P. Flores, uúra. 346 y siguientes. 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUST0BR1GA. 15 

La traza elegida empieza, como queda dicho, en el puente de la Teja- 
da, y sube la falda de un cerro, por la línea de menor pendiente, á través 
de unas tierras labradas, donde han borrado sin duda el camino desde que 
no se usa. Desde la vereda de Valdenarros á Valdenebro , sigue sin inter- 
rupción á través del monte ó bosque de sabinos y otros árboles hasta el 
camino de Rioseco que hay junto á la milla uvi, en el cual se encuentra 
otro pequeño trozo borrado también por la labor de las tierras. Pasado este 
corto trecho sin vestigios, se marcha por los señaladísimos que hacen fa- 
mosa esta via en la provincia, encontrándose á poca distancia la ya referida 
cuesta del Temeroso, luego la carretera nueva de Soria, y por fin el sitio 
á donde debió corresponder la mansión de Voluce. 

Respecto de las antigüedades que aparecen en las inmediaciones de es- 
te trayecto, se puede mencionar en primer lugar el despoblado que se 
vé á la derecha del Sequillo y junto á Valdenebro , al frente de la milla 
lviiii , cuya correspondencia ó nombre que tuviera en otros tiempos se 
ignora. Van señaladas en el plano las dimensiones aproximadas del sitio 
en el cual se encuentran en grande abundancia pedazos de teja, ladrillo, 
argamasa y mamposteria, y hace pocos años que abriendo unas zanjas se 
sacó un trozo de mosaico, ornado de sencillas labores formando círculos, 
que poseía el ya difunto Obispo de Osma. En otras ó en las mismas exca- 
vaciones salió el trozo de mosaico (figurado en la lámina V), que junta- 
mente remito con otros objetos á la Academia, y sirve para indicar que 
estas ruinas pertenecen á alguna población ó casa de campo de la épo- 
ca romana. Loperraez (1) habla de otras antigüedades halladas en el mis- 
mo sitio, pero sin poder conjeturar con visos de acierto el nombre de la 
población, á que pertenecieron. 

El camino que sale á la izquierda de la milla lvi, es una rápida bajada 
que por Nuestra Señora de Valverde y Rlacos conduce al despoblado de las 
Fuentes del Avión, conocido con el nombre de Veluca desde que un cura 
del pueblo dijo á sus feligreses ser aquel el asiento de esta antigua ciudad 
especie tomada acaso de Tutor (2) ó de Loperraez, que acepta tal opinión, 
al hablar de los objetos encontrados en aquel sitio (3), entre los cuales cuenta 
medallas celtibéricas y romanas que no describe. La extensión aproximada 
del terreno cubierto de escombros se señala en el plano, sin que pase de 

(1) Hist. del Ob. de Osma, T. i, pag. 34. (3) Histor. del Ob. de Osma, T. i, pá- 

(2) Compendio historial de las dos Nu- gina 33. 
mandas, lib. i, cap. 11. 



16 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

medio kilómetro en todos sentidos: en un pequeño espacio que está rayado 
más oscuro, es donde con más abundancia se encuentran los pedazos de 
teja y de ladrillo grueso, y según relación de los del pueblo se han extraí- 
do de allí sillares y algunos objetos de metal, pero nada recuerdan respec- 
to á monedas. En la inmediación al puente empecé una excavación, y se 
vio un ángulo de cimiento grueso de piedra con argamasa y una losa en 
el ribazo próximo en prolongación de este cimiento, junto al cual yacía en- 
terrado un trozo de cráneo. Á pocos pasos de este sitio hubo en otro tiem- 
po un puente de piedra, como lo demuestra el resto de estribo con el ar- 
ranque de un arco y de un muro en ala que sirve ahora para sostener en 
parte el mal puente de madera que hay, conforme se vé en el dibujo de 
la lámina II. Desde este punte empieza una estrecha calzada de empedra- 
do, de cosa de un metro de ancho, que más ó menos claramente se pro- 
longa á través de las eras de Blacos hasta el otro puente del rio Milanos, 
en donde se pierde por completo. Coraide (1) atribuyó estas ruinas á la 
Savia de Ptolemeo; pero más adelante me haré cargo de esta opinión, al 
hablar de las Cuevas. 

Finalmente, en un desmonte empezado en 1854 á la derecha de la 
milla lv, se hallaron algunas monedas antiguas, cuya especie no hé podi- 
do averiguar, ni donde se hallan en el dia. 

(t) Memorias de la Academia, T. m, pá- gina 105. 



III. 



VOLUGE. 



Agrícola , incurvo terrara molitus aratro 
Exesa inveniet scabra rubigine pila. 
Virg. Georg. Lib. i. 494. 



La situación de Voluce es de las más difíciles de fijar, tanto por la caren- 
cia de restos antiguos como por lo discordes que están las distancias par- 
ciales en este trozo de via con los que indica el Itinerario de Antonino. De- 
terminados, como luego se verá sin la menor duda, los sitios de Numan- 
cia y Augustobriga, resulta que de Uxama á Numancia no hay cincuenta 
millas de 1500 metros, ni hay la parte proporcional del total trayecto 
que representa la fracción -~- , por donde se vé claramente que es im- 
posible marcar la correspondencia de la mansión intermedia por las vein- 
te y cinco millas que distaba de cada una de las inmediatas, con arreglo 
á las más autorizadas lecciones. Ocho códices , entre ellos el 4808 de la 
Biblioteca regia de París, el de Dresde del siglo xi, el 'de nuestra Biblio- 
teca nacional y el Florentino del siglo xv ponen de Uxama á Voluce 
quince millas; pero tampoco vienen bien las cuarenta millas ni la propor- 
ción de — ~ para esa distancia. 

Si fuera esta última la verdadera longitud, debería corresponder Volu- 
ce á las inmediaciones de la milla lvii entre Rioseco y la Mercadera, don- 
de no hay fundamento para suponer población antigua, y resultarían ade- 
más de veinte y ocho á veinte y nueve millas hasta Numancia, cuando 

TOMO IX. 3 



18 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

todos los veinte y ocho códices examinados por Parthey y Pinder (1), con- 
cuerdan en señalar veinte y cinco solamente. Como por otra parte salen 
mucho mejor la suma total del Itinerario y la parcial de la longitud que 
comprende este estudio con las veinte y cinco que con las quince, no pue- 
de menos de ser desechada la lección , que dá esta distancia entre Uxama 
y Voluce. 

Tomando ahora las veinte y cinco millas desde Uxama, se viene á caer 
en la milla xlii, cerca de la Mallona, en donde opinó Cornide (2) que de- 
bia colocarse esta mansión; pero allí, marcándosela via perfectamente, no 
hay la menor señal de población ni paraje á propósito para situarla. Si 
por el contrario se toma la referida longitud desde Numancia, se cae en- 
tre las millas luí y liv, junto á la bajada que conduce á las ruinas de 
Blacos, donde tampoco hay vestigios de haberse edificado en ningún tiem- 
po. Finalmente, si se toma la mitad de las distancias entre las dos ciuda- 
des antes dichas, se encuentra la milla li junto á la bajada ó camino prin- 
cipal de Calatañazor. 

La total ausencia de vestigios en un páramo no cultivado en su mayor 
parte, y la continuación no interrumpida del afirmado de la via en esta 
gran longitud, me inclinan á creer que la población de Voluce debió hallar- 
se á un lado del camino y á cierta distancia, pues la estrechez de la pla- 
nicie no hubiera permitido edificar en ella, ni lo árido del terreno es á 
propósito para mantener una población, falta de agua y fuertemente com- 
batida, como estaría, por todos los vientos. En tal supuesto, y vista la difi- 
cultad de salir cómodamente del páramo, habria junto al camino algún 
Hospitium ó gran parador, donde pudiesen hacer mansión los viajeros que 
menos se detuvieran, y los demás bajarían á la ciudad, áque dicho esta- 
blecimiento era anejo, como consta que sucedía en algunas otras partes 
de los caminos del imperio (3). 

Si se acepta la segunda hipótesis, que coloca la mansión cerca de la 
milla liv, resulta el despoblado de las Fuentes de Avión como el sitio más 
á propósito para Voluce, conforme lo creyó Loperraez, en vista de las rui- 
nas que allí se advierten y de la semejanza del nombre del inmediato pue- 

(1) Itinerarium Antonini Augusti et Hie- T. m, pág. 101), pues no existe pueblo de 
rosolymüanum, ex libris manu scriptis. Ber- ese nombre. 

lin, 1848. (3) Bergier, Hist des gr. ch. T. n, li- 

(2) Así debe interpretarse el Lama-llana bro iv, cap. 9.° 
de dicho autor (Memorias de la Academia, 



VIA ENTRE ÜXAMA Y AUGUST0BR1GA. 19 

blo de Blacos; pero aparte de la gran separación de la via, que pasa de 
dos y medio kilómetros en línea recta y de tres por el camino, el espacio 
ocupado por los escombros y demás vestigios es harto reducido para con- 
tener una ciudad por pequeña que fuese, y la situación es muy poco mili- 
tar para la antigua capital de una tribu indígena y guerrera. Antes bien 
parece por estas circunstancias mismas y por la frescura y amenidad del 
sitio, que los restos que hoy se ven deben pertenecer á alguna villa de la 
época romana ó á algún monasterio de tiempos posteriores, para cuyo 
servicio se levantarían el puente y calzada mencionados antes (pág. 16), 
suficientes en su pequeña magnitud para comunicar con la inmediata ciu- 
dad: y en cuanto al nombre de Blacos, puede venir de que este templo ó 
caserío tuviese el sobrenombre de Veluca de quien dependiera, como es 
usado en casos semejantes. 

Aceptando la última hipótesis que fija la mansión á la mitad de la dis- 
tancia, cerca de la milla li, se coloca á Yoluce en donde se encuentra la 
célebre villa de Calatañazor, etapa hoy de las tropas que marchan de 
Osma á Soria, como lo era en otros tiempos entre Uxama y Numancia. 
Dista de la via en línea recta poco más de un kilómetro y dos por el ca- 
mino menos difícil, y su situación es en un elevado cerro, aislado por el 
rio Milanos del gran macizo del páramo, é inexpugnable cuando la pólvora 
no habia dado tanto alcance á las armas. A estas condiciones favorables 
da mayor fuerza la circunstancia de haberse hallado una moneda de cobre 
de Arcadio en el sitio llamado los Castejones, frente á la milla lii, donde 
se ven unos montones de piedra, que parece de manipostería, pero que no 
me atrevo á calificar de tal por la completa falta de cimientos ú otras se- 
ñales que autoricen la suposición de que allí hubiese nada edificado. Sin 
embargo, este lijero indicio, unido ala proximidad de Calatañazor (1), me 
ha decidido á colocar en los Castejones la mansión aislada y en esa villa la 
ciudad de Voluce del Itinerario, conforme en esto con Zurita (2), Cortés (3) 
y la mayor parte de los autores que han tratado de esto. Reichardt (4) y 
Lapie (5) han querido llevar esta ciudad á la granja y ermita de Velacha 
opinión que no se puede admitir porque caen á 20 kilómetros al Sur de So- 
ria, á orillas del Duero, entre esta ciudad y Almazan. 

(1) Loperraez creyó equivocadamente que comentariis Hicronymi Zurita , fól. 442. 
las ruinas de Blacos estaban más próximas á (3) Diccionario geográfico-histórico de la 
la via militar que Calatañazor. Véase His- España antigua, T. m, pág. 480. 

toria, T. i, pág. 33. (4) Orbis terrarum antiquus. 

(2) Antonini Augusti Itinerarium , cura (5) Recudí des itinéraires anciens. 



20 MEMORIAS DE LÁ REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Ninguna necesidad hay de demostrar que la Voluce del Itinerario es la 
Veluca de Ptoleraeo ; pero voy á hacer un ligero análisis de la situación de 
esta ciudad, según se desprende de sus tablas, que servirá más bien para 
indicar la manera con que se puede sacar algún fruto del estudio de este 
antiguo geógrafo. Para emprenderlo es preciso tener presente: 4.° Que los 
grados de ecuador de Ptolemeo son más pequeños que los nuestros en la 
proporción aproximada de 2:3, como resulta de la comparación de las 
longitudes de las principales poblaciones marítimas de España (4); 2.° Que 
aunque los grados de latitud de las poblaciones principales estaban deduci- 
dos por la observación de la sombra del gnomon en el equinocio, los de las 
demás lo estaban por la distancia itineraria á otras conocidas, y que por 
consiguiente hay que hacer en este caso la misma reducción de los grados 
de diferencia de latitudes en la proporción de 2 : 3 ; 3.° Que habiendo de- 
ducido Ptolemeo sus graduaciones por el conocimiento de la distancia y 
el azimut, y siendo el último difícil de apreciar, y mucho más por las 
relaciones délos viajeros, es aquella el elemento más seguro que se puede 
utilizar entre los resultados de las tablas ; y 4.° Que la división más peque- 
ña que usaban los griegos en la geografía era el de V12 de grado ó sean 5', 
y que por consiguiente cabe en todas las medidas un error en más ó en 
menos de tres ó cuatro millas romanas en estas latitudes. Tomando para 
las coordenadas geográficas de Uxama y Veluca las siguientes (2) : 





LONGITUD. 


L4TITUD. 


Uxama 

Veluca , 


44° 30' 
. . . . 44° 50' 


' 42° 25' 
44° 55' 



y construyendo con las diferencias convenientemente corregidas un simple 
triángulo rectilíneo, en reemplazo del esférico que correspondería, (opera- 
ción aproximada lo bastante y con cuyo pormenor no quiero hacer este 
escrito indigesto), resulta para la distancia un arco de círculo máxi- 
mo de 24' 57" de amplitud, que equivale á una longitud de 27 millas ro- 
manas. Esta distancia difiere de la que señalan los itinerarios en menos 
del error inherente al sistema, y Ptolemeo la tomó sin disminución por 
haberse informado sin duda de que el trayecto se hacia por terreno llano, 

(1) Por camino muy diverso ha deducido (2) Para las cuatro notaciones he seguido 

un resultado semejante Ruy Bamba. {Co- la edición latina de Koma de 1490 , corri- 

ment. ms. á Ptolemeo, de la Biblioteca de la giendo un error manifiesto que hay en la 

Real Academia de la Historia). longitud de Uxama. 



VIA ENTRE ÜXAMA Y AUGUST0BR1GA. 21 

é ignorar que este llano es estrecho y tortuoso, según el plano manifies- 
ta, y aun así se equivocó sólo en la latitud, que creyó meridional á Uxa- 
ma, pues en la longitud sólo hay un error de menos de cuatro minutos 
al Occidente. 

Si para apurar el asunto me es lícito entrar en el terreno de las etimolo- 
gías, muy resbaladizo de suyo, haré algunas conjeturas sobre los nombres 
de la localidad. El de la nación de los Belos, conocidos también por Pelen- 
dones, puede derivarse de la raiz éuscara vele, que significa hoy dia cuervo, 
y el adjetivo derivado de pertenencia velecoá, la de los velos ó la de los cuervos, 
seria entonces el título de la capital, sobrenombre que tendrían varias po- 
blaciones inmediatas y del que parecen residuos Blacos, Torre de Blacos, 
Velasco (corvino,) Velacha fcuervecitoj y otros. El nombre de Calatañazor 

\jj13\ '¿23) que significa en árabe el castillo de los buitres ó más propia- 

mente de las aves carnívoras, parece en cierto modo una traducción del 
primitivo, y de ambos se encuentra más lejana analogía en el inmediato 
cerro llamado de los Milanos, donde según la tradición local fué lo más 
reñido de la célebre batalla , que dio fin á la gloria militar y á la vida del 
Hagib Almanzor, suceso callado por los árabes y rotundamente negado 
por Dozy (1). 

Las circunstancias con que este encuentro se refiere convienen puntual- 
mente con las indicaciones del terreno. Queriendo los muslimes retirarse á 
su país desde los campos de Calatañazor, era el camino más derecho y se- 
guro, para pasar el Duero, tomar la cuesta del arroyo de Fuen te-la- Aldea, 
el cual conduce sin rodeos ni dificultades estratégicas hasta su desemboca- 
dura en aquel rio cerca del pueblo de Andaluz, en donde aun existe un 
puente que lleva el mismo nombre y que sirvió para el paso del ejército, 
según cuentan las historias. Para ir desde Medinaceli, debian subir por la 
cuenca del rio Escalóte, que viene de Radona y pasa, tomando su nom- 
bre, por el pueblo de Bordecorex, que debe ser el vallis Borgecorexi del 

Arzobispo D. Rodrigo (2) (acaso ^J^&l lj> torre del Corax ó del Cuervo) 

el Vegacorax de la Crónica general (3) y el Walcorari de Conde (4) , donde 
enfermó ó murió Almanzor. 

(1) Recherches sur V histoire el la littéra- (3) Tercera parte, cap. xxi. 

ture d' Espagne pendant le moyen age. To- (4) Historia de la dominación de los ára- 

mo 1.° pág. 211 y siguientes. bes en España, Cap. cu. 

(2) Hist. de rebus hispanicis, L. v, c. 16. 



22 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Los más antiguos restos que se ven en Calatañazor, son los sepulcros 
abiertos en la roca, como los de la lámina IV, que se encontraron cu- 
biertos de tierra y con los esqueletos en ellos. Dicen que en aquella loca- 
lidad habia en tiempos anteriores una parroquia bajo la advocación de San- 
ta Columba, con otras muchas desaparecida: de todos modos es difícil fi- 
jar la época, á que pertenecen los sepulcros, por lo natural de la forma en 
que se han cortado. De vez en cuando encuentran en sus campos los la- 
bradores trozos de armas y algunos objetos que dan consistencia á la tra- 
dición y á la historia de la batalla. No hé podido adquirir ninguno de tales 
restos. 

La parte interior de la iglesia parroquial, única que queda, pertene- 
ce al arte ogival, pero el exterior, lo mismo que las dos capillas de las 
afueras del pueblo, son del estilo románico y parecen edificadas en el si- 
glo xii. El castillo, arruinado en gran parte, está sobre una peña inaccesible 
y voladiza por algunos lados; tenia entrada por un camino cubierto defendi- 
do por murallas, y se ven en él restos de los arcos de ingreso. Los torreones 
son redondos, pero la torre principal es cuadrada, de mamposteria en los 
dos primeros pisos y de hormigón el resto; y las ventanas, hechas de sille- 
ría, son muy estrechas y tienen una pequeña muesca en la parte superior 
y en la inferior. 

Dos medallas árabes figuran en el adjunto monetario procedente de los 
campos de Calatañazor: la primera pertenece á los primeros tiempos de la 
dominación muslímica, y la segunda está acuñada en Ceuta bajo el reinado 
de Edris II, Emir de Granada desde 1043 hasta 1056. 



IV. 

ITINERARIO DE VOLUGE A NUMANGIA. 



Máxima fama viae. 
Maucul, Epig. íx, 104 



El trozo de via que conduce á Voluce, continúa perfectamente visible 
hasta cerca de Villaciervos, formando una línea continua de calzada de 
21920 metros que no deja duda acerca de su trazado. Dirígese por lo al- 
to del páramo de Calatañazor, divisoria de los ríos Avión y Sequillo, cor- 
tando frecuentemente á la carretera nueva de Soria, que descubre en mu- 
chos desmontes la composición interior del antiguo firme, y baja al pe- 
queño valle de la Mallona confundido con los terraplenes de dicha carre- 
tera, por cuyas orillas se divisa algún vestigio. Débese en gran parte la 
conservación de este trozo á las reparaciones que en varias épocas pare- 
ce haber tenido, lo que se comprueba, tanto por la colocación desordena- 
da de los materiales de la superficie en algunos puntos, ya por Loperraez 
observada (1), como por la tradición que corre por aquellos pueblos, se- 
gún la cual hizo la calzada (probablemente la restauró) una gran señora, 
que á cambio de este beneficio obtuvo en remotos tiempos el perdón para 
cierto hijo suyo condenado á morir. Ahora que hay nueva carretera, van 
destruyendo la via los labradores que extienden sobre la caja los surcos del 
arado ó aprovechan la piedra para otros usos. 

Desde la Venta de la Mallona se separa la via al N. de dicha nueva 
carretera, y aunque con vestigios algo oscuros al principio, pronto vuelve 
á marcarse perfectamente y sin interrupción en toda la meseta llamada el 

(1) Hist. del 06. de Osma. T. i, p. 22. 



24 MEMORIAS DE REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Páramo de Vülaciervos. Este trozo se conoce en el país con el nombre de 
Camino Sarraceno y desde la milla xliii hasta la xli se recompuso por 
última vez en 1842, ensanchando y rectificando el portillo que sirve de 
bajada al valle de Vülaciervos , por cuyo motivo ha desparecido la calzada 
en unos cuantos metros de extensión. Poco después de la milla xliii y 
antes del portazgo hay señales de un antiguo badén para el paso del agua 
de lluvia, semejante álos que se encuentran más adelante. 

Piérdese todo vestigio hasta llegar á la milla xxxmi, y es necesario 
conjeturar la dirección de la antigua via de modo que se obtengan las me- 
jores condiciones de trazado entre los dos puntos que se conocen de ella, 
sin dar lugar á obras considerables , de que quedaría forzosamente algún 
rastro si hubiesen existido. Dos cuencas se han de atravesar con la línea en 
este intermedio; la del Hizana, que pasa por las Cuevas, y la del Golmayo, 
que viene de Fuentetoba; y la primera es bastante estrecha para que no que- 
pa en la dirección indicada más que un camino, que ha de ser el mismo 
que conduce de Vülaciervos á Garray por el nombrado Fuentetoba. Mas al 
entrar en la cuenca del Golmayo y poco antes de la milla xxxvn, se deja el 
indicado camino á la izquierda para marchar más rectamente á buscar el 
fin de este trozo, pasando el río por el puente del Molinillo, pequeña obra 
de madera que acaso reemplace á otra de la misma especie que en épocas 
anteriores hubiera. He adoptado esta dirección, porque es la del camino 
que antiguamente se usaba de Vülaciervos á Garray, cuando Fuentetoba 
era una simple granja de labor y no habia llamado á sí el tráfico de los 
pueblos inmediatos, circunstancia que no llegó á mi noticia hasta des- 
pués de haber levantado inútilmente un trozo de plano en una dirección 
equivocada, porque dicho camino está completamente borrado en el dia 
por las labores de los campos ó por el verde de las praderas, y sólo pude 
seguirlo, guiándome por todo aquel terreno un vecino de Fuentetoba, en- 
tre cuyos habitantes es familiar el puntual conocimiento de dicho camino 
perdido, apesar de que los más viejos no han alcanzado á verlo en uso. 
Creo probable que en toda esta extensión hubiera una via terrena, que 
ha desaparecido, por carecer de obras cuyos restos puedan señalar su exis- 
tencia. Lo demás sigue por el camino de Fuentetoba á Garray hasta cer- 
ca de este pueblo. Encuéntrase junto á la milla xxxmi unos vestigios 
apenas marcados que desaparecen luego en un corto trecho, y antes 
de la milla siguiente vuelven á aparecer en unos trozos de terraplén 
cortados por la vertiente de las aguas de la inmediata ladera, dejando 



VIA ENTRE ÜXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 25 

ver en estas secciones naturales con toda claridad la composición in- 
terior del afirmado. De este modo sigue hasta cortar el camino de la 
Tejera, desde el cual se descubre el más bello trozo de calzada de to- 
da la línea comprendida en el plano , cubierta su superficie por la yer- 
ba de las praderas adyacentes que se ha extendido sobre ella, conserván- 
dola y señalando de la manera más perfecta el bombeo central y hasta las 
cunetas laterales destinadas á recoger el agua llovediza. Este trozo que, 
incluyendo los terraplenes del principio, tiene 3840 metros de longitud, 
atraviesa el monte y dehesa de Valhonsadero, del término de Soria, y se 
conoce con el nombre de Camino de los Serranos. 

Pasado un arroyo en que hay señales de badén de manipostería, des- 
pués de la milla xxxi, ya no se conocen vestigios de calzada, pero no 
cabe duda acerca de que deba seguirse el mismo camino, por haberse de 
empalmar con el otro trozo que hay á poca distancia después del Duero. 
Al tocar en la carretera nueva de Soria á Logroño, se pasa el puente de 
Garray, y se entra en el pueblo de este nombre, junto al cual se halla el 
antiguo asiento de la célebre Numancia. 

Este puente (lámina II), que es real y efectivo, y no la abstracción su- 
puesta por Cortes (1), está situado en la confluencia de los rios Tera y Due- 
ro, saliendo de su centro y aguas arriba una calzada con malecones de 
defensa que comunica con el pueblo de Tardesillas y los demás del país 
comprendido entre los dos rios. Esta obra es demasiado moderna en su 
estilo para atribuirla á los romanos; pero como no hay señal alguna de 
puente en las inmediaciones, es necesario suponer, ó que este se baila 
fundado sobre los cimientos de otro más antiguo hecho para la via, ó 
que se pasaban los dos rios unidos por un vado más al Norte , suposi- 
ción que favorece el movimiento constante que se observa en el Duero á 
echarse sobre su orilla derecha, dejando en seco la izquierda, y que ha 
hecho marchar un gran número de varas á su cauce en lo que va de si- 
glo. Si esto era así, es imposible buscar rastro del vado, porque lo habrá 
hecho desaparecer el cambio de régimen del rio ayudado por la construc- 
ción de la calzada de Tardesillas. De todos modos esta cuestión no es de 
grande importancia, porque todo se reduce á pasar el rio doscientos me- 
tros más arriba ó más abajo , y aumentar la longitud de la via en cuarenta 
ó cincuenta. 



(1) Dic.,1. ni, p. 237. 

TOMO IX. 



26 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

El mapa de Loperraez, al que siguen los de López y Coello, señala una 
via militar que parte del puentecito de Calatañazor, pasa por la Aldehue- 
la y siguiendo el curso del arroyo viene hasta la vega de la Mallona; pero la 
perfecta conservación de la calzada en la divisioria y el ningún vestigio que 
se observa en la indicada dirección no dejan duda de cual sea la verdade- 
ra, sin necesidad de más detenerse en este punto. 

Viniendo ahora al examen de las antigüedades que se pueden mencio- 
nar en las cercanías de este trayecto, no será fuera de propósito dar noticia 
de las que se encuentran en el lugar de las Cuevas, antes citado. Está domi- 
nado al Norte este pueblo por un cerro de cumbre llana y muy poco ex- 
tensa, llamado de los Mártires, en el que han aparecido en otros tiempos 
piedras, armas, sepulcros y monedas, como cuenta pormenor D. Lope de 
Morales (1) y Loperraez indica (2); pero en el dia nada se halla. Hay algo 
más lejos otro cerro llamado Castüterreno , que por su extensión y nombre 
parece mejor apropiado para haber sido el sitio de alguna ciudad, y en el 
que también se refiere haber habido algún vestigio, pero nada se en- 
cuentra ahora sino una cisterna que fué terraplenada ha pocos años, y 
bien puede ser que las dos fajas de roca conglomerada que coronan las 
faldas de dicho cerro hayan tomado para algunos la apariencia de restos 
de murallas. Debo estas noticias á mi ilustrado amigo y distinguido discí- 
pulo D. Bruno Moreno, que visitó estos parajes poco después de mi espe- 
dicion: no pudo encontrar las inscripciones que citan Morales (pág. 46) y 
Loperraez (pág. 30 y siguientes) en los sitios que designan; pero copió las 
dos primeras que van dibujadas en la lámina III, una de las cuales sirve 
de asiento en la puerta de la casa del cura, y la otra de losa de tapa en un 
encañado de la dehesa. Está la primera tan completa que nada hay que su- 
plir en ella, y la lectura de su texto es: 

Lucius Terentius Rufinus Irrico, Rufi films, annorum xxx, hic situs est. 
Marcus frater faciendum curavit. 

Y su traducción, aunque considero casi ocioso insertarla: 

Aqui yace Lucio Terencio Rufino Irrico, hijo de Rufo, de treinta años. Su 
hermano Marco cuidó de que se hiciera (el sepulcro). 

(1) Discursos y relaciones del descu- Apuleyo. Pamplona, 1627. 1 tomo 8.° 
rimiento de las reliquias de los glorio- (2) Hist. del Ob. de Osma. T. i, p. 29. 
os mártires Sergio, Bachio, Marcelo y 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 27 

Esta inscripción parece ser la que trasladan en esta forma los dos auto- 
res citados, bien que completamente desfigurada. 

TERENTIVS RVFI 

NVS ET RVFI ■ 

FENALI- AN XXX- H- S- 

El cognómen irrico se encuentra con leve diferencia en una inscrip- 
ción de Turin que trae Grutero (1). 

Lo poco que falta á la segunda inscripción puede suplirse así : 

D- M- 

COR- MAMSVE 

TILLA HIC- S- «ST-A-XX- 

COR- SATVRNI 

NVS- PATER 

POSV1T 

Sencilla es la interpretación del texto. Diis Manibus. Cornelia Mansueti- 
lla Me sita est annorum xx. Cornelius Saturninas pater posuit. Es decir: A los 
Dioses Manes. Aquí yace Cornelia Mansuetila de veinte años. Su padre Cornelio 
Saturnino la puso (la losa). Los Cornelios Saturninos se encuentran en otras 
inscripciones de España (2) y el nombre de Mansuetilla puede verse en Mu- 
ratori (3). 

En la cocina de la taberna de Navalcaballo sirve para poner las teas 
el resto de ara núm. 3, de cuya inscripción sólo se puede restituir lo que 
sigue : 

aNTESTIA 
ONNIA na 



M- 



Antestia Anniana vota soluit libens mérito. Que es: Antestia Anniana. 

cumplió sus votos de buena voluntad. 



(1) Corpus Inscriptionum, dcccslii, 8. (3) mmlx, 3. 

(2) Murat. mcclii, 7. 



28 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

No es fácil conjeturar si alguna población, cuyo nombre sea conocido 
ocupó en tiempos anteriores el lugar de estas ruinas, ó si aquí no existió 
más que un fuerte ú otro edificio de menos importancia. Cornide (1) atri- 
buyó á este sitio la Tucris de Ptolemeo; pero con la graduación que adop- 
ta viene á caer esta ciudad, cuando menos, á 10 leguas al Sur de Numan- 
cia y casi en el mismo meridiano. Mas bien conviene á este punto la gra- 
duación que da para Savia (que hace coincidir con Blacos), la cual, corre- 
gida por el método que hé espuesto al hablar de Veluca, resulta sólo á dos 
minutos al Norte y menos de uno al Oeste de las Cuevas, diferencia menor 
que la mitad de la aproximación posible de las tablas Ptolemáicas; pero no 
insisto en hablar de este cálculo, toda vez que es muy aventurado discur- 
rir sobre pueblos que, como estos dos, aparecen sólo en Ptolemeo, y que la 
opinión común de los anticuarios coloca á dicha ciudad mucho más al 
Norte de esta región ; y si hé tocado este punto , no ha sido más que para 
acabar de demostrar que no se puede referir Savia al despoblado de 
Blacos. 

Ningún resto romano tiene Fuentetoba, que haga preciso nombrar á 
este pueblo de reciente fundación ; pero cerca de él y en la ladera del pico 
de Frentes hay una capilla con monasterio, que es el más antiguo monu- 
mento de la edad media que he visto en el país de Soria, y que menciona- 
ré, aunque no tenga directa conexión con el objeto de esta Memoria, por 
la importancia histórica que estas observaciones puedan encerrar. El mo- 
nasterio, llamado La Mongía, es moderno y fué fortificado en el siglo xvi 
por los condes de Castejon , á cuya propiedad pasó ; pero la capilla es de 
arquitectura del siglo xi, marcada especialmente por la forma lisa de los 
capiteles cónicos de la portada, que se compone de tres arcos concéntri- 
cos de medio punto sin labor ni moldura en las archivoltas, estilo que 
también dejan advertir en el ábside los capiteles del arco apuntado, por su 
forma cúbica redondeada en los ángulos inferiores. En esta capilla se ve- 
nera y custodia la imagen de Nuestra Señora de Valvanera, una de las 
que se tienen en el país por más antiguas, como lo demuestra también 
su escultura. 

■ Antes de llegar á Garray se cortan gran número de caminos que por 
cañadas diversas conducen á Soria, capital desde antiguos tiempos de es- 
ta tierra, con el título de Cabeza de Extremadura, ó sea de país fronterizo, 

(1J Mem de la Ac. T. m, pág. 101. 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 29 

que ostenta en el escudo de sus armas. Por más que algunos hayan que- 
rido reducir á esta ciudad la antigua Numancia, que Mosquera (i) con po- 
co fundamento haya puesto en ella á Lucia, que distaba de Numancia 
unas diez leguas, y que Tutor (2) haya querido identificarla con Sabaria 
es lo cierto que no hay en su suelo el menor vestigio de antigüedad clási- 
ca, y que aun cuando se debe suponer que existia antes de la reconquista, 
no guarda recuerdos anteriores al siglo xi. La extensión que alcanzó la 
ciudad en otro tiempo, puede juzgarse por el recinto que ocupan los restos 
de las murallas construidas ó reedificadas por el rey D. Pedro de Castilla; 
dentro de las cuales habia gran número de parroquias, que en gran parte 
han desaparecido, con jurisdicción sobre las aldeas y lugares de los con- 
tornos. Los monumentos arquitectónicos más notables pertenecen al si- 
glo xir, según se puede presumir por su carácter artístico, pues no se con- 
servan memorias escritas de ninguno; y entre ellos merecen muy especial 
mención San Juan de Duero y San Nicolás, ya arruinados y que hé pu- 
blicado en otra parte (3), Santo Tomé, San Pedro y San Juan, que se con- 
servan con culto, con otros que no nombro por evitar prolijidad, pero to- 
dos dignos de fijar la atención de los que quieran investigar la historia de 
la arquitectura española. 

En las excavaciones practicadas para abrir los cimientos del elegante 
viaducto del Matadero, á la salida de la carretera de Soria á Logroño, se 
encontraron gran número de monedas de plata como las adjuntas de 
Sancho de Navarra y de Alfonso de Castilla y el medallón de cobre copia- 
do en la lámina V, cuya asa se conoce que ha sido limada y debió ser- 
vir de adorno para colgar al cuello. La leyenda de relieve *En Dios es el 

pode-re» parece literal traducción de otra arábiga muy usada il) sj jü)I 

repetida en las paredes de la Alhambra (4) , y es de creer que acuñándo- 
se en alguna ciudad de Andalucía medallones como este, lisos en el 
centro, se llenarían después á buril con la figura que mejor pareciese á su 
dueño. 

(1) La Numantina, f'ól. 86. (3) R.deOb.púb.T.iv,p.217,T. vn,p. 289. 

(2) Compendio historial de las dos Nu- (4) Lafuente Alcántara , Inscripciones 
mandas, lib. n, cap. 7. árabes de Granada, pág. 104 y siguiente». 



V. 



NUMANCIA. 



Nolis longa ferae bella Numantiae. 
Hor. Od. i. 12. 



Llegamos á donde estuvo la inmortal Numancia, que forma como el 
centro y punto capital de este trabajo, y no me atrevería á entrar en el 
examen y resolución de problema tan importante como es la situación 
topográfica de esta invicta ciudad, sino tuviera en apoyo de mis conclusio- 
nes la autoridad de los más sabios y eminentes anticuarios. 

La situación geográfica de Numancia queda determinada de una ma- 
nera indudable, y que pocas veces es fácil conseguir, porque conociéndo- 
se dos líneas que -pasan por ella, debe hallarse en el punto de su común 
intersección. Es una de estas líneas la via de Gaesaraugusta por la Celtibe- 
ria, según lo demuestra el Itinerario de Antonino, sin dejar duda posible; la 
otra es el rio Duero, á cuyas orillas se encontraba, según consta en gran 
número de pasajes bien conocidos de antiguos geógrafos é historiadores, 
como Estrabon (1) y Plinio (2), Lucio Floro (3) y Apiano Alejandrino (4). 
Si se considera aceptable mi opinión sobre el modo de interpretar á Ptole- 



(1) Geographicon, lib. m, cap. 3.° y 4.° (3) Epitome rerum román, lib. ii, c. 18. 

(2) Historia naturalis, lib. iv, 34. (4) Guerras ibéricas, 91. 



VIA ENTRE UXSAM.V Y AUGUSTOBRIGA. 51 

meo, resulta comprobada por este autor la situación que señalo, pues sien- 
do las graduaciones longitud. latitud. 

De Uxama (como antes queda dicho) 11° 30' 42° 25' 

De Numancia (según la concorde interpretación de 

Florez, Cortés y otros . 12° 30' 42° 50' 



Resulta de diferencia I o 0' o 25' 

Tomando los dos tercios de estas diferencias para 

reducirlas á las verdaderas, queda para estas. . . 0° 40' o 16' 40" 
Y la diferencia de graduaciones entre los sitios que 

señalo en el plano para Uxama y Numancia es. . o 38' 0° 46' 30" 



Quedando tan sólo de error o 2' o 0' 10" 

que es muchísimo menos de lo que aproximan las tablas Ptolemáicas. 

Conviene también este sitio con la distancia de cerca de ochocientos 
estadios que da Estrabon (1) entre Numancia y Caesaraugusta, pues va- 
liendo el estadio una octava parte de milla (2), resultan unas cien millas ó 
150 kilómetros entre estas dos ciudades; y la distancia entre Garray y Zara- 
goza por Renieblas, Agreda y Tarazona se cuenta de unas 26 leguas ó 145 
kilómetros, poco diferentes de las 95 millas del Itinerario de Antonino; 
lo que prueba de paso la identidad de la mansión con la célebre ciudad 
celtíbera. Finalmente, la proximidad del nacimiento del rio Duero por 
Plinio señalada, conviene del mismo modo á este sitio. 

Opónese á esto tan solamente dicho Itinerario, con arreglo al cual de- 
bería colocarse á Numancia en la Torre Tartajo , para que hiciera las cin- 
cuenta millas á Uxama y las veinte y tres á Augustobriga; pero este punto 
está á dos leguas del Duero, no tiene ni uno ni dos ríos, ni lagunas pró- 
ximas, ni está en alto, sino en llano dominado por la fragosa sierra del 
Almuerzo y el poblado cerro Tinoso, ni han aparecido nunca ruinas^ ni 
monedas, ni se encuentran en él, por fin, los más pequeños fundamen- 
tos para contrariar la situación geográfica que hé determinado y que com- 
probaré en lo que sigue. Cierto es que se dice en el país que á un lado del 
camino de Renieblas y Almajano, en el cerro denominado de la Pedriza, 



(1) Geog. lib. m, cap. 4. Vázquez Queipo, Syst. mét. T. ií, pág. 442 

(2) Mariana, De pond. et mens. cap. 20: y 443. 



52 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

hay grandes ruinas, y eütre ellas las de una torre que llaman El Talayon; 
pero las hé examinado con toda la detención que el caso exige, y puedo 
asegurar que tales ruinas no son más que restos de corrales de ganado, 
bien que de construcción esmerada, como lo requería el brillante estado de 
este ramo de la agricultura en las sierras de Soria no hace mucho tiempo. 
Queda que investigar ahora la posición topográfica de Numancia en los 
alrededores del paraje señalado. El terreno que ocupó la parte principal de 
dicha ciudad está indudablemente al Sur de la via y al Este del rio Due- 
ro, en el cerro llamado el Castro, de cumbre llana y de rápida pendiente 
en todos sentidos menos en el de Levante, y dominando las llanuras in- 
mediatas de Renieblas, de Buitrago y de Tardesillas, así como las suaves 
colinas del término municipal de Soria, que encauzan el Duero después 
de unirse con el Tera. Denotan haber sido ese el asiento de una ciudad an- 
tigua los restos y vestigios hallados en todos tiempos, que refieren haber 
visto Ambrosio de Morales (1), el P. Florez (2), Loperraez (3) y Erro (4), 
y que siguen en el dia apareciendo. A flor de tierra no quedan ya más 
que un trozo de muro donde se empezó en Octubre de 1842 á levan- 
tar un monumento histórico, aun no concluido, y una inscripción sepul- 
cral embutida en la parte baja de la pared que mira al rio, en la iglesia 
de los Mártires, fielmente copiada en la lám. III bajo el núm. 4. Inter- 
preto así esta inscripción: Diis Manibus Sacrum. Lucii Herennii Eudemi 
Herennius Modestus Libertas Patrono faciendum curavü; y en castellano: 
Consagrado á los Dioses Manes. Herennio Modesto, liberto de Lucio Herennio 
Eudemo cuidó de hacerlo para su patrono. Publicáronla el P. Florez y Mo- 
rales suprimiendo el punto después de la primera H. Los vestigios de 
murallas que, según este último autor se advierten, no son más que los 
conglomerados naturales formados por la roca interior del cerro. En 4853 
empecé unas excavaciones, interrumpidas por particulares circunstancias 
álos pocos dias, y en ellas aparecieron algunos cimientos de piedra en 
seco, formados de cantos rodados, afectando la figura que demuestra el 
plano de la lámina IV, y entre ellos restos de tejas planas, ladrillos grue- 
sos, arcilla pulverizada, y alguna otra cosa de no gran importancia. En el 
dia los labradores de Garray encuentran con facilidad monedas antiguas, 
de las que en mi corta estancia en este pueblo, durante mis operaciones 

(1) Las antigüedades de las ciudades de (3) Hist. del 06. de Osma, T. 11. pág. 285, 
España, al final. (4) Alfabeto de la lengua primitiva de 

(2) Méndez, vida del P, Florez, § 351. España, cap 17. 



VIA ENTRE tXAMA Y AUGUSTOERIGA. 53 

topográficas, pude recoger las veinte y ocho que acompaño; y entonces supe 
también que los vecinos de Garrejo sacaban piedra para sus casas de un 
cierto sitio que denominaban cantera : fui á visitarlo inmediatamente, y ha- 
ciendo excavar á mis jornaleros en el punto de donde salia el montón de 
piedras de informe aspecto, apareció el trozo de muralla que va figurado en 
la lámina IV y señalado en el plano general. Compónese de un paramento 
de sillarejo bien labrado y un relleno de manipostería gruesa rodada sin cal, 
pero con vestigios de haber estado unida con barro , asentado todo sobre 
un zócalo saliente de losa, que denota ser lo descubierto la base del muro 
ó escarpa de la fortificación rellena por detrás de tierra: esta escarpa 
podia haber tenido hasta unos seis metros de altura, según el espesor de 
la base, que es de dos metros y se halla incrustada en parte de ter- 
reno firme (1). 

Las descripciones que los autores antiguos nos han dejado de Numan- 
cia convienen con admirable exactitud á este sitio. El Duero y el Tera 
son los dos rios que, según Apiano Alejandrino (2), bañaban la ciudad; 
del primero dice terminantemente que pasaba junto á sus fortificaciones, 
y aunque nada expresa acerca del segundo, se colige que debia ingresar 
en aquel antes de tocar á ellas, porque en otro caso hubiera tenido que 
establecer Escipion en ambos los mismos artificios é ingenios para que 
completaran su firme y obstinado cerco, siendo así que los puso solamen- 
te en el primero (3). Hánse empeñado muchos en creer que los dos rios 
habian de comprender la ciudad entre sus cauces, bien que nada de 
esto indique Apiano, y de aquí ha resultado que Cortés (4) haya querido 
que el segundo rio fuese el Merdacho ó Moñigon, que baja de Renieblas, 
cuyo caudal es insignificante comparado con el Tera; y que Fray Luis de 
Ariz (5) haga corresponder á Numancia con Tardesillas, lo que no es ad- 
misible, entre otras cosas, por estar esta aldea en llano, sin que sean fun- 
damento bastante los objetos antiguos que dice haber encontrado, porque 
se hallan igualmente en otros muchos sitios, conforme se ha visto y se 
verá en lo que sigue. 

Restos de los densos bosques que circundaban á Numancia son los 

(1) Después de la presentación de esta (2) Iber., 7G. 

Memoria se han emprendido por la Real Acá- (3) Iber. , 91. 

demia de la Historia las excavaciones de que (4) Dice. geog. , t. m , png. 229. 

se dará cuenta oportunamente , y que confir- (5) Historia de Avila, parte ív , linnge 

man las conclusiones aquí sentadas. de los Chancilleres. 

TOMO ix. 5 



34 MEMORIAS DE LÁ REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

montes de Valhonsadero , del Cristo, de Portelrubio y de Canredondo (al 
Norte de Fuentecantos y Tardesillas), reducidos á menos y descuajados en 
gran parte, como ha sucedido en toda Europa con el aumento de pobla- 
ción y de cultivo; y algo más lejos se encuentran los famosos pinares de 
Soria por un lado y la sierra del Madero por otro , abrigos seguros en todos 
tiempos para las pequeñas partidas de salteadores ó de guerrilleros, y que 
sin duda alguna servirían de reparo en que se organizasen y rehiciesen los 
valerosos é indomables Arévacos. La única salida á la llanura se ve clara- 
mente en la suave bajada que por Oriente del cerro conduce á los campos 
de Velilla y de Buitrago, cuya superficie es probable estuviera cubierta en 
parte de arbolado espeso, sobre todo por el lado del Moñigon. El ámbito de 
veinte y cuatro estadios (1) que corresponde á un diámetro medio de 1400 
metros, cabe perfectamente en la meseta y parte del inmediato declive; la 
longitud doble de esta del perímetro de la circunvalación , que da 700 
metros de intervalo hasta los muros, se acomoda sin dificultad por las caña- 
das y llanos circunvecinos ; y el aspecto general de la eminencia corres- 
ponde con la mayor puntualidad al editus modice tumulus del elegante 
Floro. 

De dos pasajes de Apiano (2) se deduce que habia alrededor de Numan- 
cia pantanos ó lagunas cenagosas , y aunque las labores agrícolas tienden á 
disminuirlas y desecar los terrenos encharcados , quedan aun muchos de es- 
tos en las orillas del Tera, alrededor de Tardesillas, en los campos de Bui- 
trago y en el término de Garrejo , donde el Merdacho encauzado va dejando 
cada vez más tierra saneada. Frente al cerro de Numancia y al otro lado 
del rio y la carretera hay una pequeña laguna que se seca por el verano, y 
que puede ser un resto de la que Escipion tuvo que rodear con terraplén 
para erigir el muro de contravalacion ; entre Fuentecantos y la carretera de 
Logroño, en el despoblado del Henar, término de Portelrubio, hay otra la- 
guna, junto á la cual opinó Ambrosio de Morales haberse puesto la embos- 
cada de que habla Apiano; y más al Norte se encuentran la de las Fuen- 
teeillas, á kilómetro y medio, que da paso al arroyo del mismo nombre, la 
deVerduceda á unos cuatro kilómetros, y algunos otros prados pantanosos 
en varios sitios que pueden todos satisfacer al mismo pasaje del citado his- 
toriador griego. Hablaron al P. Florez (3) de una gran laguna al Oriente de 

(1) App. Iber. , 90. (3) Méndez. Vida del P. Florez, 352. 

(2) Iber. , 89 , 90. 



VIA ENTRE UXAMA Y AÜGUST0BR1GA. 55 

Garray; pero toda mi diligencia ha sido inútil para tomar noticia de ella, y 
creo que la habrá confundido con la de Añavieja, junto á Agreda, ó más 
bien con la de Urbion, origen del rio Duero, pues las señas que traslada 
parecen convenir con las que de esta última dá Mosquera (1) y son corrien- 
tes en el país. 

Mucho se ha debatido sobre si Numancia tenia ó no murallas. Lucio 
Floro es entre los antiguos el único que opina lo último de una manera ge- 
neral y algo vaga; pero Apiano, que es el autor que describe con más 
detenimiento la guerra Celtibérica, habla repetidas veces de murallas y 
fortificaciones (2), y Frontino (3) no dá lugar á la menor duda en este 
sentido. Los autores modernos han adoptado uno ú otro extremo según su 
mayor afición por lo razonable ó lo maravilloso , y para no hacer una lista 
pesada é inútil me contentaré con citar la opinión del más competente en 
la materia por su profesión y estudios, el caballero Folard, para quien es 
de todo punto imposible que Numancia no tuviera, buenas ó malas, algunas 
fortificaciones (4). Podrían añadirse á esto algunas consideraciones sobre 
la importancia de la guerra numantina respecto de la conquista romana en 
general, que harían ver que la última resistencia de la Celtiberia no se 
habría concentrado en una ciudad poco á propósito para la defensa; pre- 
sentando por fin el trozo de murallon encontrado en mis últimas excava- 
ciones, y antes nombrado, como probable indicio de la existencia de algún 
sólido reparo. Lo que ahora más importa es seguir la excavación empe- 
zada hasta descubrir toda la línea posible de recinto, que acaso dé el perí- 
metro de la ciudad, sus entradas y principales calles, llegando así á conocer 
algo del plano de tan famosa población. 

El origen y principios de Numancia nos son desconocidos por com- 
pleto, y su nombre, que deriva Cortés (5) de Nómades, suponiendo arbitra- 
riamente que lo eran sus fundadores, lo hace venir Echave (6) del éuscaro 
Umanciá, que significa laguna, por alusión á las que la rodeaban; y otras 
etimologías se hallarán reunidas en Tutor (7), que no merecen el honor de 
trasladarse por extravagantes. La historia de esta ínclita ciudad, en tiempo 
de la conquista de los romanos, es por el contrario tan sabida, que seria 

(1) La Num. , fol. 240. re par M. de Folard, t. n, pág. 155. 

(2) Lib. vi, 46 , 91. (5) Dice, geog., t. ni, pág. 229. 

(3) Strategematicon, lib. m , cap. 17, § 9. (6) Discurso sobre la antigüedad de la 

(4) L'histoirede Polybe traduite du grec lengua cántabra, cap. vm, núm. 3. 

par Dom Thuillier, avec un commentai- (7) Compendio historial, lib. i, cap. 11. 



56 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

importuno copiarla en este lugar. Colocados los Arévacos en el punto de 
más fácil comunicación entre las regiones del Ebro y del Duero, favoreci- 
dos por la espesura de sus bosques y lo agrio de sus montañas, dotados de 
la pericia militar suficiente para aprovecharse de sus ventajas estratégicas, 
y fuertes y arrojados cual pocos en la pelea, constituian con su indepen- 
dencia el más grave escollo que Roma pudiera encontrar, para extender su 
dominación en el centro de la Península desde sus naturales posiciones del 
Mediterráneo. Una y otra vez vencidas las temibles legiones consulares, se 
hacian tratados de paz, que eran rotos, cuando mejor convenia al Senado 
y al Pueblo Piomano, bajo el deshonroso y acomodaticio pretexto de la razón 
de Estado, dando tiempo á encontrar un caudillo acostumbrado á disci- 
plinar ejércitos', y arrasar las ciudades que eran llave y centro de la resis- 
tencia del enemigo. 

Poco importa para el valor histórico de este trágico suceso si quedó 
algún escuálido habitante ó mísero prisionero para ornar el sangriento 
triunfo del vencedor despiadado; pero no deja de ofrecer interés averiguar 
si Numancia fué reconstruida por los pueblos confinantes á quienes se re- 
partió su territorio. Estrabon, Mela (1), Plinio, Ptolemeo, el Itinerario de 
Antonino y el anónimo de Rávena (2) , nombran á Numancia como exis- 
tente, y seria muy extraño que, entre tantos autores, á ninguno se ocur- 
riese expresar que estaba destruida, y más extraño aún que figurase como 
mansión en el Itinerario un sitio de famosos recuerdos, pero de ningún 
descanso ni provisión para los caminantes. Creo por esto que Numancia 
subsistió después de la caida del Imperio de Occidente, y con toda proba- 
bilidad hasta la entrada de los árabes en España , confirmando este aserto 
el gran número de medallas imperiales de todas épocas, que en sólo dos 
dias he recogido de los vecinos de Garray, encontradas por ellos en la cum- 
bre del Castro. 

Desaparece el nombre de Numancia durante la dominación muslímica, 
y en los primeros tiempos de la reconquista se ve citado el del moderno 
Garray, señalándolo unas veces como límite y otras tomando disposiciones 
para poblarlo (5), señal de que tendría una existencia anterior. El nombre 
de Garray se quiere que signifique los quemados por Cortés (4), que lo inter- 
preta en hebreo , y por Erro (5) , que con mayores visos de acierto lo trae 

(1) Do situ orbis , lib. 11 , cap. 6. (4) Dice. geog. , t. m, pág. 232. 

(2) Cosmographia , lib. iv , cap, 43. (5) Alf, prim., cap. 17, nota. 

(3) Loperraez, t. ni, pág. 4á 10. 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 37 

del vascuence; pero es lo cierto que antes se escribia Garrahe y Garra fe, 
y que con este origen no es posible aplicarle las etimologías anteriores. Por 
otra parte, pueblos llamados de esta última manera se encuentran en Cata- 
luña y en León, lo que hace creer que su denominación común proven- 
ga de alguna palabra de origen latino, de que no se encuentra rastro 
más que en la raiz de nuestro adjetivo garrafal, ó en garrafossus, que sig- 
nificaba en la baja latinidad una zanja ó acequia (1). Nada más se sabe de 
Garray, sino que en siglo xiii se edificó en la falda del cerro de Numancia 
la ermita de los santos mártires Nereo, Aquileo, Pancracio y Domitila, 
cuya portada se puede ver en la lámina IV: atestigúalo la inscripción nú- 
mero 6, copiada también por el P. Florez (2) y Loperraez (3), en la que 
se lee: Atino Domini mccxxxxi. La otra inscripción (núm. 5), que se halla 
como la anterior en los muros de la ermita, bastante mal copiada en la 
apreciable historia de este erudito autor, pertenece por su carácter á la 
misma época , y dice : 

Ista vorax fossa 
clericorum continet ossa 
Metii et Lici 
degentum semper amici. 

Esta fosa voraz contiene los huesos de los clérigos Meció y Lico, que vivie- 
ron siempre amigos. 

De tal manera se borró la memoria de Numancia en la edad media, 
que desde el siglo xn pasó como cosa corriente que su sitio correspondía á 
Zamora, hallándose así expresado en varias historias y documentos, y en- 
tre otros en la Crónica general de España del Rey Sabio. Esta opinión dejó 
de ser admitida ya en el siglo xvi, en que Zurita y Morales restituyeron á 
Garray la herencia de tan famosa ciudad; pero algunos zamoranos conti- 
nuaron en el empeño de sostener el descubierto error, distinguiéndose en 
el inmediato siglo el Dr. Valcarcer (4), que para conseguir su fin se vio 
obligado á trastornar toda la geografía antigua y las más conocidas corres- 
pondencias de las ciudades modernas con las del tiempo de los romanos. 

(1) Ducange, Glossarium mediae el infi- (3) Hist. del Ob. de Osma, t. ir, pág. 286. 
mae latinüatis. (4) Epitome iuris canonici, Dis. 96, ca- 

li) Méndez, Vida del P. Flores , 349. pítulo 10. 



38 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

El origen primero de esta equivocación se debió sin duda á la posición de 
Zamora junto al Duero, cuando al poco conocimiento de los escritores an- 
tiguos se reunía la ignorancia en que estaban los cristianos de León de la 
topografía del terreno de Soria, ocupado todavía por los moros; aunque 
otros sienten que debió haber dos Numancias, una en Garray, que es la 
histórica, y otra en Zamora, no mencionada en los clásicos (1): de todos 
modos, la cuestión es ya poco importante para el objeto actual, y no tra- 
taré de darle satisfactoria solución. 

Otras reducciones de Numancia se han hecho calculándola ya en So- 
ria (2), ya en Almazan (3), ó en otros diversos lugares, pero fundadas en tan 
leves conjeturas, que lo dicho antes basta para deshacerlas, continuando 
ahora la interrumpida descripción del camino. 

(1) Abona esta opinión mi distinguido otros (Mosq. Aum.fol. 76 v.); Batanero, Car- 
amigo D. Aureliano Fernandez Guerra, con tas satirico-crítico-veridicas. 1 t. 8.°, 1821. 
motivo de sus estudios sobre la Geografía (3) Disertación ms. de D. Miguel de la 
eclesiástica de España. Iglesia y Castro (Loper., ii, 278 ) 

(2) D. Antonio de Guevara , el Br. üua y 



VI. 



ITINERARIO DE NUMANGIA A ATJGUSTOBRIGA 



Agger 
Cuius per spatium satis vetusüs 
Nomen caesareum nilet columnis. 
Syd. Ar. Conn. xxiv. 



Son tan pocos los puntos en que deja de conocerse la via de Garray 
hasta Aldealpozo, que las pequeñas partes que se intercalan en el plano, 
para suplir lo borrado por el tiempo y la acción denudante de las aguas, 
no necesitan demostración especial. Saliendo de Garray por la carretera 
de Logroño, y torciendo á la derecha, se encuentran en seguida vestigios 
algo oscuros que se hacen más claros al llegar á la milla xxvm y se mar- 
can después, sin dejar lugar á duda alguna, hasta un poco antes de la mi- 
lla xxv, desde cuyo punto, aunque las labores del campo han destruido la 
calzada, se puede restituir con toda seguridad por las ruinas de puente que 
aparecen algo más abajo del que hoy sirve á Renieblas ó Rinieblas, puesto 
sobre estribos construidos con los despojos de aquel. Pasado el rio no se 
encuentran más que vestigios dudosos en un trocito que contiene la mi- 
lla xxiv y un corto trecho de calzada con sus maestras de defensa, según 
se señala en la sección trasversal núm. 40, algo antes de llegar á la milla 
siguiente; y saliendo del extrecho barranco, por donde se ve obligado á ser- 
pentear el camino , aparece en el llano de la Aldehuela una línea de siete 
kilómetros de calzada, seguida, con 560 metros de intervalo, de otra de cerca 
de cuatro y medio kilómetros en la llanura de las Anejas (como se llama á 



40 MEMORIAS DE REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Nieva y Calderuela en el país); siendo lo más notable que con haber que- 
dado esta calzada tan clara y visible como la de Villaciervos , apenas se 
encuentra noticia de ella en la capital inmediata. La mayor parte de estos 
vestigios están en el camino carretil, que conduce de Garray á Aldealpozo, 
ó á un lado de él cuando la rudeza de la superficie ha obligado á las caba- 
llerías á trillar un paso por fuera, y se ven algunos restos por medio de las 
heredades alrededor de la milla xvi y en el último tramo que hay entre las 
millas xv y xiv, á las orillas del camino que tuerce luego para bajar al 
portazgo. 

Sólo por conjeturas se puede suplir el trazado desde este último punto 
hasta la calzada que se encuentra en el término llamado de Corralblanco, 
antes de la milla iv. Dos son las dificultades que se han de vencer en el 
trayecto de este camino y que han de decidir de su dirección : consiste la 
primera en el paso del rio Rituerto, y la segunda en el de la Sierra del Ma- 
dero , divisoria de primer orden que separa las aguas del Duero de las del 
Ebro, así como los actuales obispados de Osma y Tarazona. Para el paso 
del Rituerto hay en primer lugar el pontón de sillería de la carretera de 
Francia, muy cerca del pantano, edificado hacia 1849 al lado de otro más 
antiguo que entonces se deshizo , aunque existe en Aldealpozo quien lo vio 
construir á principios de este siglo ; y no hay ni vestigios de otro alguno 
hasta el de Masegoso, representado en la lám. II, y cuya antigüedad es inme- 
morial en el país. Lo mismo que el de Osma, este puente puede ser romano, 
aunque parece de más reciente fecha por lo desaliñado de su aparejo, por 
la falta de tajamares (pues no tiene más que uno añadido de manipostería 
sobre el paramento), por la inclinación, bien que suave, de sus rasantes y 
por su total aspecto; pero, á pesar de todo, me ha parecido que era el 
punto forzado que debia adoptar para el camino, por no haber en mucha 
distancia ningún otro puente tan antiguo, hallarse precedido y seguido de 
una calzada empedrada, contenida entre muros de defensa, según se figura 
en la sección núm. 13, y verse cerca de él una fuente y una torre que de- 
muestran haberse formado allí alguna población no despreciable. Sólo 
quedan de ella unas pocas casas hoy deshabitadas, por lo malsanos que 
se han hecho los aires con los remansos del rio, y se puede conjeturar 
que debió su origen á lo favorable de su posición en el punto de tránsito 
proporcionado por una obra que construirían los romanos y reedificarían 
siglos después los que levantaron la inmediata torre y las de las cercanías 
que corresponden con ella. 



VIA ENTRE UXSAMA Y AUGUSTOBRIGA. 41 

Dos puntos se encuentran también para franquear la sierra del Made- 
ro, uno al Norte donde pasa ahora la carretera de Francia y antes el 
camino de Matalebreras , y otro más al Sur, en la Hondada de Miguel 
Rubio, donde pasa un caminito de Pozalmuro á los pueblos del otro lado 
de los montes. Me hé deeidido en favor de este último paso , porque sobre 
ser mucho más bajo, y accesible por tanto, que el primero, claramente 
lo indica la dirección del tramo conservado en la milla iv, que conduce 
á él de una manera manifiesta. Por otra parte, los pasos del rio y del 
monte se comprueban mutuamente, pues forman ambos un sistema de 
trazado natural y homogéneo , confirmado á su vez por la mayor proxi- 
midad á los restos antiguos encontrados en diversas épocas por aquellas 
inmediaciones, y cuya descripción vendrá un poco más adelante. 

Con arreglo á lo que precede, la línea cuyo trazado se suple, baja á 
la llanura por detrás de Aldealpozo á la cañada del Vallejuelo , donde se 
columbra alguna señal de firme; y cortando la carretera de Francia, se dirige 
por una alineación recta que ocupa el camino de Masegoso: el terreno se 
compone de un cascajillo muy firme, seco y elástico, á propósito para que 
se transite sin calzada artificial por medio de una via terrena. Sigue des- 
pués por la calzada y puente de Masegoso, y desde allí al barranco de los 
Rincones por otro camino análogo al anterior, borrado en algunos pun- 
tos por las labores del campo. En el citado barranco no puede menos de 
ir siguiendo su fondo, muy llano, aunque tortuoso, donde las aguas han 
de haber arrastrado hasta las más pequeñas partículas del firme; y bajan- 
do después del mismo modo por la Hondada de Miguel Rubio, se une por 
otro trozo de camino natural á la calzada de la milla iv, varias veces 
nombrada. 

Aquí empiezan nuevamente los vestigios de firme que van paso á pa- 
so señalándose mejor, y desde la Torrentera de Valtabarro ya no dejan 
de verse sin interrupción hasta la fuente de Muro, en donde tuvo su en- 
trada la antigua ciudad y mansión de Augustobriga, y tendrá su término 
la descripción de la via y el objeto de la presente memoria. 

Los tres mapas de la provincia de Soria marcan la via militar desde 
Garray hasta la sierra del Madero ; pero tan diversamente de lo que arrojan 
los resultados de mis operaciones y por terrenos tan destituidos de toda se- 
ñal ó vestigio de antigüedad, que no temo asegurar que esta parte de mi 
trabajo es la que puede proporcionar mayor utilidad, por ser también 
mayor la rectificación que introduce en el conocimiento de la via. 



42 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

No faltan en el trayecto de esta última sección objetos históricos que 
puedan llamar la atención del curioso viajero. Al desembocar de las ver- 
tientes del poblado monte Tinoso, se encuentra á la derecha la Torre 
Tartajo, pequeño lugar que debe su nombre á una torre medio arrui- 
nada con puertas y ventanas ogivales , perteneciente al condado de Lérida, 
lo mismo que todas las tierras del término. Encuéntrase en seguida el 
imponente macizo de la elevada sierra del Almuerzo , ó de los Siete Infan- 
tes de Lara, llamada así porque, según tradición del país, en una ermita 
que cae á espaldas de dicha sierra hicieron alto los desventurados hijos de 
Gonzalo Gustios, cuando desde su solar de Castilla vinieron á tomar la 
cuenca del Ri tuerto para dirigirse á Almenar, donde tuvo principio el 
sangriento drama que terminó sobre el cerro de la Batalla, en los campos 
de Araviana, situados al pié del vecino Moncayo (1). 

Lo más notable y digno de mención en este tercer trozo de via son 
los monumentos biológicos de que se carece completamente en los ante- 
riores. En un corral del pueblo de Tardesillas, vecino á Numancia, se en- 
cuentra un trozo de columna bastante maltratado, no tanto sin embargo 
que no deje descifrar la inscripción núm. 7, que se completa del siguien- 
te modo: 

D N I M P • C 

F L V A L C O 

N S T A N T I O 

M aXVICTSE 

MPER. avj. august 

O'RKlg. M- p. XXViiii 1 

Domino nostro Imperatori Caio Flavio Valerio Constantio , Máximo, Victori, 
semper Augusto. Augustobrigam, passuum millia xxvmi. 

A nuestro señor el Emperador Cayo Flavio Valerio Constancio, máximo, 
vencedor, siempre Augusto. A Augustobriga xxvilll millas. 

Constancio Cloro, á quien está la inscripción dedicada, llevó el título de 
Augusto en los años 305 y 306 de la era cristiana. Débese el hallazgo de 
esta miliaria á la insistencia con que se buscó por todas partes una inscrip- 

(1) Crónica general, tercera parte, c. 21. 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 43 

cion transcrita del modo siguiente en un códice de la Biblioteca del Vati- 
cano (i): 

En la Muela garre eso. 

Tib. Claad. Ñero. imp. Aug. 

Pont. M. Tr. eos xiii 

Augustobrigam. m. p. ™^ ¿ 

Copianla Doni y Muratori (2) con alguna alteración. No parece aventu- 
rado entender que el sitio, que se quiere designar es la Muela de Garrejo, que 
cerca de este pueblo se ve en el plano. Es probable que en la línea tercera 
se leyese Pot. en lugar de Cos, y entonces la lápida correspondería á los 
años 66 ó 67 de nuestra era, y seria la más antigua que se hubiese hallado 
en este país. 

Al cruzar la via con el camino de la Aldehuela, se encuentra una miliaria 
sin inscripción, de una sola pieza, con la superficie algo desconchada, que 
tiene 2 metros de alto y otro tanto de circunferencia, ó sean 0, m 65 de diá- 
metro; y dícese en el pueblo que antes habia otra en el ángulo opuesto 
del cruzamiento, formando las dos una especie de decoración para la en- 
trada del pueblo. Esta circunstancia, y la de hallarse la columna que 
queda en una posición bastante inclinada, me han hecho creer que las dos 
fueron arrancadas de su sitio y llevadas allí para señal ó adorno, como con 
mucha frecuencia y para fines diversos se ha hecho con las miliarias en 
esta via y en otras (3). No sucede lo mismo con la columna que corres- 
ponde al punto, donde señalo la milla xvi (que carece igualmente de ins- 
cripción, y es en todo semejante á la anterior) , pues se halla en medio de 
una tierra de labor donde más bien estorba que sirve de señalamiento ó 
decoración; está al lado de un trozo de via inservible que se mantiene y 
resiste por su gran dureza contra el arado , se conserva perfectamente ver- 
tical sobre su asiento, y da por fin una medida proporcionada para la milla, 
lo que no sucede con ninguna combinación que se haga con la otra; 
habiendo de añadir á todo esto el convencimiento que resulta de la ins- 
pección ocular de ambas y que no es posible transcribir al papel. 

(1) Cod. 5237 folio. 215 v. número 113. han de agradecer las letras españolas. 

Debo el conocimiento de las inscripciones (2) Doni II, 98; Murat. cdxlv, 4. 

contenidas en este códice á la benévola (3) Bergier , Hist. des gr. ch. lib. ni, ca- 

atencion de mi sabio y distinguido ami- pítulo 28 y lib. iv. cap. 39. 
go el Dr. Emilio fiübner, á quien [tanto 



44 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

En el inmediato pueblo de Calderuela, á cuya entrada hay una anti- 
gua fuentecita, sirve de asiento en el atrio de la iglesia un tronco de co- 
lumna de 0, m 61 de diámetro y 0, ra 53 de altura, que contiene la inscripción 
número 8. Para suplir lo poco, aunque no falto de importancia que se ha 
destruido, es menester admitir que esta piedra fué arrancada de las in- 
mediaciones, y atendiendo á que en el pasado siglo aun se conservaba 
noticia de haberse llevado del costado del camino de Cortos (1), se puede 
proponer la siguiente restitución : 

IMP-CAESAR- NERVA 
TRAIANVS- AVG- GER- 
PONT" MAX- TRIB 

pot • p- p- eos- lert 

fecii- a b- Avgustob 

m. p. xvii. 

Imperator Caesar Neroa Traiamis Augustus Germanicus, Pontifex Maxi- 
mus, Tribunitia Potestate, Pater patriae, Cónsul tertium, fecit. Ab Augustobri- 
ga, millia passuum xvii. 

El Emperador Cesar Nerva Tr ajano Augusto, Germánico, Pontífice má- 
ximo, con la potestad tribunicia, Padre de la patria, Cónsul tercera vez, lo hizo. 
Desde Augustobriga, xvii millas. El consulado tercero de Trajano corres- 
ponde al año 100. Esta inscripción debe ser la que copia Loperraez (2) 
del mismo lugar, aunque muy falta de letras, que son todas perfectamen- 
te legibles, y sin el último renglón, del que queda lo suficiente para co- 
nocer el principio del nombre de Augustobriga, aunque lo demás y la dis- 
tancia se han destruido desgraciadamente, al hacer á la piedra una punta 
para mejor hincarla en tierra. En el mismo atrio hay otros dos hitos 
ó columnas monolitas, tendidas á lo largo en la pared, y sin inscrip- 
ción. Otros asientos se ven que son sepulcros de piedra labrados de 
una sola pieza, de dos metros de largo y rectangulares, cuya tapa forma- 
ba albardilla según manifiestan los trozos esparcidos alrededor: estos y 
los que sirven de abrevadero fuera del pueblo y en algunos inmediatos, se 



(1) Loperraez. Ilist. del Ob. de Osma, to- (2) lbid. 
mo i, pág. 25. 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 45 

encontraron enterrados delante de la iglesia y á profundidad considerable 
cuando reformaron el cementerio contiguo. No sin algún fundamento cree 
Loperraez que esta piedra es la que Zurita (1) vio en pié cerca de Aldeal- 
pozo y camino de Numancia, aunque pudiera ser lo mismo el milia- 
rio xv (y ese es mi sentir), pues sólo alcanzó á distinguir el x de la dis- 
tancia itineraria, y según lo ha trasladado, debe restituirse así: 

I M P • CAESAR» NER 

VA» TRAIANVS 

AVG- GER- PONT* MAX 

TRIB • POT • P • P • COS • III 

FECIT- AB • AVGVSTOB 

M." V' XV 

Antes de pasar adelante conviene aclarar que el inmediato pueblo de 
Aldealpozo fué llamado anteriormente Canales ó Aldea Canales. Es tradi- 
ción conservada en los pueblos del valle de Pozalmuro , que se hallaba la 
aldea tan escasa de aguas potables, cuya provisión hacia de la llovediza 
por los tejados, que el descubrimiento del pozo, situado á la salida del 
pueblo hacia Masegoso, fué suficiente para cambiar con las condiciones 
de subsistencia el nombre del lugar. Igual denominación continúa aplicada 
al terreno lindante con el término de Masegoso y al camino que lo atra- 
viesa, sin que haya por allí señal de despoblado, que arguya una antigua 
aldea de aquel nombre. Por otra parte, en un curioso padrón del siglo xm, 
procedente del cabildo de curas de Soria, se encuentra el nombre de Ca- 
nales entre las aldeas pertenecientes á la parroquia de San Esteban , lo cual 
se repite en un extracto de este documento del año 1516, que se halla en 
el archivo de la parroquia de Santa María, la Mayor, y poco después des- 
aparece por completo dicho nombre,. al paso que el de Aldealpozo, que en 
ninguno de estos dos documentos se encuentra, ya se ve anotado por Zu- 
rita en 1547, con motivo de la inscripción ahora copiada y sigue sin in- 
terrupción como nombre propio de la localidad. Con esto se prestará más 
fácil asenso á la identidad que pretendo establecer entre los dos trasla- 
dos siguientes, sacados, á mi juicio, de una misma piedra que ya no exis- 
tí) Ant. Aug. It. 597. Supra vicum Gruter, clv, 7. Trac II, 369, 5. 
Pozo cognominatum , Numantiam versus. 



46 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

te , y debió estar entonces muy maltratada. En el manuscrito del Vatica- 
no (i) que pertenece al siglo xv, se lee: 

En la puerta de la iglesia de Canales. 

i« f- s 
i- vi 
!■ Tre e 

\ XXX M» a N 

ab Augustobriga 

M« VIH 

Y Zurita (2) dice en el siglo inmediato : 

In ecclesia vid quem Pozo vocant, ante fores templi dejectus lapis: 

CAESAR 
CLV 

PONTIFE 
P- XXX 

A AV&VSTOBRIGA 
Al- VIIII 

Reitérense al mismo lugar otras dos inscripciones del manuscrito 
citado, que dice así: 

Cabe Canales, tierra de Soria, en una coluna (3): 

Imp. Caesar Nerva 
Traianus. Aug. Ger. 
Pont. Trib. 
pot. p. p. Cos. I. iter. F 
ab. Augustobri 

NI- P> VIIII 

(1) Cod. Val. 5237,^.215 v. núm. 110. (3) Coi,. Vat. 5237, f. 215, núm. 107. 

(2) Itin. 597. Grut. cliii, 8. Trag. Apa- Doni. ii, 89. Murat, cdxlix, 6. Masdeu His- 
rato Ii, 369, 5. toña critica de España, t. v. c. 2.° núm. 184. 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 47 

Canales, cabe Soria (1). 

Imp. Caesar. Nerva 
Traianus. Aug. Ger. 
Ponti. Max. Tri. 
pot.p. p. 

Son tales las reformas que habría que introducir en estas copias para 
restaurarlas, que estimo preferible no hacerlo, toda vez que las piedras 
han desaparecido, hace más de un siglo la primera (que puede atribuirse 
á Marco Aurelio), y más de tres las dos útimas, pues ya Zurita dejó de ver- 
las cuando pasó por Aldealpozo ; pero no estará demás discurrir sobre los 
puntos de su probable procedencia. No puede haber pertenecido á la milia- 
ria vni la primera inscripción, pues según luego se dirá, esa debia estar 
todavia en su sitio á mediados del pasado siglo , razón por la cual prefiero 
la lección de Zurita, y supongo que el trozo de columna que vio á la puer- 
ta de la vieja iglesia de Aldealpozo procedió de las cercanías de Masegoso, 
donde señalo las nueve millas. No pudiendo ser esta la inscripción que vio 
el anónimo autor del manuscrito vaticano cerca de Aldealpozo ó Canales 
en una columna, es menester corregir el vim en xim, cambio permitido 
en vista de lo defectuoso de las lecturas, y entonces la columna dicha es- 
taría en la cumbre que domina á Aldealpozo , como en el plano se puede 
ver. La tercera inscripción provendría de un punto comprendido entre este 
último y el puente del Masegoso, cerca del cual debería estar la columna 
que Morales (2) declara procedente del camino < entre el sitio antiguo de 
Numancia y la villa de Agreda» y copia en esta forma: 

IMP • CAES- NER 
VATRAIANVS 
A V & • & E R M 
P O N T • MAX 
TRIB' POT- P- P- 
COS- II" FECIT 
A B • AV&V STO 
BRIGA • M- P- X 

(1) Cotí. Vad. 5237. f. 215, núm. 105. (2) Cor. gen., 1. ix, c. 28, Grut. clv. 9. 



48 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Si la copia es exacta (y no hay motivo para dudarlo), esta columna cor- 
respondía al miliario x, pues no hay lugar para más cifras en el ancho 
marcado á los renglones. La otra inscripción que Grutero (1) toma de 
Morales, como procedente de Augustobriga, no es sino del camino de la 
Plata, según dice este mismo autor. 

Otra piedra ha desaparecido desde el siglo pasado al presente, que se 
hallaba, según Loperraez (2) iá un lado del camino, que es la carretera 
» para Navarra y á la distancia de media legua de Pozalmuro , » situación 
que conviene perfectamente al sitio llamado La Hoya de los Santos, en don- 
de se han encontrado en varias ocasiones algunos objetos antiguos, como 
molinos de mano, sillares y otros, y en 1835 salió una olla llena de mo- 
nedas iguales á la que acompaño, única que quedaba ya en el pueblo, atri- 
buida por el Sr. Delgado á Turiaso. Atendiendo á esto, la antes citada piedra 
puede recibir la restauración que sigue: 

imp • c A E s A R • ner 
va- TRAIANVS • aug 
ger • p o N T • max 
trío • pot .p.p. eos. ii 
fecn- abaugustob 
p • m • vin 

Lo más arbitrario de esta interpretación es el número del miliario, pe- 
ro no puede ser otro, no sólo por las señas que nos ha conservado Lo- 
perraez de su situación, sino porque el noveno se hallaba ya en Aldealpo- 
zo en el siglo xv, y el séptimo se halla en el dia en Pozalmuro, en la 
puerta de la casa de Pedro Calabia, reducido á un cilindro de piedra 
de 0, m 57 de alto y 0, m 60 de diámetro, con la inscripción núm. 9 de la lá- 
mina III. Este miliario conserva perfectamente lo que más puede intere- 
sarnos , y el resto se puede suplir así: 

imp. caesar. nerva 
TRaianus. aug. ger. dac. tr 
POT • pont. max. imp. v. p. p. 

COS- V- A- AVGVSTOBRIGA 

v- m- vil- 
(1) exc, 2. (2) Hist. del Ob. de Osma, í, 23. 



VIA ENTRE UXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 49 

Excusado parece repetir la interpretación y traducción iguales á las an- 
teriores, y sólo queda que añadir que el consulado quinto de Trajano 
correspondió al año 103 de la era cristiana, y que esta inscripción es com- 
pletamente inédita. 

También lo es la inscripción núm. 40, que se halla en el pretil de la 
iglesia del mismo pueblo y leo de este modo : 

L • OVOTIVS • T F I R 1 
O A R A M • CVM 
MONVMENT- p. 

Lucius Ovotius Titi filius Iricus , aram cum monumento possuit. 
Lucio Ovocio, hijo de Tito, Irico, puso el ara con el monumento. 

El nombre de Ovotius consta en una larga inscripción de Muratori (4). 

Finalmente, en Matalebreras se encuentran dos piedras miliarias: una 
sin inscripción, aunque parece haberla tenido, á la salida del camino de 
Castilruiz, y la otra en la extremidad opuesta del pueblo, al lado de la car- 
retera de Francia, con la inscripción núm. 44 correspondiente á la milla u, 
la cual, con arreglo á las indicaciones del plano, cae en frente de dicho 
pueblo y debió ser llevada á él, como la primera, por su proximidad y 
con objeto de que proporcionara fácilmente hitos que marcasen la entrada 
y salida de Matalebreras. Esta inscripción trae Zurita (2) con diferencia es- 
casa, y con su lección se puede completar de esta manera: 

I M P • c a e s a r. ner 
va- TRAIANVS • aug 
jer. PONT' max. 

TR- POT-P'P- COS. ii. 
fECIT • AB • AVGV S 
tob. M- P- II 

En cuanto á la otra, es de suponer que haya indicado el miliario 
tercero. 



(1) Novus Thesaurus. dciv. 1. Trag. Ap. 3G9, 4. 

(2) Ant. Aug. Itin. 597. Giujt. civ., 6- 

TOMO IX. 



50 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

Del conjunto de las miliarias leídas se deduce también que no es exac- 
to que los romanos contasen y pusiesen las millas de cuatro en cuatro pa- 
ra formar las pretendidas leguas españolas como algunos afirman (1), pues 
no se guarda ningún intervalo fijo entre las millas n y vil, hacia Numan- 
cia, y la ni hacia Tarazona (de que después se hablará), conocidas en el 
dia, y las que he creido probable que señalasen las millas ra, vm, viiii, 
xiiii, xv, xvi, xvn, xx, xxi, y xxvim desaparecidas hoy del todo ó con 
parte de la inscripción destruida. 

(1) Bergier, Histoire des grands ch., li- bro iv, cap. 42. 



Vil. 



AUGUSTOBRIGA. 



Nec taceam monumenta viae. 
Tib. El. Vil. 



La determinación de Augustobriga, difícil por el estudio de los pocos 
datos que nos han dejado los autores antiguos, es fácil y clara por medio 
de los monumentos epigráficos y las ruinas que nos quedan como autén- 
tico testimonio. Si se atendiera á las graduaciones de Ptolemeo, esta ciudad 
queda al Occidente de Numancia y al Norte de Uxama contradiciendo al 
Itinerario de Antonino, que la coloca al Oriente de ambas y antes de Tu- 
riaso; pero es tan corta la distancia á la primera, que ponen de veinte y 
tres millas los códices mas autorizados y de veinte y cuatro otros ocho 
(entre ellos dos de Paris, el de Dresde y el de nuestra Biblioteca Nacional, 
dándola de treinta y tres sólo el florentino del siglo x), que según esto, 
queda Augustobriga en lo más áspero de la sierra del Madero. Mas afor- 
tunadamente la inscripción de Pozalmuro y los restos que están á la vista 
en Muro de Agreda resuelven la cuestión de la manera más completa, 
como voy á demostrar en las siguientes líneas. 

La inscripción de Matalebreras por sí sola deja en la duda de si las 
dos millas ó tres kilómetros que señala deben contarse á Oriente ó á Oc- 
cidente de las inmediaciones del pueblo , y en este último caso se confir- 
maría la indicación del Itinerario, con arreglo á la cual, y por una mala 
interpretación de lo que Zurita dice, parece que ha querido reducir Loper- 
raez (1) á Pozalmuro la mansión de que se trata y con él Cornide (2), 

(1) Hist. del Ob. de Osma, t. i, pág. 29. (2) Mem. de la Acad., t. m, pág. 104. 



52 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

aunque trayéndola hacia Masegoso. Mas la inscripción de Pozalmuro , que 
señala siete millas, ó sean diez y medio kilómetros desde los alrededores 
del pueblo hasta Augustobriga, aclara esta duda, porque desde allí hasta 
las cercanías de Matalebreras hay sólo cinco millas ó siete y medio kiló- 
metros, que es la diferencia entre las distancias grabadas en los milia- 
rios más inmediatos á las indicadas poblaciones. Resulta, pues, que debe 
colocarse á Augustobriga dos millas mas allá de Matalebreras, y esto se 
confirma por medio de la inscripción núm. 12, que se halla en Agreda, 
en el jardin de la casa del marqués de Velamazan, conde de Agramonte» 
copiada con alguna ligera variante por el P. Florez (1), y que fácilmente 
se completa en esta forma: 

i m p C AES DIVI 
ffdlANI P A RTHICI f 

d i vi- nervae- rae 

JJOSTRAIANVS/ia 
DRIANVS- A V G- pONT 
ma X T R I B • POT-XV 
COS- III P P REFEC AB- OV 
G V S T O B • M P • I I I 

Imperator Caesar, Divi Traiani Parthici filius, Divi Nervae nepos, Traia- 
nus Hadrianus Augustus, Pontifex Maximus, Tribunitia potestate XV, cón- 
sul III, Pater Patriae, refecit. Ab Augustobriga, millia passuum III. 

El Emperador César Trajano Hadriano Augusto, hijo del divino Tr ajano 
Pórtico, nieto del divino Nerva, Pontífice máximo, con la potestad tribunicia 
quince veces, cónsul tercera vez, Padre de la patria, lo rehizo. Desde Augusto- 
briga , tres millas. 

El tercer consulado de Hadriano empezó el año 119 de nuestra era, y 
el 132 fué el decimoquinto de su tribunicia potestad. 

Señala esta inscripción la milla m desde Augustobriga á Tarazona, 
y hallándose aquella al Oriente de Matalebreras, resulta para la distancia 
de este lugar á los alrededores de Agreda cinco millas ó siete y medio ki- 

(1) Méndez, vida del P. Florez, 355. 



VIA ENTRE UXAMA Y AÜGUST0BR1GA. 53 " 

lómetros, lo cual está también conforme con las posiciones que ocupan 
estos pueblos. 

De intento hé razonado exclusivamente con las distancias itinerarias, 
para que no pueda caber duda acerca de la identidad de Augustobriga 
con las notables ruinas que rodean el lugar de Muro, cuyas distancias á 
Agreda, Matalebreras y Pozalmuro, ó más bien á los puntos cercanos á 
estes pueblos de donde pudieron extraerse las columnas, convienen con 
lo que se vé en ellas escrito. Llaman sobre todo la atención los grandes 
trozos de muralla de tres metros y medio de espesor, que aun conservan 
su cimiento, ó algunas hiladas del lienzo , y á los que al parecer deben su 
nombre el pueblo: el plano en mayor escala que vá en la lámina IV hace 
ver la posición de las partes que se conocen y la que probablemente ten- 
drían las demás, y junto á este pianito hé trasladado la copia de un trozo 
de fábrica de sillería almohadillada, inmediato al pueblo, por ser el más 
notable de todo el desarrollo de 3077 m del recinto, que conserva más ó 
menos visibles 4904 metros en diferentes porciones. Por medio de este ha- 
llazgo queda determinada Augustobriga geográfica y topográficamente con 
exactitud y minuciosidad superiores á las de las demás mansiones, y sólo 
queda que buscar dentro del perímetro marcado restos que manifiesten la 
importancia política ó civil de esta ciudad, fundación tal vez del sobrino y 
adoptado de César. 

Los vecinos de Muro han desenterrado en diversas ocasiones vasijas, 
sillares , molduras , ladrillos gruesos , tejas grandes , tanto planas como 
alomadas , espuelas , pedazos de bronce , monedas y piedras de moler 
trigo. Entre el pueblo y la venta se encontró en el siglo pasado ó antes, 
según cuentan, una pieza de metal como una campana, que ha dado nom- 
bre á la Cerrada donde apareció, y al explanar el terreno para edificar la 
venta salió una vasija con cenizas, y una chapa metálica, atada por fuera 
con alambres. En el campo que dá frente á esta venta se ha descubierto un 
mosaico, que conserva el actual dueño de ella muy bien ajustado en un 
rincón del zaguán, y tiene más de una vara de largo y media de ancho. 
Pude procurarme de él el pequeño pedazo que hé remitido con los demás 
objetos ala Academia, así como la vasija y las cuatro monedas, que acre- 
ditan la duración de Augustobriga, tanto casi como el gobierno imperial 
en Roma. 

Vestigios de la calzada prosiguen por dentro del recinto de la fortifica- 
ción, y hacen creer que la salida para Turiaso seria por el camino llamado 



54 MEMORIAS DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

de Soñemos, que viene en prolongación de la via conocida, y conduce ahora 
á Agreda. Poco más allá de la ermita de San Gil, y fuera de la muralla, 
encontré enterrada , debajo de una acequia de riego , una piedra tosca 
con la inscripción núm. 13 , sepulcral y de rudo carácter, y tan bor- 
rada, que seria vano empeño quererla restaurar del todo: habíame dado 
noticia de ella el ventero , hombre muy curioso por todas estas anti- 
guallas. Lo dicho antes respecto de las monedas, así como el hallarse las 
ermitas de San Gil y la Magdalena dentro de las murallas, inclinan á creer 
que la ciudad siguió bien poblada después de la libertad del culto cristia- 
no, durando por lo menos hasta el tiempo de la invasión árabe, pues se 
encuentra mencionada en el anónimo de Rávena (1); y la vecina villa de 
Agreda, amparada por su antiguo y fuerte castillo, ha recogido después su 
herencia, cuando la prosperidad de su estado le dio la primacía entre los 
pueblos de esa tierra. 

Varios son los autores que concuerdan con la reducción de Augusto- 
briga á la aldea de Muro, entre los cuales sólo citaré á Zurita (2), á quien 
otros muchos han seguido. Ya se ha visto con cuan poco fundamento se ha 
querido que' sea Pozalmuro, parte por entender que era este el Muñís de 
Zurita, parte por las ruinas descubiertas en la Hoya de los Santos; y Cor- 
tés (3), llevado de la asonancia del nombre y forzando un poco la longitud 
del Itinerario, quiere que sea Olbega, donde no hay ruinas ni via, tan claras 
en Muro; y aunque este nombre puede tomarse como corrupción sinco- 
pada de Augustobriga, no indica, en mi opinión, sino que habría allí ya 
de antiguo un pueblo designado con el sobrenombre de esta ciudad (según 
ya expresé al hablar de Blacos y Voluce) conforme hoy se dice Muro de 
Agreda, Narros de Soria, Escobosa de Calatañazor y Lodares de Osma (4). 
La distancia que marca el mencionado códice florentino daria la villa de 
Agreda, reducción que ha tenido algunos partidarios, pero contradicha 
por las miliarias. 

Queda ya averiguado lo que tiene de común con esta la Augustobriga 
de Ptolemeo. Con este autor pretende colocar dicha ciudad en Abejar, el 
liceuciado La Torre (5), quince kilómetros al Norte de Calatañazor, y Rui- 

(1) Cosm., lib. iv, cap. 43. Nomenclatura geográfica de España, 1 t. 8.°, 

(2) Ant. Aug. It. fól. 597. Madrid 1834. 

(3) Dice, t. ii, pág. 184. (5) Historia de N. S. del Camino, lib. i, 

(4) Acerca del uso de los sobrenombres cap. 3.° 
de los pueblos de España , véase Caballero, 



VIA ENTRE ÜXAMA Y AUGUSTOBRIGA. 55 

Bamba (1) quiere que caiga en el país de Covarrubias, provincia de Bur- 
gos; pero haciendo la comparación de sus graduaciones con las de Numan- 
cia, que son 



Numancia 42° 30' 42° 50' 

Augustobriga 41° 30' 42° 40' 

Cuya diferencia 4 o 0' o 40' 

reducida conforme tengo establecido es o 40' o 6' 40" 

resulta para la distancia en línea recta desde una á otra ciudad un arco de 
círculo máximo de 30' 48", cuya longitud es de 56 kilómetros, siendo sólo 
de 44 kilómetros la que realmente existe por la calzada medida. Esta dife- 
rencia proviene sin duda de haberse acumulado un error en la distancia 
(que ya se ha visto que la hay en el Itinerario), con la falta de aproxima- 
ción de los dozavos de grado que usa Ptolemeo; pero lo más notable es que 
la dirección, ó sea el azimut de esta distancia, está perfectamente apreciado, 
y sólo hay equivocación en el modo de tomar el sentido de dicha distancia, 
que es diametralmente opuesto al verdadero , lo cual explica en muchas cir- 
cunstancias los absurdos que aparecen en las tablas Ptolemáicas. Puede 
hace